lunes, 28 de febrero de 2022

Divorcios que comienzan en el noviazgo: cómo no caer en los errores más comunes

 


La inmensa mayoría de la población mundial ha asistido en alguna ocasión a la celebración de una boda. Según la cultura y las creencias de los contrayentes, la ceremonia puede variar en formas y detalles, pero el fin es siempre el mismo: la unión de un hombre y una mujer que deciden entrelazar sus vidas y tomar un camino diferente al que llevaron durante la soltería. En ese día, todo son emociones desbordadas, acompañadas de sonrisas, lágrimas de felicidad, palabras de amor eterno, música, bailes y un costoso banquete, que seguirá al conocido “viaje de novios” o “luna de miel” a algún lugar paradisiaco o exótico. Un niño o adolescente, que todavía no es consciente de la realidad y vive ajeno a casi todo, puede pensar que aquello es la culminación de la felicidad, deseando que nunca acabe. Y hay millones de casos en que la dicha entre ellos es real, y tan profunda que nadie que no la haya experimentado puede entender. Basta con contemplar a esas parejas ancianas que se miran a los ojos con la misma candidez que el primer día que se enamoraron o se declararon el uno al otro.
¡Ojalá fuera así en todos los casos! Pero existe otra verdad, que cualquier adulto avispado es capaz de vislumbrar, aunque no lo diga para que nadie lo considere un cenizo o pájaro de mal agüero: matrimonios que se ve a leguas –por obvio-, que se romperán tarde o temprano. Sería suficiente un mínimo de sabiduría para evitar infinidad de corazones rotos y de dolor, pero no es algo que abunde. Para observar esta triste realidad, no hace falta ser un profeta que recibe revelaciones del cielo ni un experto en la materia. Basta con sumar ciertos factores y, por si sola, la ecuación mostrará el resultado, que siempre será el mismo: divorcio o, en su defecto, un matrimonio desdichado que será peor que vivir bajo escombros. Múltiples detalles, visibles y cuantificables, son los que avisan: miradas, gestos, palabras, silencios, tonos de voz, desplantes y actitudes pasivo-agresivas, son una pequeña muestra. Si quieres ver lo que nadie ve, basta con que mires en lo que nadie se fija. Y todo será claro como el agua cristalina.
Como vamos a analizar, con la intención de que las nuevas generaciones aprendan de los errores ajenos para no caer en ellos, infinidad de divorcios comienzan en el mismo período de noviazgo. Aunque muchos aspectos que voy a reseñar se aplican por igual tanto a cristianos como a los que no lo son, mi atención irá dirigida principalmente a los creyentes. Que todo el mundo recuerde que ser hijos de Dios no nos exime de la posibilidad de caer en los mismos errores que aquellos que no lo son, cuando no se actúa con sabiduría.

Claras señales que se pasan por alto
Uno de los axiomas más repetidos por los liberales es que, en las relaciones sentimentales, las creencias religiosas diferentes no suponen ningún problema. Incluso afirman que si uno de ellos es ateo tampoco pasa nada, siendo suficiente que ambos se respeten. Si la persona que afirma ser creyente realmente no ha nacido de nuevo, se pueden entender dichas palabras. Pero la realidad, y es de sobra conocido por cualquiera que conozca mínimamente la Biblia, que el matrimonio entre un inconverso y un cristiano renacido es imposible, al ir en contra de los designios de Dios, terminando en ruina absoluta. Como es algo tan evidente, y cuya problemática he analizado en varias ocasiones, junto a las respuestas personales a las preguntas que me han dejado en los comentarios del blog, no voy a repetirme (“Enamorado de un inconverso: ¿Es posible que suceda?”: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/07/91-enamorado-de-un-inconverso-es_96.html; “Enamorado de un inconverso: Cuando algo no sintoniza”: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/07/92-enamorado-de-un-inconverso-cuando.html).
Una vez anotada el “yugo desigual” como recordatorio, veamos algunas más concretas que suelen darse, y que afecta por igual a los cristianos:

a) El primer novio se convierte en el cónyuge
Hay infinidad de personas que comienzan a salir con la primera persona a la que se sienten atraídas o con la primera que se acerca a ellas con intenciones románticas. Se dejan llevar por la emoción, por ese sentirse especial a los ojos de otro, que, de buenas a primera, la considera especial y el centro de su universo. Si esto es el comienzo de una sana relación y bendecida por Dios, bienvenida sea.
El problema suele acontecer por otras circunstancias evidentes: no reflexionan seriamente si son los adecuados para contraer matrimonio. Los enamorados, en ese fulgor emotivo que sienten el uno por el otro, apenas se preocupan por saber si son compatibles. Pasa el tiempo, con algún que otro bache que van superando, se casan, y es entonces, en la convivencia diaria, cuando todas aquellas desavenencias personales, de forma de pensar, de amistades en común, de aficiones, de proyectos vitales y de cómo afrontar los problemas, y que no afrontaron durante el noviazgo, explotan en la cara de los dos.

b) Se cansan de esperar y dan el paso que no debieron dar
Conforme pasan los años, la presión social para casarse aumenta exponencialmente. Amigos que van emparejándose y que, a su vez, quieren hacer de Celestinos, junto a familiares que preguntan semana sí y semana también “¿y tú para cuándo?” o “¿no hay nadie por ahí?”, terminan por cansar hasta el hastío, aunque sus intenciones sean loables. La sensación de que hay “menos donde elegir” (lo que lleva a la mayoría a buscar pareja lo antes posible durante la primera juventud) supone también una carga, como si el paso del tiempo fuera el mayor enemigo en lugar del mejor aliado de la prudencia.
Muchos no soportan este peso, y ante el cual terminan por sucumbir. ¿Qué sucede al final? Que, a pesar de no tenerlo claro, acaban cediendo y se ennovian con alguien por el que sienten simpatía y poco más. En cuanto contrae matrimonio, se le cae el mundo encima al darse cuenta del terrible error que ha cometido, y del daño que posiblemente le hará a su cónyuge cuando éste descubra la realidad.
¿Mi consejo para estas personas? Que se pongan delante de Dios y vean, en función de cada circunstancia y vivencia personal, si han sido llamados a permanecer solteros.

