lunes, 16 de febrero de 2026

13. Supongo que ya llevo un tiempo muriéndome. Lo raro es que me enteré la semana pasada

 


Venimos de aquí: Argumentos para querer vivir cientos de años en este mundo & Qué se esconde detrás (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/12-argumentos-para-querer-vivir-cientos.html).

Que nadie comience a celebrar mi próxima defunción tras leer el título del encabezado. No es ese el caso, al menos mientras escribo estas líneas. Así que siento la desilusión que pueda causar: habrá que dejar la fiesta, el jolgorio, las panderetas, los fuegos artificiales y demás señales de alegría para otra ocasión.

¿Pensar en la muerte? ¡No, por favor!
Dichas palabras corresponden a un personaje de cómic conocido como John Constantine. Están motivadas tras ser informado por su médico de un cáncer terminal a causa del tabaco. Tras ese momento, comienza a reflexionar sobre la muerte: «Poca gente piensa realmente en la muerte. Los paranoicos se preocupan por ella sin entenderla de verdad. Las víctimas de accidentes fatales y asesinatos no tienen tiempo de pensar. Solo piensas en ella si le dedicas tiempo. Y solo le dedicas tiempo si sabes que va a ocurrir. Entonces, la idea de la muerte te acompaña en todo momento».[1]
Sus conclusiones reflejan la realidad. Son muy pocos los que se detienen a pensar en el sentido de la vida y mucho menos en la muerte. Como dice el  psicólogo y escritor Xavier Guix: «La personas se plantean el sentido de la vida solo cuando reciben un duro golpe».[2]
Con la muerte casi nadie trata de comprenderla y de reflexionar al respecto. Y cuando fallece un familiar o un amigo cercano, eluden pensar que algún día les va a tocar a ellos. A los que están bien de salud o son jóvenes ni se les pasa por la mente. A menos que hayan tenido una experiencia donde estuvieron a punto de ver a la “Parca” y se libraron “por los pelos” (un accidente de tráfico, una enfermedad grave, un atentado terrorista, un infarto, etc.), ni se lo plantean. O lo hacen hasta que se les pasa el susto. Luego, nada. En el fondo, la mayoría teme al hecho en sí.
Luego están aquellos que piensan que si tratan la cuestión pueden convertirse en “transmisores de vibraciones negativas” o en “pájaro de mal agüero”. Así que, si surge la conversación, se cambia de tema con la mayor premura, aparte de que lo consideran incluso macabro. Creen que si se centran en la susodicha muerte, la atraerán, como si fuera un ente propio, con esa arquetípica imagen de la calavera encapuchada y con una guadaña. Por eso omiten mencionarla, pensando que así la esquivarán el mayor tiempo posible. Pura superstición. Además, como dijo el poeta griego Sófocles (496 a. C. - 406 a. C.), «nadie ama al mensajero que trae malas noticias», por lo que sacar a colación el asunto de manera seria es difícil.
Por último, sin contar a los que piensan que cuando se acaba esta vida concluye todo, están los que prefieren creer en:

  • La reencarnación, y que en los últimos años las películas hollywoodienses han vuelto a poner de moda con Orígenes (2014) y The discovery (2017).
  • Un paraíso para todo el mundo (sea uno cristiano, budista, musulmán, de cualquier religión o de ninguna), donde se reunirán con sus seres queridos, hayan vivido estos de una manera u otra, bien o mal.

Volviendo a Constantine: su partida era tan inminente que desde entonces todo comenzó a girar en torno a ese próximo acontecimiento. Ya no podía pensar en nada más. Se quedaba absorto delante de un simple café temiendo lo que le sucedería tras el “apagado”. Incluso en sus pesadillas comenzaron a aparecer sus temores en forma de fantasmas del pasado.

¿Afrontar la muerte o ignorarla?
Si en este preciso instante les llamara esa “señora” llamada “Muerte”, buena parte de la población mundial se quedaría desconcertada y no sabría qué contestar.
Ante la perspectiva de nuestra propia mortalidad, tenemos dos opciones:
  1. Vivir el día a día y seguir ignorándola hasta que sea demasiado tarde. El riesgo radica en que sobrevenga de forma abrupta y no haya tiempo material para tratar de meditar sobre ella, sea que vivamos ochenta o cientos de años como pronostican los científicos.
  2. Encararla cara a cara en el tiempo presente.
La inmensa mayoría de aquellos que conozco viven según la primera opción, a pesar de haberles insistido en más de una ocasión en la necesidad de cambiar de actitud.  La única solución que merece la pena está en afrontarla y en encontrar su verdadero sentido. Al hacerlo, la vida cobrará una nueva dimensión y se vivirá en paz, independientemente de que nuestro ciclo vital en este mundo llegue a su fin antes o después. Estoy totalmente convencido de que el primer asunto transcendental que debe tratar un ser humano cuando toma conciencia de sí mismo es la muerte.

