lunes, 23 de febrero de 2026

14. Memento mori. Tú eliges: ¿Quieres la “inmortalidad” humana o la Inmortalidad de Dios?

 


Prohibida. Vetada. Impedida. Acotada. La verdadera inmortalidad está vedada para el ser humano. Dios mismo la vedó como respuesta a la desobediencia a un mandamiento directo:

  • Mandamiento y advertencia: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:15-17).

  • Desobediencia: “Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella” (Gn. 3:1-6).

  • Consecuencia: “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn. 3:22-24).

Desde entonces, el hombre no puede acceder al árbol de la vida. Dios se encargó que así fuera poniendo querubines y una espada de fuego. Se podría entender como una maldición, siendo todo lo contrario: aunque parezca una contradicción, dicha inaccesibilidad es una bendición, siendo fruto de la misericordia del Altísimo. ¿Por qué? La respuesta es muy sencilla: sería una desgracia ser inmortales en este mundo, teniendo especialmente en cuenta nuestra propia naturaleza caída. La muerte impide que el mal y el sufrimiento en el ser humano se perpetúen eternamente en un ciclo sin fin, como analizamos en ¿Te gustaría vivir cientos de años en este planeta conociendo el futuro de la humanidad?
La retrasemos más o menos tiempo, la muerte es inevitable. Desde la caída en el huerto del Edén, los principios han cambiado: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27).

La victoria ante la muerte
La persona de a pie conoce muy poco de lo que dijo Jesús. Le suena alguna frase suelta como la de «amar a los enemigos» y otras por el estilo. Por algunas celebraciones que se dan en diversos países en fechas señaladas, saben que nació en Belén y que murió crucificado por orden de Poncio Pilato. Aparte de estos detalles, solo saben la parte folclórica, aunque esta no tenga nada que ver con el cristianismo genuino y que se ha añadido con el paso de los siglos.
Aparte de esto, es aquí a donde quiero llegar como colofón: ¿cuántos saben que Cristo destruyó por medio de su propia muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, para así librar a todos los que temían la muerte? (cf. Hebreos 2:14-15). Diría que muy pocos, siendo parte fundamental que deben comprender sin falta: la muerte de Cristo no fue una derrota. La historia no terminó en ese instante. Desde aquel momento, hubo un antes y un después. En aquella cruz se logró la mayor victoria de todos los tiempos: el imperio de la muerte fue destruido. Esto no significa que ya no vayamos a morir en términos físicos, sino que la muerte no es el fin.
Tengamos siempre presente estas ideas de forma tan clara como las expresa el teólogo Millard Erickson:

De lo que estamos tratando es del cese de la vida en el estado corporal que nos resulta familiar. Sin embargo, esto no supone el fin de la existencia. La vida y la muerte, según las Escrituras, no se deben considerar en términos de existencia o no existencia, sino como dos estados diferentes de existencia. La muerte simplemente es una transición a un modo distinto de existencia; no es como algunos piensan, la extinción. Además de la muerte física, las Escrituras hablan de la muerte espiritual y de la muerte eterna. La muerte física es la separación del cuerpo y el alma; la muerte espiritual es cuando la persona se separa de Dios; la muerte eterna es el resultado final de ese estado de separación: uno se pierde para toda la eternidad en su condición de pecador.[...] Cuando el libro del Apocalipsis hace referencia a la segunda muerte, es la muerte eterna lo que tiene en mente. Un ejemplo lo encontramos en Apocalipsis 21:8: «Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda». Esta segunda muerte es algo distinto y posterior a la muerte física normal. Sabemos por Apocalipsis 20:6 que la segunda muerte no la experimentaran los creyentes: «Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años». La segunda muerte es un periodo interminable de castigo y de estar separado de la presencia de Dios, la finalización del estado de perdición del individuo que está muerto espiritualmente en el momento de la muerte física.[1]

Toda persona que haya creído que Jesús murió en la cruz por sus pecados y que resucitó de entre los muertos, tiene esta seguridad: «Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios» (1 Jn. 5:11-13).
Jesús fue muy claro al respecto: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente» (Jn. 11:25-26).
Cuando escucho a alguien repetir ese dicho popular que afirman que «lo único que no tiene solución es la muerte», me acuerdo de las palabras de Cristo. Esta tajante, y osadas palabras, solo la puede proclamar Dios mismo. Ni la biotecnología, ni el transhumanismo, ni los “profetas populistas” como José Luis Cordeiro pueden ofrecer esta garantía, ni de lejos.
Por lo tanto, la muerte para el cristiano no es una mala noticia sino la mejor de todas. Es tristísima para los familiares y los amigos por la separación. El dolor es desgarrador y no hay palabras para describirlo, pero para el creyente difunto es el momento exacto donde comienza su verdadera VIDA. Su espíritu no irá vagando de aquí para allá como en las populares películas Ghost o El sexto sentido, sino que estará en la misma presencia de Dios, con una vida de pura paz y puro gozo sin fin:

Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor (1 Ts. 4:13-17).

