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lunes, 5 de mayo de 2025

Sweetpea. Laura & Rhiannon. ¿Sientes que nadie te ve? ¿Crees que eres “un cero a la izquierda”?

 

“Los de mi clase no quieren saber nada de mí, en mi clase nadie me habla, nadie quiere hacer trabajos conmigo”[1]. Estas fueron las palabras que Laura, de 14 años, le dijo a unas compañeras de clase días antes de suicidarse, el 26 de enero de 2020. Lo llevó a cabo en su propia habitación. Después de comer, la madre avisó a su esposo para que fuera a la habitación de la hija y le preguntara qué película quería ver, que mientras prepararía palomitas. Lo que se encontró fue el cuerpo de su hija sin vida. No puedo ni imaginar cuán terrorífico debe ser ver algo así en persona.

 
Antonio y Yolanda, padres de Laura, la cual cursaba 3º de ESO en el Colegio Sagrada Familia de Cornellà (Barcelona)
 
En primera instancia, los investigadores policiales no encontraron nada extraño en el móvil ni en la tablet que pudiera dar a entender por qué Laura hizo lo que hizo. Pero, pasados los días, sus padres miraron en su agenda, y allí encontraron la explicación: “30 de septiembre. ´De vuelta al infierno`. ´Los niños de mi clase son malvados, siempre inventando rumores de gente que no conocen. Se creen que por insultarme o reírse de mí van a ser superiores`. ´Depressed (deprimida en inglés)´. ´El día más horrible del universo`. 13 de diciembre. ´Saldré en los sucesos, nunca en las revistas`. ´Cada día que pasa me dan más ganas de morirme. ¿Es tan difícil que alguien me comprenda?`. ´Nadie cree mis palabras, lágrimas caen de mis ojos, lloro con furia, nadie se da cuenta, nadie me mira, a nadie le importo` [...]. En clase también la llaman ´cerda`. ´Asquerosa`. ´Apestosa`”. Aparte, la llamaban “la champiñón” porque era bajita.
Y sus padres, ¿qué decían de ella?: “De niña era tímida y observadora. Iba detrás de su hermano mayor y hacía todo lo que hacía él. Estaba feliz” [...] “Siempre le decíamos que jamás se riese de nadie, que para nosotros los maestros siempre tenían razón y que, si alguna vez la castigaban, sería porque algo habría hecho”. De ojos grises, hablaba poco, era reservada y buena estudiante. No le gustaban los petardos ni tenía muchas amigas. No salía mucho y nunca la invitaban a los cumpleaños.
Aparte de que se duchaba mucho y durante mucho tiempo (motivado por esos insultos que recibía, como dejó por escrito), sus padres tampoco notaron nada extraño o preocupante, y achacaban esta forma de ser a la propia pubertad, por lo que no se les puede culpar. Doy por hecho que su carácter retraído hizo que se encerrara en sí misma y que, a su vez, era la manera en que disimulaba ante sus progenitores su estado de ánimo. Eso sí, me sorprende sobremanera que la psicóloga del colegio le restara importancia a unos cortecitos que se había infligido en brazos y piernas. Yolanda narra que la doctora les dijo que no se preocuparan, que era una forma de llamar la atención. Laura no paraba de llorar cuando Antonio habló con ella, pero no habló. El padre la abrazó muy fuerte y le preguntó: “Hija, ¿nos prometes que no lo vas a hacer más?”, a lo cual ella respondió prometiéndolo. El asunto de los cortes fue apenas cinco meses antes del fatal desenlace. Lo que debería haber sido una señal de alarma extrema, no lo fue para la psicóloga. Por eso me resulta incomprensible su interpretación de los hechos.
Entre los demás, nadie hizo nada por ella. Ningún padre los llamó tras la tragedia, ni quiso saber nada de ellos. Ni siquiera la Policía Autonómica Catalana hizo bien su trabajo: miraron lo justo en sus pertenencias, por lo que el juzgado se inhibió y, finalmente, la Fiscalía de Menores, archivó el caso. Si no llega a ser por los padres que miraron meticulosamente en la habitación, nada se habría descubierto. Y lo que leyeron resultó estremecedor: “Mis amigas llorarán, pero pronto se olvidarán de mí. Y las de mi clase se pondrán contentas porque ya no estará la apestosa”. Se descargó en el móvil una guía contra el acoso escolar, pero no le funcionó. Unas desalmadas convirtieron su vida en el infierno.
Tras conocer el caso por las redes sociales, dos antiguas alumnas dieron el paso final y fueron a hablar con los padres: “Nos contaron que mi hija siempre estaba sola en el patio. Que le preguntó que por qué estaba sola y le explicó: ´Los de mi clase no quieren saber nada de mí, en mi clase nadie me habla, nadie quiere hacer trabajos conmigo` (palabras con las que inicié este escrito). Le dijo que le lanzaban lejos el estuche, que le tiraban escupitajos”.
Hasta que no acabe la investigación –ahora sí se ha reabierto-, no sabremos si los profesores sabían algo, qué tipo de calificación tenía la psicóloga del centro para ejercer y por qué no se activó el protocolo contra el acoso escolar. Tampoco hubo ninguna compañera que le echara una mano. Es más, por lo que narran sus padres, “algunas niñas se reían en el tanatorio y se hacían selfis con el féretro al fondo”. Si llego a ver eso mismo en el funeral de una hija propia, no sé cómo habría reaccionado, pero seguro que nada bien.

Rhiannon Lewis
La historia de Laura es dura, muy dura, y tristemente no es la primera de este estilo que conocemos[2]. Supe de ellas pocos días después de terminar una serie titulada “Sweetpea”. Está protagonizada por la actriz Ella Purnell, que interpreta el papel de Rhiannon Lewis. Y con estas palabras comienza la primera escena del primer capítulo: “Personas a las que mataría. Los tíos que se espatarran. Donna, la del súper. Norman, del trabajo. Por no saber apreciar mi potencial. Jeff, del trabajo. Por tener cero percepción espacial. Es más, a todos los del trabajo. Gente que se acuesta conmigo y luego te responde a los mensajes solo con emojis. Mi hermana, Seren, por dejarme en ´visto` en el móvil y en mi vida en general. Nuestra madre, por marcharse y olvidarse de decirnos dónde fue. Y en el primer puesto de mi lista, Julia Blenkingsopp. Que me sometió a una implacable campaña de abuso psicológico. Minando mi autoestima y mi contexto general en el mundo. Julia Blenkingsopp, por hacer que me arrancara tanto pelo que tuve que llevar peluca. Julia Blenkingsopp, por convertirme en un fantasma. Haciéndome invisible para siempre, y miedosa. Y mataría a mi padre por morirse. Y abandonarme para tener que ocuparme de todo sola”.
Esta es su voz en off, mientras en imágenes observamos diversas escenas de su vida, tanto pasada como presente: ella sentada en el autobús con las piernas encogidas mientras dos hombres las tienen bien estiradas; la cajera del supermercado habla por un auricular mientras ella espera que le cobre la cesta de la compra; no le hace ni caso y la atiende lentamente; su jefe la tira la gabardina encima de la cabeza como si fuera un ropero; se le derrama en las manos parte del café caliente porque un compañero de trabajo no mira por donde ella pasa; el resto se marcha sin despedirse y la dejan la última con las luces apagadas; el chico con el que estuvo ni le devuelve el saludo; su hermana no responde a sus wasap; su madre marchándose de casa cuando ella una cría; los desprecios y las burlas a la que la sometían en el instituto, donde se arrancaba a sí misma el pelo.
Hace bien su trabajo de recepcionista en un periódico, pero no la valoran, y aunque se muestra amable y simpática con todo el mundo, es como si fuera invisible. Tampoco tiene amigas. Su jefe la llama sweetpea”, que por lo que he podido averiguar, es cuando se le dice a una mujer de forma peyorativa “tráeme esto o aquello, guapa”. Hierve en su interior, pero se resigna y sonríe de cara a los demás, como si todo fuera bien.
La verdad es que esos primeros minutos son impactantes. Empatizas con ella y sientes tristeza. Eso sí, todo da un vuelco cuando una noche explota y comete un asesinato... y no será el último. No describo más porque no es necesario para aquello de lo que estoy escribiendo y para no estropear el resto de la trama al que quiera verla.

