lunes, 28 de noviembre de 2016

¿Cristianos homófobos o con derecho a disentir?



Esta sección del blog está dedicada a mostrar “la otra cara de la moneda” en cuestiones que, por norma general, únicamente se muestra una de ellas.

Cada poco tiempo se muestran noticias que nos informan sobre detenciones y agresiones que sufren homosexuales y miembros del colectivo LGTBI en distintos países del mundo. El último reportaje fue “Viaje a la homofobia” (dentro del programa “Fuera de cobertura”), donde la periodista Alejandra Andrade fue a Rusia para mostrar la situación que se vive allí al respecto. En mi opinión, está bien que así sea para denunciar todo tipo de violencia, pero también hay que ser justos y mostrar todos los matices y no únicamente una parte de la información. Eso es lo que vamos a hacer hoy, porque desde ciertos lobbies y sectores de la sociedad nos están vendiendo ideas sobre lo que es la homofobia que no son ciertas, usando para sus propósitos un uso tergiversado del lenguaje, logrando así el efecto que ellos desean: silenciar a los que disienten y establecer un pensamiento único, alineando la mente de la población con sus postulados.

La ideología de género
La manera de pensar de los grupos LGTBI (lesbianas, gays, transgénero, bisexuales e intersexuales) ya ha llegado hasta nosotros y se ha infiltrado progresivamente. Cada año que pasa esta realidad es más aguda y visible. Basta con ver algunas de las series de televisión (Los 100, Juego de Tronos, Jessica Jones, Outlander, Sense 8, Tyrant, Orange is the new black, The L world o Penny Dreadful, por citar solo algunas), que arrasan en audiencia con millones de espectadores, que muestran escenas explícitas de sexo, y cuyos protagonistas principales interpretan a homosexuales, bisexuales, lesbianas y transexuales, junto a las ya habituales parejas heterosexuales que cohabitan y/o tienen relaciones sin estar casadas. Hasta hace unos años, buena parte de lo citado estaba reservado al llamado “cine para adultos”, pero ha avanzado a tal velocidad que se ha establecido hasta su normalización. Es la nueva “moral”.
Podemos ver dos ejemplos muy actuales: el primero en el personaje de Sulu, de la saga galáctica Star Trek. Siendo durante décadas heterosexual, en la nueva versión titulada Más allá (2016) es homosexual. Y el segundo con la campaña que se está llevando a cabo para que Elsa –un personaje femenino de dibujos animados de la película Frozen- tenga novia en caso de una segunda parte. Evidentemente no son niñas pequeñas las que están haciendo esta promoción, sino adultos que repiten un millón de veces sus eslóganes.
Esto es algo que ya forma parte incluso del universo ficticio de los cómics de las famosas editoriales Marvel, DC y Vértigo, con personajes homosexuales o bisexuales como Renee Montoya, Kate Kane (Batwoman), Hulkling y Wiccan (Los Jóvenes Vengadores) y Constantine (Hellblazer), entre otros muchos, incluyendo cómics para un público infantil con este tipo de protagonistas[1].
De igual manera, se publican artículos en los grandes medios de comunicación hablando de las “bondades” de leer cuentos LGTBI a los hijos: “Cuentos como 'Mi primer amor' (que cuenta la historia de un niño de 6 años que se prenda de su compañero) normalizan la homosexualidad y proporcionan formas de amar que, hasta el momento, los relatos tradicionales y las películas no contemplaban, enseñando a los lectores que su orientación sexual no es excepcional y reforzando su autoestima”[2]. ¡Niños de 6 años!
Esto se vende como opciones abiertas para todo el mundo, donde lo que prima es la “diversidad sexual”: “Frente a los argumentos que sostienen que lo natural es la heterosexualidad, los hechos muestran que lo natural es la diversidad sexual”, afirma Susana Rodríguez Molina, psicopedagoga del Departamento de Psicología de la Universidad Europea.
Lo que estamos viendo es sólo el principio de lo que se nos viene encima. Es la educación que paulatinamente se está estableciendo desde la misma infancia. Ya resulta hasta extraño encontrar este tipo de comentarios que denuncian con tanta claridad la situación: “Hay que hipersexualizar a la sociedad desde bien pequeñitos (?!) y si lo criticas ya sabes... ´algo pasa contigo` o ´eres un anticuado`. Sin duda es un ´magnífico` trabajo de Ingeniería Social”.
Todo esto es ya tan normal –y lo será más para la siguiente generación- que los padres lo van a tener extremadamente difícil para inculcar a sus hijos otros principios a los que firmemente se están asentando como columnas inconmovibles en esta sociedad. Al final, el resto seremos señalados con el dedo por no “convertirnos” a ellos.

