lunes, 23 de marzo de 2015

Islamofobia, Charlie Hebdo, la hipocresía occidental y la única solución



París. 7 de Enero de 2015. 11 de la mañana. Dos hombres encapuchados y armados con fusiles de asalto Kaláshnikov, interrumpieron en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo al grito “Al-lahu-àkbar” (“Alá es grande” en árabe), asesinando a doce personas, incluyendo al director y a dos agentes de policía, rematando a uno de ellos en el suelo sin ningún tipo de piedad. Según ellos, estaban vengando la afrenta causada por la publicación en dicho medio de unas caricaturas del “profeta” Mahoma. Tres días después hallaban la muerte a manos de las fuerzas especiales francesas, a la misma hora que otro terrorista era abatido en un supermercado, tras haber asesinado a cuatro rehenes, todos ellos de nacionalidad judía.
Actualmente, las potencias occidentales están tomando medidas para hacer frente a este tipo de terrorismo. Vigilancia en infraestructuras como aeropuertos, centrales eléctricas y nucleares, despliegue del ejército en diversos lugares críticos, redadas contra grupos que planean atentados, detención de decenas de sospechosos, control de pasajeros que vienen de países en guerra como Siria, etc. Estas son algunos de los pasos que ya han puesto en marcha diversas naciones. Pero, como bien dijo la vicepresidenta del Gobierno español Soraya Sáenz de Santamaría: “El riesgo cero no existe”.  
Sin querer ser pájaro de mal agüero y, aunque no sea políticamente correcto, es evidente que, tarde o temprano, se producirá un nuevo atentado, en mayor o menor escala, con mayor o menor virulencia, y con más o menos víctimas (mientras escribo estas líneas, se ha producido uno más en Dinamarca, en una mezquita de Yemen con más de 130 muertos, y el último en Túnez, con al menos 19 personas asesinadas, siendo dos de ellas un matrimonio español que celebraba sus bodas de oro. Atentados reivindicados por el autoproclamado Estado Islámico o por alguna de sus “sucursales”).
Los ejemplos de la historia reciente vaticinan que esto no va a parar: la destrucción de las Torres Gemelas que segó miles de vidas el 11-S; la explosión de cuatro trenes el trágico 11-M en Madrid con 192 muertos y 1858 heridos; un autobús y tres vagones del metro en Londres en 2005, con 56 fallecidos y más de 700 heridos; el asalto a un centro comercial de Nairobi (Kenia) en 2012, con 72 fallecidos y más de 200 heridos; etc. También en 2012, Mohammed Merah asesinó en Francia a 7 personas, incluyendo a tres niños de un colegio de Toulouse. Ese mismo año detuvieron a varios terroristas que planeaban un ataque con aviones de aeromodelismo cargados de explosivos contra un centro comercial de mi ciudad. Esa es una pequeña parte de la estela que ha provocado el terror. La lista es mucho más amplia.

