lunes, 28 de marzo de 2022

El método Williams: ¿en qué consiste la misión de un padre cristiano con su hijo? Las tres áreas de desarrollo

 


Siempre que imagino a Will Smith en un papel protagonista, lo hago en el de héroe de acción o de cómico, especialmente en lo segundo. Es lo que tiene encasillar a un actor cuando se ha crecido viéndolo en la serie que le hizo saltar al estrellato: “El Príncipe de Bell-Air”. Pero el tiempo ha demostrado que es mucho más versátil, como pudimos comprobar en su aplaudida “En busca de la felicidad”, que gustó a casi todo el mundo, aunque personalmente reconozco que no me entusiasmó, algo que sí logró “Siete almas”, de la que algún día escribiré. Así que no sabía qué me encontraría en su más reciente largometraje, el biopic “King Richard”, titulada en España “El método Williams”, donde interpreta al padre de las dos famosas tenistas.
La realidad es que tiene muchos matices que nos pueden servir, una vez más, para analizar qué debe buscar un padre cristiano en la educación de un hijo y qué debe buscar una persona en su propia formación. Más allá del premio Oscar a mejor actor –que estaba cantado- y del “histórico” bofetón con el “selló” la cara del presentador de la gala por una broma de mal gusto hacia su esposa, veamos qué podemos aprender de esta película.

Richard Williams & Serena y Venus

(Arriba: los Williams en la vida real junto a Venus y Serena; abajo: Will Smith junto a Demi Singleton y Saniyya Sidney)

La historia en sí es simple, en el sentido de que sigue el clásico esquema de toda película biográfica: nos cuenta el tiempo y la formación que Richard Williams (1942), con todas sus luchas y sinsabores, dedicó a su familia, especialmente a sus hijas adolescentes, concretando en Serena (1981) y Venus (1980). Ambas, con un talento innato que fue pulido hasta el extremo y de formas poco ortodoxas por su progenitor –aunque la madre también tuvo un papel destacado y vital-, se convirtieron en dos de las más grandes tenistas de la historia. Aunque ese era el plan general, no quería que fueran meras deportistas: su formación como personas era también parte fundamental del proceso. Puesto que se criaron en Compton (California), considerada la ciudad más peligrosa de Estados Unidos –tanto que, en 2003, la hermana mayor, Yetunde Price, fue asesinada cuando paseaba-, lo fácil era acabar en pandillas delictivas y entre drogas. Richards y su mujer hicieron todo lo humanamente posible para que sus cinco hijas no fueran altivas y jamás perdieran la humildad, fueran buenas estudiantes, estuvieran alejadas de las malas amistades y de delincuentes, y se labraran un futuro como doctoras, abogadas y deportistas, cada una según su don. Ante una agente de asuntos sociales, reconoce que son estrictos con ellas, pero con el propósito reseñado. Cometió errores y tenía defectos que su propia esposa Oracene Price –a día de hoy, ex-, le tuvo que corregir, pero finalmente lograron que todas salieran adelante, según lo planeado: Serena, a pesar de las abundantes lesiones que sufrió, ganó innumerables títulos y está considerada por muchos como la mejor tenista de la historia. Por su parte, Venus fue la primera afroamericana en ser la número 1 del mundo. Además, por primera vez, dos hermanas ocuparon los dos primeros puestos del ranking mundial, siendo su historia un ejemplo de esfuerzo y constancia.

¿Desarrollo intelectual y de los dones? Sin duda, pero con un requisito
Antes de escribir las siguientes líneas, hago una aclaración para que nadie piense que estoy abogando por un humanismo puro y duro. El matiz está en las palabras de Pablo: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Col. 3:23-24). Teniendo en mente y en todo momento dicho principio paulino, ahora sí puedo decir que, el que es bueno tocando un instrumento musical, debe desarrollar esa capacidad; el que es bueno cantando, debe desarrollar esa capacidad; el que es bueno escribiendo, debe desarrollar esa capacidad; el que es bueno en su profesión, debe desarrollar esa capacidad. Así con todo, y siempre sin perder la humildad, buscando la gloria de Dios y no la propia, no olvidando nunca que toda obra humana debe tener la intención de dar a conocer el Reino de Dios. Si se hace meramente para la propia satisfacción y nada más, serán obras vacías que no tendrán recompensa en el más allá y serán quemadas en el fuego, como expuse en “Otra ronda (4ª parte): ¿Usar el alcohol para alcanzar todo tu potencial y el éxito social? & ¿Usar el alcohol para “estar” bien? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/11/otra-ronda-4-parte-usar-el-alcohol-para.html).
Es triste que haya personas, incluso cristianos, que esconden su talento por miedo, como vemos reflejado en la conocida parábola (cf. Mt. 25:14-30), o lo que es incluso peor: porque sienten que nadie los aplaude, siendo esto un claro reflejo de que lo que desean realmente es la vanagloria.
Lo mismo sucede con la educación intelectual, la cual es importantísima. El hambre por el saber cultiva al hombre desde su interior. Le aporta una riqueza que solo el que tiene esa voracidad sabe realmente lo transcendental que resulta. Como no me canso de citar la frase del cubano José Martí: “Quien está lleno por dentro, necesita muy poco de afuera”. Asimilar conocimientos históricos, literarios, sociológicos y psicológicos, ayudan sobremanera a cualquier persona a vivir sobre este mundo de la mejor manera posible y a afrontar las penurias cuando aparezcan, sean del tipo que sean. Pero, recordemos, que ese fue precisamente el error de los griegos, que únicamente buscaban la sabiduría humana, las que les envalentonaba y les hacía creerse mejores. Estaban tan llenos de sí mismos, de su propia sabiduría, que no había espacio alguno para que Cristo y el mensaje de la cruz tuviera sentido para ellos (cf. 1 Co. 22-24).
Y aquí quiero poner el ejemplo a Leonor, princesa de Asturias y primera en la línea de sucesión al trono de España. Cuando se supo la formación que estaba recibiendo, junto a sus gustos personales a los 14 años, muchos lo criticaron, diciendo que una niña debería dedicarse a “las cosas típicas de su edad”. ¿A qué dedica su tiempo? Le encanta el cine japonés –como el de Akira Kurosawa y de animación-, asistir a conciertos de violín, danza y musicales, practicar ballet, hípica y esquí, entre otros deportes, aparte que le gusta hacer recetas de repostería tras visualizarlos en uno de los pocos programas que contempla en la televisión: Masterchef. Estudia gallego, euskera, catalán, valenciano, inglés (bilingüe), árabe (nociones), chino (nociones) y francés. Como se nos cuenta desde Moncloa, “lejos de centrarse en la lectura de libros del colegio o infantiles, se han atrevido con autores de la talla de Tolkien, Dickens, Robert Louis Stevenson, Lewis Carroll o James M. Barrie, entre otros. Al tener prohibida la televisión entre semana por su madre y carecer de redes sociales, dos de los grandes pasatiempos de muchos jóvenes; Leonor y Sofía invierten gran parte de su tiempo libre leyendo”[1].