¿Qué significa realmente ser homófobo?
Estas personas arrojan contra nosotros el término homófobo y se quedan tan tranquilos. Y me explico: el vocablo “fobia” significa “miedo irracional, obsesivo y angustioso hacia determinadas situaciones, cosas, personas” y algunos de sus sinónimos son “asco, aversión, repugnancia, repulsión, manía”. ¿Hay homófobos, es decir, aquellos que le tienen miedo y asco a los homosexuales? Sí. ¿Se dan casos de agresiones contra ellos? Sí.  Pero le recuerdo a todo el que todavía no se haya enterado que el verdadero cristiano no odia y está en contra de la violencia –sea la que sea y contra quién sea-, la cual condenamos en términos absolutos. Es más, la amabilidad y el amor en el trato debe darse sin falta desde los creyentes hacia los que no lo son.
Siguiendo la premisa que usan tan a la ligera los LGTBI: si por pensar de manera diferente se nos dice automáticamente que somos fobo-algo, entonces no podríamos posicionarnos sobre ninguna cuestión, ni siquiera en las más superficiales. No podríamos ser de un determinado equipo de fútbol porque implicaría odiar al resto. No podríamos ser de un determinado partido político porque implicaría odiar al resto. Y así con todo. Sería absurdo. Es fácil de entender, ¿verdad? Por supuesto que hay aficionados a un club que odian a otros y seguidores de determinados partidos que odian a los de otros, ¡pero basta ya de meter a todo el mundo en el mismo saco! Tengamos bien claro que no compartir los ideales de un colectivo, y no aceptar su moralidad y prácticas sexuales, no tiene nada que ver con la homofobia ni con rechazar a nadie como ser humano.
 Así que, por favor, que se deje de una vez de encasillar a los que no pensamos igual, y de usar tan libre e incorrectamente el descalificativo “homófobo”.

La homofobia de los homosexuales
Un compañero de trabajo me contó que le indigna que le califiquen como homófobo por no estar a favor de las ideas homosexuales. Y eso que es ateo. Así que, una vez más, como sucede en asuntos como el aborto y la eutanasia, esto no es una mera cuestión de creencias religiosas.
Casi con total seguridad, sabrás que Domenico Dolce y Stefano Gabbana son dos célebres diseñadores italianos que han creado un imperio de la moda. Ellos, que conforman una pareja homosexual, se mostraron públicamente en contra de las adopciones por parte de los gay, bajo el argumento de que “los hijos deben tener un padre y una madre”. Es la misma idea que exponemos los heterosexuales. Sin embargo, ¿sabes cómo calificaron a Domenico y Stefano el colectivo LGTBI? Los acusaron de homófobos. ¡Menuda paradoja! Presumen de ser tolerantes, cuando incluso son intolerantes con los que son como ellos.
Ante este tipo de situaciones y otras muchas, otros gays denuncian la actitud de los propios gays –ya que no todos son iguales ni se comportan de la misma manera-, como Neil Midgley: “es irónico que muchos gays estén tan dispuestos a negar las libertades similares a los cristianos (o cualquier otra persona que no está de acuerdo con la agenda homosexual)”. Y tan irónico. Es toda una incongruencia con lo que predican la mayoría de ellos.
Según estas organizaciones, el que discrepa es un homófobo, y no solo los cristianos, sino incluso los que son abiertamente homosexuales. Es la misma idea que se usa para el islam: el que no lo comparte se le tacha de islamófobo.

