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jueves, 5 de marzo de 2026

¿Bendición o maldición?

 


Había un anciano que vivía en una pequeña aldea. Aunque pobre, era envidiado por todos porque era dueño de un hermoso caballo blanco. Hasta el rey codiciaba su tesoro. Nunca antes se había visto un caballo como ese, tal era su esplendor, majestuosidad y fuerza.
La gente le ofrecía sumas fabulosas por el caballo, pero el anciano rechazaba todas las ofertas.

—Para mí, este caballo no es un caballo —les decía—. Es un amigo ¿Cómo podría vender a un amigo?
El hombre era pobre y la tentación era grande. Pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo no estaba en el establo. Todo el pueblo vino a verlo.
—Viejo tonto —le decían—, te dijimos que alguien te robaría tu caballo. Te advertimos que eso podía ocurrir. Eres tan pobre. ¿Cómo podías pretender proteger a un animal tan valioso? Hubiera sido mejor venderlo. Te hubiera pagado el precio que quisieras. Ninguna suma hubiera sido demasiado alta. Ahora ya no tienes el caballo y te ha caído la maldición de la mala suerte.
El viejo respondió:
—No hablen tan pronto. Digan solamente que el caballo no está en el establo. Es todo lo que sabemos; el resto es juicio. Si he sido maldito o no, ¿cómo pueden saberlo? ¿Cómo pueden juzgarlo?
La gente contestó:
—¡No quieras hacernos pasar por tontos! Quizás no seamos filósofos, pero no se necesita mucha filosofía. El simple hecho de que tu caballo se haya ido ya es una maldición.
El anciano volvió a hablar:
—Todo lo que sé es que el establo está vacío, y que el caballo se ha ido. El resto no lo sé. Que sea una maldición o una bendición, no lo podría decir. Todo lo que vemos es un fragmento. ¿Quién puede decir lo que ocurrirá después de esto?
La gente del pueblo se rió. Pensaban que el anciano estaba loco. Siempre lo habían creído; si no lo estaba, hubiera vendido el caballo y vivido del dinero de la venta. En cambio, era un pobre leñador, un viejo que seguía cortando leña, sacándola del bosque y vendiéndola. Vivía en la miseria más extrema. Con esto, había probado que sin duda, estaba loco.
Después de quince días, el caballo volvió. No se lo habían robado; simplemente se había escapado al bosque. No sólo había regresado, sino que trajo una docena de magníficos caballos salvajes con él. De nuevo la gente del pueblo se reunió alrededor del leñador y dijeron:
—Anciano, tenías razón y nosotros estábamos equivocados. Lo que creíamos que era una maldición, resultó ser una bendición. Perdónanos.
El hombre respondió:
—De nuevo, ustedes van demasiado lejos. Digan sólo que el caballo volvió. Que una docena de caballos volvió con él, pero no emitan juicio ¿Cómo pueden saber si esto es una bendición o no? Ustedes ven sólo un fragmento ¿Cómo pueden juzgar si no conocen la historia? Han leído sólo una página del libro ¿Cómo pueden juzgar el libro completo? Han leído sólo una palabra de la frase ¿Cómo pueden entender la frase completa? La vida es tan inmensa, y ustedes juzgan la vida entera con una página o una palabra ¡Todo lo que tienen es un fragmento! No digan que esto es una bendición. Nadie lo sabe. Estoy contento con lo que sé. No me perturba lo que no sé.
—Tal vez el anciano tiene razón —decían entre ellos.
Así que hablaron poco. Pero bien adentro, creían que el anciano estaba equivocado. Sabían que era una bendición. Doce caballos habían regresado con uno. Con un poco de esfuerzo, los animales podría ser amaestrados, entrenados y vendidos por mucho dinero.
El anciano tenía un hijo, un solo hijo. El joven empezó a entrenar a los caballos salvajes. Después de unos pocos días, se cayó de uno de los caballos y se rompió ambas piernas. De nuevo los aldeanos se reunieron alrededor del anciano y emitieron sus juicios.
—Tenías razón —le dijeron—. Has probado que tenías razón. La docena de caballos no fueron una bendición. Eran una maldición. Tu único hijo se ha quebrado ambas piernas y ahora tú, a tu edad, no tienes a nadie que te ayude. Estás peor que antes.
El anciano les dijo:
—Ustedes están obsesionados con emitir juicios. No lo hagan. Digan solamente que mi hijo se quebró las piernas. ¿Quién puede saber si esto es una bendición o una maldición? Imposible saberlo. Sólo tenemos un fragmento. La vida viene en fragmentos.
Aconteció que unas pocas semanas después, el país se enfrascó en una guerra contra un país vecino. Todos los jóvenes de la aldea fueron reclutados para ir a pelear. Sólo excluyeron al hijo del anciano porque tenía sus piernas quebradas. De nuevo la gente se reunió alrededor del anciano, llorando y lamentándose que sus hijos habían sido mandados a la guerra. Había pocas probabilidades que volvieran con vida. El enemigo era fuerte y la guerra podía terminar en una amarga derrota. Nunca volverían a ver a sus hijos.
—Tenías razón, anciano —le dijeron—. Dios sabe que tenías razón. Esto lo prueba. El accidente de tu hijo fue una bendición. Sus piernas están rotas, pero a lo menos él está contigo. Nuestros hijos se han ido para siempre.
El anciano se expresó otra vez:
—Es imposible hablar con ustedes. Siempre están llegando a conclusiones. Nadie sabe. Digan sólo esto: Sus hijos tuvieron que ir a la guerra, y el mío no. Nadie sabe si esto es una bendición o una maldición. Nadie es tan sabio como para saberlo. Sólo Dios lo sabe.
El viejo tenía razón. Sólo tenemos un fragmento. Los contratiempos y los horrores de la vida son solamente una página de una gran libro. Debemos ser lentos en llegar a conclusiones. Debemos reservar el juicio sobre las tormentas de la vida hasta que conozcamos la historia completa.