En común & El deseo de todo ser humano
Del bullying en sí no voy a hablar, más que nada porque es algo que ya hice ampliamente en “Estamos muertos: jóvenes que se sienten “zombies” a causa del bullying” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2022/02/estamos-muertos-jovenes-que-se-sienten.html). Si no lo leíste en su momento, y estás pasando por dicha situación o conoces algún caso, no tardes en ir a sus líneas. Te ayudará a saber qué hacer y cómo pedir ayuda si fuera necesario.
Dicho esto, hoy me quiero centrar en un aspecto en concreto de cómo se sentía Laura y Rhiannon, y qué solución bíblica encontramos para aquellos que experimentan esa clase de emoción tremebunda y negativa.
Es evidente que ambas difieren en que una acabó con su vida y la otra se convirtió en una asesina en serie. Pero, como has podido comprobar, el trasfondo de sus historias tiene mucho en común. Aparte de lo ya señalado, ¿en qué coincidían plenamente Laura y Rhiannon, la primera una chica real y la segunda ficticia? Que las dos sentían que eran invisibles, y eso las llevaba a creer que eran “un cero a la izquierda”.
¿Qué anhela la inmensa mayoría de los seres humanos? Que lo miren; así se sienten amados, valorados, respetados y valiosos. Y por mirar no me refiero a “le vean físicamente”, sino que “le vean como persona”: su ser interior, su alma, su esencia, sus dones y talentos. Es de esa manera que...

- un bebé quiere que sus padres le miren.

- unos padres quieren que su bebé los mire.

- un niño y un adolescente quiere que sus padres le miren.

- una enamorada quiere que el chico que le gusta la mire.

- un enamorado quiere que la chica que le gusta la mire.

- un buen trabajador quiere que su jefe le mire.

- un deportista quiere que su entrenador le mire.

- un escritor quiere que un editor le mire.

- un compositor quiere que una discográfica le mire.

Y así con todas las mezclas que nos podamos imaginar. Da igual que uno sea joven o adulto; todos quieren que les miren. Lo trágico es que no siempre sucede. En este mundo, nos encontramos casos como el de Laura. Chicos, chicas, hombres y mujeres a los que se les ignora.

¿Quién te ve de verdad? La historia de Zaqueo
Dice así la narración: Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:1-10).
Muchos menosprecian a los demás por su apariencia física. Ya lo hemos visto en los casos mencionados. Zaqueo posiblemente provocaba risotadas entre la muchedumbre por su baja estatura. Puede que directamente, en la cara, o cuando lo veían pasar y se le quedaban mirando o cuchicheando. Además, era el jefe de los cobradores de impuestos, por lo que su mala fama estaba garantizada entre el pueblo llano, siendo considerado un pecador y un traidor a su patria, al trabajar para los romanos. Hasta él mismo reconoció que defraudaba a la gente. Sin embargo, su curiosidad le llevó a querer saber quién era ese Jesús del que todo el mundo hablaba. Subiéndose a un árbol, y entre toda la multitud, Jesús lo miró a los ojos. Curiosamente, es el único caso registrado en los Evangelios en los que Jesús se “autoinvitó”: era Él quien quería estar con Zaqueo. Esto le conmovió de tal manera que decidió cambiar su vida por completo: arreglar lo malo que había hecho en el pasado y comenzar a vivir en rectitud.
Zaqueo supo que era amado. Zaqueo supo que era valorado. Zaqueo se sintió valioso. Zaqueo supo que era respetado. Y todo eso no por uno cualquiera, sino por el mismísimo Mesías, Dios encarnado. Y todo eso porque Jesús le miró: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (vr. 10).

Tu historia
Para todos aquellos que sienten que nadie los ve o que son “un cero a la izquierda”: que tu concepto de ti mismo no dependa de las personas, sino de Dios. Tu valor, tu estima, el sentirte amado, no debes basarlo en los seres humanos, sean quienes sean. Hacerlo puede llevar a la neurosis. Como se sabe bien, los síntomas de esta inestabilidad emocional son la ansiedad y los temores sin razones aparentes, la preocupación y la culpa en exceso, la propensión a las emociones y reacciones negativas, ira e irritabilidad, baja autoestima y depresión. Nada de esto significa ser un estoico impertérrito al que nunca le afecta nada, sino no dejarse dominar por las creencias del prójimo.
Por eso es tan importante cambiar la perspectiva: lo que opinan y sienten los demás sobre ti es fluctuante. Un día te pueden amar con locura y poco después es posible que no quieran saber nada de ti. La vida, los años y las circunstancias varían sin que tengamos control sobre los demás. Sin embargo, lo que Dios ve en ti y cómo te valora es estable y seguro. Toda mi estabilidad proviene de Él, y solo de Él. Escucha y asimila Sus pensamientos. Eso te hará sobrevolar sobre lo que otros piensen o sientan sobre tu persona, sea bueno o malo, tanto si son compañeros de estudios, de trabajo, familiares, conocidos o desconocidos.
Nunca pierdas de vista que Dios te ama (cf. Jn. 3:16), que hubo fiesta en el cielo por ti (cf. Lc. 15:20), que conoce cada lágrima y vivencia por lo que has pasado (cf. Sal. 56:8), y que te ha preparado una casa para la eternidad (cf. Jn. 14:2). Vive en paz con Él y en Él.


[2] Los datos en el presente siguen en aumento y afecta a la inmensa mayoría de los países del mundo, siendo México el que encabeza la lista con más del 50% de afectados entre sus 40 millones de alumnos. Es tan dramática la panorámica que, en dicho país, el 15% de los suicidios están ligados al bullying, donde, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) se registran 52 suicidios infantiles cada mes; de 2008 a 2018 alrededor de 7 mil menores de edad se han quitado la vida a causa del acoso.  

lunes, 31 de marzo de 2025

¡Qué difícil es ser joven en la sociedad actual! Un análisis, bajo mi punto de vista, del sublime tercer capítulo de “Adolescencia”

 


Sí, puedo entender que el libro de los gustos está casi en blanco y que algo no tiene que gustarle a todo el mundo, pero decir –como leí a una persona-, que la serie “Adolescencia” no “le dice nada”, me resulta totalmente incomprensible. Puede que alguien que llega a esa conclusión no tiene hijos y no le importan la vida de otros, le cuesta empatizar con los problemas de los más jóvenes, no ha prestado atención ni ha mostrado el más mínimo interés, o directamente vive en Narnia, en una especie de happy world, donde nada le afecta a nivel personal.
Como esta no es la norma, ya que ha impactado sobremanera a la inmensa mayoría, haré mi propio análisis. Personalmente, recomiendo ver el tercer capítulo un par de veces: la primera, sin cortes, de seguido. La segunda, parando la escena en los momentos álgidos.