¿Hay razones para temer el Islam?
Desde aquel fatídico día en París, grupos ya existentes como los “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente” (Pegida por sus siglas en alemán) o el Frente Nacional Francés, han tomado fuerza en los últimos meses, solicitando incluso la expulsión de los musulmanes de sus tierras y el fin de la diversidad cultural. Estos movimientos son considerado xenófobos, racistas y fascistas por los principales gobernantes mundiales. A aquellos que avisan de los peligros del Islam se les califica directamente de “Islamófobos”, en un sentido de “asco” y “animadversión”. Es más, por citar un ejemplo, el Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid en el área de Estudios Árabes e Islámicos, Fernando Bravo López, en su tesis Islamofobia y antisemitismo: la construcción discursiva de las amenazas islámica y judia (2009)[1], señala que considerar el Islam como tal una amenaza es Islamofobia. Disiento completamente de su percepción. En realidad, el término fobia significa “miedo irracional, obsesivo y angustioso hacia determinadas situaciones, cosas, personas, etc.”. En mi opinión, no es un miedo irracional hacia determinados sectores que se consideran islámicos, sino un miedo basado en la evidencia.
Sin ser catastrófico ni querer ser alarmista, humanamente hablando (no como cristiano), hay razones de mucho peso para inquietarnos ante sectores muy concretos que se identifican con el Islam, aunque muchos musulmanes no se sientan representados por ellos. Independientemente del concepto que algunos hagan sobre la violencia en el Corán, también hay otros aspectos culturales derivados de su libro sagrado que para Occidente van a ser realmente problemáticos en un tiempo cercano, como ya estamos vislumbrando. En algunos casos, por cómo se está llevando a cabo la “integración” de estos inmigrantes en suelo europeo (que, a este paso, con el tiempo serán mayoría), con claras injusticias sociales que aisla en guetos a comunidades enteras sin trabajo ni futuro, aunque luego se les aplique algunos derechos sin obligaciones para mantenerlos medianamente tranquilos. En otros, por la aplicación de la sharia (Ley Islámica) en diversos países de corte dictatorial (aunque se camuflen como democráticos en sus relaciones con Occidente), donde las mujeres y las niñas son las principales víctimas y que los que se “convierten” al cristianismo son perseguidos e incluso asesinados. Y en último lugar, por la violencia desmedida y sin fin de grupos como Al-Qaeda o Al-Shabaab en Somalia y Nigeria, sin olvidar al naciente Estado Islámico, que controla amplias zonas en Irak y Siria, y amenaza con extenderse a más países de la región (como Libia), queriendo imponer su versión del Islam por medio de la fuerza, y que amenazan con atacar Europa de una manera u otra. Ante todo esto y como reacción, posiblemente nos toque contemplar cómo la extrema derecha tome con el tiempo el poder en algunos países europeos. Si esto llegara a extenderse, las consecuencias pueden ser impredecibles.
Expresar mi opinión no me convierte en “anti-nada” ni estoy a favor de movimientos como Pegida, por lo que no odio a los musulmanes ni los encasillo a todos por igual. El llamamiento de Jesús es a orar por ellos y a amarlos. Llevo desde 1998 trabajando cada verano en el Puerto de mi ciudad, y en apenas un par de meses pasan más de un millón de pasajeros con destino a diversos países africanos. Allí trato con personas que se muestran amigables y cordiales; y con otras que no lo son tanto, que provocan que la sangre hierva en diversos momentos de tensión y que mis ojos han contemplado estupefacto, siendo necesaria en casos extremos la intervención de los Antidisturbios de la Guardia Civil. Aún así, aunque sean muy llamativos, son casos aislados y puntuales. Y esto sucede igualmente en muchas partes del mundo, independientemente de la religión que practiquen, de que sean ateos, blancos o negros, o de diferentes nacionalidades.
El odio surge en el momento en que los etiquetamos y nos olvidamos que son seres humanos que han sido educados de una manera determinada, sin control alguno sobre los valores que les han inculcado desde jóvenes. Cuando perdemos esto de perspectiva, caemos en el fanatismo. Cuando olvidamos que nosotros podríamos haber nacido en esos países y haber compartido las mismas creencias, caemos en la repulsa personal. Y eso es un grave error.

Yo no soy Charlie
No comparto el lema Je suis Charlie” (Yo soy Charlie), tan de moda últimamente para identificarse con la revista donde trabajaban los asesinados en París. Lamento profundamente la pérdida de sus vidas y comparto el dolor de compañeros, amigos y familiares. Y nada justifica la deleznable acción que cometieron contra ellos. Pero esto no elimina lo que pienso sobre la forma que tenían de expresarse. El Primer Ministro británico, David Cameron, dijo: “Creo que en una sociedad libre, hay derecho a ofender a las religiones”. Y afirmó ser cristiano. Si realmente lo fuera, sabría que el mismo Pablo enseñó claramente que la libertad de conciencia tiene un límite: no ser de tropiezo a terceras personas, en el sentido negativo del término.
La libertad de expresión no es ilimitada. Hace unos meses, Iker Casillas, portero del Real Madrid y de la selección española, colgó en una red social una foto de pareja y su bebé. Una persona desalmada escribió: “Tíralo al agua, a ver si flota”. Iker le contestó con toda contundencia. Para defender la libertad de expresión no podemos basarnos en el “todo vale”. La educación y el respeto tienen que ir de la mano de la libertad. Por eso dijo Santiago: Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto [...] Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, !!cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! [...] Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?” (Santiago 3:2,5,9). Todo tiene un límite y Charlie Hebdo no es una excepción. Creer lo contrario solo conduce al odio.
Puedo expresar con total libertad mi desacuerdo con el Islam. Puedo mostrar –como haré en su momento, las enseñanzas del Corán que son sumamente controversiales en diversos temas, como el uso de la fuerza contra los llamados “infieles” o el valor que se le concede a la mujer y su posición en la sociedad. Puedo decir sin tapujos que, en su esencia, el Islam no es una religión de igualdad, a pesar de lo que nos quieren vender muchos políticos occidentales y los propios musulmanes europeos (reconociendo por mi parte que muchísimos de ellos están en contra de la violencia –el porqué lo explicaremos en su momento). Puedo esforzarme en entender las razones por las cuales diversos círculos del Islam consideran a los terroristas como fanáticos, fruto de una perversión del verdadero Islam, que interpretan incorrectamente el Corán y que se sirven del nombre de “Alá” para cometer sus fechorías. Y puedo manifestar con total libertad la manera en que aplican sus creencias.
Nada de esto es fomentar el odio o los prejuicios, sino mostrar con claridad lo que no se puede negar y así aportar un poco de luz en este peliagudo asunto, hablando claramente de los diversas escenarios que se pueden presentar en un futuro cercano.
Ahí está mi libertad de expresión. ¿Qué se sentirán ofendidos por señalar el estilo de vida que llevó Mahoma, junto a muchas de sus enseñanzas? Sin duda. Esto sucede siempre que se disiente del punto de vista de otras personas. Los mismos judíos se sentían ofendidos cuando Jesús les mostraba cuán errados estaban. Pero recordemos que las palabras de Cristo no tenían un afán destructivo. Su fin era corregir y llevar a sus oyentes a reflexionar sobre la senda correcta para que pudieran cambiar. Por eso mi libertad no radica en mofarme de los musulmanes de diversas maneras, sea con viñetas satíricas o escritos grotescos. En ese sentido, “yo no soy Charlie”.

