lunes, 9 de agosto de 2021

8.1. Cómo enseñar a pensar a los jóvenes y adolescentes –puesto que todos son inteligentes-, para que aprendan por sí mismos

 


Venimos de aquí: La presión de grupo a la que son sometidos los jóvenes y adolescentes (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/08/7-la-presion-de-grupo-la-que-son.html).

Hablar de ciertos temas complejos con los adolescentes puede parecer difícil, y más los concernientes a la Teología y sus principios éticos y morales. La realidad es que depende en gran medida del expositor convertir dichos asuntos en soporíferos o en interesantes. Hay predicadores que no se esfuerzan en empatizar con los oyentes y, en lugar de predicar las Buenas Nuevas, parece que están predicando las Malas Nuevas. Aparte de las caras largas, se muestran fríos y monótonos. Que una cuestión sea seria y merezca dicho tratamiento, no significa que haya que dejar la emoción a un lado. Jesús es el ejemplo a seguir: se mostraba emotivo, sensible y apasionado, y sabía adaptarse al público que tenía delante.
En la mayoría de las ocasiones, la Teología suele ser aburrida para el joven porque se le presenta de forma completamente contraria a como lo hacía el Maestro. Se le habla de forma insípida, sumamente técnica y sin ninguna aplicación práctica, explicándole conceptos extraños que no entiende realmente, y que, por lo tanto, no puede asimilar de manera natural.
¿Cómo remediar esto? ¿Cómo se le puede hablar –como vamos a hacer en este caso-, del principio de la naturaleza caída que reside en todo ser humano y que nos inclina hacía el mal (entendiendo el mal como lo contrario a la voluntad perfecta de Dios), de forma clara y realista? La respuesta es sencilla. Los niños aprenden con juegos, canciones y, sobre todo, con historias que les conduce a formularse preguntas sobre los personajes, sobre sus motivaciones y sobre sus destinos. En definitiva, son ellos los que lo desmenuzan todo, pensando y reflexionando. Pensamientos teóricamente abstractos y complejos se convierten en realidades sencillas. Es ahí donde deben llevarles los educadores; en este caso, los padres.
Este método de enseñanza se abandona al llegar a la pubertad, creando así personas mentalmente pasivas a las que se les ofrece información ya masticada –llena de datos, que más temprano que tarde desaparecerán de la memoria-, para que memoricen y escriban sobre una hoja de papel. Así funciona el sistema educativo y así se califica el conocimiento, lo cual considero un grave error. Es la misma conclusión a la que llega Augusto Cury, quién dice que:

- Los exámenes escolares cerrados no miden el arte de pensar. A veces, anulan el razonamiento de alumnos brillantes.
- La cantidad exagerada de información que se da en la escuela es estresante.
- La mayoría de los datos se pierden en los laberintos de la memoria y nunca más serán recordados.
- El modelo escolar que privilegia la memoria como almacén de conocimiento no forma pensadores, sino reproductores.
- El objetivo fundamental de la memoria es dar soporte a una inteligencia creativa, esquemática, organizativa y no a recuerdos exactos[1].

Analizando objetivamente cada uno de estos aspectos, la sensación personal que queda es que buena parte del paso por la escuela fue una pérdida de años de vida y de oportunidades de aprender realmente.
Además, se enseña desprovisto de emoción, como si el saber fuera aburrido, cuando debería ser todo lo contrario. Como apunta nuevamente el señor Cury: “Los maestros y los padres que no provocan la emoción de los jóvenes no educan, sólo informan”[2].
El padre que quiera ser buen maestro debe buscar la manera en que su hijo sea capaz de llegar a conclusiones por sí mismo y a poder expresarlas con sus propias palabras, no como un loro parlanchín que repite ideas ajenas. Así es como se aprende realmente. Así es como la enseñanza se asimila y permanece toda la vida. Es la forma en que verdades profundas llegan a ser fáciles de comprender.

