miércoles, 20 de mayo de 2015

4.2. Una amistad verdadera



Venimos de aquí: Los solteros se preguntan: ¿Dónde están los amigos? Un problema de peso: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/05/41-los-solteros-se-preguntan-donde.html


Dentro de un sano equilibrio, no está en mí lograr que las cosas cambien. No puedo transformar las costumbres ni tradiciones eclesiales de otros si ellos no quieren. Pero sí hay algo que tú y yo podemos hacer: ser dueños de nuestro propio micro-cosmos en lo que a las relaciones personales nos concierne. Buscar amistades en el Señor es nuestra responsabilidad, puesto que forma parte de la mayordomía de vida que Dios nos ha concedido.
Génesis 2:18 señala que no es bueno que el hombre esté solo, pero creo que limitamos nuestra visión cuando usamos esas palabras como si exclusivamente hicieran alusión al hecho de no tener pareja. Sería conveniente ampliar la perspectiva. La idea general no se refiere únicamente a no estar casados, sino también a: “No es bueno que no tengáis compañía”; “No es bueno que no tengáis con quién compartir vuestros sentimientos, alegrías y tristezas”; “No es bueno que andéis solos por este mundo”.
Muchos solteros cometen el grave error de infravalorar las amistades cuando se encuentran sin pareja. Creen que una pareja lo es absolutamente todo. Desechan a aquellos que resultan no ser potenciales compañeros sentimentales y se aíslan de los demás. Piensan: ¿Para qué invertir tiempo en alguien con quien no puedo casarme? Lo sepan o no, se están perdiendo la posibilidad de crecer como seres humanos y llegar al conocimiento de áreas de su propia ser que no podrán alcanzar mientras no interactúen con otros.

Confrontando el problema a nivel personal
¿Mi consejo? Para empezar, tienes que abandonar la idea de tener muchísimas amistades. ¿O acaso Jesús las tenía? Sin despreciar a nadie, ¿para qué quieres tener supuestas “amistades” a las que no le interesas lo más mínimo ni quieren saber nada de ti? Tienes que implicarte y no esperar a que los demás vengan a ti. Seguir siendo un “cristiano-pasivo-zombie” es mortal. Termina por gangrenar el corazón. Hay personas que tienen cientos de “amigos” agregados a una red social de Internet, pero ellos mismos reconocen que no tienen ningún amigo de verdad, ni siquiera uno con el que quedar a tomar una taza de chocolate.
No quiero suavizar nada. Soy consciente de que la tarea de la que hablo no es nada sencilla. En solteros de más de treinta años, la situación se complica aún más por los motivos que ya expresamos, y sobretodo por este que no me quiero dejar en el tintero: “El mejor amigo suele ser una persona que te acompaña desde la adolescencia o la universidad, o en el primer trabajo. Es muy difícil que surja a los 30, porque lo considerarías mejor amigo a los 40 o los 50. No es algo que salga de un día para otro: te tiene que acompañar a lo largo de un periodo de tu vida y, sobre todo, en los malos momentos. Para que alguien te demuestre todo eso se necesita tiempo”[1]. En conclusión: pasar por circunstancias adversas, superarlas, vivir diversas épocas de la vida, etc. Y eso lleva años.
En este cometido, el de tener algunos amigos, hay que tener unas pautas bien claras: Despreocuparse de la cantidad y centrarse en la calidad. Al fin y al cabo, por norma general, los amigos íntimos se pueden contar con los dedos de una mano. Se puede estar apretujado en un vagón de metro o pasear por las calles más transitadas de nuestras ciudades, pero sentirse completamente sólo. Por eso es importante recordar que basta una única buena compañía en el desierto para que el calor se transforme en refrigerio.
Tampoco esperes tener el mismo grado de intimidad con todas tus compañías. Con algunas podrás mostrar facetas de tu carácter y con otras algunas diferentes. Puede que algunas pasen literalmente de ti o cuya conversación no vaya más allá del trabajo o los deportes, pero habrá otras con los que puedas compartir ideas profundas de la vida, de la Palabra de Dios, o sentimientos que consideras secretos y que nunca le hayas contado a nadie. Por eso hay diversos grados de camaradería. Con unos podrás tener más complicidad, compartir más facetas de tu vida, sentimientos, emociones y pensamientos, y con otras menos.
¿Sabes qué clase de personas son con las que quiero compartir las mayores intimidades de mi vida y las que, en mi opinión, tienes que buscar? Aquellas que son humildes y sencillas, que tienen una sana pasión por Dios y desean servirle, y que son como Daniel, que proponen en su corazón no contaminarse con el pecado. Esas son sus mayores prioridades. Si tu mayor entusiasmo no es el Altísimo, y lo que buscas preferentemente es ambiente, multitud, ociosidad y recomendaciones sobre discotecas, conmigo no cuentes. No soy la persona adecuada para aconsejarte. Dicho esto, matizo que Dios no está en contra del ocio, sino de determinado tipo de ocio. Está claro que también podemos tener amistades para divertirnos sanamente. Vemos a Jesús en las bodas de Caná y estoy seguro que se lo pasó bastante bien. Pero si buscas algo más, amigos que te acompañen en el camino de Cristo, permíteme indicarte en qué rasgos tienes que fijarte para reconocerlos cuando los veas, basándome en las palabras de Charles Swindoll: “Gente servicial, gente interesada, gente amigable”. ¿Cómo identificar a una persona así?:

1.     Será un verdadero hijo de Dios que ha experimentado el nuevo nacimiento.
2.     Tendrá la Biblia como la Palabra de Dios y única regla de fe y conducta.
3.     Creerá las doctrinas fundamentales del cristianismo: La Trinidad, la Encarnación del Hijo, Su muerte expiatoria en la cruz, Su resurrección corporal de entre los muertos y posterior ascensión a los cielos, la salvación por gracia y Su segunda venida para establecer su Reino por la eternidad, y vivirá conforme a estas enseñanzas.
4.     Jesús será su Dios, Señor y Salvador.
5.     Se interesará profundamente por aquello a lo que dedicas tu tiempo y entrará en tu mundo personal: aficiones, talentos, dones, etc.
6.     Tendréis un sentir parecido en los aspectos fundamentales de la vida y en la escala de valores, que se ajustarán lo más posible a la Palabra de Dios.
7.     Se mostrará verdaderamente humilde y no se creerá más que nadie.
8.     No tendrá una doble cara ni te usará para sus antojos personales.
9.     Será tolerante y nunca tratará de imponerte su opinión, aunque esté completamente convencido de llevar la razón.
10.  No te presionará ni te chantajeará emocionalmente para que hagas lo que no quieres hacer.
11.  Respetará tus opiniones en doctrinas no esenciales aunque no las comparta todas contigo y aceptará comprobar si llevas razón en algún fallo que le señales.
12.  Realmente te buscará para hacerte partícipe de su vida, y no únicamente de lo malo sino también de lo bueno.
13.  Mostrará un verdadero deseo por conocer más a Dios y de servirlo según sus dones de forma sencilla.
14.  No se venderá a sí mismo con aires de grandeza. No será egocéntrico, ególatra ni narcisista, ni querrá que el mundo gire en torno a él.
15.  Será solícito cuando necesites algo de su parte y esté en su mano cubrirlo.
16.  Se preocupará por tu bienestar y por tu estado de ánimo, tanto cuando estés bien como cuando no sea así.
17.  Querrá saber tus pensamientos más profundos y compartirá los suyos contigo.
18.  Reconocerá sus errores cuando los cometa.
19.  Te sentirás cómodo y relajado en su presencia.
20.  No se reirá de tus desgracias, ni en público ni en privado, ni te faltará el respeto.
21.  Respetará aquella parte de tu intimidad que no quieras revelar.
22.  Tendrá desarrollada la empatía hacia ti.
23.  Podrás mostrarte vulnerable sin temor a ser enjuiciado y menospreciado.
24.  Te mostrará su amor de diversas maneras: palabras, abrazos, pequeños detalles, etc.

Mientras más rasgos de los citados tenga una persona y más tengas tú respecto a los suyos, más unida te sentirás a ella y de mayor bendición seréis la una para la otra. 
Todo esto se demostrará con hechos y no solo con palabras. Ten especial cuidado con aquellos que usan la Biblia para torcerla de tal manera que tratan de justificar con ella su pecado o su estilo de vida libertino. Una persona así te puede incitar a vivir fuera del orden de Dios. La carne es débil y ella puede querer a su lado a este tipo de individuos como cómplices para darle rienda suelta a tu propia naturaleza pecaminosa.
Nada de esto significa perfección. Si es eso lo que buscas, olvídate. ¿O tú eres perfecto? Como un proverbio árabe señala: “El que quiere amigos sin defectos no tendrá ninguno”. Recuerda que tiene que ser recíproco ya que no puedes reclamar lo que tú no eres capaz de dar u ofrecer: “No podemos determinar el momento concreto en que nace la amistad. Como al llenar un recipiente gota a gota, hay una gota final que lo hace desbordarse; del mismo modo, en una serie de gentilezas, hay una final que acelera los latidos del corazón”[2].

Amistades que concluyen o nunca lo fueron
Tienes que saber que “el hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo” (Proverbios 16:24). No puedes esperar de brazos cruzados que la otra persona te ofrezca lo que tú no le brindas, igual que él no puede esperar nada de ti si te acercas a hablar y a los cinco segundos se marcha. Esa es la ley de la reciprocidad en las relaciones humanas. Es una condición, no una opción. Hay personas que se malacostumbran a recibir mucho y dar poco. ¿No te ha ocurrido alguna vez que te has desvivido por una alguien cuando estaba enfermo o necesitaba tu cuidado emocional y, sin embargo, te desamparó cuando fuiste tú el convaleciente o quien necesitaba atenciones? ¿No has conocido a una persona que solo da, no por verdadero interés en tu vida, sino porque sabe que así luego recibirá de ti? ¿No has tenido “amistades” que solo te buscaban para pedirte favores? ¿No has tenido “amistades” que si tú no te acercabas, ellos no lo hacían respecto a ti? ¿No has ayudado decenas de veces y, cuándo has sido tú el necesitado, te han dicho que en ese momento no podían? Muchos son fieles cuando todo marcha bien, pero te dejan de lado en los momentos amargos. En otros casos, la dejadez de uno de los dos ha provocado que se enfríe la relación o que termine muriendo.
Amigo es el que te confronta cuando observa que te estás alejando de Dios; no para sermonearte ni regañarte, sino porque te quiere, te lleva en su corazón y se preocupa por ti sinceramente. De igual manera, no es tu amigo aquel al que le pides que se quede contigo porque estás hundido y te dice que no puede porque ya había hecho planes para ir a una fiesta. Ni es tu amigo “en el Señor” el que te dice que si te enamoras de un inconverso sigas adelante o te anima a unirte en yugo desigual si surge la ocasión (quizá sea amigo, pero sin sabidura bíblica alguna). Tampoco es tu amigo el que únicamente te busca porque necesita algo, o porque busca consuelo cuando se siente mal a pesar de que te ignora el resto del tiempo sin entrar en tu mundo interior ni interesarse realmente por ti. Eso es una falsa amistad por su parte basada en la conveniencia. Si en sus programas nunca se acuerda de ti, o siempre eres la tercera, la cuarta o la quinta opción (o directamente la última, solo en caso de que fallen todos sus planes), ahí no hay verdadera amistad. El que te considera un verdadero amigo te incluye directamente en su vida y busca sí o sí pasar tiempo contigo cuando estais juntos, cara a cara, porque disfruta de tu compañía y te considera importante. Las amistades hay que cuidarlas y dedicarles tiempo. Si eres tú el que siempre busca a alguien y él no te busca a ti casi nunca, al final terminarás por dejar de buscarlo. Es una relación que terminará por congelarse.
Tengamos en cuenta que la vida está formada por diferentes etapas. Y en las amistades suele acontecer de la misma manera. Algunas vendrán y permanecerán para siempre. Muchas pasarán por altibajos o rachas, donde la intimidad será mayor o menor. Otras se distanciarán después de varios años, por diversas razones: el hecho de tomar caminos diferentes en la vida; un cambio de prioridades; un traslado de ciudad o de país; que uno de los dos ennovie o contraiga matrimonio (moviéndose a partir de entonces en un círculo diferente); etc. Quizá la causa más trágica de una separación entre amigos sea cuando uno de los dos se aleja del Señor y comienza a vivir en pecado. Como las tinieblas se sienten incómodas ante la luz, se apartan de ésta: Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:20-21).
Considero que cometen un error aquellos que afirman que si la amistad no dura toda la vida es que no era verdadera amistad. Sencillamente, hay múltiples circunstancias que pueden llevar a dos personas a alejarse. Pero eso no quita que el tiempo que compartieron fuera de auténtica y verdadera amistad.
Si finalmente la amistad concluye, quédate con todo aquello positivo que te aportó esa persona y con lo que le ofreciste. Será la manera de honrar a quien un día compartió parte de su ser contigo. Como alguien dijo: “Los buenos recuerdos que añadimos con los amigos son como bolsas de diminutos diamantes”. Guarda esos diamantes del pasado en tu corazón, sabiendo que en algún momento del camino (o ya en la otra vida) os volveréis a encontrar.
 Por último, estarán aquellas amistades que fallarán de manera lamentable y la fractura no podrá soldarse por falta de arrepentimiento, fruto de:

