lunes, 18 de mayo de 2020

El ascenso de Skywalker: La imperiosa necesidad que tenemos tú y yo de ser redimidos

Nada más concluir la película, miré a mi sobrino y le dije: “Un ejemplo más de que la opinión de los demás y de los medios de comunicación me dan exactamente igual”. ¿Y por qué hice tal aseveración? Porque “El ascenso de Skywlaker”, vilipendiada por dos terceras partes del fandom, me había fascinado. Entiendo que algo pueda no gustar y argumentarlo, al igual que a mí hay muchas cosas que no me agradan, pero leer los comentarios llenos de puro odio de muchos en las redes sociales solo sirve para manifestar una vez más las palabras de Jesús, que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34), y en este caso no es nada bueno. Por eso hace tiempo que dejé de leer las opiniones de otras personas –aunque le sigo pidiendo opinión a algunos amigos- ya que resultaba doloroso comprobar hasta qué punto puede degradarse un ser humano por un asunto que es un mero entretenimiento, sea el cine o cualquier otra afición, cayendo en los insultos y en todo tipo de comentarios hirientes. Además, discutir por cuestiones tan superficiales con personas sin la más mínima educación me parece una completa sandez.
Siempre que sucede algo así –que a alguien no le gusta lo que a mí sí-, y como no me van a hacer cambiar de opinión, solo digo que lamento mucho que otros no hayan disfrutado de algo que yo sí he hecho. En este caso en particular, disfruté como un niño pequeño cuando se levanta de la cama nervioso y llega al salón de su casa la mañana del 6 de enero. Por eso, aunque no te gustara lo que viste, mi propósito es que seas capaz de ver cómo una historia de fantasía nos muestra la imperiosa necesidad que todos tenemos de ser redimidos. Ese es el verdadero transfondo.

¿La historia de Star Wars o de la familia Skywalker?
Quien haya seguido la saga de Star Wars desde sus comienzos, conoce de sobra las distintas tramas que se han desarrollado en ella. Como se nos describe al comienzo de cada una de las nueve películas (enealogía), transcurre “hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana”. En esta realidad hay infinidad de planetas donde cohabitan todo tipo de seres y de especies inteligentes, desde “humanos” y androides hasta razas con forma antropomórficas completamente extrañas y animalescas.
En algún momento de la historia del universo surgieron individuos que eran sensibles a la Fuerza”, que venía a ser un campo invisible que impregna y rodea toda la creación. Es aquí donde estos individuos sensibles a ella conformaron la conocida Orden Jedi, los cuales usaban la “Fuerza” para garantizar la paz y el bien común. Este poder implicaba una serie de habilidades físicas muy por encima de la media, junto a otras sobrenaturales como la telequinesis, el control mental de otros seres y la capacidad de percibir a aquellos que poseían el mismo poder. El problema surgió cuando algunos de estos quisieron usar dicha “Fuerza” para el mal, ya que, dejándose llevar por el odio, la ira y el miedo, eran capaces de ser aún más poderosos. A esta “conversión” se la denomina desde entonces como “pasarse al lado oscuro”. Así surgieron los “Sith”, y cuyo propósito era imponer su propia visión basada en la opresión del fuerte sobre el débil.
A partir de ahí, a resumidas cuentas y sin entrar a detallar las diversas tramas –porque su extensión haría inacabable este escrito- lo que observamos es una continua lucha entre los Jedis y los Sith, entre la República Galáctica y los separatistas, entre el Imperio gobernado por el Emperador Palpatine y la resistencia, entre el equilibrio y el caos, entre la paz y la tiranía. En definitiva, la clásica lucha entre el bien y el mal. Ahora bien, el nexo de unión principal en toda la historia es que se nos narra a través de distintos miembros de la misma familia: los Skywalker. Y es aquí donde quiero centrarme, especialmente en lo que se desarrolla en el noveno acto que cierra esta macro-historia. Antes de comenzar, vamos a exponer de forma gráfica la genealogía para el que no la tenga clara:

 Una historia de redención
Quién se quede con lo meramente externo de este cosmos forjado en la imaginación de George Lucas –el cual, a su vez, “bebió” de incontables fuentes que luego fundió y forjó-, habrá disfrutado de una banda sonora que desborda ampliamente la excelencia, con los diseños deslumbrantes de las naves espaciales que viajan a la velocidad de la luz, con multitud de imágenes espectaculares que se quedan grabadas en la retina, con personajes carismáticos y con épicos combates con los brillantes sables láser. Por eso hay millones de fans en todo el mundo que aman esta historia. Pero, por el contrario, quien haya buceado en ella y mirado más allá de lo superficial, se habrá encontrado una historia cíclica de carácter redentor y profundamente emotiva.
Uno de los momentos más recordados e imitados por los seguidores es cuando Luke Skywalker descubre que su padre –al que creía muerto- es el mismísimo villano Darth Vader (Anakin Skywalker). Anakin fue un gran guerrero Jedi que fue cayendo en el lado oscuro de forma progresiva tras el asesinato de su madre; paso que culminó tras la muerte de su esposa Padme.
Tras el encuentro entre Luke y su padre, éste le insiste en que se pase al reverso tenebroso, para así gobernar juntos el universo. Pero Luke se niega una y otra vez, ya que su propósito es que su padre tome el camino inverso: que del mal vuelva al bien. Darth Vader le dice que es demasiado tarde para él. Las atrocidades y las fechorías que cometió como Señor Oscuro a lo largo de los años nos hablan de su maldad, destacando por sobrecogedora la escena implícita –ya que no se muestra abiertamente- donde asesina a un grupo de niños que se estaban formando como Jedis. Aun con todo, Luke insiste en el deseo de “rescatar el alma de su padre”. En el último momento, con Luke siendo masacrado por los rayos del Emperador Palpatine (un Sith llamado Darth Siduous), Darth Vader se siente profundamente conmovido y reacciona, volviendo a ser Anakin y lanzando al vacío al Emperador. A punto de implosionar la Estrella de la Muerte, el hijo contempla por primera vez el rostro desfigurado de su padre ya sin el casco y malherido, a punto de morir. Luke quiere sacar a su padre para ponerlo a salvo, ante lo cual Anakin le contesta: “Ya me has salvado”. En este momento, expira. Es la historia de un amor redentor en su más pura expresión.