La propuesta a los padres
Como para un adolescente, la etapa de leer a Blancanieves o Caperucita Roja quedó atrás, ahora hay que probar narraciones adultas pero asequibles a su inteligencia en expansión. Tengamos siempre en cuenta que, por mucho pavo que pueda aparentar o tener un joven, no tiene ni un pelo de tonto. La historia que propongo para que los padres pueden explicarle a sus hijos el mayor problema que hay en ellos –y, consecuentemente, en todos los seres humanos-, es la atemporal novela El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde[3], escrita a finales del siglo XIX por R.L. Stevenson. Para esto, deberá ser leída tanto por unos como por otros: padres e hijos.
De los progenitores dependerá en gran medida convertirlo en algo soso o en verdaderamente ilustrativo: preguntando, explicando, dialogando. También les servirá para traer a la primera línea de pensamiento la verdadera razón por la cual les resulta tan difícil cambiar ellos mismo y tan complejo educar a un hijo. Incluso cuando éstos sean retraídos o poco interesados en ciertas materias, poseen el mismo cerebro para que lo usen, y muchas veces lo único necesario es darles un empujoncito para motivarlos y que se pongan en marcha. Pero, para esto, son el padre y la madre los primeros que tienen que hacerlo y ser de ejemplos.
Que los padres dejen a su aire las lecturas de sus hijos –“ya tendrán tiempo de aprender”- es un error. Ya no estamos hablando de niños, sino de chicos y chicas en plena pubertad, con edades comprendidas entre los 12 y los 16 años. De ahí que sea perfectamente compatible la lectura de, por ejemplo, novelas de ciencia ficción o fantasía, con otros libros que sirvan para pensar.
También serán los padres –y no yo, puesto que no soy el progenitor de sus hijos-, quienes deberán hacer el esfuerzo y adaptar la exposición que voy a hacer a la capacidad intelectual de sus retoños y al lenguaje de ellos, sin que esto suponga un menosprecio, y para esto es imprescindible que cada uno conozca a sus hijos mejor que a nadie.
Los padres tienen el deber de desafiar la inteligencia de los jóvenes. Si solo se conversa con ellos para criticarlos, para ver cómo les va en el instituto, para decirles que tengan cuidado con ciertas amistades, de que no beban, de que dejen el móvil de una vez, o para charlar de deportes, de películas o de diversos hobbies, buena parte de la inteligencia quedará sin explorar y el cerebro se atrofiará, siendo el joven uno más entre la masa.
Recordad lo citado líneas atrás: es el joven el que debe pensar y reflexionar en última instancia. Es la única manera en que aprenderá verdaderamente. De lo contrario, será un simple adoctrinado, que pensará y dirá sin convencimiento alguno lo que sus padres le han dictado.
Muchos padres dirán que esto es un peligro, y es verdad. Pueden tener miedo a que rechacen ciertos valores. Pero así construye personas y no clones. No olvidemos nunca que la educación no consiste en hacer robots en serie, sino en educar a personas que, cuando llegue el momento y no estén sus padres presentes, sepan tomar decisiones maduras y acertadas por sí solos, acordes a los principios cristianos.


Continuará en: El mayor problema que tienen los jóvenes y adolescentes: Doctor Jekyll y Mr. Hyde.

* Antes de comenzar con el análisis del libro y llevarlo al terreno bíblico, dejaré unas semanas (hasta principios o mediados de septiembre) para que, aquellos que no lo hayan leído, puedan hacerlo.


[1] Cury, Augusto. Padres brillantes, maestros fascinantes. Booket. Pág. 153.

[2] Ibid. Pág. 145.

[3] Stevenson, R.L. Dr. Jekyll y Mr. Hyde. El Mundo, unidad editorial, S.A.


lunes, 2 de agosto de 2021

7. La presión de grupo a la que son sometidos los jóvenes y adolescentes

 


Venimos de aquí: ¿De dónde reciben los valores perniciosos los jóvenes y adolescentes? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/07/62-de-donde-reciben-los-valores.html).

¿Con qué dificultades se enfrentan los jóvenes para ser diferentes a la masa? ¿De qué manera el resto ejerce sobre ellos la llamada “presión de grupo”?

