lunes, 26 de noviembre de 2018

Cristianos que salen a cazar a otros cristianos

Si visitáramos cada uno de los países que componen este mundo y preguntáramos cuál es el deporte más popular, escucharíamos todo tipo de respuestas: fútbol, baloncesto, hockey, béisbol, rugby, tenis, natación, atletismo, boxeo, artes marciales, y así una lista prácticamente interminable. Si me preguntaran a mí cuál es el deporte más practicado por la humanidad en su conjunto no citaría ninguno de los nombrados, puesto que creo que es uno llamado la caza. Y no, que nadie se altere, no me refiero a esa práctica de ir detrás de un conejo, un ciervo u otro animal hasta matarlo con una escopeta. Mi alusión hace una referencia metafórica a esa afición/hobbie/deporte/entretenimiento que consiste en cazar a todo aquel que comete un error y que no es perfecto.
Siento decirte que tanto tú como yo somos profesionales de este deporte puesto que llevamos practicándolo desde que aprendimos a hablar. Nos reunimos alrededor de una taza de café, sacamos las cartas con las caras de las personas conocidas y desconocidas, y las analizamos escrupulosamente, al contrario de lo que solemos hacer con nosotros mismos.
Dije que lo sentía, pero más bien me alegro de decirlo, porque al hacerlo podemos reflexionar al respecto y buscarle una solución para pensar, corregirnos y seguir madurando.

La caza

No somos conscientes de cuánto daño podemos hacer cuando nos dedicamos a practicar ese deporte al que denominé la caza. Este no es un nombre que haya surgido de mi imaginación, sino de una desgarradora, incómoda y opresiva película danesa de dicho título (Jagten en el original) que ganó multitud de premios internacionales en 2012, destacando la soberbia actuación de Mads Mikkelsen, elegido por este papel como mejor actor en el festival de cine en Cannes. Fue esta obra la que me llevó a reflexionar sobre el tema y que debería ser de obligado visionado para todo el mundo ya que remueve por dentro a todo el que la visualiza. La manera de juzgar y criticar cambiaría por completo. Nos daríamos cuenta de cuánto daño podemos hacer si no actuamos bajo unos parámetros de rectitud. Así que voy a meter el dedo en la llaga hasta el fondo.
Lucas –el protagonista- vive en un pequeño pueblo donde trabaja en una guardería. Tiene un grupo de amigos maravillosos a los que está especialmente unido, aparte de ser querido por todos, incluyendo a los más pequeños, destacando especialmente Klara, la hija de tres años de su mejor amigo llamado Theo. Ante la falta de atención de su padre, ella se siente muy unida a Lucas, con el que juega y habla de todo. A pesar de ser una cría, surge en su interior una especie de enamoramiento infantil, regalándole a Lucas un dibujo de amor y dándole un beso en los labios a su maestro mientras estaban jugando. Él se queda desconcertado, así que habla con ella para decirle que eso no está bien y que no tiene que volver a hacerlo. Klara se siente tan dolida ante el rechazo que acusa a su profesor de abuso sexual. Se limita a repetir unas palabras obscenas que había oído de su propio hermano que no entendía y sin saber el daño que iba a causar. Todo es mentira, pero la creen, según ese dicho que dice que “los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”, y eso que no hay ni una sola prueba que lo demuestre, solo el testimonio de la niña. Antes de ser juzgado por un tribunal, la vida de Lucas se convierte a partir de entonces en un verdadero infierno con una atmósfera irrespirable. El único que permanece a su lado es su propio hijo. Aunque es exonerado, el pueblo entero ya ha dictado sentencia y se levanta contra él en una verdadera caza, convirtiéndolo en la presa. Le detienen, le agreden en varias ocasiones (terrible la secuencia del supermercado), apedrean su casa y sus amigos le dan de lado. De la noche a la mañana, el admirado profesor pasa a ser considerado lo peor de la especie humana.
La escena cumbre sucede en una ceremonia religiosa de Navidad. Todo el pueblo se reúne para escuchar a los más pequeños cantar villancicos. Allí se presenta nuestro protagonista. Las miradas de odio y de falta de misericordia son evidentes, a pesar de que se supone que son cristianos. En un momento dado, Lucas se derrumba y comienza a llorar lleno de rabia, volviéndose una y otra vez para mirar a Theo, el padre de Klara. Lucas se acerca a él, lo agarra fuertemente, y le pide que le mire a los ojos y compruebe en ellos que lo único que hay es “inocencia”.