El más allá
Esta vida abunda en sinsabores, aflicciones y altibajos. Sin embargo, en ese lugar, «ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (cf. Ap. 21:4). Sabiendo que vamos a estar en un sitio así, ¿quién en su sano juicio iba a preferir este mundo?: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas» (Fil. 3:20-21).
Ni longevidad indefinida, ni robots, ni realidad virtual, ni chips implantados; ¡recibiremos un cuerpo de gloria!
Incluso la IA reconoce que la vida eterna prometida por Jesús es infinitamente mejor que las promesas ofrecidas por la tecnología.[2]
Tras el paso transitorio por la muerte, pasaremos de tener un cuerpo de humillación (el del presente, que es débil y termina por decaer y envejecer) a uno perfecto, fuerte, incorrupto y verdaderamente inmortal:

Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. [...] Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria (1 Co. 15:42-44,53-54).

¿Cómo será exactamente esa otra vida y qué apariencia tendrá? Hay multitud de libros que se detienen a analizar los diversos pasajes bíblicos que tratan de responder a tales preguntas, pero como la mente humana finita no es capaz de captar tanta grandeza, me quedo con estas palabras de Pablo y descanso en ellas, esperando el día donde me quede boquiabierto: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9). Cualquier cosa que podamos imaginar es una mera sombra de cómo será el más allá y de lo que nos espera.

El mensaje del Evangelio permanece inmutable
Como amante de la ciencia ficción, sigo disfrutando de cada relectura de las  novelas de Isaac Asimov,[3] al que he citado en más de una ocasión a lo largo y ancho de estos escritos. En el lado negativo, me entristece saber en qué “creía” cuando aún vivía:

Soy un ateo, firme y acérrimo. Me tomó un largo tiempo decirlo. He sido ateo por años y años, pero de algún modo sentí que era intelectualmente irrespetuoso que uno diga que es un ateo, porque ello asume tener un conocimiento que nadie tiene. De alguna manera, era mejor decir que uno era un humanista o un agnóstico. Finalmente decidí que soy una criatura tanto de emoción como de razón. Emocionalmente, yo soy un ateo. No tengo la evidencia para demostrar que Dios no existe, pero tengo una sospecha tan fuerte de que no existe que ni siquiera quiero perder mi tiempo en eso.

La parte final de su alegato es aterrador: a pesar de que no tenía ninguna evidencia de que Dios no existiera (por la cual era agnóstico, por mucho que se catalogara a sí mismo como ateo), y basándose en sus propias emociones, renegó completamente de planteárselo. Por una vez en su vida, y en el asunto más transcendental de todos, dejó su intelecto a un lado. Fue un genio escribiendo y era un narrador exquisito. Tuvo una imaginación prodigiosa y una mente brillante. Incluso dedicó años a un estudio exhaustivo de las Escrituras para escribir su monumental Guía de la Biblia, demostrando que conocía la letra mejor que muchos creyentes.
Sin embargo, es aquí donde reside su mayor contradicción: se negó a que todo ese estudio “permease” sus emociones o le hiciera considerar seriamente la existencia de Dios, tal y como él mismo confiesa al decir que no quería «perder su tiempo» en ello. Por una vez en su vida, y en el asunto más trascendental de todos, dejó su intelecto a un lado para dejarse guiar por una “sospecha” emocional. Cometió la necedad de estudiar el libro mientras rechazaba sistemáticamente al Autor. Si hizo esto por orgullo, por vanidad o por miedo a estar equivocado, solo Dios lo sabe.[4]
Una vez más, se comprueba que en muchas ocasiones la inteligencia del hombre no es sinónimo de sabiduría ante los ojos del Creador, ni a Él le impresiona:

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. [...] sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte (1 Co. 1:20-27).