-                Una traición. Cuando confiabas tus mayores secretos y éstos fueron desvelados. Ahí se hacen realidad las palabras del Señor: Maldito el varón que confía en el hombre” (Jeremías 17:5) y caen al abismo las dichas por Jesús: Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).
-                Una afrenta implacable. El salmista lo reflejó perfectamente: “Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; Ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; Sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; Que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios” (Salmo 55:12-14).
-                Una acusación falsa y difamatoria. El caso de Job es un claro ejemplo, al acusarlo sus amigos de ser el mismo el causante de todas sus desgracias: “¿Hasta cuándo angustiaréis mi alma, y me moleréis con palabras? Ya me habéis vituperado diez veces; ¿no os avergonzáis de injuriarme? Aun siendo verdad que yo haya errado, sobre mí recaería mi error” (Job 19:1-4).
-                Un abuso tras ganarse la confianza. Como una mujer dijo: “Acudiste a mí cuando era vulnerable. Llenaste el vacío emocional dentro de mí. Me hiciste confiar en ti, tal vez incluso amarte... ¡y todo el tiempo me estabas usando!”.

Jesús dijo que no todo el que le llama Señor entraría en el reino de los cielos (Mateo 7:21). Igualmente, no todo el que dice ser tu amigo lo es, ni todo aquel que dice quererte lo hace en realidad. El amor se prueba en muchas ocasiones, con hechos verificables. La fidelidad queda manifiesta en el peligro. La valentía es visible. El cobarde queda en evidencia. Y el fiel sale puro como el oro.

Los amigos de Jesús
¿Cuál fue una de las primeras acciones que llevo a cabo Jesús tras ser bautizado?: Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron” (Mateo 4:18-22).
Visto esto, ya tenemos la respuesta a cuál fue uno de los primeros pasos del ministerio de Jesús. Él escogió a sus amigos. Miró y los seleccionó. Por un lado vio a dos hermanos, y por otro vio a otros dos hermanos. Y en otro pasaje diferente les dijo directamente: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Juan 15:16). Sabiendo que Jesús es Dios, miró directamente sus corazones, en lo profundo de ellos. Vio a los que habían de ser sus amigos durante su tiempo en la Tierra y el resto de la eternidad. Como Él mismo demostró, las verdaderas amistades no dependen ni de la edad, del sexo, la cultura, educación, profesión o condición social.
Alguno puede pensar que eso no es cierto, que escogió discípulos, los futuros apóstoles. Ese punto de vista es correcto. No los escogió solamente para tener compañía, sino para que proclamaran el evangelio. Pero escoger individuos exclusivamente para esta misión hubiera sido algo frío y sin corazón, más propio de un dictador que manda soldados a la guerra sin importarles los nombres de cada uno, más propio de un dios de la mitología. Y el verdadero Dios no era ni es así. Él es apasionado y celoso, como enseña la Biblia. Primero los llamó por sus nombres y tiempo mas tarde amigos. Si los apóstoles hubieran visto que Jesús solamente los usaba como marionetas para proclamar el evangelio, y no hubiera sido amigable, respetuoso y cariñoso con ellos, posiblemente no hubieran entregado sus vidas por Él aunque hubieran quedado totalmente convencidos de su divinidad.
Se rodeó de aquellos con los que compartiría todo, desde sus pensamientos más profundos hasta sus sentimientos de felicidad, dolor y angustia. No fue un solitario ni un ermitaño. Les compartió sus pensamientos más íntimos. Les reveló su propio corazón: el corazón de Dios. Comía con ellos e iban juntos a todas partes. El día de la tormenta en la barca, allí estaban juntos. Cuando la multiplicación de los panes y los peces, allí estaban juntos. Cuando la pesca milagrosa, allí estaban juntos. Se transfiguró y mostró su gloria delante de sus amigos: Juan, Pedro y Santiago. ¿A quienes se llevó al huerto de Getsemaní, en su angustia? ¿A quienes les confesó que su alma estaba muy triste, hasta la muerte? Nuevamente, a sus amigos. ¿A quien se le apareció primeramente cuando resucitó? A su amiga María Magdalena (cf. Marcos 16:9). El mismo Lázaro era su amigo y lo amó como tal. ¿Quién recostaba su pecho sobre Él? Juan, el discípulo amado. Jesús sabía de sus propias deseos emocionales.
Es hermoso ver la intimidad que tuvieron, compartiendo sus aventuras y desventuras, donde lo compartían todo con el Maestro: Vueltos los apóstoles, le contaron todo lo que habían hecho” (Lucas 9:10). E incluso tenían un lugar donde se reunían de forma habitual y compartían sus secretos (cf. Juan 18:2).
También hay que decir que los discípulos no siguieron a Jesús como “zombis hipnotizados”, como si Él hubiera hecho un encantamiento mágico obligándoles en contra de su voluntad. En el evangelio de Juan vemos que, antes de unirse a Jesús, ellos ya le habían oído, e incluso hablaron con Él (cf. Juan 1:35-42). Y señala la Escritura: “Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él” (Marcos 3:13). Aún así, no fueron “robots”. Si ellos no hubieran querido, no hubieran ido por mucho que los llamara. Eso le ocurrió al joven rico. Jesús lo llamó pero él no quiso ir. En nuestras vidas ocurre exactamente igual: entra quien nosotros queremos, si quieren entrar; y nosotros entramos en la vida de quien nos deja entrar, si queremos. Si algo caracteriza a la amistad es que es libre.
Le siguieron porque vieron en Él algo diferente. Igual que nosotros. Nos hacemos amigos de aquellos en los cuales apreciamos cualidades que nos llaman la atención, muchas veces de manera inconsciente: su cariño, su ternura, su capacidad para escuchar, sus temas de conversación, aficiones comunes, temperamentos parecidos o un mismo sentir en los valores fundamentales de la vida. Influyen mil factores. Y así vamos seleccionando a los que deseamos tener cerca de nosotros. Como he repetido en varias ocasiones, en un hijo de Dios yo valoro especialmente la sencillez y la humildad.

