lunes, 26 de octubre de 2020

2. Jóvenes y adolescentes que viven con sus padres pero se sienten huérfanos

 


Venimos de aquí: Jóvenes y adolescentes perdidos que no se gustan a sí mismos (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/1-jovenes-y-adolescentes-perdidos-que.html).

A raíz de la compleja situación que describimos en el primer capítulo usando como inicio la historia de “El recuerdo de Marnie”, es donde aparecen las Anna y Marnie de este mundo. Aunque sus padres viven y les proporcionan a nivel material todo lo que necesitan, muchos hijos se sienten huérfanos a causa de lo que Virgilio Zaballos llama “la figura del padre ausente”: “Y no solo porque esté fuera del domicilio familiar la mayor parte del tiempo por su trabajo, sino porque cuando está dentro elude su responsabilidad y la abandona en manos de su mujer. Muchos cumplen el rol de ´colegas` de sus hijos, de personaje amable y permisivo como signo de modernidad. La madre, por el contrario, asume el patrón de histérica, que grita todo el día, persigue a los chicos por cualquier cosa y no les deja tranquilos en ningún momento. Claro que también puede ser exactamente a la inversa. Este desorden lo ven los chicos, que pronto toman buena nota y saben que en la casa no hay autoridad paterna, sino un pusilánime que ha perdido el respeto de su mujer y sus hijos por abandonar su puesto de atalaya y guía. Es la figura del padre pasivo. Al otro lado, tenemos el extremo opuesto, el modelo de padre autoritario que manda y ordena, da voces, se enfada por casi todo y mantiene a toda la familia en un estado continuo de tensión cuando está presente, y que conserva el orden por el temor que emana de su presencia, pero no por ser un modelo de equilibrio y estabilidad para el hogar. Cuando el padre falla por ausencia, pasividad o autoritarismo, la casa sufrirá el desorden de su propia negligencia”[1].
En otros casos, es muy habitual que el padre le dedique mucho más tiempo a la televisión que a su propio hijo: “Muchas madres se quejan de que sus maridos cuando llegan a casa se quedan frente al televisor y no quieren escuchar nada, ni siquiera al hijo. [...]  Todo ello afecta gravemente a la familia: no se dialoga ni entre los esposos ni entre padres e hijos, porque es muy entretenido o interesante lo que se proyecta en la pantalla. En todos los hogares se ha entronizado el televisor y se le ha dado un lugar privilegiado en la casa, convirtiéndose en el oráculo al que el clan familiar escucha con reverencia y en torno al cual se reúne”[2]. Esto, en el presente, hay que extenderlo al móvil, a la tablet, al ordenador y la videoconsola. El padre, y muchas madres, dedican más tiempo a estos artilugios que a sus retoños, donde ni siquiera comparten o comentan los contenidos.

Huérfanos emocionales
Los padres se preocupan por la salud del adolescente, por su desarrollo intelectual, le hablan de la importancia de que adquieran conocimientos para alcanzar determinadas metas en la vida, etc. Ese interés es deseable y sano, pero dejan a un lado sus emociones y sentimientos más profundos, sus miedos y sus sueños. Olvidan que los adolescentes sienten pánico a sentirse como Anna: estúpida, fea, malhumorada, desagradable. Esto les lleva a odiarse a sí mismos, aunque ante sus padres nunca lo reconocerán. No confían en sus progenitores a nivel emocional puesto que solo están para sermonearles. Se sienten solos como Anna y Marnie, ya que  sus padres no están a su lado –aunque estén físicamente- y se sienten a años luz de ellos. Sí, están para prepararles la comida. Sí, están para comprarles ropa. Sí, están para llevarles en el coche al instituto. Sí, están para darles dinero. Sí, para decirles haz esto o aquello. No, para ayudarlos a resolver sus problemas. No, para que les apoyen como cuando eran pequeños. No, para que respondan a sus preguntas que no se atreven ni a formular por miedo a la incomprensión. No, para compartir verdadero tiempo de calidad con ellos. No, para divertirse juntos como en el pasado.
Esto no significa que no sepan que sus padres les quieren. En la inmensa mayoría de los casos sus padres les quieren y ellos lo saben, pero no de la manera en que los adolescentes necesitan. Son los primeros que sienten cuando sus padres no les proporcionan lo que realmente anhelan y necesitan: valoración, comprensión, amor, respeto y ser escuchados.
Evidentemente, aquí no estoy hablando de padres alcohólicos, drogadictos, física y/o verbalmente agresivos, maltratadores o adúlteros (que pueden verdaderamente traumatizar a cualquier hijo), sino a padres normales sin grandes faltas morales y de conducta.