¿Por qué, Jamie?
Como saben todos los que la han visto, contemplamos, desde el mismo comienzo, el arresto de Jamie (interpretado sensacionalmente por Owen Cooper), un chico de trece años, acusado del asesinato de Katie, una compañera del colegio. Aquí no hay giros finales ni nada por el estilo. Él lo llevó a cabo. El camino fácil habría sido decir que el niño es un psicópata, en lugar de explicar por qué es cómo es y por qué lo hizo. En ese aspecto, chapeau para los guionistas.
Impactante momento donde la Policía entra en el dormitorio de Jamie para arrestarlo 

Como las pruebas visuales son irrefutables y confirman lo que hizo, todo versa en torno al porqué lo llevó a cabo, y no al clásico caso sobre la celebración de un juicio. Es culpable y lo sabemos bien pronto.
Aunque aquí y allá nos van dando pistas, es en el tercer episodio donde se destapa todo el pastel, en una incómoda e intensísima charla entre una psicóloga (Erin Doherty, que también borda el papel), y Jamie, internado ya en un centro de menores. Es en esta extensa conversación en la que me voy a centrar.
Todos los padres –o aquellos que tengan intención de serlo en el futuro- deben estar atentos a lo que voy a exponer. Aunque no nos conocemos, permíteme tutearte: puedes decir que tus hijos no son asesinos, ni siquiera personas violentas o iracundas, pero la sociedad en la que viven y los problemas que enfrentan son tan reales y peligrosos como los que se nos muestra a través del protagonista. El mundo en que las nuevas generaciones se están criando, es muy diferente al que nosotros vivimos. Espero que las siguientes líneas te ayuden a reflexionar, para así comprenderlos y ayudarlos. Aunque seguro que me quedaré corto y se me escaparán detalles, analizaré, por bloques, los aspectos que considero más importantes.

1) La necesidad de validación paternal
Al comienzo de la sesión con la psicóloga, Jamie se muestra relajado, e incluso bromista, como la inmensa mayoría de los niños de su edad. Se ríe cuando considera que le hacen una pregunta ridícula o que la respuesta es tan obvia que no sabe por qué se la hacen, y repite las palabras de ella como si fuera una abuela. Tengamos en mente en todo momento que tiene apenas trece años.
Pero este ambiente plácido comienza a tensarse cuando le indagan sobre qué piensa de la masculinidad y qué siente él al ser hombre. Afirma que no le gustan tales preguntas, que son estúpidas, y que no se siente cómodo. Cualquiera de nosotros, con esa edad, nos habríamos sentido igual. Ella dice que su concepto de hombre es el de alguien que puede arreglar cosas, armar cosas, le gusta los deportes e ir a la taberna. Como Jamie se enrosca, la psicóloga voltea la conversación para centrarse en el padre, y ver qué opina Jamie de él. Dice que sí, que es así, que le gustan todos los deportes, que trabaja mucho, es amable, no juzga y no es cariñoso. Una vez derribó un cobertizo cuando estaba rabioso, pero se “enoja como cualquier persona; nada grave”, puesto que es un hombre bueno.
Y aquí llegamos a un punto clave: a Jamie, al contrario que a su padre, no le gustaban los deportes. A pesar de eso, él lo apuntó a jugar al fútbol, el cual se le daba bastante mal. Lo animaba durante el juego, pero se avergonzaba cuando lo veía fallar. Como no podía disimular su desilusión, apartaba la mirada para fingir, pero Jamie se daba cuenta. Es obvio que esto le hacía sentir un miserable. La psicóloga le dice que ella tampoco era buena en los deportes, a lo que él replica que seguro que era buena en otras cosas y que es inteligente, pero que él siente que no es bueno en nada, y que no le importaba. Su lenguaje no verbal deja bien claro que sí le importaba, y mucho. Tristemente, es algo que piensan muchísimos chicos durante la pubertad. ¿La razón? En el siguiente párrafo quedará clara.
Un hijo busca en su padre la mirada de la satisfacción, de la alegría, del reconocimiento. Necesita imperiosamente saber y sentir que su padre lo tiene en altísima estima y que valora los talentos que posee. En el caso de Jamie, por el cuarto y último capítulo, sabemos que era el dibujo: se le daba sensacional, se pasaba horas ensimismado y disfrutaba una barbaridad. Su padre no supo verlo.
No cometas ese error. Valora, aprecia y potencia la riqueza interna que fluye de manera natural en tu retoño. Aquí te muestro cómo: “Los jóvenes y los adolescentes piden que sus padres les valoren y les comprendan” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/31-los-jovenes-y-los-adolescentes-piden.html).

2) La necesidad de validación femenina
Aunque he hecho mención concreta a la figura paternal, la maternal es igual de importante. La necesidad de validación femenina está presente en todo momento. A lo largo de la sesión, y a pesar de que se enoja con la psicóloga en varios momentos, siempre termina por decirle que prosiga con sus preguntas, las que sean. Aparte, quiere saber qué piensa de él, y por eso le pide las notas que había escrito.
Cuando llega el final y ella le anuncia que es la última vez que se van a ver, él grita desesperado. No quiere que se marche. Le pregunta si volverá. Y aquí vemos la gran importancia que le concede, con una última pregunta: “¿Te agrado?”. Ella no puede responder, ya que debe limitarse a su labor como profesional. Esto rompe a Jamie todavía más.
Quiere su compañía. Necesita su compañía. Necesita ser aceptado. Necesita alguien que se interese en él sin juzgarle y por aspectos a los que nadie hace caso, que le ofrezca validación como ser humano y como hombre.
Que no lo olviden las madres: tienen una labor fundamental en la crianza de sus retoños y en la formación de su personalidad.

3) La presión por tener sexo desde joven
Cuando tratan el tema de las relaciones sentimentales y el sexo, la psicóloga empieza preguntándole qué haría si tuviera novia. Responde que la llevaría al cine, a ver una peli de terror. Luego salta al sexo: ¿te parece normal que un chico o una chica heterosexual de tu edad tenga relaciones sexuales? Él considera natural besarla y tocar las partes intimas de una chica, incluso por debajo de la ropa. Confiesa que no ha hecho nada de eso, pero que debería haberlo hecho ya.
Este es un claro ejemplo de cómo ha cambiado la sociedad. Hasta hace una generación, con trece años se pensaba únicamente en jugar, jugar y volver a jugar. Hoy en día:

- entre la sexualización extrema de la mujer, tanto por el mundo de la moda, el cine, la televisión, y ellas mismas en Internet.

- entre el consumo de pornografía a edades bien tempranas.