c) Impulsos sexuales mal canalizados o precipitados
El deseo sexual es inherente a la naturaleza humana, y en este mundo actual la sobreestimulación resulta apabullante porque está presente en todo tipo de películas y series. Ninguna generación anterior se ha enfrentado a lo que se ve hoy en día. Dejando este detalle concreto a un lado y que lo magnifica todo, cuando surge el amor sentimental, él comienza a verla como si fuera Afrodita, y ella a él como Eros, los dioses del amor y la atracción en la mitología griega. Como el cristiano sabe que debe guardarse para el matrimonio, pero a la vez desea consumar con su pareja esa manifestación del profundo cariño que se profesan, muchos se casan con una celeridad desorbitada, que no suele pasar de unos pocos meses, llevando a cometer verdaderos disparates ya que lleva a nublar el juicio racional. Como en este tiempo tan corto es literalmente imposible conocer profundamente a alguien –a menos que haya precedido de una larga amistad, que es lo que siempre recomiendo-, los acontecimientos se precipitan. La luna de miel llega a su fin y ese impulso físico toma su lugar, igualmente presente pero más sereno. A partir de ahí, es donde se muestra cómo es realmente la otra persona, y si no había una base muy bien asentada en comunión, el despertar ante esta nueva realidad suele ser muy dura para el que toma conciencia de sus actos y del precio que va a tener que pagar.
También podríamos incluir aquí a los que no saben distinguir entre el enamoramiento efervescente del principio y el amor profundo que debe venir después, creyendo que lo primero será constante y para siempre. También a los que se enamoran exclusivamente de la belleza externa –dejando a un lado la que perdura: la interna-, y a los que se forman una imagen idílica del otro y que no se corresponde con la real. Cuando la descubren, es demasiado tarde, porque viven ya bajo el mismo techo. Esto sucede en casos de inmadurez flagrante.

d) Cuando el concepto de soledad se malentiende y arrastra al matrimonio
No sabría contabilizar el número de cristianos a los que he conocido que, literalmente, “no saben vivir consigo mismo”. Y cuando esto sucede, se sienten solos y creen que son los demás quienes tienen que “proporcionales” su propio bienestar y felicidad. ¿Qué buscan entonces con desesperación? Estar con alguien que les quite esa sensación de orfandad. El problema suele ser el de siempre: incluso en los casos en que, durante un tiempo, sientan que están completos, terminarán de darse de bruces contra el suelo. ¿La razón? Está muy clara: quien no sabe vivir en paz y alegría con uno mismo, se vuelve tan dependiente de su pareja, que termina por no tener un matrimonio sano, sino una especie de relación de padre-hija o madre-hijo, donde ellos desempeñan el rol de hijo o hija. Ninguno de los dos será feliz: uno porque verá a su cónyuge como a un crío que necesita de su atención y amparo continuo, y el otro porque dependerá de su pareja para sentir que es alguien en la vida.
Aquí también podríamos incluir esa falacia que la sociedad se ha encargado de implementar en la mente de todos, la de la media naranja, como vimos en “¿Incompletos sin pareja? & El mito de la media naranja” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/04/2-incompletos-sin-pareja.html).

El proceso de maduración y los planteamientos correctos
Ya hemos visto los errores más comunes que suelen darse. Todo aquel que tenga un ojo avizor los puede confirmar sin ningún género de duda. Para los que no se han casado o son jóvenes para hacerlo, ya están sobre aviso. Pero no nos podemos quedar ahí, en la botella media vacía y en la negatividad. Una persona equilibrada irá más allá y se planteará realmente cómo tiene que ser él mismo y la otra para que puedan decidir si estar juntos o no, y si llegar al matrimonio o frenar mucho antes.
Dando por hecho que los dos son cristianos nacidos de nuevo, lo primero a plantear es si ambos son maduros. Según el mundo, la madurez consiste en ser independiente, tener trabajo, coche propio y dinero, junto con una forma de ser agradable o risueña. Pero, en la fe y ante Dios, la madurez no se mide ni mucho menos por esos valores, sino por un carácter íntegro y que vive conforme a los mandamientos bíblicos en todas las esferas de la vida. El llamativo hecho de que haya chicas a las que les gusten los chicos impulsivos, rebeldes y “malotes” –y viceversa-, es una clara señal de inmadurez, e incluso de los propios deseos pecaminosos que anidan en la persona que busca lo “prohibido” y estimula su naturaleza caída.
Claro está que, por madurez, no me refiero a la edad –hay millones de personas que tienen entre 30 y 90 años y siguen siendo niños en mente- ni a “perfección”, sino, como he dicho, a una integridad de carácter que se corresponda a la ética y a la moral expuesta en las Escrituras. Y que, cuando cometa errores o peque –que a todos nos pasa-, se arrepienta, aprenda y siga su proceso de crecimiento. Como señala de forma sensacional Gerardo de Ávila: “Se tiene que reconocer que al matrimonio solo deben entrar adultos, no solo en el sentido de la edad cronológica sino en el de madurez emocional, de desarrollo intelectual y moral. Mientras sean niños los que contraigan matrimonio este no podrá tener el carácter que Dios le atribuye. Mientras el matrimonio se produzca por impulso, sin la reflexión que paso tan serio supone, el matrimonio no podrá ser como Dios intencionó: Hasta que la muerte los separe”.
Si uno de los dos tiene actitudes perseverantes que forman parte de la personalidad, que no se quieren modificar y que conllevan infantilismo, la relación va a dejar mucho que desear. Cualquiera de estas características, demuestra inestabilidad mental y emocional: egocentrismo, narcisismo, histrionismo, cinismo, mal humor cada poco tiempo, celos compulsivos, gritos desaforados, falta de empatía o de respeto, burlas, desprecio, revelación de secretos o intimidades sin permiso, agresividad física o verbal, entre otras. Tomando conciencia por momentos de sus actos, luego tratan de compensarlo con halagos, regalos y mimos. Incomprensiblemente, son infinidad los que piensan que todo esto es normal, que es parte de una relación. No pueden estar más equivocados. En realidad, es lo que se conoce como una relación tóxica, la cual nunca debe llevar al matrimonio. Si se culmina el proceso, el drama estará a la vuelta de la esquina.
Ahora la pregunta es clara: ¿cómo discernir entre la multitud a una persona madura, verdaderamente candidata para comenzar una relación de noviazgo, que no conduzca irremediablemente a un futuro divorcio sino a la dicha en pareja en el matrimonio? Estas palabras de Norman Wright pueden ser un buen comienzo: “Solo saldré con alguien que sea generosa, alguien que muestre tener el fruto del Espíritu y que sea la mujer de Proverbios 31 en cierta medida”[1]. Por supuesto, tiene la misma validez recíprocamente; es decir, donde el hombre cumpla los mismos requisitos.
Dicho eso, seamos todavía más específicos. Es en esto en lo que tienes que fijarte:

1) ¿Su forma de pensar, sentir y actuar se basan en lo que enseña la Biblia?