Una noche, Klara le confiesa a su padre que Lucas no hizo nada, que ella se lo inventó. A pesar de todo y de ser absuelto, el daño ya estaba hecho y la duda de sus amigos siempre pesará sobre él, como vemos en la escena final que transcurre tiempo después. Nunca podrá vivir tranquilo. Los que le rodean nunca olvidarán. En cualquier momento, alguien le cazará.
Lo increíble es que todo aquello sucedió porque no le juzgaron de la manera en que enseñó Jesús: “No juzguéis según la apariencia, sino juzgad con justo juicio” (Jn. 7:24). Puede ser que no lleguemos a los extremos que se muestran en la citada película, pero a una escala menor nos mostramos muy severos con los cristianos que no piensan como nosotros, magnificando sus errores y pecados, como si nosotros ya fuéramos perfectos, santos y moralmente excelentes. Lo que el director muestra es un puro reflejo de la sociedad actual y de nosotros mismos, de cuánta hipocresía existe.

¿Dónde queda la presunción de inocencia?
Algo que desgraciadamente abunda en la humanidad es que no permitimos a las personas defenderse cuando se les acusa de algo. Nos olvidamos de un principio jurídico que la misma ley tiene muy presente: la presunción de inocencia, que establece que todo el mundo es inocente hasta que no se demuestra lo contrario. Eso dice la justicia, pero los seres humanos –y los cristianos también- la pasamos por alto en demasiadas ocasiones.
Solemos caer en el prejuicio con una facilidad pasmosa, nos dejamos contaminar por las opiniones de terceras personas sin oír al que se critica y, por último, nos olvidamos que un día podemos ser nosotros los que pasemos de cazadores a presas, de ajusticiadores a ajusticiados, de linchadores a linchados, de estigmatizadores a estigmatizados.
Pienso que no hay conversación mas baja donde la misma gira en torno a la crítica despiadada hacia un cristiano o donde nos comportamos como Klara, inventándonos falsas acusaciones o magnificando la realidad para quitarnos el aburrimiento, como si fuera una diversión más en un parque de atracciones. Es algo que se comprueba día tras día en las calles, en los trabajos, en los institutos, en las universidades, en los locales de las iglesias, en la prensa, en los programas de televisión y en las redes sociales.
Si a todo esto le añadimos nuestra propia naturaleza caída, resulta complicado no contaminarse. Es una verdadera plaga que termina asqueando y de la que somos partícipes en mayor o en menor medida. Y es algo que tenemos que desterrar de nuestro interior.

