miércoles, 31 de mayo de 2017

¿Puede volver a Dios un “cristiano” que ha negado a Cristo con sus palabras o sus obras?


Tomando como punto de partida la película Silencio, vimos en la primera parte qué significa realmente apostatar y las maneras en que suele darse. También señalamos las diferencias entre el calvinismo y el arrianismo al respecto, donde llegamos a un punto intermedio. Y, finalmente, analizamos cómo la iglesia primitiva trató a los llamados “lapsi”, que eran creyentes que habían renegado de Cristo cuando comenzó la persecución del Imperio Romano contra ellos.
Lo que nos tenemos que preguntar a continuación son los peligros del endurecimiento del corazón, si se puede retornar al camino de Cristo el que lo ha negado con sus palabras o sus obras. Por último, veremos qué tiene que hacer el que quiere volver. Si es tu caso o conoces a alguien, te insto encarecidamente a que leas las siguientes líneas. Hay mucho en juego.

¿Sin retorno?
Hay un pasaje en la carta a los hebreos que parece dar a entender que aquella persona que nació de nuevo recibiendo el Espíritu Santo pero se apartó de Dios no puede arrepentirse: Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada” (He. 6:4-8).
La visión de los arminianos sobre este pasaje la vemos reflejado en la novela clásica El peregrino, de Juan Bunyan. En ella, el autor describe a un personaje que había sido cristiano, al que se le considera un “renegado” y cuyo nombre es “Enjaulado”. Esta es la conversación que mantiene con el protagonista “Cristiano”:

-C: “¿Quién eres tú?”.
-E: “¡Ah! En otro tiempo hice profesión de cristiano, y prosperaba y florecía a mis propios ojos y a los ojos de los demás. Me creía destinado a la ciudad celestial, y esta idea me llenaba de grande regocijo. Pero ahora soy una criatura de desesperación; encerrado en esta jaula de hierro, no puedo salir, ¡ay de mí!, no puedo salir”.
-C: “Pero, ¿cómo has llegado a este estado tan miserable?”.
-E: “Dejé de velar y de ser sobrio, solté la rienda a mis pasiones, pequé contra lo que clara y expresamente manda la Palabra y bondad del Señor; entristecí al Espíritu Santo, y éste se me ha retirado; tenté al diablo, y vino a mí; provoqué la ira de Dios, y el Señor me ha abandonado; mi corazón se ha endurecido de tal manera, que ya no puedo arrepentirme”.
-C: “¿Pero no hay remedio ni esperanza para ti?, ¿habrás de estar encerrado siempre en esa férrea jaula de desesperación?”.
-E: “He perdido toda esperanza. He crucificado de nuevo en mi mismo al Hijo de Dios, he aborrecido su persona (Lc. 19:14), he despreciado su justicia, he profanado su sangre, he ultrajado al Espíritu de gracia (He. 10:28-29); he aquí porque me considero destituido de toda esperanza, y no me restan sino las amenazas terribles de un juicio cierto y seguro, y la perspectiva de un fuego abrasador, de cuyas llamas he de ser pasto. A este estado me han traído mis pasiones, los placeres e intereses mundanos, en cuyo goce me prometí en otro tiempo muchos deleites, pero que ahora me atormentan y me corroen como un gusano de fuego”.
-C: “Pero, ¿no puedes aún al presente volverte a Dios y arrepentirte?”.
-E: “Dios me ha negado el arrepentimiento; en su Palabra no encuentro ya estímulo para creer; es el mismo Dios el que me ha encerrado en esta jaula, y todos los hombres del mundo juntos no me podrán sacar de ella. ¡Oh, eternidad, eternidad! ¿Cómo podré yo luchar con la miseria que me espera en la eternidad?”.
- Intérprete (una persona que aconseja a “Cristiano”): “Cristiano, nunca eches en olvido la miseria de este hombre; sírvate siempre de escarmiento y de aviso”.
-C: “¡Terrible es esto! Concédame el Señor su auxilio para velar y ser sobrio, y pedirle que no permita el Señor que yo llegue algún día a ser presa de tamaña miseria”.

