lunes, 11 de junio de 2018

8. ¿Te cansaste de la hipocresía de otros cristianos?



Creo que los que permanecemos en el camino de Dios –a pesar de todos nuestros errores, caídas y pecados- podemos afirmar que si nos guiáramos por aquellos creyentes que nos han desilusionado, herido, deseado lo peor y roto el alma en diversas ocasiones, hubiéramos dejado de ser cristianos hace muchos años. El error que muchos cometen –y este puede que sea el tuyo-, es el de basar su fe en lo que ven en otros.

Distinción entre Cristo y los cristianos
Soy cristiano por Cristo, no por los que dicen creer en Él. Ghandi dijo: “Me gusta tu Cristo, pero no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes de tu Cristo”. Aunque no me gusten algunos cristianos, sigo a Cristo. Aunque algunos sean muy diferentes a Cristo, le sigo a Él. Y espero que aquellos a los que no les gusto, le sigan igualmente: “El cristiano debe, pues, aprender a ver a Cristo en aquellos otros creyentes que no son de su agrado, valorándoles con independencia de su propio gusto. Todos estamos igualmente en Cristo (pudiendo por tanto aceptarnos mutuamente), pero todos somos pecadores (y por ellos participes en una misma salvación)”[1].
Aquí tienes que aprender a separar una cosa de la otra. ¿Acaso el hecho de que veas hipocresía a tu alrededor significa que Cristo sea igual? Mis creencias no cambian ni un ápice porque alguien que dice seguir y servir a Dios viva en yugo desigual, esté enfrascado en una relación adúltera o use a la Iglesia para lograr su propia gloria personal. Señalar el pecado de otros no es un argumento para alejarse del Señor. ¿O es que acaso en el mundo no hay hipocresía? ¡Hay bastante más! Si quieres evitar todo falsedad, compra un cohete e instálate en Júpiter.
Es cierto que suena más coherente un incrédulo con su forma mundana de pensar que un cristiano que dice vivir para Dios pero lo hace de forma farisaica, con doblez. Pero, en todo caso, una hipocresía muy acentuada es un motivo de mucho peso para relacionarte con otros creyentes, no para abandonar al Señor.