Una cosmovisión diferente sobre la muerte
Como bien saben los que me leen con asiduidad, soy cristiano, aunque ya no estoy suscrito a ninguna confesión en particular. Los que se denominan ateos o agnósticos señalan que el concepto del infierno es el mayor invento de las religiones para controlar a sus fieles; a su vez, que la creencia de un cielo es la forma de consolarse que tienen aquellos a quienes les marcha mal en la vida y están deprimidos.
En mi caso, y como he explicado en más de una ocasión, la “religión” en sí es algo que me repatea el estómago una y otra vez, por lo que no creo en ella. Que te hagan creer que haciendo tal o cual cosa lograrás un “billete celestial” o un hueco en el paraíso, va en contra de la esencia misma del significado de la muerte en la cruz de Jesús.
Por otro lado, nadie me ha impuesto mis creencias. En mi juicio racional (o irracional, según se mire), he llegado a determinadas conclusiones, siendo la principal de ellas que lo narrado en el Nuevo Testamento es cierto. Y ahí el tema de la muerte se aborda una y otra vez, no como un final trágico, sino como una realidad que ha sido vencida.

¿La muerte del cristianismo?
Cuando le preguntaron a una de las estudiantes que apareció en el programa 2045: la muerte de la muerte[3] si sobrevivirían las religiones en el caso de que, por medio de la tecnología, se lograra la “inmortalidad”, dijo: «Las religiones desaparecerían entonces porque si es a lo único a lo que se aferra la gente para decir “voy a ser inmortal”, o “tengo otra vida más allá de la muerte”, no tiene sentido creer en algo más».
José Luis Cordeiro llega a las mismas deducciones:
 
Estos cambios tendrán grandes implicaciones en las creencias, porque la religión no tendrá ningún rol en el futuro. Las grandes religiones nacieron para explicar la muerte, las occidentales mediante la resurrección, las orientales mediante la reencarnación. [...] el envejecimiento no es algo irremediable. La muerte tampoco lo es, y eso se convertirá en el gran problema para la supervivencia de las religiones.[4]
 
Ya desmontamos la idea de la inmortalidad en la forma en que los humanistas la definen, así que decir que el Dios en el que creen millones de personas será olvidado porque ya no hará falta plantearse la vida más allá de la muerte es una falacia grosera e insultante. Todos moriremos sí o sí.
Estas personas —que se autodefinen como humanistas ateos al creer que el universo se hizo de la nada y se ordenó a sí mismo solo, donde las leyes de la naturaleza surgieron por azar— tratan, a pesar de ser seres finitos, de despojar de su trono al verdadero dueño de la creación, sentándose ellos en su lugar. Piensan que son algo parecido a “dioses” por el hecho de poder manipular el ADN (trabajando sobre lo ya existente), cuando el único que es capaz de crear ex-nihilo es Dios.
Hace un tiempo, un sobrino me dijo que es imposible que la conciencia sobreviva a la muerte. ¡Y se quedó tan pancho, como si nuestra conciencia fuera simplemente los impulsos eléctricos de nuestro cerebro, y que desaparece cuando este cesa su funcionamiento! Millones como él que llegan a hacer tales afirmaciones, desconocen lo que sentenció Jesús: “porque no hay nada imposible para Dios” (Lc. 1:37). Lo recalco: ¡nada! “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lc. 20:38).
Si simples humanos limitados hemos sido capaces de dividir el átomo, ¿qué dificultad podrá hallar el Dios Omnipotente, que todo lo creó desde cero, para resucitar a los muertos, conservar la conciencia intacta y depositarla en un nuevo cuerpo de gloria? ¡Ninguna!: No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:28-29).

Continúa en Tú eliges: ¿Quieres la “inmortalidad” humana o la Inmortalidad de Dios? (el 23 de febrero)

lunes, 9 de febrero de 2026

12. Argumentos para querer vivir cientos de años en este mundo: lo que se esconde detrás

 



Venimos de aquí: ¿Te gustaría vivir cientos de años en este planeta conociendo el futuro de la humanidad? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/11-te-gustaria-vivir-cientos-de-anos-en.html).