- entre los vídeos de twerking y las letras vulgares de reguetón​.

- entre la banalización del sexo.

- entre basar el valor personal en lo que se expone en las redes sociales y en lo que los demás piensan de uno.

-  y entre los malos ejemplos que ofrecen infinidad de adultos...

... la presión sobre los jóvenes para comenzar a tener relaciones íntimas es brutal. El rarito, al que miran con recelo, es el que no ha hecho nada. Esto lleva a esos jóvenes a sentirse inferiores. Es duro de leer y de aceptar, pero esa es la realidad presente, como analizamos en “La presión de grupo a la que son sometidos los jóvenes y adolescentes” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/08/7-la-presion-de-grupo-la-que-son.html).

4) Los Incel y el rechazo sentimental
¿Qué sucedía con Jamie? Aunque decía que Katie –la chica a la que apuñaló hasta la muerte-, no era su tipo (al considerarla “plana”), le pidió salir, ya que eso –que fuera “plana”-, “no le importaba y estaba bien”. O sea, le gustaba. Lo llamativo es que lo hiciera tras lo mal que Katie se había portado con él.
Cronológicamente, así fueron los hechos: ella le pasó a un chico, con la intención de atraerlo, una foto por Snapchat (una aplicación de mensajería para intercambiar vídeos y fotos), con la particularidad de que dicha imagen la mostraba desnuda, de cintura para arriba. Este chico se la reenvió a todo el mundo. Mientras que la llamaban “putX”, “plana” y otras cosas, Jamie se acercó a ella y le dijo que lamentaba mucho lo que le habían hecho, y que quería invitarla a la feria. Se mostró amable; hasta se puso su mejor ropa. Pensó que en el estado vulnerable en que ella se encontraba, él le gustaría. ¿Prefería ella a los chicos malotes? Ya he hablado en otras ocasiones del tema, que no es necesario reabrir aquí. Así que sigamos con la narración: ante la invitación, Katie se rio y le dijo que no estaba tan desesperada.
El que, a esa edad juvenil, armado de valor, aun sintiendo pánico al rechazo, se ha acercado a una chica, le ha propuesto salir y se ha encontrado con una respuesta semejante, sabe qué se siente en esos momentos: humillación, incomprensión, tristeza y desesperación. La autoestima queda aniquilada instantáneamente y el corazón se descompone como un azucarillo en una taza de café hirviendo. El sentimiento de inutilidad toma el control, hasta el extremo de sentirse físicamente repelente.
Luego del fulminante rechazo, esto aconteció: Jamie tenía Instagram, pero solo para ver otras cuentas, ya que no subía fotos, puesto que pensaba que no le gustaba a nadie, al considerarse feo. La cuestión es que sus amigos y su hermana subieron alguna en la que sí aparecía etiquetado. Esas fotos fueron comentadas por Katie, donde insertó algunos emojis (pequeña imagen o icono digital que se usa en las comunicaciones electrónicas para representar una emoción, un objeto, una idea, etcétera), donde venía a exponer que Jamie era un “Incel”[1]. Para el que desconozca el significado de dicho término, es un acrónimo de la expresión inglesa involuntary celibate; es decir, un “celibato involuntario”, por parte de hombres incapaces de tener pareja y/o sexual, pese a que quieren.
Jamie la confrontó y le dijo: “No soy lo que dices que soy”. ¿La respuesta de Katie?: “Bueno” (sonriendo y en tono burlesco). Y luego se fue. En su caso, según ella, era un Incel porque “pertenecía al grupo de hombres que no le importaban a las mujeres” (“al 80% de las mujeres les atrae el 20% de los hombres”). Con esos emojis, venía a decirle que él no pertenecía a ese 20%: “¿Quieres amor? No lo obtendrás”. Es un desprecio absoluto que atenta contra la dignidad básica de cualquier ser humano.
Al escuchar eso, la psicóloga le dice que aquello le debió parecer muy cruel, a lo que él responde que “puede ser”. Para añadir más carga, no fueron pocos a los que les gustaron esos comentarios contra él y los consideraron divertidos. Y es aquí donde todo explota y Jamie prácticamente se delata: “Era una perra. Una perra acosadora. Hasta tú lo notas. Debí haberla matado, pero no lo hice”.
Katie tenía un rostro angelical, pero su corazón no iba en consonancia con el mismo 

¿Merecía la muerte? No, ni por asomo. ¿Debería haberle gustado Jamie y aceptar su invitación? No, si no le gustaba, no le gustaba, y punto. ¿Se portó mal con él? Bastante. ¿Le hizo bullying? Muchísimo. ¿Él debería haber aceptado el rechazo, aprender de la experiencia para madurar y seguir con su vida? También.
Como diré al final, no defiendo a Jamie lo más mínimo, ni culpo a Katie de su asesinato, solo explico los hechos y sus reacciones para que todos comprendamos ciertas realidades y, así, meditar.

5) Ira acumulada en un alma atribulada
Todos han visto esta parte como un intento de Jamie de imponer su voluntad, como una señal más del machismo recalcitrante con el que nos han educado desde hace siglos. Pienso que eso es el discurso sencillo e ideológico, por lo que iré más allá y daré mi opinión, formulándote una pregunta: si tu padre no valorase tus dones ni tu forma de ser, si sintiera vergüenza al mirarte porque no se te da bien algo que para él es importante, si te insultaran y escupieran en el colegio, si te vieras como feo y un fracasado, si las chicas no quisieran absolutamente nada de ti y ellas mismas te despreciaran en las redes sociales, si fueras alguien impopular, ¿cómo te sentirías? No me digas que estarías dando saltos de alegría. Lidiar con todas esas emociones y canalizarlas correctamente no es nada sencillo. Y ahí están los casos de suicidios entre adolescentes que sufren este tipo de circunstancias y se ven envueltos en una especie de agujero negro.
Si lo descrito nos sucediera, en nuestro ser interior, habría una mezcolanza de tristeza e ira, ambas tan fundidas, que sería difícil diferenciarlas, como expone esta fábula: “Había una vez un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente. Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque. La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se bañó rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua… Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró. Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza. Y así vestida de tristeza, la furia se fue. Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia. Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es solo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad… está escondida la tristeza”[2].
Así entendemos que la ira de Jamie, en verdad, escondía una profunda tristeza. Esto hacía que saltara a la mínima con violencia, física o verbal, ante aquellos que consideraba más débiles y que podía plantarles cara. De ahí esa pelea a puñetazos en el centro de internamiento, bajo la excusa de que no se caía bien con el otro chico. De ahí que él saltara ante la psicóloga cuando le mandaba sentarse o no le gustaba el cariz que tomaba la conversación. De ahí sus palabras: “No, no me siento. Tú no mandas en mi vida. Grábatelo en tu mente”. No tenía control sobre nada en su vida, se sentía pisoteado y ninguneado, y en esos estallidos sentía que tomaba el control. Un falso control, pero control al fin y al cabo.
En mi opinión, las lágrimas que derrama al final la psicóloga no son por haber pasado miedo ante Jamie o por el estrés experimentado durante la sesión, sino por haber visto el alma del chaval, que estaba llena de dolor, sufrimiento e ira. Esa fue la causa de sus últimas palabras: “Te recomiendo que aproveches cualquier servicio de salud mental que te ofrezcan”.
Un hijo puede mostrarse rebelde, respondón o agresivo por causas mucho más profundas que una simple rabieta o por un acto de machismo. Cuando algo así suceda, hay que investigar si no hay nada más detrás, porque posiblemente sí lo haya. Algo que se haya pasado por alto o una situación que se desconozca por completo: problemas personales, frustraciones o sentimientos de desesperanza que esconden una tristeza camuflada. Nuevamente, es la labor de los padres ir más allá de las meras apariencias.