(Leonor junto a sus padres y su hermana, el día de su primer discurso público)

 Es evidente que los padres con hijos más comunes, que no tienen en el horizonte las grandes responsabilidades que ella va a tener que afrontar en el futuro, no necesitan que su pequeño o adolescente lleve a cabo todas estas prácticas en concreto. Pero no es en lo particular en lo que me quiero centrar, sino en la idea en sí, resumida en tres factores:

1) aprender de verdad.

2) profundizar en lo importante.

3) aprovechar bien el tiempo.

Sin embargo, ¿cuál es la alternativa que vemos entre infinidad de jóvenes? Miles de horas al año sentados delante de un videojuego, interesados solo en lo superficial y en las redes sociales, sin practicar ningún tipo de deporte más allá del tiempo de gimnasia que le obligan en el colegio. Todo ello para terminar con un vocabulario muy limitado que les lleva a tener serias dificultades para expresar ideas complejas, al no leer a los grandes pensadores de la historia de la humanidad. Ante esta realidad, el caso de Leonor debería ser en buena parte un modelo a seguir: sin la obligación de aprender tantos idiomas, sin las exigencias de su futuro cargo ni la necesidad de practicar actividades fuera de las posibilidades económicas de la familia, los padres deberían:

- cultivar la mente del hijo.
- instruirle sabiamente para que sepa rechazar la basura que la sociedad trata que acepte.
- conducirle a libros extraordinarios.
- encender el corazón para que desarrolle sus capacidades y pasiones sanas.
- enseñarle a cuidar su propio cuerpo.
- animarle a que, dentro de su tiempo de ocio, aunque sea distendido, tenga también cabida el que sea constructivo y emocionalmente saludable.

Pereza paternal & Hijos atrofiados

En los aspectos mencionados, Richard Williams, siendo pobre durante muchos años, y dentro de sus posibilidades, hizo lo mismo con sus hijas (cultivar, instruir, conducir, encender, enseñar, animar), por lo que la excusa de “no podemos” es solo pereza paternal, que se queda en el lamentable y simplón “no te metas en problemas y saca buenas notas para que te compremos tu nuevo capricho y puedas hacer lo que te venga en gana”. Y sucede lo habitual, como señala Luis Gutiérrez Rojas, médico y Doctor cum laude en Psiquiatría por la Universidad de Granada: “Muchos padres pretenden que sus hijos sean felices y para ello les colman de caprichos pero, cuando llegan a la adolescencia, se enfadan con ellos porque son unos caprichosos; les envuelven en confort y, posteriormente, les regañan por ser vagos o perezosos; les dan ocio tecnológico y audiovisual y, pasado el tiempo, les culpan de que no leen; les evitan el dolor, pero después les dicen que son unos quejicas”[2].
Me atrevería a decir que, por esa razón de pereza por parte de los progenitores, el 99% de los hombres y mujeres que han pisado este planeta no han desarrollado todo el potencial que Dios puso en ellos, quedando buena parte de su ser atrofiado. Padres que no ayudaron a sacar todo lo que había en sus hijos, e hijos que, cuando se convirtieron en padres, cometieron el mismo error. Un ciclo que se repite una y otra vez.

El desarrollo que transciende a todo lo anterior
Los padres deben crear un entorno sano para que sus hijos saquen a relucir todo lo que hay en sus retoños. Sin agobios, pero dirigiendo la educación, probando lo que vaya más acorde al carácter para potenciarlo y, como dije, siendo de ejemplos. Pero, si por algo me encandiló “El método Williams”, es porque el padre no se quedó únicamente en que Serena y Venus sacaran a relucir todo su talento deportivo y capacidad tenística que había en ellas: fue mucho más allá, ya que educó también el carácter moral de las jovencitas: quería que siempre fueran humildes ante los demás. En algunos momentos podemos pensar que es demasiado estricto, incluso estrafalario. Aunque lo fuera en aspectos muy concretos –algo que él mismo reconoce en su autobiografía-, no podemos desechar, ni mucho menos, todo lo bueno. Estamos demasiados malacostumbrados al hijo que se educa solo y donde sus padres apenas pintan nada y son muy laxos.
Esta educación moral –y, por ende, espiritual-, es la parte en que los padres cristianos tienen que hacer hincapié, y que, aunque debe ir unida a todo lo visto anteriormente, está por encima. Y esto consiste en enseñarles a:

- vivir según la voluntad de Dios.
- decir no al pecado y a la santidad.
- no temer que piensen mal de ellos por defender sus creencias.
- no ser hipócritas para quedar bien con los demás.
- no dejarse llevar por los valores de la sociedad que les rodea. 
- ser íntegros y sencillos.
- no mentir, y que las palabras sean sinceras y nunca lisonjeras. 
- no competir con el prójimo para demostrar que son mejores sino en luchar por ser la mejor versión de uno mismo.
- no compararse con nadie, y menos con la intención de sentirse superior, sino que se miren a sí mismos para potenciar sus virtudes, corregir sus defectos y mejorar sus carencias personales.
- depositar su valía propia en lo que el Señor piensa de ellos y no en lo que dice la cultura caída.
- respetarse a sí mismos y en pensar de ellos sin altivez ni soberbia.
- no pagar mal por mal.
- imitar lo bueno y no lo malo.
- buscar que sus amistades profundas sigan al mismo Jesús que les salvó.
- saber que la elegancia no tiene nada que ver con la exhibición de la propia desnudez.
- respetar a hombres y mujeres por igual.
- defender la vida humana desde el mismo momento de la concepción.
- aceptar con valentía que la sexualidad es exclusiva del matrimonio, y que éste es exclusivo entre un hombre y una mujer.
- saber descansar en Dios, suceda lo que suceda. 
- tener presente que no sirve de nada afanarse, que esta vida es pasajera y un camino que conduce a la eternidad.

Conclusión
Todo esto hay que hacerlo desde la más tierna infancia. Si Richards comenzó con sus hijas a los cuatro años, ¿por qué muchos padres cristianos lo dejan para cuando ya es demasiado tarde? Serena, con 14 años ya era profesional y mostraba una integridad y madurez admirable. Por el contrario, los jóvenes de hoy en día de dicha edad... no hace falta que describa la tónica general ya que es evidente. No digo que deban ser ya completamente maduros, pero tampoco estar en la inopia mental y moral en la que andan la inmensa mayoría. Entre un extremo y otro, hay un margen enorme de mejora y crecimiento.
Además, Richards y su esposa no valoraban a sus hijas únicamente por sus talentos, sino por su forma de ser. Sin embargo, lo que solemos ver es a padres que valoran a sus hijos por lo que hacen (sacar buenas o malas notas) pero no por lo que son, limitándose muchas veces a señalar solo lo malo de ellos.
Con todo lo que hemos visto, no es mi intención que los padres se sientan inferiores a los Williams. Basta con bucear mínimamente en la vida real de Richards para descubrir que, en muchos aspectos, dejaba bastante que desear. Tampoco su exesposa ni sus hijas eran –ni son- perfectas, ni mucho menos. Tampoco quiero hacerles creer que sus hijos deben ser campeones de Wimbledon, genios o alguien de renombre que alcanza el éxito ante la sociedad. Creer que sí, que todo el mundo puede lograrlo, sería lo que se conoce como “positivismo tóxico”, falacia instalada desde hace muchos años en infinidad de libros de autoayuda, incluso cristianos. Mi deseo, mi único deseo, es exhortarlos –en el buen sentido de la palabra-, a que ayuden a sus hijos, incluso en sus fracasos, a “ser la mejor versión de sí mismos” (usando por enésima vez esa expresión de la cual no me canso), especialmente en el ámbito moral, no dejando atrás la faceta intelectual y el desarrollo de los talentos.
Espero que estas sencillas líneas, la visualización de esta película –emotiva y, en muchas facetas, ejemplarizante si se hila bien y se mira más allá de las apariencias-, junto con el libro que publiqué “Para padres, jóvenes y adolescentes” (que empieza aquí: https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/introduccion-para-padres-jovenes-y.html), conduzca a muchos padres a la reflexión de los padres y de aquellos que vayan a serlo en el futuro.

lunes, 21 de marzo de 2022

7.4. Los lobos eclesiales son codependientes, histriónicos, bipolares y tienen una doble ética

 


Venimos de aquí: Los lobos eclesiales buscan la gloria personal, son controladores y manipuladores (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2022/03/73-los-lobos-eclesiales-buscan-la.html).

Veamos las cuatro últimas características que poseen los lobos eclesiales. Como ya dije, algunos tienen unas y otras tienen otras, aunque el “lobo alfa” suele tenerlas todas.