Pequeña reflexión
A veces nos parecemos a los vecinos de esta aldea: ante un contratiempo, nos hundimos en el drama; ante un éxito, nos desbordamos de euforia. Juzgamos nuestra vida por una sola página, olvidando que Dios es el Autor del libro entero.
Desde la fe cristiana, este relato cobra un sentido profundo:

  1. La Providencia Divina: Nosotros solo vemos el “revés” del tapiz, lleno de nudos e hilos sueltos. Pero Dios ve el dibujo terminado. Como dice Romanos 8:28: «Sabemos que en todas las cosas Dios interviene para el bien de los que le aman». Incluso de una "pierna rota" o un "caballo perdido", Él sabe sacar una bendición mayor.

  2. La paz del “No Juicio”: Vivimos angustiados intentando etiquetar cada suceso como bueno o malo. La verdadera confianza consiste en descansar en Su sabiduría. Si Él lo permite, es porque tiene un propósito que hoy se nos escapa.

  3. Gratitud en la incertidumbre: Por eso Pablo nos llama a «dar gracias en toda ocasión» (1 Ts. 5:18). No porque todo sea agradable, sino porque sabemos que nada escapa de Sus manos.

¿Qué “fragmento” de tu vida estás juzgando hoy como un desastre? ¿Qué “fragmento” te está robando la paz? Quizás ese suceso que en el presente te parece un callejón sin salida sea, en realidad, el camino que Dios está usando para fortalecer tu fe y llevarte hacia Él.
Confía. Solo Él conoce la historia completa.

martes, 7 de enero de 2020

No importa cuán feliz sea un pecador. Sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios


La frase que da título a este escrito pertenece al predicador Ray Comfort y  expone una idea bíblica básica, fundamental, objetiva e irrebatible que quiero desarrollar en las siguientes líneas. Se podría pensar que dichas palabras son muy duras, pero hay que entender que parte de la idea central del mensaje de Cristo: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc. 13:3). Algunos ateos y agnósticos dicen que el Dios descrito en el Antiguo Testamento y en el Nuevo son distintos: que el primero es un Ser justiciero y el segundo uno de amor. Sinceramente, no sé qué Biblia leen. No hay palabras para describir la forma tan burda en que tratan de manipular a los ingenuos. El amor, la gracia y la ira de Dios se complementan, no se contradicen. Las palabras citadas de Jesús son solo un ejemplo entre muchos que nos encontramos en las Escrituras y que muestran que el pensamiento de Dios coincide por completo tanto en el llamado Viejo Pacto como en el Nuevo: el ser humano necesita arrepentirse imperiosamente y volverse a Él.

En busca de la felicidad
Podemos decir que “la felicidad está de moda”. ¿De moda? Sí. Piensa por un segundo en las fotos que se suben a las redes sociales. ¿Personas amargadas, tristes, en estados severos de depresión, con malas caras y llorando? Ni de lejos. Como mucho, alguna donde el individuo, para hacerse el interesante y parecer profundo, mira al vacío, al más allá, como si estuviera meditando sobre el devenir de la vida y de la muerte, cuando la realidad es que en el momento en que se está haciendo la instantánea tiene la mente en blanco. Salvo estas excepciones ridículas y carentes de sentido, lo normal son imágenes con rostros sensuales perfectamente planificados, con caras sonrientes “hasta decir basta que me duele la mandíbula”, donde el protagonista está rodeado de amigos igual de contento o incluso más, y en hermosas localizaciones como otras ciudades o lugares paradisíacos. Aunque personalmente no me entusiasma en absoluto y procuro evitar ser partícipe de este boom digital y social, acepto sin problemas que per se no hay nada de malo siempre que no sea cargante o muestre una falsa realidad.
Igualmente, si acudimos a una librería y nos pasamos por la sección de psicología o autoayuda, nos encontraremos una ingente cantidad de manuscritos que tratan sobre la felicidad y cómo alcanzarla: “La auténtica felicidad” (Martin E. P. Seligman),Fluir (Flow): una psicología de la felicidad” (Mihaly Csikszentmihalyi), “Los hábitos de un cerebro feliz” (Loretta Graziano), “Tropezar con la felicidad” (Daniel Gilbert), “Felicidad. La ciencia tras la sonrisa” (Daniel Nettle), “La ciencia de la felicidad” (Sonja Lyubomirsky) o “La felicidad te está esperando” (Andrew Weil), son solo algunos de ellos y representan una ínfima parte de la totalidad de literatura que existe actualmente al respecto. También en la prensa escrita, tanto en la seria como en la banal, aparecen continuamente artículos sobre el tema, siendo una trama recurrente en muchas películas. Y si navegamos por Internet nos toparemos con cientos de páginas al respecto.
Todos ellos ofrecen principios teóricos y prácticos sobre cómo alcanzar ese “estado” de bienestar tan anhelado. ¿Quién no desea sentirse feliz? ¡Nadie! Por eso la popularidad de este tipo de escritos y que se haya convertido en algo normal que cada poco tiempo salgan nuevos análisis meticulosos sobre el tema, convirtiéndose en apuestas seguras para las editoriales que conocen perfectamente las demandas de los lectores. Unos nos exponen que el secreto consiste en tener una actitud positiva y optimista ante la vida. Otros apuntan a que la clave es la buena gestión de las emociones o encontrar aquello que nos haga sentir autorrealizados como seres humanos, sea el trabajo, alguna afición o una tarea altruista. A su vez, nos explican cómo cambia la química del cerebro y del cuerpo en general cuando ponemos en curso dichos fundamentos, hasta entrar en una etapa estable y general donde predomina en nuestro interior la “felicidad”.
Aunque hay personas que se sienten estafadas tras leer a varios de estos autores, también es cierto que más de un concepto de los que exponen son perfectamente válidos, siempre y cuando se entiendan no como un estado de “nirvana” que te hace inmune al dolor y te lleva a experimentar una especie de “cielo interno continuo”, sino en el que mejora determinados aspectos de tu bienestar interno y externo. Reconocer esto no debería escandalizar a ningún cristiano. Ya expliqué al detalle en “¡Vive! Disfrutando sanamente” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/01/81-vive-disfrutando-sanamente.html) cómo Dios mismo diseñó de forma extraordinaria nuestro cuerpo de tal manera que pudiéramos disfrutar de los sanos placeres de la vida al estimularse unas hormonas llamadas endorfinas, las cuales, como dije, “son unas sustancias químicas que el sistema nervioso produce de manera natural ante ciertos estímulos. Son las encargadas de la comunicación entre las neuronas y sirven como analgésico ante el dolor, y a la vez como estimulante de los centros de placer del cerebro y del sistema nervioso central, actuando como antiestresante y antidepresivo. Y aquí viene lo interesante: esas hormonas se activan en determinadas circunstancias”. El ejercicio, la risa, cierto estilo de música, sentir el tacto ajeno, etc., son algunas de esas maneras. Para no extenderme ni repetirme, si quieres saber más al respecto te remito a dicho escrito.