6) ¿Blanqueamiento? & Responsabilidad personal
Todo lo que he ilustrado con palabras y ejemplos, no es un intento por mi parte de blanquear a Jamie y el cruel asesinato que lleva a cabo. No justifico. No defiendo. Solo explico.
La mayoría de las personas no tienen los dientes de color blanco como el marfil. En muchísimas ocasiones, se debe exclusivamente a una cuestión genética. Pero en otras muchas se debe a una mala alimentación, a un mal cuidado de los mismos o al tabaco. Con la maldad humana sucede exactamente igual: la traemos de serie. Bien dijo Pablo: “hallo esta ley: que el mal está en mí” (Ro. 7:21). Esta es una ley universal. Esta inclinación al mal puede aumentarse en función de diversos factores: la educación, los amigos, la cultura, etc. Todo ello influye, pero NO DETERMINA. Aunque se me molesten algunos sectores dentro del calvinismo, somos poseedores del libre albedrío, por lo que somos responsables de nuestras decisiones, para bien o para mal.
En la vida real, las circunstancias de Jamie se asemejan a las vividas por miles de jóvenes, tanto chicos como chicas, y, porcentualmente, muy pocos se convierten en asesinos o malas personas. Que no tengas “los dientes blancos” (ese mal que está en nosotros intrínsecamente), no implica que no los cuides.
La decisión de matar o de hacer cualquier tipo de mal, en mayor o menor grado, no depende en última instancia de los condicionantes que he citado, sino de la persona.
En más de una ocasión lo he dicho, pero quiero terminar repitiéndolo: el deber de los padres es educar, guiar, corregir, apoyar, valorar e inculcar sanos valores, pero serán ellos los que decidan qué camino tomar, por lo que, en un sentido u otro, será responsabilidad de los hijos.

* EXTRA
Como dije al comienzo, puede que me haya dejado cuestiones en el tintero, por la sencilla razón de que no me haya dado cuenta o, en mi opinión, las he considerado menos interesantes y que no casaban con lo que quería proponer. Pero hay otros asuntos que sí he contemplado en esta serie y que analizaré en otros escritos, ya fuera de ella. Algunos ejemplos de otros artículos que vendrán en el futuro:

- Jamie se sentía feo, como le sucede a muchas personas, tanto jóvenes como adultas. Como nunca he leído a nadie tratar esa cuestión, me encargo la tarea de hacerlo.

- Aunque del bullying ya hablé en otra ocasión (“Estamos muertos: jóvenes que se sienten “zombies” a causa del bullying”: https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2022/02/estamos-muertos-jovenes-que-se-sienten.html), le volveré a dar una vuelta de tuerca con un caso real, donde, a diferencia de Jamie que cometió un crimen, una chica de mi país que sufrió tales circunstancias, se suicidó.

- Manosfera (o machosfera), siendo un tema que me era completamente desconocido –al menos, en esos términos-, para desmontar algunas de sus ideas perniciosas sobre las mujeres.

- Más allá de todo lo que vendrá, insisto en que todos lean el libro “Para padres, jóvenes y adolescentes”, cuyo índice y respectivos enlaces dejé aquí: https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2025/03/adolescencia.html


[1] El equivalente femenino para incel es femcel. 

[2] Bucay, Jorge. Cuentos para pensar.

lunes, 3 de febrero de 2025

El ahorcado. Antiguos cristianos que cayeron por la ira y el odio

 


Callado. Tímido. Humilde. Silencioso. Inteligente. Amable. Formal. Educado. Bien vestido. Entregado al Señor. Sirviéndole con su talento, que era tocar la guitarra. Así lo recuerdo. Y no solo yo, sino todos aquellos que lo conocieron. No hablé muchas veces con él, ya que era un joven adolescente de entre las más de cuatrocientas personas que había en aquella congregación y no me movía en su círculo. A pesar de su corpulencia física, su personalidad tranquila le hacía pasar desapercibido.
Bastantes años después de mi marcha de aquel lugar, que terminó siendo un hábitat lúgubre y siniestro, me hablaron de este mismo chico, que ya había cumplido los treinta años. Me quedé estupefacto: era una especie de hippie, iba a playas nudistas con su novia, usaba un lenguaje malsonante, y su nuevo look consistía en llevar la mitad del pelo rapado y la otra mitad largo. Más allá de sus renovadas aficiones o gustos estéticos, su nuevo estilo de vida iba aparejado a la actualización de sus creencias o, más bien, a la ausencia de ellas: dudaba de la propia existencia de Dios.
Un cambio tan radical es llamativo en grado sumo y, a la vez, triste de observar. Si fuera el personaje de una novela, nos descolocaría. Pero, siendo alguien real, de carne y hueso, nos estremece el alma.

¿Por qué?
¿Qué le sucedió para esa transformación? ¿Qué le llevó a romper con su pasado de forma tan abrupta? ¿Cómo una persona puede cambiar tanto, hasta el punto de parecer otra completamente distinta? En el caso que nos atañe, la respuesta la encontramos en cómo reaccionó ante el abuso espiritual que padeció y a los sentimientos que esto le provocó, que no supo gestionar, y que le condujeron a experimentar el odio más absoluto hacia el causante y otros mandamases. Ardía en ira, pero se la guardaba. Durante todos los años que estuvo en aquella iglesia, no dijo nada sobre lo que le removía las entrañas. Agachaba la cabeza, sonreía y obedecía. Ahí no le puedo reprochar nada. Es muy fácil señalar, a toro pasado, qué podría haber hecho o dicho cuando tocaba. Si, en las pocas ocasiones en que me atreví a disentir, se me reprendió con toda dureza, donde se me consideraba un desobediente a mis pastores, haciéndome sentir falsamente culpable, puedo entender que otros prefirieran callar. 
Hasta que llegó el día y se desahogó con dicha persona a la que odiaba: le dijo que ya no quería ser “el bueno”, el que se dejaba pisotear, el que ponía buenas caras cuando le había hecho alguna jugarreta, el que saludaba a personas que no quería ni ver y el que se callaba lo que tenía que decir por miedo a ofender, a quedarse aislado o a ser un incomprendido. No deseaba volver a experimentar la frustración y la amargura, que le hacían sentir como un inútil.
Según su opinión, pasar página de todo lo anterior era cerrar etapas, tomar las riendas de su vida, actuar libremente como quería, sin ataduras ni opresiones, y alejarse del terror y el miedo. Como punto de partida, tales intenciones eran válidas, necesarias y sanas. En mi caso, hice lo mismo: apartarme de la hipocresía, de la doble moral, de la manipulación, del chantaje emocional y de las falsas praxis eclesiales que formaban parte de un sistema corrompido por aquellos que jugaban con los cristianos.
El problema vino con la segunda parte: olvidó lo básico, que es el camino de Dios. Y no solo eso: dejó que el odio hacia una persona en particular lo consumiera. El individuo en sí había sido un líder respetado en la música, al que se le consintió absolutamente todo, incluso el despotismo con el que hablaba en ocasiones a los miembros del coro. Cuando se descubrió sus relaciones extramatrimoniales –en plural- y cómo intentaba seducir a otras mujeres, lo negó rotundamente. Durante ese tiempo, hasta que ya no pudo más esconder la verdad, el joven del que hablamos lo apoyó y estuvo a su lado, lo trató bien, le saludaba y le preguntaba cómo le iba todo. Era su manera de pagar bien por mal. Y es de admirar dicha actitud. Pero se cansó, precisamente por todo lo que tenía guardado en su foro interno contra dicho personaje. Le confesó que le había maltratado, engañado, traicionado, ninguneado, machacado, controlado, utilizado, desvalorizado. Y que había sido un títere en sus manos durante muchísimos años, al que manejó como le dio la gana en todos los ámbitos de su vida.