La hipocresía del Occidente postmodernista
Occidente se considera superior al mundo islámico porque tecnológicamente está más avanzado y porque contempla el atraso en que viven sumergidos muchos países donde los musulmanes son mayoría, incluso en casos extremos igual que en la Edad Media. También nos creemos mejores porque nuestros derechos humanos son superiores a los suyos y la mujer tiene derechos que no poseen en otros países. En cierta manera, en nuestros países ondea la democracía, algo que no abunda en otros lugares. Estas características son reales, pero eso no nos convierte en “mejores”. La moral occidental también posee unos “valores” trágicos y abominables. El problema es que solemos ser selectivos con lo que nos gusta y con lo que no: lo que está bien para nosotros, simplemente está bien porque así lo creemos. Pero ellos no son ciegos y ven la hipocresía del occidente postmodernista, donde Dios es negado y las raíces judeo-cristianas abandonadas, donde todo gira en torno al ser humano, el nuevo “dios”. Observan la corrupción moral y política de sus dirigentes. Contemplan las desigualdades sociales, donde miles de familias sin recursos económicos son desahuciados de sus viviendas y tienen que recurrir a comedores sociales, mientras otros viven prácticamente en un paraíso terrenal. Contemplan un mundo donte el aborto se considera un derecho. Contemplan a millones de personas a las calles para manifestarse en contra del terror que provoca el fallecimiento de varias decenas de individuos, mientras nadie mueve un dedo por países como Siria, enfrascada en una guerra civil con más de 200.000 muertos, y cuyo dirigente sigue en el poder a pesar de haber usado armas químicas contra su propio pueblo.
Contemplan la doble vara de medir la realidad: “asesinato de inocentes” cuando los fallecidos son occidentales y “daños colaterales” cuando los países de la OTAN bombardean alguna ciudad, sin ningún tipo de compensación o ayuda para los familiares de las víctimas. Se denuncia las condiciones de esclavitud y de “obra de mano barata” de los trabajadores que construyen los estadios de fútbol de Qatar, pero no hay problemas en organizar el Mundial allí por intereses económicos. Se denuncia la falta de libertades sociales de las mujeres en Arabia Saudí, pero se firman acuerdos comerciales multimillonarios con sus líderes. Los políticos más poderosos del mundo organizan eventos donde, con caras largas y serias, señalan los horrores de tal o cual guerra, al mismo tiempo que venden tanques, aviones, fusiles y todo tipo de artillería pesada. Se critica a determinados estados por la violación sistemática de los derechos humanos, al mismo tiempo que se hacen negocios con ellos que reportan miles millones en beneficios. 
Los musulmanes vienen a los países del Mediterraneo y son testigos de cómo miles de jóvenes “adoran” al dios “alcohol”, que necesitan para desinhibirse. Se les critica por tratar a las mujeres como objetos sexuales, cuando aquí el uso de la prostitución está muy extendido por los mismos países que “producen” millones de videos pornográficos, tanto profesionales como caseros.   
Ven a personas que se llaman a sí mismas cristianas que no viven como tales y que incluso se odían entre ellos; los mismos que se burlan del amor que profesan hacia su libro sagrado y que no conocen el suyo propio, como es la Biblia. Nos enojamos cuando les escuchamos clamar por venganza, pero nosotros gritamos de la misma manera cuando somos los afectados. Los tachamos de inmorales por ser polígamos, cuando aquí el adulterio, la infidelidad y el sexo antes del matrimonio están a la orden del día. Los menospreciamos por sus túnicas o porque llevan un pañuelo en la cabeza, pero aquí no hay ningún problema en vestir sin pudor. Nos reímos de sus creencias por considerarlas infantiles, pero creemos en el Horóscopo, el Tarot y demás métodos de “adivinación”. 
Los occidentales consideran que su “ética” es la correcta y deseable, pero que la de los musulmanes es inadmisible. ¿Pero de verdad creemos que ellos son ciegos y “bobos”? ¿Qué Occidente es, en general, un “mundo mejor” para vivir? Es evidente. Pero la verdad es que, ante todas las circunstancias señaladas y ante toda esta hipocresía, buena parte de Occidente no tiene ninguna autoridad moral para indicarle a los musulmanes cómo tiene que pensar, sentir y vivir.
Está claro que el Islam no es el único problema de este mundo. Querer culparlos de todos los males es pura ceguera y reducirlo todo a “héroes” (nosotros) y “villanos” (ellos). El capitalismo voraz, el hedonismo, el materialismo, el egoísmo personal, la mentira, las dictaduras y los estados totalitarios, la hipocresía, la doble ética o la ausencia de ella, la xenofobia, la corrupción de menores desde los mismos medios de comunicación, el consumo de drogas, los empresarios que solo miran por sus intereses, las desigualdades sociales, las enfermedades causadas por la misma perversión sexual, e incluso las versiones distorsionadas del cristianismo, nos dan una visión global de la maldad del ser humano en general. Es la sociedad que hemos construido entre todos y es el precio que estamos pagando. No es para estar muy orgullosos. Nos seguimos matando por una bandera y por nacionalismos, por pedazos de tierra, por las ansias de poder, de dominio y de grandeza que abusa del débil, por los recursos naturales y por los sentimientos de superioridad respecto a otras etnias. Todo como consecuencia de la maldad innata que habita en el corazón de cada ser humano, y que se expresa de diversas maneras. En nuestro interior residen tanto la luz como las tinieblas.