Son codependientes
Aunque aparentan ser autosuficientes, son sumamente codependientes. ¿Cómo suelen comportarse? Dejemos que sean ellos mismos los que se describan: Regañamos, sermoneamos, gritamos, chillamos, lloramos, suplicamos, sobornamos, protegemos, acusamos, perseguimos, forzamos la conversación, nos evadimos de la conversación, tratamos de generar culpabilidad, seducimos, ponemos trampas, vigilamos, demostramos cuánto nos han herido, herimos nosotros a los demás para que vean lo que se siente, amenazamos con hacernos daño a nosotros mismos, nos enzarzamos en juegos de poder, damos ultimátum, hacemos cosas por los demás, nos negamos a hacer cosas por los demás, nos vengamos, gimoteamos, mostramos nuestra furia, nos mostramos desamparados, sufrimos en silencio o a gritos, tratamos de complacer, mentimos, hacemos pequeñas bajezas, hacemos grandes bajezas, nos estrujamos el corazón y amenazamos con morirnos, nos cogemos la cabeza con las manos y amenazamos con volvernos locos, nos golpeamos el pecho y amenazamos con matar a alguien, hacemos una lista de quienes nos apoyan, medimos cuidadosamente nuestras palabras, regateamos, hablamos mal de alguien, insultamos, condenamos, rezamos pidiendo un milagro, pagamos para que ocurra un milagro, vamos a lugares a los que no queremos ir, nos quejamos, supervisamos, dictamos, mandamos, nos quejamos, escribimos cartas, salimos, buscamos, llamamos a todas partes, regañamos, tratamos de impresionar, aconsejamos, leemos la cartilla, ponemos las cosas claras, insistimos, cedemos, provocamos, tratamos de provocar celos, tratamos de provocar miedo, recordamos, inquirimos, investigamos, revisamos los bolsillos, espiamos carteras, buscamos en los cajones, escarbamos en las guanteras, miramos en la cisterna del baño, castigamos, premiamos, casi nos damos por vencidos, luego lo intentamos todavía con más ahínco y recurrimos a toda una serie de estratagemas [...] Los codependientes somos el tipo de gente que continuamente y con gran cantidad de esfuerzo y de energía, trata de forzar las cosas para que sucedan. Controlamos en nombre del amor. Lo hacemos porque solo estamos tratando de ayudar. Porque nosotros sí sabemos cómo se deben hacer las cosas y cómo debe comportarse la gente. Lo hacemos porque nosotros tenemos razón y ellos no. Controlamos porque nos da miedo no hacerlo. Porque no sabemos hacer otra cosa. Porque pensamos que tenemos que hacerlo. Porque no pensamos. Porque es lo único en que podemos pensar. Porque esa es la manera en que siempre hemos hecho las cosas”[1].
La misma autora define a los codependientes de esta manera: “Tiránicos y dominantes, algunos gobiernan con mano férrea desde un trono que ellos mismos se han atribuido. Son poderosos, saben más que nadie. Y las cosas se harán como ellos digan. Ellos se van a encargar de que así sea. Otros hacen su trabajo sucio en forma encubierta. Se ocultan tras un disfraz de dulzura y amabilidad y secretamente se dedican a lo suyo: meterse en los asuntos de los demás. Otros, suspirando y llorando se declaran incapaces, proclaman su dependencia, dicen que son víctimas y logran controlar mediante su debilidad. Son tan desamparados. Necesitan tanto de nuestra cooperación. No pueden vivir sin ella. Algunas veces los débiles son los manipuladores y los controladores más poderosos. Han aprendido a manipular a los demás tirando de los hilos de la lástima y la culpabilidad [...] Temen dejar que los demás sean como son y dejar que las cosas sucedan de un modo natural. Tratan de controlar a los sucesos y las personas a través de su desamparo, de sus sentimientos de culpabilidad, de sus amenazas, de sus consejos o de sus dominios. Llega el momento en que fracasan en sus intentos o provocan la ira de los demás. Se sienten frustrados y enojados. Se sienten controlados por los sucesos y por la gente”[2].
La esclavitud bajo la que viven los codependientes se podría resumir en las palabras de Rousseau: “Hay quien se cree el amo de los demás, cuando en verdad no deja de ser tan esclavo como ellos”[3].

Son histriónicos y emocionalmente bipolares
Podríamos añadir que poseen cierto grado de trastorno bipolar y en buena parte son histriónicos. Son exagerados y dramáticos, tanto cuando hablan de Dios detrás de un púlpito como cuando lo hacen sobre asuntos propios. Suelen sobreactuar, magnificando exageradamente los sentimientos, tanto los positivos como los negativos. Se comportan como si estuvieran actuando en una obra de teatro y una cámara de vídeo los estuviera grabando continuamente como parte de un show espectacular. Interpretan un papel. Por eso gesticulan sobremanera, con muecas artificiales carentes de naturalidad. Todas estas expresiones faciales son intentos para llamar la atención sobre las palabras que pronuncian y están totalmente calculadas, con el deseo de provocar un efecto emotivo en la audiencia que les escucha anonadada. Con el tiempo, el personaje que han creado se funde con la persona (el yo verdadero), haciendo difícil distinguir entre uno y otro. 
Pueden ser seres encantadores, cariñosos y cálidos cuando están felices y se sienten cómodos en una situación. Dicen lo que tengan que decir para lograr lo que quieren. Cuando no alcanzan de los demás sus deseos, y las personas no actúan como querrían que lo hicieran, pueden convertirse en verdaderos ogros: fríos, despiadados, caprichosos y superficiales. Un ejemplo “no-religioso” lo encontramos en Adolf Hitler, quien “temblaba de pies a cabeza, se le desorbitaban los ojos, echaba espumarajos por la boca, agitaba espasmódicamente los puños golpeando cuanto hallaba cerca de sí e, incluso, se tiraba al suelo, retorciéndose allí como una fiera, llegando alguna vez a morder las alfombras”[4]. En el mundo religioso no se suele llegar a tales extremos, ya que estos actores son más comedidos y dominan de otra manera el escenario. Saben cuándo alzar la voz y cuándo guardar silencio. Saben qué palabras deben usar y cuáles no. Saben qué expresiones mostrar y cuáles dejar para otra ocasión. Saben qué momento es el adecuado para reír y cuál para llorar.
Esta característica es la que mayormente desconcierta a los que están cerca de estos individuos, puesto que no saben a qué atenerse ni cómo comportarse ante ellos. Hay que estar siempre pendiente ante sus cambios de humor camaleónicos y a cómo se levantan por la mañana, con la tensión interna que acarrea a sus seguidores. Esto es insufrible. Un día te adoran y al día siguiente te asesinan con la mirada. Estas relaciones terminan por ser destructivas y finalmente solo permanecen junto a ellos los que se someten a sus mandamientos. Es una relación que depende completamente del grado de obediencia hacia ellos. Son personas autoritarias: “El autoritario, aunque lo parezca, no tiene autoridad, por eso la fundamenta en el miedo. Piensa, como el príncipe Maquiavelo, que es mejor ser temido que amado. No da órdenes para hacer mejores a los que dependen de él, para ayudarles a crecer, sino que sólo piensa en sí mismo. El autoritario es egoísta. Teme que la situación se le vaya de las manos, por eso se vuelve duro e intransigente. No sabe rectificar, porque cree que hacerlo es signo de debilidad. Eso le convierte en una persona excesivamente rígida y difícil de tratar”[5].
Viven bajo un continuo estado de ansiedad, por lo que suelen manifestar todo tipo de dolencias psicosomáticas, las cuales, a medio y largo plazo, terminan pasándoles factura: taquicardias, agotamiento nervioso, problemas de corazón, úlceras, dolores musculares, enfermedades crónicas, etc.