La otra cara de la homofobia y lo que no se cuenta
Si alguno se atreve a disentir de estos valores y a exponer los propios, los insultos suelen llover de manera casi garantizada por los miembros de grupos como LGTBI o FEMEN, con sus shows de “pechos al aire”, y que avergüenzan incluso a muchas feministas. Hablan de libertad, pero una libertad que debe ceñirse a sus creencias y a lo que quieren que pensemos.
Se muestran agresivas –física y verbalmente- contra los que no creen en el aborto libre, en las familias con dos padres o dos madres, y en la adopción de niños por parte de parejas homosexuales. Cuando una persona –profesante de alguna fe o de ninguna- difiere, es atacada con vehemencia, acusándola de fanática, intolerante, adoctrinador, fascista y cavernícola. Cuando estas activistas interrumpen de forma virulenta en una celebración religiosa o en una manifestación a favor de la familia tradicional y en contra del aborto, parte de la sociedad las considera unas “valientes”.
Sin embargo, nosotros somos los homófobos por disentir pero estos grupos nunca son nombradas como teófobos y cristianófobos a pesar de sus acciones, donde menosprecian y se burlan de las creencias ajenas con todo tipo de obscenidades, con pintadas en parroquias con expresiones tan deleznables como “os beberéis la sangre de nuestros abortos”[3].   
Para ellos, nuestra opinión es un delito de odio, e incluso están denunciando ante los tribunales a todos aquellos que no se ajustan a sus parámetros. Podría citar muchos ejemplos, pero para no extenderme ofreceré una pequeña muestra de lo que está sucediendo en diversas partes del mundo:

1) Un matrimonio de Taos –Nuevo México-, dueños de un estudio de fotografía y cristianos, fue llevado a juicio porque rechazaron hacer las fotos para una pareja de lesbianas, las cuales presentaron una demanda.

2) La familia McArthur, propietaria de una panadería en Irlanda del Norte y también cristianos, fueron llevados a juicio y condenados por discriminación, ya que se negaron a hacer una tarta con el mensaje Support Gay Marriage (“Apoyo al matrimonio homosexual”)[4]. Como los mismos jueces reconocieron, no se negaron porque el cliente fuera gay (algo que ni los dueños sabían), sino porque el eslogan iba en contra de sus creencias. Aún así, y siendo la panadería suya, les estaban diciendo claramente que debían dejar su libertad de conciencia en un segundo plano, adaptándose a los valores ajenos, promoviéndolos indirectamente con la nota del susodicho pastel. La misma prensa secular británica se posicionó en contra de la sentencia. Y lo más llamativo, también lo hizo el activista LGBT y de derechos humanos Peter Tatchell, que considera el veredicto una “derrota de la libertad de expresión”. Tatchell concluye que la decisión del tribunal es un “peligroso precedente de autoritarismo que se presta a abusos graves”.

3) La denuncia efectuada por la organización LGBTI Arcópoli de Madrid contra la terapeuta Elena Lorenzo, una  profesional especializada en orientación sexual en personas con atracción al mismo sexo, y que ofrece sus servicios para ayudar a personas que quieran cambiar su orientación sexual.

4) La ONG Arcos Iris, que ha solicitado a la Fiscalía denunciar a la asociación HazteOir “por delito de odio al repartir una guía sobre leyes antihomofobia y adoctrinamiento sexual”[5]. ¿Y de qué habla esta guía?: de la educación (la diversidad sexual) que quieren enseñar los grupos LGTBI en los colegios y de sus consecuencias, que son:

- Que se le quita a los padres el derecho a educar a sus hijos en esta materia como crean conveniente, dejándola en manos de organizaciones LGTBI.
- Que las actuales leyes antihomofobia -como vamos a ver- anulan la libertad de expresión.

¿Qué denominador común observamos en estos cuatro casos?: ¿Libertad de expresión y de conciencia? Sí, pero sólo para un sector.  

¿Leyes antihomofóbicas o leyes para silenciar?
¿Cómo se está visualizando todo esto en la sociedad? Aquí la evidencia: la Generalitat de Cataluña aprobó hace pocos meses la primera ley en España contra la homofobia –llamada “Ley Para Erradicar la Homofobia, la Bifobia y la Transfobia”. En ella se  anima a los ciudadanos a “delatar desde el anonimato a quien la incumpla”, en un vídeo en el que aparece una famosa presentadora que se reconoce abiertamente lesbiana y a una pareja del mismo sexo con un bebé. ¿Qué es lo llamativo de esta ley? Que no será el denunciante el que tendrá que demostrar que el acusado es culpable, sino que éste deberá demostrar que es inocente. Por lo tanto, desaparece la presunción de inocencia. Dice el artículo 30: “Inversión de la carga de la prueba: de acuerdo con lo establecido por las leyes procesales y reguladoras de los procedimientos administrativos, cuando la parte actora o el interesado aleguen discriminación por razón de orientación sexual, identidad de género o expresión de género y aporten indicios fundamentados de ello, corresponde a la parte demandada, o a quien se impute la situación discriminatoria, la aportación de una justificación objetiva y razonable, suficientemente probada, de las medidas adoptadas y de su proporcionalidad”.
Una ley muy semejante se ha aprobado en la comunidad de Madrid (llamada “Ley de protección integral contra la LGTBIfobia”), entrando en vigencia el 11 de agosto de este año 2016. Al ritmo que llevamos y lo que se visualiza en el horizonte, este tipo de medidas se irán extendiendo al resto de la nación casi con total seguridad.
Estas leyes son totalmente contrarias a otras en Occidente respecto a cualquier otro tema. Ningún otro grupo (personas de otras étnias, discapacitados, profesantes de diversos credos, etc.) tiene el derecho y el privilegio de denunciar de tal manera que sea el demandado el que tenga que defenderse. Así que es evidente el peligro de que te acusen jurídicamente –seas profesante de una religión o completamente ateo- por expresar ante los demás que no compartes los ideales LGTBI o porque éstos se sientan ofendidos por una opinión contraria. Puede que llegue el día en que disentir conduzca a la cárcel.