¿Es correcta la interpretación que hacen los arminianos del pasaje de Hebreos? ¿Eran verdaderos creyentes aquéllos que se apartaron? Ante ambas preguntas se puede defender tanto el como el no. ¿Tenían o no el Espíritu Santo aquellos que se apartaron? ¿Si el rey David le pidió al Señor que no apartara de él su Santo Espíritu fue porque era la norma ante el pecado o un caso excepcional del Antiguo Pacto, antes de Pentecostés? ¿Sigue sucediendo en la actualidad? ¿Entristecer una y otra vez el Espíritu Santo termina provocando Su retirada? Tanto los calvinistas como los arminianos honestos y sinceros reconocerán que los diversos textos que hay en la Biblia sobre estas cuestiones y el debate que suscitan todas ellas no podrán ser cerradas de manera completamente concluyentes en esta vida. Para seguir de manera respetuosa esta apasionante controversia, remito al excepcional libro La Seguridad de la Salvación: Cuatro puntos de vista, de J. Mathew Pinson, que aborda con un gran respecto posturas diferentes y contrapuestas (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/03/eres-un-cristiano-tolerante-o.html).

Límites y endurecimiento & Pedro y Faraón
Ahora bien, en mi opinión, naciera o no de nuevo en el pasado la persona que decía ser creyente, hay cierto límite, ÚNICAMENTE CONOCIDO POR DIOS, que, cuando es superado, hace imposible el arrepentimiento a causa del grado de la propia dureza del corazón. Tuviera un simple conocimiento intelectual de la verdad divina o la hubiera aceptado realmente en su vida, hay textos que hablan del lamentable estado en el que queda un individuo tras volver atrás: “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2 P. 2:20-22).
Esto se comprueba fácilmente: muchos (aunque no todos) que han sido o han dicho ser cristianos, cuando se apartan de Dios, suelen vivir libremente en el pecado: tienen relaciones sexuales con sus parejas sin estar casados, comienzan a usar el lenguaje de forma vulgar, se muestran desinhibidos con el sexo opuesto, viven el mundo de la noche con sus pubs y discotecas, se emborrachan cuando surge la ocasión, no tienen problemas en mentir para quedar bien ante los demás o para lograr sus propósitos, etc. Empiezan a jugar un juego del que cada vez les resultará más difícil abandonar, ya que la carne se habitúa y le termina por tomar el gusto. Ahí los límites comienzan a difuminarse y el punto de no retorno comienza peligrosamente a acercarse.
¿Por qué he señalado que el límite solo lo conoce Dios? ¿Acaso negar a Cristo y el pecado sin arrepentimiento no marcan esa frontera? Sí, claramente. Pero cuándo se traspasa ese límite sin retorno es un conocimiento que está fuera de nuestras capacidades y, a la vez, dentro de la Soberanía de Dios. El ejemplo claro lo encontramos en las mismas palabras que citamos en el caso de los lapsi: “El partido rigorista extremo perdió de vista que el mismo apóstol Pedro después de haber negado a su Señor tres veces, pudo ser restaurado por la gracia de Dios a un útil ministerio”. ¿Quién se atrevería a decir que Pedro no era un verdadero creyente? Sin embargo, ¡llegó a apostatar! Y no lo hizo en una ocasión, sino en tres. ¿Dios lo desechó? ¿Decretó el Altísimo un juicio contra él como hizo con el pagano Faraón, al que le ofreció múltiples oportunidades de arrepentirse? ¡No! ¡Varias semanas después, fue restaurado por la gracia de Dios!
Los calvinistas llaman deserción en lugar de apostasía a la acción de Pedro. Aunque es cierto que fue presionado y estaba asustado, este intercambio de términos es una manera de suavizar la realidad. Apostatar tiene por sinónimos “abjurar, renegar, repudiar, desertar, retractarse, renunciar, abandonar, negar, traicionar”[1]. Se le quiera llamar de una manera u otra, nada quita la verdad: Pedro negó/apostató. ¿Negó o no a Cristo? Sí. ¿Temporal o permanentemente? Temporalmente, pero lo negó. Lo demás es hacer un juego de palabras para negar lo evidente. Él sintió miedo a las consecuencias, mientras que otros son arrastrados por la marea del pecado, las amenazas de muerte, las malas amistades, las presiones de la sociedad, las propias decisiones erradas, etc.
Volviendo al caso de Faraón, tengamos en perspectiva que en primera instancia no fue Dios quién le endureció su corazón, sino que el soberano de Egipto lo hizo a sí mismo. El Creador, siendo sabio, justo y perfecto, le concedió seis oportunidades de arrepentirse. Llegado un límite, llevó a cabo el juicio y dictó sentencia; concretamente en la sexta plaga, la de las úlceras. A pesar de que el egipcio contempló directamente la mano del Todopoderoso, se encargó de demostrar su empecinamiento, rehusando doblar sus rodillas y su corazón ante Él, por lo que “Jehová endureció el corazón de Faraón (Ex. 9:12).