Se mueven por una doble ética
Quizá una de las razones más esgrimidas por los creyentes que han salido de iglesias locales (aparte de las doctrinales), sea la que llamo ética géminis. Ésta es la que muestra dos caras: una en el púlpito, donde todo es amor, bondad y misericordia, y otra en las relaciones personales, cuando al menor síntoma de contrariedad juzgan a las personas con dureza y severidad. Es el testimonio de miles de cristianos en todo el mundo. Observaron una manifiesta y continua hipocresía, por lo que hicieron bien en marcharse: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lc. 12:1).
En estos casos, las palabras de los que están al frente no concuerdan con sus acciones. Usan una ética y moralidad para sí mismos y otra para el resto del cuerpo de Cristo. Son los que te abrazan en tu dolor cuando estás con ellos, pero se burlan a tus espaldas de cómo expresas tales sentimientos.
Predican contra la crítica, pero ellos mismo la llevan a cabo sin miramiento. Predican sobre la integridad personal, pero ellos no la conocen. Predican sobre la sinceridad, pero no tienen problemas de conciencia en mentir si es necesario; según ellos, para preservar el bien general, cuando la realidad es que la mentira es el miedo de los cobardes. Predican sobre la ira que Dios derramará sobre todos aquellos que hablen en contra de los líderes, pero éstos despotrican impunemente por la espalda contra los hermanos que, según su parecer, no dan la talla espiritual. Predican sobre la santidad, pero ellos mismos se la toman a la ligera. Predican sobre la libertad y la gracia, pero ellos imponen a los demás cargas y leyes humanas. Predican sobre el amor llenos de aparente emoción, pero luego se dejan llevar por la carne en muchas áreas de sus vidas. Predican sobre el darse a los demás, pero luego los usan para su propio beneficio. Predican sobre la relación fraternal en la congregación, pero luego están faltos de tacto y sensibilidad. Predican sobre la correcta forma de hablar, pero luego en sus bocas se manifiesta ira contra los que consideran sus oponentes o sobre aquellos que no les obedecen. Predican sobre la confianza que se debe depositar en ellos, pero luego revelan los secretos que les han contado en privado.
Sobre este último aspecto, José María Martínez es contundente: “Es de lógica elemental que el pastor haya de mantenerse fiel a la confianza que en él depositan sus hermanos. Aunque en el ministerio evangélico no existe la confesión auricular, no son pocas las personas que abren de par en par su corazón ante su guía espiritual, a quien hacen confidente de sus mayores intimidades. Le hacen auténticas confesiones, cuyo secreto no se puede divulgar, a menos que el ministro quiera destruir su prestigio e influencia juntamente con el bienestar de la iglesia. Si en la Escritura se condena la chismografía de algunas mujeres (1 Timoteo 5:12-23), ¿cuánto más no habrá de reprobarse la indiscreción de un líder cristiano?”[6]. No hay mayor traición que un pastor que cuenta los secretos de los hermanos a otras personas, y esto es algo que suelen hacer los lobos.
No hay que valorar a estas personas únicamente por sus enseñanzas, porque pueden predicar hasta cierto punto una sana doctrina. El juicio de valor debe estar en función de sus acciones. Jesús fue bastante explícito: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7:15-20). Y los frutos no son personas más cariñosas (ya que eso lo podemos encontrar hasta en el circo), ni los milagros, ni un local más grande, ni más miembros en la congregación o más dinero recaudado, sino el apego a la sana doctrina inseparablemente acompañada de una vida que manifiesta el fruto del Espíritu, conforme a la ética cristiana transmitida en la Palabra de Dios[7].
Esto incluye que cumplan los requisitos establecidos por Pablo en las cartas a Timoteo y a Tito (irreprensibles, de buen testimonio, decorosos, sobrios, dueños de sí mismo, prudentes, justos, santos, amantes de lo bueno, hospedador, amables, apacibles, no iracundos, no pendencieros, no codiciosos de ganancias deshonestas, no avaros, no soberbios, no dados al vino, que gobiernen bien su casa, que retengan la palabra fiel tal y como ha sido enseñada, aptos para enseñar, etc.): “Por razones obvias, no se espera que el pastor sea sumamente perfecto en todas estas áreas; pero sí que posea el respaldo de Dios, la madurez necesaria y el fruto evidente en su vida para que sea capaz de ejercer la autoridad bíblica; y los miembros de la congregación sujetarse a él debidamente”[8].

Terminan por ser descubiertos
En apariencia pueden parecer muy espirituales, pero al predicar de una manera y vivir de otra carecen de la autoridad moral para ocuparse de la grey del Señor. No se puede señalar los “pecados” ajenos y dejar a un lado los propios. Es como el fariseo enaltecido que daba las gracias por no ser como el publicano, cuando realmente era peor (cf. Lc. 19:9-14).
Quienes viven de tal manera, tarde o temprano son descubiertos: “Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse” (Lc. 12:2). Al final, de una manera u otra, la verdad sale a la luz: “Los pecados de algunos hombres se hacen patentes antes que ellos vengan a juicio, mas a otros se les descubren después” (1 Ti. 5:24). Ambos textos suelen citarlos contra los que se marchan de sus congregaciones, pero olvidan que también se aplica a ellos mismos, como si fuera un boomerang del que no pueden escapar.
¿Qué hacen cuando les descubren?: se justifican de mil maneras diferentes o arremeten contra aquellos que destapan su doble ética, difamándolos para que sus palabras no sean tenidas en cuenta. Aunque a veces se hace difícil identificarlos (porque saben jugar muy bien sus cartas y son expertos en el arte de fingir y en poner cara de póker), finalmente todo termina por destaparse. Las evidencias resultan abrumadoras. Sus huellas les delatan: “En el ministerio cristiano no basta la fidelidad en la proclamación de la verdad; es indispensable la fidelidad en la práctica de la verdad. De todo siervo del Señor debiera poder decirse lo que se atestiguaba de Orígenes: ´Como enseña, así vive, y como vive, así enseña`. Lo más deplorable para un mensajero de Cristo sería que pudiese aplicársele aquel viejo epigrama: Lo que haces habla tan alto que no puedo oír lo que dices”[9].