El pasado reciente y el presente
Basta con comparar genéricamente algunos aspectos del pasado cercano y del presente para comprobar la manera en que los que el lenguaje, la vestimenta, la manera de actuar y de vivir, han variado radicalmente:

a) En el pasado cercano, las jovencitas vestían como señoritas y los jovencitos elegantemente. Únicamente las personas de dudosa reputación se exponían como lo hacen actualmente. Quienes eran decentes y de buen nombre, reservaban para el esposo y la esposa la visión de casi toda la anatomía. Y, por supuesto, ni hombres ni mujeres iban por la ciudad dejando al descubierto la ropa íntima. Esto solo sucedía en los cabarets –que siguen existiendo-, donde había todo tipo de shows para adultos, protagonizados por mujeres semidesnudas (como las gogos de las discotecas).

b) En el pasado cercano, cuando aparecían los dos rombos en la pantalla –que indicaba que el programa era para mayores de 18 años-, el destino automático y marcado por los padres a sus hijos era irse la cama sí o sí.

c) En el pasado cercano, el lenguaje vulgar brillaba por su ausencia ya que no era parte del vocabulario de los adolescentes. Nunca era la norma sino la excepción. Los padres se encargaban de que así fuera. Los insultos eran irrisorios comparados con los que se escuchan actualmente entre los jóvenes y se leen en las redes sociales y en los comentarios de las noticias, tanto nacional como deportivas. Este tipo de lenguaje ya está integrado de forma natural en el vocabulario juvenil. Incluso muchos lo usan como si no fuera algo ofensivo.

d) En el pasado cercano, las escenas cinematográficas de amor eran dos personas juntando los labios sin moverse durante unos segundos. Hoy no se deja nada a la imaginación y, más allá de los deseos sexuales inherentes a la condición humana y que todo hombre y mujer posee en mayor o en menor medida, la sobreestimulación de estos deseos por parte de la sociedad es evidente y feroz.

e) En el pasado cercano, los padres conocían a los amigos de sus hijos (incluso tenían algún tipo de relación con los progenitores), aparte de que sabían qué estaban haciendo cuando se juntaban. Hoy en día, eso brilla por su ausencia: “Hay padres que no se preocupan ni poco ni mucho de las compañías que frecuentan sus hijos, ni de cómo emplean su tiempo libre”[1]. Por lo tanto, es algo que los padres deben corregir: “Una cosa es compartir secretos con los amigos y otra muy distinta mantenerlos a ellos en secreto. Si el adolescente nunca habla de sus amigos, sale a escondidas, se niega a explicar quién le llama por teléfono o con quién pasa el tiempo libre; si cuando su padre lleva al lugar de reunión exige que le deje en una esquina distinta, o cuando le va a recoger le encuentra solo, es que algo pasa. Probablemente se haya unido a un grupo que sus padres encontrarán, con razón, poco adecuado. Conviene averiguarlo lo antes posible. [...] Invite a los amigos de sus hijos a casa. Es la mejor forma de conocer quiénes son, de dónde vienen, cómo piensan y qué influencia ejercen sobre sus hijos[2]. [...] Con mucho tacto y perspicacia se han de poner los medios para que nuestros hijos lleguen a los 20 años al lado de buenos amigos, respetuosos con sus valores, responsables, alegres, sanos de cuerpo y espíritu. Quien se integra en un grupo de amigos generosos y afables con la intención de cumplir los objetivos que se ha propuesto en la vida, es casi seguro que lo conseguirá”[3].
¿Qué tendrían que hacer los padres respecto a los amigos? Teniendo en cuenta que no pueden elegir su grupo de amigos, deben aconsejar y orientar, sobre todo enseñándoles “la diferencia entre un compañero, un cómplice y un amigo. Un compañero es el que comparte con ellos unos mismos gustos y aficiones, va a la misma clase o juega en el mismo equipo, los compañeros tienen intereses comunes y se ayudan mutuamente. Sin embargo, con un compañero no se tiene intimidad y la confianza que se tiene con un amigo. Con el cómplice, en cambio, el grado de intimidad y confianza es mayor, pero no llega al de la amistad. Ellos creen que son realmente amigos, sin embargo no se trata más que de una relación (muy fuerte, eso sí) sostenida por unos intereses determinados. Conviene hacerles ver que el cómplice parece un amigo, pero en el fondo no lo es, porque colabora con ellos en actos que no les convienen; un adolescente necesita cómplices para comenzar a fumar, para beber, para probar las drogas, para ir de marcha... Algo muy diferente es un amigo o una amiga de verdad. El amigo quiere nuestro bien y nos ayuda a conseguirlo, comparte con nosotros su tiempo, es un apoyo en los momentos difíciles y la persona con la que queremos compartir nuestra dicha. Con los amigos tenemos verdadera intimidad (por eso no suelen ser muchos)”[4].