La misma solución para todos
Como cristiano que soy, repito la palabras que pronunció Pablo en Atenás hace 2000 años: Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia” (Hechos 17:30-31). El texto es claro: A todos los hombres en todo lugar. ¿Por qué?: Porque Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2.1-6), ya que Él los ama a todos. Ahí está Su grandeza.
Esto va dirigido a todas las personas, sean de Occidente o de Oriente, del Norte o del Sur, sean musulmanes, ateos, agnósticos, filósofos, budistas, cristianos que no han “nacido de nuevo”, mormones, Testigos de Jehová, etc.
Si no crees que Jesús es la Encarnación de Dios y piensas que los acontecimientos narrados en el Nuevo Testamento son falsos, y hasta el día en que yo mismo escriba del tema, lo único que puedo es suplicarte que estudies profundamente aquellos escritos de apologética que defienden lo contrario. Por su claridad y brevedad, te recomiendo simplemente dos libros: “3 preguntas clave sobre Jesús”, de Murray J. Harris, y “Más que un carpintero”, de Josh MacDowell[2]. Hay mucho en juego.
Si eres de los que sí lo cree, pero piensas que no haces nada malo (o al menos “no mucho”), que nadie puede quejarse de ti, que no tienes maldad alguna, y todo esto te suena a chino, te remito aquí para que pueda explicarme:
Espero que te sirva.

viernes, 20 de marzo de 2015

1.2. Lo que duele a los solteros: Haciendo malabares



Venimos de aquí: 1.1. Lo que duele a los solteros: Sus pensamientos y sentimientos: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/03/11-lo-que-le-duele-los-solteros-sus.html

Aunque vivimos rodeados de todo tipo de personas, razas, etnias y nacionalidades, en nuestro interior únicamente solemos hacer dos tipos de distinciones: solteros y casados (o con pareja). Ni ellos ni nosotros tenemos culpa de estas circunstancias. Eso tenemos que tenerlo claro. Muchas veces pensamos que quizá las parejas no deberían mostrar ninguna muestra de cariño en nuestra presencia por el hecho de que a veces nos afecta. Ni mucho menos debemos culparlos; si estuviéramos en la misma condición que ellos seguramente actuaríamos de la misma manera, sin que hubiera nada de malo en ello. Aún así, añado un matiz: Teniendo en cuenta que la privación del contacto físico “piel con piel” es una de las carencias más duras que suele experimentar el soltero, agradeceríamos que los matrimonios y los novios lo tuvieran en cuenta cuando estén delante de nosotros para evitar ciertas expresiones de cariño sumamente efusivas. 

Cuando todo se reduce a “hombres y mujeres y viceversa”
He aquí una escena clásica, de nuevo relativamente cómica: Vas caminando por la calle y te cruzas con un viejo amigo que no veías hace mucho tiempo. Te cuenta cómo le va la vida, que está casado, que tiene dos niños, etc. Tras narrarte su propia experiencia, te pregunta: “¿Y tú qué, tienes novia o estás casado?”. En ese preciso instante el corazón comienza a latirte a 9000 pulsaciones por segundo y te recorre una gota de sudor frío por toda la espalda que parece paralizarte. Te acaba de tocar la fibra sensible, tu punto débil, así que “tratas” de argumentar: “No, es que todavía no ha llegado la mía.., está la cosa muy mala.., no hay nada a la vista.., estuve con alguien pero no funcionó...”. Mientras, el sudor sigue cayendo..., balbuceando, tratas de defenderte, porque en el fondo sientes la obligación de hacerlo. Está en juego nuestra masculinidad o feminidad, según sea el caso. “¿Qué pensará esta persona de mí por estar sólo? ¿Qué soy un bicho raro? ¿Incluso puede pensar que soy de la otra acera? Al final, transcurridos pocos segundos, le cambias de tema: “¿Y qué, qué te pareció el partido del Real Madrid el otro día? ¿Has visto en el cine la última película de Tom Cruise? ¿Dónde estabas el 11-S durante los atentados de las Torres Gemelas? ¿Y el día que asesinaron a Kennedy? ¿Crees en los marcianos?”. Lo que sea para cambiar el curso de la conversación. No sabes cómo salir del apuro. Rehuyes la situación como bien puedes ya que te incomoda en grado sumo.
En estas situaciones que se dan, te sientes diferente entre tantas parejas. Son momentos en los que, aunque te traten como uno más y seas parte de ellos, ante ti mismo pareces un extraño fuera de lugar. Parece que hay un “club” realmente especial, en el cual, por mucho que hagas, no puedes entrar. Por todo esto, se llega a tal extremo que la persona que pasa de “estar sin pareja” a tener “su compañera” siente un gran alivio. Desde luego que experimenta la euforia del enamoramiento, pero también que ha salido, por fin, del club de los “leprosos”. Ya no siente esa “marca” invisible sobre su alma.
Todo esto que estamos viendo les conduce a muchas personas a sentirse muy presionadas interna y externamente, de tal manera que se ven empujadas en cierta manera: 