Continuará en: ¿Tienen cura los lobos eclesiales? ¿Qué se esconde tras su máscara?


[1] Beattie, Melody. Libérate de la codependencia. Sirio.

[2] Ibid.

[3] Rousseau, Jean-Jacques. El contrato social.

[4] Solar, David. El último día de Adolf Hitler. La esfera de los libros. P. 247.

[5] Guembe, Pilar & Goñi Carlos. No se lo digas a mis padres. Ariel. Pág. 151.

[6] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (Vol. 2). Clie.

[7] En el libro ¿Qué ocurre con los que no somos sanados?, de Carmen Benson, la autora señala que las personas más santas del mundo son aquellas que poseen los estigmas físicos de Cristo. Una falacia extrema.

[8] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (Vol. 2). Clie.

[9] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (Vol. 1). Clie. P. 38.


lunes, 14 de marzo de 2022

7.3. Los lobos eclesiales buscan la gloria personal, son controladores y manipuladores

 


Venimos de aquí: ¿Por qué se convierte una persona en un lobo eclesial? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2022/03/72-por-que-se-convierte-una-persona-en.html).

Una vez que conocemos los tres aspectos que provocan el carácter en los lobos, quiero ir más allá y mostrar lo que se esconde en lo más profundo de sus almas. Y para esto hay que hablar del narcisismo, puesto que es uno de los “atributos” principales que poseen. O más bien habría que decir “que les domina”.
La personalidad narcisista no es algo que surja de la noche a la mañana, sino que nace en la adolescencia y va creciendo conforme pasan los años hasta que se establece como el estado normal de la persona. Es un trastorno de personalidad que se manifiesta en diversos aspectos del ser interior: El narcisista es un individuo que se siente especial, único, y superior. Tiende a ver a los demás como inferiores o como potenciales admiradores. Asume que tiene derecho a lo mejor, que está por encima de toda norma y que le asiste el derecho a utilizar a los demás en la consecución de sus propios fines. Puede que su más destacada característica sea la tendencia a tratar a las personas como si fueran objetos. Así, por ejemplo, si un amigo cancela una cita por enfermedad, la persona narcisista sentirá antes irritación que compasión. Paradójicamente, los individuos que sufren trastorno de personalidad narcisista se sienten a menudo infelices y descontentos, y solicitan con frecuencia ayuda psiquiátrica. La personalidad narcisista se puede explicar de dos formas (de hecho, puede que haya dos posibles vías dentro de un mismo fenómeno). La primera consiste en una actitud defensiva extrema por autoestima frágil. Pero puede ser también vista como una autoestima anómalamente positiva, carente de defensas y expuesta a riesgos”[1].

Características
Este tipo de personalidad tiene diversas expresiones y características. Según el tipo de “lobo”, se darán unas u otras, mientras que el “lobo alfa” las posee todas. Empecemos por citarlas y luego las desarrollaremos en este apartado y en el siguiente:

- Buscan insaciablemente la gloria personal.

- Son controladores y manipuladores.

- Son codependientes.

- Son histriónicos y emocionalmente bipolares.

- Se mueven por una doble ética.

Si dichas singularidades y actitudes están muy definidas, puede considerarse como una personalidad desequilibrada: “El ex político británico y neurólogo David Owen, en su libro ´En la enfermedad y en el poder`, lo llama ´el síndrome Hubris`, término que usaban los griegos para describir a aquellos que comenzaban a creerse iguales o superiores a los dioses, capaces de cualquier cosa. Según él, es un trastorno común entre los gobernantes que llevan tiempo en el poder, cuyos síntomas son una exagerada confianza en sí mismos, un llamado por el destino a lograr grandes hazañas y alcanzar grandes objetivos, desprecio por los consejos de quienes les rodean a quienes no escuchan ni toleran sus críticas, la creencia de considerarse insustituibles y un alejamiento progresivo de la realidad que los lleva a tomar las decisiones por su propia cuenta. Independientemente de que acierten o se equivoquen, siempre creerán haber hecho lo correcto”.

Buscan insaciablemente la gloria personal
Aunque aparenten humildad ante los demás, continuamente tienen que luchar, como muchos reconocen, con el orgullo propio. Los que no lo hacen, no lo pueden ocultar ante sí mismos.
Ellos mismos se encargan de que todo el mundo sepa el bien que llevan a cabo. A veces lo predican de manera más o menos disimulada y, en otras, sin reparo alguno. De ahí que procuran involucrarse en actividades que sean llamativas a los ojos ajenos. Este deseo carnal de destacar sobremanera los lleva a esforzarse hasta la extenuación mental, y puede que hasta el agotamiento físico, aunque lo presenten como la manera de ofrecer la excelencia a Dios. Como dijo David Wilkerson: “El único hombre de Dios que no está en eso para recibir gloria es el que lo hace en privado y alejado de la prensa. [...] Si se hace algo con mucho alarde es buscando el reconocimiento público”.
Aunque camuflen estos deseos, anhelan la gloria personal, el aplauso y el reconocimiento, y para eso necesitan ser el centro de atención. Están “obsesionados por su propio poder, su importancia o su brillantez”[2]. Son modelos contemporáneos de “Diótrefes”, a los cuales les gusta tener el primer lugar (cf. 3 Jn 9). Es pura vanidad, ya que les domina el deseo de ser admirados. Sienten que flotan cuando les aplauden y les adulan. Los ministerios que desempeñan son el medio que tienen de autopromocionarse. Tienen “complejo de Mesías”, que hace alusión a aquellas personas que se creen salvadoras de los demás y que poseen virtudes exclusivas. Sin duda, es un estado mental de delirio del que muchos no son conscientes. Todo esto les conduce a un egocentrismo patológico.
Consideran una amenaza a aquellos que puedan destacar más que ellos en algún aspecto. Realmente envidian a todos los que sobresalen, a los cuales ven como rivales. Por lo tanto, no les gusta que les hagan sombra. No se alegran genuinamente de los éxitos del prójimo. Si les critican, señalan que es por envidia o celos, y los convierten en sus contrincantes, tachándolos de incompetentes. Mientras pueden, los usan para beneficio propio, pero cuando ya no les son útiles los desechan como basura espacial, dejándolos a la deriva, alejándolos, ignorándolos o guardando silencio ante ellos, como si no existieran.