Una verdadera amistad
Sobre los amigos hay muchas definiciones: “Es uno que multiplica las alegrías y divide las penas”; “Es aquel que conoce todos tus defectos y a pesar de ello te quiere”; “Es el que te ayuda a levantarte cuando los demás ni siquiera saben que te has caído”; “El que viene cuando todo el mundo se ha ido”; “El que llora contigo las lágrimas que otros no quisieron recoger”; “El que te busca para compartir sus alegrías y no únicamente para pedirte favores”; “Aquel que se alegra de tus éxitos y no te considera un rival”; “El que te acerca más a Dios en lugar de alejarte y te recuerda su Palabra en lugar de la del hombre”. Por eso un amigo no tiene precio[3]. Mas bien habría que decir que su valor es incalculable.
Leí en una ocasión esta frase que me parece cierta en su totalidad: “Me gusta estar contigo, no solo por lo que tú eres, si no por cómo soy yo cuando estoy contigo”. La verdadera amistad saca a relucir lo mejor de nosotros.
Reconocer a las personas que he descrito no es cuestión de días, sino de meses, y en ocasiones incluso de años. Es un proceso que requiere tiempo. Dicen que “la primera imagen es lo que cuenta”. No sé quién pronunció esas palabras, pero no creo en ellas porque no siempre se cumplen, ni mucho menos. Las primeras impresiones muchas veces engañan, tanto para bien como para mal. Aquel que resulta simpático y encantador en primera instancia, con el tiempo podemos descubrir que es un pequeño tirano. Por el contrario, el que en un primer momento nos repele, al conocerlo realmente puede que comprobemos que es una persona maravillosa. Por lo tanto es conveniente ir despacio. Es algo que no se puede forzar.
Aunque la amistad no se define por la cantidad de tiempo que estamos unos con otros, sí es cierto que “en todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” (Proverbios 17:17). Esto no significa que abusemos de la confianza, ya que corremos el riesgo de que lo fastidiemos en exceso y llegue a aborrecernos (cf. Proverbios 25:17 NVI).
Una de las más grandes historias de amistad es la de David y Jonatán, narrada en el primer libro de Samuel: David huía de Saúl, ya que éste lo buscaba para matarlo a causa de los celos, al ver los continuos éxitos en cada batalla que emprendía y al comprobar que la mano de Dios estaba sobre él. Y más sabiendo que había sido elegido como futuro rey de Israel.
En medio de todo esto, una ciudad llamada Keila estaba siendo atacada por los filisteos. Aún con el miedo en el cuerpo, David se enfrentó a ellos tras ser encomendado por Jehová. Los habitantes de Keila fueron librados. Tras una gran victoria, el futuro rey paró a descansar en aquel lugar, pero había un problema: Saúl fue informado de dónde se encontraba David y se disponía a atacarle. Para añadir tensión a la escena, Dios le informó que él y sus 600 hombres iban a ser entregados por los traidores e ingratos vecinos de Keila. ¿Y qué hicieron? Huyeron al desierto.
Aquí entró en escena el hijo de Saúl, Jonatán, amigo de David. Cuando supieron que durante un tiempo no iban a poder estar juntos, ambos lloraron, pero sabiendo que Dios estaba con ellos y en medio de ellos. Jonatán acudió al desierto para levantar y fortalecer el alma de David. Es más, le animó a seguir confiando en Dios, a pesar de las terribles circunstancias. Y lo hizo porque lo amaba en gran manera. Así cumplió la Escritura: “La dulzura de la amistad fortalece el ánimo” (Proverbios 27:9 NVI).
Jonatán acudió sin ser visto al desierto de Zif a ver a su amigo, a pesar del riesgo que corría su propia vida. Antepuso su bienestar y el amor por encima de los deseos de su padre, quien quiso matarlo con una lanza. Sus sentimientos eran reales y no podía negarlos. Ninguno de los dos renunció a la amistad. Los unían lazos que ningún ser humano podía destruir. De ahí que podamos entender el porqué el alma de Jonatán estaba ligada a la de David, y el porqué éste lo amaba como a sí mismo. Ambos compartían todo el uno con el otro. Por eso Jonatán estaba dispuesto a renunciar a ser el legítimo sucesor al trono para que se cumpliera la voluntad de Dios.
Sabiendo el odio que Saúl sentía hacia David, Jonatán no tuvo reparos en hablarle bien de su amigo, al mismo tiempo que lo protegía, velaba y le avisaba de las asechanzas de su padre. Él estaba dispuesto a hacer todo lo que David quisiera, diciéndole: “Lo que deseare tu alma, haré por ti” (1 Samuel 20:4). ¡Qué lealtad le mostró! ¡Qué fidelidad digna de admiración!: “Hay amigos más fieles que un hermano” (Proverbios 18:24). A cambio, David selló un pacto por el cual le protegería el resto de su vida, juramento que cumplió con el hijo de aquél, Mefi-Boset, a quién trató como un príncipe tras la muerte de su fiel amigo. En homenaje póstumo, David le compuso un cántico a su amigo (cf. 2 Samuel 1:19-27). El destino de ambos estaba unido más allá de la muerte.

Con todo lo que hemos visto, sé de las dificultades con las que nos enfrentamos en muchas ocasiones para hacer sanas amistades. Sea porque no encontramos a las personas que desearíamos, por tener unas expectativas desmedidas, por pereza, por desconfianza, por retraimiento, por miedos o traumas del pasado, por la naturaleza caída que mora en todos nosotros y que nos lleva en ocasiones a mostrar nuestra cara menos amable, por las diversas circunstancias de la vida, por ciertos modelos establecidos en iglesias locales que no promueven la comunión, etc.
Sabiendo todas las complicaciones que hay en el camino, tienes que poner de tu parte en lugar de marginarte a ti mismo. Mi deseo es que puedas llegar a compartir una clase de amistad profunda con otro hijo de Dios, donde exclames las mismas palabras que Rut le dijo a su suegra Noemí: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que tú vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (Rut 1:16-17).
Termino con las palabras de esperanza de José María Martínez: “Algunos han visto magníficamente realizado este emparejamiento espiritual en su matrimonio; su consorte ha sido el compañero ideal. Cuando no se tiene tal experiencia ni la esperanza de llegar a tenerla, se debe orar para que Dios, a través de algún hermano o consiervo supla la necesidad de amistad cristiana profunda. Después de la comunión con Dios, tal amistad puede ser la mayor bendición”[4].

