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lunes, 30 de marzo de 2026

Los domingos: ¿Buscando a Dios o huyendo del dolor, el vacío y la soledad?

Ainara es una adolescente de diecisiete años como otra cualquiera, al menos en apariencia: más allá de su inteligencia y educación, tiene su grupo de amigos, canta en el coro de la iglesia donde conoce a un chico que le atrae y sale de fiesta. ¿Qué la diferencia del resto? Al contrario de lo que todo el mundo espera de ella —estudiar una carrera en la Universidad—, está tratando de discernir “la voluntad de Dios”, que ella cree que es hacerse monja, y no una cualquiera, sino de clausura.
La noticia cae como una bomba en la familia, que no la comprenden, temiendo perderla para siempre, por lo que intentan convencerla de mil maneras diferentes de que desista. A la cabeza de esta “rebelión” se encuentra su tía.
Este es, groso modo, el argumento principal de la película Los domingos, ganadora de cinco Premios Goya en 2026 (Mejor Película y guion original, entre otros); inspirada —que no basada— en una historia real que llegó a conocer la directora Alauda Ruiz de Azúa y que la marcó, aún más siendo ella atea: «Me preguntaba cómo alguien tan joven de pronto siente esa vocación en un momento en el que está a punto de empezar a vivir muchas cosas y por qué decide encerrarse». Está magistralmente interpretada por la debutante Blanca Soroa, que derrocha credibilidad y atraviesa la pantalla con su mirada en cada aparición.

Situarse en medio
Cuando vemos una película de carácter religioso, como espectadores nos inclinamos en reafirmar nuestro punto de vista en función de nuestras creencias:
  • Un católico dirá: «Es conmovedora la valentía y decisión que muestra. Dios la llama y ella se entrega. ¡Ojalá hubiera más jóvenes como Ainara!».
  • Un evangélico declarará: «¿En qué se basa esa chica para decir que la vocación que Dios demanda es encerrarse entre cuatro paredes y aislarse de todos? La Biblia no enseña nada de eso».
  • Y el ateo manifestará: «¿Monja? ¿De verdad va a tirar su vida por la borda? Qué pena me da».

Este sesgo particular nos impide percibir las luces, las sombras y los puntos ciegos del relato. Debemos ir más allá. Solo así podremos empatizar realmente con el personaje y sacar conclusiones honestas.

¿Por qué, Ainara?
La película plantea una serie de cuestiones que debe contestar el espectador, puesto que muchas de ellas no las responde ni siquiera la protagonista; a veces porque no se las formulan, en otras porque guarda un ensordecedor silencio cuando se las hacen.
¿Qué es lo que vemos en la vida de esta adolescente?

  1. Ama a su familia y sabe que ellos la aman, pero no se siente unida a ellos. Se observa en cada interacción. Cuando pasa unos días en el convento con las monjas, la madre superiora le pregunta si los echa de menos, a lo que contesta que no.
  2. A pesar de tener un “pandilla”, no se siente parte de la misma. No termina de conectar con ellos, cuyos temas de conversación suelen girar en torno al sexo vulgar y a la diversión.
  3. Se ha besado en un par de ocasiones con un chico que le atrae, pero este tampoco es que sea un dechado de virtudes.
  4. Su madre murió cuando era muy joven, y esa pérdida le duele sobremanera; así se percibe cuando habla de ella casi de forma descarnada, aferrándose a una medalla con una cruz que ella le regaló.
  5. Su padre, de carácter distante y muy serio, está saliendo con una mujer a la que Ainara no puede ni ver, pues siente que ese era el espacio que era de su madre.
  6. En ningún momento observamos que tenga grandes intereses ni talentos especiales.
En definitiva, no encuentra su lugar en el mundo, se siente huérfana, sola y vacía, y afirma que en el amor a Dios encuentra la plenitud y el sentido a todo.

¿Buscando o huyendo?
Maite, su tía, es consciente de todo esto y trata de hacerla recapacitar. Siempre argumentando: al principio de forma sosegada; finalmente enojada.
Para algunos viene a representar el papel de “abogado del diablo” que quiere alejar a su sobrina de sus “locuras”. Para aumentar el énfasis en su papel teórico de “malvada”, se la caracteriza de forma muy concreta: malhumorada, amargada, infiel, atrapada en un matrimonio que desea romper y, para más inri, atea.
La realidad es que es el verdadero contrapeso a las ideas de Ainara. Es la única que mete el dedo en la llaga: según Maite, Ainara huye de su dolor, de su vacío y de su soledad. Cree que su vocación es pura imaginación: un refugio inventado en un Dios que dice amarla y en un grupo de mujeres que han renunciado a todo por Él y que afirman no necesitar nada más para ser felices.
Antes de preguntarnos ¿monja sí o monja no?, debemos detenernos en este punto clave: ¿Y si Dios se sirve de todo eso (el vacío existencial, la falta de propósito, incluso del dolor), para atraernos a Su amor? Por mi parte, eso es, con milimétrica exactitud, lo que yo experimenté en mi vida. Por eso comprendo cada latido del corazón de Ainara: circunstancias con algunos puntos en común; edades parecidas; mismos interrogantes que flotaban ante mí. 
Lo que para muchos podría verse como una huida, para nosotros fue un encuentro. No, no hubo zarza ardiente. No, no escuchamos la voz de Dios audiblemente. No, no nos sentimos especiales ni mejores que nadie. Solo fuimos conscientes de un gran agujero en nuestro interior que iba más allá de una falta de propósito. Respondía de forma plena a la pregunta: ¿Tiene sentido la mera existencia? Nada, ni amigos, ni aficiones, ni relaciones sentimentales, ni trabajo, ni dinero, ni éxitos, ni la propia ciencia, podía contestar; solo Dios como creador. De distintas maneras, dimos por hecho que Dios nos atrajo con cuerdas de amor (cf. Os. 11:4).[1]
Es ahí donde tú como espectador —en este caso, lector— debes mirarte ante el espejo y responder sinceramente: tengas una buena vida (amor, familia, amigos, necesidades materiales cubiertas) o no sea esta como te gustaría, contesta ante ti mismo:

  • ¿Siento este vacío o no?
  • En caso de que la respuesta sea afirmativa, ¿a qué se debe?
  • ¿Estoy buscando la manera de solucionarlo?
  • ¿Qué hago para sentirme pleno?
  • ¿Lo logro?
  • Si mañana perdiera todo lo que hoy me hace sentir “pleno” (familia, salud, amigos, trabajo, éxito), ¿qué quedaría de mi identidad?
  • Aunque me sienta “pleno” y “feliz” con mis circunstancias, ¿creo que mi mera existencia es una simple casualidad de la naturaleza con principio y fin? ¿O, por el contrario, que tiene un sentido eterno?

Estas preguntas no puedo responderlas por ti; tampoco un sacerdote, un pastor, un psicólogo, un ser querido o tu mejor amigo. Ainara llegó a su propio veredicto y Maite al opuesto: Dios o no dios. No hace falta que tengas las respuestas al instante. Deja que aniden en tu mente y reflexiona sobre ellas sin prisas. Luego, conviértete en un buscador de la Verdad.

¿Monja?