- A precipitarse al matrimonio, lo cual les conduce a una mala elección por las prisas que, como dice el refrán, “son malas consejeras”. Consideran que el paso del tiempo es un factor que va en contra de sus deseos y creen que es ahora o nunca. Esto les lleva a hacer caso omiso a las sirenas de alarma que les dicta la propia conciencia y que les advierte de que algo no va bien desde el noviazgo. Termina en fracaso porque quieren encajar vidas que apenas tienen nada en común y caracteres incompatibles o que no se complementan.

- A buscar entre los incrédulos aquello que no encuentran entre el pueblo de Dios, creyendo que será la la panecea a la soledad que experimentan en sus carnes. En la mayoría de los casos termina por convertirse en un drama ya que la ética, el estilo de vida, los valores, la manera de pensar y de sentir, las maneras de afrontar los problemas y las crisis (tanto personales como de pareja), la “cosmovisión”, la mayordomía en general (amistades, uso del tiempo y de los dones, del ocio y las aficiones, del dinero, etc.), suelen ser muy diferente entre el cristiano (si verdaderamente lo es) y el incrédulo. Será una mesa que siempre cojeará por algún lado, como veremos en otro capítulo. Aunque haya casos en que el cristiano considere la relación como sentimentalmente satisfactoría y su pareja sea una persona íntegra, no será plena en otros aspectos de suma importancia.

La desilusión que llegan a sentir tras andar por estos dos senderos es dificil de describir con palabras. Son presas de un círculo sin salida: Sueño. Anhelo. Deseo no satisfecho. Tristeza. Frustración.

Comentarios y expresiones hirientes 
Para rematar, están los comentarios que nos afectan. Si hay una palabra en concreto que destaca por el dolor que produce es la de “solterón/solterona”, se use en el tono que sea. Muy pocos permanecen solteros por propia elección, y eso deberían saberlo quienes califican a otros usando esa clase de adjetivos (curiosamente, suelen ser los mismos que años atrás, cuando no tenían pareja, se ofendían cuando les calificaban de esta manera; Es como si ya se hubieran olvidado de qué es lo que sentían).
Nada de esto es nuevo, sino que procede de la misma antigüedad. Ya en el siglo VII a. C., el mismo Licurgo, legislador de Esparta, consideró la soltería un delito y estableció por ley que todo aquel que no se casara debería ir desnudo hasta que lo hiciera. Cientos de años después, el emperador romano Augusto le negó la herencia a los solteros. Y, actualmente, en China a las solteras de más de 30 años se las llama “sheng nu” (las “sobras”).
Hay expresiones que, aunque estén dichas sin ningún tipo de mala fe (y por lo tanto no es un reproche por mi parte, puesto que lo que quiero es concienciar), suelen afectarle muchísimo a un soltero: “Se te escapa la vida”; “Se te va a pasar el arroz”; “Para cuándo, que ya es hora”. Si encima algunos se ríen en tu cara, apaga y vámonos: “Debes ponerte coqueto para que se fijen en ti, que se te va a escapar la juventud; ahora es el tiempo”; “No te preocupes que en el asilo conocerás a muchas jovencitas”; “Vamos a hacer una cadena de oración mundial para que el Señor te envíe una esposa”; “Algo raro debe haber en ti cuando no encuentras a nadie”. Y, por último, la repetitiva frase: “Te voy a buscar una novia”, que añade a tu ser un sentimiento de inutilidad, como si no pudieras buscártela por ti mismo. Personalmente, hace mucho tiempo que muchas de estas frases dejaron de ofenderme, pero eso no significa que me agraden o me hagan la más mínima gracia. Y así piensa y siente la inmensa mayoría de los solteros, a los cuales les afecta en diversos grados.
Respaldo las palabras de John Macarthur: “La gente que es soltera cuando acepta a Cristo debe saber que es bueno que se quede así. No hay necesidad de apresurarse a casarse. Sin embargo, muchos cristianos de buenas intenciones no están contentos con dejar que se queden solteros. Las ganas de hacer de casamentero pueden ser fuertes, pero los cristianos maduros deben resistirlas. El matrimonio no es necesario o superior a la soltería”[1]. ¿Te imaginas estas palabras de María a Jesús?: “Maestro, mi hermana Marta está soltera. Es buena cocinera y trabajadora. En ocasiones se afana demasiado, pero en el fondo es porque tiene instinto de madraza, y es muy simpática. ¿No te gustaría conocerla? Si quieres os preparo una cita para esta noche”.
Si a todo esto le añadimos las palabras de los padres que recalcan cuánto les gustaría ver a su hij@ casad@ para así tener nietos, el peso resulta por momentos abrumador.
Por eso creo que, cuando una persona se vuelve reiterativa con este tipo de comentarios hacia tu persona, debes hablar en privado para expresarle cómo te sientes cuando se declara en esos términos y pedirle el favor de que no los vuelva a repetir. Eso siempre es mejor que llenarse de rencor hacia él: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado” (Levítico 19:17).