2) ¿Es alguien íntegro o, por el contrario, tiene doble cara, que varía según las circunstancias y el prójimo que tiene delante?

3) ¿Es sincero y digno de confianza o le has sorprendido más de una vez mintiendo?

4) ¿Lo ves como confiable y fiel, o es el que va “tonteando” siempre que puede?

5) ¿A qué dedica su tiempo libre y cuáles son sus aficiones? ¿Qué parte de dicho tiempo lo usa para servir a Dios en función de sus dones?

6) ¿Tenéis alguna afición en común?

7) ¿Se interesa realmente de tus circunstancias o solo hace como el que escucha cuando hablas de tus problemas?

8) ¿Es cariñoso, atento y servicial, o solo cuando busca algo a cambio?

9) ¿Su forma de vestir es de respeto hacia ti y los demás, –independientemente de que sea más o menos “clásica” o “moderna”, o luce provocativamente?

10) ¿Sabe escuchar de forma proactiva en las diferencias o juzga inmediatamente tus planteamientos sin reflexionarlos?

11) ¿Cuáles suelen ser sus temas de conversación? ¿Te interesan, al menos parte de ellos, o te aburren soberanamente?

12) ¿Habla sin parar de chismorreos o sus palabras son constructivas?

13? ¿Tiene un carácter sencillo y humilde o desprende altivez?

14) ¿Basa su valor propio en compararse con los demás o en el que Dios le concede como hijo suyo?

15) ¿Su forma de hablar es sana o usa el sarcasmo y la histeria para manipular y controlar a su voluntad, haciéndose siempre la víctima?

16) ¿Cuida su cuerpo de forma equilibrada, lo descuida por completo o, el otro extremo, está obsesionado con él?

17) ¿Está a tu lado en los momentos de dolor?

18) ¿Perdona cuando fallas y le pides perdón, o guarda su rencor para soltarlo a la mínima y usarlo en tu contra cuando le conviene?

19) ¿Disfruta de tu compañía y tú de la suya?

20) ¿Valora tus cualidades, tus talentos y tu esencia como ser humano?

21) ¿Crees que sois compatibles?

22) ¿Sientes paz a su lado y crees que es la persona que Dios quiere para ti?

23) ¿Hay reciprocidad por ambas partes o es solo uno el que aporta mucho y el otro apenas nada?

24) Y, por último: ¿coinciden en términos generales vuestros proyectos de vida o difieren en puntos importantes? Recuerda que todo lo anterior puede concordar más o menos, pero si la respuesta a esta última pregunta es no, viviréis en una especie de yugo desigual.

Todas estas preguntas tienes que hacértelas también respecto a ti mismo, porque no puedes esperar algo de alguien cuando tú no lo ofreces ni lo eres.
Espero que reflexiones profundamente en estas líneas expuestas para que no te guíes únicamente por el corazón o las emociones, sino por el raciocinio y la lógica.


* Para aprender más sobre este y otros temas referentes a la soltería, el noviazgo y el matrimonio, recomiendo leer:

- El libro “Crónicas de los solteros”, el cual sigue en publicación en el blog:

http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/02/indice_16.html

- Este escrito: Historia de un matrimonio: una plaga llamada “divorcio”:

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/02/historia-de-un-matrimonio-una-plaga.html

- Y este otro: El matrimonio no es igual a vivir con un compañero de piso:

https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/02/13-el-matrimonio-no-es-igual-vivir-con.html



[1] Wright, Norman. 101 preguntas antes de volver a casarte. Casa Bautista de Publicaciones. P. 16.


lunes, 21 de febrero de 2022

Estamos muertos: jóvenes que se sienten “zombies” a causa del bullying

 


Menuda sorpresa inesperada. Solo así puedo describir la sensación que me he llevado al ver la serie surcoreana “Estamos muertos”. Cualquiera que esté mínimamente versado en la buena literatura y el cine de ciencia ficción y terror, sabrá que suele ser una excusa para tratar temas mucho más profundos, siendo la acción o el misterio únicamente lo exterior. Es así como la usaba el difunto director George Romero para hablar sobre la naturaleza humana, siendo los muertos vivientes una metáfora de cómo las personas suelen moverse por instintos y no por el raciocinio y la lógica, siendo manejados mayoritamente por los estímulos externos y las emociones. 
En este caso, como degustador de ambas categorías, y conociendo los tristes derroteros en los que ha caído en los últimos años este género, no me esperaba absolutamente nada, más allá de zombies por doquier, mucho gore, adolescentes sin neuronas y un survival en toda regla; incluso creía que mi visionado no pasaría del primer capítulo. Algunos de esos aspectos –sangre, supervivencia extrema y muertos que caminan hambrientos- los ofrece como parte del envoltorio; es en el tercero donde reside lo singular: aborda temas sociales de mucho calado entre los jóvenes, como el acoso escolar, las dificultades para sentirse parte de un grupo de amigos o los embarazos en adolescentes, junto a otros positivos como el compañerismo, el sacrificio por el prójimo y la fuerza de voluntad de resistir a pesar de las adversas circunstancias.
Como ya dije cuando analicé la estupenda “Misa de medianoche: Entre la fe y el fanatismo religioso” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/10/misa-de-medianoche-entre-la-fe-y-el.html), no recomiendo que la vea nadie al que no le guste esta categoría y le desagrade la casquearía. Además, no es necesario que lo hagas para entender el desarrollo de este escrito, aunque me centraré en el primero de ellos para no hacerlo infinito.