“La felicidad” puede distorsionar la realidad
No podemos olvidar que una alegría sana y de forma equilibrada bajo los designios de Dios es agradable a Sus ojos. De lo contrario no habría creado este mundo y la naturaleza que lo envuelve de la manera en que lo hizo. Pero aquí nos encontramos un problema: la vida es infinitamente más que esa “búsqueda de la felicidad”. Volviendo a la cita de Ray Comfort, “no importa cuán feliz sea un pecador. Sin la justicia de Cristo, perecerá el día de la ira de Dios”. Puesto que las Escrituras señalan tajantemente que todos somos pecadores al haber heredado una naturaleza pecaminosa, todos necesitamos de Su justicia. Por lo tanto:

- La persona que alcanza la autorrealización logrando sus sueños, por muy feliz que diga sentirse, “sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios”.

- El que logra todo lo que se propuso y se siente feliz, “sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios”.

- El que se ha esforzado toda su vida en su trabajo y se considera feliz por ello, “sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios”.

- El que se lo pasa sensacional con los amigos y vive feliz por ello, “sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios”.

- El que tiene un talento extraordinario para los deportes, para la música, para las ciencias, para el arte, para la moda o para el baile y se siente feliz ejerciéndolo, “sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios”.

- El estudiante que se considera el ser humano más feliz del mundo tras acabar su carrera, “sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios”.

- El que experimenta alegría en su corazón porque se siente feliz con su pareja sentimental, “sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios”.

Todo las acciones citadas, con un uso correcto, pueden ser completamente sanas. Pero, aún así, y repitiéndome hasta la saciedad, esa persona, “sin la justicia de Cristo, perecerá en el día de la ira de Dios”.
Lo mismo sucede con lo que no es sano aunque el hombre sí lo considere como tal. Al igual que no podemos catalogar el bien y el mal en función de cómo nos sentimos y de la propia experiencia, tampoco podemos medir la justicia de Dios basándonos en nuestro grado de “felicidad”. Hacerlo sería caer en el error principal del humanismo. “Sentirse bien” o “feliz” no implica necesariamente situarse dentro de la voluntad de Dios. Incluso los pecadores se sienten bien y felices. Como dice Alex Tylee, “una vida distinta y separada para Dios no consiste sólo en tener buenas experiencias o sentimientos. La mayoría de los pecados producen satisfacción; si no fuera así, no nos veríamos tentados a pecar”[1].
Por eso, el que no acepta esta escala y el principio citado –la sociedad actual en general- considera normal y buena prácticamente cualquier acción:

- Como le hace sentir bien, bebe alcohol hasta que llega a sentirse “eufórico”.
- Como le hace sentir bien, exhibe impúdicamente su anatomía ante los ojos ajenos.
- Como le hace sentir bien, fuma o consume estimulantes u otro tipo de drogas, sean consideradas “blandas” o “duras”.
- Como le hace sentir bien, visualiza pornografía.
- Como le hace sentir bien, cuenta chistes “verdes”.
- Como le hace sentir bien, emplea un vocabulario vulgar.
- Como le hace sentir bien, aprovecha para tener relaciones sexuales extraconyugales si la ocasión se presenta.
- Como le hace sentir bien, acude a clubs de alterne.
- Como le hace sentir bien, gasta cientos o miles de euros en un casino.