Son controladores y manipuladores
Cuando la carne es la que controla a estas personas (vuelvo a repetir lo que analizamos en el apartado anterior: Naturaleza caída + Modelo erróneo de pastorado + Motivaciones incorrectas), caen en un deseo irreprimible de controlar la vida de los demás: lo que hacen, lo que dicen, sus actitudes, sus relaciones personales, el uso del tiempo, etc. Pasan de consejeros a ser vigilantes. En lugar de resultar un apoyo al que acudir en ocasiones para buscar sabiduría, se convierten en una carga, porque les inculcan a los creyentes que tienen que ir a ellos a rendirles cuenta de todo lo que hacen, incluso de lo que hablan con otras personas. Esto termina por resultar agobiante y avasallador, siendo una influencia malsana, ya que provocan temor. Al final, para no meterse en problemas, el afectado termina yendo en contra de su propia voluntad y amoldándose a los deseos ajenos de estos controladores.
Cuando algo se sale de las normas propias que han establecido –aunque no sean bíblicas (un sucedáneo del “legalismo”)-, inmediatamente les hacen ver al hermano los errores que está cometiendo, puesto que consideran que el camino que ellos han trazado es el único correcto y, por lo tanto, tienen que seguirlo. Nunca es suficiente lo que sus semejantes hacen. Encubiertamente, aprovechan la ocasión para ponerse como ejemplos de buen hacer.
No tienen reparos en humillar e intimidar a otros usando la vergüenza, el miedo, los reproches, los gritos, los sentimientos de culpa, el llanto desconsolado y diversos textos bíblicos sacados de sus respectivos contextos cuando lo consideran oportuno. Horas o días después, se acercarán pacíficamente, incluso con lágrimas, para hacer las paces con buenas palabras, indicando que tal “exhortación” airada fue hecha con la intención de que el individuo madurara y creciera espiritualmente. Son métodos muy parecidos a los que emplean los niños cuando desean alcanzar sus propios intereses o caprichos: el llanto, la rabieta, el desprecio, etc.
Esto lleva como efecto secundario que no les agrade la iniciativa propia, la independencia y la libertad de pensamiento, especialmente si difieren en lo que respecta a su forma de entender la vida, por lo que hay que pedir permiso para casi todo. Por eso, no soportan que se les lleve la contraria, que se discutan sus palabras y que no se obedezcan sus órdenes. Finalmente, les dan la espalda a quienes no entran en sus juegos. Cuando esto sucede, ponen todo su empeño en desacreditarlos. Con el tiempo, se vuelven paranoicos, creyendo que los que les rodean quieren destruirlos, cuando la realidad es que deberían ser ellos mismos los que se echaran a un lado y pidieran ayuda psicológica y espiritual.
Esta forma de ser implica que, continuamente, estén enfrascados en múltiples enfrentamientos personales. Cuando se produce un conflicto, creen que solo existe una verdad: la de ellos, ya que son intolerantes, autoritarios y dogmáticos en asuntos extrabíblicos.
Padecen “el síndrome de Adán y Eva”: difícilmente reconocen sus errores –y, si lo hacen, es con la boca pequeña-, puesto que la culpa siempre es de los demás, que representan un “espíritu de rebeldía”, “son divisorios”, “están en tinieblas” o “bajo la influencia del maligno”. Ningún argumento los convence de lo contrario.

Continuará en: Los lobos eclesiales son codependientes, histriónicos, bipolares y tienen una doble ética.


[1] McGrath, Alister & Joanna. La autoestima y la cruz. Andamio.

[2] ibid. 

lunes, 7 de marzo de 2022

7.2. ¿Por qué se convierte una persona en un lobo eclesial?

 

Venimos de aquí: El carácter maquiavélico y oscuro de los lobos eclesiales (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2014/11/el-verdadero-lobo.html).

Al hablar de los verdaderos lobos que se ocultan entre el pueblo de Dios, como hicimos en la primera parte, toca seguir analizado las causas que conducen a un ser humano a convertirse en este tipo de arma de destrucción masiva. Como todo en esta vida, siempre hay una explicación primera y última al comportamiento y a las actitudes que toman las personas. Con los “lobos” ocurre exactamente igual: hay un porqué que viene a explicar qué los conduce a formarse ese tipo de carácter. Todo tiene una razón de ser, y en este caso los motivos son diversos. Eso es precisamente lo que quiero detallar a continuación. Así podrás comprenderlos mejor y ver qué se oculta tras esa máscara de aparente poder. Cuando conozcas la realidad, el miedo que les puedas tener desaparecerá. Es más, posiblemente sentirás conmiseración por ellos.
La explicación es muy fácil de exponer, y es la suma de estos tres factores:

1) Naturaleza caída
La más obvia y sencilla de explicar: “Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12). Todos los seres humanos nacemos con una naturaleza caída que está inclinada al mal, y que se expresa de diversas maneras: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas” (Gá. 5:21).