Ya hemos visto cómo se presenta el futuro más o menos cercano de la humanidad y del planeta en su conjunto. Por otro lado, analizamos detalladamente las consecuencias de la naturaleza pecaminosa del ser humano, la cual ninguna medicina puede “curar”. Visto que, en términos bíblicos, la idea de vivir cientos de años no es, ni de lejos, la mejor de todas, seamos justos y veamos también algunas buenas razones para desear vivir más tiempo.

Disfrutar de lo bueno de la creación
Es evidente que la vida por sí misma tiene muchos aspectos positivos:

  • Viajar;
  • Contemplar la naturaleza: las montañas, la nieve, la noche estrellada o escuchar el sonido del mar;
  • Leer buena literatura, pintar, escribir, etc; 
  • Gozar de la buena música (y aquí excluyo completamente aquella que amarga el alma o estimula los instintos más bajos, fenómenos ambos muy presentes en la sociedad);
  • Saborear una comida exquisita;
  • Hacer senderismo, nadar, montar en bicicleta, patinar, etc;
  • Disfrutar de la compañía de buenos amigos y de los seres queridos;
  • Contraer matrimonio con una persona junto con la que nos complementemos;
  • Formar una familia, ver crecer a los hijos y tener nietos.

Todo esto, y mucho más, es sano y puede ser maravilloso. Además, recordemos que Dios, al crear el universo, lo definió como “bueno en gran manera (Gn. 1:31) y que la Tierra, de la cual somos mayordomos, es un regalo que se nos hizo.

La única razón de verdadero peso para desear la longevidad indefinida
Teniendo en cuenta tanto los como los no reseñados, la única razón verdaderamente de peso para desear prolongar más tiempo la vida en este mundo la encuentro en las palabras de Pablo:

Porque para mí, seguir viviendo es Cristo, y morir, una ganancia. Y si al seguir viviendo en este cuerpo, mi trabajo puede producir tanto fruto, entonces no sé qué escoger. Me es difícil decidirme por una de las dos cosas: por un lado, quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí; pero, por otro lado, a causa de ustedes es más necesario que siga viviendo. Y como estoy convencido de esto, sé que me quedaré todavía con ustedes, para ayudarlos a seguir adelante y a tener más gozo en su fe. Así me tendrán otra vez entre ustedes, y haré que aumente su orgullo en Cristo Jesús (Fil. 1:21-26. DHH).

 

¿Me entusiasma seguir viviendo para ver de primera mano los nuevos descubrimientos que hará el ser humano? No. Ya me basta con imaginármelos por cuenta propia o leyendo cualquier novela de Isaac Asimov. ¿Me levanto cada mañana con el ánimo encendido esperando poder disfrutar de aquello que me gusta, como hacer deporte, deleitarme con una barbacoa o ver una película de superhéroes? Aunque disfrute todo eso, tampoco sería una razón.
Entonces, ¿qué me provoca verdadera pasión y me impulsa a seguir? Sin llegar ni de lejos a su nivel, lo mismo que a Pablo: desde la sencillez, vivir para servir en la obra de Cristo en la Tierra, aun sabiendo que morir para estar en su presencia es muchísimo mejor. Esto puede ser desde darle un vaso de agua a alguien que lo necesita, hasta visitar a una viuda, predicar el Evangelio o seguir escribiendo para enseñar al que quiera aprender. Y muchas más tareas citadas en la Biblia.
Cuando el Altísimo considere que he acabado las obras que tenía preparadas para mi vida las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas»,[1] puesto que «Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad»),[2] entonces será el momento en que Él me haga partir de este mundo; ni antes ni después. Y eso puede ser dentro de una hora o de varias décadas.
Mi deseo entonces será poder decir como el mismo apóstol: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida» (2 Tim. 4:7-8).

¿Por qué los humanistas quieren vivir eternamente bajo sus condiciones?
¿Qué pensamientos y sentimientos se esconden realmente detrás del afán de los transhumanistas y de los intentos de la biotecnología por lograr la longevidad indefinida y de alcanzar todos los avances que, según ellos, “prometen” una edad dorada para la humanidad?:

  1. Descartar la idea de tener que afrontar un juicio ante un Ser superior sobre la vida que han llevado en este mundo.

  2. El miedo a la muerte; el miedo a dejar de existir; el miedo de pasar de “ser” a “no-ser”. En el fondo, les desespera pensarlo, así que, para quitarse de encima esa “patata caliente”, culpan a los cristianos de atemorizar con la idea del infierno y el castigo eterno.