Una historia cíclica
Años después de estos acontecimientos, la historia de los Skywalker vuelve a repetirse, y eso es lo que vemos en el último episodio de todos, el titulado El ascenso de Skywalker. Aquí vemos la conclusión de lo que se había ido desarrollando en los capítulos 7 y 8: Ben Solo-Skywalker, hijo de Han Solo y de Leia Skywalker, era sensible a la fuerza, y comenzó a ser entrenado por su tío Luke. Cuando éste miró dentro de su mente y visualizó toda la oscuridad que había en su sobrino y todo el mal que causaría, quiso acabar con él, fracasando en el intento. A partir de ahí, Ben se pasó al lado oscuro al igual que hizo en el pasado su abuelo Anakin. Queriendo parecerse a él, adoptó el apodo de Kylo Ren, usando incluso una máscara para ocultar su rostro. No quería que lo llamaran por su antiguo nombre ya que él mismo decía que Ben había muerto. En un momento desgarrador que recuerdo porque dejó helada a la sala, asesinó a su propio padre (Han Solo) para romper definitivamente con su pasado, a pesar de que había tratado de que recapacitara y volviera a casa.
El mayor deseo de Kylo era convertirse en el mandamás de todo el Nuevo Imperio, y para que gobernara a su lado quería atraer a sus filas a una chica huerfana de padres desconocidos llamada Rey, y en la cual la “Fuerza” había despertado. El problema es que no la controlaba y sentía que una oscuridad estaba creciendo en su interior. Por eso Kylo Ren quiso aprovechar la coyuntura para atraerla a su lado. Finalmente, Rey descubrió el origen de la oscuridad que residía en ella: era la nieta del Emperador Palpatine. Este seguía vivo –al menos su espíritu, tras haber sido clonado su cuerpo-, y la buscaba para que cumpliera su destino de sangre: convertirse en Emperatriz tras pasarse al lado oscuro. Pero Rey lo tenía claro: a pesar de que en sus sueños se contemplaba a sí misma llegando al trono, se negó a ceder a la oscuridad, haciendo a la vez todo lo posible porque Kylo Ren volviera a la luz. Su misericordia ante él, la compasión que experimentó, llegó a tal extremo que, tras una titánica y colosal batalla entre los dos, y tras no dejarle otra opción que asestarle un golpe mortal que le atravesó el costado, usó la Fuerza para sanarlo. Finalmente, Kylo, percibiendo la muerte de su madre Leia, y tras las palabras del “espíritu” de su padre, que le dijo: “Kylo Ren está muerto. Mi hijo está vivo. Tu madre se ha ido, pero aquello por lo que ella luchó, sigue ahí”, volvió al lado de la luz, siendo de nuevo Ben. Se repite la historia de un amor redentor en su más pura expresión.
En la batalla final, Ben –el nuevo Ben- se unió a Rey para enfrentarse a Palpatine, al que terminó por derrotar Rey en una escena que me puso los vellos del corazón como escarpias de la propia emoción, si es que algo así existe y es posible. ¿Qué sucedió a continuación? Que Rey murió ante el sobresfuerzo, instante en que sufrí tres paros cardíacos. Pero ahí no acabó todo: Ben Skywalker le devolvió el favor y usó la Fuerza para resucitarla.
Por lo que transmite ella a través de toda la trama y por la expresión de su rostro, su felicidad era mayor por el hecho de ver a alguien que estaba en tinieblas y había vuelto a la luz, antes que por haber derrotado al malvado de su abuelo. Segundos después, y tras haber usado todo el poder para devolverla a la vida, Ben falleció al estilo Jedi: desapareciendo. Nuevamente, un Skywalker había sido redimido. Por eso mencioné el carácter cíclico de la historia.