Errando el tiro
Hasta aquí hizo lo que tenía que hacer: expresarle sus emociones y hacerle consciente del mal que le había causado. Salvo por el lenguaje un tanto extremo y no citado, personalmente, por lo demás, me parece correcto y sano. Pero lo que vino luego muestra que se pasó de frenada. No tanto por llamarle agresor sexual, mala persona, hipócrita, aprovechado, oportunista, engañador y abusón, o por decirle verdades como templos, como que había pisoteado muchísimas vidas y dejado un montón de cadáveres a su paso, habiendo creado solo odio y destrucción por donde había pasado, sino por una serie de insultos malsonantes que le dedicó, que prefiero omitir. Y, por encima de todo, por señalar cuánto lo odiaba, con todas sus fuerzas, por el mal que había causado.
En un momento de ira, de desesperación, de desgarro emocional, se puede llegar a entender dicha reacción a nivel humano. Como ya conté cuando hablé de la iglesia sectaria en la que estuve, también experimenté ira, así que me puedo poner en su piel. Lo que vino después, ese giro de ciento ochenta grados en su vida, ya no tiene justificación alguna. Se puede estar descolocado un tiempo, desconcertado unos meses, pero no abandonar a Jesús, que lo ofreció todo por nosotros. La cruz de Cristo vino a redimir, no a condenar, y si un sitio o una serie de personas logran lo contrario, uno se aleja lo más posible, pero no del Redentor.
Cuando se asienta la vida en las emociones, en la fe en los hombres, en las actividades eclesiales o en cualquier otra cosa, sucede lo que ya vaticinó Jesús en la parábola de los dos cimientos: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mt. 7:24-27).
Reconozco que no es nada sencillo permanecer de pie en medio de las tinieblas, sean externas o internas. Las emociones son tan abrumadoras que te pueden llevar a extraviarte con una facilidad pasmosa. He visto muchos perdiéndose a mi alrededor, incluso entre aquellos que parecían maduros y firmes en Cristo. Lo único que lo impide es estar asentado sobre la Roca, que es Cristo. 
En el caso de la persona mencionada, creía que, alejándose de todo aquello, sería libre. Podría haberlo sido, pero, al rechazar a Dios y odiar, esos fantasmas le acompañaron a todas partes y decidieron por él, por lo que seguía siendo esclavo, haciéndose el daño a sí mismo.

La experiencia de El Ahorcado
La historia que acabo de narrar reapareció entre mis recuerdos mientras veía a Sofía Falcone, el personaje magistralmente interpretado por la actriz Cristin Milioti en la serie “El Pingüino”, de la cual ya hemos hablado ampliamente en los dos artículos que preceden a este. 
Nunca la había visto actuar y, si la memoria no me falla, es la mejor actuación que he visto nunca de una actriz. Se nota que, principalmente, su carrera se ha desarrollado en el teatro. Lo dicho: extraordinario su papel.
Al principio parecía una más en la trama y que apenas sumaba, siendo la hija del mayor mafioso de la ciudad, Carmine Falcone, asesinado por Enigma, como vimos en “The Batman. ¿Quieres ser “la venganza” o una bengala que ilumine en la oscuridad?” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2025/01/the-batman-quieres-ser-la-venganza-o.html). Pero cuando llegamos al cuarto y estremecedor capítulo, nuestra forma de verla cambia por completo. Odiamos cómo actúa a partir de entonces, pero la comprendemos por completo.
Durante diez años estuvo internada en el asilo de Arkham por múltiples asesinatos. Los llevaba a cabo ahogando y ahorcando a sus víctimas, de ahí el sobrenombre de “El ahorcado”. Tras su liberación descubrimos que ella no mató a nadie, sino que fue su propio padre, que acabó incluso con la vida de la madre de Sofía cuando esta era una niña. Para no ir a la cárcel, el padre la incriminó, comprando a la Policía y a los médicos, haciendo que toda la familia testificara por escrito contra ella, acusándola de tener problemas mentales. Lo que padeció durante aquella década fue indecible, soportando un ambiente enfermizo, donde fue sometida en diversas ocasiones a sesiones de electroshock, y donde tuvo que cambiar su naturaleza pacífica en otra agresiva para defenderse de otras presas, hasta el punto de que asesinó a una de ellas.
¡Imagínate que algo así te pasara! Para muchos que pasan por una iglesia sectaria, sin llegar a estos límites, la experiencia puede ser muy parecida. Desasosiego. Miedo. Culpa. Prohibición de actuar libremente. 
Toda su juventud, Sofía fue una chica encantadora, que amaba a su padre y a su hermano, noble, de buen corazón, dadivosa y entregada a obras de caridad. Pero el dolor tan terrible que le causaron la cambió para siempre. Los traumas, que eran parte de su ser, y de los cuales no logró desembarazarse, la tenían prisionera, aunque ya no estuviera entre rejas.

¿Qué hizo tras liberarse? ¿Comenzó de nuevo, lejos de su miserable familia? ¿Buscó la paz? ¿Se apartó de todo lo malo que la rodeaba? Nada de eso. Para empezar, entró en el negocio delictivo de su difunto padre, maquinando para hacerse con el control de la organización criminal. Luego le pegó un tiro a bocajarro a su tío por contradecirla. Secuestró a una anciana –la madre de Oswald, alias el Pingüino- porque este había asesinado a su hermano y la traicionó. Le dijo a sus lacayos que pusieran una bomba bajo una barriada, lo que provocó la muerte de decenas de personas, no solo de mafiosos, sino también de inocentes.
Aunque aparentaba tranquilidad, era un torbellino de emociones. ¿No habían maquinado contra ella para hacer creer a los demás que estaba loca? Pues ahora se comportaba como tal, de forma díscola. De la Sofía humilde y cariñosa apenas quedaba nada, solo una mente ansiosa que maquinaba a fuego lento su venganza. Y así lo hizo: tras cenar con su familia, se puso una máscara para protegerse y los gaseó a todos. Solo salvó a la hija pequeña de su prima para que le sirviera de coartada. 