¿Y si fuera culpable?
Imaginemos por un momento que se hubiera demostrado que Lucas sí había hecho lo que decía la pequeña. Hubiera sido algo terrible y la justicia habría tenido que actuar con todo el peso de la ley. Las siguientes décadas las pasaría en la cárcel. Junto al dolor causado y sus propios remordimientos de conciencia, ese sería el precio a pagar. Ahora bien, aunque esas hubieran sido las consecuencias, ¿ya estaría muerto para Dios? ¿Le concedería una nueva oportunidad? ¿Le habría perdonado si se arrepintiera? Creo que todo cristiano que tiene un mínimo de conocimiento bíblico conoce las respuestas. El rey David cometió adulterio y trazó un plan para que el marido de Betsabé muriera en combate. Cuando el profeta Natán abrió sus ojos ante lo que había hecho, David se desmoronó y pidió entre clamores el perdón del Altísimo, como vemos reflejado en el conocido Salmo 51. Las consecuencias siguieron su curso y Dios no las evitó (hijos que se levantaron contra él, etc.), pero lo perdonó. Si no se hubiera arrepentido, el Señor habría actuado de otra manera, lo cual es un matiz muy importante a tener en cuenta en nuestras relaciones personales con aquellos que no se arrepienten ni cambian.
Tenemos que preguntarnos cómo actuamos nosotros con la persona que peca. ¡¡¡Ojo!!! Aquí estoy hablando de un cristiano que cae coyunturalmente en un pecado, no al que tiene por estilo de vida un pecado grave y concreto. Si es este segundo caso, ese individuo, aunque pueda formar parte de una congregación, tener apariencia de cristiano, supuestos dones y algún ministerio público, sencillamente, y como Juan deja bien claro, no ha conocido a Dios y “es del diablo” (1 Jn. 3:6, 8). Él mismo ofrece la explicación ante tal conclusión: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado” (1 Jn. 3:9). En el término “practica” está la clave. Así que lo primero que debería hacer una persona como esta es convertirse, porque realmente no ha nacido de nuevo. 
Ahora bien, si es un verdadero cristiano que ha caído de forma circunstancial y se arrepiente de corazón, ¿le perdonamos? Si decide cambiar de vida, ¿le tendemos la mano o destruimos su reputación para siempre? ¿Le permitimos explicarse y decir los porqué? ¿No será que en la mayoría de las ocasiones nos comportamos como aquellos que querían apedrear a la mujer adúltera, olvidando que ninguno de nosotros está libre de pecado? ¿No será que disfrutamos demasiado con la caza de brujas? Y no me refiero a pasar por alto los actos de alguien que persiste en su actitud y rebeldía, sino al que da un giro completo a su forma de ser y actuar, independientemente de lo que haya hecho (puesto que Dios no hace distinción entre pecados). ¿Cómo nos gustaría que nos trataran si fuéramos nosotros los que cayéramos, y más teniendo en cuenta que pecamos “todos los días”? Que sea Pablo el que nos guíe en las respuestas: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gá. 6:1). El cómo lo hagamos determinará, como el mismo texto dice implícitamente, si somos espirituales o carnales, obedientes o desobedientes a la voluntad de Dios.

¿Podemos criticar y juzgar?
Quien sigue este blog desde hace tiempo, sabrá perfectamente la respuesta a esta pregunta. A riesgo de ser pesado para ellos, pero necesario para los “novatos” por estos lares, expondré una vez más brevemente lo que ya he dicho en más de una ocasión.
Junto a la creencia errónea que tienen tanto cristianas como los que no lo son de que el perdón es algo que se debe conceder incondicionalmente (¿El perdón es gratuito para quien no se arrepiente? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/09/el-perdon-es-gratuito-para-quien-no-se.html), pensar que no podemos juzgar es otro desliz teológico que muchos tienen en sus mentes, que les provoca temor y que domina sus conciencias. Por eso se les escucha decir: “yo no juzgo”, y no ofrecen su opinión sobre muchas cuestiones porque no es positiva,  como si estuviera mal posicionarse.
Hasta que llegue el día en que trate este tema con amplitud, citaré lo que ya dije en David Yonggi Cho: Hablemos claro sin hacer leña (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/02/david-yonggi-cho-hablemos-claro-sin.html) y en Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html):

Cuando Jesús se refería a no juzgar (Mateo 7:1-5), lo hacía con un doble sentido:

a) En el sentido de juzgar condenando y maldiciendo como si el Juicio Divino nos perteneciera a nosotros. Ni siquiera el arcángel Miguel tuvo tal atrevimiento, ni aun contra el diablo: “No se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda” (Judas 8-9). Solo Dios conocen las intenciones del corazón y Él las juzgará en exclusiva (cf. 1 Co. 4:5).
b) En el sentido de no hacer juicios con ligereza como los que llevaban a cabo los hipócritas fariseos, que se consideraban superiores al resto de la sociedad.