¡Hoy es el día de la esperanza!
Quizá no hayas negado a Cristo por persecución o tortura, pero puede que sí de las otras maneras que hemos citado. Por eso es a ti a quien quiero dirigirme, porque creo que hay esperanza. Si has llegado hasta aquí, si estás leyendo estos párrafos, significa que no has llegado al límite del no-retorno y existe el deseo en tu corazón de buscar/volver a encontrarte con Dios. Si ese es tu anhelo, lo primero que tendrás que hacer es determinar tu condición actual:

- Si no has nacido de nuevo, ahora tienes la oportunidad de hacerlo. Para más detalles sobre el tema: “No soy religioso, ni católico, ni protestante: Simplemente cristiano” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html).
- Si naciste de nuevo pero te apartaste, es la hora para que vuelvas a casa como el hijo pródigo (cf. Lc. 15:11-32). Es el momento de poner en práctica las palabras de Proverbios: “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr. 28:13). Dios desea abrazarte con Su gracia y misericordia. No esperes a tocar fondo porque cada día te será más difícil volver al camino recto.

Sea cual sea la situación en la que estés, ya sabes lo que tienes que hacer. ¡No lo demores! ¡No dejes que tu corazón se endurezca aún más! ¡Ya basta de decirte a ti mismo que no puedes o no quieres abandonar el pecado o tu actual forma de vivir! ¡Lo que está en juego es, ni más ni menos, dónde vas a pasar la ETERNIDAD! ¡Despierta de una vez! ¡Despierta! ¡No desprecies una salvación tan grande!

“HE AQUÍ AHORA EL TIEMPO ACEPTABLE;
HE AQUÍ AHORA EL DÍA DE LA SALVACIÓN”
(2 Cor. 6:2)

lunes, 15 de mayo de 2017

Silencio: ¿cristianos que apostatan?



Silencio, adaptación de la novela de Shusaku Endo, es la última película dirigida hasta la fecha por el famoso director Martin Scorsese y que trata un tema verdaderamente incómodo e inquietante para cualquier cristiano: la apostasía. Es decir: una persona que renuncia a su fe en Cristo. En este caso, la historia gira en torno a dos jesuitas portugueses (interpretados por Adam Driver y Andrew Garfield, el mismo de Hasta el último hombre: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/03/hasta-el-ultimo-hombre-despreciando-los.html) que viajan a Japón en busca de un misionero desaparecido (Liam Neeson) que, según parece, ha rechazado la fe cristiana, evitando así su propia muerte. Estemos o no de acuerdo con la visión del cristianismo que tienen los sacerdotes jesuitas y, por extensión, el catolicismo romano, es un asunto peliaguado el que se debate.
Aunque en el presente este país asiático es pacífico, no fue así hasta su derrota en la 2ª Guerra Mundial. En el siglo XVII, época donde se desarrolla la trama, los evangelizadores no eran recibidos con aplausos y fiestas de bienvenida por el Gobierno. La violencia contra ellos estaba a la orden del día: torturas, persecuciones implacables y ejecuciones que prefiero no describir. Una verdadera Inquisición en versión japonesa. Siendo la religión oficial el budismo (religión que históricamente ha sido violenta y opresiva, al contrario que la imagen que se nos vende de ella), no querían saber del mensaje de paz y amor que les ofrecía el Evangelio. Incluso hoy en día, aunque pequeñas puertas se están abriendo, esta nación sigue siendo un lugar bastante hermético en lo que concierne al cristianismo.