El cambio ha sido brutal
Nuestros barrios, nuestras comunidades, nuestra sociedad, nuestras ciudades, nuestros países, nuestro mundo, ha cambiado de forma inenarrable. Ya nadie se sorprende de nada porque estamos acostumbrados. Lo que era repudiable hace no mucho tiempo, hoy es normal y loable. Muy pocas cosas escandalizan ya a un adolescente. Cuando se les describe la realidad social que vivieron sus antecesores, les cuesta la misma vida imaginárselo. Les parece una fantasía más propia de Alicia en el País de las Maravillas. Y los entiendo: por la corta edad que tienen, no han conocido otro mundo; en este caso, el pasado cercano. Por eso tachan a los demás de viejos. En lugar de creer que los valores eran más sanos, llegan a afirmar con toda contundencia que era un tiempo donde las personas estaban reprimidas. Para ellos, “no poder hacer todo lo que me da la gana”, es estar reprimido. Ese es el concepto de libertad que tienen, por encima de valores absolutos entre el bien y el mal.
No estoy vendiendo la época pasada como la ideal en todos los aspectos. La incultura, el machismo exacerbado, la ausencia de derechos civiles en las mujeres y en diversas etnias, la falta de libertad religiosa (o la obligatoriedad de “creer” y “suscribirse” a alguna fe en particular), el matrimonio infantil, y multitud de cuestiones que parecían más propias de bárbaros que de seres humanos –aunque muchas de ellas se siguen produciendo en países musulmanes o subdesarrollados-, nos hace desmitificar la supuesta inocencia del pasado. Y la infidelidad, el adulterio, las borracheras y la promiscuidad no son inventos del siglo XX; existen prácticamente desde que el ser humano apareció al frente de este planeta.
El problema de fondo es que, lo que la juventud considera un mundo de ciencia ficción que ha evolucionado a mejor, realmente es una vuelta a la época cavernícola: priman los instintos. Habremos progresado en derechos sociales y en una tecnología que nos hace la vida más cómoda, pero a niveles éticos y morales estamos en un mundo como el que ya cité, el de Charlton Heston en El Planeta de los Simios: un lugar donde los seres humanos no han destruido el planeta con una guerra nuclear, sino con los valores perniciosos que están transmitiendo a los más jóvenes. De la infancia se salta con pasos agigantados a una vida “adulta” insana e inmoral.

El porqué de la presión de grupo que envuelve a los jóvenes
Entre ellos mismos se transmiten los valores que les ha mostrado la sociedad que vimos en el capítulo anterior, y se produce lo que se conoce como “presión de grupo”. Esto puede llegar a ser brutal para cualquiera que se resista. Nadie quiere sentirse fuera de onda, ni sentirse rechazado por el grupo o aislado. Mucho menos ser considerado por la mayoría como un bicho raro: “Tiene que intentar adaptarse a la movida que el grupo impone para no quedarse fuera, para lograr la aceptación y esquivar el aislamiento o rechazo de sus amigos, y para ser líder ha de hacerlo mejor que nadie, demostrar pericia insólita, sorprendente, digna de admiración. En ocasiones, la movida impone consumir drogas, alcohol, las fugas del colegio y otra serie de comportamientos extremos”[5]. En el caso específico de las chicas, durante la pubertad y adolescencia media, “le dan mucha importancia al hecho de tener fama entre sus compañeras de clase, lo consideran el trampolín que las lanzará al éxito con los chicos, sobre todo porque la popularidad, además, envuelve a la afortunada con un halo áureo que la hace admirable, envidiable e inalcanzable al mismo tiempo. Buscan el reconocimiento para mitigar la continua amenaza de no caer bien. Quien no cae bien no es nada ni nadie y lo peor es que su defecto es considerado contagioso, lo que hace que entre las jóvenes flote un permanente ambiente de cruel vigilancia”[6].
También es cierto que “es poco frecuente que una chica responsable y estudiosa se junte con otras proclives a las fugas del colegio o que un gamberro se haga íntimo de un grupo de muermos. La influencia del grupo es relativa: la pandilla no elige al joven, sino que, por el contrario, es el adolescente quien se une a personas que comparten sus mismos problemas. Solo de este modo se siente comprendido y puede luchar. Por esta razón, el que vive en una familia hostil prefiere y busca la compañía de camaradas en situación parecida; así, juntos intentarán dar salida a su frustración mediante el ejercicio de una actividad donde puedan brillar con luz propia. El problema está en que tal actividad suele introducirse en el terreno de lo prohibido, en cuyo caso lo nocivo no es la influencia del grupo, sino por qué el adolescente ha escogido tales compañías: el joven que elige el lado pernicioso de la vida ya estaba predispuesto a ello antes de entrar en el grupo y por tanto, opta por una pandilla capaz de dar salida a tal predisposición”[7].