Quien tenga buena memoria y lleve tiempo visitando este blog, recordará un largo escrito del año 2016 titulado Quiero ser monja: ¿Podemos tener una doble cara y una doble vida? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/05/quiero-ser-monja-podemos-tener-una.html).
En el mismo analicé un programa de televisión donde cinco chicas, con edades comprendidas entre los veinte y los veintitrés años, se estaban planteado si entrar a forma parte de la vida monacal como manera de servir a Dios. Eran alegres, con diversidad de talentos, procedentes de distintos trasfondos y con creencias espirituales variadas. Eran muy diferentes entre ellas, pero todas tenían un nexo en común: el mundo exterior no las satisfacía, a pesar de tenerlo todo. Unas y otras expresaban que Dios era el centro de sus mundos, que querían seguir a Jesucristo y que sin Él todo se derrumbaba. Me sorprendió gratamente escucharlas, ya que no es algo que se oiga muy a menudo. En ese aspecto, me quité el sombrero ante ellas, a ver que eran “buscadoras”.
Diez años después, el tiempo ha dictado su veredicto y, curiosamente, ninguna de aquellas cinco jóvenes terminó profesando como monja. Todas encontraron su camino y su servicio a Dios fuera de los muros del convento. Esto no resta valor a su búsqueda de entonces, pero sí refuerza una idea fundamental: la emoción del momento no siempre es sinónimo de vocación bíblica.
Donde difería con todas ellas —y donde difiero con Ainara— es en el concepto de «vocación». Y estas fueron, y son, mis razones actualizadas:

1. Origen histórico. El movimiento monástico surgió en el siglo IV como reacción al paganismo que se introdujo en el cristianismo cuando se convirtió en la religión oficial del Imperio tras el Edicto del emperador Constantino. Muchos creyentes decidieron alejarse del “cristianismo estatal” para vivir como ermitaños. Fue una respuesta humana a una crisis institucional, no un mandato divino original.[2]  

2. La tentación y el aislamiento. En Los domingos, una monja de clausura dice: «A veces quieres hacer las maletas e irte, pero es una prueba», a lo que otra añade: «El diablo nos tienta». Ni los apóstoles ni los los primeros cristianos se apartaron del mundo de esa manera. Cristo no nos llamó a enclaustrarnos por miedo a contaminarnos del pecado. La verdadera voluntad de Dios es que transformemos nuestros pensamientos sin adaptarnos a la moral de este   mundo (cf. Ro. 12:2), estando en él.

3. Sacrificios no demandados. Dios no pide a nadie que vivir bajo voto de silencio, sin espejos o hablando tras una reja. Él ya proclamó que quería misericordia, no sacrificios (cf. Mt. 9:13). Ninguna disciplina física pobreza, celibato o rituales— demuestra mayor entrega, pues el sacrificio de Cristo fue el definitivo (cf. Heb. 7:27).

4. Las Bienaventuranzas. Cuando Jesús expuso en el sermón del Monte cómo ser bienaventurado (cf. Mt. 5:2-12), jamás insinuó que el gozo o la paz dependieran de vivir en un convento.

5. El celibato obligatorio. El guía espiritual de Ainara sugiere que «quizá Dios la quiere solo para Él». En el contexto del largometraje, se sobreentiende que eso implica dejarlo todo, incluyendo a su familia y al chico que le gusta. Es vital recordar que no fue hasta el año 1123, en el I Concilio de Letrán, que la Iglesia católica prohibió el matrimonio, una decisión sin apoyo bíblico; más bien nos avisa de tal error (cf. 1 Tim. 4:3) que ha traído innumerables desgracias. Pedro y el resto de los apóstoles lo dejaron «todo» para seguirle (cf. Mr. 10:28), pero esto no incluía abandonar a sus esposas (cf. Mt 8:14; 1 Co. 9:5). Dios quiere nuestro corazón, ser nuestro «todo», no que permanezcamos célibes por norma. Así lo enseñó Jesús: “No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado” (Mt. 19:11).[3]

En definitiva, seguir a Dios no es una cuestión de muros físicos ni de renuncias impuestas por hombres ni por uno mismo, sino de una libertad que se ejerce en medio de nuestra realidad cotidiana. Sin embargo, tras analizar estas razones, y aun cuestionando las formas, el aislamiento y la base teológica del convento, me es imposible no volver la mirada a Ainara porque, en el fondo, nada de lo expuesto invalida la sinceridad de quien busca algo más allá de lo material.

A pesar de todo, las entiendo. Pero…
Que no comparta bíblicamente la postura de entrar en un convento de clausura ni el estilo de vidas de las monjas, no significa que no las comprenda. ¿Qué encuentran entre ellas? Compañerismo, apoyo, lealtad, un mismo sentir y una fe genuina y sin hipocresía. En nuestra sociedad, hallar algo así es, como diría un castizo, «harto difícil». Ni siquiera la iglesia  institucional  —sea católica o protestante— lo garantiza.
Además, te evitas la locura de esta sociedad: escuchar cada día de la guerra de turno, del político corrupto de la semana, de la violación diaria y del resto de sucesos terribles que son parte de este mundo caído. Visto de esta manera, dan ganas de seguir la misma senda que estas monjas. En mi caso, con mi naturaleza introspectiva, mi alergia a los encuentros sociales multitudinarios, mi amor al silencio y a la la lectura, sumado a mi condición de soltero perenne, yo mismo sería un buen candidato para monje; solo cambiaría los horarios…
Entonces, ¿cuál es el “pero” que le pongo? No es mi “pero”, sino el de Jesús: no podemos apartarnos de la sociedad; se nos exhorta a ser luz en medio de las tinieblas sin ser arrastrados por ellas: «Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5:14-16).
Cuando un hombre le pide a su novia la mano en matrimonio, es un acto simbólico que no se queda en la mano; le solicita todo: su vida, su corazón, su presencia y su futuro. Pero no le está diciendo que deje a su familia a un lado, que deje de hacer aquello que le gusta, que deje de hacer deporte, que deje de comer sano. Dios, de igual manera, al pedirnos todo, no nos dice: «Enciérrate para dedicarte a la vida contemplativa, a la oración, a la lectura de la Biblia y a la liturgia». Llama a servir al prójimo —no solo al que está en tu convento—, a obrar para los perdidos, y a mil tareas que se pueden realizar: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:10).
Al final, no fuimos llamados a ser un secreto guardado entre muros, sino una luz encendida que, a pesar de sus propias sombras, se atreve a iluminar el camino de los demás. Y tú, ¿te atreves a ser luz en medio del ruido?


[1] Mi “hallazgo” personal ya lo expliqué en Buscando el sentido a la existencia (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/04/mi-historia-buscando-el-sentido-la.html).

[2] Tras el Edicto de Milán (313 d.C.) y la posterior oficialización del cristianismo con Constantino, la iglesia experimentó una secularización masiva. Muchos creyentes, conocidos como los «Padres del Desierto» (como San Antonio Abad), huyeron a Egipto y Siria buscando una espiritualidad pura que sentían que se había perdido en las iglesias de las ciudades, ahora llenas de intereses políticos.

[3] Aunque hubo intentos previos de imponer el celibato, fue en los Concilios de Letrán I (1123) y II (1139) donde se declaró oficialmente que los matrimonios de clérigos eran inválidos. La base de esta decisión fue más administrativa y económica (evitar que los bienes de la Iglesia pasaran a los hijos de los sacerdotes) que puramente teológica.  

lunes, 1 de diciembre de 2025

Raya y el último dragón. ¿Qué hacer cuando te traicionan?

 


¿Otra vez voy a analizar una película de dibujos animados? Quienes ya conocen este blog seguramente no se lo preguntarán, porque saben que me da igual escribir sobre un libro, una serie, un cómic o incluso un tratado de teología o filosofía, siempre que podamos sacar de ello alguna enseñanza útil para los cristianos —y también para quienes no lo son— que quieran aprender.
He comprobado que muchas personas se sienten intimidadas al enfrentarse a un libro grueso o a términos que les resultan extraños. Prefieren un lenguaje sencillo y coloquial, como el que usamos casi siempre los seres humanos, sin tantas formalidades ni complicaciones. Por el contrario, se sienten abrumadas si la mayoría de lo que escuchan son versículos bíblicos, hablados como hace dos mil años o al estilo de un púlpito. ¿Significa esto que no hay lugar para las citas bíblicas? ¡Para nada! Siempre recurro a ellas, pero deben presentarse de manera que todos puedan entenderlas, sin importar sus conocimientos o estudios. Jesús, de estar físicamente hoy entre nosotros, hablaría de forma distinta a como lo hizo en la época romana.
Así que sí: hoy volveré a usar este método, y lo seguiré aplicando siempre que lo considere oportuno. Con esta historia, exploraremos los sentimientos que surgen cuando nos traicionan y cómo actuar cuando nos sentimos destrozados en mil pedazos por una deslealtad profunda.