¿La redención solo es necesaria para los Kylo Ren de este mundo?
Desde ya hace muchos años, todo pensamiento propio o ajeno, toda circunstancia de la vida, todo acontecimiento, junto a todo libro, serie o película, lo paso mentalmente y de forma espontánea por el filtro de las Escrituras. El conocido lema “¿Qué haría Jesús?” lo llevo al extremo de “¿Qué piensa Dios?”, “¿Qué dice al respecto Su Palabra”? ¿Qué me dice “ella” sobre lo que estoy pensando? ¿Qué me dice sobre la opinión que acaba de manifestar esa otra persona? ¿Cómo se relaciona lo que acabo de leer, ver o escuchar con LA VERDAD de Su revelación escrita? Y muy importante: ¿Cómo repercute de cara a LA ETERNIDAD?
Intelectualmente puedo entender a aquellos que dicen que esta historia no es más que un gran entretenimiento. Pero eso es quedarse muy corto de miras. La razón por la cual conmueve y estremece debería ser clara: el mensaje expuesto en Star Wars, extrapolado al mensaje bíblico, nos conduce al mensaje de redención de Cristo. Dije que en el intelecto entiendo a los que solo ven una diversión y no más allá porque la infinidad de personas de este mundo no creen ni piensan por un segundo que tengan que ser redimidos de nada. Lo que para un cristiano nacido de nuevo es obvio, para un ateo, un agnóstico o un religioso, no lo es en absoluto. Por eso dijo Pablo que “la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Co. 1:18).
Mientras que el inconverso no se considera malo y llega a la conclusión de que no es un Darth Vader o un Kylo Ren que está en el lado oscuro ni necesita “volver a la luz” (al mirarse a sí mismo y contemplar que no es una mala persona, ni un asesino, un violador, un adúltero, un alcohólico o un drogadicto), el verdadero converso no deja de caer de rodillas día tras día para mirar a la cruz estremecido de que el Hijo de Dios se sacrificara para pagar por la Oscuridad que habita en cada uno de nosotros, y cuyo derramamiento de Su propia sangre logró por nosotros la redención: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia (Ef. 1:3-7).
La realidad es que TODOS necesitamos ser salvados, incluso aquellos que no lo saben, no lo creen o no lo reconocen, puesto que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). Repito: TODOS. Ese lado oscuro, ese reverso tenebroso de la fuerza que mora en nosotros, se manifiesta en multitud de maneras, no todas tan escandalosas como las que llevaron a cabo algunos de los Skywalker, pero ahí está, formando parte de nuestro ser. Aunque sea en momentos concretos o puntuales, unos y otros sienten ira, se dejan llevar por el chismorreo o la crítica, se muestran avariciosos, soberbios u orgullosos, experimentan odio en su interior aunque no lo manifiesten, sienten celos, se enemistan con sus semejantes, se regodean en la lascivia, muestran un humor vulgar, les carcome la envidia, se emborrachan, emplean un lenguaje soez, idolatran aquello que no es Dios, etc.
Muchos omiten de sus pensamientos estas certezas y ponen como contrapeso que “son buena gente” porque se portan bien con los amigos y los seres queridos, son bondadosos, dadivosos, altruistas, alegres y cariñosos. Y no digo que no sea verdad. Hay personas, muchas personas, que son inconversas pero que resultan encantadoras. Conozco a más de una y seguro que tú también. El problema es que no es en mayor o menor grado las expresiones externas de cierta oscuridad lo que nos condena y nos lleva a la imperiosa necesidad de ser rescatados, sino la misma Oscuridad en sí que está impresa en nuestro ser. Como he citado en más de una ocasión, “no somos pecadores porque pecamos, sino que pecamos porque somos pecadores” (Sinclair Ferguson).

Un amor que busca un bien mayor
Uno puede pensar que un amigo es el que acompaña a otro a una “botellona” o a un pub a beber, el que le ríe el chiste obsceno o el que le piropea, el que le da a “me gusta” a una foto o el que posa junto a otro en un selfie como manera de “autopromocionarse”. Nada de eso define la amistad, ni siquiera los mejores sentimientos o emociones, sean pasajeras o de por vida. En términos generales, tampoco es un amigo el que participa de una vida disoluta de pecado, ni el que apoya a otro en sus relaciones contra natura bajo el prisma “del amor”, a abortar, a divorciarse, a ser infiel o a ser promiscuo. Aunque se considere a una persona un amigo porque apoya ese tipo de decisiones, e incluso diga alegrarse, es un mal amigo según los parámetros de Dios, que son los únicos válidos.
Lo llamativo aquí es que Dios ama a las personas más de lo que se aman a sí mismas o de la que los demás lo hacen. ¿Por qué hago esa contundente manifestación? Aunque consideramos a amigos verdaderos a aquellos que están a nuestro lado en los malos momentos, hay un grado de amistad que alcanza una cota a la que el ser humano no puede aspirar ya que se basa en el amor que busca el BIEN MAYOR del prójimo. Y es ahí donde entra el mensaje del Evangelio, que proclama que Dios Encarnado derramó Su sangre para pagar el precio y las consecuencias que merecían y merece nuestra maldad: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos” (1 P. 3:18). ESO ES AMOR. Por eso Jesús dijo que “nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15 13). Esa vida Él la puso y la entregó. Si eso no te conmueve ni te hace ver la grandeza de Dios, nada lo hará. Ese es el BIEN MAYOR que Dios desea para todos.
La “amistad humana” no tiene sus ojos puestos en la eternidad, solo en el aquí y en el ahora. Y, por encima de todo, queda ridiculizada ante el verdadero AMOR: una persona que ama, más allá, infinitamente más allá de que sea amigo, busca salvar y redimir el alma del perdido antes de que sea demasiado tarde y la desgracia se haga realidad. Es exactamente lo que Dios ha querido siempre con la humanidad: En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Jn. 4:9). De ahí el complejo plan que trazó para lograrlo, ejecutado por Cristo y “destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 P. 1:20).

Conclusión
A pesar de los que los ateos se burlan de la Parusía y que algunos cristianos llevan veinte siglos quejándose porque, según ellos, tarda en volver, Pedro nos dice que “es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9).
Ben extendió su mano a Rey para que se pasara al lado oscuro. Rey extendió su mano a Ben para que se pasara a la luz. Igualmente, la mano de Dios –describiéndose Jesús a sí mismo como “la luz del mundo” (Jn. 8:12)- sigue extendida hacia todos aquellos que aun no la han tomado, que no se han arrepentido ni han sido redimidos. Llegará el momento en que será cerrada y el tiempo de gracia habrá llegado a su fin. Muchos ni se plantean esta cuestión, y de cuya respuesta depende dónde pasarán los siglos de los siglos. Otros se lo juegan todo a una carta, la del “lecho de muerte”, creyendo que en sus últimos momentos podrán dar el paso. Sinceramente, no me jugaría mi destino final a esa ruleta porque, como vimos en “A medio segundo de ser atropellado y ¿morir?” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2018/08/8-medio-segundo-de-ser-atropellado-y.html), nadie sabe qué día ni a qué hora dejará de girar el dado.
Pienses como pienses sobre ti, tengas el concepto que tengas sobre tu persona, te consideres mejor o peor, te vean los demás como te vean, necesitas ser SALVADO, necesitas ser REDIMIDO. Mi única pregunta, que es la que tienes que formularte: ¿Lo has sido ya?