Teniendo estos dos aspectos claros, tenemos que saber que podemos juzgar. Es más, debemos hacerlo. De ahí las otras palabras de Jesús:“No juzguéis según la apariencia, sino juzgad con justo juicio” (Jn. 7:24). Es la otra cara de la misma moneda. De ahí que se nos exhorte a juzgar:

- Toda enseñanza (cf. Hch. 17:11).
- Todo espíritu (cf. 1 Jn. 4:1).
- Toda profecía (cf. 1 Co. 14:29).
- A todo aquel que se hace llamar “apóstol” (cf. Ap. 2:2).

Por lo tanto, en el significado que hemos visto, no podemos juzgar el corazón de una persona en términos condenatorios, pero sí sus acciones y palabras, al igual que muchas historias bíblicas exponen el pecado. Sabiendo esto, podemos juzgar como pecaminosa la actitud de un hermano que está en yugo desigual, que ha caído en adulterio, que ha mentido una y otra vez o que está enseñando una herejía, entre otras muchas cosas; no con la intención de condenarle, sino de corregirle.
Es un gravísimo error “juzgar” a un hermano por su mayor o menor asistencia a las reuniones eclesiales o por el número de actividades o ministerios en los que participa. Y lo que es peor: muchas veces se hace sin conocer realmente a esas personas, como sus circunstancias, su día a día, su verdadero carácter y sin saber las obras bíblicas que lleva a cabo sin llamar la atención. Esta manera de enjuiciar es legalismo puro y duro, y hay que evitarlo a toda costa.

Las maneras y las formas a la hora de juzgar
La línea que separa juzgar y juzgar en términos condenatorios es muy fina, pero si la conocemos será muy fácil juzgar correctamente. Uno de los errores más habituales a la hora de hacerlo es usar el menosprecio, la burla o el sarcasmo. No es lo mismo “reírse con” que “reírse de”. Estas actitudes sí son pecaminosas y un área que todos tenemos que revisar en nuestras propias vidas. Para que una crítica sea noble hay que eliminar todo componente peyorativo. De lo contrario, estaremos en la misma categoría de lo que estamos juzgando. Por citar algunos ejemplos muy sencillos y humanos de la vida cotidiana: podemos juzgar sobre la comida de un restaurante, sobre el servicio ofrecido, sobre deportes, sobre un libro, una película, una canción, sobre un traje de boda y mil asuntos más. Un juicio de valor negativo no conlleva per se nada malo, por la sencilla razón de que tenemos derecho a estar en desacuerdo. El problema reside cuando vilipendiamos al cocinero, al camarero, al deportista, al escritor, al actor, al cantante o a la novia. Eso es lo que se debe evitar y cambiar. 

Teniendo en mente la película de la que hemos hablado y todo lo que hemos analizado, empecemos a cambiar nuestra manera de juzgar. Hagámoslo correctamente usando la objetividad, la razón y la justicia, en lugar de dejarnos llevar por nuestra impulsividad. De lo contrario, mejor será que guardemos silencio. Dejemos ya de ir de cacería de cristianos.

lunes, 12 de noviembre de 2018

3. Las diferencias entre las sectas e iglesias malsanas, y el calvario que ocasionan



Venimos de aquí: Mis propósitos para denunciar el abuso espiritual: ayudar, despertar y exhortar (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2018/07/2-mis-propositos-para-denunciar-el.html).

Cuando pensamos en la palabra calvario, lo primero que nos viene a la mente es el que padeció Jesús mismo en sus últimas horas: traicionado, arrestado, abandonado por sus amigos, acusado injustamente, insultado, golpeado, azotado y, finalmente, ejecutado. El creyente que sufre el abuso espiritual experimenta en su vida las mismas consecuencias: sus amigos se evaporan, es señalado por todo tipo de supuestas afrentas (por decir la verdad), y es considerado “hijo de las tinieblas”, para terminar siendo emocionalmente atizado de todas las maneras posibles. Así hasta que se produce su “muerte”: desterrado como un leproso y desamparado por los que decían amarle con locura. El silencio y la soledad más absoluta. La tormenta en la que se ve envuelto es de una virulencia completamente destructiva.
Veamos las dos razones principales por la cual estos hermanos están viviendo bajo la tormenta.