De qué trata
Como es habitual en este tipo de producciones, la animación es sublime y añade nuevos matices. Parte de la trama transcurre en un mundo en caos, donde la oscuridad se hace evidente en numerosos momentos, envolviéndonos en la historia. Aunque diferente en estilo, su esquema no es original: buenos y malos, conflictos familiares y existenciales, y un objetivo que alcanzar. La historia gira en torno a la tierra de Kumandra, donde durante milenios dragones y humanos vivieron en completa paz, y estas criaturas mágicas proporcionaban agua, lluvia y armonía.
Pero, como el mal nunca descansa, unos espíritus oscuros llamados Druun, con forma de niebla negra, trajeron el caos, arrasaron los pueblos y convirtieron en estatuas de piedra a todas las personas que tocaban. Cinco dragones —Pangu, Yagán, Pranee, Amba y Sisu— se enfrentaron a estas tinieblas y, cuando parecía que serían derrotados, concentraron su poder en una gema. Sisu, la dragona, utilizó esa gema para vencer, desterrando a los Druun y reviviendo a todos, excepto a los dragones, que quedaron petrificados.
Lo único que quedó fue la gema. En lugar de unirse, todos lucharon por poseer el último vestigio de la magia de los dragones. Se trazaron fronteras y Kumandra se dividió en cinco naciones: Colmillo, Corazón, Columna, Garra y Cola. Se convirtieron en enemigos, y la gema tuvo que ser ocultada; recayó en Corazón, que desde entonces la protege como una reliquia sagrada.
Nuestra historia comienza 500 años después. El rey de la nación de Corazón y guardián de la gema es Benja, quien también entrena a su hija, la princesa Raya, para que lo suceda en esa labor. Con la mejor de sus intenciones, Benja organiza una gran fiesta para reunir nuevamente a las cinco naciones de Kumandra. Lo que él desconoce es que Naamari, de la nación Colmillo, planea ganarse la confianza de Raya durante el banquete, con el fin de que le muestre dónde está la gema y pueda robarla.
Cuando revela sus verdaderas intenciones, ambas se enfrentan a muerte. El estruendo en la montaña hace que todos los presentes corran a ver lo que sucede, y al ver la gema, comienzan a luchar por poseerla. En medio de la batalla, la gema se rompe, lo que permite que los Druun resurjan. Una vez más, todos los habitantes de Corazón quedan convertidos en piedra, incluyendo a Benja, que lanza a su hija al agua para salvarla.
El resto de las naciones huye a sus respectivos territorios, llevándose cada una un fragmento de la gema. El mundo queda prácticamente desolado, sumido en un ambiente postapocalíptico donde los Druun continúan extendiéndose.
Raya emprende entonces un largo camino de seis años para revertir la situación. La única manera de lograrlo es encontrar a Sisu y reunir nuevamente los fragmentos de la gema.
La película nos muestra que Raya debe aprender a confiar en los demás, incluso en enemigos que intentan acabar con ella, como Naamari y otros. Pero no se trata solo de que ella confíe en ellos: ellos también deben aprender a confiar en todas las demás naciones; es decir, todos deben confiar unos en otros.

¿Un fallo?
El punto débil que le encuentro es muy claro, y cualquier adulto que haya visto la película lo habrá notado fácilmente: el happy end, un desenlace que peca de buenismo e idílico.
Aunque la historia puede disfrutarse a cualquier edad, su público principal es infantil y juvenil. Por eso no se puede mostrar un final en el que el mal triunfe, los villanos obtengan el poder, la tierra sea destruida y los héroes mueran. Aún hay generaciones que recuerdan con lágrimas la muerte de Mufasa, el padre de Simba en El Rey León, como para que los niños actuales salgan traumatizados del cine, causando el enfado de los padres. Por ello, el final de Raya y el último dragón concluye con todos felices, amigos para siempre y llenos de humildad por la lección aprendida.
Como ejemplo a imitar, el final me parece maravilloso y no lo considero un error. Es ese tipo de enseñanza lo que deberían llevarse los pequeños en sus corazones. Sin embargo, cualquier persona con más de una década de experiencia en este mundo entenderá que el desenlace es edulcorado y demasiado optimista, por lo que se aleja de la realidad. Como ya señalamos en Ataque a los Titanes: el ciclo de odio y violencia de la humanidad, y de algunos cristianos, que no tiene fin... hasta que llegue el día (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2024/02/ataque-los-titanes-el-ciclo-de-odio-y.html), vivimos en un mundo física y verbalmente violento, y nuestras interacciones suelen reflejarlo.
¿La causa? Todos traemos de serie una naturaleza pecaminosa que nos inclina al mal. Esto nos lleva a veces a no reconocer el pecado, a negarlo, a esquivar la culpa y, por tanto, a no arrepentirnos. Pablo lo explicó de manera clara: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Ro. 7:19-20). Además, las obras de la carne nos lo recuerdan constantemente. Puede que no caigamos en las más evidentes, como “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, herejías, homicidios, borracheras, orgías”, pero sí en otras que muchos consideran menores, como “enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, envidias” (cf. Gá. 5:19-21).
Incluso con las mejores intenciones, fallamos y pecamos. Lo mismo sucede en nuestras relaciones: los demás también pueden fallar y pecar contra nosotros. Uno de los golpes más dolorosos es cuando traicionan nuestra confianza. Le ocurrió a Raya: aunque era recelosa, siendo obediente a su padre —quien era extremadamente confiado y hospitalario, incluso con sus enemigos— se mostró abierta, amable y generosa con Naamari, otra chica de su edad. Le abrió no solo las puertas de su casa, sino también las de sus pensamientos y sentimientos más profundos. Por primera vez en su vida, se la veía realmente relajada ante una nueva amiga. Todo parecía transcurrir con normalidad, hasta que Naamari reveló que su único objetivo era ganarse su confianza para bajar la guardia y robar la gema.
Con la dragona Sisu ocurre algo similar: le insistía en que debía confiar, porque así fue como pudo vencer, confiando en sus otras hermanas dragones. Pero la vida real no funciona de la misma manera: si confías en un enemigo que desea matarte, tarde o temprano lo hará. Abrirle tu corazón una y otra vez solo le da la oportunidad de usar lo que sabe de ti para traicionarte en cuanto pueda.
Además, en nuestro mundo, no todos los malvados se redimen como en la película. Muchos que han practicado el mal durante gran parte de sus vidas mueren sin arrepentirse y sin cambiar su actitud, ni siquiera en sus lechos de muerte.

Formas de traición
La traición puede manifestarse de muchas maneras y sus tentáculos son largos. Entre las más comunes están:

- Revelar intimidades que compartiste en confianza.
- Usar esas mismas intimidades para burlarse de ti a tus espaldas.
- Guardar información personal para lanzártela en el momento que consideren oportuno, algo frecuente entre ex parejas inmaduras o antiguos amigos.
- Ridiculizar tus sentimientos.
- Aprovechar lo que saben de ti para chantajearte emocionalmente.
- Amenazarte con revelar a otros aspectos de tu pasado que creías olvidados.

Quizá se te ocurran otras formas de traición, pero estas son las más frecuentes. Este tipo de actitudes son miserables y pueriles, y tristemente ocurren más de lo que imaginamos. Y sí, también entre cristianos.
El dolor dependerá del grado de intimidad que tuvieras con la persona. Si alguien apenas conocido te traiciona, te molestará y te sorprenderá, pero te afectará poco. En cambio, si se trata de tu cónyuge, un buen amigo o un hermano cercano, dejará una profunda huella, y el dolor será intenso.
Recordemos los sinónimos de traición para entender su gravedad: deslealtad, alevosía, infidelidad, engaño, falsía, felonía, ingratitud, infamia, vileza, insidia, delación, perjurio, complot, maquinación, conjura. Es lo opuesto a lealtad y rectitud.

¿Qué hacer?
Según la pedagogía que muestra la película, la solución ante la traición sería confiar una y otra vez en quienes nos han fallado. ¿Vuelven a traicionarnos? Volvemos a confiar. ¿Otra vez? Volvemos a confiar. ¿Y de nuevo? Volvemos a confiar.
Lo siento, pero no estoy de acuerdo. Esta interpretación de “poner la otra mejilla” es ingenua. La historia de Naamari es buenista y omite la naturaleza caída del hombre. Por eso, considero más conveniente que plantees una serie de preguntas y reflexiones antes de decidir cómo actuar:

- Evalúa el grado de hipocresía. ¿Ha mostrado una doble cara ante ti durante mucho tiempo sin que lo percibieras? Por afecto hacia esa persona, ¿te has autoengañado, minimizando los hechos mientras tu subconsciente sabía lo que sucedía?
-  Determina desde cuándo ocurre la traición. ¿Fue algo puntual, una sola vez, o se ha repetido? ¿Has puesto a prueba a esa persona, aunque solo fuera en algo pequeño, y ha vuelto a fallar?