¿Apostasía?
Cuando nos referimos a apostatar en el sentido correcto del término, no lo hacemos en el de alguien que por diversas razones ha dejado de congregarse o de participar de actividades consideradas “cristianas” (lo sean realmente o no). Tampoco al individuo que desde jovencito se ha reunido en un local (al que erróneamente se llama “iglesia”) con creyentes y ha aparentado serlo durante muchos años, cuando en realidad nunca había nacido de nuevo.
En el largometraje, a los creyentes se les ofrecía pisotear una imagen de Cristo para simbolizar su rechazo a Él o, de lo contrario, tenían que pagar con la muerte. Emotiva y de aliento resulta la escena donde un aldeano es crucificado en el mar para morir ahogado mientras canta un himno.

En la actualidad y por norma general –al menos en el mundo occidental-, a nadie se le pone un grabado en el suelo para que lo pise. La apostasía voluntaria suele comprobarse de otra manera. Personalmente nunca he conocido a nadie que con su boca haya dicho que “ya” no cree en Jesús o que lo repudia, pero sí he visto a muchos que, con sus vidas, han dejado claro que han “apostatado”. Ya que no las ponen por obra, han renegado de las enseñanzas del Señor, y viven, en mayor o en menor medida, en “las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; [...] que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gá. 5:19-21).
Otros, aunque no practican ni participan en grandes pecados, tienen a Dios por un lejano recuerdo, donde la oración, la lectura de la Biblia y el fruto del Espíritu desapareció tiempo atrás de la vida diaria. Es lo que yo llamo “apostasía pasiva”. Aunque digan que Jesús es Señor, no lo tienen a Él por tal, y se les aplica Sus palabras: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46).
Estas dos formas citadas son las habituales en lo que concierne a la apostasía “contemporánea”.

Dos posturas opuestas y el término medio
Para no extenderme en demasía, veamos qué dicen calvinistas y arminianos al respecto, ya que no comparten el mismo punto de vista:

- La postura calvinista afirma que un verdadero hijo de Dios nunca deja de serlo, jamás renegará de Aquel en quien creyó ni caerá en la práctica continuada del pecado. En consecuencia, no podrá perder la salvación al haber sido escogido directamente por el Soberano. Según este enfoque, el que se ha apartado es porque realmente no era un verdadero converso sino alguien que solamente aparentaba ser cristiano.

- Por su parte, la postura de los arminianos cree que, al igual que tenemos la capacidad de aceptar a Cristo como Señor y Salvador, poseemos la misma libertad para rechazarlo, sea con palabras o con obras que demuestran día tras día que no queremos nada de Él. En consecuencia, Jesús negará ante el Padre al que lo ha negado.

Nos decantemos por una posición u otra, el termino medio lo encontramos aquí: el que vive en pecado continuo y sin arrepentimiento –tanto si afirma “haber nacido de nuevo” como si no-, no heredará el reino de Dios (cf. Gá. 5:21). Por otro lado, aunque las evidencias externas nos puedan dar a entender una cosa u otra, únicamente Dios y la propia persona saben si realmente “nació de nuevo” o no.