* En el siguiente enlace está el índice:
* La comunidad en facebook:
* Prosigue en:
5.     LAS AMISTADES DE LOS SOLTEROS CON EL SEXO OPUESTO
                           5.1. Diferencias entre amistad y amor


[2] Bradbury, Ray. Fahrenheit 451.
[3] “Quien ha encontrado un amigo ha encontrado un tesoro” (Eclesiástico 6:36; Libro no canónico).
[4] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (vol. I). Clie, p. 96.

lunes, 11 de mayo de 2015

4.1. Los solteros se preguntan: ¿Dónde están los amigos? Un problema de peso.



Venimos de aquí: Encarando el sentimiento de fracaso: El concepto de éxito. http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/04/encarando-el-sentimiento-de-fracaso-el.html

Cuando tienes entre diez y veinticinco años resulta relativamente sencillo tener amigos. Buena parte de tu vida y de tu tiempo gira en torno a ellos. Pero a partir de ciertas edades, los solteros comienzan a encontrar serias dificultades para tener amistades de calidad y compartir contacto casi diario con ellas. Una de los pilares sobre los que está asentada sus vidas se desmorona paulatinamente. La razón es sencilla de explicar: conforme los amigos de la juventud se casan, sus estilos de vida y sus horarios cambian considerablemente, y con ello sus prioridades: lo primero pasa a ser la esposa, los hijos y las familias políticas, con todas las responsabilidades que esto conlleva en el hogar junto al cansancio psíquico y físico de la crianza de los retoños. Si a eso le unimos que se entra en el mundo laboral, el tiempo para compartir con otras personas se reduce considerablemente. Y cuando disponen de él, suelen tener otros planes: prefieren realizar algún tipo de actividad entre ellos, pasar una tarde familiar, salir con otras parejas, irse de vacaciones, o simplemente descansar en casa. Es lógico y perfectamente normal. Esa es la vida de cualquier matrimonio. En este aspecto no hay nada que reprocharles, y yo tampoco lo hago. Los solteros no pueden ir de víctimas en ese sentido.

Aislados
Vista esta realidad, en poco tiempo, el soltero de más de treinta años se puede encontrar en una situación compleja: aunque mire a su izquierda y a su derecha en busca de amigos, quizá se vea aislado y solitario. Sin duda alguna, es una de las mayores contrariedades a las que se enfrenta, que se agrava especialmente en las congregaciones pequeñas o en ciudades donde los cristianos no abundan. El simple hecho de buscar compañía para ir a comer (aunque sea a tapear o a tomar un café), al cine o al campo, se convierte en una odisea que requiere de una planificación más compleja que la construcción de una autopista a la Luna. Al final, cansado de recibir respuestas evasivas ante sus diversas propuestas, el soltero deja de insistir debido al dolor interno que experimenta. Siente que nadie quiere compartir su tiempo libre con él. Llega a ser frustrante y descorazonador.
Además, si hace algo al respecto, siente que está invadiendo un terreno que no le pertenece. Si propones a una pareja ir al cine a ver una película en concreto pero ya habían hecho sus propios planes para disfrutar a solas el uno del otro, los pones en un compromiso. Si te dicen que “sí”, te entrometerás y posiblemente lo harán sin alegría. Si te dicen que “no”, serás tú el que te quedes triste. Muchas veces uno no se sabe cómo actuar ni qué decir.
Por eso los creyentes que no están casados experimentan nuevamente que hay dos grupos dentro del cuerpo de Cristo: los matrimonios por un lado y los solteros por otro. Para los primeros hay diversas actividades: reuniones especiales, cenas de San Valentin, retiros, conferencias para padres, meriendas para madres, el “mes de la familia”, etc. Y los segundos, o se reúnen en campamentos con jóvenes con los que se llevan entre diez y quince años de diferencia (y cuyo histerismo e hiperactividad ya no les resultan tan apasionante como en el pasado), o se encontrarán con la nada más absoluta alrededor. De ahí que el soltero, por mucho que desee tener relaciones profundas y significativas, no las encuentra por ningún lado. Se siente incomprendido, y por ello en muchas ocasiones más cercano a sus compañeros inconversos del trabajo o los colegas de deportes que a sus hermanos en Cristo.
A todo esto se le añade una complicación: observa que un exceso de cristianos adultos (tanto solteros como casados) se muestran intolerantes con aquellos que no comparten sus mismas ideas en doctrinas secundarias y no le resulta agradable hablar con ellos: “A partir de los 30 te vuelves más selectivo con las amistades. No aguantas al egocéntrico, ni a aquel que te cuenta penas continuamente... Tu escala de valores ya está muy asentada, sabes qué te gusta y qué no. Uno ya no quiere andar perdiendo el tiempo con alguien que no le gusta”[1].
Al final, se siente derrotado y cansado, por lo que desiste en su búsqueda y se resigna a su situación de soledad. Muchos caen en la melancolía, incluso en cierto grado de depresión, aunque sea disimulada. Otros buscan en las redes sociales “ciber-amigos”, a los que pueden llegar verdaderamente a engancharse[2].
Los jóvenes son concientes de esta realidad. Por eso muchos buscan una pareja con la mayor prontitud posible para no pasar en el futuro por esta tesitura. Esto conduce en demasiadas ocasiones a precipitarse y a equivocarse en la elección del cónyuge.
Podemos leer este testimonio de una divorciada: Me siento sola, perdida, sin rumbo y no sé qué hacer para sentirme feliz cuando me dan bajones. Hace un año que me separé después de 8 años donde no había respeto ni cariño. Tengo dos niñas. Me costó tomar la decisión pues no tenía suficientes medios económicos para irme. Además, vivo lejos de mi familia y amigos. Mis hijas pasan tres días conmigo y cuatro con su padre, y prefieren estar con él. Soy muy activa, atractiva, inteligente y emprendedora; pero siento SOLEDAD en mayúsculas y me aterra pensar que el tiempo pasa y pasa. Es como si sintiera que no importara a nadie en el mundo, que todo el mundo tiene y hace su vida y nadie pensara en mí. Antes sentía soledad por estar tantos años al lado de alguien que no me quería, y ahora por estar tan sola y carente de todo emocionalmente. Quiero compartir mi tiempo con gente, sentir que formo parte de algo; y no sé por qué me hundo cuando veo que la gente en algún momento no me responde como yo necesitaría”[3].
Tengo una tía que es viuda. Y cuando se queja de la soledad ante su hermana soltera de 92 años, ésta responde irónicamente: “¡Que te crees que a mí me están esperando una pareja de guardías civiles en la casa!”. Una contestación llena de arte y simpatía, pero con un trasfondo muy real.