En función de las preguntas que he planteado más arriba y de la gravedad del hecho, decide por ti mismo qué prefieres hacer. Aunque tú tendrás la última palabra sobre tu propia vivencia, voy a exponer lo que yo creo.
Si alguien te traiciona… si alguien a quien expresamente le pediste que no compartiera cierta vivencia personal lo hace… si alguien revela sin tu permiso lo que escribiste por un medio digital o lo que hablasteis en privado… si alguien divulga entre sus colegas lo que le confiaste solo a él… ¿qué puedes hacer? Mi consejo parte de un proverbio: “El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo” (Pr. 11:13).
Puesto que estas personas —fueran amigas o no, lo sigan siendo o no— han demostrado:

- que no son dignas de confianza;
- que se dejan llevar por el chisme;
- que se sienten con libertad para revelar secretos sin autorización;
- que anteponen su libertinaje a la fidelidad y a la integridad;

…no te dejes arrastrar por el buenismo malentendido ni por las buenas intenciones. Lo mejor es no hablarles más de asuntos íntimos ni revelarles nada que consideres privado. Solo quien es de espíritu fiel lo merece. A esos, sí.

Últimos matices
Se podría objetar a mi exposición el caso del profeta Oseas y su mujer Gomer: ella le fue infiel y Dios le ordenó perdonarla. Pero eso no invalida nada de lo que he dicho:

1) Aquella historia simboliza la relación del pueblo judío con el Señor: ellos le eran infieles —al caer en la idolatría y servir a falsos dioses—, pero eran perdonados una y otra vez.

2) No podemos tomar un caso particular y generalizarlo al resto.

3) Lo expuesto no tiene que ver con “no perdonar”. Jesús enseñó que, siempre que hubiera arrepentimiento, deberíamos perdonar: “Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale” (Lc. 17:3–4). Ese es el sine qua non del que hemos hablado varias veces. La cuestión es que, si el arrepentimiento es genuino, la persona no volverá a caer en el mismo pecado de deslealtad. En otros aspectos sí tropezará —como hacemos todos—, pero en ese mismo… estaría evidenciando que su arrepentimiento fue más bien de boca pequeña: un simple remordimiento que surgió al ser reprendido y cuyo sentimiento de culpa se disipó con los días, hasta volver a lo mismo.

4) A todos nos viene a la mente el caso de Judas y su traición —cuyo desenlace conocemos tristemente—, pero, para lo que estamos tratando, el ejemplo perfecto es el de Pedro: traicionó a Jesús en una noche aciaga para él. Y Jesús, tras resucitar, sabía cuán arrepentido se sentía y que el discípulo necesitaba ponerse en paz. Por eso, así como lo negó tres veces, también tres veces le ofreció la oportunidad de resarcirse. Pedro no dejó pasar la oportunidad, y la aprovechó:

“Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas” (Jn. 21:15-17).

Implícitamente, Jesús le ofreció la posibilidad de pedir perdón y de ganarse de nuevo Su confianza. Repito: ganarse la confianza. Pero no siempre sucede así: la deslealtad suele tener raíces muy profundas, y quien la comete no lo hace de manera involuntaria ni sin darse cuenta. Por eso es necesario aprender a discernir cuándo es posible restaurarla y cuándo lo más sabio es tomar otro rumbo.

Conclusión
Podrá resultar muy emotivo ver en la película a Raya volviendo junto a Naamari, a pesar de que en cada encuentro esta intentaba asesinarla; pero, en la vida real, Jesús se marchó cuando quisieron apedrearle. No se quedó allí diciendo: “Venga, tiradme todas las piedras que queráis, a ver quién me da”, ni “las esquivaré todas”, ni “me da igual las heridas que me hagáis, luego me autosanaré”. No: se fue. Sin más. Por eso he insistido en que debes analizar cada situación y decidir tú mismo, conforme a las interrogantes que te planteé antes.
Como al principio no puedes saber quién ni cuándo te va a traicionar, será la propia experiencia la que te enseñe de cara al futuro. Es la parte amarga de la vida, pero así es como crecemos, maduramos y aprendemos a seleccionar a las personas de confianza. Puede ser una, dos o las que tú consideres. Recuerda que lo importante es la calidad de la relación con unos pocos, no la cantidad. Y no olvides aquel otro proverbio: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Pr. 4:23). No lo regales ni lo abras a cualquiera, ni mucho menos al traidor que no lo merece ni sabe valorarlo.

sábado, 18 de octubre de 2025

K-Pop. ¿Debes ocultar tus “cicatrices” emocionales? ¿sirven de algo?

 


Me resulta bastante llamativo que, desde hace ya tiempo, sean las películas animadas las que se esfuerzan en transmitir valores –estemos o no de acuerdo con estos-, muy por encima de las interpretadas por actores reales. Mientras que la mayoría de estas se centran en entretener a un público que solo busca distraerse o evadirse del mundo y del ruido que les rodea, las primeras llaman a la reflexión, a mirarse en el espejo y a contemplar qué hay en nuestro interior en multitud de aspectos, incluso en los más peliaguados. Quizá la diferencia se base en la libertad creativa con la que cuentan sus directores, mucha para algunos, escasa para el resto. Y lo atestigua todas las que he analizado anteriormente en el blog[i].
K-Pop: Demo Hunters no es una excepción, sino que viene a confirmar la máxima expuesta. Doy por hecho que los más jóvenes del lugar disfrutaron con las coreografías y las canciones (me gustó sobremanera la melodía de la titulada “Golden”), mientras que los adultos vimos lo que los guionistas quisieron mostrar entre bambalinas, saltos y bailes.
Reconozco que la moda actual sobre el K-Pop, o pop coreano, que combina canciones pegadizas, coreografías muy elaboradas y una estética cuidada al milímetro, me ha pillado desprevenido, más que nada porque la música en general no está entre mis grandes pasiones. Pero hace escasos meses hubo un concierto de uno de estos grupos en mi país, más concretamente en la ciudad de Barcelona y, por los medios de comunicación, pude ver a una muchedumbre de fans, tanto hombres como mujeres, de edades muy variadas, en un estado de éxtasis mental ante la presencia de sus ídolos. Eran unas chicas jovencitas, intuyo que veinteañeras, procedentes de Corea del Sur. Muchos de sus seguidores cantaban al unísono las canciones, lloraban emocionados, y explicaban cuáles eran sus cantantes favoritas y por qué. No me esperaba que fuera un fenómeno cultural global.
Eso sí, por lo que me he informado a posteriori, las presiones que sufren estas artistas, tanto físicas como psicólogicas, son tremebundas: entrenamiento y control extremo (con ensayos que duran meses, con decenas de microajustes en ángulos, respiración y mirada, con coreografías diseñadas digitalmente con animaciones 3D para calcular los tiempos exactos, y que, durante las actuaciones en directo, las intérpretes suelen modular su respiración y ritmo cardiaco juntas, literalmente, para mantener esa exactitud); restricciones en su alimentación, peso, vida privada, relaciones sentimentales y redes sociales; un ideal femenino inalcanzable; falta de control sobre sus propias carreras; un nivel de exposición y exigencia brutal, donde se espera una constante perfección. Aunque sean adoraradas por las masas, que las escrutan al milímetro, no tienen intimidad ni libertad. Esto ha llevado a que varías de ellas se hayan suicidado en los últimos años, por lo que no es tan maravilloso como lo pintan.
Aunque no se ha encontrado una declaración oficial que confirme que la canción Golden fuera concebida como una denuncia directa al sistema del K-pop –como la presión estética/emocional que sufren las idols-, puede interpretarse como reivindicativa, aunque de forma simbólica o metafórica, sutil más que explícita.
Como a mí todo este tipo de cuasi histeria colectiva de los conciertos me causa rechazo –no por la música en sí, sino por el trasfondo, y un día lo argumentaré-, la mera idea de ver una película que giraba en torno a un grupo de k-Pop me tiraba para atrás. Después de varios meses, ante las abrumadoras críticas positivas y listada como la película más vista jamás en Netflix, decidí darle una oportunidad. Los primeros minutos de su visualización me volvieron loco y me explotaron la cabeza. Y no lo digo en el sentido de volverme “fan”, sino por mi intento de leer las letras de las canciones mientras trataba de seguir las imágenes, puesto que ambas transcurrían a una velocidad que superaba mi capacidad de sincronizar las dos tareas. Así que decidí dejar de leer y centrarme en lo que veía.. hasta que comenzaron a sonar varias melodías más lentas, y me di cuenta de que era completamente necesario saber qué decían, puesto que en ella se escondía la verdadera trama.

