Prohibida. Vetada. Impedida. Acotada. La verdadera inmortalidad está vedada para el ser humano. Dios mismo la vedó como
respuesta a la desobediencia a un mandamiento directo:
- Mandamiento
y advertencia: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén,
para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De
todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del
mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn.
2:15-17).
- Desobediencia: “Pero la
serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios
había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de
todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los
árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio
del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.
Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el
día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios,
sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y
que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y
tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como
ella” (Gn. 3:1-6).
- Consecuencia: “Y dijo Jehová
Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal;
ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y
coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que
labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al
oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por
todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn. 3:22-24).
Desde entonces, el hombre no puede acceder al árbol de
la vida. Dios se encargó que así fuera poniendo querubines y una espada de
fuego. Se podría entender como una maldición, siendo todo lo contrario: aunque
parezca una contradicción, dicha inaccesibilidad es una bendición, siendo fruto
de la misericordia del Altísimo. ¿Por qué? La respuesta es muy sencilla: sería
una desgracia ser inmortales en este mundo, teniendo especialmente en cuenta
nuestra propia naturaleza caída. La muerte impide que el mal y el sufrimiento
en el ser humano se perpetúen eternamente en un ciclo sin fin, como analizamos
en ¿Te gustaría
vivir cientos de años en este planeta conociendo el futuro de la humanidad?
La retrasemos más o menos tiempo, la
muerte es inevitable. Desde la caída en el huerto del Edén, los principios han
cambiado: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una
sola vez, y después de esto el juicio”
(He. 9:27).
La victoria ante la muerte
La persona
de a pie conoce muy poco de lo que dijo Jesús. Le suena alguna frase suelta
como la de «amar a los enemigos» y otras por el estilo. Por algunas
celebraciones que se dan en diversos países en fechas señaladas, saben que nació
en Belén y que murió crucificado por orden de Poncio Pilato. Aparte de estos
detalles, solo saben la parte folclórica, aunque esta no tenga nada que ver con
el cristianismo genuino y que se ha añadido con el paso de los siglos.
Aparte de
esto, es aquí a donde quiero llegar como colofón: ¿cuántos saben que Cristo
destruyó por medio de su propia muerte al que tenía el imperio de la muerte,
esto es, al diablo, para así librar a todos los que temían la muerte? (cf. Hebreos 2:14-15). Diría que muy
pocos, siendo parte fundamental que deben comprender sin falta: la muerte de
Cristo no fue una derrota. La historia no terminó en ese instante. Desde aquel
momento, hubo un antes y un después. En aquella cruz se logró la
mayor victoria de todos los tiempos: el imperio de la muerte fue destruido.
Esto no significa que ya no vayamos a morir en términos físicos, sino que la
muerte no es el fin.
Tengamos
siempre presente estas ideas de forma tan clara como las expresa el teólogo Millard Erickson:
De lo que estamos tratando es del cese de la vida en el estado corporal que nos resulta familiar. Sin embargo, esto no supone el fin de la existencia. La vida y la muerte, según las Escrituras, no se deben considerar en términos de existencia o no existencia, sino como dos estados diferentes de existencia. La muerte simplemente es una transición a un modo distinto de existencia; no es como algunos piensan, la extinción. Además de la muerte física, las Escrituras hablan de la muerte espiritual y de la muerte eterna. La muerte física es la separación del cuerpo y el alma; la muerte espiritual es cuando la persona se separa de Dios; la muerte eterna es el resultado final de ese estado de separación: uno se pierde para toda la eternidad en su condición de pecador.[...] Cuando el libro del Apocalipsis hace referencia a la segunda muerte, es la muerte eterna lo que tiene en mente. Un ejemplo lo encontramos en Apocalipsis 21:8: «Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda». Esta segunda muerte es algo distinto y posterior a la muerte física normal. Sabemos por Apocalipsis 20:6 que la segunda muerte no la experimentaran los creyentes: «Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años». La segunda muerte es un periodo interminable de castigo y de estar separado de la presencia de Dios, la finalización del estado de perdición del individuo que está muerto espiritualmente en el momento de la muerte física.[1]
Toda persona que haya creído que Jesús murió en la cruz por sus
pecados y que resucitó de entre los muertos, tiene esta seguridad: «Dios
nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo,
tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os
he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis
que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios» (1 Jn. 5:11-13).