La destrucción de un joven
La primera escena es de por sí impactante: un chico siendo acosado, insultado y golpeado sin piedad por dos compañeros del instituto, mientras otros dos –un chico y una chica- se regodean en lo que ven. Saber que existe el bullying en los institutos es una cosa y verlo de forma tan directa es otra muy diferente. Te crea impotencia y desasosiego. ¿Y a cuento de qué se nos muestra algo así? Todo tiene su explicación: este joven llevaba mucho tiempo sufriendo a estos abusadores. Sus padres lo habían denunciado ante la Junta Escolar y la Policía. De nada sirvió. Ante la falta de pruebas absolutas, y en una reunión que hubo entre todos, sintiéndose intimidado nuevamente, el chico señaló que la versión del acosador era cierta: eran solo bromas. Esto no era así, por lo que los abusos prosiguieron. Tras esto, el padre le dijo que fuera fuerte, que se enfrentara a ellos. Pero el chico no podía, se sentía impotente y quería morirse. Trató de suicidarse, pero falló. Fue ahí cuando su padre decidió pasar a la acción: como científico, había observado que los ratones, cuando son atacados por los gatos, entran en pánico y prácticamente se dejaban asesinar sin luchar. Pero, en algunas excepciones, otros ratones se rebelaban, produciendo tal cantidad de adrenalina que se enfrentaban al gato, haciéndoles huir. Queriendo que su hijo tuviera la misma capacidad de defensa, ataque y fuerza, le inyecta dicha sustancia. El problema es que lo convierte en una bestia sin alma y sin control, deseosa de matar a todo lo que se encuentra en su camino. Y ese es el origen de toda la trama y del porqué de la pandemia zombie, que primero se produce en el Instituto y luego se expande por toda la ciudad.

El bullying en la sociedad presente
Este no es un tema menor. Ya en 2016, un informe de Save the Children sobre bullying en España, señalaba que el 30% de los alumnos entre 12 y 16 años habían sido golpeados físicamente, llegando los afectados a la terrible cifra de 193.000[1].
En 2021, según datos de la Asociación NACE (Asociación No al Acoso Escolar), uno de cada cinco niños escolarizados lo sufrió en España y solo el 15% de las víctimas se atrevieron a contarlo a familiares o profesores[2]. Los datos en el presente siguen en aumento y afecta a la inmensa mayoría de los países del mundo, siendo México el que encabeza la lista con más del 50% de afectados entre sus 40 millones de alumnos. Es tan dramática la panorámica que, en dicho país, el 15% de los suicidios están ligados al bullying, donde, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) se registran 52 suicidios infantiles cada mes; de 2008 a 2018 alrededor de 7 mil menores de edad se han quitado la vida a causa del acoso[3]. Resulta dantesco. Esta misma semana hemos conocido el terrible caso de Drayke Hardman, un niño de 12 años de Utah (Estados Unidos) que ha acabado con su vida por la misma razón, y cuyas imágenes publicadas por sus padres para denunciar el caso estremecen a cualquiera, por lo prefiero omitirlas[4].
En el mundo real, se producen todo tipo de bullying en las escuelas, que muchas veces son como una jungla: en el extremo, como las vistas en la serie, donde hay agresiones físicas y verbales de mayor o menor calado. Podemos ver que había más jóvenes que estaban sufriendo acoso: una chica a la que la obligan a desnudarse y un chico a grabarla con el móvil, al que chantajean exigiéndole dinero para que no subieran a Internet dicho vídeo. Luego están las más sutiles, pero igualmente enfermizas y que afectan sobremanera a los afectados: apodos despectivos, injurias, extorsión, bulos malintencionados, burlas sobre el físico o el estatus social, risas a su costa o desprecios a su personalidad, todo ello en persona y/o a través de las redes sociales.
Aunque lo recuerdo perfectamente, no diré el nombre porque no sé nada de él en el presente, ni es mi intención señalar a alguien por algo que hizo hace treinta años, aparte que espero que aquella época de “matón” la dejara atrás. Había un adolescente en mi clase, de unos 14 o 15 años, el cual medía unos veinte centímetros más que el resto y pesaba también la misma cantidad en kilos que los demás. Era el arquetipo de persona intimidante, y no solo por su tamaño, sino por su carácter desagradable, donde no perdía la oportunidad de reírse y burlarse de los que él consideraba más débiles. Sabía perfectamente con quién podía hacerlo: personas calladas, sencillas, humildes y físicamente más débiles que él. Puedo dar las gracias de que yo no era uno de los afectados por semejante individuo, pero cuando algún otro pasaba por su lado y él les daba un empujón o chocaba su hombro aposta y con mala intención, nadie se atrevía a decirle nada. Y lo disimulaba muy bien ante los profesores. Era un mal estudiante y no encajaba con nadie, solo con una o dos personas que parecían sus acólitos sumisos. Ver su actitud me hacía hervir la sangre una y otra vez, pero tampoco me atrevía a hacer nada. No logro traer a mi mente el comienzo de la escena, pero un día, en medio del pasillo, estaba de nuevo haciendo de las suyas con otros compañeros. Ahí perdí el control, algo extrañísimo en mí. Y no, que nadie me imaginé noqueándolo tras convertirme en Bruce Lee y siendo a posteriori vitoreado por las masas. Nada de eso sucedió y nunca me había enfrentado a algo así cara a cara. Le grité con toda mi alma: “¡Ya basta! ¡Déjalo!”. Y le empujé para que se separara de la persona a la que estaba acosando. No se movió ni un centímetro. Me dijo: “Jesús, que esto no va contigo, que no te quiero hacer daño”, palabras que repetía sin cesar. Temblando y sintiendo a la vez ira, volví a hacer lo mismo. Como él no paraba, lo agarré del jersey a la altura del pecho. No faltó nada para que me tirara al suelo con él encima. Semejante volumen hacía completamente imposible escabullirse. Traté de girarme sobre él recordando una llave que conocía de cuando practicaba Judo. No sirvió de nada, aparte de enojarlo más. Con sus enormes manos, comenzó a agarrarme el cuello como si yo fuera un pollo al que estrangular. Me decía una y otra vez que lo dejara pasar, pero yo me resistía, y a más que lo hacía más me apretaba el cuello. Llegó el punto que ya no podía respirar, por lo que cejé en mi empeño de voltear la situación. Cuando observó que me rendía, me soltó y se levantó como si nada. Aquella situación no se volvió a repetir. Las razones de que fuera así darían para mucho –siendo un tema muy interesante y, quizá, a tratar en otra ocasión-, pero no es aquí donde voy a hablar de los acosadores, sino de las víctimas, ya que es a ellos a quiénes me dirijo.
Lamentablemente, en todo instituto público o colegio privado –incluso en algunas iglesias-, suele haber este tipo de personas. Se vuelven todavía más peligrosos cuando hacen pandilla con otros del mismo estilo. Muchos jóvenes no se atreven a denunciarlo ni a contarlo. Viven estresados y angustiados, terminan por no querer ir a clase, se muestran asustadizos, sintiéndose miserables, débiles y sin valor. Sienten tanta ira que, al no poder expresarla ante sus acosadores, terminan pagándola con los más cercanos, como si tuvieran un muelle que les hace saltar a la mínima. La tristeza termina por inundarles hasta sobrepasarles y caen en depresión. En conclusión: muertos en vida, como zombies. Y más a esas edades, que nadie está mental ni emocionalmente preparado para afrontarlo. ¡NADIE debería pasar por eso! Por eso no hay que quitarle importancia jamás.