* Si la respuesta es “no” y quieres que cambie a “sí”, te remito a “No soy religioso, ni católico, ni protestante; simplemente cristiano” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html).

lunes, 11 de mayo de 2020

7. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que lo importante no es el reconocimiento social ni las posesiones materiales


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que tienes que dar gracias y un millón de gracias por todo lo que tienes (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/04/6-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Estas fueron las palabras que hace unos días salieron de la boca del jugador español Andrés Iniesta en una entrevista: “El dinero y la fama no sirven de nada, pero... ¿sabes qué pasa? Que es difícil que alguien que no tiene todas esas cosas que yo tengo, comprenda que yo diga que no sirven de nada el dinero y la fama. Pero es verdad que, aunque tengas todo lo del mundo, si estás vacío por dentro... Las personas, da igual el dinero, tenemos los mismos sentimientos, los mismos miedos, las mismas alegrías... Y ahí todos estamos cortados por el mismo patrón. Todo lo demás son accesorios. Evidentemente, los que tenemos los privilegios tenemos que saber aprovecharlos, y estar agradecidos por tenerlos, pero el trago que pasé lo pasé como persona, no lo pasé mejor o peor por tener más o menos dinero”[1]. Para el que no lo sepa, en esta última frase, se refiere a la depresión por lo que pasó, aunque el énfasis quiero hacerlo en todo lo anterior que dice.
Por su parte, el catedrático Enrique Rojas señala que, “a la hora de la muerte, los títulos y los honores desaparecen, la riqueza no sirve para nada, el prestigio es muy relativo, y lo único que quedan son las huellas del amor que hayamos dejado en el testimonio de nuestras vidas”[2].
Tanto en el caso de Andrés como en el de Enrique, son verdades como puños que concuerda completamente con el sentir bíblico, por lo que resumen mi pensar.

Admiración vs Héroes
Esta sociedad admira a las personas exitosas: los que tienen estudios universitarios, grandes trabajos, buenos sueldos, carreras artísticas y deportivas grandiosas, millones de seguidores en las redes sociales, etc. Muchos los admiran y los envidian. Incluso lloran de emoción por ellos, y no digamos ya si los ven en persona y logran fotografiarse juntos. Pero estos días estamos viendo que LOS VERDADEROS HÉROES son el personal sanitario, los farmacéuticos, las costureras, las limpiadoras, los agricultores, los ganaderos, los cajeros de supermercados, los reponedores, los transportistas, los dueños de pequeñas tiendas de comestibles, los bomberos, los carteros, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, los panaderos, los carniceros, los fruteros, los kiosqueros, los que cuidan de los ancianos, los padres y las madres. Y seguro que me olvido de más de uno. No fue casualidad que en la parábola de las bodas que contó Jesús, llamara al banquete a los que el mundo mira con desprecio: “los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos” (Lc. 14:13).
En el siglo I, en la la iglesia de Corinto, pasó lo mismo entre sus miembros: creían que la élite estaba formada por los que tenían mayores dones. Y no era así: “Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios” (1 Co. 12:22). Los que parecen los eslabones con menos fuerza de la cadena, son IMPRESCINDIBLES para que la rueda de este mundo siga girando.

Jesús, nuestro gran modelo
De nuevo el ejemplo del que aprender es Jesús. Siendo Rey, nació en un pesebre. Siendo Rey, trabajó de carpintero. Siendo Rey, entró en Jerusalén sobre un pollino. Por eso pudo decir de sí mismo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt. 11:29).
Buscar el reconocimiento social, anhelar más y más dinero, más y más posesiones materiales, no trae descanso para el alma sino todo lo contrario: descontento, miedo a perderlo todo y ansiedad, y más sabiendo que es un castillo de naipes que se puede desmoronar en cualquier momento por una circunstancia adversa.
Mientras que al ser humano le impresiona todo lo externo (el físico, el dinero, las casas, los coches, los talentos personales, etc.), a Dios no le deslumbra nada de esto en absoluto. Por el contrario, Jesús se maravilló por la fe de un centurión romano (cf. Mt. 8:5-10). Dios mismo considera que este mundo no era ni es digno de aquellos que, a causa de la fe, “fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados” (He. 11:37-38).
En una vida sencilla es donde reside la verdadera humildad de espíritu. Él nos lo mostró con toda claridad. Jesús no busco su propia gloria en este mundo, solo hacer la voluntad del Padre y glorificarlo a Él. ¿Para cuándo entonces “nuestra” gloria? Para el mismo sitio y momento que Jesús dijo: “en” y “el” cielo. De ahí su oración: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn. 17:5).
Aprendamos esta lección tan sencilla pero a la vez profunda, de las que cambian vidas.



[2] Citado en Tu matrimonio sí importa. Juan Varela & M. Mar. Clie, pág. 259.

lunes, 4 de mayo de 2020

Mi (mala) experiencia como escritor (desconocido)


Lo más habitual suele ser leer historias de personas que triunfaron y alcanzaron grandes sueños. Son fuente de inspiración y de imitación. Pero existe otra cara que muchos olvidan: las narraciones de aquellos que, en vida, fracasaron o, al menos, no alcanzaron los propósitos que pretendían. Esto es muy habitual entre los escritores. Por citar algunos ejemplos llamativos de autores que no fueron reconocidos hasta su muerte, nos encontramos con Miguel de Cervantes, Emily Dickinson, Franz Kafka, Allan Poe y H. P. Lovecraft. De este último, considerado en el presente como uno de los referentes ineludible de la literatura de terror, es descrito de esta manera: “Solitario y depresivo, agobiado por problemas económicos, popularizó sus historias a través de revistas amateur y pulp, pero no conoció en vida la prosperidad literaria. Murió sin haber publicado ni un solo libro”.
Sin compararme ni muchísimo menos con la calidad literaria que ellos demostraron y cuyas obras perdurarán para siempre, sí tengo un nexo en común con ellos: el sentimiento “en vida” de que el resultado del esfuerzo y de las miles de horas invertidas en escribir mis dos libros publicados han sido muy pobres.