Cuando no encuentran lo que anhelan
Aunque los tiempos han cambiado sustancialmente, en esencia los deseos nunca varían. Cuando esto no sucede, lo buscan de mil maneras diferentes.
Por falta de verdadero interés hacia sus emociones por parte de los padres, muchos caen en las trampas de:

- Las redes sociales.

- Los chats.

- Los ciber-amigos.

- Las amistades reales poco convenientes.

- Una pandilla conflictiva, la cual “ofrece a sus miembros ánimo, seguridad y el reconocimiento que quizá jamás recibieron de sus padres. [...] En general, sus miembros tienen en común que gozan de la misma incomprensión, rechazo o dificultades familiares, escolares o sociales. Todos comparten una gran insatisfacción por el mundo en el que viven y por el futuro que la sociedad pretende imponerles, razón que les lleva a preferir estar con el grupo de ´iguales` antes que en casa, y la banda se convierte en una especie de segunda familia, un lugar donde se les comprende y anima a vomitar sus frustraciones”[3].

- Las pequeñas actividades delictivas como señal de rebeldía: “La violencia incontrolada le da la oportunidad de dar salida a los miedos, los complejos y las insatisfacciones personales que invaden su vida”[4].

- Algún tipo de secta de corte religioso-espiritual.

- La adicción al móvil y a las nuevas tecnologías.

- El consumo de alcohol y, en el peor de los casos, de drogas estimulantes: “La vía de la huida de sí mismo, para librarse del pesado fardo de los problemas personales, para evadirse de lo que se teme, para no hacer frente a la realidad que se presenta como una carga onerosa. En todos estos casos, la droga sirve de válvula de escape. [...] en la mayoría de los casos, el consumo de droga va asociado a la fuga del hogar y del ambiente en que el muchacho se ha educado. Este siente una imperiosa necesidad de huir de sí mismo, de los valores que le han servido de guía, de la conciencia que se vuelve acusadora... prefiere no pensar, olvidarse, evadirse y sumergirse en el mundo artificial que la droga le ofrece. Alejarse del mundo real en que vivimos, con sus luchas y tensiones, se convierte en una aspiración para todos aquellos a quienes esa realidad resulta dolorosa”[5].

Con este panorama, basta que algún avispado les diga que son guapos o guapas y les presten atención para ser presas sentimentales, incluso de personas adultas con malas intenciones que buscan aprovecharse de la fragilidad ajena para satisfacer sus propios deseos sexuales.
Es el precio que muchos adolescentes están dispuestos a pagar para lograr lo que sus corazones desean fervientemente, incluso si para ello tienen que mostrarse desinhibidos o mostrar vídeos o fotos picantillas. Esto se puede eternizar en la vida adulta –y es una de las características de las personas infieles-, aunque les cueste identificar los motivos y las pautas. Por eso hay tantos tipos de adicciones dentro del mundo virtual (como vimos en Origen y desarrollo del deseo sexual & Lujuria y pornografía: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/08/origen-y-desarrollo-del-deseo-sexual.html), y que cada vez se da a edades más tempranas.
Luego están aquellos que no necesitan ese tipo de mundo alternativo y que logran sus deseos con actitudes impropias de esas edades (11 a 17 años, incluso menos), por ejemplo vistiendo de maneras provocativas e insinuantes. Basta con observar en la actualidad que muchas chicas desde muy jovencitas visten de maneras que solo el erotismo del siglo pasado se atrevía a representar en fotos e imágenes.
Y el tercer grupo, aquellos que no entran en este tipo de juegos –porque no les gusta, no les satisface y todavía no han perdido el pudor sano-, donde se crean su propia realidad alternativa para evadirse de la auténtica, normalmente encerrándose en aficiones solitarias como la lectura y los videojuegos online, o juntándose con pequeños grupos de personas con sus mismas carencias emocionales que les gusta los juegos de rol, los cómics, etc. De niños jugaban con cochecitos, muñecos, castillos y barcos para vivir aventuras imaginarias y disfrutar con ellas. En la adolescencia, aunque cambian sus prácticas de ocio, lo hacen para evadirse de la misma realidad que les atemoriza para no pensar en ella. Y eso ya no es sano.