La presión para...
Sabiendo que hay veces en que es el joven el que busca un grupo que terminará siendo de mala influencia y otras en que es absorbido sin que tuviera él tuviera esa intención inicial, la realidad es que hay presión de grupo para:

- Beber: “¡Venga, prueba! Es solo una copita. Ya verás qué subidón te da. No podrás parar de reír”.
- Fumar: “Una caladita. Te relajará. ¿Es que no eres un hombre o qué?”.
- Vestir de determinada manera: “¡Ponte esta blusa y lúcete que pareces mi abuela con esa ropa! ¡No seas mojigata! ¡Ya verás cómo animas a los chicos y lograrás que pierdan la cabeza por ti!”.
- Ir a discotecas y pubs nocturnos: “¡Venga, que va a ir mogollón de peña guapa y va a ser la fiesta del año!”.
- Perder la virginidad: “¿En serio que todavía no te has acostado con nadie? ¡No me lo puedo creer! ¿Es que quieres ser monja? Pues que sepas que toda la pandilla ya lo ha hecho. Si surge la oportunidad, no seas zoquete y aprovecha”. Incluso la prensa se hace eco de esto: “Históricamente, la virginidad se ha encumbrado, pero el guion ahora es diferente. Si hace unos años ser casto era símbolo de pureza, en la actualidad se interpreta como un estigma o un estado inusual. [...] La psicóloga Elena Crespi entiende que el coito temprano se ha convertido en la última imposición social y la presión empieza a ser abrumadora. “Ante tal panorama, son muchos los jóvenes que se precipitan a la vida sexual, más que por deseo, por miedo al rechazo o a la burla de sus amigos más precoces”. [...] Crespi recibe numerosos testimonios de adolescentes que cuentan que han perdido la virginidad con cualquiera o que están viviendo sus primeras relaciones sexuales sin plantearse si realmente desean tener sexo con esa persona. “Simplemente porque les hacía un poco de gracia y así poder decir con alivio que ya lo han hecho. No saben que al dar este paso sin tener en cuenta qué quieren están menospreciándose a sí mismos y cayendo en manipulaciones sociales”[8].