La respuesta de las editoriales y de las iglesias
Recuerdo cuando me puse en contacto con casi una veintena de editoriales cristianas –muchas de ellas de prestigio- y de todas recibí la misma respuesta: “Acusamos recibo de su consulta y lamentamos comunicarle que no estamos aceptando manuscritos para su valoración, debido a la gran cantidad de compromisos adquiridos con anterioridad”. Cinco años después, la respuesta es exactamente la misma. En otras ocasiones la contestación variaba el porqué: “No aceptamos manuscritos que no hayan sido encargados por nuestra empresa”. ¿Cree alguien que estas palabras se las dedicarían a César Vidal, Philip Yancey, Max Lucado o Charles Swindoll? Seguro que no. Dirían algo así: “Esta tarde le mandamos el contrato y mañana mismo el libro va a imprenta”.
Para el escritor novato, sin el respaldo de una gran iglesia, sin muchos seguidores en las redes sociales o sin un “padrino” que hable por él, esta es siempre la réplica de las editoriales cristianas. Algunas ni contestan. Y cuando lo hacen, la misiva que te envían es simplemente “un corta y pega”, el mismo para todos los autores a los que no quieren ni ofrecerle la oportunidad de leer y valorar su manuscrito. Así que cuando José Antonio Juliá, editor de la editorial Logos y al que estaré eternamente agradecido por su confianza, aceptó la publicación de “Herejías por doquier”, no cabía en gozo. Me puse a saltar de alegría. Pensé que era el comienzo de algo bonito. Y así fue al principio.
Pocos meses después, cuando ya estuvo en mis manos, llegó el día en que, el pastor de la iglesia a la cual asistía, presentó ante la congregación dicho libro. Lo exaltó de tal manera –puesto que lo había leído previamente y le había fascinado- que sentí hasta vergüenza de estar presente, porque a mí me gusta pasar desapercibido y no me siento nada cómodo ante los halagos. Días después me pidió varios ejemplares ya que quería hacer lo mismo en la llamada “Fraternidad de pastores”, que reunía una vez al mes a todos los pastores de mi comarca. Esa misma noche, a principios de Junio de 2013, me mandó este mensaje: “Querido hermano, presenté con entusiasmo y convicción tu libro a los pastores en la fraternidad. Y ninguno mostró interés en su compra. La verdad es que me produjo tristeza ya que tratándose de un tema tan necesario no encontré eco. Ya hablaremos con más detalle. Un abrazo”.
Las ventas del primer lustro –tanto de “Herejías por doquier” como de “Mentiras que creemos”- no fueron del todo malas, aunque ni mucho menos como esperaba y anhelaba. Por eso decidí no publicar el siguiente que daba cierre a la trilogía, y que tarde o temprano subiré al blog. Pero el balance de los dos últimos años –y cuyo informe me remitió hace poco mi editor- ha sido desastroso. Me narró que el mercado del libro evangélico en España está muy mal.
Llegados a este punto, se podría pensar que, con la situación que estoy describiendo, aludo exclusivamente a mí y “mi pesar”. Pero no es así. No he sido el único escritor que ha sufrido dicha experiencia o está en medio de esta vorágine. Entre ellos están mis amigos y también autores Salva Menéndez (“El misterio necesario”, “El eco de su nombre” y “La esencia del cristianismo”) y Virgilio Zaballos (“Conceptos errados”, “El milagro de una vida equilibrada”, “Esperanza para la familia”, “El enigma Israel”, “Orando con el salmista”, “No os conforméis al sistema” y su web https://virgiliozaballos.es/), de abundantes y diversas temáticas, por lo que esto no justifica la falta de lectores en las últimas fechas a las que nos enfrentamos. Es triste que muchos escritores excepcionales estén pasando desapercibidos y apenas estén siendo leídos por falta de apoyo.
Por eso, y aunque algunas de las razones que voy a exponer me conciernen únicamente a mí, otras muchas son generales como he hablado con ellos y afectan a todos los escritores que no nadan en la fama.  

Lo que hemos aprendido
Desde aquella respuesta de 2013, he constatado muchas cosas que intuía claramente pero que ya se pueden señalar sin ningún género de duda:

1) Muchos evitan a los que les señalan sus errores 
Como me comentó el mismo pastor que anunció el libro, fue ignorando y sutilmente rechazado con la fórmula del silencio en aquél lugar y por aquellas personas por una razón muy sencilla: en el mismo denuncio las falsas enseñanzas que ellos mismos aceptan y enseñan, por lo que es considerado “material peligroso”, siendo mejor para sus propios intereses que no sea leído por sus seguidores, ya que existe el riesgo de que el pueblo llano llegue a conclusiones diferentes a las que ellos enseñan a la grey.
Unos meses después de la publicación del primer libro, un amigo y hermano de otra iglesia local me lo pidió y tiempo después me dijo que le había encantado y que estaba de acuerdo con todo lo que decía, por lo que se lo iba a enseñar a sus pastores para invitarme a presentarlo. Curiosamente, aquél día, hablando con él, apareció la mujer del pastor. Tras contarle mi amigo de qué trataba, lo agarró con cierta brusquedad, leyó la contraportada con cara de pocos amigos y lo devolvió. Ni me miró a la cara y mucho menos se despidió. La razón de su desprecio fue el ya consabido: allí predicaban lo que yo señalaba como falso. Evidentemente, no me llamaron para ningún tipo de exposición.   
En realidad, dicha actitud por parte de ellos en general y no solo conmigo, obedece a una mera lógica: si unos creen que el pastor es el Ungido de Jehová, si afirman y reafirman la mal llamada teología de la prosperidad o las maldiciones generacionales, e incluso algunos predican el universalismo y niegan el infierno, no pueden permitir que entre en sus lugares de culto una serie de libros que muestran de forma clara y contundente los errores de dichas creencias. Es lo que le sucedió a Gerardo de Ávila con su obra “El purgatorio protestante”, que estuvo prohibida y censurada durante muchos años. Si no eres parte del sistema, el sistema te rechaza para garantizar su propia supervivencia. Esta estructura sigue el principio de Caifás, el cual considera más conveniente que un hombre muera por el pueblo, y que no toda la nación perezca (cf. Jn. 11:50). Y para lograrlo se trata de “matar” eclesial y socialmente a la persona que denuncia los desatinos. A corto y medio plazo, dicha táctica funciona. A largo plazo está condenada al fracaso, por una razón muy sencilla: El que busca realmente la verdad, al final la halla, a pesar de todas las piedras que le pongan en el camino.