          Mi analisis como soltero para la Iglesia
Muchas veces los cristianos criticamos las famosas “botellonas”, donde miles de chicos y chicas se reúnen para beber, sin ir al fondo de la cuestión. Es muy fácil decir que las malas amistades son un verdadero problema, y citar las palabras de Proverbios: “El que anda con sabios, sabio será, más quien es compañero de necios sufrirá daño” (Proverbio 13:20), y quedarse ahí, sin más. Aunque es cierto que "las malas compañías corrompen las buenas costumbres" (1 Corintios 15:33) y que en muchísimas ocasiones abusan del alcohol para desinhibirse y hacer/decir lo que no serían capaz de llevar a cabo sin ese “puntito” (lo cual es bastante triste), el propósito principal de estas personas es estar unos con otros haciéndose compañía, cubriendo sus necesidades emocionales, compartiendo sus vidas, formando parte de un grupo cohesionado, hablando, riendo, dando y recibiendo cariño, etc. En definitiva, sintiendo y ofreciendo calor humano, huyendo consecuentemente de la soledad: “La ausencia de amistades es una de las privaciones más grandes de la vida. Aparte del gozo mutuo que obtenemos de la relación, los amigos son una de las barreras más eficaces contra la soledad”[4]. Aristóteles llegó a la conclusión de que, aunque poseyéramos todos los bienes del mundo, nadie se querría ver desprovisto de la amistad.
Con esto no estoy tratando de justificar de ninguna manera determinadas actitudes, tan solo explicarlas. Si el cuerpo de Cristo no es capaz de ofrecer nada de esto a los cristianos, la alternativa que les ofrecemos a muchos solteros es la soledad. ¿Cómo vamos a invitar a un adulto a reunirse con otros cristianos si esto es lo que le espera? No todo consiste en darle la bienvenida, en ofrecerle la mano o un par de besos, en decirle cuánto nos alegramos de que haya venido y en dirigirlo a un grupo de discipulado. Implica mucho más. Conlleva entrar en su vida en todos sus aspectos.
Es aquí donde quiero llamar la atención: nada de esto implica que las parejas descuiden sus responsabilidades familiares, sino que se involucren y lo tomen como un servicio del matrimonio hacia los demás: en lugar de tratar a un soltero como un elemento extraño que se tiene que buscar “las lentejas por sí mismo”, deben hacerlos partícipes de sus vidas y buscar un espacio para ellos, siendo la hospitalidad una de las maneras: “Muchas personas tal vez te discriminen por ser soltero. Por ejemplo: ya no te invitan a eventos a sus casas e invitan solo a los casados porque sus temas de conversación supuestamente van dirigidos solo a los casados. Esto no es verdad, porque solo se aplican a temas respecto a los hijos y a la vida íntima de convivencia matrimonial. Fuera de estos, todos los demás son temas universales y yo dudo mucho que cada vez que se reúnen las parejas casadas estén siempre hablando de su vida íntima como matrimonio. Por lo tanto, ese argumento se cae”[5].
Tampoco digo que inviten a un soltero a una cena de matrimonios o de novios, porque si asiste probablemente se sentirá peor, aunque cada persona es diferente y quizá no le importe. Es cuestión de preguntarle. Personalmente, nunca salgo con más de una pareja a la vez, estén casados, sean novios, estén en proceso de serlo o haya algo entre ellos (evito ser aguantavelas a toda costa aunque me amenacen con la muerte si no lo hago), a menos que vengan otros solteros (como amigos o familiares míos), y no siempre. Depende de mis ganas y de la situación en particular.
Además, cuando hay más de una pareja, absolutamente siempre (como si fuera una regla universal), terminan por sacarte tarde o temprano el tema, con las repetitivas frases que te producen hastío: “Ya verás como dentro de poco te vas a echar una novia y así podremos salir en pareja todos juntos”; “¡Búscate una novia!”; “Te la vamos a buscar”. Los que dicen estas expresiones (aunque sea de broma o con buenas intenciones), no saben realmente los sentimientos que provoca en el que las oye. Y si se les dice algo para que, por favor, no las digan, al poco tiempo se les olvida por completo. Es como si, de manera instantanea, les envolviera un espíritu de Alzehimer y se olvidaran, y luego en consecuencia las vuelven a repetir como loros. ¡Verdaderamente alucinante! Así que al final terminas por desistir, sabiendo que tarde o temprano el foco de la conversación estará sobre ti. Viene a ser una losa que hay que soportar cada cierto tiempo con resignación. Una razón más de mucho peso para no estar con más de una pareja a la vez; sientes como si fueras parte de un espectáculo en el circo donde te lanzan cuchillos y tú estás en el centro de la diana intentando contener la respiración. Solo añadiré que, en esos momentos, dan ganas de salir corriendo y saltar por la ventana, aunque te encuentres en el último piso del Empire State. Pero, una vez más y como siempre, aunque sientes agujas bien puntiaguadas en el corazón, aguantas con una media sonrisa en los labios, más falsa que un billete de 3247 euros con la cara de los protagonistas del Chavo del 8.