¿Cómo trató la Iglesia primitiva a los que apostataban?
Desde los primeros siglos del cristianismo se han producido este tipo de coyunturas ante la apostasía. Cuando Decio fue proclamado Emperador romano (249-251 d.C.), “comenzó la primera gran persecución general de los cristianos en todo el Imperio romano, llamada así porque superó en extensión, crueldad y severidad a cuantas le precedieron. Decio estaba decidido a acabar con el cristianismo por considerarlo un movimiento peligroso tanto para la religión pagana como para el Estado. Cualquier procedimiento era bueno con tal de exterminar la fe de Cristo: confiscación de bienes, arrestos, torturas, deportaciones y la ejecución. No todos los cristianos resistieron con igual dignidad y entereza. Los hubo que apostataron, los lapsi. Y a la Iglesia se le planteó entonces el problema de lo que había que hacer con esos apóstatas. Algunos creyeron que estos hermanos más débiles debían hacer penitencia el resto de sus vidas, y aún otros llegaron al extremo de considerar que no había ya arrepentimiento posible para ellos. Los más, entre los que se hallaban la mayoría de obispos, pensaron que había que hacer distinciones.
En realidad existían varias clases de lapsi: los que tan pronto se enteraron del edicto de persecución fueron corriendo, por su iniciativa, a sacrificar a los dioses y los que lo hicieron bajo tortura. Con aquéllos había que ser muy severo, pero con éstos había que demostrar caridad: tal fue el parecer que prevaleció. El partido rigorista extremo perdió de vista que el mismo apóstol Pedro después de haber negado a su Señor tres veces, pudo ser restaurado por la gracia de Dios a un útil ministerio. [...] La mayoría de los mismos ´confesores`[1] abogaba en favor de la comprensión y la caridad para aquellos que no supieron resistir hasta el fin. [...] Tan pronto como Cipriano volvió a su sede de Cartago escribió un tratado sobre los lapsi. Convocó seguidamente un Concilio en la primavera de 251 que leyó su tratado, lo aprobó y lo convirtió en la base de la actuación que las iglesias debían tomar en la cuestión compleja y delicada de los lapsi en todo el norte de África. [...] Comunicó las decisiones del Concilio de Cartago a Roma y a las principales ciudades del Imperio, deseando se tomaran medidas parecidas en todas las iglesias. Cipriano, en carta dirigida a Antoniano, obispo de Numidia, explica: ´[...] Compulsados los textos de la Sagrada Escritura en largo estudio por una y otra parte, consideramos el equilibrio con saludable moderación, de modo que no se les denegase totalmente a los lapsos la esperanza de la comunión y de la paz, para que no cayeran en desesperación y, por cerrarles la vuelta a la Iglesia, se entregasen a una vida de paganos, siguiendo el espíritu de este siglo; ni tampoco, por otra parte, se aflojase la severidad evangélica, para pasar a la ligera a la comunión`. Los obispos de las distintas regiones a los que envió Cipriano su correspondencia reunieron Sínodos que unánime, y libremente, llegaron al mismo parecer que la iglesia de Cartago”[2].

¿Cómo se actuó ante los Lapsi?
Que responda a esta pregunta el experto y ya difunto José Grau: “La controversia en torno a los lapsi dio nacimiento al cisma de Novato y Novaciano: ´Porque Novato, presbítero de la Iglesia Romana, ensorbecido por la arrogancia contra ellos (los lapsos), como si ninguna esperanza de salvación les hubiese quedado para el futuro, a pesar de cumplir todas las cosas pertinentes a la conversión sincera, y a la pura confesión, fue fundador de la secta de los que por soberbia se llamaron a sí mismo cátaros (puros). Por lo cual, habiéndose congregado un sínodo en Roma, al cual concurrieron sesenta obispos de las provincias hubiesen consultado separadamente qué debería hacerse, fue promulgado por todos el siguiente decreto; que habían de tenerse por extraños a la Iglesia, Novato y aquellos que con él se habían insolentado, y también los que se habían inhumanamente permitido asentir a la opinión de aquél, extraño de la caridad fraterna`.
El cisma de Novaciano no arrancó, contra lo que pueda parecer a simple vista, de una disputa doctrinal, ni siquiera disciplinaria. En su origen se hallaban la rivalidad y la envidia. A la muerte de Fabiano, el presbítero Novaciano abrigaba fuertes esperanzas de ser elegido obispo de Roma. Se atribuyen a él dos cartas conservadas por Cipriano, escritas en nombre de la sede romana mientras ésta estaba vacante. Por estos escritos y por la actitud de la iglesia romana entonces, se desprende que los puntos de vista de Novaciano sobre los lapsi eran los de la mayoría. Sin embargo, cuando Cornelio fue elegido obispo de Roma (año 251), Novaciano mudó de pensamiento y exigió que los apóstatas fueran excomulgados para siempre. Como Cornelio se opusiera a sus puntos de vista, se hizo ordenar obispo por tres prelados de una localidad insignificante de Italia nos cuenta Eusebio y así creó un cisma en la Iglesia romana.
En el año 251, cuando después de la muerte de Decio la persecución decrece y las Iglesias viven un tiempo de paz, la cuestión de los lapsi y el movimiento novaciano ocupan la atención de las cristiandades. La actividad conciliar se torna incesante. Son cuestiones que atañen, en realidad, a todas las Iglesias pues todas han sufrido el azote de la persecución y las teorías de Novaciano y Novato se difunden por todas partes.
Novaciano y sus seguidores cayeron en un pecado de fariseísmo al juzgar que solo ellos eran puros y que nadie mas representaba mejor a la verdadera iglesia. Aunque no se dieran cuenta de ello, también sus oponentes cayeron en una actitud sectaria: condenaron a quienes como Novaciano y Novato eran ortodoxos en lo que atañe a las principales verdades del Credo cristiano y cuyas diferencias tenían que ver solamente con una cuestión de disciplina. El error de Cipriano fue clerical; sectarismo y clericalismo cegaron los ojos de aquel siglo”[3].