Los cristianos afirmamos que el mensaje del Evangelio permanece completamente intacto y sobresale, más si cabe, ante los desvaríos de los ateos y de los científicos transhumanistas: únicamente Dios puede darnos vida eterna porque todas y cada una de las personas de este mundo están muertas espiritualmente en sus delitos y pecados (cf. Ef. 2:1). Todos estamos necesitados de Cristo. Todos dependemos de Él para la verdadera inmortalidad. La conciencia de la eternidad nos debe llevar aún más a proclamar este mensaje, incluso a aquellos que tienen depositada su fe en la ciencia y en sus avances.

Tú decides: vida eterna o condenación eterna
Para ir finalizando, reproduzco una pequeña porción de una misiva que alguien legó a uno de sus mejores amigos como señal de confianza ante su propia muerte:

Si estás leyendo esto es porque me he ido a volar por otras partes del universo, lugares recónditos que no conocía y del que me han contando maravillas. Hacía muchos años, más de los que te puedes imaginar, que deseaba con toda mi alma pasar a este Lugar, donde el tiempo se convierte en infinito y la paz en realidad absoluta. No te puedo describir realmente cómo es, puesto que para eso tendría que volver, y no es mi intención en absoluto. Sé que ambos leímos mucho sobre este sitio, pero se escapa a la imaginación. Tendrás que verlo por ti mismo. Las dimensiones son descomunales y las vistas son tan extraordinarias que nunca te cansas de verlas. Tengo ganas de ver tu mirada cuando te conviertas en mi nuevo vecino.

Mientras que el reloj de la vida sigue corriendo sin que nadie sepa cuándo hará el último tic-tac, ¿qué harás? ¿Te negarás a buscar, a hacerte preguntas y a buscar las respuestas como hizo el señor Asimov? ¿Dónde pondrás tu confianza, en la biotecnología que, como mucho, habla de longevidad indefinida, o en Jesús, que murío en la cruz por ti y resucitó para regalarte la verdadera vida eterna?
Tuya es la decisión, como expresó C.S. Lewis (autor de Las Crónicas de Narnia): «En última instancia sólo hay dos tipos de personas: los que dicen a Dios “hágase tu voluntad” y aquellos a quienes Dios dirá, al fin (de la historia), “hágase tu voluntad”. Todos los que están en el infierno lo han elegido. Sin esta opción personal no habría infierno».

Querido lector, te toca decidir.


[1] Erickson. Millard. Teología sistemática. Clie. P. 1171.

[3] El fin de la eternidad es mi favorita.

[4] Leyendo estas y otras declaraciones del señor Asimov, me resulta sorprendente un detalle gigantesco del que desconozco si era consciente: según el calvinismo clásico, Dios induce ideas y pensamientos en las personas para que actúen de una determinada manera, controlando así el curso de los acontecimientos y de la historia de la humanidad. Pues bien, el robot R. Giskard Reventlov (protagonista de vital importancia en sus novelas), y que tenía habilidades mentales, hacía exactamente lo mismo: impulsar ideas de forma sutil en la mente de los seres humanos para que se hicieran lo que, según él, era lo más beneficioso para el bien y el progreso de nuestra especie. ¿Era esta la manera, conciente o no, en que Asimov acallaba su mente negando el papel de un posible Dios y atribuyéndoselos a un robot creado por el ser humano? Ahí queda la duda.

lunes, 16 de febrero de 2026

13. Supongo que ya llevo un tiempo muriéndome. Lo raro es que me enteré la semana pasada

 


Venimos de aquí: Argumentos para querer vivir cientos de años en este mundo & Qué se esconde detrás (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/12-argumentos-para-querer-vivir-cientos.html).

Que nadie comience a celebrar mi próxima defunción tras leer el título del encabezado. No es ese el caso, al menos mientras escribo estas líneas. Así que siento la desilusión que pueda causar: habrá que dejar la fiesta, el jolgorio, las panderetas, los fuegos artificiales y demás señales de alegría para otra ocasión.