Huérfanos de educación
Las parejas de novios se pasan horas hablando de su futuro juntos y de sus planes: la boda, el lugar del convite, el menú, dónde será el viaje de novios, qué casa comprarán y dónde vivirán, etc. Y cuando deciden tener niños tratan temas como la compra de la cuna, el gasto en pañales y ropa, a qué colegio los llevarán y mil asuntos más. Pero muy pocos se sientan a hablar sobre cómo se encargarán en educarlos. Y no me refiero al aprendizaje que les ofrecerán en la escuela sus maestros, sino la que le darán ellos mismos: una formación personal y sistemática sobre la fe cristiana y la forma de vivirla. A día de hoy, únicamente conozco personalmente a un padre que ejerce esta labor con sus hijos adolescentes, al dedicar dos días a la semana a dicha labor específica. La inmensa mayoría se lava la manos al respecto.
Los adolescentes captan rápidamente los deseos de los padres: que sean buenos estudiantes, que realicen alguna actividad extraescolar, que aprendan inglés, que no den problemas en casa, que no hagan ruido con la música ni hablen gritando, que no falten el respeto a sus progenitores, que cierren el butano tras ducharse, que pongan la ropa sucia en el cubo de la lavadora, que quiten y pongan la mesa antes y después de cada comida, que no cometan graves errores como quedarse/dejar embarazada, que no lleguen borrachos a casa, que “vayan a la iglesia” si son cristianos, etc. Mientras que cumplan estos requisitos, todo irá bien. Y todo lo citado es positivo y necesario. Pero sus padres se olvidan de lo más importante: la verdadera educación de los valores y principios éticos y morales. Dejan esta educación a cargo de sus padres adoptivos: pastores, los llamados líderes de jóvenes (sin  contrastar lo que están aprendiendo), profesores del Instituto, lo que se promulga de boca en boca en el patio del colegio, las conversaciones con los amigos, terminando por Internet y la televisión, donde los propios padres no se preocupan ni se molestan en comprobar lo que sus hijos ven, oyen y hacen. Es como dejar la educación a la ruleta rusa.
Por todo esto, en el sentido que hemos explicado –y aunque a los padres no les guste saberlo-, podemos afirmar que hay millones de adolescentes que se sienten como huérfanos.

Continuará en: Los jóvenes y los adolescentes piden que sus padres les valoren y les comprendan. https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/31-los-jovenes-y-los-adolescentes-piden.html


[1] Zaballos. Virgilio. Esperanza para la familia. Logos. Pág. 56.

[2] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 244.

[3] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 264, 267.

[4] Ibid. Pág. 266.

[5] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 232.


martes, 13 de octubre de 2020

1. Jóvenes y adolescentes perdidos que no se gustan a sí mismos


  Venimos de aquí: Introducción a “Para padres, jóvenes y adolescentes” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/introduccion-para-padres-jovenes-y.html). 