La realidad es que el que le dice a su alma “repósate, come, bebe, regocíjate” sin arrepentimiento y sin tener a Dios en su vida es llamado “necio” por el mismo Jesús (cf. Lc. 12:19-20).

¿Dónde poner el énfasis?
Con todo lo que hemos visto, tenemos que saber que el énfasis debe ponerse en la justicia y no tanto en una utópico estado de felicidad. Podríamos llegar a pensar que, como Dios nos niega determinadas conductas y ciertos placeres, su voluntad no es perfecta, cuando Pablo afirma que sí lo es (cf. Ro. 12:2). Pensar algo contrario a lo expresado por el apóstol es una falacia. Es una manera infame de intentar buscar un resquicio que defienda la idea de querer hacer la propia voluntad en algunas cuestiones y que nos gustan más que los dictados por Dios.
El hecho de que Sus designios no sean “perfectos” a los ojos del hombre caído, no significa que no lo sean. Lo son, y es bíblicamente incontestable. Y bien que lo recalcó Jesús una y otra vez: “Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos. [...] El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. [...] El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 8:31, 14:21, 23). La misma idea que recalcó a posteori su discípulo Juan: “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él” (1 J. 2:3-5).
Termino con una cita de Asun Quintana que he sacado a colación en más de una ocasión y que camina conmigo cada día de mi vida: “El fin de nuestra vida consiste en descubrir el sentido de esta: el conocimiento de Dios, principio de la sabiduría. Lo importante de la vida no es lo que poseamos —la abundancia o la escasez—, ni siquiera cuán felices seamos, sino encontrar a Dios y caminar con Él. Si a través del sufrimiento, de la pérdida, de la enfermedad, llegamos a esto, entonces entenderemos muchas cosas y moriremos en paz. El tesoro es entender que Dios no es nuestro enemigo, es la convicción de que Él es soberano, que Él ha vencido a la muerte, porque su amor es más fuerte que la muerte”.

* El que todavía no haya entendido qué es la justicia de Cristo, el porqué necesita recibirla y qué tiene que hacer al respecto, que lea muy atentamente el escrito “No soy religioso, ni católico, ni protestante; simplemente cristiano”:



[1] Tylee, Alex. Mi amig@ es homosexual. Andamio. Pág. 44.

lunes, 28 de enero de 2019

¿Qué harías si tú fueras Dios?


Tanto si vives en mi país –España- como si no, habrás conocido en días pasados la dramática historia de Julen, un niño de apenas dos años que se precipitó al vacío por un pozo de más de setenta metros y al que se intentó rescatar por todos los medios posibles durante casi dos semanas. Sabiendo que el tiempo máximo que puede permanecer una persona sin beber son entre tres y cinco días en condiciones muy favorables –y en este caso no era así-, y aunque los medios de comunicación eludieron por completo dicha cuestión hasta prácticamente algunas horas antes –posiblemente para no ser tachados de insensibles[1]-, el desenlace del pequeño fue el esperado desde la racionalidad: había fallecido.
Igual que me ha pasado en otras ocasiones, a cada noticia que se producía en la prensa sobre los avances en el túnel paralelo que se estaba cavando para intentar el rescate, me imaginaba por mi parte salvándolo en cuestión de segundos si tuviera “poderes especiales” para penetrar dentro de esas toneladas de tierra que sepultaban al jovencito. Seguro que, en tu caso, en otras circunstancias negativas, se te ha pasado por la mente qué habrías cambiado en el mundo en caso de tener esos “poderes”. Aquí van varios ejemplos propios:

- Habría impedido todas las guerras de la historia antes de que comenzaran.
- Habría impedido que seis millones de judíos murieran a manos de los nazis.
- Habría impedido que cualquier dictador se hiciera con el poder, fuera del país que fuera.
- Habría impedido la Inquisición.
- Habría impedido que los aviones del 11-S se estrellaran contra las Torres Gemelas.
- Habría impedido el asesinato por parte de la organización terrorista ETA de Miguel Ángel Blanco.
- Habría impedido que los verdaderos cristianos fueran engañados por los que enseñan falsas doctrinas.
- Habría impedido que cualquier hombre o mujer casada engañara a su cónyuge.
- Habría impedido todo aborto.
- Habría impedido todo tipo de abuso físico y violación.
- Habría impedido el maltrato animal.
- Habría impedido que cualquier persona pasara hambre.
- Habría impedido que en Internet y en los programas de televisión hubiera desnudos, pornografía y humor vulgar.
- Habría impedido la trata de blancas.
- Habría impedido el cultivo, producción, distribución y consumición de cualquier droga, incluyendo el tabaco.
- Habría impedido que unos países explotaran y expoliaran a otros.

Esta es mi lista –y no lo he dicho todo-, y si hicieras una propia añadirías otros puntos. En definitiva, tanto tú como yo reharíamos la historia de arriba a abajo, impidiendo cualquier desgracia y acto de maldad por parte de los seres humanos. El problema, como vamos a ver, es que no habríamos sido “Dios” sino un dictador.

El argumento de los ateos
El caso de Julen me ha llevado una vez más a uno de los temas que nos suelen plantear los ateos a los cristianos y que se podría resumir en esta afirmación que llevan a cabo: “Me resulta inconcebible creer en un Dios que se dice Todopoderoso, que señaláis que tiene la capacidad de evitar todo lo malo, y no lo hace”. Ante esta idea –que a ojos meramente racionales resulta muy lógica- los creyentes tenemos que saber qué contestar.
Son las mismas palabras que he leído una y otra vez por parte de los ateos en Internet y en persona, incluyendo los comentarios que muchos dejaban en la prensa ante las noticias de la historia de Julen.
Aunque teológicamente profundizaré muchísimo más sobre este tema cuando lo toque en un libro que estoy preparando para el blog y dirigido contra todos los argumentos que presentan los ateos contra el cristianismo –y, por extensión, contra Dios-, aquí haré una breve exposición que mostrará de forma bien clara la respuesta al tema en cuestión.