En el pasado salí en alguna ocasión con más de una pareja y no me sentí nada bien. El sentimiento de ser el impar era muy agudo. Como una pareja siempre suma par, el soltero siempre es el impar. Ser el número “tres” lo llevo bien, siempre y cuando se trate de personas a las que conozco desde hace muchos años y cuando tengo mucha intimidad con ellos. Pero ser el “cinco”, el “siete”, el “nueve” o más, no. Aunque como he dicho, a lo mejor a otros solteros no les importa. En mi caso (aunque con el humor trate de quitarle hierro), lo siento tal y como lo he expresado, y actúo en consecuencia.
Todo se debe hacer con tacto, no como una carga o por compasión, sino por amor: “A las parejas casadas: Hagan planes para que la hospitalidad de ustedes incluya a gente soltera: es decir, grupos pequeños, cenas de los domingos, comidas al aire libre, reuniones en días festivos. Se sorprendería si supiera cuántos solteros jóvenes y mayores pasan solos la Navidad, Pascua [...]. Todos suponen que alguien más los invitó. No tiene que ser una gran cosa. Simplemente actúe de manera natural. No olvide que hay personas solas de dieciocho y de ochenta años, y también de setenta, de sesenta, de cincuenta, de treinta y de veinte años; hombres y mujeres, casados anteriormente, que nunca se casaron, divorciados y viudos. Piense como cristiano. Esta es su familia, más profunda y más eterna que sus parientes”[6].  
Si “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28), tampoco se debería tratar al soltero como si fuera una especie aparte.
Por otro lado, los hombres casados deberían buscar tiempo para estar con los hombres solteros, e igualmente las mujeres casadas deberían buscar tiempo para estar con las mujeres solteras, sin necesidad de que siempre estén presentes sus cónyuges.
En demasiadas ocasiones no se tiene en cuenta las circunstancias de muchos solteros. La inmensa mayoría de las veces no se toma en consideración sus sentimientos y no hay una preocupación real por cómo piensan y sienten. Parece que lo único importante es que asistan a las reuniones eclesiales. Además, se les suele gastar bromas que no les hacen la más mínima gracia: “Tú sí que vives bien, ¡libre!”, “Qué felicidad. Sin responsabilidades ni preocupaciones”. Esas no son maneras de ganarse la confianza de nadie. ¿Qué soltero va a querer abrir su corazón ante tales comentarios? ¡Ninguno! ¿Por qué, en lugar de eso, no se interesan realmente por sus vidas y los hacen partícipes de las suyas, sin hacerlos sentir ciudadanos de segunda categoría? ¿Por qué no se escucha lo que guardan en sus corazones, en lugar de sermonearles con textos bíblicos sacados de sus contextos y usados como si fueran pociones mágicas? ¿Por qué no se les ofrece amistad, en lugar de decirles que se fijen en tal o cual persona para una posible relación, sin saber cuánto les molesta esas palabras? ¿Por qué no tomar conciencia de que para muchos de ellos no es nada fácil ver a otras personas formar sus propias familias, mientras tratan de abrirse paso en la vida de otras maneras? ¿Por qué no aceptar que algunos prefieren permanecer solteros? ¿Por qué son pocos los que se esfuerzan en ayudarles? ¿Por qué no recapacitar y darse cuenta que muchos se sienten en la más completa soledad, donde casi nadie se molesta en conocerlos, en descubrir sus dones, en animarles a usarlos y en pasar tiempo de calidad con ellos?
Me resulta increíble que haya solteros que se sienten en un banco domingo tras domingo y nadie se acerque a conocerlos realmente, aparte de los saludos de rigor y las típicas frases hechas. Como alguien señaló: “No es amigo el que te abraza y te besa; amigo es el que te comprende y te aprecia”. El “cómo estás” se convierte en una pregunta de cortesía, sin mayor interés. Cuando te das cuenta de esto, contestas con un simple “bien” y te alejas emocionalmente de esas personas. Aunque estén en tu vida por una serie de circunstancias, no las sientes como parte de ti. Tienen su propio camino y se supone que tú tienes el tuyo y que debes arreglártelas por ti mismo. Se supone que tu edad y madurez implica que todo está bien y en orden. No sientes que puedan comprenderte ni ponerse en tu lugar. Pocos empatizan. Se limitan a darte soluciones (sus soluciones) o a exhortarte tras encasillarte en diversos prejuicios. Finalmente, te distancias de ellos y no abres tu corazón. No hay confianza para hacerlo. La complicidad brilla por su ausencia. Llega la noche y el silencio acampa alrededor.  
 ¿Cómo pueden decirle tras semanas sin aparecer por el local de la iglesia que “lo echaron de menos”, cuando nadie se molestó en visitarle o en llamarle por teléfono en todo ese tiempo? Luego, cuando dejan de venir o se marchan a otra congregación, el resto se pregunta con una rima: ¿Dónde está? ¿Qué pasó? El “invisible” se esfumó.
En muchos lugares se ha perdido el sentido de familiaridad como cuerpo de Cristo. O te adaptas al grupo y sus costumbres, o te ves marginado. Los que forman parte de una iglesia local creen que los que vienen de otro lugar verán lo unidos que están y lo maravilloso que son, y así querrán automáticamente formar de esa comunidad. Eso es un error. El esfuerzo debe ser bilateral, nunca unilateral: “La soledad total puede llegar a convertirse en una carga punto menos que insoportable. Es interesante observar que los grandes líderes de la Biblia tuvieron por lo menos un compañero íntimo en quien encontraron apoyo. Moisés lo halló en Josué, Elías en Eliseo, Jeremías en Baruc, Bernabé en Pablo, Pablo en Timoteo y otros colaboradores”[7].
No tiene ningún sentido que muchos solteros tengan que vivir aislados:

¿A quién puede un hombre decir: “¡Aquí estoy!
Heme aquí en mi desnudez, con mis heridas, mi dolor oculto,
mi desesperación, mi perfidia, mi padecimiento,
mi lengua incapaz de expresar mi angustia,
mi terror, mi desamparo”?
¡Escúchame un día... una hora... un momento,
no sea que expire en mi terrible desierto,
en mi silencio solitario!
¡Oh, Dios! ¿No hay nadie que escuche?[8]

Al igual que hago referencia a los solteros, también aludo a los viudos, huérfanos, divorciados, madres solteras, hijos de padres separados, ancianos, etc.: “La iglesia debiera ser un refugio para quienes viven abrumados por su soledad, inconversos o creyentes. Pero esto sólo es factible cuando entre los miembros hay una comunión genuina, cuando el amor de Dios brilla a través del amor de sus hijos y cada uno se siente querido y aceptado, a pesar de su carga de defectos”[9].

El origen del problema eclesial
Parte del problema tiene su origen en el modelo que hay establecido en la inmensa mayoría de iglesias: lo más importante es la liturgia y poco más. Esto termina por convertir en espectadores pasivos a los asistentes. Una vez concluido el llamado “culto” semanal, se dispersan rápidamente porque tienen que ir a sus casas a preparar la comida o a continuar con sus vidas perfectamente planificadas. Parece que vuelan: cuando te das la vuelta se han teletransportado, al estilo Star Trek. Desaparecen, y un segundo después aparecen en sus casas. Y más si están casados. De esta manera, difícilmente se pueden crear lazos comunes. Nos pasamos horas hablando con familiares, compañeros de estudios y de trabajo, y apenas unos minutos con aquellos que comparten nuestra misma fe en uno o dos encuentros semanales. No lo entiendo. ¿Acaso creemos que fue casualidad que Jesús mandara a los discípulos de dos en dos? No entiendo que se dedique tanto esfuerzo a presentar proyectos, inversiones económicas y actividades, y tan poco en profundizar en la verdadera “iglesia”, que son los creyentes. Me causa fatiga y me aburre hasta la extenuación escuchar la expresión “hay que venir a la iglesia”. ¿Cuándo aprenderán muchos que el local/edificio no es la iglesia, sino que la Iglesia está formada por los redimidos, los que “han nacido de nuevo”, cuando se reúnen?
Es cierto que muchos aspectos narrados en el libro de los Hechos de los Apóstoles no tienen que ser normativos para los cristianos de todas las épocas, pero hay cuestiones en que podríamos hacer mayor hincapié y tomar de ejemplo. Dice en Hechos 2:46: Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón”. En lugar de comer juntos dos veces al año (Navidad y aniversario de la congregación), ¿por qué no lo hacemos más a menudo? Aunque lo hiciéramos únicamente una vez al mes, el porcentaje respecto a días del año seguiría siendo ridículo: el 0,26% aproximadamente. No todo es reunirse para los diversos cultos o actividades. En ese aspecto, creo que no hay nada más familiar que las llamadas “iglesias en casa”, que era la manera en que solía reunirse la iglesia primitiva.
También se debería hacer un énfasis especial en la comunión fuera de las cuatro paredes del local. Se debería exhortar a la verdadera hospitalidad entre hermanos. Aquellos que puedan: ¡que abran las puertas de sus casas y sus familias a aquellos que no tienen esos privilegios! ¡Que aprendan a compartir su tiempo con aquellos que necesitan el contacto humano, tanto para dar amor como para recibirlo!: “El soltero se siente solo y rechazado muchas veces porque siente que no encaja en ningún lugar. Sin embargo, cuando la iglesia funciona como familia de fe, ella provee lo esencial para la vida de cualquier persona: sentido de pertenencia, calor familiar, una comunidad, amor, alegría y gozo, apoyo en tiempos dificiles, la oración de unos por otros, el compartir la carga para que no se haga tan pesada, fortaleza, esperanza, compañerismo”[10].
Durante un año estuve de obrero en una congregación donde la inmensa mayoría de los hermanos eran de étnia gitana. La comunión que allí se creó fue increíble. La mayoría de ellos no tenían prisas por volver a casa tras la reunión. Se celebraban todos los cumpleaños. Comíamos al aire libre. Y me abrieron las puertas de sus casas en todos los sentidos. Es cierto que surgían  problemas –como es normal en todo lugar donde hay seres humanos conviviendo-, y que no eran los mejores teólogos del mundo. En ocasiones diferíamos en diversos aspectos de su cultura tradicional. Pero si algo aprendí en aquel tiempo es la importancia que le concedían al trato humano, con sus alegrías y tristezas, y a pasar el tiempo juntos como familia. El cariño que recibí es imborrable en mi corazón. En ese aspecto, los tomo como un ejemplo a seguir.
La urgencia de promover la comunión es máxima, y debería ser prioritaria para todos los cristianos. ¿Por qué? Porque al final muchos solteros terminan buscando cubrir sus anhelos de intimidad fuera del cuerpo de Cristo, sea con amigos inconversos o con una pareja que no es creyente o es de otra “religión”[11], uniéndose en yugo desigual (aunque absolutamente nada justifica hacer esto). Ante esta carencia de relaciones personales y “cara a cara” (físicamente presenciales), no es de extrañar la adicción emocional que muchos tienen a los “chats”, a los diversos métodos de mensajería instantánea y a las redes sociales. De ahí también la proliferación de páginas en Internet dedicadas en exclusiva a los “singles”, con grupos para irse de vacaciones, hacer senderismo, deporte, salir a comer y divertirse, practicar diversos hobbies, buscar una relación, etc.
Nada de esto significa que la vida de los demás tenga que girar en torno a nosotros los solteros. Esa es una idea fantasiosa y puramente egocéntrica: “No faltan los miembros que esperan siempre estar colmados de atenciones. Todo el mundo debe saludarlos e interesarse por ellos. Consideran que la iglesia debe reconocer su valía, aunque a menudo ésta es muy escasa, y llamarlos a ocupar puestos de responsabilidad. Pero sucede a veces que sus esperanzas y anhelos dejan de cumplirse, unas veces por omisión involuntaria de los creyentes; otras, porque su actuación resulta poco atrayente o porque sus dones no están a la altura de lo que apetecen. Entonces sobreviene el despecho carnal, el enfado, el volverse indiferentemente de espaldas a la iglesia. Se ha perdido de vista que el ensalzamiento, en último término, viene de Dios (1 Pedro 5:6)”[12]. No caigamos tampoco en esto. Recuerda que no eres una víctima ni tienes que sentirte como tal. Busca servir a Dios y Él te ayudará a conocer personas cercanas a Su corazón.

* En el siguiente enlace está el índice:
* La comunidad en facebook:
* Prosigue en: 
4.     LOS SOLTEROS SE PREGUNTAN: ¿DÓNDE ESTÁN LOS AMIGOS? 
4.2. Una amistad verdadera
http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/05/una-amistad-verdadera_20.html
 


[2] En el apartado “¿Buscar o no buscar pareja?” retomaré el tema de las ciber-relaciones.
[4] Sanders, Oswald J. Cómo enfrentar la soledad. Portavoz.
[5] Dávila, Zoricelis. Felizmente solteros. Casa Bautista de publicaciones.
[6] Piper, John. Pacto matrimonial. Tyndale.
[7] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (vol. I). Clie, p. 96.
[8] Sacado del prólogo de la obra El hombre que escucha, de Taylor Cadwell, que a su vez cita a Séneca.
[9] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (vol. 2). Clie.
[10] Dávila, Zoricelis. Felizmente solteros. Casa Bautista de publicaciones.
[11] He puesto “religión” entre comillas porque el verdadero cristianismo no es una religión.
[12] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (vol. 2). Clie.