Las cicatrices de Rumi, ¿un reflejo de nosotros mismos?
(las marcas/cicatrices en los brazos de Rumi, y que no dejaban de extenderse) 

Aunque la historia de Jinu, el antagonista, tiene mucho juego, me centraré en la protagonista principal para no desviar la atención. En esta ficción, Rumi es una de las tres integrantes de la banda Huntrix. Junto a dos amigas Mira y Zoey, celebran conciertos multitudinarios que hacen las delicias de los presentes. Lo que estos no saben es que, fuera de los escenarios, luchan contra demonios ladrones de almas y, con sus canciones, están creando una barrera para impedirles entrar en nuestro mundo, al igual que hicieron todas sus predecesoras.
El gran secreto que escondía Rumi era que su padre había sido un demonio, y de ahí esas marcas que tenía en los brazos. A pesar de que era encantadora, y que no tenía culpa alguna de los actos de su progenitor, durante muchos años temió estar predestinada a seguir sus mismos pasos y hacer el mismo mal, dejándose llevar por la ira que a veces experimentaba en su interior. Sentía pavor a que, si el mundo o sus amigas llegaban a saber la verdad, dejarían de quererla, se alejarían y no le permitirían seguir desarrollando su talento. Así que evitaba ir a los baños con ellas y se tapaba con más capas de ropa. Se sentía avergonzada. Era una pesada losa que llevaba sobre sus hombros. Quería salvarse a sí misma, lo había intentado todo, pero no sabía cómo, ya que ella misma se consideraba un error, alguien que no debería haber existido. Llegó al extremo de rendirse, tanto que le suplicó a Celine, una antigua cazadora de demonios y que la había adoptado tras la muerte de su madre, que acabara con su vida. Una clara reminiscencia y analogía al caso del profeta Elías.
¿Cómo se mostraban Rumi, Mira y Zoey de cara a su público? Perfectas. Idílicas. Siempre sonrientes. Siempre felices. Siempre radiantes y exuberantes. Siempre llenas de vitalidad. Llenas de seguridad. Triunfadoras. ¿Y fuera de cámara, cuando nadie las veía? Tan humanas como tú y yo, con inseguridades y heridas que camuflaban. Además, les enseñaron desde pequeñas a ocultar sus defectos y debilidades.
Es lo mismo que le sucede a casi todo el mundo: tienen miedo a que vean sus partes imperfectas, sus heridas y sus marcas. Para que eso no ocurra y los demás no vean la verdad, se parapetan entre mil capas y esconden su verdadera esencia.
Si radiografiaran al detalle cada uno de nuestros huesos, incluso aquellos que nunca han tenido nada grave como una rotura, se verían pequeñas marcas, de cicatrices, de microlesiones pasadas. Posiblemente, ni recordaríamos que pudieron motivarlas; algunas nos harían recordar algún golpe que nos dimos y que nos llevaría a formular hipótesis de qué lo pudo causar. Pero ¡ay amigo! Si al conjunto de la humanidad se le pudiera hacer una radiografía de su alma, ahí, a todo el mundo, sin excepción, se verían claramente todo tipo de cicatrices, desde pequeñas a enormes. Algunas serían realmente horripilantes. Pareceríamos el monstruo de Frankenstein.
Solo tú sabes qué causó esas cicatrices en ti:

- unos padres que no te amaron o que, al menos, no lo hicieron como tú necesitabas. U otros que no fueron de ejemplo en casi nada y tuvieron una vida desordenada.

- algún tipo de agresión física que sufriste.

- el abuso sexual, el espiritual, el maltrato psicológico, la humillación o ridiculización pública.

- malas decisiones que te llevaron a contraer matrimonio con la persona que no te convenía.

- la muerte de un ser extremadamente querido, agravada si fue por algún accidente trágico o inesperado.

- la soledad, el rechazo, la ruptura de amistades o la traición/infidelidad de un novio/cónyuge.

- sentir que tu esfuerzo no obtiene recompensa, que no cumples las expectativas ajenas o propias, la sensación de inutilidad, o que nadie muestre verdadero interés por tu ser más profundo, como si fueras indigno o invisible.

- palabras que dijeron contra ti y que te hirieron profundamente.

- alguien de tu círculo familiar que era una persona tóxica y disfrutaba esparciendo todo tipo de falacias, desprecios y críticas sobre tu persona.

- el daño que pudiste causar en otros, fuera por mentiras, manipulaciones, egocentrismo, adulterio, críticas malintencionadas, falta de misericordia, revelación de secretos, etc., y que te hacen sentir culpable, o ante ti mismo, por el consumo de pornografía o la realización de actos sexuales depravados.

Bastaría entrevistar a cada una de las personas que han vivido y viven en este planeta, y preguntarles al respecto, y así comprobaríamos que la lista es infinita. ¿Consecuencias de no saber o no haber aprendido a gestionar todo esto? Ansiedad. Depresión. Rabia. Espasmos musculares involuntarios. Enfermedades. Dolores en diversas partes del cuerpo. Los efectos son múltiples, tanto físicos como emocionales.

¿Qué se suele hacer con esas cicatrices?
Por nuestro parte, reaccionamos de maneras diversas ante esas cicatrices internas, y dependiendo de cuáles sean. Aquí veo a cuatro grupos de personas:

1) Las que ocultan a todo el mundo en todo momento. Nunca se abren ante nadie, ni cuentan qué llevan dentro de sí. Sea por desconfianza, por malas experiencias del pasado que le llevaron a no querer exponerse, por no encontrar a nadie que se interese realmente, o simplemente por timidez o vergüenza. Esto les lleva a reprimir sus emociones, aunque por dentro se sientan como una olla en ebullición a punto de explotar.

2) Las que las ocultan casi todo a la mayoría, pero tienen un círculo cercano con el que pueden hablar de corazón a corazón, en función del momento y de cómo se sienten. Estos suelen ser los individuos más equilibrados.

3) Las que no tienen contención emocional, y van proclamando a los cuatro vientos lo terrible que son sus vidas: al vecino, al frutero, al panadero, al compañero de trabajo, al amigo que le soporta y a todo el que se pone por delante.

4) Las que están destruidas por dentro y, sin embargo, ofrecen una imagen externa de “todo me va bien”, donde las lágrimas que florecen en la propia intimidad se ocultan en público bajo sonrisas y bromas.

Seguro que hay más tipos, pero esos son los que he contemplado con mayor asiduidad.

¿Qué hizo Jesús con sus cicatrices? & Las tuyas también tienen sentido
¿Cuándo encontró Rumi la sanidad? ¿Fue cuándo se las quitó? ¡No! ¡Cuando las aceptó como parte de ellas!
Siempre me ha llamado la atención que Jesús conservara sus cicatrices tras la resurrección. Eran muy vistosas: las de las manos y la del costado. Podría haber demostrado que había vuelto a la vida sin necesidad de tenerlas, por mucho que Tomás pidiera verlas para creer. Pero se las quedó, como sello personal. ¿Qué nos quería mostrar con esto? No solo que pagó en la cruz por nuestros pecados, que resucitó para regalarnos la vida eterna, sino que no hay herida emocional o espiritual en este mundo que nos impida seguir adelante y cumplir el propósito asignado por Dios. Incluso la muerte, que para Jesús fue victoria, para nosotros también lo es cuando la ponemos en Su perspectiva. 
Esto nos debe hacer ver que el problema no son las cicatrices, puesto que estas son señal de que “algo pasó” y “se superó”, sino que no se haya formado y que la herida siga abierta de par en par.
El mal que nos acontece en esta vida –sea provocado por terceras personas o por nosotros mismos-, puede servirnos como acicate:

1) para acercarnos más a Dios, como el único que puede tratar esas fracturas abiertas del alma, puesto que vino para sanar a los quebrantados de corazón (cf. Lc 4:18).