La base en la cual nos sustentamos los cristianos
Los cristianos creemos que Dios lo que enseña la Biblia sobre Él; toda la Biblia, no solo partes de ella como hacen algunos inconversos que se forman una imagen de Dios según les conviene. Creemos que:

1) Él conoce toda nuestra vida, desde los pequeños detalles hasta los grandes: “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos” (Sal. 139:2-3).
2) Él conoce de antemano la senda que tomará nuestra vida día tras día y sabe exactamente cuáles serán nuestras actitudes, tanto las presentes como las futuras: “Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Sal. 139:4).
3) Él es soberano en todo y para todo: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Stg. 4:15).
4) Nada acontece sin su permiso: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados” (Mt. 10:29-30).
5) Tanto los creyentes como los incrédulos están dentro del Gobierno de Dios: “... que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45). 
6) Dios sustenta el universo en su totalidad: (El Hijo) quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (He. 1:3).

Las acusaciones contra Dios son una incitación a la dictadura
Ante esto, la supuesta incongruencia surge aquí: si Dios es todo eso y hace todo eso, ¿por qué la historia está llena de actos de maldad y de hechos desgraciados? Esta pregunta se basa en la llamada paradoja de Epicuro, la cual expuso dicho filósofo griego respecto al problema del mal en el mundo: ¿Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De donde surge entonces la maldad? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?”.
La respuesta a todas estas preguntas es muy sencilla de exponer en varios puntos:

a) Si Él usara continuamente su Omnipotencia en todo momento y en todo lugar para que siempre se hiciera el bien, sería un tirano y nosotros los títeres, eliminando por completo la libertad con la cual nos creó de elegir entre el bien y el mal: lo que llamamos libre albedrío.

b) Los que piensan que “Dios debería detener a una persona justo antes de cometer un asesinato o una violación”, se olvidan del resto de maldades que ellos mismos cometen, aunque no las consideren malas. Qué tendría que hacer Dios, ¿intervenir únicamente en los casos de “intento” de asesinato y violación o algún otro gran mal, e impedirlos antes de que ocurran? Pero, ¿y en el resto de cuestiones que muchas personas no consideran malas a sus propios ojos pero que sí lo son? Siguiendo la lógica que emplean, y siendo consecuentes, Dios debería:

- Volver mudo durante una hora a todo aquél que vaya a mentir o a herir con sus palabras a otra persona.
- Cerrarle los labios al que se vaya a emborrachar, a calumniar y a chismorrear.
- Inmovilizar a todo médico que se dispusiera a cometer un aborto.
- Taponar la nariz del que fuera a consumir alguna droga.
- Bloquear los pensamientos del que fuera a inundar su mente de lascivia.
- Quitarle toda apetencia sexual o volver impotente a todo hombre y mujer que fuera a cometer adulterio.
- Cortar la señal de internet al que fuera a ver pornografía.

Si Dios hiciera todo esto y cumpliera todos nuestros deseos, desaparecería el libre albedrío, como se comprueba de forma cómica en la famosa película “Como Dios”.
Él se convertiría en un dictador y al día siguiente habría manifestaciones a nivel mundial “reclamándole” que nos devolviera nuestra libertad para hacer “lo que nos diera la gana”. Los mismos que rechazan la existencia de Dios a causa de la existencia del mal, se enojarían y se quejarían de vivir coaccionados bajo una dictadura. En realidad, la paradoja de Epicuro es un problema de índole moral: el hombre quiere ser quién dictamine las normas, y cuando las del Creador no se ajustan a las que ellos creen, entonces el “malo” es Dios al que hay que ignorar, rechazar o negar. Deberían darse cuenta de que la maldad del mundo es responsabilidad y fruto del pecado del ser humano que desprecia las normas establecidas por Dios, cuya voluntad es buena, agradable y perfecta (cf. Ro. 12:2).
Como señala el doctor Peter John Kreeft: “La abrumadora mayoría del sufrimiento en el mundo se debe a nuestras elecciones de matar, difamar, de ser egoístas, de las desviaciones sexuales, de romper nuestras promesas, de ser imprudentes”[2]. Este planeta es cómo es porque hemos sembrado de una manera y estamos cosechando en consecuencia, siendo la muerte física uno de los efectos directos. Acusar a Dios del mal es la excusa “perfecta” y necia para evadir la culpa que recae sobre el ser humano en particular y sobre la humanidad en general.
Con las catástrofes de la naturaleza, la causa y el patrón es el mismo: desde la entrada del pecado en el mundo, la tierra está maldita y esperando su redención. Por eso “toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Ro. 8:22).