  3. El deseo de trascendencia que los seres humanos poseemos de forma innata. Desde una perspectiva bíblica es totalmente comprensible tal deseo, puesto que Dios ha puesto eternidad en el corazón de los seres humanos (cf. Ecl. 3:11). Como traduce el mismo texto la versión “Dios Habla Hoy”: «puso además en la mente humana la idea de lo infinito». El mismo Creador del universo puso en nuestra mente y en nuestro corazón el deseo de trascender y vivir para siempre.

En definitiva, el transhumanismo no es más que un intento desesperado por alcanzar, mediante la tecnología y el esfuerzo propio, aquello que Dios ya nos ha ofrecido gratuitamente por la fe. Buscan una eternidad física en un mundo caído, ignorando que el anhelo de infinito que sienten solo se saciará cuando lo temporal dé paso a lo eterno.

Continúa en Supongo que ya llevo un tiempo muriéndome. Lo raro es que me enteré la semana pasada: https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/13-supongo-que-ya-llevo-un-tiempo.html

[1] Efesios 2:10

[2] Filipenses. 2:13. NVI.

lunes, 2 de febrero de 2026

11. ¿Te gustaría vivir cientos de años en este planeta, conociendo el futuro de la humanidad?


Venimos de aquí: “¿Una Inteligencia Artificial que querrá destruirnos, u otra que querrá ser nuestro amo?” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2025/09/10-una-inteligencia-artificial-que.html)

Hay personas a las que les gustaría vivir cientos de años en este mundo en el caso de que lleguen a buen puerto las investigaciones médicas sobre la longevidad indefinida. En mi caso, voy a presentar diversos argumentos personales y bíblicos completamente tajantes y demoledores para no querer vivir de forma indefinida en este planeta.
Especialmente si eres cristiano, te invito a que reflexiones profundamente al respecto para saber dónde estás sustentando tus creencias personales, si en tus propios pensamientos carnales o en lo que Dios enseña claramente y que, en su perspectiva final, resulta completamente EMOCIONANTE por las expectativas que despierta ante el gran acontecimiento por venir.
Que quede claro que en este y en los siguientes artículos no voy a tratar de defender la fe cristiana, sino a exponerla. El que sinceramente, de puro corazón y sin prejuicios desee saber por qué los cristianos creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, que Jesús de Nazaret es Dios y que resucitó de entre los muertos entre otras cuestiones, le remito a libros como Mero cristianismo (C.S. Lewis), 3 Preguntas clave sobre Jesús (Murray J. Harris), Jesús bajo sospecha (Michael Wilkins), El caso de Cristo (Lee Strobel) y Nueva evidencia que exige un veredicto (Josh McDowell).

El ser humano va a ir a peor
Este texto es tan explícito que hay poco que explicar:
 
También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios (2 Tm. 3:1-4).

Los humanistas afirman sin tapujos que los seres humanos: 
  • Somos buenos por naturaleza, o al menos neutros, y nacemos como “hojas en blanco”, donde nuestra tendencia hacia el bien o el mal dependerá de qué “escriban” sobre esas hojas; es decir, de cómo nos eduquen. Por lo tanto, achacan nuestras malas acciones a un problema de educación. 
  • Si las condiciones sociales fueran las ideales, el mundo sería una especie de paraíso. 