2) para ahondar en nuestra confianza en Sus promesas eternas, sabiendo que, al final de la historia, “enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Ap. 21:4).

3) para nuestro propio crecimiento, madurez y, por qué no, para rehacernos y dar un volantazo en determinadas áreas de nuestro ser o de nuestras vidas.

4) para alejarnos de aquello o de aquellos que nos hacen daño con alevosía: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” (Mt. 7:6).

5) para buscar la paz que solo Dios ofrece y, así, hallar ese equilibrio que tanto necesitamos en medio del caos: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14:27).

6) para recordar que Dios sí te ama. Aunque no lo sientas –eso de sentir suele llevar a lo abstracto y subjetivo, difícil de cuantificar, puesto que cada persona lo experimenta de manera diferente-, la verdad imparcial es que te amó, te ama y te amará por siempre:

- “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8).
- “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:16-17).
- “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3-4).
- “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Jn. 14:2).

7) para no olvidar que nada de lo que hiciste y hagas para Él quedará sin retribución (cf. Mt. 9:41).

8) para ir bajo el árbol, bajo la sombra, cuando el camino se te haga cuesta arriba o te veas sin fuerzas, como Elías cuando quiso morir, y Dios lo alimentó con palabras de ánimo y alimento: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).

Alza tu mirada, más allá de ti mismo
Nada de lo mencionado depende de las circunstancias personales, de lo que sientas o dejes de sentir, de las alabanzas, los aplausos, del éxito social o del número de cicatrices que haya en ti. Según Dios, es sí o sí.
Fuera como fuera tu familia, o sea como sea, no te define; ellos son ellos y tú eres tú. La historia de Rumi es un buen ejemplo: la realidad mostró que era más fuerte de lo que ella creía y que su esencia estaba por encima de los vínculos de sangre. En tu caso, exactamente igual.
El pasado tampoco te define, porque no es definitivo. El pasado, aunque no se pueda cambiar, no es un ancla que deba hundirte en el fondo del mar; es una puerta que podemos cerrar –incluyendo al pecado-, abriendo una nueva cada día. Lo que te hayan hecho o hayas vivido no te convierte en una marioneta que otros manejan, ni en esclavo de nadie, si tú les quitas ese poder HOY.
Nada de esto significa “abrazar nuestros defectos, debilidades, errores o pecados”. Tampoco hace referencia a ocultarlos bajo una alfombra y mirarlos de vez en cuando para comprobar que siguen ahí. Incluye reconocerlos, ser consciente de ellos, traerlos al Trono de la Gracia, hallar el perdón y restituir si es necesario hacerlo.
Nada mejor que terminar con “What It Sounds Like”, una de las canciones de la película, y que condensa lo que hemos analizado a lo largo y ancho de este escrito, donde reconocer el valor de las propias cicatrices y la verdad que ellas muestran, lo son todo para afrontar las tinieblas, de la mano de Dios, que está SIEMPRE con nosotros:

Ahora solo la verdad.
Solo la prueba de lo que soy.
Lo peor de mis orígenes, las marcas que me avergüenzan.
Cosas que ni siquiera yo entiendo.
Intenté arreglarlas. Intenté combatirlas.
Estaba hecho un lío, dividida.
Todas mis mentiras chocaron, no sé por qué no confié en que estaríais a mi lado.

Me rompí en mil pedazos y no hay vuelta atrás, pero ahora veo la belleza del cristal roto.
Las cicatrices son parte de mí, oscuridad y armonía.
Mi voz sin mentiras suena así.
¿Por qué tapé los colores de mi interior?
Debería haber dejado que mis heridas tocasen la luz.
Enséñame tu interior.
Yo encontraré tu armonía.

La canción que no pudimos escribir suena así.
Destruimos el silencio, nos alzamos desafiantes.
Gritamos en el vacío, que no estáis solas.
Escuchamos a los demonios y nos separaron.
Pero ninguna está aquí sola.
Fuimos cobardes y mentimos.
No somos heroínas, pero sobrevivimos.
Soñadoras, luchadoras, la verdad es que estoy cansada.
Pero echaos al fuego y me tendréis a vuestro lado.

Nos rompimos en mil pedazos y no hay vuelta atrás, pero ahora vemos la belleza del cristal roto.
Las cicatrices son parte de mí, oscuridad y armonía.
Mi voz sin mentiras suena así.
¿Por qué tapamos los colores de nuestro interior?
Dejemos que nuestras heridas toquen la luz.
Enséñame tu interior.
Yo encontraré tu armonía.
Sin miedo, sin definir, suena así. 


[i] - Inside Out (2ª Parte): Aprendiendo del dolor & Los recuerdos y nuestras islas de la personalidad. http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/02/inside-out-aprendiendo-del-dolor-los.html

- El gato con botas: ¿Como cambia la vida, y todo, mirar a la muerte “cara a cara”? https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2023/05/el-gato-con-botas-como-cambia-la-vida-y.html

- Coco. El Día de los Muertos, en México, y el Día de Todos los Santos, en España (1ª parte). https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2024/10/coco-el-dia-de-los-muertos-en-mexico-y.html

- Coco. No, los muertos no se pasean entre nosotros & El peligro de dichas creencias (2ª parte). https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2024/10/coco-no-los-muertos-no-se-pasean-entre.html

- Onward. El dolor de la muerte de tus padres & ¿Quedaron cuentas pendientes? (1ª parte). https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2025/05/onward-el-dolor-de-la-muerte-de-tus.html

- Onward. ¿Siguen vivos tus padres y te llevas mal con ellos? & El aprendizaje que puede haber detrás (2ª parte)

sábado, 4 de octubre de 2025

Materialistas. ¿Hombres y mujeres que buscan el amor o a un “unicornio”?

 


“Patricia, ya sé que con cada año que no consigues marido tus expectativas aumentan de forma exponencial, pero eso no significa que vayas a tenerlo ya. Tampoco que puedas pedirlo a medida porque esto no es una simulación. Si el servicio que yo ofrezco fuera fabricarte un hombre, podría fabricarte un hombre con todo lo que hay en esa lista. Pero no hago eso. No se trata de un coche o una casa; se trata de personas, personas, personas, personas, y son como son. Y lo que yo puedo ofrecerte es un hombre al que lograrás tolerar los próximos cincuenta años y al que tú le gustes. Y no eres un chollo, porque esto no es un mercadillo”.
Estas palabras salen de la boca de Lucy (Dakota Johnson), la protagonista principal de la película “Materialista”, y están dirigidas a una de sus clientas, que le presentó varios folios con todos los requisitos que buscaba, al mismo tiempo que decía que se lo merecía porque ella “era un chollo”.
Tras abandonar la universidad y fracasar como actriz, Lucy descubrió que se le daba muy bien trabajar como matchmaker. Esto consiste en organizar citas para personas afines que están buscando una relación sentimental. Suele ser bastante exitosa en su labor, ya que muchas de ellas llegan a buen puerto, terminando en boda. Pero en este caso, dolida por una mala experiencia anterior, llega al hartazgo más absoluto y explota. Ni que decir que Patricia se dio de baja del servicio.
No sé por qué han promocionado esta historia como una comedia romántica, cuando no lo es en absoluto. Trata de ofrecer una mirada crítica, de forma aguda y punzante, a uno de los grandes temas de la humanidad: las complejidades de lo que buscan los seres humanos respecto a una pareja.

Las expectativas de hombres y mujeres
La mejor manera de comprobar si las expectativas de las personas son realistas o exageradas, y el por qué de las mismas, será comenzando por dar un vistazo a los requerimientos que demandaban los clientes a Lucy:

- Un hombre poco agraciado físicamente y cercano a los cuarenta años, quería la combinación de todas las cosas buenas de las últimas cuatro citas: el trabajo y el nivel educativo de una, el cuerpo y estilo de vida de otra, la cara y el buen gusto de la tercera, y los hobbies y gustos en series de televisión de la más reciente.