2) Modelo erróneo de pastorado
Creen en la existencia de una Jerarquía eclesial, semejante al modelo del catolicismo romano. Según ellos, el orden es: Dios, los ángeles, los pastores y, para finalizar, en la escala más baja, el resto del pueblo del Señor. Esta idea es completamente contraria al Nuevo Testamento, donde se nos especifica que hay distintas “funciones” pero no distintas “categorías” dentro del Cuerpo de Cristo, que es Su Iglesia: “Son muchos los que anhelan el pastorado y los llamados ministerios para ocupar un lugar de preferencia y favoritismo. Para otros se ha convertido en un modo de vida, en una profesión que nadie tiene que ver con el llamamiento de Dios sino más bien con una justificación de la pereza. El ministerio se ha convertido, en buena medida, en un título, una categoría especial dentro del cuerpo de Cristo. El ministerio no es un título, es una función. El vocablo ministerio se traduce en el Nuevo Testamento de diversas palabras griegas: ´doulos`, que significa ´esclavo`, y ´diakonos`, que significa ´siervo`. Hasta estos términos se han deformado y contaminado de tal manera que tenemos hoy una terminología que expresa lo contrario de su concepción original. Hablamos del siervo refiriéndonos al líder, al pastor, al que domina el protagonismo del culto y se convierte en el centro y eje sobre el cual gira todo esto. El concepto de siervo se ha convertido en un título, una categoría que está por encima de los demás miembros de la congregación”[1].
El Señor habló de manera muy clara de estas ideas: “Jesús fue crítico con la tendencia humana a buscar los puestos de honor, declarando al respecto que serán los que se humillen los que recibirán entonces exaltación”.

3) Motivaciones incorrectas
Tienen delirios de grandeza. Se mueven por el deseo de cumplir sus propios sueños. Como señala Virgilio Zaballos en su libro “Conceptos errados”: Hay que conseguir la realización de nuestros sueños y visiones a cualquier precio, aunque destrocemos la vida de muchos que durante mucho tiempo nos han sido fieles servidores creyendo servir al Señor de la iglesia”[2].
Para lograr sus propósitos se sirven de los creyentes y de los asuntos espirituales. “Aman” a las personas por lo que hacen para ellos, no por lo que son. Las instrumentalizan como herramientas para alcanzar sus intereses. Terminan convirtiéndose en explotadores. Aunque las hay de todo tipo, sin duda alguna sus víctimas favoritas son las personas dependientes y con profundas carencias afectivas, aunque también las padecen aquellas que no son conscientes de la situación. Usan los sentimientos honrosos de verdaderos cristianos para sus fines deshonrosos. Las técnicas de los grupos sectarios y las de los abusos espirituales son idénticas en su mayoría: “Muchas víctimas de abusos espirituales dicen que en sus primeros encuentros con el sacerdote o pastor de su iglesia local o comunidad, éstos fueron de una extremada amabilidad. Las personas que llegan por vez primera a una iglesia o a una comunidad atraviesan casi siempre un período de vida doloroso: soledad, luto, divorcio, enfermedad grave, paro, etc. O esas personas tienen dificultades para integrarse en la sociedad. Algunas también buscan valores. Las causas de la búsqueda espiritual pueden ser múltiples. Una persona en situación de angustia tiene un gran sentimiento de impotencia, volviéndola influenciable y receptiva a toda forma de compasión”[3].
Por eso, comprobamos que, durante una larga temporada, y siempre que sea necesario, adularán a la persona para ganársela y hacerle creer que es amada y aceptada. Le regalarán todo tipo de atenciones y cumplidos, donde le señalarán cada una de sus virtudes. Así logran que los creyentes se vuelvan emocionalmente dependiente de ellos. Pero no es un calor humano natural, sino manipulador. Y cuando la persona se “siente” amada, casi siempre pierde la capacidad de crítica, como ya vimos en el capítulo ¿Por qué una persona se une a una secta o a una iglesia enferma sin saberlo? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/09/6-por-que-una-persona-se-une-una.html).
En buena parte, se ciega a sí misma. Pasa por alto lo negativo que pueda ver u oír. Y, si se atreve a señalar lo negativo, se arriesga a que le echen en cara todo lo que han hecho por él y a que lo acusen de desagradecido. Al final, todo se convierte en una deuda que habrá que pagar y que la cobrarán, tarde o temprano, con intereses desmedidos: pura usura. La libertad, de la que tanto presumen, realmente brilla por su ausencia, ya que le suelen amenazar con represalias en caso de no seguir sus preceptos, junto a acusaciones de todo tipo, como de tener raíces de amargura, una de sus frases favoritas.

El resultado
Al sumar estos tres componentes (Naturaleza caída + Modelo erróneo de pastorado + Motivaciones incorrectas), el resultado es un carácter de lobo, que se suele camuflar bajo una personalidad carismática y que se alimenta de la sangre de sus víctimas.
Como no podía ser de otro modo, esto provoca una serie de obras carnales, especialmente estas ocho ya citadas: “enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias” (Gá. 5:20-21). Estos “frutos”, en el ámbito espiritual, se manifiestan con soberbia y agresividad verbal, acompañadas de una virulencia implacable en los momentos más inesperados y sin previo aviso, aunque lo presenten como una “exhortación” de parte de Dios. Por eso, ante esta imprevisibilidad que desconcierta a cualquiera, cuesta bastante detectar las actitudes bipolares, sobre todo al principio, y más a los que no pertenecen a sus congregaciones y no viven el día a día, desconociendo esta doble cara, ya que solo ven la parte buena.
Esto confunde a muchos creyentes genuinos, al no vislumbrar en primera instancia cuál es el verdadero rostro de estas personas y no saber a qué atenerse, ya que reciben “una de cal” y “otra de arena”: “Para entender bien el mecanismo del abuso espiritual, es importante comprender un elemento capital. En este proceso, todo se hace sin que la persona lo sepa. Jamás me he encontrado con nadie que haya entrado sabiendo con conocimiento de causa en una iglesia o grupo abusivo. Antes bien, las personas se hacen miembros de una comunidad que consideran agradable y acogedora. Sólo cuando la dejan, se dan cuenta de la realidad y dicen que ese grupo era abusivo, que fueron manipulados”[4].

Continuará en: Los lobos eclesiales buscan la gloria personal, son controladores y manipuladores.


[1] Zaballos, Virgilio. Conceptos errados. Logos.

[2] McGrath, Alister & Joanna. La autoestima y la cruz. Andamio.

[3] Zivi. Pascal & Poujol, Jacques. Los abusos espirituales: Identificar. Acompañar.

[4] Ibid.