Causas de la soltería
Llega el momento en que te cansas de que te digan que te fijes en tal o cual persona. En el deseo de ellos de emparejarte, cada cierto tiempo vuelven con la misma cantinela. Puede que haya llegado el caso de que te hayas fijado en el chico o la chica del que te hablaron insistentemente –e incluso has llegado a conocerl@, pero no has sentido nada en tu interior ni te ha llamado la atención. Así de extraño y de misterioso es el corazón. Parece tener vida propia. Y resulta difícil conocer sus motivaciones.
Como reseñé en la introducción, un autor señalaba en un escrito que la causa principal de que una persona permanezca soltera es el egoísmo. Esto es toda una difamación sumamente ofensiva. Nadie se debería permitir el lujo de despreciar a un soltero de esta manera. Aquellos que critican con este tipo de comentarios a los solteros no suelen analizar las verdaderas razones de su estado. Por eso los tildan de anormales, egocéntricos, irresponsables, inmaduros y antisociales, como si todos los solteros fueran iguales y formaran una plaga que hay que exterminar. Creen que lo único en lo que piensan es en sí mismos, en el dinero y en el look personal, cuyo mayor placer es poder estirarse como holgazanes en la cama sin que nadie les moleste, cambiar a su gusto el canal de televisión, centrarse en sus hobbies personales, estar siempre con los amigos de un lado para otro en distintos viajes de placer, etc. En definitiva, hacer siempre lo que les viene en gana en una vida hueca, vacía y sin propósito. Este tipo de ideas funestas provoca que algunos solteros que no tienen las ideas claras sobre sí mismos se sientan inferiores o desgraciados.
 ¿Qué les digo a aquellos que tienen esta visión tan distorsionada de los solteros? Sencillo: Al igual que hay infinidad de seres humanos que permanecen con buena salud hasta que fallecen y otros que viven enfermos desde que nacen (si es que nacen), hay circunstancias en la vida que te llevan a casarte y otras que te conducen a permanecer/estar soltero. Las variables dentro de esas circunstancias, las causas y las historias de trasfondo son prácticamente infinitas e incontrolables, tantas como personas han pasado y pasarán por este mundo. Cuando decimos que los caminos del Señor son inescrutables, es que realmente lo son (cf. Romanos 11:33). Como siempre digo, cada persona es un mundo y no podemos encasillar a nadie. Hacer un juicio total sobre el conjunto global de los solteros es un grave error. También nosotros descansamos en el Señor. ¿Capisci?
Aunque hay muchas razones más (que analizaremos en “Cuando el problema está en el soltero”), las razones elementales por las cuales muchas personas no están casadas son muy básicas y sencillas de describir:

1. No han encontrado a la persona que consideran adecuada para pasar juntos el resto de la vida.

2. Aunque se enamoraron de alguien, la otra persona no se enamoró de ellos.

3. La otra persona se enamoró, pero los sentimientos no eran compartidos.

4. Aunque ambos creían estar enamorados, en el tiempo que estuvieron conociéndose profundamente se dieron cuenta de que no eran el uno para el otro y decidieron no dar el paso. No lo vieron nada claro o realmente no se amaban al nivel que exige el pacto matrimonial. En este caso, no casarse fue un acto de madurez.

5. No todos los seres humanos tienen los mismos deseos y necesidades emocionales, ni sienten el profundo deseo de hallar una pareja sentimental. Disfrutan plenamente de la vida que tienen como hijos de Dios tras haber aprendido en el camino. Únicamente la aparición de un gran amor por una persona les puede llevar a querer cambiar este estilo de vida.