- Otro hombre, en este caso de cuarenta y ocho años, solicitaba una mujer más madura, con la que poder charlar, más hecha, que hubiera visto películas antiguas. La quería así porque sus novias anteriores tenían veintiuno y veinticuatro años respectivamente y las consideraba inmaduras. Cuando Lucy le ofreció conocer a Sophie, de treinta y nueve, él dijo tajantemente que no. Igualmente, rechazó a otra de treinta y uno, incluso de veintinueve. Quería, sí o sí, a una de veintisiete, puesto que, según él, se llevaba mejor con las veinteañeras.

- Un chico asiático demandaba una mujer que físicamente fuera su tipo, que estuviera en forma, y afirmaba que le daba igual su forma de ser. Nada más.

- Una chica pálida, tímida y con un punto extraño en su expresión, quería solo a hombres blancos. 

- Este caso es el más estrambótico, y quiero verlo como una hipérbole, aunque no me extrañaría que se dieran: una mujer de cuarenta y nueve años, con tres hijos, que no había salido del armario, quería a una “cristiana lesbiana conservadora” que no quisiera gatos, sino perros.

Estos ejemplos pueden sonar exagerados, pero recordemos que la intención que subyace en este tipo de obras es meter el dedo en la llaga y mostrar lo que sucede en la vida real, aunque para ello deba magnificar lo que cuenta.
Como en el caso de Patricia y el resto de personajes citados, en el día a día nos encontramos muchas semejanzas con lo que ellos piden. La realidad no se aleja mucho de la ficción. En esta era de las redes sociales, de las aplicaciones de citas, de las mil opciones, muchos creen que se puede meter en una batidora todos los elementos que se busca en una pareja y voilà, saldrá tal y como la quieren. Unos buscan cierta edad, altura, educación, gustos o personalidad, y otros una determinada belleza y físico o estatus socioeconómico. La variedad es tan grande que es infinita. De la misma manera, se rechaza a buenas personas o pretendientes porque no cumplen exactamente lo que demandan. Pueden tener algo de esto o aquello, pero si les falta otros aspectos, se descarta.

Buscando al unicornio
Y es aquí donde nos encontramos a Harry, interpretado por el últimamente omnipresente Pedro Pascal. Poco a poco, conquista a Lucy, algo que parecía imposible. Ella no terminaba de entender que un hombre como él quisiera estar con una mujer como ella.
En una de sus cenas, Lucy le describe a Harry cómo lo ve: inteligente, con ingresos ideales, educación ideal, estilo de vida ideal, altura ideal, muy guapo, con un buen cuerpo, encantador. Además, nació rico, es rico y seguirá siéndolo toda su vida. Vive en un ático en una zona lujosa de New York. Se puede permitir invitar a un restaurante lujoso sin necesidad de que sea un día especial. No es adicto a las drogas ni a las chicas de compañía. Sabe el corte de pelo que le beneficia. Viste elegante y tiene buen gusto. Todo eso le atribuye. Como termina diciendo, un diez sobre diez en todas las categorías. Es perfecto.
En su trabajo, Harry es lo que se considera un “unicornio”: “eres una fantasía imposible pero la prueba de que existen. Esto hace que las clientas no rebajen sus expectativas buscando ese unicornio”.
¿Por qué sucede esto? ¿Por qué en este siglo se ha llegado a ciertos extremos? La respuesta a estas preguntas es muy sencilla: hasta no hace mucho tiempo –en la era predigital-, las posibilidades de conocer innumerables personas era más limitada: se conocían en el pueblo, en la barriada, entre las amistades de los más cercanos, o en los colegios, universidades y trabajos. Hoy en día, a través de mil formas en Internet, puedes buscar lo que sueñas como si mirases muebles y más muebles en el catálogo del Ikea. Puedes conocer a una dulce que vive en Uruguay y que trabaja en una empresa de logística o a un caucásico que se dedica a viajar por todo el mundo como si fuera Willy Fog.
Puedes ver mil rostros, conocer mil individuos con caracteres muy diferentes y, claro está, esto te lleva a comparar entre todos ellos. De esa manera, te formas en tu mente un “otro” ideal, que reúne unas u otras características. Esto hace que el más próximo, el vecino, el que ya conoces, no te resulte atractivo ni te emocione.
En todas esas aplicaciones, las alternativas nunca acaban: siempre habrá alguien mejor, siempre habrá alguien que te llamará más la atención por algún rasgo en concreto, y entonces surgen las dudas: ¿y si me equivoco? ¿Y si me he perdido al amor de mi vida porque no miré un millón de perfiles más? ¿Y si me estoy conformando con poco? ¿Y si me merezco mucho más? Esto termina conduciendo a un casting que nunca acaba y a la hipergamia extrema.
Es evidente que el cine, el mundo de la moda, la imaginación que idealiza y perfecciona, e incluso la pornografía –que no solo afecta ya a los hombres, sino también cada vez más a las mujeres-, han influido soberanamente en la percepción que se tiene del sexo opuesto y lo que se anhela. Internet solo lo ha multiplicado.

¿Dónde está el listón?
Esto nos lleva a los listones que suelen darse:

1) durante la juventud y la formación del carácter –que todavía peca de inmadurez-, lo que prima es la búsqueda de la belleza y del chico o la chica divertida o simpática. Por eso se ven tantas relaciones de noviazgo tremendamente superficiales, o con el malote de turno y la persona tóxica. El listón está muy bajo.

2) durante la “segunda juventud”, donde ya se ha madurado –al menos en teoría-, y se han tenido más experiencias, tanto positivas como negativas, agradables o desagradables, se busca ese “dios” o “diosa”, tanto por fuera como por dentro, que se ajuste exactamente a lo que se tiene en mente. De ahí que muchos salten de relación en relación cada poco tiempo, buscando el “unicornio”, o porque su lista de exigencias parecen sacadas de un guion de Hollywood y no existen.

3) durante la “nueva juventud” –entre la mitad de la treintena y los cincuenta-, el listón comienza a bajarse a marchas forzadas.

Es el caso de Sophie, abogada. Para Lucy es su clienta favorita, y dice esto de ella: “no tiene nada malo. Bien de físico, de dinero, de educación, pero no tiene cualidades que destaquen. Un encanto. Es realista, no loca, buena tía”, y se pregunta si “no habrá hombres que simplemente quieran estar con una buena tía”.
Tras una primera cita, ella queda entusiasmada, deseando volver a verlo. ¿Qué sucede? Que el cliente no pensaba igual, y llama a Lucy para darse de baja, bajo estos argumentos: “te pedí que me presentaras a una mujer premium, treintañera, y tiene cuarenta”. A lo que Lucy responde: “Tiene treinta y nueve”. Y él replica: “Eso es cuarentona. La quería con sonrisa bonita y en forma, cuando está gorda. No le daría match en una app”.
Cuando ella se entera, se le viene el mundo encima y sus ojos se llenan de lágrimas. Con razón, se siente dolida y ofendida, y llega a decir: “Pero ¡quién se ha creído! Es incluso calvo”. Y sentencia que ya ha bajado mucho el listón. Lucy trata de animarla, prometiéndole que se va a casar con el amor de su vida, algo que Sophie no cree. Para mí esto es un gran error, una hermosa falacia, pero falacia, al fin y al cabo. Nadie puede asegurar que algo así vaya a suceder. Si así fuera, todo el mundo se casaría y sería “feliz”, cuando sabemos que no siempre se da el caso. Aunque hace bien la película en no cerrar esa parte de la trama –nunca vemos a Sophie hallar lo que busca-, el mensaje de Lucy –esa promesa- es errado, puesto que puede dar lugar a falsas esperanzas.

¿Debes bajar el listón? El equilibrio y la lógica
¿Habrá unicornios? Supongo que sí, pero incluso en ese caso no son perfectos. Al final de la historia, descubrimos la razón de las cicatrices que Harry tenía en las piernas: se sometió a una dolorosísima operación para que los huesos, al recomponerse, crecieran quince centímetros; pasó de medir 1,67 a 1,82. Como él cuenta: “mereció la pena el dolor y la inversión. Me cambió la vida, sobre todo con las mujeres. Eran ellas las que se acercaban a hablarme. Simplemente, aumentó mi valor en el mercado”. Incluso Lucy reconoce que también había hecho otra “inversión”: se había operado la nariz y el pecho.
Para no dejarte llevar por fantasías imposibles, es hora de que dejes de poner el listón a una altura u otra. Tienes que ir al fondo del asunto y ver qué aspectos de tu vida podrían congeniar con los de otros. Por ejemplo:

- si buscas una persona que quiera formar una familia, es una malísima decisión juntarse con alguien que te quiere solo para divertirse en la alcoba, cuya compañera de baile principal es el alcohol, cuyo proyecto de vida difiere completamente del tuyo, que no quiere comprometerse, ni anhela hijos bajo ningún concepto.