La realidad empírica demuestra que estas supuestas verdades —que se venden como absolutas, son falsas. No me estoy refiriendo a psicópatas, asesinos o violadores. Hablo de cualquier persona normal: “El intento del corazón del hombre es malo desde su juventud” (Gn. 8:21). La maldad es parte intrínseca de nosotros.
Creer que dejará de existir la ira, el rencor, el odio, la envidia, la avaricia, el egoísmo, el menosprecio, la mentira, la arrogancia, la crítica, y la infidelidad –entre muchas más cosas- del corazón humano, en el caso de que lográramos alcanzar una hipotética sociedad idílica viviendo cientos de años o tras convertirnos a cada uno de nosotros en mitad cíborg —o en parte de una red cibernética—, es depositar una fe en las bondades del ser humano que nadie en su sano juicio puede defender. Sencillamente, es una necedad absoluta.
A nivel global, asistimos día tras día a la normalización, fomento, implementación e institucionalización del aborto, de la eutanasia, del adulterio, del divorcio, de la ideología de género, de la pornografía, etc. Una muestra más de cómo el hombre impone leyes que considera buenas y que son completamente opuestas a las establecidas por Dios.
¿Por qué en la India hay más de medio millón de accidentes de tráfico al año, con casi 400 muertos al día? Porque los conductores no respetan las normas. De igual manera, y en lo que respecta a la humanidad en general, como no obedece las reglas perfectas que Dios estableció, todo marcha mal.
En definitiva: el ser humano, por sí mismo, no tiene solución, porque, como explicó Pablo: “Hallo esta ley: que el mal está en mí” (Ro. 7:21). Hace mucho tiempo escribí al respecto: “Aunque establezcamos leyes justas y buenas —que ya vemos que no es así—, aunque todos los corruptos estuvieran en la cárcel, aunque el pleno empleo fuera realidad en todo el mundo, aunque se impusiera la paz en todo el planeta, aunque ni una sola persona pasara hambre y todos tuvieran casa propia, ese “mal” seguirá en nosotros, en toda la humanidad”[1]. Y esto no va a mitigar.
En la Biblia encontramos que, por causa de la maldad humana, fue directamente Dios quien “limitó” el tiempo de vida a 120 años: “Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años” (Gn. 6:3). Y dada la naturaleza caída que poseemos y que en este mundo no va a cambiar, es lo mejor que pudo hacer.

El planeta va a ir a peor
Todo lo que hemos visto sobre la tecnología es desde el punto de vista de Occidente, donde la calidad de vida ha mejorado en términos generales. Pero si creemos que el resto del mundo está mejorando porque tienen fibra óptica para sintonizar los partidos de fútbol o la conexión más rápida a Internet para descargarse las películas de moda, es que estamos cegados. Resulta irónico que desde el 2020 hay más usuarios con dispositivos móviles (5.400 millones) que personas con acceso al agua potable (3.500 millones)[2].
Mientras que las multinacionales, las empresas y los países ricos expolian los recursos naturales de los pobres bajo el amparo de sus propios  gobernantes corruptos, los trabajadores son explotados con salarios miserables. Un solo ejemplo es el Coltán, un mineral con aplicaciones en telefonía móvil, ordenadores, armas inteligentes, implantes médicos, industria aeroespacial, etc. El 80% de sus reservas naturales se encuentra en la República Popular del Congo, donde las guerrillas de Ruanda y Uganda se matan por lograr tan preciado mineral, y que se ha cobrado ya más de 5 millones de vidas[3]. Y, a pesar de que los grandes empresarios se lucran hasta extremos insospechados, la pobreza en el país de origen no decrece, con miles de niños trabajando para extraer el mineral y viviendo en el inframundo.
Esto es solo un caso concreto, pero basta con ver al continente africano en general, a regiones enteras de Oriente Medio, al lejano Oriente y a buena parte de Sudamérica para comprobar que viven sumidos en pesadillas de las que nunca salen: viven en chabolas, las condiciones higiénicas son paupérrimas, al mismo tiempo que se alzan partidos extremistas y surgen nuevos populistas que se presentan como agentes del cambio y salvadores que prometen revoluciones a favor del pueblo, cuando tampoco logran nada, solo dividir aún más esas sociedades.
Por otro lado, a nivel planetario, estas palabras directas de Jesús apuntan a lo que está por venir: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mt. 24:6-7).
Y lo más llamativo de todo: “Y todo esto será principio de dolores” (vs. 8). Las guerras no van a cesar. La violencia no va a cesar. El terrorismo no va a cesar. La delincuencia no va a desaparecer. Seguirá habiendo catástrofes naturales. Seguirá habiendo enfermedades. Seguirá habiendo millones de personas que mueran de hambre. Con o sin calentamiento global, la Tierra está herida de muerte, y así será hasta la Parusía. Por eso la propia “creación entera se queja” esperando su redención (cf. Ro. 8:22).
Si creemos que porque la tecnología siga “mejorando” nuestro sentido del bienestar y logremos la “longevidad indefinida”, las catástrofes van a dejar de suceder como por arte de magia, es que somos los más ingenuos del universo.