¿Pensar en la muerte? ¡No, por favor!
Dichas palabras corresponden a un personaje de cómic conocido como John Constantine. Están motivadas tras ser informado por su médico de un cáncer terminal a causa del tabaco. Tras ese momento, comienza a reflexionar sobre la muerte: «Poca gente piensa realmente en la muerte. Los paranoicos se preocupan por ella sin entenderla de verdad. Las víctimas de accidentes fatales y asesinatos no tienen tiempo de pensar. Solo piensas en ella si le dedicas tiempo. Y solo le dedicas tiempo si sabes que va a ocurrir. Entonces, la idea de la muerte te acompaña en todo momento».[1]
Sus conclusiones reflejan la realidad. Son muy pocos los que se detienen a pensar en el sentido de la vida y mucho menos en la muerte. Como dice el  psicólogo y escritor Xavier Guix: «La personas se plantean el sentido de la vida solo cuando reciben un duro golpe».[2]
Con la muerte casi nadie trata de comprenderla y de reflexionar al respecto. Y cuando fallece un familiar o un amigo cercano, eluden pensar que algún día les va a tocar a ellos. A los que están bien de salud o son jóvenes ni se les pasa por la mente. A menos que hayan tenido una experiencia donde estuvieron a punto de ver a la “Parca” y se libraron “por los pelos” (un accidente de tráfico, una enfermedad grave, un atentado terrorista, un infarto, etc.), ni se lo plantean. O lo hacen hasta que se les pasa el susto. Luego, nada. En el fondo, la mayoría teme al hecho en sí.
Luego están aquellos que piensan que si tratan la cuestión pueden convertirse en “transmisores de vibraciones negativas” o en “pájaro de mal agüero”. Así que, si surge la conversación, se cambia de tema con la mayor premura, aparte de que lo consideran incluso macabro. Creen que si se centran en la susodicha muerte, la atraerán, como si fuera un ente propio, con esa arquetípica imagen de la calavera encapuchada y con una guadaña. Por eso omiten mencionarla, pensando que así la esquivarán el mayor tiempo posible. Pura superstición. Además, como dijo el poeta griego Sófocles (496 a. C. - 406 a. C.), «nadie ama al mensajero que trae malas noticias», por lo que sacar a colación el asunto de manera seria es difícil.
Por último, sin contar a los que piensan que cuando se acaba esta vida concluye todo, están los que prefieren creer en:

  • La reencarnación, y que en los últimos años las películas hollywoodienses han vuelto a poner de moda con Orígenes (2014) y The discovery (2017).
  • Un paraíso para todo el mundo (sea uno cristiano, budista, musulmán, de cualquier religión o de ninguna), donde se reunirán con sus seres queridos, hayan vivido estos de una manera u otra, bien o mal.

Volviendo a Constantine: su partida era tan inminente que desde entonces todo comenzó a girar en torno a ese próximo acontecimiento. Ya no podía pensar en nada más. Se quedaba absorto delante de un simple café temiendo lo que le sucedería tras el “apagado”. Incluso en sus pesadillas comenzaron a aparecer sus temores en forma de fantasmas del pasado.

¿Afrontar la muerte o ignorarla?
Si en este preciso instante les llamara esa “señora” llamada “Muerte”, buena parte de la población mundial se quedaría desconcertada y no sabría qué contestar.
Ante la perspectiva de nuestra propia mortalidad, tenemos dos opciones:
  1. Vivir el día a día y seguir ignorándola hasta que sea demasiado tarde. El riesgo radica en que sobrevenga de forma abrupta y no haya tiempo material para tratar de meditar sobre ella, sea que vivamos ochenta o cientos de años como pronostican los científicos.
  2. Encararla cara a cara en el tiempo presente.
La inmensa mayoría de aquellos que conozco viven según la primera opción, a pesar de haberles insistido en más de una ocasión en la necesidad de cambiar de actitud.  La única solución que merece la pena está en afrontarla y en encontrar su verdadero sentido. Al hacerlo, la vida cobrará una nueva dimensión y se vivirá en paz, independientemente de que nuestro ciclo vital en este mundo llegue a su fin antes o después. Estoy totalmente convencido de que el primer asunto transcendental que debe tratar un ser humano cuando toma conciencia de sí mismo es la muerte.

Una cosmovisión diferente sobre la muerte
Como bien saben los que me leen con asiduidad, soy cristiano, aunque ya no estoy suscrito a ninguna confesión en particular. Los que se denominan ateos o agnósticos señalan que el concepto del infierno es el mayor invento de las religiones para controlar a sus fieles; a su vez, que la creencia de un cielo es la forma de consolarse que tienen aquellos a quienes les marcha mal en la vida y están deprimidos.
En mi caso, y como he explicado en más de una ocasión, la “religión” en sí es algo que me repatea el estómago una y otra vez, por lo que no creo en ella. Que te hagan creer que haciendo tal o cual cosa lograrás un “billete celestial” o un hueco en el paraíso, va en contra de la esencia misma del significado de la muerte en la cruz de Jesús.
Por otro lado, nadie me ha impuesto mis creencias. En mi juicio racional (o irracional, según se mire), he llegado a determinadas conclusiones, siendo la principal de ellas que lo narrado en el Nuevo Testamento es cierto. Y ahí el tema de la muerte se aborda una y otra vez, no como un final trágico, sino como una realidad que ha sido vencida.