2) En las “alturas” hay miedo a reconocer los errores y a pagar el precio
 Son pocos los pastores que aceptan la simple idea de que pueden estar equivocados. Que una persona se plante delante de decenas o cientos de “fieles” y les diga: “Hermanos, os pido perdón porque acabo de descubrir que buena parte de lo que os he enseñado durante todos estos años era errado” no es nada fácil. Es exponerse al escarnio público, a la pérdida de reputación, al cierre de la propia iglesia si no se acepta la nueva realidad y a la pérdida del sustento económico. 

3) Existe un marcado “elitismo espiritual”
Aún son menos los que “permiten” que otros que, según ellos, “no están a su nivel”, les enseñen. Como me contaron del suceso en la fraternidad, una “hermana” preguntó con un tono de desprecio que “quién era yo”. Y esto es algo que se repite con mucha asiduidad entre los círculos cristianos.
Esto es lo que se llama “elitismo espiritual” y que tristemente anida en el corazón de muchos cristianos que se sienten superiores si tienen una formación regulada a nivel estatal o eclesial ante aquellos que son autodidactas o cuya formación no ha sido de pago en un seminario o instituto bíblico de reconocida reputación.

4) Las editoriales priman las ventas por encima de la sana enseñanza
Entrar en una librería cristiana física u online suele ser descorazonador. Entre sus libros, destacan autores que enseñan puras herejías. Los Joel Osteen, Cash Luna, Guillermo Maldonado, Benny Hinn o Joyce Meyer son solo un pequeño ejemplo de los que copan las estanterías y las páginas web de dichas tiendas. Hay infinidad de obras de una calidad teológica excelente –aunque suelen ser bastante caras y no asequibles a todo el mundo, y aunque es cierto que hay un gran trabajo detrás que lleva unos costes, también es verdad de que en ocasiones la razón de su alto precio se debe a ediciones demasiado sibaritas- pero está más que comprobado que lo que buscan y compran muchos lectores y en grandes cantidades son las obras de los escritores citados y, por lo tanto, los que proporcionan mayores ganancias a las editoriales. Los lectores dicen en su defensa que “les ha sido de gran bendición” sin saber el veneno que están ingiriendo.
Esto mismo lo vemos en la literatura sobre la soltería y el noviazgo. Cada año salen al mercado, literalmente, decenas de nuevas obras dedicadas al tema. Parece que es el asunto principal que le interesa a incontables cristianos. Incluso hay grupos de solteros cristianos en las redes sociales que si mandas un escrito que no sea referente a la soltería, no te lo publican, aunque sea un mensaje bíblico sobre otra cuestión. Así que está claro que si salen a la luz tal cantidad de novedades al respecto es porque venden muchísimo. ¿Significa esto “calidad”? Ni mucho menos. Recuerdo la primera vez que leí el best seller cristiano titulado “Le dije adiós a las citas amorosas”, de Joshua Harris, y que hace pocos meses saltó nuevamente a la palestra por renunciar publicamente al cristianismo y renegar del libro que le hizo saltar a la fama. Como ya hablé extensamente al respecto y no quiero repetirme, diré solamente que es uno de los peores libros que he leído en mi vida y lleno de ideas inadmisibles. ¿Cómo un editor pudo publicar algo así? ¿Hubo algún tipo de control sobre la calidad del contenido? ¿Alguién comprobó si las enseñanzas del señor Harris tenían algún tipo de base bíblica? Vista la realidad, está claro que lo único que les interesaba era vender millones de copias, objetivo que lograron sin duda. Y, como esta, podría citar muchos otras obras publicadas por editoriales cristianas y cuyo contenido son completamente antibíblico.
Recuerdo hace unos años que mi amigo Salva me contó la idea de que, en el futuro y entre los dos, podríamos abrir una librería, dada nuestra pasión en común por los libros. Y le planteé el problema que estoy citando: entiendo que tanto tiendas como editoriales tienen el propósito de ganar dinero porque de ello viven sus empleados, pero en mi caso y en conciencia, no podría vender ese tipo de literatura perniciosa. Y aunque no lo hiciéramos, nos encontraríamos ante el dilema de que un cliente nos encargara que se la trajésemos. Si renunciáramos a dichas obras, y teniendo en cuenta que son las que más venden, la viabilidad económica sería imposible.

5) Las editoriales y las librerías apuestan al mejor “currículum”
Como me indicaba hace unos días mi editor, las librerías no suelen promocionar a los autores que no tienen un nombre conocido. Si las ventas no van bien, en lugar de esforzarse en dar a conocer las obras de los autores, directamente devuelven los libros a la editorial, en este caso “Logos”, cuyo esfuerzo no se está viendo recompensado a día de hoy. Prefieren importar libros de Estados Unidos y de autores famosos.
Esto mismo se observa en las editoriales “punteras”: apuestan por aquellos que tienen todo tipo de títulos académicos: Maestro en divinidades, Conferencista internacional, Licenciado en Teología, Doctorado en Historia o locutor de un programa de radio que alcanza a 50 millones de personas en todo el mundo. Y así hasta el infinito. Con ese currículum, las editoriales y las librerías te ponen una alfombra roja. Los púlpitos se abren y las invitaciones a los programas de radio y televisión se multiplican. Incluso organizan talleres y conferencias para que estos creyentes de renombre presenten sus obras.