Para terminar
El suceso de Julen –como otros que acontecen- es una tragedia. No entendemos el porqué ya que la existencia humana es como un lienzo: por ahora solo vemos una pequeña parte del cuadro, a diferencia de Dios que lo ve completo. Dentro de esa desgracia humana, y sintiendo en el alma el dolor de los padres, podemos asegurar que el pequeño está ahora junto al Padre, como dijo el rey David tras la muerte de su propio hijo, que también era un bebé: Yo voy a él, mas él no volverá a mí” (2 S. 12:23).
El tema es tan extenso ya que abarca términos y conceptos como “Voluntad permisiva”, “Voluntad decretada”, “Determinismo”, “Indeterminismo”, “La temporalidad del mal”, “El Juicio futuro”, etc., que, como dije al comienzo, lo dejo para más adelante cuando suba al blog los capítulos sobre el ateísmo. Espero que con esto baste por ahora para aclarar la mente de aquellos que se hacen preguntas pero nunca han buscado respuestas.


martes, 24 de enero de 2017

¡Viva la madre que te parió!



Este artículo no está dedicado a los ultras, radicales o hooligans que se sirven del fútbol o del deporte en general como una simple excusa para llevar a cabo sus actos vandálicos y demás fechorías. Aquí me dirijo al aficionado de a pie, entre los cuales posiblemente estés tú, seas cristiano o el mayor de los ateos. Ya es hora de una vez por todas que muchos se sienten a reflexionar porque hace mucho tiempo que sobrepasaron los límites racionales.   

La polémica viene de bien lejos: desde que el jugador sevillano Sergio Ramos –capitán de la selección española- pasó a formar parte de la plantilla del Real Madrid en el año 2005, cada vez que juega en el Sánchez Pizjuán –el estadio de su antiguo club- un sector de la grada le dedica el cántico “hijo de p...”. Hasta hace poco eran únicamente los llamados “Biris”, una peña radical de dicho equipo que ocupa todo un fondo del recinto. Personalmente, conociendo cómo son esta clase de individuos, no me sorprende en absoluto. Los insultos dicen más de ellos que de aquellos al los que se los dedican. La mala educación que muestran no conoce límites. Cuando las cámaras los enfocan mientras gritan todo tipo de improperios parecen dementes a los que habría que encerrar en reformatorios.
Lo narrado podría parecer una anécdota lamentable, pero tristemente está sumamente generalizada por toda España. Basta con escuchar las melodías que dedican las aficiones locales al equipo visitante, sea el que sea. Les desean la muerte y se dedican a mentar a sus esposas, parejas e hijos, mientras que escupen, lanzan mecheros, botellas, cabezas de cochinillos, a la vez que sacan a pasear peinetas, cortes de mangas y todo tipo de gestos obscenos. Y si pierden el partido, los esperan a la salida para golpear los autobuses como si fueran una manada de búfalos. Incluso llegan a vitorear a un jugador que maltrató a su pareja: “Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una p…, lo hiciste bien”.
Generalmente, la iniciativa de estas acciones parten de los ultras. En algunos casos, se está logrando controlar por medio de acciones impulsadas por varios presidentes valientes –a pesar de recibir amenazas de muerte-, como Sandro Rosell y Florentino Pérez, que han expulsado respectivamente a los Boixos Nois del Camp Nou y a los Ultra Sur del Bernabéu. Pero en la inmensa mayoría, nada está cambiando: todo se resuelve con multas económicas que pagan los clubs –en el mejor de los casos- o directamente se archivan los casos. 
El problema es que, desde hace ya un tiempo, estas actitudes, que eran parte de una minoría, se están extendiendo al resto de los aficionados, sea que estén presentes en el estadio o viendo el partido a través de la televisión. No forman parte de ningún grupo radical organizado, pero se comportan exactamente igual. Es igualmente bochornoso y deleznable todo lo que se escucha en Pamplona, Bilbao, Madrid, Barcelona, Valencia y en multitud de otros campos de España, como lo que dicen en persona y escriben los aficionados de a pie en las redes sociales, en grupos de wasap y en los comentarios en la prensa escrita. Y esto abarca a todas las etapas de la vida y clases sociales: adolescentes, adultos, estudiantes, universitarios, licenciados, trabajadores, etc. Puede que tú seas uno de ellos; a más de uno conozco, tanto creyentes como los que no lo son. Así que te invito a que leas con detenimiento las siguientes líneas y, sobre todo, a que reflexiones profundamente, en lugar de escudarte en la masa, en el anonimato, en la pasión o en la edad.

Justificando la maldad
Escuché a un periodista decir que el futbolista debe entender que soportar los insultos de la grada va incluido en el sueldo. Es decir, si te insultan, si se acuerdan de tus muertos y de tu familia, te tienes que aguantar, porque para eso cobras lo que  cobras. Esta argumentación solo nos demuestra una vez mas la bajeza moral a la que puede llegar el ser humano para justificar la maldad bajo el escudo de que “el fútbol es pasión” y no se puede controlar.
Podríamos pensar que esta era la opinión de una sola persona. Por eso, al acabar el partido donde Sergio Ramos fue ultrajado, pensé que la afición (insisto: el aficionado de a pie) iba a rechazar mayoritariamente la actitud que tomaron unos pocos miles contra su paisano. ¡Ingenuo de mí! Cuando les preguntaron, todos dijeron lo mismo: “se lo merecía”. Incluso alguna señora mayor lo afirmaba con una sonrisa de satisfacción en la boca. Se me revolvió y se me revuelve el alma escuchando semejantes palabras.
Algunos podrían señalarme y apuntar: “bueno, tu eres seguidor del Real Madrid. Por eso te molesta que insulten a uno de tu equipo”. No señores. Pienso exactamente lo mismo cuando el afectado es cualquier otra persona, se dedique a jugar a este deporte o cualquier otra profesión. Por citar un solo ejemplo de los muchos que podría nombrar: sentí vergüenza ajena en la final de la Copa del Rey de 2011 cuando la afición del club blanco insultó continuamente a Shakira, la compañera sentimental del barcelonista Piqué, y lo condeno de la misma forma.
Con esto no estoy eximiendo de otras cuestiones a muchos de estos deportistas. En demasiadas ocasiones actúan como niños pequeños y mentirosos que tratan de engañar a los adultos: fingen y exageran para provocar la expulsión del contrario, dan patadas y cuando les pitan faltan se quejan airadamente diciendo que ellos no han hecho nada, se tiran al césped como si les hubieran atravesado el pecho con una katana y explotado una granada en sus pies, etc. Eso cuando no se pelean entre ellos y se menosprecian por estar en un equipo mejor o ganar más dinero, tratando de demostrar quién es el más viril de todos. Y, por otro lado, fuera de los terrenos de juego, la ética y moral que ponen en práctica suele ser contraria a los principios establecidos por Dios en su Palabra. Enumerarlos llevaría horas. Pero lo que acabo de señalar es otro tema y no invalida nada sobre la violencia verbal que ejercen los “espectadores”.