Consecuencias
Ante esta presión de grupo y las “amistades”, sucede lo que sucede: “Mi hija de 14 años conoció el curso pasado a unas amigas que según ellas son alegres y divertidas y no tienen problemas porque pasan de todo. A mí no me gustaban ciertas cosas que me contaba al principio, como que fumaban, se bebían una botella de cerveza de litro entre dos y cosas por el estilo, y así se lo manifesté. Su respuesta fue que a ver si me modernizaba como las madres de sus amigas, que fumaban, copeaban y alternaban igual que ellas”[9]. De ahí la descripción que hace de la situación Bernabé Tierno: “Movida por su afán de novedades, se entrega de lleno a la pandilla, grupo o club donde piensa encontrar apasionantes y estimulantes experiencias. Es así como muchas quedan despojadas de sus convicciones, criterios y formas de pensar, rindiéndose incondicionalmente, y acogiendo sin replicar cualquier tipo de norma, directriz o consigna marcada por el grupo. [...] El tabaco, la bebida, el baile, la música estridente y las conversaciones plagadas de tópicos al uso, constituyen los pilares básicos de unas relaciones tangenciales y superficiales, así como de un estilo de vida basado casi exclusivamente en la inconsecuencia, el absurdo, la banalidad y el predomino de las sensaciones momentáneas sobre la coherencia y la razón”[10].
Tal y como señala Alejandra Nágera respecto a los jóvenes que ya tienen este estilo de vida establecido: “Su existencia transcurre en una especie de agujero negro, de letargo emocional. La asfixia de estímulos les mantiene permanentemente insatisfechos y en el intento de hallar curación buscando anécdotas y sensaciones que espabilen de forma momentánea el tedio. Suelen hallarlas en experiencias fuertes, agresivas, en todo aquello que ponga su vida al borde del límite”[11].
Esta sociedad está cultivando una generación llena de conocimientos y con una formación profesional extraordinaria, pero con unos valores morales que dejan mucho que desear, y que, sin embargo, se están normalizando, al extremo de ser considerados correctos y deseables. Por citar algún ejemplo: cuando defienden como lo más natural del mundo el aborto libre y el consumo indiscriminado de alcohol, o el querer llamar “matrimonio” a la unión de dos personas del mismo sexo.
El que no piensa igual, es considerado un intolerante. La cosecha de lo que hemos sembrado ya la estamos viendo en la juventud del presente. Y más que será cuando ellos sean los padres, tengan sus propios hijos y le enseñen lo mismo. Decadencia en estado puro y que irá en aumento, llena de “hombres (y mujeres) amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Ti. 3:2-4).
No sé lo que mis ojos llegarán a ver en lo que me queda de vida, pero con toda seguridad me dejará estupefacto. Más veces de las que nadie se puede imaginar me siento como Lot: “abrumado por la nefanda conducta de los malvados [...] viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos” (2 P. 2:7-8).
A un cristiano adulto y maduro que se le considere “raro” (dicho incluso en tono peyorativo), por no ser pensar ni actuar con los mismos valores que el resto de la sociedad, puede tomárselo como un halago y un indicio de que está siguiendo el camino de Cristo: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros” (Mt. 5:11.12). Pero, para un adolescente que asiste al instituto, cualquier descalificativo dicho por sus compañeros contra su persona por no ser como el resto, puede ser durísimo de encajar. Bobo y tonto es lo mínimo que pueden lanzarle como una flecha contra el mismo centro del corazón, y a partir de ahí cualquier insulto que se encuentre en el diccionario y de invención propia. El porqué es muy sencillo de explicar: “abominación es al impío el de caminos rectos” (Pr. 29:27b). Incluso los jóvenes que no son cristianos pero que no han perdido toda la sensibilidad confiesan sentir repulsa de lo que ven en otros.

La lucha a muerte entre valores opuestos
Ante toda la “oferta desenfrenada” que existe y la “presión de grupo” que hemos analizado en estos dos capítulos, los padres cristianos que quieren educar en valores sanos a sus hijos lo tienen complicadísimo; como diría Buzz Lightyear, el personaje de Toy Story: “hasta el infinito y más allá”. En el fondo, y analizándolo fríamente, es como un combate de Boxeo entre “los valores del mundo” y “los valores del Reino de Dios”. Estos dos púgiles se enfrentan; chocan; sangran; sudan hasta la extenuación. Se golpean en la mandíbula y en el costado hasta el último asalto. Y no puede quedar en tablas. Solo uno quedará en pie y triunfará. Hasta que ese Reino sea establecido cuando el Rey regrese, estamos en medio de la lucha, y más los padres con hijos.
Sin ser padre, tengo la certidumbre de que serlo es la tarea mas ardua y compleja que existe. Si ya me resulta frustrante en muchas ocasiones tratar de enseñar a amigos, conocidos y familiares sobre las verdades eternas de Dios –y más sabiendo la guillotina que se alza sobre sus cuellos y que puede caer en cualquier momento-, y comprobar que las ignoran por completo, no puedo imaginar cuán doloroso tiene que resultarle para un padre y una madre la misma situación. Por su parte, tienen que entender lo que hemos visto: ir contracorriente no es nada fácil cuando la personalidad todavía no se ha formado y establecido, y este es el caso de los jóvenes.

Continuará en: Cómo enseñar a pensar a los jóvenes y adolescentes –puesto que todos son inteligentes-, para que aprendan por sí mismos.


[1] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 233.

[2] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 198, 244.

[3] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 224, 225.

[4] Guembe, Pilar & Goñi Carlos. No se lo digas a mis padres. Ariel. Pág. 94, 95.

[5] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 178.

[6] Ibid. Pág. 182.

[7] Ibid. Pág. 188.

[9] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 242.

[10] Ibid.

[11] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 238, 243.