Primera razón para la tormenta
La primera viene a ser la consecuencia directa de ser parte de una “secta”, de una “iglesia con principios heréticos” o de una “iglesia con principios sectarios”, y no se atreven a salir por diversas razones que analizaremos en su momento.
Para distinguir a estos tres grupos, señalemos brevemente algunas de sus características:

a) “Sectas” o “Instituciones”.
Originalmente, el término secta no tenía el significado negativo ni peyorativo que se le atribuye en la actualidad. Viene del griego jairesis, que se traduce como “elección” (cf. Hch. 24:5, 26:5, 28:22). En su verdadero sentido primario, una secta era simplemente un grupo de personas que compartían una serie de creencias. Era la opción que habían escogido. De ahí la “elección”.
En el presente –y así vamos a considerarlo a partir de ahora- el concepto ha tomado otro rumbo: como cristianos, encuadramos en la categoría de “secta” a aquellos grupos que directamente niegan las verdades básicas de la Palabra de Dios o que toman algunas pero las falsean. Como define el CSTAD (Centro Superior de Teología de las Asambleas de Dios) en su asignatura sobre el tema de las sectas, ésta es “todo grupo que ha pervertido la verdad de Dios (considerando desde la perspectiva cristiana) y que se ha prostituido detrás de una doctrina extraña y ajena, siguiendo incondicionalmente a un líder determinado”.
Para que sepamos a qué atenernos, hay que mencionar las doctrinas fundamentales del cristianismo:

- La Biblia es la Palabra de Dios y la única regla de fe y conducta.
- La Trinidad: un único Dios en tres “personas”: Padre, Hijo, Espíritu Santo.
- La Encarnación: Dios se hace hombre a través del Hijo, Jesucristo, que fue concebido por el Espíritu Santo de María virgen.
- El pecado original, que conlleva que todos los seres humanos estén condenados.
- La muerte expiatoria en la cruz del Hijo, que pagó por todos nuestros pecados, cancelando de una vez y para siempre nuestra deuda con el Padre.
- La salvación por gracia y no por buenas obras; por lo tanto, es un regalo que Dios ofrece a todo el que lo acepta.
- Su resurrección corporal de entre los muertos y posterior ascensión a los cielos.
- La segunda venida para establecer su Reino por la eternidad.

Algunas sectas e instituciones rechazan determinados puntos, expresando una idea contraria. Por ejemplo, algunos niegan el infierno o, en su defecto, rechazan la condenación eterna y hablan de la “extinción” del alma. Sin ir más lejos, en mi ciudad hay una congregación que se autodenomina cristiana que ha adoptado tal pensamiento sobre el infierno. La realidad es que ese concepto, en el sentido cristiano, los convierte en una secta.
Otros han caído en lo que se llama la “Teoría del rescate de la Expiación”. Esta señala que Cristo no pagó completamente por los pecados en la cruz sino en el infierno, como parte de la deuda del ser humano con Satanás (y no con Dios), siendo torturado allí por los demonios. Una enseñanza aberrante.
Hay muchas más, como el docetismo, que niega la Encarnación de Cristo y afirma que el cuerpo del Señor era una mera apariencia, o el Arrianismo (la semilla de los Testigos de Jehová), que niega la Trinidad.
Por esto hay que dejar bien claro que, aunque algunos grupos afirmen ser “iglesia” o se llamen “cristianos”, si no creen en alguna de las verdades citadas, no son ni lo uno ni lo otro (en el sentido exegético-bíblico de los términos): “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1 Jn. 2:19).

b) “Iglesias con principios heréticos”. Son aquellas iglesias cristianas locales que aceptan todas las verdades esenciales reveladas en la Biblia, que están compuestas por cristianos que realmente han “nacido de nuevo”, pero que han permitido que se infiltren doctrinas que chocan frontalmente con las Escrituras. Aquí podríamos incluir:

- La Teología de la prosperidad: la creencia de que Dios quiere que todos seamos prosperados materialmente en esta vida y que alcancemos un éxito semejante al de la sociedad secular.
- La confesión positiva: la creencia de que proclamando cualquier deseo con nuestra boca (sea sanidad, riqueza o algún otro sueño personal) se cumplirá per se.
- Las maldiciones generacionales: la creencia de que los pecados de los padres traen maldiciones espirituales sobre sus descendientes en forma de espíritus demoniacos.
- El legalismo: por ejemplo, la creencia de que estamos más entregados al Señor en función de nuestra mayor asistencia y participación en múltiples reuniones y eventos eclesiales.
- El diezmo obligatorio y el uso del dinero para propósitos que nada tienen que ver con los ejemplos bíblicos.
- Creencias completamente distorsionadas en lo que respecta a la “demonología”, como aquellas que señalan que los demonios son los que nos obligan a pecar, las que afirman que los cristianos que han “nacido de nuevo” pueden ser poseídos por espíritus inmundos, o las que señalan que debemos reprender y atar a las potestades de maldad en la llamada “cartografía espiritual”.
- Multitud de desvaríos y disparates como escobas ungidas para barrer a los demonios de las casas, beber gasolina ungida, etc.
- Emocionalismo desmedido que se pierde en la búsqueda de experiencias extáticas, más propias del misticismo y de las religiones orientales: “El alejamiento del pensamiento reflexivo y el acercamiento hacia una religión experimental a nivel popular no augura un buen futuro para la teología”[1].

También podríamos añadir otros aspectos de índole moral, contrarios a la ética bíblica, como la aceptación del aborto, la homosexualidad (o el matrimonio entre personas del mismo sexo), el yugo desigual, etc. Como señala el teólogo Francisco Lacueva: “El hereje es el que escoge, entre las doctrinas de la Biblia, las que convienen a sus prejuicios o a su tradición denominacional, subestimando o ignorando las demás”[2].

c) “Iglesias con principios sectarios”. Son aquellas iglesias cristianas locales que aceptan todas las verdades esenciales reveladas en la Biblia, que están compuestas por cristianos que realmente han “nacido de nuevo”, pero donde se ha infiltrado ideas que chocan frontalmente con las Escrituras. Aquí destaca sobremanera la creencia de que los pastores son los “Ungidos de Jehová”, a los que hay que obedecerlos en todo y nunca se puede juzgar sus enseñanzas. Esto los convierte prácticamente en intocables e infalibles, lo que trae como consecuencia una perniciosa praxis eclesial, al tener poderes absolutos, propios de una dictadura y no del cuerpo de Cristo. Aparte de las herejías previamente citadas, esta es una idea preeminente en el llamado “Movimiento de la fe” y que ha calado en amplios sectores del cristianismo. Sin duda alguna, un claro ejemplo de hasta qué punto se puede “descuartizar” la Biblia y convertirla en un disparate: “Muchas iglesias hoy en día están enfermas porque se alimentan de yerbas venenosas”[3].

Como sentencia José María Martínez ante estos grupos: “No son los ataques frontales procedentes del exterior los más peligrosos para la Iglesia cristiana. Más graves son los que se originan en su interior. Las herejías y los dogmas antibíblicos surgidos en el seno de la cristiandad han dañado más a la Iglesia que todas las persecuciones y todas las filosofías no cristianas juntas”[4].