Nunca tuve muchos amigos mientras crecía

Así que aprendí a estar bien conmigo

Solo yo, solo yo, solo yo

Y voy a estar bien en el exterior

Me gusta comer sola en la escuela de todos modos

Así que me voy a quedar aquí

Justo aquí, aquí, aquí

Y voy a estar bien en el exterior

Así que me siento en mi habitación

Después de pasar horas con la Luna

Y pienso en quién sabe mi nombre.

¿Llorarás si muero?

¿Recordarás mi cara?

Así que me fui de casa.

Dejé mi hogar, cogí mis cosas y me mudé muy lejos de mi pasado.

Y me reí, me reí, me reí, me reí.

Parecía estar bien en el exterior.

A veces me siento perdida,

A veces estoy confusa.

A veces siento que no estoy bien.

Y lloro, y lloro y lloro.

Con esta canción, titulada “When Marnie Was There” e interpretada por Priscilla Ahn (https://www.youtube.com/watch?v=N-vdmKr1Ja8), concluye la pelicula El recuerdo de Marnie del prestigioso “Studio Ghibli”, basada en la novela del mismo título de la escritora británica Joan G. Robinson. Dicho largometraje fue aclamado por crítica y público tras ganar el Festival Internacional de Cine para niños de Chicago y ser nominada al Oscar de 2016, que ganó mi querida Inside Out/Del revés (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/02/inside-out-cuales-son-las-emociones-que.html).
Si hubiera que definir El recuerdo de Marnie en pocas palabras, diría que, aparte de preciosista, es emotiva hasta decir basta. Personalmente me parece magistral como obra, junto a la maravillosa manera de transmitir tantísimos sentimientos y la cantidad de capas de lecturas que deja entrever para que el espectador las destape.
Usaré la descripción que hacen de sí mismas las dos protagonistas principales de esta entrañable historia para embarcarme en el profundo análisis de la adolescencia y su complejidad: adolescentes que se desprecian; adultos que sienten perdidos desde la pubertad; púberes cuyos padres viven pero se sienten lejos de ellos; padres que tienen jóvenes bajo sus techos pero que hace mucho tiempo dejaron de saber qué pasaba por sus cabezas. Vamos a ver las razones por la cual la adolescencia –cuando se forma parte de la personalidad- es la etapa más difícil de la vida, y sobre la responsabilidad de los padres respecto a ellos en multitud de facetas. Este escrito va dedicado para los adolescentes de 10 a 17 años, los jóvenes de 18 a 23, y para sus padres: los primeros para comprenderse y los segundos para comprenderlos.

La historia
Anna es una chica de 13 años bastante seria y tímida que rehúsa la compañía de sus compañeras de clase, por lo que no tiene amigas. Dedica su tiempo a dibujar, ya que tiene un verdadero don para ello. Vive con sus padres adoptivos, aunque suele decir que son sus tíos. Ante sus problemas de asma y, especialmente, por su carácter taciturno y solitario, la “madre” la envía a casa de unos familiares que viven en Hokkaido, un precioso pueblo costero rodeado de bosques y en plena naturaleza, donde los paisajes resultan deslumbrantes. Tras conocer a Arnie –que, por lo que parece, únicamente ella puede ver, y que no revelaré quién es realmente- se hacen muy buenas amigas. Allí vamos descubriendo el porqué ambas son como son, y las razones ocultas bajo esa tristeza y depresión, que principalmente Anna se esfuerza en camuflar, escondiéndolas bajo un tapiz de buena educación.
Ella misma habla sola en voz alta sobre lo que piensa de sí misma y cómo siente: “Yo soy tal como soy: estúpida, fea, malhumorada, desagradable. Por eso, me odio a mí misma. [...] Yo ya no tengo confianza en nada ni en nadie”. Más adelante, le cuenta a Marnie su vida: “Es que yo soy adoptada. Mis verdaderos padres murieron cuando yo era muy pequeña, y mi abuela también. Sé que no se murieron a propósito, pero a veces pienso que no les puedo perdonar por haberse ido y haberme dejado sola”. 
Por su parte, Marnie le narra a Anna su historia. Ella dice que su madre suele estar de viaje y que su padre por cuestiones de trabajo solo aparece dos veces al año. Por eso vive en la mansión sola con la criada y unas niñeras gemelas. Afirma que es maravilloso cuando vienen sus padres y organizan una fiesta. Cuando eso sucede, se pone el vestido nuevo que le han comprado y baila con todos. Es en esos momentos cuando se siente la chica más afortunada del mundo y es feliz. Pero la realidad no es exactamente como Marnie cuenta. Una vieja amiga suya cuenta la versión completa: a pesar de las magníficas fiestas, sus padres la tenían abandonada. Ella lloraba en la cama. Era una niña infeliz. Siempre le pedía a su madre llorando que no se fuera pero ésta no hacía caso, y, por si fuera poco, las criadas también la maltrataban. ¿Qué fue de la vida de Marnie? No lo revelaré para el que quiera disfrutar de un final inesperado y del misterio que se esconde detrás. Además, lo descrito es lo que quiero usar para tratar el tema que tengo en mente, sin añadir nada más.