¿De brazos cruzados?
Cuando leemos mensajes en Internet como “si a usted no le gusta el matrimonio gay, no se case con gays. Si a usted no le gusta el aborto, no aborte. Si a usted no le gusta las drogas, no las use. Si a usted no le gusta el sexo, no lo haga. Si a usted no le gusta la pornografía, no la vea. Si a usted no le gusta el alcohol, no lo beba. Si a usted no le gusta que violen sus derechos, simplemente, no viole los de los demás”, ¿qué nos están queriendo decir implícitamente, aparte de lo obvio? Que nos mantengamos al margen, que no nos impliquemos ni inmiscuyamos. En definitiva, que nos quedemos de brazos cruzados mientras ellos implementan su agenda, moldeando la sociedad y las leyes a su gusto. Pues no señores.
A aquellos que quieren llamar matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo: háganlo, pero no esperen que el resto hagamos lo mismo ni apoyemos leyes al respecto. A aquellas parejas homosexuales que quieran adoptar hijos: que sepan que nosotros lucharemos hasta el infinito para que un retoño tenga un padre y una madre. A aquellos que quieren abortar libremente: manifiéstense para lograr sus objetivos mientras que nosotros haremos lo mismo por defender la vida del feto y denunciar las eliminaciones sistemáticas de los niños no deseados que se llevan a cabo en las clínicas abortistas. A aquellos que quieren consumir drogas y pornografía: que tomen conciencia de que nosotros lucharemos por erradicarlas y por educar a una juventud sana que no las consuma. A aquellos que no quieren que hablemos del amor de Dios y de la obra redentora de Cristo en la cruz, y dicho con todo mi cariño: no se preocupen, seguiremos haciéndolo.
Mientras que haya personas que no estemos de acuerdo con el puro relativismo moral que se basa en “hago lo que quiero, cuándo quiero, cómo quiero y porque quiero”, seguiremos alzando nuestras voces. ¿No dan a conocer sus reivindicaciones a través de manifestaciones y campañas? ¿No buscan que prevalezcan sus criterios por medio del activismo? ¿Es que únicamente ellos pueden manifestarse, hacer campañas y ser activistas?
Y que todo el mundo tenga esto muy presente: no lo hacemos porque nos creamos mejores personas (otra de las falacias que arrojan contra nosotros sin venir a cuento), sino porque consideramos que el orden concreto en el que creemos es el mejor para el desarrollo íntegro del individuo en todas sus facetas –conforme a su sexo biológico y atestiguado por la propia naturaleza-, como para el conjunto de la sociedad: hijos con un padre y una madre, y el hombre para la mujer y la mujer para el hombre, complementarios en todos los aspectos, incluyendo la sexualidad.

Y sin más, hasta aquí la otra cara de la moneda.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Entre Juego de Tronos y Muertos vivientes & Cómo repercute en nuestra sensibilidad la violencia que vemos



Supongo e intuyo que estarás preguntándote el porqué encabeza este artículo sendas imágenes de las famosas series televisivas Juego de Tronos y Walking Dead. La razón es sencilla: más allá de la historias dramáticas que ambas describen, las imágenes de violencia que transmiten nos hacen perder –sin ser plenamente conscientes- parte de nuestra sensibilidad. Aquí no voy a tratar la moralidad –más bien, inmoralidad- de ambos “entretenimientos”, sino cómo afecta al carácter de la persona determinadas escenas que se muestran en dichos programas y en otros muchos, que nos debería llevar a reflexionar sobre lo que estamos consumiendo y a hacernos determinadas preguntas, especialmente si somos cristianos.