Segunda razón para la tormenta
La segunda causa que trae la tormenta a muchos creyentes viene a ser la consecuencia directa de haber salido de alguno de estos tres grupos: “sectas”/”instituciones”; “iglesia con principios heréticos”; “iglesia con principios sectarios”. Aquí no hago alusión a aquellos que salieron por apostatar o para vivir de forma licenciosa fuera de la voluntad de Dios, sino a aquellos que se marcharon por razones de mucho peso: herejías, principios sectarios, praxis eclesiales mundanas o antibíblicas, pecados no confrontados, inmoralidad, doble ética de los “líderes”, etc.
La inmensa mayoría de los que dieron este paso han pagado o están pagando un alto precio personal: acoso, persecución, control, pérdida de amistades, ataques contra su reputación, estrés, ansiedad, soledad, etc.
Incluso muchos de ellos temen haber perdido la salvación que Dios les regaló. El origen de este miedo/inseguridad no está fundamentada en las Escrituras, sino en las  palabras que algunos les lanzaron como dardos venenosos. Así han afligido sus corazones y les han infundido verdadero pánico, siendo esta una de las razones principales por la cual hay personas que terminan por claudicar y no se marchan de esos lugares. Todo esto es lo que se conoce como chantaje espiritual, un estilo de bullying eclesial. Aquí entran todo tipo de expresiones manipuladoras que arrojan contra los cristianos genuinos: “Te perderás”; “Todo te va a ir mal”; “Dios va a quitar la protección sobre tus hijos”; “Tu familia caerá en desgracia”; “El Señor me ha mostrado que morirás”; “Enfermarás”; “El juicio de Dios caerá sobre ti”; “Solo queremos evitarte un destino aciago”; “Entristeces al Espíritu Santo y Él se apartará de ti”; “La maldición vendrá sobre tu vida”; “Nunca tendrás la bendición de Dios”; “No te irías si hubiera amor en tu corazón”; “Estás lleno de orgullo y rencor”; “Eres libre para marcharte pero no encontrarás ninguna iglesia como la nuestra”; “Nadie te acogerá”; “El enemigo se apoderará de tu alma”; “El adversario está atacando tu mente puesto que no quiere que cumplas la voluntad de Dios”.
Son dichos de individuos que sospechan de todos aquellos que disienten de sus opiniones, que padecen manía persecutoria y que ven complots por todas partes. Frases que van desde la súplica a la amenaza, desde las lágrimas a voces tronantes, y que terminan por confundir a muchos y crearles serias dudas sobre si estarán o no haciendo lo correcto al salir corriendo de tales lugares: “Una caravana de mercaderes de camellos que atravesaba el desierto se detuvo y acampó al caer la noche. El joven encargado de cuidar a los camellos se acercó al dueño y le dijo: ´Hay un problema. Tenemos veinte camellos y solo diecinueve estacas con las que atarlos`. El mercader dueño del ganado le respondió: ´Ata a los diecinueve camellos con las diecinueve estacas. Luego párate al lado del camello restante y simula que le pasas una soga por el cuello y le aseguras a una estaca. El camello creerá que está atado y se quedará quieto toda la noche`. El muchacho así lo hizo, y sucedió tal como el dueño le había dicho. A la mañana siguiente, el joven desató a los diecinueve camellos que estaban asegurados con una soga y una estaca al suelo, y todos lo siguieron por el camino hacia la ciudad. Todos excepto uno: el que no tenía soga ni estaca. El camello seguía creyendo que estaba atado. Así que el muchacho tuvo que ir y hacer como si lo desatara para que empezara a caminar. ¡Cuantás personas son como aquel camello! Han sido atadas por simuladores de amor, que las paralizaron en la vida a través de estacas de manipulación”[5].

Continúa en: ¿Cómo reaccionan y qué actitudes toman aquellos que salen de una iglesia malsana o que han sufrido el abuso espiritual? https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/03/4-como-reaccionan-y-que-actitudes-toman.html



[1] Erickson, Millard. Teología sistemática. Clie. Prefacio.
[2] Lacueva, Francisco. La Iglesia, Cuerpo de Cristo. Clie.
[3] Dias, Hernandes. De pastor a pastor. Clie.
[4] Martínez, José María. Ministros de Jesucristo (Vol. 2) Clie. P. 237.
[5] Mraida, Carlos. Libre de la manipulación. Vida. P. 23.