Los sentimientos de los adolescentes
Los jóvenes no suelen gustarse así mismos –incluso llegan a odiarse-, se sienten perdidos, confundidos y sienten que no están bien, que algo falla en ellos, como si fueran defectuosos, y que a nadie le importaría si no existieran o murieran, como la pregunta de la canción: ¿Llorarás si muero? ¿Recordarás mi cara? Viven en constante pánico interno pensando que nunca estarán a la altura de lo que se espera de ellos.
Esto afecta a todas las áreas de su vida. Algunos lo disimulan o lo camuflan de distintas maneras: siendo siempre educados y simpáticos, eludiendo hablar de sus sentimientos usando el humor continuo, etc. Como apunta el ya difunto psicólogo y escritor Bernabé Tierno: “Se trata del conocido mecanismo de defensa de la compensación, por el cual el ser humano intenta destacar en algún aspecto de su personalidad para equilibrar la falta de logros en otras áreas. Así, el muchacho que va mal en los estudios se esfuerza por resaltar en los deportes, y el que por falta de habilidades psicomotrices se retrae de jugar en el patio del colegio con sus compañeros, procura destacar en los estudios convirtiéndose en el clásico empollón de la clase”[1].
Otros lo reflejan claramente en sus rostros: timidez excesiva, fobia social, dependencia absoluta, ojos que rehuyen la mirada de otras personas, poca participación en actividades de ocio, etc. La también psicóloga Alejandra Nágera afirma de esta clase de joven: “Se retrae, huye del contacto con los demás, se vuelve arisco, profundamente antipático o, por el contrario, modesto de forma exagerada. Intenta enmascarar su desprecio hacia sí mismo con aires de grandeza, mostrando superioridad, forzando una imagen de su persona inadecuada que a ojos de los demás resulta patética, por lo que se burlan de él o le critican con severidad, sumiendo al afectado en un círculo vicioso lleno de amargura. [Muchos de ellos se vuelven tímidos] La persona tímida tiene pavor a llamar la atención, a que se fijen en lo que hace o dice. Teme hacer el ridículo y cree que los demás le prestan atención porque inspira pena. El sufrimiento más acusado del tímido se produce cuando nota que los demás se han percatado de su vergüenza o apuro. El 82% de los jóvenes se autodefinen como tímidos. En realidad, se refieren a que sienten vergüenza cuando tienen que hablar en público, acercarse a alguien del sexo opuesto o dirigirse a un desconocido. La timidez enfermiza va mas allá: afecta la estabilidad emocional y la satisfacción personal; crea problemas sociales, impide que se pueda conocer a gente nueva, deja al afectado anclado en una actividad muy por debajo de sus capacidades, y para colmo, provoca juicios equivocados hacia su persona: le tratan de snob, antipático, tonto, etc. La reacción del tímido puede manifestarse de diversas maneras: el joven se abandona, se aísla y cae poco a poco en un estado de letargo social o de angustia que le impide relacionarse con los demás, o busca vías de escape que le ayuden a atreverse: drogas, alcohol o sectas peligrosas. [...] Cuando está con gente, se muestra bloqueado (suda, está ansioso, le duele el estómago) o exageradamente modesto, como si tuviera que pedir disculpas a los demás por su sola presencia. Se niega a ir a fiestas porque las odia, así como a realizar cualquier actividad que implique conocer a alguien nuevo. En el colegio teme profundamente que el profesor se dirija a él en publico, aunque sea para felicitarle”[2].
Tanto unos como otros lloran en la soledad y en la noche cuando nadie los oye. Pocos padres quieren pensar en la posibilidad de que sus hijos estén derramando lágrimas. Les da miedo y evitan planteárselo. Eso es un error. Puede ser porque ellos también las derramaron y nadie les ayudó, así que ahora no saben cómo afrontar la situación y tender la mano. La solución fácil es enviarlos a un psicólogo, en lugar de aprender ellos mismos qué hacer, que es lo que yo propongo.
Jesús, cuando habló de la ansiedad y de las preocupaciones, dijo: “Basta a cada día su propio mal” (Mt. 6:34). Con esta idea en mente, podemos entender también que cada etapa de la vida tiene sus propias dificultades. No son los mismos problemas los que se tienen en la juventud que en la mediana edad, y mucho menos en la vejez. Ahora bien, el individuo, por su propia experiencia y vicisitudes por las que pasa, ha ido adquiriendo una serie de conocimientos que le ayudarán a ir afrontando esos períodos tan novedosos. Pero esto no sucede en la adolescencia. No hay experiencia. No hay conocimiento. No están preparados. La personalidad aún no se ha formado. No ha habido tiempo. La corta edad lo impide. Por eso es la etapa más difícil de todas.
De la infancia y de no ser muy consciente de la realidad, se pasa en un flash a toparse de golpe y porrazo con que el mundo no es solo un lugar para jugar y divertirse con los juguetes y los amigos. Se encuentran con que sus padres esperan de ellos que sean sumamente responsables y que saquen buenas notas para labrarse un futuro: “No deben olvidar los profesores (en este caso, los padres) que las calificaciones son en definitiva juicios de valor que, aunque aludan únicamente al rendimiento académico, los alumnos asumen como referidos a la totalidad de su persona. De esta manera, las notas influyen decisivamente en el nivel de autoestima de los muchachos condicionando su madurez”[3].
El joven se da cuenta que el asunto ya empieza a tomar bastante seriedad. Aparte, la sociedad –a través de los medios de comunicación- les muestran de forma contundente que tendrán que ganar bastante dinero para comprarse un coche y una casa, y que los “valores” como la belleza son muy importantes. Si a esto le añadimos que los intereses comienzan a cambiar, que el físico se transforma brutalmente –y con ello el despertar de la sexualidad-, que surge el deseo de gustar a las personas del sexo opuesto (y el miedo a no hacerlo), que aparecen complejos que antes no existían, que los propios compañeros que les rodean pasan a hablar de chicos y chicas, a tener novias, a hablar de fiestas y discotecas, pues tenemos un cocktail explosivo que lleva a muchos adolescentes a sentirse completamente abrumados, perdidos y frustrados.
En términos absolutos, sienten que les han cambiado por completo el mundo donde vivían y que la inocencia se quedó atrás en un universo paralelo. Lidiar con todo esto resulta una tarea titánica que ahoga y corta la respiración. Se les presentan problemas que, al ser completamente novedosos, no saben afrontar, y mucho menos resolver. Pero tampoco quieren que les ayuden los padres porque no desean que se les siga tratando como a niños. Buscan independencia, encontrarse a sí mismos, descubrir quiénes son en realidad, y sin que nadie –ni sus padres- se lo digan, aunque los siguen necesitando; por eso físicamente no se alejan mucho de ellos. La cuerda que antes les sostenía, la van soltando poco a poco.