En estado de shock
Si no me equivoco –lo cual puede ser posible- jamás en la pequeña pantalla se había visto una escena como la que transcurre en uno de los episodios de la tercera temporada de la multipremiada Juego de Tronos, concretamente en el titulado La Boda Roja. Sin entrar en detalles sobre la trama y sin recrearme en los detalles, la matanza que allí ocurre es brutal, destacando sobremanera cuando apuñalan repetidas veces en el vientre a la esposa embarazada de uno de los protagonistas. 
Como he dicho, nunca se había observado tanta crueldad y maldad en la televisión. Hasta entonces, era algo muy limitado a películas de contenidos extremadamente sangrientos, y reservado para una minoría de espectadores con unos gustos muy particulares. El impacto que esto causó entre aquellos que lo vieron fue de auténtico pavor. Personas de todas las edades se quedaron auténticamente conmocionadas: unos no se lo creían, otros no podían mirar y se tapaban los ojos, e incluso algunos lloraban compungidos y gritaban (aquí puedes ver una recopilación con algunos ejemplos de dichas reacciones: https://www.youtube.com/watch?v=78juOpTM3tE).
Desde entonces, dicha serie se ha caracterizado por determinadas secuencias que van más allá de lo obsceno y lo grotesco, cayendo algunas de ellas en el puro sadismo.

Muertos vivientes
Independientemente de la secuencia brevemente descrita –y que si no has visto te aconsejo huir de ella-, la que despertó mi deseo para tratar este asunto fue la que se produjo en el primer capítulo de la séptima temporada de la conocida Walking Dead. Esta es una serie de zombies –tan de moda en los últimos años y que el director George Romero popularizó en los años 60 y 70 como una representación crítica de la sociedad zombificada-, cuyos personajes sobreviven en un mundo postapocalíptico. En éste, los peores enemigos no son los muertos vivientes, sino otros humanos supervivientes que, sin leyes ni ataduras, sacan lo peor de sí mismos.
Aunque en las primeras temporadas ya se contemplaron excesos por doquier y verdaderas bestialidades como el canibalismo, ha sido una escena en concreto la que ha colmado el vaso. En ésta, Negan –el villano de turno-, despiadado hasta el frenesí, golpea con un bate de béisbol la cabeza de dos de los protagonistas hasta destrozarlos por completo. Un sobrino menor de edad me dijo que era puro gore. Otro veinteañero me escribió a los pocos minutos diciéndome que estaba en shock, como en La Boda Roja. Nuevamente, los videos de las reacciones se hicieron virales.

¿Cómo han cambiado los contenidos televisivos?
En estos años, los programas de televisión han cambiado en lo que respecta:

- Al lenguaje: ahora es vulgar, pero a costa de repetirlo se ha vuelto hasta gracioso.
- A la normalización de escenas sexuales: de ser sugeridas e insinuantes a terminar convirtiéndose en explícitas.
- A la recreación de la violencia.

Quizá, hasta ahora, este último aspecto –el de la violencia- era el que menos se había desarrollado. En la época en que crecí, las películas mostraban la muerte del malo de forma muy escueta: le disparaban, caía al suelo entre expresiones de incredulidad al contemplar su inminente derrota, y cerraba los ojos ante la dura mirada del héroe de turno, que a veces le dedicaba alguna expresión grandilocuente. No había sangre ni ensañamiento. En los últimos años, la recreación de la violencia se ha establecido en unos niveles desmedidos, diría que sádicos, que afecta por igual tanto a los buenos como a los malos. La fuerza empleada para acabar con el enemigo es brutal, sea con los propios puños, con armas blancas o de fuego. Hay sangre a borbotones, se contemplan vísceras y cualquier parte de la anatomía humana completamente abierta y amputada, y la muerte es larga y agónica.
Se podrá decir que hace veinte años también los adolescentes veíamos series de dibujos animados bastante violentas como Dragón Ball o Los Caballeros del Zodiaco y no manifestábamos ningún tipo de violencia. Aunque sea cierto –que lo es- no es comparable el contenido del pasado con el del presente. He citado dos series actuales, pero hay muchas más con imágenes que son grotescas en un grado enfermizo, lo que nos hace dudar del carácter y de la salud mental de la sociedad que las consume. 
Los Darth Vader, Hannibal Lecter, Norman Bates y Vito Corleone del siglo pasado parecen monjas de caridad y palidecen ante los villanos del presente, que se acercan más bien a la crueldad despiadada de Freddy Krueger pero sin su cara deformada.