¿Imperfección o hipocresía?
No hace falta ni que lleguemos a observar una hipocresía extrema en los cristianos para sentirse desconcertado. Me pondré personalmente como ejemplo negativo. Si cualquier persona se tomara la gran molestia de analizarme detenidamente las veinticuatro horas del día durante un año, podría encontrar en mí multitud de fallos, errores y equivocaciones. Unos podrían decir: “Jesús, tú mucho hablar, pero no siempre cumples lo que dices”; “Jesús, ¿te acuerdas aquel día que me hiciste daño?”; “Jesús, hablaste muchas veces de cómo vencer la tentación y el pecado, pero yo te he visto caer en ciertas ocasiones”; “Jesús, has dado estudios sobre cómo hablar correctamente y cómo usar la lengua según los principios bíblicos, pero yo te he escuchado a veces hablar de una manera desacertada y has dicho palabras que no deberían haber salido de tu boca”. Así podríamos seguir eternamente.
Algunos lo hacen con todo el mundo, como un deporte o un pasatiempo. Y al ver sus errores y completar una lista gigantesca, se olvidan de que ellos también fallan y pecan. Quizá no tanto. Quizá en áreas diferentes. Pero lo hacen. Incluso el más grande entre los cristianos ha actuado alguna vez en su vida de forma hipócrita porque la exigencia moral para los creyentes no es la misma que para los incrédulos. ¿O tú nunca has mostrado una doble cara? Yo al menos sí, y no creo que seas capaz de negarlo en tu caso, a menos que seas perfecto. 
Como humanos que somos, cuando vamos conociendo a las personas que nos rodean, empezamos a ver tanto sus virtudes como sus defectos, sus aciertos y sus errores, lo que nos gusta y lo que nos desagrada. Pero esto nos puede hacer perder la perspectiva, por la sencilla razón de que, al ver tantos errores en los cristianos, podemos sentirnos defraudados con el cristianismo. Eso es caer en uno de los mayores pozos a los cuales se puede enfrentar un creyente, y no sé si es en el que has caído tú: basar tu fe, tu vida, tu forma de pensar, de sentir, tu actitud, tu comportamiento y todo lo demás, en lo que otros hacen, piensan y sienten. Has podido olvidar que el cristianismo no se basa en ningún cristiano en particular, sino que está fundamentado, sustentado, arraigado y basado en un solo Nombre: Jesucristo. Como aclara Pedro al citar el salmo 119:22: “La piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo” (1 P. 2:7).
Es lamentable escuchar a un predicador hablar en contra de la crítica destructiva y sin embargo verlo en privado hacer lo mismo que denuncia. Es tristísimo saber que la persona que te sonríe a la cara y te abraza luego te destripa por la espalda cuando no estás en su presencia. Es grotesco y sumamente dantesco que alguien diga sentir pena por la muerte de un familiar tuyo y que luego te enteres que menospreció tu dolor cuando estaba a solas con sus amigos. Son solo tres ejemplos que conozco en primera persona de los muchos que podría citar.
Igualmente, resulta perturbador saber de una vecina que canta y escucha música cristiana a todo volumen y asiste a cinco cultos semanales, mientras que en sus horas fuera del local de la iglesia es sumamente maleducada y le dedica a su hija adolescente todo tipo de palabras malsonantes. Me siento crispado y se me remueve el alma cada vez que oigo a esa señora mutar su tono de voz normal a melosa invocando al Señor con términos espirituales cuando está “en modo eclesial”, y horas después manifestar su “modo carnal” para decirle a su niña “¡¡¡como no te levantes te choco la cabeza contra la pared!!!”, con una voz gutural que parece proceder del averno. Y lo descrito es muy ligth para lo que suele llegar a mis oídos procedente de esa casa. Es tan incoherente que racionalmente no tiene ningún sentido. Y seguro que tú te sientes igual de mal en otras situaciones de las que eres testigo.
También hay personas que pueden muy “santas” en apariencia y que hablan del amor de Dios de manera tierna y conmovedora, pero cuando llega el momento de amar en la práctica, se llenan de ira y de rencor contra los que no piensan como ellos en cuestiones doctrinales secundarias. Tarde o temprano sale por su boca lo que ya estaba en su corazón.
Hay multitud de testimonios de hijos que no quieren saber nada de Dios porque sus padres fueron de mal ejemplo. Decían ser cristianos –de los que participaban en todo tipo de actividades religiosas-, pero la actitud que mostraban era muy diferente cuando se reunían con otros creyentes y luego a solas en casa. Pura dicotomía moral. De ahí que pensaran de sus progenitores que eran unos comediantes y farsantes.

¿Nuestra fe robada?
En términos generales, contemplar la doble ética de un “cristiano” puede llegar a convertirse en una experiencia terrible, y realmente lo es. Pero, como vamos a ver, nada de esto nos debe robar nuestra fe porque:

- En primer lugar, por lo ya dicho: nosotros también cometemos en ocasiones dichas faltas. Y el que esté libre de pecado, ya sabe qué tiene que hacer (cf. Jn. 8:7). Espera, acabo de recordar que no existe nadie así...
- En segundo lugar, porque todos tenemos esqueletos en el armario, sean de hechos consumados o de pensamientos. Algunos son más graves y otros menos, algunos se conocen y otros no, y algunos son más llamativos que otros. Si somos salvos no es porque seamos mejores que otros, sino por lo que Cristo hizo a nuestro favor en la cruz.
- En tercer lugar, porque Jesús nos avisó que el diablo había venido para robar, matar y destruir (cf. Jn. 10.10), y cuando nos centramos en los errores, pecados, defectos, imperfecciones y acciones hipócritas de los demás –y ellos en las nuestras-, corremos el riesgo de que nuestra fe mengue, y sea robada y destruida, como les ha sucedido a muchos que han caído en esta trampa.
- En cuarto lugar –y lo más importante-, porque CRISTO NO CAMBIA. La señora de la que hablé antes, ¿es cristiana? Según ella, sí. ¿Mi opinión? Religiosa sí es, pero dudo mucho realmente que sea alguien que haya nacido de nuevo; sus obras la delatan. ¿Según Dios? No lo sé, solo Él lo sabe. Pero, lo sea o no lo sea, mis creencias no dependen de lo que ella (o cualquier otra persona) haga o deje de hacer, porque Cristo es INMUTABLE en su carácter y es el EJEMPLO a seguir.