Aprendiendo de los errores ajenos
De ambas vivencias –la real, contada al comienzo de este escrito, y la ficticia, la de Sofía Falcone-, podemos aprender que el odio, la amargura y el rencor, impiden, siempre, cerrar las heridas del pasado, imposibilitando una mejor vida y conforme a la verdadera voluntad de Dios. Es como un cáncer que carcome, sin prisas pero sin pausa. Incluso a las que consideramos buenas personas, les destruye si no saben qué hacer con dichas emociones. Es como si se ahorcaran a sí mismos. Por eso Sofía acabó de nuevo con sus huesos en prisión, y el joven del que hablamos al comienzo en su propia prisión mental. Ambos se convirtieron en aquello que decían odiar en los demás.
¿De verdad hay ex-cristianos que creen que ahora sí lo están haciendo bien? ¿Creen que son sus mejores versiones por usar un vocabulario soez, por despotricar de los que seguimos siendo cristianos, por tener relaciones sexuales con cualquiera con el que se presente la ocasión o por haber perdido el pudor sano? ¿Acaso piensan que están demostrando ser mejores que aquellos que cometieron el atropello contra ellos al llevar ese estilo de vida, que no incluye a Dios? ¿No proclamaban a los cuatro vientos que Jesús era el Señor de sus vidas? Vino la tormenta y la barca se hundió porque, realmente, no lo era.
Al actuar así, estas personas están demostrando que no aprendieron nada. Escaparon del abuso espiritual para convertirse en un alma fea, independientemente de cómo fueran físicamente, de lo bien que les fuera todo o del éxito social que alcanzaran.
¿La lección? Está muy clara. Ya tienes el testimonio de otras personas para no seguirlos y no conducirte por la misma senda oscura. No vayas de víctima, pero tampoco de verdugo. Que tu mirada y tu fe estén puestas en Jesús (cf. He. 12:2), no en el hombre, ni en lo que hagan o dejen de hacer los demás.

lunes, 27 de enero de 2025

El pingüino. ¿Tienes hermanos y te sientes un segundón entre ellos? (2ª parte)

 


Venimos de aquí: El pingüino. ¿Tienes hermanos y te sientes un segundón entre ellos? (1ª parte): https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2025/01/el-pinguino-tienes-hermanos-y-te.html 

Tras analizar a Oswald, alias “El Pingüino”, y los celos que sentía hacia sus hermanos, veamos cómo se sintieron varios personajes bíblicos y qué puedes hacer si experimentas ciertos complejos de inferioridad hacia tus propios hermanos carnales.

El complejo de Edipo y el conflicto con los hermanos
(Oswald y su madre Francis)

Lo que vemos en la serie es un complejo de Edipo de manual. Para los que lo desconozcan, el mito del trágico rey Edipo proviene de la mitología griega: Edipo, hijo del rey Layo de Tebas y Yocasta, había sido abandonado poco después de haber predicho el oráculo que mataría a su padre y se desposaría con su madre. Desamparado para que muriera, fue llevado ante el rey de Corintio y su esposa, que no tenían hijos, y lo adoptaron. Edipo creció así sin conocer cuál era su origen ni la profecía sobre su persona.
Sin embargo, el joven Edipo, al escuchar rumores acerca de que el rey y la reina no eran sus padres, consultó al oráculo, quien le reveló que su destino sería dar muerte a su propio padre y que se casaría con su madre. Edipo, creyendo que sus padres eran quienes lo habían criado, se marchó para escapar de su destino.
Al salir de Delfos, Edipo se encontró con Layo y le dio muerte tras una disputa, sin saber que este era su padre y el rey. Layo estaba en camino hacia el oráculo para consultarle como librar a Tebas de la Esfinge, un monstruo que asesinaba a sus súbditos cuando no podía resolver los acertijos que les proponía. Luego de asesinar a Layo, Edipo marchó en dirección a Tebas y libró a la ciudad de la Esfinge tras resolver su adivinanza. Tras ser proclamado rey y casarse con Yocasta, descubrió que era su madre y que había acabado con la vida de su propio padre. El final de su historia fue horripilante: ella se suicidó tras conocer la verdad y él se sacó los ojos, abandonado la ciudad y convirtiéndose en un vagabundo.
Partiendo de dicha narración, y basándose en su propia experiencia personal, el psicoanalista Sigmund Freud desarrolló su propia teoría. La misma –muy criticada y cuestionada- expone una serie de emociones que se manifiestan durante la infancia, donde el niño experimenta deseos amorosos hacia su madre, incluyendo, a veces, el sexual, pudiendo permanecer dichos sentimientos durante la vida adulta, viendo a los demás –el padre y los hermanos- como rivales odiosos que quieren usurpar el amor que, según él, le corresponde en exclusiva.
Antes de proseguir, y para que nadie se escandalice de antemano, haré una puntualización: aunque reúne todas las características de dicho síndrome, hay una que no aparece, ya que, en ningún momento, a pesar de las muestras de cariño, se ve algo que insinúe un deseo sexual de Oswald por su madre. Era un amor, una obsesión, que transcendía el plano físico. Era tal su obstinación que, tras quedar en estado vegetativo, le pidió a su novia Eve que se vistiera con el mismo vestido que llevó su madre en aquella ocasión en que, siendo niño, bailó con ella en el club Monroe´s. Durante el baile le ruega a Eve que le diga que le quiere y que está orgullosa de él. Oswald le habla a ella refiriéndose como mamá: “Lo he logrado, mamá. ¿A qué sí? [...] El último piso. Un ático. Nadie viviendo encima ni al lado”. A lo que Eve, haciéndose pasar por la madre de Oswald, le responde con todo lo que él deseaba oír: “Sabía que lo lograrías, mi niño precioso. Gotham es tuya, cariño. Ya nada se interpone en tu camino”.

Y tú, ¿cómo te sientes?
Si necesidad de entrar en todos los entramados del síndrome –puesto que mis intenciones van por otro lado-, y sin necesidad de aceptar las teorías de Freud –que no comparto ni de lejos-, podemos ver algo que sí es real y observable: si un niño ama a su madre de una manera extrema, todos los que la rodean le molestan y les resulta un estorbo, sea su propio padre o sus hermanos. Y es aquí donde quiero llegar: en familias con más de un hijo, suele darse, consciente o inconscientemente, en mayor o en menor grado, rivalidad y celos entre hermanos. Todos ellos quieren:

- ser los más amados por los padres.

- recibir el mayor grado de atención.

- ser los más valorados.

- ser a los que les dedican más tiempo.

- ser los que reciben mejores regalos.