¿La pasividad ante la maldad o la toma de medidas?
Especialmente me llamó la atención una aficionada, de unos veinticinco años, que estaba esperando a la salida al jugador para volverlo a insultar de la misma manera. Entre ella y Ramos había una valla y un dispositivo de la Policía Nacional (que pagamos los ciudadanos con nuestros impuestos). Gritaba desaforada y su rostro agraciado se convertía en uno lleno de odio. Como he dicho, algo así se espera de un ultra, no de una persona aparentemente normal. Pero, por encima de todo, lo que me sorprendió fue la actitud del Policía que estaba a menos de un metro de ella. ¿Qué hizo? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! De brazos cruzados y mirando para otro lado. ¿Cuánto hubiera tardado en sacar la porra si ese mismo insulto se lo hubieran dirigido a él? No sé, quizá no quería meterse en problemas o fuera sordo el hombre...
Esta escena me recordó a otra acontecida con Piqué meses atrás con un final diferente. Sin necesidad de entrar a valorar sus continuas declaraciones polémicas, en una ocasión, cuando bajó del autobús a la llegada de la selección a la ciudad de León, un joven comenzó a insultarle de forma vejatoria. En este caso, un Policía se acercó al susodicho y le habló con toda claridad. Omito parte de sus palabras por el vocabulario que empleó, pero le dijo: “[...] A ver si te damos la nota y luego te cae una multa de 300 euros [....] ¿Vale? Por insultar...”[1]. Y se hizo el silencio por parte del seguidor.
¿Persona que insulta? Se le expulsa del campo y se le multa. ¿Reincidente? Se le quita el abono, el carnet de socio y se aumenta considerablemente la cuantía económica. ¿Exagerado? Ni por asomo. O se toman medidas ya o esto se termina por ir de las manos. Cuando comiencen a darse casos y el público comprenda que se va completamente en serio y hasta el final, comenzarán a tomárselo como deben y a cambiar porque no les quedará más remedio. Mientras tanto, parece que solo se toman medidas cuando hay muertos de por medio.
Hay jugadores de color que se han marchado de un terreno de juego en señal de protesta cuando parte del graderío ha imitado el sonido de un mono. Me parece sensacional. Pues, en mi opinión, lo mismo deberían hacer los equipos cuando se entonen cánticos de pura afrenta. Y así hasta que se cumplan las normas antiviolencia.
Todos sabemos cómo reaccionó hace unas semanas un repartidor cuando un youtubers le llamó “cara anchoa” en una supuesta broma de cámara oculta: éste se llevó de regalo una sonora bofetada. No justifico la reacción, pero ponte en la piel de un afectado: ¿te quedarías impasible si se dirigieran a ti en términos ofensivos? ¿Si llamaran a tu madre lo que ya sabes? ¿Si hicieran presentes a todos tus difuntos? ¿De verdad reirías la gracia? Empatía chavales, empatía.