6. Han sido heridos sentimentalmente de forma reiterativa y están cansados del esfuerzo que tuvieron que hacer para recuperarse: Rupturas dolorosas o traumáticas, varios rechazos, relaciones tormentosas o sumamente negativas, abandonos inesperados, desilusiones repetitivas, etc., son algunos ejemplos. A nivel emocional, sufren en sus carnes algo semejante al experimento de Pávlov, con su “ley del reflejo condicional”. Al igual que el fisiólogo ruso demostró que los perros comenzaban a salivar cuando hacía sonar un metrónomo justo antes de darles de comer, las personas que han sufrido en varias ocasiones en términos amorosos pueden llegar a sentir cierta animadversión al simple hecho de pensar en un nuevo intento para conocer a alguien del sexo opuesto con intenciones románticas. No es que tengan heridas sin sanar (ya fueron curadas), sino que padecen una especie de apatía emocional por el efecto “Pávlov”. Se les hace un mundo darse a conocer y recorrer el mismo camino porque temen que la agonía se vuelva a repetir. De ahí que se les haga tan pesado volver a contar las mismas historias, su vida pasada, sus gustos, sus aficiones, quiénes son, a qué se dedican, etc. Les cuesta la misma vida ilusionarse, y al hablar se sienten como un disco rayado que no transmite emoción.

7. Si en el caso anterior las heridas sí fueron sanadas, en esta ocasión no es así. En consecuencia sufren lo que yo llamo “alexitimia sentimental”. La alexitimia por sí sola es la incapacidad de reconocer y describir las emociones propias y ajenas. Si lo llevamos al plano sentimental que quiero describir, sería la incapacidad de sentir afecto, ternura, cariño, amor, etc., por otras personas. En cierta manera, se endurecen, ya que levantan un muro en su corazón para que nadie más les dañe. Tampoco sienten las muestras de afecto que otros les regalan, sean abrazos, besos o palabras cariñosas. Sus heridas son tan profundas que sus emociones están embotellados y llegan a experimentar la anhedonia, que viene a ser también la incapacidad de experimentar placer y la pérdida de interés por las diversas actividades de la vida. Es necesario afrontarlo; de lo contrario se puede volver crónico. Hasta que no sanen el corazón se sentirán vacíos, sin vida. Muchos solteros se han sentido así en alguna ocasión. Necesitan a Cristo más que nunca y la tierna compañía de amigos que los quieran con pasión.

8. Otros sienten que son el patito feo y que nadie quiere estar con ellos. Para ellos, su vida de adultos es como el patio del colegio: observan que para jugar primero escogen a los mejores. Sólo al final eligen a lo peores porque no queda más remedio. Esto les lleva a creer que no son “buenos partidos”.

9. Y, por último, aquellos que, en algún momento de sus vidas, creyeron que la voluntad de Dios para ellos era permanecer solteros. Estos se sienten satisfechos al estar plenamente centrados en objetivos laborales, humanitarios y espirituales. Estos son los que se preocupan de agradar al Señor por encima de todas las cosas (cf. 1 Corintios 7:32)[2]. El ejemplo por excelencia de Alguien que se hizo eunuco a sí mismo es Jesús. ¿Por qué Jesús no se casó ni formó una familia? Por un lado, no era parte del plan divino ni de la voluntad del Padre. Y por otro lado, si el ser humano ha convertido en una “diosa” a una mujer llena de sencillez como fue María, ¿cuánto más hubieran hecho con una posible esposa de Jesús? Y si hubiera tenido descendencia como nos muestran en el libro herético “El Código Da Vinci”, a saber qué hubiera pasado tras este acontecimiento. Dios, conociendo el carácter idólatra del ser humano, nos evitó este problema.

Tipos de solteros
Los motivos que hemos descrito conlleva que se den determinados tipos de solteros:

1. Aquellos que siguen deseando casarse, independientemente de la edad que tienen en el presente. Algunos aceptan su condición actual relativamente bien y otros (anhelo que los menos) viven con cierta amargura, e incluso pueden llegar a sentirse miserables. Realmente desean con todo su corazón encontrar pareja y poner en práctica todos esos sueños que rondan por su mente con asiduidad. Desean experimentar ese amor profundo que se siente al perderse en los ojos del otro. Sueñan con ese día en que le/s piden de la manera más romántica posible la mano a su pareja para comprometerse en matrimonio. Anhelan aparecer por casa con un ramo de flores y una caja de bombones para su amada. Quieren robarle un beso furtivo a su esposa tras descubrir una notita de amor que le han dejado bajo la almohada. Y, por supuesto, desean formar una familia con varios hijos (aun sabiendo de los obstáculos que se encontrarán en el camino) y disfrutar de ellos con detalles tan sencillos pero hermosos como darles un baño, envolverlos luego en la toalla o escucharlos decir “papá” o “mamá” (para este tipo de soltero, el “día del padre” y el “día de la madre” son duros).
Aún con todos sus deseos e intentos, nada ha fructificado hasta el día de hoy.

2. Aquellos que, en este preciso instante, no tienen el deseo de contraer matrimonio, sea por alguna mala experiencia pasada o porque no creen que sea el momento adecuado para hacerlo. Posiblemente, tarde o temprano, el interés retornará.