Hasta cierto punto, es algo normal durante la infancia, dado que el carácter está sin formar y las inseguridades son muy habituales. De ahí tanta hipersensibilidad interna, donde se mira al detalle las pequeñas o grandes diferencias en la actitud de los padres hacia los otros hermanos (si a uno le da más, le compra más, le hace más caso, pasa más tiempo con él, le hace más regalos, etc.) o la creencia de que alguno de ellos es el favorito respecto a los otros.
Se quiera o no, esta percepción de la realidad –sea objetiva o no, el joven la percibe así-, influye en cómo se siente. El problema no es tanto durante la infancia, sino si dichas emociones permanecen al llegar a la vida adulta. Puede que sea tu caso respecto a tus padres. Puede que eso te haga sentir como un segundón. Puede que, a diferencia de otros hermanos, sientas que no te valoran. Puede que creas que no se molestan en conocerte lo suficiente. Puede que no te den la validez que consideras que mereces y que no valoran tus dones, virtudes o puntos fuertes. Puede que consideres que solo se fijan en tus errores o aspectos negativos. Y vuelvo a hacer el inciso: aunque sea en parte subjetiva tu opinión o cien por cien verídica, así lo experimentas.
Además, a algunos les resulta fastidioso tener hermanos más inteligentes, más altos, más guapos, mejores deportistas, casados o con hijos. También se da el caso contrario: casados que envidian a los hermanos solteros o con menos responsabilidades labores y familiares. Cada persona es un mundo y nadie, salvo ellas mismas, saben qué les agrada o desagrada en el prójimo.
A todo esto le podemos añadir un aspecto peliagudo: aquellos hijos que saben que sus padres tienen a uno por “favorito”, y al que ama más que a los demás. Eso es algo que, a veces, sucede. Es lo que leemos en la familia de Jacob: para él, su predilecto era José, al que amaba “más que a todos sus hijos” (Gn. 37:3). La razón estaba bien clara: “porque lo había tenido en su vejez”. Sus hermanos lo aborrecían por ello (vr. 4) y por la túnica especial que le hizo de colores, sentimiento que fue a más cuando José se mostró un tanto fanfarrón por una serie de sueños que tuvo, donde él se veía señoreando sobre su familia y era servido.
La mayoría de las túnicas eran sencillas, llegaban hasta la rodilla y tenían mangas cortas. La de José era probablemente del tipo que usaban los nobles de manga larga, llegaba hasta el tobilo y tenía muchos colores
(Biblia del diario vivir. Editorial Caribe. Pág. 63-64)

Aunque un padre o una madre ame a todos sus hijos y le dé lo mejor que tenga a todos, puede darse, de forma más o menos visible, que su amor hacia uno en concreto sea mayor. Hay infinidad de causas que lo pueden motivar:

- el tenerlo a cierta edad o cuando ya no lo esperaba.

- el carácter del jovencito, que los puede revitalizar y hacerlos sentir rejuvenecidos.

- el tener más tiempo para disfrutarlo, ya con la experiencia del pasado y sin tantas preocupaciones.

- poseer afinidad en el carácter o los gustos; etc.

Una historia bien conocida y de la que podemos aprender
Cuando vemos a ciertos personajes bíblicos con hermanos, siempre nos ponemos de parte de uno de ellos –“el bueno”- e, inmediatamente, desechamos al resto. Pero, si eres de los que sientes la clase de emoción que hemos descrito en párrafos anteriores, este es el momento ideal para hablar de ellos. Puede que, ahora sí, los comprendas y veas qué lecciones puedes extraer de ellos para ti mismo. Esto te llevará a empatizar –que no justificar- y, a la vez, a no caer en sus errores.
Esto podemos verlo en un caso concreto: el de David. Puesto que hay similitudes entre los casos de José y David, para no hacerlo repetitivo me centraré en este último.
Deja a un lado, por ahora, lo que pensaron e hicieron sus hermanos y ponte en la piel de ellos, al comienzo de todo. Es humano que, como vamos a ver, en su sano orgullo, en su estima propia, se sintieran heridos y desplazados.
Ninguno de sus siete hermanos mayores fue elegido por Dios para ser rey de Israel, sino el más pequeño, el simple que apacentaba las ovejas y que tocaba el arpa. La Escritura describe a David como “rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer” (1 S 16:12). Puede que algunos de sus hermanos también fueran agraciados, pero, como sucede en muchas ocasiones, el más joven de la familia suele ser el que más brilla entre el resto, por esa mezcla de inocencia, dulzura y bisoñez.
No solo era el más guapo, sino que, encima, lo eligieron como el especial, el que gobernaría, incluso sobre ellos. Es fácil imaginar que esto no le sentó nada bien al resto. Creo que a nadie, ni a ti ni a mí, nos hubiera hecho sentir bien. Más apuesto, más talentoso, tan valiente que ya de mozuelo mataba leones y osos, y seleccionado para una misión divina. Hasta tuvieron que sentirse humillados cuando aquel imberbe derrotó a Goliat con una mera onda.
Mientras sus hazañas quedaron escritas para la posteridad y la eternidad, apenas hay unas líneas sobre sus hermanos. Si algo así nos hubiera acontecido –y si estás leyendo estas líneas es porque, en otras circunstancias, así lo experimentas- nos veríamos como segundones.
Con todo esto, podemos llegar a entender –aunque no estemos de acuerdo- con el trato despectivo que recibió de su hermano Eliab, el primogénito. David, por orden de su padre, fue a llevarle comida a él y otros dos hermanos en medio de la guerra en la que Israel estaba enfrascada contra los filisteos. Al ver la situación, que todos los soldados estaban aterrados y ningún hebreo se atrevía a luchar contra el gigante, habló a los que estaban a su alrededor: “¿Qué harán al hombre que venciere a este filisteo, y quitare el oprobio de Israel? Porque ¿quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?” (1 S. 17:26). A pesar de su ser, servicial y amable, de que sus intenciones eran nobles, Eliab no lo soportó más y sacó todo lo que tenía acumulado en su interior: “Y oyéndole hablar Eliab su hermano mayor con aquellos hombres, se encendió en ira contra David y dijo: ¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido” (vr. 28). 
Posiblemente, nosotros habríamos reaccionado de la misma manera. Puede que ya lo hayamos hecho en nuestra vida, fuera en el pasado o en el presente, y nuestra reacción, como la de Eliab, sea impropia, fruto de sentirse desplazado, superado o infravalorado.

¿Qué puedes hacer?
Lo que voy a citar es muy básico, pero luego aplicarlo no le resulta fácil a todos, y más si, en tu caso, has luchado contra sentimientos de inferioridad, de incomprensión por parte de tus padres o de desarraigo hacia tus hermanos.

1) No te compares con ellos. Sean como sean, mejores en algunos aspectos respecto a ti y peores en otros, no entre en ese juego pernicioso. No ganas nada con ello.

2) Deja la envidia a un lado. Si cumples el primer punto, este segundo vendrá como consecuencia de manera natural.

3) Desarrolla y usa tus talentos y dones, sin pensar en los suyos, sean cristianos o no. No olvides que es el Espíritu el que reparte los dones como quiere (cf. 1 Co. 12:11).

4) Cuando te fijes en ellos, que sea para ver qué puedes aprender, tanto de sus aciertos, para imitarlos, como de sus errores, para no repetirlos.

5) No hagas como los hermanos de José: no aborrezcas a ninguno de ellos, ni aunque tus padres ame más a alguno o tenga un estatus o posición socioeconómica superior a la tuya.

6) Que tus padres te hayan tratado de una forma u otra no quitan lo que debes recordar siempre: lo que el Padre, Dios, aprecia, por encima de todo, es el corazón (cf. 1. S. 16:7) y la fe (cf. Mt. 8:10).

Aprende a llevar a cabo estos puntos tras reflexionar sobre ellos, y verás cómo todo cambia en tu interior.