Crisis sin fin
Todas estas cuestiones son las causas de muchas crisis de ansiedad, de bruscos cambios en el humor, de las muestras de cinismo, de irritaciones por minucias, de estallidos de cólera inesperados, de depresiones, de angustias, de inseguridades, de miedo al fracaso escolar, de desmotivación y apatía ante la vida, de fantasías evasivas, de aislamiento social, de problemas de autoestima, de anorexia y bulimia, de deseos de no haber nacido, de dificultades para dar y sentir afecto (piensan que nadie les quiere), y, en casos extremos, de pensamientos suicidas y comportamientos violentos: “Es probable que cuantos así obran no destaquen ni por su dedicación a los estudios ni por sus habilidades deportivas, y como desean sobresalir en algo, recurren a su fuerza bruta para demostrar que valen algo, que son capaces de someter y atemorizar a todos, incluso a los profesores”[4].
Sea cual sea el caso, ni ellos mismos entienden qué les sucede, y mucho menos saben expresarlo correctamente con palabras. A los que son buenos en los estudios, en algún deporte o en el uso de un instrumento musical, se vuelcan en dichas prácticas como forma de esconder sus sentimientos. Puede ser como una tabla de salvación, pero no la solución.
A pesar de lo que puedan pensar los padres, lo apuntado es más habitual de lo que se pueden imaginar: adolescentes que experimentan un profundo vacío existencial, que no encuentran su lugar en el mundo, que piensan que no hay nada por lo que de verdad merezca la pena luchar y vivir, que se sienten fuera de lugar entre sus semejantes y que creen que nadie les ama realmente. Si estas cuestiones no son tratadas, se arrastrarán muchos problemas, en mayor o en menor medida, a la vida adulta. De ahí la labor fundamental de los padres, y eso es lo que vamos a ir viendo poco a poco en este libro.