Por lo que vemos, el problema ante la apostasía es un tema que surge prácticamente el comienzo de la Iglesia, por lo que lo mejor es mirar directamente a las Escrituras. 

Continuará en ¿Puede volver a Dios un “cristiano” que ha negado a Cristo con sus palabras o sus obras?


[1] Se llamaba “confesores” a quienes abiertamente confesaron el nombre de Cristo, aún en medio de la tortura y la persecución, pero lograron salvar sus vidas. Los confesores que morían eran los “mártires”.
[2] Grau, José. Catolicismo romano. Orígenes y desarrollo, tomo I. Pág. 61-65.  
[3] Grau, José. Catolicismo romano. Orígenes y desarrollo, tomo I. Pág. 66.

martes, 2 de mayo de 2017

2. A favor y en contra de la eutanasia: dos posturas opuestas




Antes de presentar los argumentos de aquellos que están a favor de la eutanasia y los que estamos en contra de ella, hay que explicar varios conceptos.

¿Cuál es la diferencia entre eutanasia y suicidio asistido?
a) Eutanasia: “Es el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares”[1]. Es indolora y se administra a personas con enfermedades graves e incurables, sean de nacimiento o adquiridas.

b) Suicidio asistido: “Consiste en la ayuda o asistencia a otra persona que desea terminar con su existencia. Se considera asistencia al suicidio la entrega del material necesario –habitualmente medicamentos- para su realización. La ayuda puede ser facilitada por profesionales médicos, enfermeras u otras personas. A diferencia de la eutanasia, en el suicidio asistido la actuación del profesional médico se limita a proporcionar al paciente los medios necesarios para que sea él mismo quien se produzca la muerte. El elemento distintivo no radica en el medio que se emplea, sino en el sujeto que la lleva a cabo: en la primera –la  eutanasia-, otra persona es el agente activo respecto de quien la solicita; en el segundo, el paciente es el sujeto activo, asistido y aconsejado por un médico”[2].

Lo que piensan aquellos que están a favor de la eutanasia
Para los pro, la eutanasia no es matar –porque eso sería robar la vida-, sino ayudar a morir a la persona cuyas condiciones son indignas por alguna enfermedad.
Por ejemplo, Holanda –donde está legalizada la eutanasia- se ciñe a estos requisitos desde 2002: enfermedades incurables en fase terminal y situaciones de sufrimiento físico o psíquico insoportable[3]. En este país, “en 2015 solicitaron la eutanasia 5.516 personas (un 10% más que el año anterior), lo que representa apenas el 3,9% de los fallecimientos de ese año. Si tenemos en cuenta que para poder acogerse a ella se ha de estar en fase terminal de una enfermedad incurable y acreditar un sufrimiento físico o psíquico imposible de mitigar, lo que ocurre en la práctica es que la ley sirve sobre todo para adelantar una muerte más o menos inminente y evitar así la fase más dolorosa y en algunos casos degradante de la enfermedad. De hecho, el 70% de quienes se acogen a la eutanasia son pacientes terminales de cáncer. Pero en 2015 también se aplicó a 56 pacientes con demencia o enfermedad psiquiátrica”[4].
Aunque los matices varían, muchos consideran que se debe permitir la eutanasia cuando la propia persona considera que su vida ya no es “digna”. Se considera que esto es así cuando:

- No se puede disfrutar de ella como uno desea.
- El sufrimiento físico y psíquico es insoportable.
- La medicación no mejora la calidad de vida.
- El paciente no quiere seguir viviendo ni ver el sufrimiento de sus seres queridos por su situación, al sentirse una carga para ellos.
- La enfermedad es irreversible.
- La incapacidad provoca que uno deje de ser autosuficiente y ya no pueda valerse por sí mismo, causando la dependencia absoluta de terceras personas (para comer, vestirse, el aseo personal, etc.), o de máquinas como respiradores.
- La pérdida de las capacidades motoras –sea por un serio derrame cerebral o algún accidente-, aunque la mente funcione perfectamente. Muchos llaman a estos “vivir aprisionados en un cuerpo muerto”.

La generalización de la eutanasia
Aunque hay casos extremos –que analizaremos en otros capítulos-, generalizar ante ciertas coyunturas límites es una frivolidad temeraria porque cada caso es distinto. El gran problema es que muchos quieren que las excepciones marquen la regla, cuando debe ser todo lo contrario.
Si optamos por practicar la eutanasia según los patrones que proclaman los pro, el número de vidas que ya no se considerarían dignas de ser vividas abarcarían a un número incontable de seres humanos, y no únicamente a los enfermos de ELA. Incluiría también a ciegos, sordomudos, autistas, personas sin miembros superiores y/o inferiores, tetrapléjicos, apopléjicos, ancianos con demencia senil, con alzheimer, con enfermedades crónicas del corazón, con la enfermedad de Huntington, con fibrosis quística, con artritis reumatoide, con espina bífida, con ataxia, con ataques epilépticos, con Síndrome de enclaustramiento, etc. Y este es precisamente lo que está sucediendo ante nuestros ojos. Cada vez se amplían más los supuestos en que se aplica la eutanasia, al igual que con el aborto. Que en Islandia se aborten a los niños que son diagnosticados con síndrome de Down es una consecuencia más de la amoralidad en la que vive sumida nuestra sociedad.
En la clásica novela Las bóvedas de acero de Isaac Asimov (publicada en el ya lejano 1953), y que en ciertos aspectos muy concretos muestra un futuro más que posible y cercano de la humanidad, era habitual llevar a cabo esta serie de prácticas: “según crecen los niños, se les selecciona cuidadosamente para encontrar defectos físicos y mentales antes de permitirles madurar. Si no están a la altura. De forma indolora (se les mata)[5].
Menos mal que alguien como Beethoven (1770-1827) no nació a finales del siglo XX. A causa de su sordera, hubiera tenido la posibilidad de la eutanasia. La humanidad se hubiera perdido a uno de los grandes compositores de todos los tiempos. Lo mismo que John Nash (1928-2015), matemático que ganó el premio Nobel a pesar de sufrir esquizofrenia paranoide, Helen Adams Keller (1880-1968), que fue una famosa escritora, oradora y activista política siendo sordociega desde los 19 meses, y Stevie Wonder (1950), famoso cantante ciego que ha ganado 25 premiso Grammy y ha sido incluido en el Salón de la Fama del Rock and Roll.
Así podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el agotamiento, sin necesidad de citar celebridades, sino personas normales y corrientes que están a nuestro alrededor y cuyas vidas, aunque llenas de dificultades por sus discapacidades, son igualmente valiosas.