¿Dónde está el verdadero problema?
Muchos dirán que tampoco sucede nada con todo esto, que no hay que darle mayor importancia y que no es grave, puesto que ellos no van a llevar a cabo dichos actos de crueldad, ni van a matar a nadie. Y espero que así  sea. Pero seamos claros y sinceros: ¿qué le sucede a aquellos que están acostumbrados a oír en televisión un lenguaje obsceno y a contemplar escenas de alto contenido erótico? ¡Que ya no lo ven mal! ¡Ya no les hiere la sensibilidad! Incluso les hace gracia o lo disfrutan.
Este es un fenómeno que se conoce como psicoadaptación. En este caso, sus mentes, que antes reaccionaban con repulsa, ahora lo hacen con agrado, por muy malsano que resulte lo que contemplan. No hemos llegado al extremo de comer mientras contemplamos en directo a personas matándose –como sucedía en el Coliseo romano con los gladiadores-, pero muchos almuerzan sin ningún problema mientras ven en el telediario desfilando incontables muertos por guerras y catástrofes naturales. A fuerza de costumbre, nuestra mente se amolda a lo anormal, perdiendo así la sensibilidad. Eso es un ejemplo real de la psicoadaptación. Si esto sucede con imágenes reales, ¡cuánto más con ficticias!
Con la violencia, de manera progresiva, acontece exactamente igual. Cuando la mente y las emociones se habitúan a imágenes duras, se convierte en normal. Incluso aunque a algunos les hiera la sensibilidad, siguen viéndolas porque están enganchados a las tramas. En los adultos ya está sucediendo, y especialmente entre los más jóvenes que han crecido con esta virulencia audiovisual a la que están sobreexpuestos (incluyendo videojuegos); lo consideran tan natural como lavarse los dientes después de cada comida.
Cuando llenamos la mente de algo repetitivo, terminamos siendo adoctrinados y nuestros sentimientos influenciados. Puede sonar exagerado, pero nos lavan el cerebro, entendiéndolo como la manera en que nuestros pensamientos terminan alienados con los que nos venden, aunque no seamos plenamente conscientes ya que se produce muy lentamente.
¿Qué sucede si leemos todos los días la prensa deportiva catalana? Que terminamos pensando que todo lo que el Barcelona hace –junto a sus jugadores y dirigentes- es maravilloso, bueno y perfecto, y todo lo que hace el resto de clubs –sean quienes sean- son representaciones del mal.
¿Qué sucede si leemos todos los días páginas sensacionalistas pseudocristianas? Que creeremos en mentiras como la mal llamada teología de la prosperidad.  
¿Qué sucede si vemos cada poco tiempo programas sobre Ovnis? Que, aunque nos ofrezcan pruebas y testimonios que no se creen ni sus padres, nos convenceremos de que los hombrecitos verdes están entre nosotros y que la raza humana es fruto de un experimento que ellos llevaron a cabo.
Pensamos que lo que vemos, leemos y escuchamos no tiene mucha importancia. ¡Claro que la tiene, y mucha! Conforman la realidad que nos formamos. El que ve pornografía se habitúa a ella y termina necesitándola como a una droga. El que contempla día tras día telebasura (novelas, programas del corazón, concursos absurdos, exceso de deportes, etc.), terminará siendo ordinario y superficial en su forma de pensar, sentir, hablar y comportarse.
Queramos admitirlo o no, el mal se contagia de una manera u otra. Es algo que se pega a nuestra piel y nos envuelve como una tela de araña. En lo que respecta a la violencia –y motivo principal de este escrito- la evidencia es clara: cada vez toleramos contenidos e imágenes más fuertes, agresivas, perniciosas e insanas. Si esto no es insensibilidad no sé qué puede llegar a serlo.