¿La muerte del cristianismo?
Cuando le preguntaron a una de las estudiantes que apareció en el programa 2045: la muerte de la muerte[3] si sobrevivirían las religiones en el caso de que, por medio de la tecnología, se lograra la “inmortalidad”, dijo: «Las religiones desaparecerían entonces porque si es a lo único a lo que se aferra la gente para decir “voy a ser inmortal”, o “tengo otra vida más allá de la muerte”, no tiene sentido creer en algo más».
José Luis Cordeiro llega a las mismas deducciones:
 
Estos cambios tendrán grandes implicaciones en las creencias, porque la religión no tendrá ningún rol en el futuro. Las grandes religiones nacieron para explicar la muerte, las occidentales mediante la resurrección, las orientales mediante la reencarnación. [...] el envejecimiento no es algo irremediable. La muerte tampoco lo es, y eso se convertirá en el gran problema para la supervivencia de las religiones.[4]
 
Ya desmontamos la idea de la inmortalidad en la forma en que los humanistas la definen, así que decir que el Dios en el que creen millones de personas será olvidado porque ya no hará falta plantearse la vida más allá de la muerte es una falacia grosera e insultante. Todos moriremos sí o sí.
Estas personas —que se autodefinen como humanistas ateos al creer que el universo se hizo de la nada y se ordenó a sí mismo solo, donde las leyes de la naturaleza surgieron por azar— tratan, a pesar de ser seres finitos, de despojar de su trono al verdadero dueño de la creación, sentándose ellos en su lugar. Piensan que son algo parecido a “dioses” por el hecho de poder manipular el ADN (trabajando sobre lo ya existente), cuando el único que es capaz de crear ex-nihilo es Dios.
Hace un tiempo, un sobrino me dijo que es imposible que la conciencia sobreviva a la muerte. ¡Y se quedó tan pancho, como si nuestra conciencia fuera simplemente los impulsos eléctricos de nuestro cerebro, y que desaparece cuando este cesa su funcionamiento! Millones como él que llegan a hacer tales afirmaciones, desconocen lo que sentenció Jesús: “porque no hay nada imposible para Dios” (Lc. 1:37). Lo recalco: ¡nada! “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lc. 20:38).
Si simples humanos limitados hemos sido capaces de dividir el átomo, ¿qué dificultad podrá hallar el Dios Omnipotente, que todo lo creó desde cero, para resucitar a los muertos, conservar la conciencia intacta y depositarla en un nuevo cuerpo de gloria? ¡Ninguna!: No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:28-29).

Continúa en Memento Mori. Tú eliges: ¿Quieres la “inmortalidad” humana o la Inmortalidad de Dios? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/14-memento-mori-tu-eliges-quieres-la.html 

lunes, 9 de febrero de 2026

12. Argumentos para querer vivir cientos de años en este mundo: lo que se esconde detrás

 



Venimos de aquí: ¿Te gustaría vivir cientos de años en este planeta conociendo el futuro de la humanidad? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/11-te-gustaria-vivir-cientos-de-anos-en.html).

Ya hemos visto cómo se presenta el futuro más o menos cercano de la humanidad y del planeta en su conjunto. Por otro lado, analizamos detalladamente las consecuencias de la naturaleza pecaminosa del ser humano, la cual ninguna medicina puede “curar”. Visto que, en términos bíblicos, la idea de vivir cientos de años no es, ni de lejos, la mejor de todas, seamos justos y veamos también algunas buenas razones para desear vivir más tiempo.

Disfrutar de lo bueno de la creación
Es evidente que la vida por sí misma tiene muchos aspectos positivos:

  • Viajar;
  • Contemplar la naturaleza: las montañas, la nieve, la noche estrellada o escuchar el sonido del mar;
  • Leer buena literatura, pintar, escribir, etc; 
  • Gozar de la buena música (y aquí excluyo completamente aquella que amarga el alma o estimula los instintos más bajos, fenómenos ambos muy presentes en la sociedad);
  • Saborear una comida exquisita;
  • Hacer senderismo, nadar, montar en bicicleta, patinar, etc;
  • Disfrutar de la compañía de buenos amigos y de los seres queridos;
  • Contraer matrimonio con una persona junto con la que nos complementemos;
  • Formar una familia, ver crecer a los hijos y tener nietos.