La eutanasia a bebés
Aunque pueda sorprender y muchos lo desconozcan, este tipo de principios ya se aplican en Holanda desde 2005 bajo el llamado Protocolo de Groningen, según el cual se practica el infanticidio en bebés enfermos ante estos cinco criterios:

1. El diagnóstico y pronóstico deben ser seguros.
2. Debe establecerse con certeza que el sufrimiento es incontrolable e intratable.
3. El diagnóstico, el pronóstico y el sufrimiento insoportable deben ser confirmados por al menos un médico independiente.
4. Los padres deben dar su consentimiento informado.
5. El procedimiento debe ser realizado de conformidad con la praxis médica generalmente aceptada.
 Los autores del protocolo afirman que cuando se cumplen estos requisitos, la eutanasia es éticamente aceptable[6].

¿Cuál es la realidad?: “Los últimos datos revelaron que al menos 650 bebes han muerto desde que se instaurara esta práctica. Sin embargo, son los padres del recién nacido los que están legalmente autorizados para tomar la decisión que crean más conveniente. Pero en la práctica las decisiones de acabar con la vida del bebé se llegan a realizar sin consentimiento de los padres y muchas veces en contra de su opinión, tal y como reconoce el jefe del departamento de Neonatología del hospital académico de la Universidad Libre de Holanda. En la unidad de neonatología de este centro es una práctica normal administrar una cantidad letal de sedantes a bebés a los que se ha decidido quitar el tratamiento intensivo aunque los padres manifiesten su intención de mantener la vida del bebé en el caso de que éste siga respirando por cuenta propia. ´Es una decisión difícil, pero no podemos dejar vivir a un niño en unas condiciones inhumanas, aunque los padres lo deseen. En una situación así, sólo el médico puede determinar objetivamente sobre lo que es lo mejor para el paciente`, afirma un responsable del departamento de Neonatología de dicho hospital. [...] El ‘protocolo de Groningen’ distingue tres grupos de recién nacidos en los que los médicos tendrían que tomar una decisión respecto al mantenimiento de la vida del bebé. Se trata de bebés que morirán poco después del nacimiento, los que requieran cuidados intensivos para sobrevivir, pero cuya calidad de vida sea muy baja y los que tengan un ´pronóstico sin esperanza` y ´sufrimiento intratable`. [...] Sin embargo, un estudio publicado en la revista Pediatrics por el investigador del Erasmus MC Myrthe Ottenhof y, entre otros, el neurocirujano Rob de Jong, demostraba que ´apenas tenían dolores` y que los padres, con la información correcta, podían haber elegido otro camino que no fuera el de la muerte”[7].
Este protocolo se puso en marcha para que los médicos pudieran evitar la cárcel ante la posible demanda de los padres. El argumento principal es que se considera que la calidad de vida de estos niños será peor que la de un bebé sano. Sin embargo, ¿qué nos encontramos?: “La mayoría de los niños médicamente estables eutanasiados por presunta mala calidad de vida, habían sido diagnosticados de espina bífida. Esta patología puede presentar una amplia variedad de manifestaciones clínicas, la mayoría de los cuales son tratables. La práctica correcta de la medicina aspira a mejorar la calidad de vida de los pacientes mediante la mejora de la salud y el bienestar. Es insostenible que el médico pueda predecir una mala calidad de vida futura para promover la eutanasia en casos de espina bífida. [...] Al mismo tiempo, la práctica de la medicina neonatal ha evolucionado de forma espectacular. Muchos más neonatos con problemas de prematuridad y patologías complejas son tratados con éxito. Incluso los bebés que nacen con malformaciones cromosómicas reciben tratamiento quirúrgico de forma rutinaria en la mayoría de centros”[8].

Con lo que hemos visto, podemos concluir que los argumentos de lo que predican los pro-eutanasia para todos aquellos que nacen con enfermedades graves (con el deseo de que sus ideales se establezcan en todos los países), es una barbaridad y una aberración.

Continuará en ¿Las enfermedades irreversibles y la muerte son indignas? & Vivir con una enfermedad incurable:http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/06/3-las-enfermedades-irreversibles-y-la.html