Jesús fue muy claro al respecto: «Yo soy la resurrección y la vida; el que
cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no
morirá eternamente» (Jn. 11:25-26).
Cuando escucho
a alguien repetir ese dicho popular que afirman que «lo único que no tiene
solución es la muerte», me acuerdo de las palabras de Cristo. Esta
tajante, y osadas palabras, solo la puede proclamar Dios mismo. Ni la
biotecnología, ni el transhumanismo, ni los “profetas populistas” como José Luis Cordeiro pueden ofrecer esta
garantía, ni de lejos.
Por lo tanto, la muerte
para el cristiano no es una mala noticia sino la mejor de todas. Es tristísima
para los familiares y los amigos por la separación. El dolor es desgarrador y
no hay palabras para describirlo, pero para el creyente difunto es el momento
exacto donde comienza su verdadera VIDA. Su espíritu no irá vagando de aquí
para allá como en las populares películas Ghost
o El sexto sentido, sino que estará
en la misma presencia de Dios, con una vida de pura paz y puro gozo sin fin:
Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor (1 Ts. 4:13-17).
El más allá
Esta vida abunda en
sinsabores, aflicciones y altibajos. Sin embargo, en ese lugar, «ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni
clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (cf. Ap.
21:4). Sabiendo que vamos a estar en un sitio así, ¿quién en
su sano juicio iba a preferir este mundo?: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos
al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la
humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el
poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas» (Fil.
3:20-21).
Ni longevidad indefinida, ni robots, ni
realidad virtual, ni chips implantados; ¡recibiremos
un cuerpo de gloria!
Incluso la IA reconoce que la vida eterna prometida por Jesús es infinitamente
mejor que las promesas ofrecidas por la tecnología.[2] Tras el paso transitorio por la muerte,
pasaremos de tener un cuerpo de humillación (el del presente, que es débil y
termina por decaer y envejecer) a uno perfecto, fuerte, incorrupto y
verdaderamente inmortal:
Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. [...] Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria (1 Co. 15:42-44,53-54).
¿Cómo será exactamente esa otra vida y qué apariencia tendrá? Hay
multitud de libros que se detienen a analizar los diversos pasajes bíblicos que
tratan de responder a tales preguntas, pero como la mente humana finita no es
capaz de captar tanta grandeza, me quedo con estas palabras de Pablo y descanso
en ellas, esperando el día donde me quede boquiabierto: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en
corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9). Cualquier
cosa que podamos imaginar es una mera sombra de cómo será el más allá y de lo
que nos espera.
El
mensaje del Evangelio permanece inmutable
Como amante de la ciencia
ficción, sigo disfrutando de cada relectura de las novelas de Isaac Asimov,[3] al que he citado en más de una ocasión a
lo largo y ancho de estos escritos. En el lado negativo, me entristece saber en
qué “creía” cuando aún vivía:
Soy un ateo, firme y acérrimo. Me tomó un largo tiempo decirlo. He sido ateo por años y años, pero de algún modo sentí que era intelectualmente irrespetuoso que uno diga que es un ateo, porque ello asume tener un conocimiento que nadie tiene. De alguna manera, era mejor decir que uno era un humanista o un agnóstico. Finalmente decidí que soy una criatura tanto de emoción como de razón. Emocionalmente, yo soy un ateo. No tengo la evidencia para demostrar que Dios no existe, pero tengo una sospecha tan fuerte de que no existe que ni siquiera quiero perder mi tiempo en eso.
La parte final de su alegato es
aterrador: a pesar de que no tenía ninguna evidencia de que Dios no existiera
(por la cual era agnóstico, por mucho que se catalogara a sí mismo como ateo),
y basándose en sus propias emociones, renegó completamente de planteárselo. Por
una vez en su vida, y en el asunto más transcendental de todos, dejó su
intelecto a un lado. Fue un genio escribiendo y era un narrador exquisito. Tuvo
una imaginación prodigiosa y una mente brillante. Incluso dedicó años a un estudio exhaustivo de las Escrituras para
escribir su monumental Guía de la Biblia, demostrando que conocía la
letra mejor que muchos creyentes.