¿Qué hacer anto una situación de bullying?
Si lo piensas un segundo, tomarás conciencia de que todos los creyentes de todas las épocas han sufrido bullying, aunque esa palabra no se suela emplear para referirse a nosotros cuando nos acosan, hostigan, menosprecian y amenazan. También los relatos bíblicos abundan en ellos, siendo Hebreos 11 una pequeña lista. Como deseo ayudar tanto a creyentes como los que no lo son, aparte de ejemplos de la Escritura, incluiré los consejos de psicólogos y expertos en la materia:

1) En la primera ocasión, prueba a ignorarlo. Quizá sea el típico acosador que lo que busca es una víctima que se sienta como tal ante él, pero si no se le hace caso no volverá a molestarte. Puedes también tratar de hablarle, diciéndole que ya es mayorcito para ir comportándose como un crío y que sus bromas no tienen gracia, e irte de forma indiferente sin esperar una respuesta. Ahora bien, lo dicho dependerá de la situación: ante un tipo o más de uno, que son físicamente amenazantes y suelen usar la violencia, lo mejor es apartarse. Por ejemplo, Proverbios 15:1 dice que “la blanda respuesta quita la ira; Mas la palabra áspera hace subir el furor”. Pero, como sabemos, esto no es una promesa sino la actitud que tenemos que tomar ante los demás. No siempre una respuesta suave elimina del oponente la ira; puede incluso aumentarla. Lo vemos una y otra vez en Jesús: por muy comedidas que fueran sus palabras, más ira sentían hacia Él. En mi caso, como veremos en el punto 3, donde a un fumador le hablé con educación, su respuesta no fue precisamente la deseada.

2) Eludir no es cobardía ni deshonor. Muchos creen que, si no se enfrentan físicamente a un acosador, es porque son unos cobardes, y eso no es verdad. A Jesús, el “hombre” más misericordioso y extraordinario que ha existido y existe, comenzaron a tirarle piedras, ¿y qué hizo él? ¿Usó la violencia? ¿Se enfrascó en una batalla campal a puñetazos contra ellos, siendo uno contra muchos? Nada de lo citado: sencillamente, se fue (cf. Jn 10:31-42) y se rodeó nuevamente de sus mejores amigos. Aléjate de cualquiera que te acose o quiera agredirte, céntrate en tus amigos y en aquellas actividades que te gusten (deportes, pasear en bicicleta, cine, música, etc.) y, si siguen insistiendo contra ti, no tardes en poner en práctica lo que voy a describir en el siguiente punto. 

3) Si el problema sigue, no guardes silencio, y mucho menos tu dolor: habla, habla y habla; cuenta, cuenta y cuenta, y hazlo con todo lujo de detalles. Hacerlo no tiene la intención de “buscar el mal de nadie”, sino “hacerte el bien a ti mismo”, protegiéndote para salir de ese círculo del que no puedes salir. La diferencia puede parecer sutil, pero es abismal. Es la única manera en que puedes ser ayudado. Hazlo con tus padres y con tus maestros. Puede que ni los padres del acosador sepan cómo es su hijo realmente y ellos se encarguen directamente de todo. Sea como sea, recaerá en tus padres y profesores la manera de buscar una solución, por lo que no tienes que temer si eso implica que ellos hagan una denuncia por la vía administrativa, policial o judicial. No creas que eso aumentará tus problemas, solo sacará a relucir la maldad que una persona o grupo de personas están llevando a cabo, para que así se les pueda parar los pies de una vez y para siempre.
Igual que he contado mi experiencia anterior, saco a colación otra que va por esta línea de actuación que estoy marcando: cuando tenía 16 años, esperando en la cola para entrar al comedor del colegio, un chico de un curso superior se encontraba fumando, lo cual estaba prohibido y nadie hacia a la vista de los demás. El problema es que él no lo hacía en un lugar apartado como hacía el resto, sino que estaba allí en medio molestando a todo el mundo. Le pedí por favor que dejara de hacerlo. Me respondió echándome el humo en la cara. A partir de ese momento, cuando me cruzaba con él, se quedaba a mi lado durante unos segundos con cara de verdadero psicópata, como un león enjaulado que está esperando la oportunidad para destrozar a su presa... hasta que llegó el día. En la Liga de fútbol-sala se enfrentaba mi clase contra la suya. Él era defensa y yo delantero. En la primera jugada del partido, en el primer balón que toqué, lo encaré, le hice un caño y marqué gol. Por dentro me sentí orgulloso. Seguramente fue soberbia, pero me alegré por habérselo hecho a un mal tipo. Lo que vino después está fresco en mi memoria con todo lujo de detalles: todos mis compañeros lo estaban celebrando conmigo, abrazándonos y chocándonos las manos, cuando de repente, de forma inesperada, noté en la parte alta de la espalda una brutal patada. Me tiró al suelo. Aquel tipo había dado un salto enorme para patearme y caminaba de vuelta a su campo como si no hubiera pasado nada. Como yo ya no era un niño pequeño y mi cuerpo me permitía perfectamente defenderme, me fui corriendo hacia él y le metí un fuerte empujón, también por la espalda. Podría haberle golpeado con mucha mayor virulencia como hizo conmigo, pero no llegué a ese punto, aunque sabía lo que mi acción podía provocar a continuación. Se giró con ojos encendidos en sangre, y cuando nos íbamos a enfrascar en una verdadera pelea a puñetazos –los cuales nunca he usado en mi vida-, todos los que había allí se interpusieron y nos separaron. ¿Me quedé con las ganas de darle su merecido? Sin ser yo cristiano por aquella época, que nadie lo dude. No sé quién habría vencido, pero su cara habría también experimentado toda mi ira, algo de lo que me habría arrepentido toda mi vida, ya que pagar mal por mal te rebaja al nivel del contrario y no te hace mejor. Tras aquello –nos expulsaron a los dos del partido inmediatamente-, fui a hablar con mi tutor, que a la vez era subdirector del colegio. A pesar de que no teníamos una relación especial, me escuchó seriamente y con aprecio, y me dijo que no me preocupara, que no era la primera vez y que se iban a tomar medidas. Por lo que me contó, lo habían echado varias veces, y esa vez iba a ser la definitiva. A pesar de que durante unos días temí que pudiera aparecer por allí a la salida de clase, nunca jamás volví a verlo. Y ahí acabó todo.
Por lo narrado, te vuelvo a animar fervientemente a hablar sin tapujos. El problema no eres tú; es el otro. Y eso se soluciona exponiendo el caso. Que no te digan que “son cosas de críos” o “devuélvele la moneda”. No, eso es una falacia absoluta y un mal consejo. Insiste las veces que sea necesario y muéstrate asertivo sin descanso hasta que te hagan caso. No sientas vergüenza ni te sientas débil. Los débiles son esos acosadores y serán ellos los que, en el futuro, si maduran, se sentirán avergonzados de cómo eran.