La parte que te toca: reeducarte
Cuando leo a personas decir –citando nuevamente el caso de Ramos- que él provocó con su gesto (olvidando que los insultos a su persona vienen de muchos años atrás), lo que realmente están haciendo es esquivar el debate que no les interesa porque les destapa como lo que son: culpables. No puede ser que este deporte se haya convertido en un espacio donde muchos se reúnen para sacar lo peor de sí mismos y donde todo está permitido. No puede ser que haya leyes no escritas donde se ha regularizado e institucionalizado lo que es aberrante de por sí.
¿Deberían los jugadores mantenerse ajeno a todo y no responder a los insultos? Sí, ahí estoy de acuerdo. No deberían entrar al trapo ni responder. Pero la verdadera cuestión es: ¿por qué se debe tolerar lo intolerable? ¿Por qué un individuo tiene que escuchar como injurian a su madre? ¿Por qué una madre debe escuchar ciertas palabras contra ella?  ¿Por qué un arbitro, un juez de línea y un entrenador deben soportar todo lo que soportan? ¿Por qué los jugadores del Barcelona y del resto de equipos españoles deben soportar todos los años a la Curva Nord de Valencia (por citar un único ejemplo), que se dedican todo el partido a brindarles todas las groserías que se encuentran en el diccionario? ¿Cuánto y hasta cuándo esos ambientes hostiles, donde parece que se va a la guerra? ¿Es que la tolerancia consiste en que no haya límites?
Si no recuerdo mal la fecha, hace un par de años le planteé en una entrevista digital este tema a Carlos Carpio –subdirector del periódico Marca y uno de los periodistas más ecuánimes que conozco-, y me confesó con tristeza que no llevaba a su hijo pequeño a los partidos porque era monstruoso todo lo que allí se escuchaba, y que afecta incluso a los más pequeños de la casa, como el ejemplo del jovencito de la imagen que encabeza el artículo. Al que nunca haya ido a un gran estadio, le diré que en la televisión no se escucha prácticamente nada de todo lo que se oye presencialmente. Esta una de las razones principales por las que yo mismo llevo años sin asistir.
Una de las enseñanzas bíblicas más claras de todas es la que hace referencia a la naturaleza caída del hombre y que nos señala a todos nosotros como culpables delante de Dios: No hay justo, ni aun uno. [...] por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:10, 23). Si omites esta contundente conclusión, lo fácil es decir: “Pero yo no soy un ultra ni pertenezco a ninguno de estos grupos. No hago apología de la violencia, ni física ni verbal. Jamás le he pegado a nadie ni hago nada malo. Al contrario que otros, cuando se me escapa algo no lo digo con maldad. Y tampoco tiene tanta importancia”. ¡Venga, sé honesto contigo mismo, y deja de compararte con otros! Que cada uno someta a prueba su propia obra” (Gá. 6:4). Jesús dijo que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6:45). Lo que sale por tu boca es lo que hay en tu corazón, así que no hay excusas posibles.
Considero que –en lugar de lanzar balones fuera- no hay persona más humilde que aquella que es capaz de reconocer sus errores con la intención de rectificar. ¡Debes cambiar y reeducarte! Si eres cristiano, las fuerzas para hacerlo ya sabes de quién proceden. Si no lo eres, cambia al menos tu actitud.
Que tengas un mal día en el trabajo con tu jefe, con tu familia, con tu novia, esposa o con quién sea, no te da derecho a soltar esa ira reprimida y a desfogarte con nadie. Pagar por una entrada o por un refresco en un Bar para verlo por la televisión no te concede ningún derecho a faltar el respeto.
Es que el fútbol es pasión, dicen muchos para disculpar ciertas conductas. ¡Mentira! El insulto barato y el desprecio hacia el prójimo es una pasión con un enfoque completamente errado. ¡¡¡¡¡¡Esto es un juego!!!!!! ¿Que del mismo se hace un show, un espectáculo o algo divertido? De acuerdo: lo acepto como animal de compañía; todo lo demás no (como expresé en Fútbol: ¿Juego o idolatría?: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/05/futbol-juego-o-idolatria.html). 

Conclusión
¿No quieres que el equipo contrario logre la victoria? Lógico. Yo no quiero que el Barcelona gane ni al parchís, pero no le deseo ningún mal a sus jugadores ni a la institución. ¿Quieres que el equipo que te gusta triunfe? Disfrútalo si es así. ¿Qué pierde? Que tu estado de ánimo no dependa de esto. Tal y como está articulada nuestra sociedad –que me recuerda mucho a Panem[2]-, es comprensible que los niños y adolescentes sean presa de esta trampa anímica, pero entre adultos es poco maduro, por no decir que nada en absoluto: Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Co. 13:11). No cito estas palabras de Pablo para decir que no podamos ser bromistas o risueños como un jovenzuelo, sino para recalcar que una de las señales externas que diferencia a un niño de un hombre es que éste sabe concederle importancia a lo que verdaderamente la tiene, y el fútbol no entra dentro de esta categoría.
¿Y si los los que tienen la misma afición que tú continúan con los mismos comportamientos? ¿Y si nadie y nada cambia? ¿Y qué? ¡Hazlo tú! ¡Reacciona! ¡Despierta de la hipnosis a la que te tienen sometido determinados medios de comunicación y prensa escrita que, implícitamente, incitan al odio y alimentan el peor de los fuegos en el corazón humano mofándose de otros equipos! ¡Huye de esos periodistas encendidos que hablan de temas meramente deportivos como si la vida y la muerte dependieran de ello! ¡Deja de dramatizar como si fuera una tragedia griega! ¡Deja de reírle las gracias a esos deportistas que desprecian al contrario! ¡Deja de infravalorar las victorias ajenas! ¡Deja de burlarte del que es derrotado! ¡Deja de ver al que defiende otros colores como un enemigo al que destrozar y vilipendiar? ¡Desmárcate de los que parecen fanáticos sectarios defendiendo a sus dioses! Si tienes que dejar de conversar con algunas personas sobre deportes, ¡hazlo! ¿No te das cuenta de que todo esto es enfermizo, insano, infantil y ridículo? ¡No seas una oveja más que forma parte de una masa! ¡Sé diferente!



[2] Panem: el nombre que recibe la antigua América del Norte en la trilogía distópica “Los Juegos del Hambre”, y que está dividido en 13 distritos, siendo el Capitolio la capital de la nación. Un país donde las desigualdades sociales resultan abismales y solo una pequeña parte de la población –la que reside en la capital- posee todos los lujos, riquezas y comodidades que se les niega a los habitantes de los distritos. “Panem deriva de la frase en Latín panem et circenses, que literalmente se traduce como pan y circo. La frase en sí es usada para describir el entretenimiento usado para distraer la atención del público de otros asuntos más importantes” (http://los-juegos-del-hambre.wikia.com/wiki/Panem).