Todo esto, y mucho más, es sano y puede ser maravilloso. Además, recordemos que Dios, al crear el universo, lo definió como “bueno en gran manera (Gn. 1:31) y que la Tierra, de la cual somos mayordomos, es un regalo que se nos hizo.

La única razón de verdadero peso para desear la longevidad indefinida
Teniendo en cuenta tanto los como los no reseñados, la única razón verdaderamente de peso para desear prolongar más tiempo la vida en este mundo la encuentro en las palabras de Pablo:

Porque para mí, seguir viviendo es Cristo, y morir, una ganancia. Y si al seguir viviendo en este cuerpo, mi trabajo puede producir tanto fruto, entonces no sé qué escoger. Me es difícil decidirme por una de las dos cosas: por un lado, quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí; pero, por otro lado, a causa de ustedes es más necesario que siga viviendo. Y como estoy convencido de esto, sé que me quedaré todavía con ustedes, para ayudarlos a seguir adelante y a tener más gozo en su fe. Así me tendrán otra vez entre ustedes, y haré que aumente su orgullo en Cristo Jesús (Fil. 1:21-26. DHH).

 

¿Me entusiasma seguir viviendo para ver de primera mano los nuevos descubrimientos que hará el ser humano? No. Ya me basta con imaginármelos por cuenta propia o leyendo cualquier novela de Isaac Asimov. ¿Me levanto cada mañana con el ánimo encendido esperando poder disfrutar de aquello que me gusta, como hacer deporte, deleitarme con una barbacoa o ver una película de superhéroes? Aunque disfrute todo eso, tampoco sería una razón.
Entonces, ¿qué me provoca verdadera pasión y me impulsa a seguir? Sin llegar ni de lejos a su nivel, lo mismo que a Pablo: desde la sencillez, vivir para servir en la obra de Cristo en la Tierra, aun sabiendo que morir para estar en su presencia es muchísimo mejor. Esto puede ser desde darle un vaso de agua a alguien que lo necesita, hasta visitar a una viuda, predicar el Evangelio o seguir escribiendo para enseñar al que quiera aprender. Y muchas más tareas citadas en la Biblia.
Cuando el Altísimo considere que he acabado las obras que tenía preparadas para mi vida las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas»,[1] puesto que «Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad»),[2] entonces será el momento en que Él me haga partir de este mundo; ni antes ni después. Y eso puede ser dentro de una hora o de varias décadas.
Mi deseo entonces será poder decir como el mismo apóstol: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida» (2 Tim. 4:7-8).

¿Por qué los humanistas quieren vivir eternamente bajo sus condiciones?
¿Qué pensamientos y sentimientos se esconden realmente detrás del afán de los transhumanistas y de los intentos de la biotecnología por lograr la longevidad indefinida y de alcanzar todos los avances que, según ellos, “prometen” una edad dorada para la humanidad?:

  1. Descartar la idea de tener que afrontar un juicio ante un Ser superior sobre la vida que han llevado en este mundo.

  2. El miedo a la muerte; el miedo a dejar de existir; el miedo de pasar de “ser” a “no-ser”. En el fondo, les desespera pensarlo, así que, para quitarse de encima esa “patata caliente”, culpan a los cristianos de atemorizar con la idea del infierno y el castigo eterno.

  3. El deseo de trascendencia que los seres humanos poseemos de forma innata. Desde una perspectiva bíblica es totalmente comprensible tal deseo, puesto que Dios ha puesto eternidad en el corazón de los seres humanos (cf. Ecl. 3:11). Como traduce el mismo texto la versión “Dios Habla Hoy”: «puso además en la mente humana la idea de lo infinito». El mismo Creador del universo puso en nuestra mente y en nuestro corazón el deseo de trascender y vivir para siempre.

En definitiva, el transhumanismo no es más que un intento desesperado por alcanzar, mediante la tecnología y el esfuerzo propio, aquello que Dios ya nos ha ofrecido gratuitamente por la fe. Buscan una eternidad física en un mundo caído, ignorando que el anhelo de infinito que sienten solo se saciará cuando lo temporal dé paso a lo eterno.

Continúa en Supongo que ya llevo un tiempo muriéndome. Lo raro es que me enteré la semana pasada: https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/13-supongo-que-ya-llevo-un-tiempo.html

[1] Efesios 2:10

[2] Filipenses. 2:13. NVI.