El fondo de la cuestión
Imágenes por aquí; imágenes por allá. Sensibilidad; insensibilidad. Independientemente de estos aspectos, la cuestión incluso va más allá. Podríamos decir que las reacciones de los espectadores en el video de La Boda Roja son exageradas. Puedo asegurar que no lo son. Cuando algo nos gusta, como puede ser una serie o película, nos implicamos emocionalmente. Empatizamos con la trama y el trasfondo. Lloramos, reímos, nos alegramos y nos enfadamos. Aunque la mente sepa distinguir la realidad de la ficción, nuestro corazón no hace distinción. No somos seres pasivos. ¿A qué nos conduce esto? A amar y a odiar a determinados personajes. Son sentimientos que experimentamos como completamente reales.
Por alguna razón –morbo, marketing, etc.- los guionistas dotan cada vez más a los malvados con personalidades verdaderamente perversas, y de mentalidades sociópatas y psicópatas. Por mucho que argumenten que quieren mostrar el lado oscuro del ser humano para que nos enfrentemos a nuestros miedos, me sobran dichas representaciones. El mundo real ya es lo suficiente lúgubre como para concederle terreno dentro de las cuatro paredes de nuestra propia casa.
La mezcla de implicación emocional y la maldad reflejada en individuos, nos hace sentir impresiones que no son inocentes. Y sí, me refiero al odio, a la ira, a la repulsa extrema y a los deseos de venganza, todas emociones negativas e indeseables. Ante series como las dos citadas –Juego de Tronos y Walking Dead- es muy usual escuchar a sus seguidores decir ante tipos como Joffrey Baratheon, Ramsay Bolton o el Gobernador: “Lo mataría a puñetazos”; “lo reventaría”; “ojalá lo torturen”; y expresiones muchísimo peores, alegrándose sobremanera cuando acaban con ellos. 
No seamos ingenuos. Estamos permitiendo que –por muy atrayentes que sean ciertas historias- nos manejen. Estamos alimentando al monstruo que todos llevamos dentro. Le estamos dando de comer a nuestra naturaleza caída. Estamos coqueteando con nuestro lado oscuro. Estamos manifestando sentimientos que no deberíamos ni aceptar en nuestro corazón. Nos estamos permitiendo el lujo de darle cabida en nuestras vidas a lo que es mental, emocional y espiritualmente insano. En definitiva, le estamos dando a la carne lo que quiere, cuando sabemos que el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne” (Gálatas 5:17).

Algunas pautas a tener en cuenta
Sé que algunos serán tajantes y dirán que un cristiano no debería ver este tipo de productos. Hay muy buenos argumentos y de mucho peso para defender tal postura (que ningún tipo de violencia es recreativa, que toda agresión es gratuita y está de más, que el Reino de Dios no tiene este tipo de entretenimientos, que los jóvenes terminan aceptando la violencia como una manera natural de resolver los problemas, etc.). En mi caso, en lugar de decirle a nadie lo que tiene o no que ver, prefiero que sea el lector el que se replantee el tema por sí mismo, marcándole unas pautas para ver qué hacer ante determinados programas televisivos y actuar en consecuencia; normas que también tengo que poner en práctica, ya que no me libro de dicha tesitura.
Diré lo que considero más lógico:

- Infórmate muy bien sobre lo que vas a visualizar, leer y escuchar. Igual que lo haces para comprarte un coche, una moto o una casa, haz lo mismo con películas, series y libros.

- Si has leído buenas críticas y por ellas te animas a ver algo en concreto, pero luego observas a las primeras de cambio que lo que muestra es vulgar (sexo, promiscuidad, consumo habitual de alcohol y drogas, etc.), deja inmediatamente de seguir dicho programa.

- El hecho de que te guste como actúa un actor o una actriz determinada, no significa que tengas que seguirlos en todas sus películas y series si éstas ofrecen escenas inmorales y principios morales aberrantes. 

- Puede que también te guste algún género en particular, pero también tienes que calibrar y saber nuevamente si dejar de ver algo que en principio pueda gustarte. A mí me fascina la ciencia ficción tanto en literatura como en la pequeña y gran pantalla, y he disfrutado mucho con los multiversos de Fringe y la fantasía de Stranger Things, como también lo hago con el subgénero de los viajes en el tiempo. Con esta afición en particular, y dentro de esta categoría, comencé a ver Outlander. Sin entrar en profundidad para no revelarme a mí mismo detalles de la trama, leí antes de verla opiniones generales; eran muy positivas y encajaba con mis gustos: una enfermera que, sin saber cómo, viaja al pasado, desde 1945 a 1743. El principio fue muy interesante, pero tuve que dejarla a los pocos capítulos tras comprobar el tono que marcaba: escenas de sexo adúltero y sin pudor alguno, machismo patológico y exacerbado, y regodeo en el sadismo y en la tortura. Pensé que podría ser algo transitorio, pero tras indagar supe que iba a más y que no era el primer espectador que dejaba de verla por las mismas razones.
Teniendo este ejemplo en mente, aprende a distinguir entre algo muy puntual y donde se puede usar el mando del televisor o el ratón del ordenador para saltar la escena, y cuándo es parte intrínseca de la trama y repetitivo, siendo lo mejor cortar por lo sano.