Continuará en: Jóvenes y adolescentes que viven con sus padres pero se sienten huérfanos. https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/2-jovenes-y-adolescentes-que-viven-con.html


[1] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 33.

[2] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 186-187.

[3] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 161.

[4] Ibid. Pág. 153.

lunes, 5 de octubre de 2020

Introducción a “Para padres, jóvenes y adolescentes”

 

Todos los libros que hay en el mercado son de padres dirigidos a padres, de psicólogos dirigidos a padres, de educadores dirigidos a padres, pero son excepciones aquellos escritos donde los que se dirigen a los padres sean los hijos.
La inmensa mayoría de los progenitores han aprendido sobre la marcha, pero rara vez se ponen en la piel del muchacho. Lo ven todo desde la óptica paternal, no desde la de sus retoños. Les cuesta hacer empatía con ellos, entrar en sus mentes, entender sus sentimientos, saber lo que necesitan y desean realmente en sus corazones.
Muchos dirán que ellos también fueron adolescentes y que sus vidas no eran tan sencillas ni con las mismas facilidades ni comodidades de hoy en día. Pero olvidan que este mundo, respecto al que ellos vivieron, ha cambiado hasta extremos inimaginables. Los padres deben pararse, reflexionar y tomar conciencia real de que la sociedad de antes no era como la de ahora, y que el pecado acampa a sus anchas como nunca en este siglo, ofreciendo continuas trampas a los más jóvenes.
Espero que los temas que aquí voy a tratar ponga voz a los jóvenes para expresarse, comprenderse y ayudarse a sí mismo. También mostraré con total claridad a los padres el verdadero corazón de sus hijos, el cual, en demasiadas ocasiones, ocultan ante ellos por miedo a ser desaprobados. Todo esto tiene el propósito de que puedan guiarlos en ese difícil y complejo camino llamado “vida”. Deseo que tanto a unos como a otros les sirva para empatizar, crecer y conocerse. Hablaré en nombre de los hijos y espero estar a la altura de la responsabilidad.
En términos generales, estos escritos van dedicados por un lado a los adolescentes para comprenderse y saber las razones que les llevan a actuar como lo hacen cuando tienen entre 10 y 17 años, y por otro lado a sus padres para que los comprendan, ayuden y, sobre todo, eduquen con amor genuino y principios bíblicos.
Esto no significa por mi parte que vaya a demonizar a los padres como a más de un hijo le gustaría, ni voy a hacer lo mismo con los hijos como los padres los ven en ocasiones. Tampoco santificaré a ninguno de los dos. Mostraré errores en los que ambos suelen caer para que así puedan corregirse. Habrás detalles que seguro no les gustará leer ni a uno ni a otros, pero el propósito es aprender y madurar, no caer en el berrinche infantil porque uno se sienta señalado.
Habrá padres y jóvenes que no se sentirán identificados en todos los puntos. En principio, esto puede ser una buena señal, ya que se estará dando a entender que lo están haciendo a la perfección. ¿La realidad? Si eres honesto, sabrás que esta perfección no existe por nuestra propia humanidad caída. Todos tienen que cambiar algunas conductas o, al menos, mejorarlas, aunque sean pequeños aspectos.
En el caso de que no seas padre, guarda todo este conocimiento para el futuro. Aunque los detalles cambien, los detalles generales permanecerán inalterables.