- si buscas alguien cariñoso, amable e íntegro, tener por pareja a alguien apático, déspota, mentiroso o infiel es un error de base.

- si para ti es muy importante una persona intelectual, la persona más adecuada no será la que frecuenta el mundo de la noche o que todo su tiempo libre lo dedica a consumir redes sociales o telebasura.

- si quieres alguien con valores éticos y morales semejantes a los tuyos, es un despropósito unirse a alguien opuesto a ti. El no unirse en yugo desigual que Pablo manda a los cristianos (2 Co. 6:14) es igualmente aplicable entre aquellos que no lo son.

Eres tú el que debes plantearte qué buscas. Viéndolo así, lo canalizarás de otra forma; un punto donde primará la lógica y las sanas expectativas.

Lo negociable vs Lo no negociable
Esto no consiste en bajar o subir un listón; se trata de ver qué es REALMENTE importante, qué es negociable y qué no:

1) A menos que tú seas igual, y sabiendo que eso no acabará bien, se puede, y se debe, decir no a personas malsanas, manipuladoras, promiscuas, exhibicionistas o con serias dificultades para amar o mantener conversaciones saludables.

2) Es una necedad, y una prueba de infantilismo, rechazar a alguien porque mide menos que tú, porque tiene el pelo rizado o lacio, porque su coche no es de alta gama o porque los zapatos que usa no tienen caché.

3) De igual manera, buscar clones, princesas o príncipes Disney, también lo es, y está fuera de la razón más elemental. No todos, ni mucho menos, son Pedro Pascal o Dakota Johnson.

Siempre habrá algo que no te guste y algo de ti que no le gustará al otro. Debes ver qué es tolerable y qué no lo es, y qué puede provocar que os haga ser compatibles o incompatibles.

El ingrediente que cambia el sabor de todo
Nos queda por saber cómo acabó la historia de Lucy. Se suponía que hacía una gran pareja con Harry, que ambos habían encontrado exactamente lo que buscaban… pero faltaba el ingrediente principal: el amor. No se amaban, por lo que, amigablemente, rompieron.
Esa fue la razón principal de que se prendara de Harry: su opulencia financiera, ya que ella se crio siendo pobre, y con él ya no lo iba a ser nunca más. También porque alimentaba el ego de Lucy con sus palabras, puesto que le decía que veía el valor en ella, afirmando que le daba confianza, que le inspiraba, que sabía cómo funcionaba el mundo, que sabía más que él. Y que todo eso eran valores intangibles. Pero la realidad era la que era: no se querían.
Esto nos hace ver, una vez más, y como he repetido en diversas ocasiones, que el amor no es algo que se pueda forzar, ni surge invariablemente por la suma de ciertos elementos concretos, por muy buenos que sean estos. Normalmente, aparece de forma espontánea y de forma casual: te das cuenta de que es con esa persona en concreto con quien mejor te sientes, más cómodo, más tú, más vosotros, más todo, y que mezcláis bien. Y ahí no hay diálogos preparados, ni existe un guion predeterminado. Tampoco suele suceder en una cita perfectamente preparada, sino en medio de la vida cotidiana, sentado en un banco mientras compartes risas con una hamburguesa que os llena la boca de kétchup o paseando mientras habláis el uno con el otro de todo lo que os importa.
Entonces, ¿a quién amaba Lucy? A John (Chris Evans), su antiguo novio, al que dejó porque era pobre y no podía darle la vida que ella deseaba, lo cual le hizo sentir muy egoísta.
¿Y qué hay de John? Dejamos que sea él quien hable de sí mismo, puesto que así lo hizo con Lucy tras volverla a ver después de cinco años: “Como amigo te diría que es mala idea casarse con alguien como yo: camarero de treinta y siete años. Que no sabe qué hacer con su vida. Que sigue compartiendo piso. Que no puede prometer que no vaya a ser más pobre. Que tiene 2000 dólares en el banco en la ciudad más cara del mundo, mientras intenta ser actor porque alguien le dijo que se le daba muy bien”.
A pesar del rechazo de Lucy, estaba tan desesperado que contestaba a sus llamadas, la llevaba en el coche o hacía de apoyo emocional cuando se sentía mal. En definitiva, se dejaba usar y mendigaba por su amor. Y, con todo, la seguía amando y quería casarse con ella: “cuando veo tu cara veo arrugas, canas e hijos que se parecen a ti”. Si rompieron en el pasado fue por lo que dice el dicho: “no es que fueras feo, es que no tenías dinero”. De ahí las palabras de Lucy tras el reencuentro: no soy buena persona. Juzgo a todo el mundo. Soy materialista y fría. Te dejé porque no tenías dinero. Te he hecho daño una y otra vez. Y pienso si estaré siempre montado en tu coche cutre. En tu habitación cutre. Sentado frente a ti en un restaurante cutre, discutiendo por 25 dólares. Estoy sopesando si estar contigo con todas esas cutreces sale a cuenta. Hago números. Así es como soy. ¿Cómo puedes seguir queriéndome?”.

Aprendiendo de dos cavernícolas
La película comienza con la misma pareja de novios. Y no, no son ninguno de los mencionados hasta ahora. Ambas escenas nos transportan a una cueva, donde vemos a una mujer cavernícola, de hace miles de años. Allí sale al encuentro del hombre al que amaba: él le trae unas sencillas flores y le muestra unas herramientas que ha forjado para la caza y la recolección. ¿Y la ropa? Unas sencillas pieles desgastadas para cubrir la desnudez y protegerse de las inclemencias del tiempo. ¿Qué llamaba la atención de sus físicos? ¿Que eran figuras esbeltas, forjados en un gimnasio o en un quirófano? Nada de eso. Cejas abundantes. Uñas largas. Dedos sucios y negros del trabajo. Barba descuidada en él y ausencia de maquillaje en ella. Y doy por hecho que no olerían a perfume, ni caro ni barato. El contraste físico y de imagen entre esta pareja de cavernícolas y Lucy/John es brutal, como puedes ver en la imagen que muestra sus manos en el momento de pedirse en matrimonio.


Pero, más allá de eso, la esencia es la misma en los cuatro, y ahí está la enseñanza profunda: lo que les unía no era el dinero que tenían, las posesiones materiales, la vestimenta que los adornaba, el número de viajes realizados a lugares exóticos, sino la ternura, el deseo de cuidarse el uno al otro y de tener una vida en común. Ni artificios, ni lujos, ni gaitas. Sencillez y amor, como la oferta que le lanza John a Lucy: “Te quiero ahora igual que te quise antes. Te querré hasta el día de mi muerte. Es una garantía de por vida. Es mi oferta final y no puedes negociar porque no hay nada más que pueda darte”. Ante lo que ella responde: “Hecho”.
Por desgracia, hoy en día, lo que es elemental ha sido distorsionado por las comparaciones con las vidas ajenas, por el individualismo descarnado, por las redes sociales, por las aplicaciones de citas, por la búsqueda de estatus, por la promiscuidad y por las relaciones carentes de significado y profundidad. Esas son las razones de tanta fragilidad en las parejas actuales y del porqué los vínculos no son duraderos.
Es hora de volver a lo básico. Es hora de tú –sí, tú, que estás leyendo estas líneas por razones que solo tú conoces-, asimiles y hagas tuyas las verdades aquí mostradas. Y no, no estoy diciendo que imites la estética o huelas como un cavernícola, sino que tomes de ejemplo la forma en que vivieron el amor esta pareja que acabó en matrimonio: dos que, sin perder sus individualidades, se funden en uno y caminan por la vida de la mano.

* Si quieres leer más sobre estos temas, en el blog tienes dos etiquetas dedicadas a ellos:

- De hombres y mujeres.
- Crónicas de los solteros.