Este mundo y esta vida es una pobre sombra de lo que está por venir
Esta vida está llena de sinsabores: traiciones, amigos que dejan de serlo, mentiras que te rompen el corazón en un millón de pedazos, etc. Hay altibajos, decepciones, discusiones, disgustos, tristezas, depresiones y valles oscuros llenos de lágrimas. Eso nadie podrá cambiarlo. 
Aunque colonizáramos otros planetas, nada de eso cambiaría. Los seres humanos tratan de sentir y experimentar emociones nuevas para sentirse vivos: se vuelcan en nuevas modalidades deportivas, escalan montañas, viven por y para un equipo de fútbol, derraman sus corazones ante “estrellas” del cine, la música y la moda. Pero, al final, todo esto es más de lo mismo: nunca se sienten ni se sentirán satisfechos y plenos.
Los que estudian marketing lo saben perfectamente y juegan con las personas. Como no creen en el más allá,  predican la filosofía del “comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1 Co. 15:32). Por eso inventan nuevas actividades y artilugios prometiendo al consumidor lo más parecido al placer y a la felicidad. Ahí está el porqué del éxito de los centros comerciales, de los mega-gimnasios, de los macroconciertos, de las macrodiscotecas, de las nuevas salas de bailes y pubs, de los cientos de canales de televisión, de los perfumes, de las apuestas online, de las webs para encontrar sexo fácil, de los festivales y fiestas, de las redes sociales, de la cirugía plástica, etc.
La realidad es que todo es Panem et circenses: un fraude que se limita a ofrecer diversión y a estimular los sentidos, pero que termina siendo como comer de un pan y beber de agua que nunca sacia, puesto que solo Cristo lo hace: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35). Tampoco alcanza el anhelo más profundo del ser humano, que es el de la inmortalidad y la felicidad absoluta. Por eso el salmista dice que solo estará satisfecho (en el pleno sentido del término) cuando “duerma” (muera) y “despierte” (resucite) delante de Dios: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15).
Los cristianos somos “extranjeros y peregrinos” en este mundo (cf. 1 P. 2:12), ya que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20). Simple y llanamente, estamos de paso y no tiene sentido querer clavar el ancla eternamente en este barrio.
Es normal que no queramos envejecer por lo que conlleva: enfermedades, dolores, pérdida de la belleza —el que la tenga, que no es mi caso—, de la fuerza, de masa ósea, de la memoria y del vigor físico, la disminución de los reflejos, de la agudeza sensorial y de la agilidad mental, dificultades de concentración, encorvamiento, arrugas, etc. ¿A quién le puede gustar eso? ¡A nadie! Es humano y lógico querer evitarlo, y si la medicina logra paliar en buena parte los efectos de la vejez, bienvenida será... pero la muerte es irreversible.
Que un creyente verdadero quiera vivir ilimitadamente en este mundo tal y como lo conocemos —incluso con todos los avances científicos que podamos imaginar y la longevidad indefinida—, manifiesta una visión muy pobre de la eternidad ya que no ha terminado de asimilar las realidades bíblicas sobre la vida eterna. Está perdiendo de vista el significado final de su propia redención y no ha terminado de entenderla. ¿O es que no queremos librarnos definitivamente de nuestra naturaleza caída y de este cuerpo de muerte, que está inclinado al pecado? (Ro. 7:24). ¿No sabemos aún que “aunque este nuestro hombre exterior (el cuerpo) se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día”? (2 Co. 4:16).
Equiparar esta vida con la otra sería como preferir pasar unas vacaciones en una choza sin comida ni bebida en medio del desierto en lugar de en un Hotel de cinco estrellas con todos los gastos pagados y con el clima perfecto. Y este ejemplo es muy pobre respecto a lo que nos espera. Será un nuevo mundo donde “morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará” (Is. 11:6).

Conclusión
Medita sobre todo lo que hemos visto y asegúrate de que tus pensamientos están en sintonía con los de Dios y no con los carnales de la sociedad que tanta influnecia suelen ejercer: no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co. 4:18). Si Dios te ve sentado “en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef. 2:6), ¿prefieres acaso verte tú sentado en el sofá de tu casa? ¿De verdad vas a comparar?
Graba a fuego estas palabras de Jesús en tu corazón: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:2-3).

Continúa en Argumentos para querer vivir cientos de años en este mundo: lo que se esconde detrás (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/12-argumentos-para-querer-vivir-cientos.html).