4) Este tipo de acosadores, cuando no llegan al aspecto físico, tratan de imponerse sobre el otro de maneras más “emocionales”: atacando la personalidad, algo rasgo del físico, los insultos a la familia, la forma de vestir, el nivel de estudios, etc. Esto ataca a lo más profundo del afectado, ya que llega a su propia alma. Pero recuerda día tras día: tu valor no depende de lo que otros digan, sea lo que sea. Lo que digan, habla más de ellos –de su propia debilidad y miseria moral- que de tu persona: tú eres un ser humano creado por Dios mismo, con todo el valor que eso conlleva. Y, si eres un cristiano nacido de nuevo, tu valor es tan alto que no debes olvidar que el Hijo de Dios derramó Su sangre por ti y entregó Su vida para salvarte. Por eso, no bases nunca tu autoestima y autopercepción en las palabras de estos acosadores.

Conclusión
Si no es tu caso, pero conoces a alguien que esté sufriendo dicha situación, ayúdalo, tanto con las herramientas que tienes en tus manos como con las presentadas. Y si eres el afectado, no caigas en el desánimo. Toma en consideración los pasos que he señalado y actúa en consecuencia, buscando a las personas adecuadas para que te ayuden. De una manera u otra, saldrás de esta situación. ¡Mucho ánimo!

* Para el que necesita más ayuda, aquí dejo la página web de Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar (A.E.P.A.E): http://www.acoso-escolar.es/acoso-escolar/protocolo-de-actuacion/

Si eres de otro país, busca en Internet asociaciones que se dediquen a la misma tarea y ponte en contacto con ellos si lo consideras necesario para que te guíen.

lunes, 14 de febrero de 2022

La pregunta que me hicieron: ¿Cómo podemos ser de bendición y transformación en la vida de personas que son inconversas? He aquí la respuesta

 


Este artículo se lo debo a Ruth A. Y por ello le doy las gracias. Siempre son bienvenidas las ideas, ya que me pidió que escribiera sobre este tema en un comentario que me dejó en el blog. Espero que esto fuera más o menos lo que buscaba y que les sirva a todos los lectores.

La propuesta de Ruth fue muy clara: “Quisiera que haga un capítulo en donde se dé a conocer cómo es que podemos ser de bendición y transformación en la vida de personas que son inconversas”. La cuestión en sí no tiene nada de simple y es más compleja de lo que puede parecer en primera instancia. No basta con señalar varios aspectos y listo. Hay tantos matices que intentaré abrir el abanico y mostrarlos todos en panorámica. Y lo voy a hacer desde un punto de vista que puede parecer pesimista, cuando en realidad es realista, viendo lo que sí podemos hacer y lo que no está en nuestra mano.

No depende completamente de nosotros
Cuando una persona se convierte, por norma general quiere dar a conocer a todos los que le rodean el mensaje de salvación. El ser humano no puede comunicar una bendición mayor que aquella en la que se anuncia las Buenas Nuevas: que Cristo murió por nuestros pecados y que resucitó de entre los muertos para justificarnos delante del Padre, y todo el que cree ese mensaje de puro corazón, pasa a ser un hijo de Dios y es salvado. En mi caso, hace más de veinte años, no fue una excepción: amigos y la inmensa mayoría de mis familiares, fueron testigos, semana tras semana, de este mensaje. A algunos de ellos iba a visitarlos con pura alegría, explicándoles la realidad de distintas maneras y adaptándolas a su conocimiento e inteligencia, para que pudieran comprenderlo sin dificultad. A otros les regalaba libros o le preparaba escritos y que así pudieran leerlos tranquilamente cuando yo me fuera. Era, y es, tan claro, que pensaba que todos lo aceptarían. ¿Quién iba a rechazar algo así? ¡Sería como despreciar un boleto de lotería premiado con millones de euros! ¡Ay, ingenuo de mí! ¡Ingenuo del recién convertido!
El silencio como respuesta en muchos casos y, en otros, excusas sin fin, terminaron por toparme con la realidad. En esa época primeriza, y donde el tiempo ha reafirmado lo que sucedió, contemplé que no depende de mí –de nosotros-, sino de ellos. Ahí comprendí que no depende de mí que otros quieran recibir una bendición –en este caso, la más grande que existe-, sino de los oyentes. La parábola del sembrador, que explicó Jesús, tiene la misma vigencia de siempre: “Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. Y el que fue sembrado en pedregales, este es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, este es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno” (Mt. 13:19-23).
Son decisiones que ellos toman, no nosotros por ellos. No está en nuestras manos transformarlos. Es más, cuando Pablo usa dicho término, lo hace en referencia a los que ya son creyentes tras haber nacido de nuevo (ej. Ro. 12:2). Puedes ser de ejemplo con tu fidelidad a Dios, aconsejar, recomendarle que hagan o lean esto o aquello, que dirán: “A mí me gusta mi vida y no tengo que modificar nada”; “Nada de eso me interesa”; “Lo haré cuando tenga tiempo”; “ahora estoy muy liado”; “yo soy una buena persona y no necesito nada de eso”; “los malos son los demás, no yo”; “yo no me voy a cambiar de iglesia”; “a mí me han enseñado así y hasta alturas de mi vida no voy a pensar de otra distinta”. Puede darse el caso opuesto, donde haya verdaderos interesados: “Explícame eso que me has dicho que quiero entenderlo”; “¿puedes dejarme unos días para reflexionar y en breve volvemos a hablar?; “acepto tus palabras, ¿y ahora qué hago?”. Todo dependerá del corazón en el que caiga la semilla.