3. Aquellos que, por un lado, ya no desean casarse ni formar una familia. Por una o varias razones, perdieron las ganas. Y por otro, creen que es la voluntad de Dios para ellos.  
Durante muchos años tuvieron el deseo, pero desapareció en algún momento del camino. Fue una etapa que quedó atrás. Ahora se centran en otros aspectos de la existencia y no se dejan intimidar por aquellos que les dicen que sus vidas están limitadas. Se esfuerzan en que su existencia sea plena para el Señor, lo cual no significa que su caminar sea sencillo –porque para nadie lo es. Tampoco hacen que su reloj gire en torno al hecho de no tener pareja. Y no por ello están amargados ni viven en las cavernas de la soledad. Tampoco arrastran una herida abierta como algunos piensan. Esto no quita que, en situaciones muy particulares y algunos días al año, les invada cierta melancolía ante el recuerdo de sueños pasados ya que sus corazones no son un témpano de hielo, aparte de que reconocen sin tapujos lo hermoso que tiene que ser el interés recíproco por otra persona, con el afecto que implica ser parte de la vida de otro en todas las facetas: mental, sentimental, deseos de bienestar, estado de ánimo, etc.
Hay algo que tienen muy claro: le piden a Dios que, en su condición, los use humildemente en la sencillez y siga haciendo su obra. Tampoco ven la soltería como un castigo Suyo o una acusación velada por Su parte de falta de fe de los solteros. Me cansa hasta el hartazgo todos esos mensajitos que se ven en las redes sociales cristianas donde dan a entender claramente que depende de la fe de cada uno que Dios nos envíe una esposa, cuando realmente depende de Su voluntad.
Esto no significa que crean que están solteros porque no exista la “ayuda idónea” para ellos –y viceversa (cf. Génesis 2:20), porque pensar de esa manera sería arrogante. Lo que creen es que, por distintas razones, “funcionan” para el Señor y su obra mejor como solteros, como afirma Pablo en 1 Corintios 7:32.
Para concluir la descripción de este tercer tipo de soltero, quiero explicar la razón por la cual he puesto “creen que es la voluntad de Dios para ellos” en lugar de “saben”. Conocer los designios del Altísimo en detalles muy concretos de la vida no siempre es sencillo, y esto incluye el que concierne al estado civil. Por eso hay personas que “creían” que el deseo del Señor era que permanecieran solteros y el tiempo les demostró lo contrario, ya que terminaron contrayendo matrimonio. Así que es complejo ser dogmático al respecto y afirmarlo con total seguridad.
En mi caso personal, me considero parte de este tercer grupo desde la segunda mitad de 2010. Tengo mis propias evidencias que apoyan mis conclusiones. Y añado una pequeña anotación: aunque he pasado por varios de los puntos señalados en “causas de la soltería”, a día de hoy también me identifico con los que han sufrido el experimento de Pávlov del que hablamos líneas atrás.

Para terminar, quiero dejar muy claro que el hecho de no estar casado no es el incumplimiento de ninguna promesa por parte de Dios. Dice Zoricelis Dávila en su libro “Felizmente solteros”: “Yo estoy segura de que si te enfocas en vivir tu vida para Dios y agradarle a Él, se cumplirá la promesa del salmo 37:4, que dice que te deleite en Jehová y él te concederá las peticiones de tu corazón”. Siento tener que rectificarla. ¿Es que el que permanece soltero es a causa de que no se deleita lo suficiente en Dios? Tal exégesis del texto y del conjunto de las Escrituras es una temeridad. Lo único que provoca esta interpretación del pasaje bíblico es que el creyente se sienta además culpable. La idea de Zoricelis parte de un error hermenéutico: “Si algún deseo no se cumple, por muy noble y hermoso que sea, es porque no es la voluntad de Dios. Él tendrá razones que nosotros no alcanzamos a comprender. Al igual que los Proverbios, los Salmos muestran en muchas ocasiones la fe del escritor en un Dios soberano, pero no un listado de promesas que Él hará realidad”[3].  

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[1] Macarthur, John. El dilema del divorcio. Mundo Hispano. P. 75.
[2] También habría que decir que, dentro de este grupo hay un tanto por ciento (aunque bajo) cuya causa de su soltería es la creencia de considerar incompatible (bajo su punto de vista) la vocación con la formación de una familia propia. Excepto casos muy concretos, no creo que sea imposible unir ministerio y familia. Tenemos miles de ejemplos en todos los pastores del mundo que están casados. Es más, tienen un apoyo, un sustento y una ayuda inestimable en su compañero sentimental. Pero también es verdad que tendrá que esforzarse con mayor ahínco para agradar tanto a Dios como a su cónyuge. Como todo en esta vida, tiene sus ventajas e inconvenientes.
[3] Guerrero Corpas, Jesús. Mentiras que creemos. Logos