6) Existe una minoría de cristianos que lee y, por lo tanto, son pocos los que apoyan el trabajo de los escritores
Hace unos días se publicó una encuesta sobre la crisis de la lectura en España, y Daniel Fernández, presidente de la Federación del Gremio de Editores, señalaba que el resultado era que de cada 100 españoles 40 no leen libros. Si la encuesta la hiciéramos únicamente entre cristianos, creo que el porcentaje de lo que no leen literatura cristiana llegaría perfectamente al 80 ó 90%.
Personalmente, es el aspecto más triste de todos: los cristianos que leen literatura cristiana son una minoría entre las minorías. Y ojo: no me estoy refiriendo a personas que no han podido aprender a leer durante su infancia o a aquellos que no pueden acceder a una librería. Tampoco me refiero a los que no compran muchos libros porque no tienen apenas tiempo libre para leer, sino a los que no compran ninguno y, por lo tanto, no leen nada o casi nada.
Hablo de personas que afirman ser cristianas, que son avispadas, despiertas, que saben de otros muchos temas, con un coeficiente intelectual normal dentro de la media y con estudios básicos o superiores. Su tiempo libre –mucho o poco- prefieren dedicarlo a infinidad de actividades de ocio: lectura de novelas seculares, horas y horas wasapeando y mirando las redes sociales, jugando a la videoconsola, delante del televisor enganchados a la serie de moda, a los deportes o viendo vídeos en youtube.
En cuanto a recibir “mensajes cristianos”, prefieren lo rápido, el menú instantáneo del McDonald's, un tweet, un mensajito que se lea en menos de diez segundos –que muchas veces son clichés antibíblicos pero que aparentan serlo al añadírsele el término “Dios” o “Jesús”-, un versículo por aquí y otro por allá, la “nueva” revelación del “apóstol” de turno, etc. Con eso les basta y prefieren no complicarse mucho más.
Ante todo esto, cualquier libro –que requiere de atención y reflexión- parte bajo cero y con total desventaja. En sus redes sociales comparten de todo lo habido y por haber: noticias de actualidad, bromas, vídeos graciosos, frases elocuentes, fotos personales, selfies, canciones, etc. ¿Libros? Es extrañísimo encontrar a alguien que lo haga. Y es normal: si no leen buenos libros cristianos, ¿cómo los van a compartir con otros, tanto en Internet como en persona, para hablar de ellos y de cómo han sido bendecidos, para así, como efecto colateral, animarles a adquirlos? ¡Imposible!
Leer debería ser lo más natural del mundo para todo cristiano nacido de nuevo. Y para mí es una clara señal de una profunda conversión, ya que demuestra el “hambre” de conocer más y más de Dios, el que debería ser el centro de sus pensamientos.
Cuando no se lleva a cabo, tarde o temprano, pagan un alto precio:

- Carecen de una fe conceptual basada en la Biblia.
- Siguen siendo “niños espirituales”.
- Aunque lo hacen si mala fe, dicen “amén” a verdaderos disparates. En las redes son el pan de cada día frases e ideas como “si oras a Dios antes de hacer algo, todo te saldrá bien. Fmd: un joven de Dios”, “en los próximos siete días Dios te enviará una ayuda inesperada. Escribe un amén” o “los ángeles se han enterado de que estás luchando o pidiendo algo. Dicen que ya ha pasado. Recibirás una bendición. Si crees en los ángeles como enviados de Dios, remite este mensaje. Esta noche se arreglarán dos asuntos de tu vida para tu alivio. Deja todo lo que estás haciendo y reenvía el mensaje. Mañana será el mejor día en absoluto. Dios nunca te mandará más de lo que puedes manejar!!! Te estoy mandando Siete ARCÁNGELES. Mándalos a todas las personas que quieres. En nueve minutos recibirás algo que has esperado durante mucho tiempo. Que tus problemas sean menos, tus Bendiciones más y que sólo la Felicidad entre por tu puerta. Avísame que sucede al día siguiente de haber leído este mensaje”. Estas citas mencionadas están copiadas literalmente. En minutos, cientos de personas dicen “amén” y lo comparten con sus contactos, propagando miles y miles de estas herejías.
- Sus conversaciones caen en la banalidad y nunca giran en torno a las Escrituras; incluso se sienten incómodos cuando se habla de ella.
- Caen en la rutina y ya no se emocionan con las promesas eternas.
- Viven por emociones sabiendo el peligro que ello conlleva.
- Dejan su fe en manos de terceras personas.
- Conceden credibilidad a las palabras de aquellos que tienen personalidades carismáticas en lugar de aceptarlas solo si se ajustan a lo que Dios enseña.
- No saben cómo alimentarse por sí mismos.
- No saben cómo confrontar las crisis personales, sean emocionales, sentimentales o espirituales.
- No saben defender las creencias básicas del cristianismo.
- Su ética y moral no coincide con la enseñada por Jesucristo.
- En la noche más oscura del alma, no tienen una base firme para poder exclamar lo que bien dijo Pablo: “Yo sé en quién he creído” (2 Ti. 1:12).

Ante esta realidad, la persona termina por enfriarse sobremanera y apenas se distingue de un inconverso, o directamente no existe diferencia entre uno y otro. Otros siguen viviendo el cristianismo y participando de todo tipo de actividades eclesiales, pero basándose en enseñanzas desacertadas. Y, en los casos más extremos, se apartan de Dios y se hacen realidad las conocidas palabras del libro de Oseas: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento” (Os. 4:6).