¿Cómo te ven los demás?
Esto es algo que nos pasa a todos: siendo como somos, hay personas a las que les caemos bien y otras a las que les caemos mal, y muchas veces no comprendemos el porqué de esta dicotomía. ¿Es que acaso somos dos personas distintas o actuamos de formas opuestas? No, para nada. Digas lo que digas, hagas lo que hagas, el que quiera pensar bien o mal de ti lo hará en un sentido u otro. Igualmente, el que crea que tus acciones tienen propósitos egoístas y egocéntricos o, por el contrario, dadivosas y altruistas, lo hará. 
Por eso puedo decir que, aunque actúe de manera diferente en según qué casos –que no de forma contradictoria o hipócrita-, mi esencia no varía en función de quién tenga delante y de lo que piensen de mí. Sencillamente, los demás nos perciben de maneras diferentes en función de cómo son y de sus valores: alguien que es un fornicario, un adúltero, bebedor o que, sencillamente, usa un lenguaje vulgar, posiblemente se burlará de un creyente que se esfuerza por vivir en pureza, que es fiel a su pareja, rechaza el alcohol y es educado en su trato, ya que se sentirá ofendido al mostrarle su pecado. Por el contrario, un inconverso que tenga valores semejantes, nos considerará una persona íntegra y de ejemplo. Por lo tanto, esto –el cómo nos ven-, es algo que también se escapa a nuestro control.
En otras ocasiones, estos mismos inconversos pensarán, o incluso te dirán, que eres un soberbio por creerte en posesión de la VERDAD y por defenderla con ímpetu. Y, en demasiadas ocasiones, aunque seas amable y humilde, al no ser perfecto y cometer errores, saltarán a señalarte tus defectos, sean reales o imaginarios, incluso con gritos y visceralidad, creyendo que eso les hará tener la razón, como vimos con todo lujo de detalles en Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas”, y que recomiendo fervientemente su lectura a quien no lo haya hecho (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html).
Que se den unas circunstancias u otras está en función de cómo sean tus compañeros de trabajo o estudios y tu familia –por eso Jesús nos avisó que los enemigos también se encontrarían en nuestra casa (cf. Mt. 10:36-38)-, la educación que recibieron, sus propias experiencias vitales, el carácter que posean, etc. Cuando lo que se recibe es juicio continuo o mal por bien, puede llegar a ser exasperante y frustrante, porque tratar con personas que ven siempre la botella medio vacía en lugar de medio llena y únicamente resaltan lo negativo sobre ti, no es algo fácil de encajar.
Todo esto se observa en la vida de Cristo y de la inmensa mayoría de los personajes bíblicos neotestamentarios: queriendo hacer el bien, y llevándolo a cabo, se les pagó con el mal, donde las acusaciones de todo tipo, junto a la persecución física y verbal, fueron la tónica habitual. Pablo fue bastante explícito al narrar sus vivencias y la de sus compañeros: “Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, mas vosotros prudentes en Cristo; nosotros débiles, mas vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados. Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (1 Co. 4:10-13). En nuestro caso, el precio a pagar suele ser las risas, el desprecio o el desinterés, ¡y gloria a Dios cuando nos escuchan con el corazón abierto!
Ahora bien, y esto es de importancia capital: ni tu actitud, ni estilo de vida, ni pensamientos hacia ti mismo, ni sensación de éxito o fracaso, deben depender de las reacciones ajenas. Eres un siervo de Dios que debe ser fiel a lo que Él ponga en tu mano para hacer. A eso se resume todo. Eres responsable de cómo eres y de tus buenas acciones, no de cómo respondan ante ti ni ante ellas, ni tampoco de que prefieran destacar únicamente tus defectos o imperfecciones. Desecha las mentiras que digan sobre ti, aprende de lo que pueda haber de cierto y guarda con humildad y sin altivez en tu corazón las buenas palabras que te dediquen. Si a Jesús le “sacaron” defectos los críticos profesionales, ¡cuánto más se esforzarán con nosotros!
Hacer el bien no depende de que el otro sea “bueno” con nosotros o “malo”: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt. 5:44). Esto no quita otras duras palabras de Jesús: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” (Mt. 7:6). Al mismo tiempo que somos llamados a bendecir, somos exhortados a guardar nuestro corazón –incluso distancia-, y a no insistir ante aquellos que rechazan sistemáticamente el Evangelio, sea un religioso recalcitrante o un ateo virulento. En demasiadas ocasiones nos empeñamos en querer hablar a las mismas personas que no quieren saber nada cuando hay decenas de conocidos o desconocidos a las que nunca le hemos dicho nada.

¿Qué podemos hacer?
Hasta aquí he señalado todos los inconvenientes y dificultades con las que nos encontramos los cristianos en nuestras buenas intenciones de ser, como preguntaba Ruth, de bendición y transformación en la vida de personas que son inconversas. Ahora nos toca apuntar en qué aspectos podemos ser de bendición, siempre conforme a los dones recibidos y al llamado concreto de Dios para con nosotros. Aquí dejo una pequeña lista que he citado de manera parecida en alguna que otra ocasión:

1) Predica el mensaje de salvación (cf. Mr. 16:15) y presenta defensa de tu fe con mansedumbre y reverencia ante todo el que te demande razón de la esperanza que hay en ti (cf. 1 P. 3:15). La salvación del alma es, sin duda alguna, el tema central del Evangelio, y darlo a conocer la misión principal del cristiano.