Sin embargo, es aquí donde reside su
mayor contradicción: se negó a que todo
ese estudio “permease” sus emociones o le hiciera considerar seriamente la
existencia de Dios, tal y como él mismo confiesa al decir que no quería
«perder su tiempo» en ello. Por una vez en su vida, y en el asunto más
trascendental de todos, dejó su intelecto a un lado para dejarse guiar por una
“sospecha” emocional. Cometió la necedad de estudiar el libro mientras
rechazaba sistemáticamente al Autor. Si hizo esto por orgullo, por vanidad o
por miedo a estar equivocado, solo Dios lo sabe.[4] Una vez más, se comprueba que en muchas
ocasiones la inteligencia del hombre no es sinónimo de sabiduría ante los ojos
del Creador, ni a Él le impresiona:
¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. [...] sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte (1 Co. 1:20-27).
Los cristianos afirmamos que
el mensaje del Evangelio permanece completamente intacto y sobresale, más si
cabe, ante los desvaríos de los ateos y de los científicos transhumanistas:
únicamente Dios puede darnos vida eterna porque todas y cada una de las
personas de este mundo están muertas espiritualmente en sus delitos y pecados (cf. Ef. 2:1). Todos estamos necesitados
de Cristo. Todos dependemos de Él para la verdadera inmortalidad. La conciencia
de la eternidad nos debe llevar aún más a proclamar este mensaje, incluso a
aquellos que tienen depositada su fe en la ciencia y en sus avances.
Tú
decides: vida eterna o condenación eterna
Para ir finalizando, reproduzco una
pequeña porción de una misiva que alguien legó a uno de sus mejores amigos como
señal de confianza ante su propia muerte:
Si estás leyendo esto es porque me he ido a volar por otras partes del universo, lugares recónditos que no conocía y del que me han contando maravillas. Hacía muchos años, más de los que te puedes imaginar, que deseaba con toda mi alma pasar a este Lugar, donde el tiempo se convierte en infinito y la paz en realidad absoluta. No te puedo describir realmente cómo es, puesto que para eso tendría que volver, y no es mi intención en absoluto. Sé que ambos leímos mucho sobre este sitio, pero se escapa a la imaginación. Tendrás que verlo por ti mismo. Las dimensiones son descomunales y las vistas son tan extraordinarias que nunca te cansas de verlas. Tengo ganas de ver tu mirada cuando te conviertas en mi nuevo vecino.
Mientras que el reloj de la
vida sigue corriendo sin que nadie sepa cuándo hará el último tic-tac, ¿qué
harás? ¿Te negarás a buscar, a hacerte preguntas y a buscar las respuestas como
hizo el señor Asimov? ¿Dónde pondrás tu confianza, en la biotecnología que,
como mucho, habla de longevidad indefinida, o en Jesús, que murío en la cruz
por ti y resucitó para regalarte la verdadera vida eterna?
Tuya es la decisión, como
expresó C.S. Lewis (autor de Las Crónicas
de Narnia): «En última instancia sólo hay dos tipos de personas: los que
dicen a Dios “hágase tu voluntad” y aquellos a quienes Dios dirá, al fin (de la
historia), “hágase tu voluntad”. Todos los que están en el infierno lo han
elegido. Sin esta opción personal no habría infierno».
Querido lector, te toca
decidir.
Erickson. Millard. Teología
sistemática.
Clie. P. 1171.
El fin de la eternidad es mi favorita.
Leyendo estas y otras declaraciones del señor Asimov, me resulta sorprendente
un detalle gigantesco del que desconozco si era consciente: según el calvinismo
clásico, Dios induce ideas y pensamientos en las personas para que actúen de
una determinada manera, controlando así el curso de los acontecimientos y de la
historia de la humanidad. Pues bien, el robot R. Giskard Reventlov (protagonista
de vital importancia en sus novelas), y que tenía habilidades mentales, hacía
exactamente lo mismo: impulsar ideas de forma sutil en la mente de los seres humanos
para que se hicieran lo que, según él, era lo más beneficioso para el bien y el
progreso de nuestra especie. ¿Era esta la manera, conciente o no, en que Asimov
acallaba su mente negando el papel de un posible Dios y atribuyéndoselos a un
robot creado por el ser humano? Ahí queda la duda.