7) ¿El problema es la falta de promoción de la lectura o la incitación al cambio que promueven los libros?
 Algunos señalan que el problema es que no se fomenta la lectura. Aunque hay un parte de verdad en dicha afirmación, en términos generales no pienso que esa sea la razón principal ni mucho menos.
En un mundo donde los cristianos deberían sentirse privilegiados por la cantidad de literatura que tienen a su disposición, y que sería la envidia de los cristianos que formaban la iglesia primitiva, el que no lee es porque no quiere. Sin más. Por eso no depende tanto de que algo se promocione más o menos, sino del interesado y del desinteresado. El que no quiere leer, ya puedes hacer lo que sea, que no leerá. Y el que quiere leer, no hace falta ni que se lo digas: lo hará por sí mismo. Es como seguir a Cristo: el que no quiere, siempre tendrá un millón de excusas para no hacerlo. Y el que quiere, será como el etíope: Felipe le predicó el Evangelio de forma sencilla y, en el mismo momento, confesó a Jesús como el Hijo de Dios y se bautizó (Hch. 8:26-39). El que no quiere hacer su voluntad, no la hará, y el que quiere hacerla, la hará.
Por otro lado, los libros te ponen en un compromiso: te dicen qué línea ética y moral tienes que seguir y qué tienes que cambiar, y el cristiano promedio no quiere hacerlo. Se siente muy cómodo tal y como está. Quiere ser bendecido pero vivir a su manera o no dejar tal o cual actitud pecaminosa. Y volvemos a la misma premisa y conclusión: si uno no quiere cambiar, no lo hará, y para evitar sentirse incómodo ante aquello que le incita a hacerlo, se alejará de esas páginas llenas de letras que son agujas en el alma.

8) ¿Pero no dicen muchos que Dios abre puertas?
Otros dicen: “Si viene de parte de Dios, Él se encargará de abrir puertas y tus libros llegarán a millones de personas. Pero si no tiene su origen en Él, fracasará”, haciendo una curiosa interpretación de Apocalipsis 3:8. Ese es el “dios-concede-deseos” que se han fabricado a su medida.
Son los mismos que dicen que todo te va a ir bien en la vida, que Dios tiene planes para ti que incluyen prosperidad, éxito y amor. Curiosamente, se olvidan en su teología de mencionar las muertes violentas que sufrieron casi todos los apóstoles. Curiosamente, no mencionan las vidas llena de tragedias de los protagonistas de Hebreos 11, los cuales “aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido” (vr. 39). Y, por último, curiosamente no hablan de los más 45 millones de cristianos que han sido asesinados desde el siglo XX hasta el día de hoy por no negar a su Señor. No siempre los planes de Dios para nosotros se corresponden a lo que muchos desean, ese be happy que nos venden. Para unos es ser reconocidos y para otros no. Para unos es estar al pie del cañón y para otros hacer una labor en un segundo plano. Para unos es vivir 100 años y para otros morir joven. Por eso, “más bien, debieran decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Stg. 4:15).

9) Los “solo-Biblia” & Los “no tengo dinero”
Basándose en ese principio de la reforma protestante que hablaba de la libertad para interpretar por uno mismo las Escrituras, algunos dicen que ellos solo leen la Biblia y nada más, que no necesitan libros cristianos, que Dios les revelará por medio de ella todo lo necesario de forma directa. Esta forma de pensar ha sido el germen de algunas de las mayores herejías de la historia. Es cierto que la base principal, el filtro por el que todo debe pasar, es la Biblia. Como dijo Spurgeon: “Tienes permitido visitar muchos libros BUENOS, pero debes siempre vivir en la Biblia”. Pero leer grandes libros de otros verdaderos hijos de Dios y a los que Él ha hablado por medio de ella ofrecen una riqueza personal que nunca está de más.
También nos aportan una serie de conocimientos teológicos, históricos y culturales que a nosotros se nos escapan y nos ayudan a interpretar de forma más acertada los textos en su conjunto y en particular. Como señala Emilio Lledó: “Los libros son el más asombroso principio de libertad y fraternidad, un horizonte de alegría, de luz reflejada y escudriñadora… Los libros nos dan más, y nos dan otra cosa. En el silencio de la escritura muchas ideas nos hablan, suena otra voz distinta y renovadora. Los libros nos descubren uno de los prodigios más asombrosos de la vida humana, de la vida de la cultura, constituyen la posibilidad de vivir otros mundos, de sentir otros sentimientos, de pensar otros pensares. Son puertas que nadie podrá cerrarnos jamás, a pesar de todas las censuras”.
Y el último grupo al que hago mención: los que dicen que no compran libros porque no tienen dinero. El que es completamente pobre no puede estar leyendo estas líneas puesto que se necesita de un ordenador y de una conexión a Internet, y eso cuesta dinero. Así que me dirijo al sector que suele darse: a menos que estés pasando por graves dificultades económicas –y entonces ahí me callo- todo el mundo puede comprarse al año dos o tres libros cristianos de unos 15€ de media. Lo que no puede ser es que digan “no puedo” y luego se gasten cientos de euros en ropa, en discos, en salir a cenar, en Netflix y en artilugios electrónicos. 

Conclusión
Algunos podrán pensar que todo este escrito es un intento de promocionar a Salva, a Virgilio y a mí mismo. Nada más lejos de la realidad. Ellos son personas humildes y los tres tenemos muy claro que “lo importante no es el cartero, sino la carta”. Por nuestra parte, seguiremos escribiendo, pase lo que pase, felices por enseñar a los poquitos que nos siguen y se paran a meditar en las letras que pulsamos y cobran forma y vida, poniendo nuestro pequeño granito de arena en la obra de Dios en la Tierra, que es lo que hace que merezca la pena.
Me he limitado a exponer nueve razones –y seguro que hay alguna más- por la cual infinidad de cristianos no leen y las consecuencias que eso conlleva para el sencillo escritor. Además, como me informaba mi editor –que ha publicado muchos más libros aparte de los citados y que se muestra también desilusionado porque sus esfuerzos no dan el fruto esperado-, esto ha llevado a que muchas librerías hayan tenido que cerrar, puesto que las ventas han decaído considerablemente en toda España. Y, como también añadía, las que quedan venden menos porque muchos se descargan de Internet las obras sin pagar; ni siquiera las compran en ebook que es más barato. Hablando en plata: “pirateo” puro y duro.
Ya he dicho todo lo que tenía que decir. Cómo reaccionar ante esta realidad te corresponde únicamente a ti.