¿A quién mirar?
Siento profundamente si has pasado por algo de lo descrito u otras circunstancias igualmente dolorosas. Si yo mismo me basara en lo que he visto y oído de creyentes –algunos verdaderos y otros falsos (más bien, lobos eclesiales)-, sería el mayor de los ateos. Por eso quiero mostrarte el gran principio por el cual tienes que moverte en estos casos –y en otros muchos-, que se basa completamente en Hebreos 12:2: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Para poner un ejemplo concreto, veamos este conocido pasaje, que marca la diferencia entre mirar a Jesús y no hacerlo:
“En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Jn. 14:22-33).
En un primer momento, Pedro escuchó claramente la voz de Jesús. Y le creyó; tanto que no tuvo ningún miedo de andar por el mar embravecido. Pedro no anduvo sobre un jacuzzi. No anduvo por medio de la bañera de su casa. No anduvo ni siquiera por una piscina. Anduvo por un mar lleno de olas en plena madrugada. Pero, por un segundo, ocurrió que, “al ver el fuerte viento”, se llenó de miedo. Dejó de mirar a Jesús, miró al viento y comenzó a hundirse.
Ocurre exactamente igual cuando dejamos de mirar a Jesús y nos centramos en el mar que nos rodea, en este caso, en los errores ajenos, sean intencionados o no:

- Comenzamos a hundirnos.
- Caemos en la amargura.
- Nos olvidamos de la fuente de nuestra fe.
- La esperanza desaparece.
- No oímos la voz de Dios.
- Perdemos la brújula que nos guía.

Las consecuencias finales de dejar de mirar a Dios son funestas. Un ejemplo es Salomón: siendo rey de Israel y el hombre más sabio de toda la tierra, dejó de mirar al verdadero Rey. Puso su mirada en la sociedad que le rodeaba y en lo que ésta le ofrecía. Siguió a falsos dioses. Se rodeó de mujeres paganas y se corrompió su corazón. Es una clara advertencia para todos nosotros.

No apartar la vista del Señor que no cambia
El hecho de que los cristianos fallen no descalifica a Dios, como algunos tratan de argumentar para alejarse, puesto que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). El carácter del Altísimo no cambia y su santidad es inmutable, ya que en Él “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17).
Cuando Jesús resucitó, tuvo una conversación con Pedro, anunciándole que iba a morir como mártir. El apóstol, mirando a otro discípulo (creemos que Juan), le preguntó a Jesús: “Señor, ¿y qué de éste? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú. Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?” (Jn. 21:21-22).
La enseñanza es clara: “Si tu hermano no progresa, ¿qué a ti? Sígueme tú; Si tal  persona reniega de Mí, ¿qué a ti? Sígueme tú; Si quien dice ser cristiano realmente no lo es, ¿qué a ti? Sígueme tú. Haga lo que haga los que te rodean, que tu mirada esté siempre puesta sobre Mí”.
La persona que no aparta su mirada del Señor permanecerá fiel hasta la muerte y jamás dejará de darle gracias por haber sido limpiado de todos sus pecados.

Aprendiendo del prójimo
Nada de esto significa que te conviertas en un ciego que no vea lo que otros hacen, pero úsalo en tu beneficio. Puedes aprender por medio de:

- La emulación: consiste en asimilar lo mejor que vemos en nuestros semejantes para ponerlo por obra.
- El contraste: Se basa en observar los errores ajenos y aprender de ellos para actuar de forma opuesta.

Por eso no es del todo cierto ese refrán que dice que “no podemos aprender en cabeza ajena”. Si así fuera, ¿para qué se hubiera molestado Jesús en enseñarnos?

Hagan lo que hagan los demás, sean cristianos genuinos o no, recuerda: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Pr. 23:26).
Espero que grabes a fuego esta lección en tu corazón y nunca la olvides.

Seguimos aquí: ¿No le encuentras sentido a la oración?




[1] McGrath, Alister & McGrath, Joanna. La autoestima y la cruz. Andamio.