* INDICE:

1.- Jóvenes y adolescentes perdidos que no se gustan a sí mismos:

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/1-jovenes-y-adolescentes-perdidos-que.html

2.- Jóvenes y adolescentes que viven con sus padres pero se sienten huérfanos:

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/2-jovenes-y-adolescentes-que-viven-con.html

3.1- Los jóvenes y los adolescentes piden que sus padres les valoren y les comprendan.

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/31-los-jovenes-y-los-adolescentes-piden.html

3.2. Que se les escuche y se les corrija: lo que necesitan los jóvenes.

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/32-que-se-les-escuche-y-se-les-corrija.html

4.- No compares a tus hijos: se mueren por tu amor y respeto.

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/4-no-compares-tus-hijos-se-mueren-por.html

5.1. Tu hijo necesita que hables con él “de todo”:

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/04/51-tu-hijo-necesita-que-hables-con-el.html

5.2. Hablad de sexo con vuestros hijos antes de que sea demasiado tarde:

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/04/52-hablad-de-sexo-con-vuestros-hijos.html

5.3. Tu hijo necesita que sus padres le prediquen el evangelio y que no sean unos “ogros” en casa:

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/04/53-tu-hijo-necesita-que-sus-padres-le.html

6.1 ¿Cómo es el mundo actual donde viven los jóvenes y adolescentes?:

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/07/61-como-es-el-mundo-actual-donde-viven.html

6.2 ¿De dónde reciben los valores perniciosos los jóvenes y adolescentes?

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/07/62-de-donde-reciben-los-valores.html

7. La presión de grupo a la que son sometidos los jóvenes y adolescentes.

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/08/7-la-presion-de-grupo-la-que-son.html

8.1. Cómo enseñar a pensar a los jóvenes y adolescentes –puesto que todos son inteligentes-, para que aprendan por sí mismos.

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/08/81-como-ensenar-pensar-los-jovenes-y.html

8.2. El mayor problema que tienen los jóvenes y adolescentes: Doctor Jekyll y Mr. Hyde.

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/09/82-el-mayor-problema-que-tienen-los.html

8.3. ¿Son los jóvenes y adolescentes como el Doctor Jekyll y Mr. Hyde?

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/09/83-son-los-jovenes-y-adolescentes-como.html  

8.4. La única solución al gran problema de los jóvenes y adolescentes.

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/09/84-la-unica-solucion-al-gran-problema.html

8.5. La “edad del pavo” de los adolescentes y los adultos.

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/12/85-la-edad-del-pavo-de-los-adolescentes.html

8.6. ¿Qué valores están enseñando los padres cristianos a sus hijos adolescentes?

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/12/86-que-valores-estan-ensenando-los.html

8.7. ¿De quién depende, finalmente, que un joven elija el buen o el mal camino cuando se hace adulto?

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/12/87-de-quien-depende-finalmente-que-un.html