- Si te afecta anímica y espiritualmente ciertos contenidos, no te acerques a ellos. Esto hice con Outcast, Penny Dreadful o Sleepy Hollow, donde las posesiones demoníacas, la brujería y el satanismo están a la orden del día.

- Considera seriamente la imagen que se ofrece de la mujer y de las ideas que venden de las relaciones sentimentales. Aunque sean una ficción, muchas están inculcando valores nocivos, como la perversa 50 sombras de Grey. Este tipo de “enseñanza” hace que no sea de extrañar que a un joven le parezca maravillosa una película –supuestamente romántica-, llena de sexo con desconocidos, infidelidades, bromas sexuales de mal gusto, etc.
Hace unos años comencé a ver la popular Cómo conocí a vuestra madre. Aunque al principio era una comedia que me hacía reír, cuando comprobé que el humorista principal tenía a la mujer como un mero objeto para su propio placer físico y que su único interés era acostarse con una diferente cada noche, dejó de hacerme gracia y no quise saber nada más. Adiós y hasta nunca.

- ¿Crees que los sentimientos negativos acumulados y que experimentas ante el televisor te llevan a reaccionar de manera un tanto exagerada ante otras personas con las que te enojas, como con el vecino que aparca el coche delante de tu garaje o cuando hace ruido a horas intempestivas? Puede parecer ridícula la pregunta, pero es más importante de lo que pueda parecer a simple vista. Si la televisión puede despertar la lujuria, puede hacer lo mismo con la violencia. Si ante situaciones como la descrita –y cualquier otra que puedas imaginar, siendo el enojo justo y comprensible- lo primero que viene a tu mente es “si tuviera una porra se iba a enterar” en lugar de “no paguéis a nadie mal por mal” (Romanos 12:17), tendrás que reflexionar si la violencia televisiva está intensificando los malos deseos del corazón.

-Si pudieras calificar los contenidos que visualizas de 0 a 10 (siendo 0 el menor grado de violencia explícita y 10 el mayor grado de violencia explícita), ¿qué nota le pondrías? Teniendo esto en cuenta, ¿crees que deberías bajar el grado de lo que ves?

- Si un producto visual –que racionalmente y a todas luces es enfermizo (y tengo en mente las sagas Hostel, Saw y La Purga)-, ha dejado de afectarte, ahí hay un problema de pérdida sensibilidad (lo que un famoso escritor llama acertadamente alteración del equilibrio sensorial). Ante casos así, solo queda cortar tajantemente y empezar de cero. Ten presente que Dios no se preocupa tanto por el exterior sino por el interior de la persona, como podemos ver claramente en todos los pasajes que transcurren en Mateo 5:21-30. Que algo no se lleve a cabo no quiere decir que esté bien en nuestro corazón.

- Y, por último pero no menos importante: recuerda que engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jeremías 17:9-10). Aunque he ofrecido ciertos principios, nuestro propio corazón nos puede engañar y desear lo que no es correcto. Por eso, ante ciertos contenidos, deja que sea Dios quien tenga la última palabra[1].

Nada de esto es legalismo, sino tener criterio y capacidad crítica. No podemos pensar que “todo vale”, mirar para otro lado y permanecer voluntariamente en la ignorancia. Espero que reflexiones con serenidad y, a partir de ahora –hayas visto lo que hayas visto con anterioridad-, tomes el control sobre lo que ves y sobre tus emociones, y que no sea la caja tonta la que tenga la última palabra.
Tu tiempo en este mundo no es ilimitado. Organízalo sabiamente y no lo pierdas. Sirve al Señor con los dones que te ha dado. Lee buenos libros y disfruta en orden de todo lo sano que Dios ha puesto a tu disposición.




[1] A los padres que tienen hijos, al igual que se preocupan por los contenidos sexuales que emiten en televisión para que sus retoños no los vean, deberían hacer lo mismo en lo que respecta a la violencia. Las pautas a seguir con ellos las podemos ver en este otro artículo, cuya lectura recomiendo: http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/308194-violencia-television/