2) Si tienes casa propia, invita con hospitalidad a aquellos con los que puedas entablar cierta relación de cordialidad y así dar testimonio de tu fe de manera natural.

3) Ayuda a los pobres en la medida de tus posibilidades, visita a los huérfanos, a las viudas y a los presos si está en tu mano hacerlo y si el Señor te mueve a ello (cf. Gá. 2:10; Stg. 1:27; He. 13:3).

4) Siendo este un aspecto muy difícil de llevar a la práctica –puesto que, por decir la verdad, puede que te tomen por entrometido o, lo que es peor, por chivo expiatorio-, trata de ser un pacificador entre partes enfrentadas (cf. Mt. 5:9).

5) Aunque tus padres sean inconversos y en ocasiones resulte complicado, al provocar a ira a sus hijos (cf. Ef. 6:4) por tratos injustos o actitudes frívolas, el mandamiento sigue siendo el mismo para todos: honrarlos (cf. Ef. 6:2).

6) Sin ser una acción externa que los inconversos puedan ver y apreciar, no olvides que la oración es una parte fundamental para poner sus nombres ante el Trono de la gracia y pedir que sus ojos espirituales sean abiertos.

Conclusión
Seguro que hay muchos más aspectos a destacar y que me he dejado en el tintero, pero con esta muestra general es suficiente; aspectos más específicos lo dejo para la reflexión personal del lector.
Lo reseñado brevemente es una guía bíblica general. El cómo hacerlo exactamente está en tu mano y de las circunstancias que te rodean: sociedad, país, cultura, oportunidades, etc. Ahí ya no puedo especificar. Reflexiona y pídele al Señor sabiduría sobre cómo hacer Su Obra. Que Él te guíe. Un día nos veremos todos llenos de felicidad porque se nos dirá: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:23).

lunes, 7 de febrero de 2022

Jugar con fuego santo

 

Este libro ha sido escrito de un pentescotal para los pentecostales en general, siendo su autor Michael L. Brown, fundador y presidente de AskDrBrown Ministries. Lo considero ideal tanto para leer como para regalar, especialmente entre carismáticos. Ahora bien, lo puede leer cualquier creyente, crea en la vigencia de los dones espirituales para el tiempo presente o sea cesacionista. No es necesario estar de acuerdo en todo lo que dice –ni yo mismo lo estoy, ni mucho menos-, pero podemos aprender de sus palabras y experiencias. Basta con seguir la máxima que nos enseñó Pablo: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Ts. 5:21).
Algunos evangélicos piensan que este tipo de libros les robará la fe, y por eso rehúyen su lectura. Actúan de la misma manera que el católico, que prefiere creer lo que otros le han enseñado durante toda la vida, en lugar de comprobar por sí mismos la realidad y, así, analizar si coincide con la enseñanza bíblica. Siempre digo que la fe no te la roba nadie; el que se pierde, es porque se pierde a sí mismo.
El autor narra algunas profecías y milagros que él ha contemplado en primera persona (que dependerá del lector creer o no), algunos de los cuales me han sorprendido, como uno al que describe como “macarrones con queso” (sabrás a qué me refiero cuando lo leas), pero también advierte: “... la Palabra de Dios nos dice que no creamos a todo espíritu, sino que probemos los espíritus. La Biblia con frecuencia nos advierte contra el engaño y nos dice que tengamos cuidado con los falsos profetas y los falsos maestros. Esto significa que ser como niños en nuestra fe no significa que seamos ingenuos. La ingenuidad no es más un fruto del Espíritu que el escepticismo. ¿Por qué entonces tenemos tan poco discernimiento? ¿Por qué somos tan prontos para creer cualquier cosa y todo, siempre y cuando se utilice el lenguaje “espiritual” adecuado? ¿Por qué somos tan ingenuos?” (Pág 20).
Expone practicas heréticas que él, como carismático, conoce muy bien, muchas de ellas porque las ha visto, y las sigue viendo, con sus propios ojos, las cuales se han infiltrado en iglesias de este corte, sobre todo en temas como demonología, prosperidad, sanidad, “unción” y el estilo de vida de los “superapóstoles”, entre otros, y por lo que reconoce sentirse avergonzado. Recordemos que muchos creen estar adorando, cuando en realidad están ofreciendo “fuego extraño”, como hicieron los hijos de Aaron, con el argumento de considerarlo válido, diciendo que “es para el Señor”.
La cantidad de ejemplos que cita son asombrosos, siendo desconocidos para mí, a pesar de que hace unos años leí una ingente cantidad de literatura al respecto. Y nunca deja de asombrarme.
Animo fervientemente a su lectura a todos aquellos que quieran saber de un tema que nos afecta a todos los cristianos y que irá en aumento, todavía más si cabe, conforme se acerque el día de la Parusía.

Aquí os dejo el índice:

- Cap. 1: ¡El Espíritu se está moviendo poderosamente!
- Cap. 2: ¿Por qué somos tan ingenuos?
- Cap. 3: Profetas mercenarios.
- Cap. 4: Líderes superestrellas.
- Cap. 5: Liderazgo abusivo.
- Cap. 6: Profecía no supervisada.
- Cap. 7: Inmoralidad sexual.
- Cap. 8: El evangelio de palabras de ánimo y el evangelio de la prosperidad.
- Cap. 9: Celebración de la desviación doctrinal.
- Cap. 10: Al tercer cielo y de vuelta en un segundo.
- Cap. 11: Querer ser sabios como el mundo.
- Cap. 12: ¿Cuál es el siguiente paso?
- Posdata: Una palabra cariñosa para los críticos de los carismáticos.

Para los interesados en este tipo de temática, les recomiendo dos libros excepcionales y, aparte, otros dos que yo mismo he publicado. De todos ellos dejo sus respectivas reseñas e índices en estos links:

- Cristianismo en crisis, de Hank Hanegraaff:

- Conceptos errados, de Virgilio Zaballos:

- Herejías por doquier, de Jesús Guerrero:

- Mentiras que creemos, de Jesús Guerrero: