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lunes, 11 de junio de 2018

8. ¿Te cansaste de la hipocresía de otros cristianos?



Creo que los que permanecemos en el camino de Dios –a pesar de todos nuestros errores, caídas y pecados- podemos afirmar que si nos guiáramos por aquellos creyentes que nos han desilusionado, herido, deseado lo peor y roto el alma en diversas ocasiones, hubiéramos dejado de ser cristianos hace muchos años. El error que muchos cometen –y este puede que sea el tuyo-, es el de basar su fe en lo que ven en otros.

Distinción entre Cristo y los cristianos
Soy cristiano por Cristo, no por los que dicen creer en Él. Ghandi dijo: “Me gusta tu Cristo, pero no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes de tu Cristo”. Aunque no me gusten algunos cristianos, sigo a Cristo. Aunque algunos sean muy diferentes a Cristo, le sigo a Él. Y espero que aquellos a los que no les gusto, le sigan igualmente: “El cristiano debe, pues, aprender a ver a Cristo en aquellos otros creyentes que no son de su agrado, valorándoles con independencia de su propio gusto. Todos estamos igualmente en Cristo (pudiendo por tanto aceptarnos mutuamente), pero todos somos pecadores (y por ellos participes en una misma salvación)”[1].
Aquí tienes que aprender a separar una cosa de la otra. ¿Acaso el hecho de que veas hipocresía a tu alrededor significa que Cristo sea igual? Mis creencias no cambian ni un ápice porque alguien que dice seguir y servir a Dios viva en yugo desigual, esté enfrascado en una relación adúltera o use a la Iglesia para lograr su propia gloria personal. Señalar el pecado de otros no es un argumento para alejarse del Señor. ¿O es que acaso en el mundo no hay hipocresía? ¡Hay bastante más! Si quieres evitar todo falsedad, compra un cohete e instálate en Júpiter.
Es cierto que suena más coherente un incrédulo con su forma mundana de pensar que un cristiano que dice vivir para Dios pero lo hace de forma farisaica, con doblez. Pero, en todo caso, una hipocresía muy acentuada es un motivo de mucho peso para relacionarte con otros creyentes, no para abandonar al Señor.

¿Imperfección o hipocresía?
No hace falta ni que lleguemos a observar una hipocresía extrema en los cristianos para sentirse desconcertado. Me pondré personalmente como ejemplo negativo. Si cualquier persona se tomara la gran molestia de analizarme detenidamente las veinticuatro horas del día durante un año, podría encontrar en mí multitud de fallos, errores y equivocaciones. Unos podrían decir: “Jesús, tú mucho hablar, pero no siempre cumples lo que dices”; “Jesús, ¿te acuerdas aquel día que me hiciste daño?”; “Jesús, hablaste muchas veces de cómo vencer la tentación y el pecado, pero yo te he visto caer en ciertas ocasiones”; “Jesús, has dado estudios sobre cómo hablar correctamente y cómo usar la lengua según los principios bíblicos, pero yo te he escuchado a veces hablar de una manera desacertada y has dicho palabras que no deberían haber salido de tu boca”. Así podríamos seguir eternamente.
Algunos lo hacen con todo el mundo, como un deporte o un pasatiempo. Y al ver sus errores y completar una lista gigantesca, se olvidan de que ellos también fallan y pecan. Quizá no tanto. Quizá en áreas diferentes. Pero lo hacen. Incluso el más grande entre los cristianos ha actuado alguna vez en su vida de forma hipócrita porque la exigencia moral para los creyentes no es la misma que para los incrédulos. ¿O tú nunca has mostrado una doble cara? Yo al menos sí, y no creo que seas capaz de negarlo en tu caso, a menos que seas perfecto. 
Como humanos que somos, cuando vamos conociendo a las personas que nos rodean, empezamos a ver tanto sus virtudes como sus defectos, sus aciertos y sus errores, lo que nos gusta y lo que nos desagrada. Pero esto nos puede hacer perder la perspectiva, por la sencilla razón de que, al ver tantos errores en los cristianos, podemos sentirnos defraudados con el cristianismo. Eso es caer en uno de los mayores pozos a los cuales se puede enfrentar un creyente, y no sé si es en el que has caído tú: basar tu fe, tu vida, tu forma de pensar, de sentir, tu actitud, tu comportamiento y todo lo demás, en lo que otros hacen, piensan y sienten. Has podido olvidar que el cristianismo no se basa en ningún cristiano en particular, sino que está fundamentado, sustentado, arraigado y basado en un solo Nombre: Jesucristo. Como aclara Pedro al citar el salmo 119:22: “La piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo” (1 P. 2:7).
Es lamentable escuchar a un predicador hablar en contra de la crítica destructiva y sin embargo verlo en privado hacer lo mismo que denuncia. Es tristísimo saber que la persona que te sonríe a la cara y te abraza luego te destripa por la espalda cuando no estás en su presencia. Es grotesco y sumamente dantesco que alguien diga sentir pena por la muerte de un familiar tuyo y que luego te enteres que menospreció tu dolor cuando estaba a solas con sus amigos. Son solo tres ejemplos que conozco en primera persona de los muchos que podría citar.
Igualmente, resulta perturbador saber de una vecina que canta y escucha música cristiana a todo volumen y asiste a cinco cultos semanales, mientras que en sus horas fuera del local de la iglesia es sumamente maleducada y le dedica a su hija adolescente todo tipo de palabras malsonantes. Me siento crispado y se me remueve el alma cada vez que oigo a esa señora mutar su tono de voz normal a melosa invocando al Señor con términos espirituales cuando está “en modo eclesial”, y horas después manifestar su “modo carnal” para decirle a su niña “¡¡¡como no te levantes te choco la cabeza contra la pared!!!”, con una voz gutural que parece proceder del averno. Y lo descrito es muy ligth para lo que suele llegar a mis oídos procedente de esa casa. Es tan incoherente que racionalmente no tiene ningún sentido. Y seguro que tú te sientes igual de mal en otras situaciones de las que eres testigo.
También hay personas que pueden muy “santas” en apariencia y que hablan del amor de Dios de manera tierna y conmovedora, pero cuando llega el momento de amar en la práctica, se llenan de ira y de rencor contra los que no piensan como ellos en cuestiones doctrinales secundarias. Tarde o temprano sale por su boca lo que ya estaba en su corazón.
Hay multitud de testimonios de hijos que no quieren saber nada de Dios porque sus padres fueron de mal ejemplo. Decían ser cristianos –de los que participaban en todo tipo de actividades religiosas-, pero la actitud que mostraban era muy diferente cuando se reunían con otros creyentes y luego a solas en casa. Pura dicotomía moral. De ahí que pensaran de sus progenitores que eran unos comediantes y farsantes.

¿Nuestra fe robada?
En términos generales, contemplar la doble ética de un “cristiano” puede llegar a convertirse en una experiencia terrible, y realmente lo es. Pero, como vamos a ver, nada de esto nos debe robar nuestra fe porque:

- En primer lugar, por lo ya dicho: nosotros también cometemos en ocasiones dichas faltas. Y el que esté libre de pecado, ya sabe qué tiene que hacer (cf. Jn. 8:7). Espera, acabo de recordar que no existe nadie así...
- En segundo lugar, porque todos tenemos esqueletos en el armario, sean de hechos consumados o de pensamientos. Algunos son más graves y otros menos, algunos se conocen y otros no, y algunos son más llamativos que otros. Si somos salvos no es porque seamos mejores que otros, sino por lo que Cristo hizo a nuestro favor en la cruz.
- En tercer lugar, porque Jesús nos avisó que el diablo había venido para robar, matar y destruir (cf. Jn. 10.10), y cuando nos centramos en los errores, pecados, defectos, imperfecciones y acciones hipócritas de los demás –y ellos en las nuestras-, corremos el riesgo de que nuestra fe mengue, y sea robada y destruida, como les ha sucedido a muchos que han caído en esta trampa.
- En cuarto lugar –y lo más importante-, porque CRISTO NO CAMBIA. La señora de la que hablé antes, ¿es cristiana? Según ella, sí. ¿Mi opinión? Religiosa sí es, pero dudo mucho realmente que sea alguien que haya nacido de nuevo; sus obras la delatan. ¿Según Dios? No lo sé, solo Él lo sabe. Pero, lo sea o no lo sea, mis creencias no dependen de lo que ella (o cualquier otra persona) haga o deje de hacer, porque Cristo es INMUTABLE en su carácter y es el EJEMPLO a seguir.

¿A quién mirar?
Siento profundamente si has pasado por algo de lo descrito u otras circunstancias igualmente dolorosas. Si yo mismo me basara en lo que he visto y oído de creyentes –algunos verdaderos y otros falsos (más bien, lobos eclesiales)-, sería el mayor de los ateos. Por eso quiero mostrarte el gran principio por el cual tienes que moverte en estos casos –y en otros muchos-, que se basa completamente en Hebreos 12:2: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Para poner un ejemplo concreto, veamos este conocido pasaje, que marca la diferencia entre mirar a Jesús y no hacerlo:
“En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Jn. 14:22-33).
En un primer momento, Pedro escuchó claramente la voz de Jesús. Y le creyó; tanto que no tuvo ningún miedo de andar por el mar embravecido. Pedro no anduvo sobre un jacuzzi. No anduvo por medio de la bañera de su casa. No anduvo ni siquiera por una piscina. Anduvo por un mar lleno de olas en plena madrugada. Pero, por un segundo, ocurrió que, “al ver el fuerte viento”, se llenó de miedo. Dejó de mirar a Jesús, miró al viento y comenzó a hundirse.
Ocurre exactamente igual cuando dejamos de mirar a Jesús y nos centramos en el mar que nos rodea, en este caso, en los errores ajenos, sean intencionados o no:

- Comenzamos a hundirnos.
- Caemos en la amargura.
- Nos olvidamos de la fuente de nuestra fe.
- La esperanza desaparece.
- No oímos la voz de Dios.
- Perdemos la brújula que nos guía.

Las consecuencias finales de dejar de mirar a Dios son funestas. Un ejemplo es Salomón: siendo rey de Israel y el hombre más sabio de toda la tierra, dejó de mirar al verdadero Rey. Puso su mirada en la sociedad que le rodeaba y en lo que ésta le ofrecía. Siguió a falsos dioses. Se rodeó de mujeres paganas y se corrompió su corazón. Es una clara advertencia para todos nosotros.

No apartar la vista del Señor que no cambia
El hecho de que los cristianos fallen no descalifica a Dios, como algunos tratan de argumentar para alejarse, puesto que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). El carácter del Altísimo no cambia y su santidad es inmutable, ya que en Él “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17).
Cuando Jesús resucitó, tuvo una conversación con Pedro, anunciándole que iba a morir como mártir. El apóstol, mirando a otro discípulo (creemos que Juan), le preguntó a Jesús: “Señor, ¿y qué de éste? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú. Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?” (Jn. 21:21-22).
La enseñanza es clara: “Si tu hermano no progresa, ¿qué a ti? Sígueme tú; Si tal  persona reniega de Mí, ¿qué a ti? Sígueme tú; Si quien dice ser cristiano realmente no lo es, ¿qué a ti? Sígueme tú. Haga lo que haga los que te rodean, que tu mirada esté siempre puesta sobre Mí”.
La persona que no aparta su mirada del Señor permanecerá fiel hasta la muerte y jamás dejará de darle gracias por haber sido limpiado de todos sus pecados.

Aprendiendo del prójimo
Nada de esto significa que te conviertas en un ciego que no vea lo que otros hacen, pero úsalo en tu beneficio. Puedes aprender por medio de:

- La emulación: consiste en asimilar lo mejor que vemos en nuestros semejantes para ponerlo por obra.
- El contraste: Se basa en observar los errores ajenos y aprender de ellos para actuar de forma opuesta.

Por eso no es del todo cierto ese refrán que dice que “no podemos aprender en cabeza ajena”. Si así fuera, ¿para qué se hubiera molestado Jesús en enseñarnos?

Hagan lo que hagan los demás, sean cristianos genuinos o no, recuerda: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Pr. 23:26).
Espero que grabes a fuego esta lección en tu corazón y nunca la olvides.

Seguimos aquí: ¿No le encuentras sentido a la oración?




[1] McGrath, Alister & McGrath, Joanna. La autoestima y la cruz. Andamio.

lunes, 2 de abril de 2018

7. Tuviste problemas con otros cristianos


Venimos de aquí: Creías que, por ser cristiano, la vida sería un camino de rosas https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/02/6-creias-que-por-ser-cristiano-la-vida.html

Tras semanas sin poder asistir a las reuniones por diversos factores tanto de salud como familiares, un hermano en la fe –con serios problemas de ira impulsiva-, me “regalóun sermón totalmente personalizado. Sin conocerme de nada, sin haberme llamado para interesarse por los motivos de mi ausencia, y desconociendo por completo en qué empleé aquél tiempo, me recalcó solemnemente la importancia de que asistiera a una reunión que llevaban a cabo durante la semana el grupo de hombres. Sus sentencias me dejaron estupefacto: que lo único que necesitaba para ir era ser “muy cristiano”; que “primero debía buscar el reino de Dios y su justicia”; que “por mi parte siempre habría  excusas”, citando el ejemplo de aquel que se justificó para no seguir a Jesús porque primero tenía que enterrar a su padre. Y prosiguió: “Aprende de este otro hermano. Hay reunión y viene a la iglesia. Hay alguna actividad, y aquí está. Verdaderamente entregado al Señor y buscando el rostro del Altísimo”. Para rematar su argumentación me soltó sin más el pasaje del rico (cf. Mr. 10:17-23). Y concluyó con una nueva arenga: “No digas que ya irás. Ve”, recordándome a las palabras que Yoda le dedicó a Luke Skywalker en El Imperio Contraataca...
Todo esto fue acompañado de un rostro serio como un Terminator y una mirada fría como el hielo. Implacable. Mi cara ante la situación era un auténtico poema.

¿Cristianos perfectos o imperfectos?
¿Qué sucede cuando nos enamoramos? Que creemos –o al menos tenemos esa ilusión- que la otra persona es perfecta y sin defectos, que siempre estará de buen humor, que no tendrá malos días, que nunca estará triste, que no se enojará, que siempre tendrá en su boca una sonrisa que nos deslumbrará, que siempre tendrá la palabra adecuada para nosotros, que los problemas que surjan serán tratados con sosiego y madurez, y que siempre deseará abrazar y ser abrazada.
¿Qué ocurre al conocer al Señor? Que creemos que todos los cristianos son perfectos y sin defectos, que siempre estarán de buen humor, que no tendrán malos días, que nunca estarán tristes, que no se enojarán, que siempre tendrán en sus bocas una sonrisa que nos deslumbrará, que siempre tendrán la palabra adecuada para nosotros, que los problemas que surjan serán tratados con sosiego y madurez, y que siempre desearán abrazar y ser abrazados.
¿La realidad? Un día amanece y nos damos cuenta de que nadie, ni la persona que más amamos en el mundo ni el cristiano más fervoroso, es perfecto. Peleas, discusiones, malas caras, celos, envidias, desprecio, arrogancia, deslealtad, etc. Si has pertenecido a una congregación cristiana, posiblemente hayas visto todo esto y más. Yo mismo he sido testigo de todo un cóctel explosivo en más ocasiones de las que me hubiera gustado.
Nada de esto es nuevo. Basta ver la iglesia de Corinto del primer siglo para comprobar que sus problemas eran similares. Todos nacimos con una naturaleza caída y moriremos con ella, y cuando le concedemos la oportunidad de manifestarse, sale lo peor de nosotros: “En el fondo puede haber (y a menudo hay) graves defectos de educación a nivel humano, amplias zonas del carácter no santificadas o simplemente una falta de desarrollo de la personalidad, lo que una y otra vez da lugar a reacciones primarias. Multitud de personas adultas se comportan toda su vida como niños mayores [...] así como hay personas que, por su idiosincrasia, crean a su alrededor una atmósfera de concordia, las hay que son causa de malestar y disensión”[1].
Puede que tú fueras el que tenías que soportar a ciertos creyentes que provocaban que te hirviera el alma. O que fueras tú también el que entrabas al trapo y te peleabas, discutías, ponías malas caras, tenías celos, sentías envidia, despreciabas o te mostrabas arrogante. Quién y qué son detalles que solo sabes tú.
Conozco con todo lujo de detalles esa sensación que se apodera del corazón cuando no quieres ver a nadie que lleva el sobrenombre de “cristiano”. Es difícil soportar a aquellos que llevan décadas en el Señor pero te hablan sin sabiduría alguna y mirándote por encima del hombro cuando disientes de sus opiniones. Incluso sé de una persona que afirma que sus peores recuerdos en la vida, sus peores experiencias, sus peores traumas y sus peores amigos han sido fruto del mundo “cristiano”. Tristísimo y lamentable. Por eso entiendo que haya multitud de creyentes que, literalmente agotados emocional y espiritualmente, se hayan alejado de la Iglesia y no quieran saber absolutamente nada de ella. Pero, comprendiendo este hecho, no es aceptable bajo ningún concepto que esta sea una razón para alejarse o apartarse de Dios.

¿Tolerancia o intolerancia?
Tienes que aprender cómo comportarte de cara a los demás y cómo relacionarte con otros cristianos, aun entre los que son difíciles de sobrellevar. Haciendo un juego de palabras, es imprescindible que “te conviertas en una persona tolerante dentro de lo que se puede tolerar para que sepas cómo tolerar a los intolerantes”.
Para empezar, podemos ver que una de las raíces principales que se esconden detrás de los problemas en las relaciones con otros cristianos es la intolerancia doctrinal en muchos aspectos. Como dije en la introducción del libro Herejías por doquier (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/08/normal-0-21-false-false-false-es-x-none_21.html): Diferimos en diversos asuntos como la escatología, la soteriología, la eclesiología o la carismatología. Unos creen que la salvación se puede perder, y otros que es imposible dejar de ser un hijo de Dios puesto que hemos sido escogidos; unos consideran que la Gracia es resistible, y otros que no; unos piensan que los dones espirituales siguen vigentes, y otros que fueron exclusivos para la época apostólica; unos admiten que la mujer puede desempeñar labores de liderazgo, y otros lo niegan; unos creen en un Rapto de la Iglesia años antes de la Segunda Venida de Cristo, y otros señalan que ambos son el mismo acontecimiento; unos creen en el Milenio literal, y otros que es simbólico. Si a ello le añadimos otras cuestiones menores, la lista se hace interminable: el uso de instrumentos musicales en la congregación, la celebración de la Navidad, la asistencia a espectáculos deportivos, la posibilidad de escuchar o no música secular, etc. Así podríamos seguir hasta el infinito”[2].
Aprende a respetar estas diferencias. No vuelvas a llamar “hereje” o a acusar a otros de enseñar doctrinas de demonios porque no piensen igual que tú en estos aspectos que no repercuten en la salvación. ¿Qué creencias tienes que tener en común con todos los cristianos?: “El pecado original, la salvación por gracia, la Trinidad, la divinidad de Cristo, su encarnación, que fue concebido por el Espíritu Santo de María virgen, su muerte expiatoria en la cruz que canceló de una vez y para siempre nuestra deuda con el Padre, su resurrección corporal de entre los muertos y posterior ascenso a los cielos, y la segunda venida para juzgar a los vivos y a los muertos y establecer su Reino por la eternidad”[3]. Haz tuyas estas palabras: “En los puntos esenciales, unidad; en los puntos no esenciales, libertad; y en todas las cosas, amor”[4].
¿Y cuándo tú eres tolerante, sigues los principios que hemos visto, pero es a ti a quien no respetan? Dije que te convirtieras en una persona tolerante, pero especifiqué “dentro de lo que se puede tolerar”. No se puede admitir falsas enseñanzas como el “Legalismo”, la “Teología de la Prosperidad”, la “Confesión Positiva”, las “Maldiciones generacionales”, la creencia de que los pastores son los “ungidos de Jehová” a los que no se pueden juzgar, la oferta de un evangelio de rebajas donde lo que prima es el éxito y la propia gloria, y que elude el sufrimiento, la santidad y la integridad, siendo Dios el que está al servicio del hombre y no a la inversa. Por eso lo que escribí en Herejías por doquier y Mentiras que creemos (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/06/mentiras-que-creemos.html) es tan impopular y rechazado por los sectarios. Tenemos –tienes y tengo- el deber moral de denunciar este tipo de cuestiones, hablando la verdad en amor (cf. Ef. 4:15). Si aun así, esta es la línea que toman esos creyentes y no hay posibilidad de cambio, la solución no es abandonar a Cristo, sino buscar a otros cristianos (ya que no todos son iguales); aunque sea a uno.

Las críticas contra nuestra persona
¿Y qué haces cuando te critican? Ante esta tesitura he visto multitud de reacciones: algunos se encogen de hombros, otros agachan la cabeza ante esas palabras incómodas, responden en voz baja o no se defienden, se ríen de forma nerviosa, etc. La realidad es que muchos arden en ira. Se convierten en sujetos pasivo-agresivos. Pasivos externamente pero agresivos en su interior. Es una ira que van acumulando hacia los que le rodean y que en algunos casos extremos termina por saltar en situaciones límites. No sé si es tu caso, pero quién sabe.
Hay decenas de predicaciones y libros que nos recalcan constantemente el daño que puede provocar nuestra lengua, el poder que hay en ella para bendecir o maldecir, para que así estemos vigilantes ante ella. Por el contrario, no se nos enseña qué hacer cuando somos nosotros los afectados y caen esas pequeñas bombas atómicas que arrasan nuestro corazón.
Quizá tu sueño sea que nunca más vuelvan a hacer un comentario negativo sobre tu persona. Siento decirte que mientras seas habitante de este planeta eso resultará imposible. Si el mismo Jesús fue criticado siendo puro, perfecto y sin mancha, cuánto más nosotros. Él soportó todo tipo de críticas, la inmensa mayoría de ellas llenas de malicia. Le llamaron comilón y bebedor de vino, amigo de pecadores y publicanos. Y, para rematar la faena, endemoniado (cf. Mt. 11:18-19; Jn. 8:48-49). Sin embargo, nunca se amilanaba. A veces respondía con valentía. Otras sencillamente se iba. Y algunas veces hasta guardaba silencio. Es el modelo a seguir. Lo importante es que no permitía en su foro interno que los demás marcaran negativamente su carácter. La imagen que este grupo de personas tenía de Él no le llevaba a cambiar su forma de pensar o su estilo de vida.
Tienes que aprender y aceptar que ser criticado, incluso cínicamente, no cambia tu valor ante Dios. Tienes que aprender y aceptar que no todas las personas cristianos incluidos- estarán de acuerdo en todo momento con tus opiniones, comentarios, creencias, e incluso con tu forma de ser en general (forma de expresarte, acento, manera de vestir, gustos culinarios, aficiones, y mil detalles más). Tienes que aprender y aceptar que es imposible caerle bien a todo el mundo. Incluso habrá partes de ti que no le agraden a tus seres más queridos. Algunos te aceptarán y otros no. ¿O acaso te encantan todas las facetas del carácter de las personas que más quieres? Todos los que sinceramente te aman, te van a apreciar por tu forma de ser en general, no por los errores que todos cometemos. Mientras no aceptes estas verdades, vivirás amargado en tu corazón.
Hallar este principio en las Escrituras fue totalmente liberalizador para mi vida. Se basa en unas breves palabras de Pablo: Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Ts. 5:21). Aquí el principio reside en el hecho de que, si alguien piensa negativamente de ti, no tiene por qué significar que sean ciertas sus afirmaciones. Tienes que hacer distinción entre las críticas constructivas y las destructivas. Si es la primera, acéptalas y aprende de ellas, y más si proceden de personas íntegras y sensatas. Sé que aun así duele, porque te señala un error, pero hay que quedarse con la parte positiva. Puede incluso que la forma en que sea dicha no sea la más adecuada, pero puede servirte para corregir una mala actuación personal de la cual no estabas siendo consciente. Quédate con esta frase: “Los más nobles saben reconocer los errores, los inteligentes aprenden de ellos y los sabios evitan repetirlos”.

Criticas destructivas
¿Qué puedes hacer cuando las críticas son dañinas, maliciosas y destructivas? Haz caso nuevamente a las palabras de Pablo. Si al examinar la crítica encuentras que es falsa, deséchala por completo. Y, en el caso de que hubiera una pequeña parte de verdad, retén esa cantidad para tu propio crecimiento personal. Consiste en aprender a separar lo bueno de lo malo, el trigo de la cizaña.
Pablo lo puso en práctica consigo mismo respecto a su relación con un grupo numeroso de creyentes que le juzgaban: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo.Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Co. 4:3-5).
Siempre me sorprendió que dijera que de nada tenía mala conciencia. La cuestión es que él no estaba afirmando que nunca hubiera pecado. Estaba haciendo alusión a que, en su llamado –el de predicar el evangelio a los gentiles y en su servicio en general a Dios-, no tenían nada que reprocharle, porque era fiel y tenía su conciencia muy tranquila. Por eso, en el lenguaje coloquial de hoy en día, y citando a William Barcley, “le importaba un pimiento lo que pensaran de él”[5]. ¿Por qué? Porque el ser humano suele pensar y actuar por prejuicios y valora a las personas contando únicamente con una pequeña parte de información. Ve algo –o cree ver algo-, o siente algo –o cree sentir algo-, y ya se forma una opinión, muchas veces de manera errónea.
La realidad es que es Dios en exclusiva quien conoce todas las circunstancias de cada uno de nosotros, los pensamientos más íntimos que jamás hemos revelado a nadie, los sentimientos más profundos que anidan en nosotros, nuestras luchas, victorias y fracasos, errores y aciertos, y aquello que hacemos cuando nadie nos ve. Solamente Él ve toda la panorámica. Todo esto Pablo lo sabía muy bien. Por eso no actuaba movido por lo que los demás dijeran sobre él y no tenían ningún reparo en decirle a algún entrometido cristiano de Corinto que lo dejase tranquilo.

Buscando soluciones
El último supuesto sería cuando te encuentras con personas emocionalmente inestables, entrometidas, carentes de empatía y que continuamente están promulgando sentencias absolutas, puesto que creen que la visión que tienen de la vida es la única correcta. Y sí, estoy incluyendo a cristianos, sumamente inmaduros, tengan la edad que tengan. ¿Cómo mantener una simple conversación con alguien que te silencia con su mirada y que cree que todo lo sabe? ¡Imposible! ¡Cuánto más mantener una relación!
Ni mucho menos descarto que haya personas a las cuales se las pueda ganar con amor. Lo he visto con mis propios ojos y es asombroso. Innumerables relatos a lo largo de la historia junto a los bíblicos lo confirman. El amor de Dios puede actuar por medio de nosotros para tocar la vida de este tipo de personas a las cuales el Señor también quiere cambiar. El mismo Pedro nos indica cual debe ser nuestra actitud hacia los que nos hacen daño: Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas;el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca;quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P. 2:21-23). Sé que es difícil, pero esa es la voluntad de Dios. Dejarse llevar por la ira puede ser un drama mortal. En su lugar, deberías hacer todo lo que esté en tu mano para no devolverle la ira con más ira. Déjalo en manos de Dios: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Ro. 12:19).
Para los problemas entre hermanos la solución bíblica es bien clara: “Surgida la disensión, una de las cuestiones a decidir es quién debe dar el primer paso para la reconciliación. Según el Nuevo Testamento, cualquiera de las dos partes (ofensora u ofendida) tiene el deber moral de aproximarse a la otra con objeto de restablecer la buena relación entre ambas: ´Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,  deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda` (Mateo 5:23-24; ´Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano` (Mt. 18:15-17)”[6]. ¡La de problemas que se solucionarían si estos pasos se llevaran a cabo!

Alejarse ante situaciones extremas
Cuando estos mecanismos se ignoran o no se ponen en práctica –siendo desgraciadamente lo más habitual en muchas iglesias locales-, puede darse el extremo donde solo quede una solución: alejarse de esa persona o grupo de personas. En una ocasión leí a Charles Swindoll refiriéndose a este tema y ponía el ejemplo del halcón cuando es atacado por los cuervos. En lugar de contraatacar, se elevaba más y más alto, volando cada vez en círculos más amplios hasta que los cuervos lo dejaban tranquilo. Esto no es despreciar a nadie sino guardar ciertas distancias y protegerse. No es lo idílico, pero hay ocasiones en que no queda más remedio.
Jesús se encontró ante esa misma situación en muchas ocasiones. Observa cómo actuó en dos de aquellas circunstancias:  “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue” (Lc. 4:28-30). Mira sus pasos:

1) Habló la verdad.
2) No le escucharon.
3) Quisieron matarlo.
4) Se fue.

¿Acaso querremos ser más que el Hijo de Dios? En otra ocasión no quiso responder ante una pregunta hecha con malicia:“Sucedió un día, que enseñando Jesús al pueblo en el templo, y anunciando el evangelio, llegaron los principales sacerdotes y los escribas, con los ancianos, y le hablaron diciendo: Dinos: ¿con qué autoridad haces estas cosas? ¿o quién es el que te ha dado esta autoridad? Respondiendo Jesús, les dijo: Os haré yo también una pregunta; respondedme: El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? Y si decimos, de los hombres, todo el pueblo nos apedreará; porque están persuadidos de que Juan era profeta. Y respondieron que no sabían de dónde fuese. Entonces Jesús les dijo: Yo tampoco os diré con qué autoridad hago estas cosas” (Lc. 20:1-8).
Si un “cuervo” viene a destruirte, vuela, vuela y vuela. Pablo dijo: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18). De ahí entendemos que no depende de nosotros en su totalidad estar en paz con todo el mundo. En la parte que nos toca, sí; en el global, no. Hacer el bien depende únicamente de nosotros –de forma unilateral-, pero las relaciones humanas de intimidad son bilaterales, y depende de las dos partes.
Pídele al Señor discernimiento para saber cuándo debes hablar, cuándo callar y cuándo irte de un lugar o alejarte de algunas personas. Gracias a Dios, hay cristianos sencillos, humildes y sin malas pretensiones. Es tu misión buscarlos y asociarte con los humildes (cf. Ro. 12: 16). Y como he dicho, ¡al menos con uno!

Aprende a separar el desprecio que otros te pueden mostrar en ocasiones con el verdadero amor de tu Padre, del cual nada ni nadie podrá separarte (cf. Ro. 8:38-39). Así limpiarás tu mente y tu corazón. Nada que los seres humanos hagan desacredita a Dios ni le contradice, puesto que Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (cf. He. 13:8). Así que, por favor, si te alejaste de Él o te enfriaste por los problemas que tuviste con otros cristianos, vuelve a Su presencia.

Seguimos aquí: “¿Te cansaste de la hipocresía de otros cristianos?".
https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2018/06/8-te-cansaste-de-la-hipocresia-de-otros.html



[1] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (vol. 2). Clie.
[2] Guerrero Corpas, Jesús. Herejías por doquier. Logos.
[3] Ibid.
[4] No se sabe con exactitud si estas palabras son de Agustín de Hipona o del teólogo alemán Ruperto Meldinius.
[5] Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Clie.
[6] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo (vol. 2). Clie.

lunes, 5 de febrero de 2018

6. Creías que, por ser cristiano, la vida sería un camino de rosas



Si mal no recuerdo, aconteció en el año 2005. Por aquel entonces, nunca había trabajado en la construcción –y nunca más lo volví a hacer-, pero no tenía dinero para pagar la próxima mensualidad de mi coche y no me quedó más remedio que pedirle a un amigo que le hablara a su jefe de mí, por si podía buscarme un hueco en su empresa. No es que despreciara ese trabajo, pero por una lesión crónica de espalda no era lo mejor para mi salud, como se comprobó a las dos semanas. El primero día estaba un poco asustado; mejor dicho, bastante asustado. Grúas, camiones, maquinaria pesada, andamios a una altura que impresionaban; todo me imponía mucho respeto. Nada más llegar, un compañero me dijo que me pusiera un arnés para colgarme a cinco metros de altura. Para alguien que tiene vértigo no es el sueño de su vida, por lo que la perspectiva de tener que hacer de “Spiderman” aceleró las pulsaciones de mi corazón considerablemente. Me explicó en un par de minutos cómo tenía que hacerlo y se marchó. No lo hice. Como el sucidio voluntario no entra en mis ideales, me busqué la manera de llevar a cabo la tarea encargada sin necesidad de quedarme suspendido en el aire y terminar posiblemente con mis sesos esparcidos por media obra.
¿Qué labor se me ordenó?: “hacer canutos”. Lo primero que pensé cuando escuché la expresión fue: “Saben que soy novato y quieren gastarme alguna broma”. En el argot popular, “hacer canutos” es liar cannabis en papel de fumar para su consumo. Como tal, es una droga. Ante la sorpresa de mi compañero, le pregunté a qué se refería exactamente. Entonces me explicó que, en la jerga entre albañiles, esa expresión hacía referencia al hecho de partir el ladrillo por la mitad usando la machota y el cincel.
En aquella situación –y en otras muchas- comprobé que mi desconocimiento de la materia era total. Aunque en mi contrato señalaba que era “peón especialista”, puedo asegurar que yo de especialista no tenía nada. Tardé unos días en aprender a usar algunos instrumentos y en acostumbrarme a aquel terremoto que suponía la construcción de toda una urbanización. Al final lo logré, hasta que la lesión de espalda volvió a aparecer en todo su esplendor.  Pero esa ya es otra historia.

Las herramientas que no sabemos usar
Cuando no sabemos usar los materiales necesarios para alguna labor, no podemos realizar correctamente un trabajo, sea el que sea. Iremos a ciegas y el resultado será desastroso. En la vida de un cristiano ocurre exactamente igual. Si no sabemos manejar las herramientas que Dios nos ha dado para enfrentarnos a la vida, cuando vengan las pruebas, las dificultades, y todo aquello que no comprendemos, caeremos. ¿Has sido tú el que ha caído? ¿Qué prueba vino a tu vida en la cual te bloqueaste? ¿La muerte inesperada de un ser querido? ¿Una enfermedad que azotó a un familiar? ¿Una ruptura sentimental? ¿Una mala experiencia eclesial? ¿El despido del trabajo? ¿Una infidelidad conyugal? ¿La traición de tus amigos?
Seguro que descubriste hace mucho tiempo que la vida no es un camino de rosas. Está lleno de socavones, espinos y plantas carnívoras que no sabes cuándo te vas a encontrar. Por eso tienes que aprender a manejar la “machota” y el “cincel” que Dios te ha dejado en su Palabra para no verte arrastrado por las circunstancias de dolor. Y buena parte de esto consiste en asimilar los principios bíblicos y ponerlos en práctica. ¿Qué ocurre si tenemos un buen profesor que nos enseña a conducir y ponemos de nuestro parte todo nuestro esfuerzo? Posiblemente no llegaremos a competir en el campeonato mundial de Fórmula 1, pero terminaremos siendo buenos conductores. Por el contrario, si nos conformamos con aprender lo justo para aprobar y poco más, cuando vengan curvas peligrosas no sabremos manejarnos. Puede que esa sea la razón por la cual has derrapado, o incluso volcado. Dios es el Maestro y su Palabra contiene las verdades que tienes que asimilar para saber cómo manejarte cuando el camino se oscurezca y la carretera se vea envuelta en una espesa niebla.
Veamos dos pensamientos erróneos concretos que puede que estén en tu mente y que terminaron por provocar que te salieras de la vía, basándonos en una parte de la parábola narrada por Jesús: “He aquí, el sembrador salió a sembrar; y al sembrar [...] (una) parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó [...]  Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales: los que cuando han oído la palabra, al momento la reciben con gozo;  pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación o la persecución por causa de la palabra, luego tropiezan” (Mr. 4:3-5, 6, 16,17).

El tropiezo por la persecución
“Pensaba que por ser cristiano todo el mundo me respetaría. Al final me cansé de que me mirasen con mala cara”, dicen muchos.
Como decía el difunto periodista deportivo Andrés Montes: “¡La vida puede ser maravillosa!”. Y sí, puede serlo. Pero también puede ser cruel. Son las consecuencias que arrastramos desde la caída en el huerto del Edén. Tienes que aceptar que vivimos en un mundo caído y que estamos rodeados de personas que ignoran y desprecian a Dios. ¿Cómo quieres que te respeten si ellos odian lo que tú amas? Jesús fue muy claro al respecto: Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn. 15:18-20).
Parafraseando las palabras de Pedro, ¿se burlan de ti aquellos que viven en pecado, en “lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatría y les parece cosa extraña que no vivas con el mismo desenfreno”? ¡Ya darán cuenta al que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos! ¿Te llaman fanático? ¿Se ríen en tu cara cuando hablas de la ética cristiana? ¿Te hacen comentarios sarcásticos o hirientes? No te sorprendas como si fuera algo extraño[1]. ¿Acaso creías que te iban a aplaudir cuando les llamabas al arrepentimiento? ¿Pensabas que te felicitarían cuando les hicieras notar el contraste entre lo que Dios enseña y lo que impera en la sociedad actual en temas como el aborto, la homosexualidad, las parejas de hecho, las relaciones prematrimoniales, el abuso del alcohol o la falta de pudor? ¿Creías que tus familiares y compañeros de estudios o trabajo no torcerían el gesto? Ya señaló J.C Ryle que “la risa, la burla, la oposición y la persecución a menudo son la única recompensa que los seguidores de Cristo reciben del mundo”.
 Jesús dijo que no había venido a traer paz a la tierra, sino espada, que iba a poner “en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra;  y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt. 10:34-36).
Los profetas del Antiguo Testamento eran despreciados por predicar la verdad. A Jesús lo mataron. Esteban no murió mientras dormía plácidamente, sino apedreado. A once de los doce apóstoles los mataron. Pero Pablo fue contundente: ¿Busco ahora el favor de los hombres o el de Dios?, ¿o trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres no sería siervo de Dios”(Gá. 1:10).
Cuando los cristianos sinceros se enfrentan a la realidad, viene la desilusión; se sienten confundidos sobre el “dios” que les han vendido. ¿Qué dice la Escritura de lo que padecieron muchos creyentes genuinos?: “Experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (He. 11:36-40).
¿Duele todo esto? Claro que sí, y eso que la mayoría de nosotros no hemos pasado por lo que nos resume el autor de hebreos. Somos humanos con un corazón que sufre al ser menospreciado. Y la realidad es que “si vas a ser un verdadero Cristiano, entre otras cosas te diré esto: será una vida solitaria. Es un camino angosto, y se vuelve más angosto, y más angosto y más angosto” (Leonard Ravenhill). Pero cuando lo aceptas como parte del precio por amar a Dios, la perspectiva cambia.
¿Dejarías a tu esposa que, sin ser perfecta, es dulce, tierna, sensible, amorosa y buena madre, porque unos “gamberros” la insultaran? Posiblemente la amarías aún más: te acercarías a ella para escucharla, para saber cómo se siente, para apoyarla, para animarla y para consolarla. Crecería la intimidad y vuestra unión se haría más fuerte.
El dolor que experimentas cada vez que un ateo recalcitrante, un falso cristiano o un sectario trata de fulminarte con su mirada o con sus palabras ya lo padeció Jesús. Como dice Max Lucado: “Podemos creer que el sanador conoce nuestros dolores porque voluntariamente se hizo como uno de nosotros. Se colocó en nuestra posición. Sufrió nuestros dolores. Se colocó en nuestra posición. Sufrió nuestros dolores y sintió nuestros miedos. ¿Rechazo? Lo sintió. ¿Tentación? La tuvo. ¿Soledad? La vivió. ¿Muerte? La probó. ¿Y cansancio? Él podría escribir un éxito de librería sobre el tema”[2].
¿Será cuestión de que te alejes de Él o de que uses este dolor para acercarte más? Asimila que “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Ti. 3:12). Debes ver las críticas como una buena prueba de que tus valores y tu vida es diferente a la del resto del mundo. Estás en el mundo pero no eres del mundo.
Sigue los consejos de Pedro y hazlo tuyos: “Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado [...] si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (1 P. 4:13-14, 16).

El tropiezo por la tribulación
“Pensaba que el Señor impediría que yo volviera a sufrir. No sé qué clase de Dios es”, dicen otros muchos.
La tribulación es parte intrínseca de la vida. Puede que del trabajo hayas pasado al desempleo en cuestión de horas. Puede que la prosperidad se haya convertido en pobreza. Puede que la salud se haya convertido en enfermedad, o que la vejez misma ya se haya manifestado porque es ley de vida. Puede que alguien abusara de ti de alguna manera, fuera física, emocional o espiritualmente. Puede que tu amor no fuera correspondido. Puede que te humillaran en el instituto o en la universidad. Puede que te engañaran. La lista es interminable. Muchos aspectos de la vida de Job puede que se hayan reproducido en la tuya: pobreza, enfermedad, muerte, familia desunida, etc.
¿Qué lleva el dolor a su límite? La muerte de las personas que amamos, sea un padre, un hermano o un hijo. Es un trance que aparece a la vuelta de la esquina en cuestión de segundos. Siempre está al acecho y golpea cuando menos lo esperamos, y le acontece tanto a cristianos como a inconversos. No entiende de edades ni de situaciones personales. La vida y la muerte están en manos de Dios y es imposible entender en qué se basa exactamente para decidir quién vive unos meses y quién más de noventa años. Es una de las áreas que se escapan a nuestro control. Entiendo perfectamente el dolor que araña el alma ante esta situación. Entiendo la incomprensión, el llanto y el dolor que se apodera de cada centímetro de la piel. Aunque las circunstancias sean distintas, y en algunos casos más graves, todos hemos pasado por ahí.
Dicho esto, seamos contundentes: para el creyente, ninguno de los sufrimientos citados son razones para apartarse o alejarse de Dios. Recuerdo el funeral del padre de un pastor. El propio hijo compartió la Palabra. Con lágrimas en sus ojos y con la voz quebrantada, fue muy claro: “Hoy es un día de mucho dolor para mí. Pero también es un día de esperanza. Aunque el cuerpo de mi padre se encuentra aquí delante, él está ahora mismo delante de la presencia de Dios gozándose”. Las palabras con las que terminó me impactaron y las guardé para mí: “La muerte es el camino que Dios usa para llevarnos a la vida; a la Vida en mayúsculas”. 
Aquí somos “extranjeros y peregrinos” (1 P. 2:11). Saber esto es un descanso absoluto para el alma, volviéndonos sumisos ante la voluntad soberana de Dios.

Las ideas claras
Sea el dolor del tipo que sea, tienes que tener dos ideas muy claras, y que ya he apuntado en otras ocasiones. La primera es que tus creencias no deben basarse en los sentimientos, puesto que “el justo por la fe vivirá” (Ro. 1:17). Los sentimientos de dolor pueden ir de la mano de la fe, pero nunca enterrarla. Observa a Pablo y cómo conocía la diferencia, a pesar de toda la adversidad que afrontaba: Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados (sentimientos) en todo (circunstancia negativa), mas no angustiados (fe); en apuros (circunstancia negativa), mas no desesperados (fe); perseguidos (circunstancia negativa), mas no desamparados (fe); derribados (sentimientos), pero no destruidos (fe)” (2 Co. 4:7-9). Aunque las circunstancias fueran terribles, su fe permanecía en pie.
Y eso fue escrito por una persona que habló de sí mismo de esta manera: “Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez” (2 Co. 11:25-27).
¿De qué sirve la fe si luego no la aplicamos a la vida real? ¡De nada! La fe aporta equilibrio; las emociones, no. Nuestra mente no puede alcanzar a comprender todas las razones, pero tienes que descansar en que Dios sigue siendo Soberano, aunque tu mente –y la mía- no alcance a entender muchas cosas: Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is. 55:8-9). Jesús le dijo a Pedro que lo que no entendía en aquel momento lo entendería después (cf. Jn. 13:7). Con nosotros sucederá igual. Todo aquello que no hemos comprendido de nuestro paso por este mundo, encontrará su explicación completa cuando estemos en la presencia del Padre.
En segundo lugar, debes aprender a usar una vez más las herramientas que Dios te ofrece para afrontar el dolor[3]. Haciendo un juego de palabras, abrazar la pena eternamente es un abrazo mortal para el alma: te llena de amargura y apaga tu corazón. ¿Qué herramienta principal hay que usar? El Señor mismo. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6). Él no es una religión. No es una serie de normas y rituales. Él es la VIDA. Él es el que VIVE en el presente y REINA. Para experimentar la vida en tu interior debes acercarte a la fuente de vida. ¿Estás herido?: Acércate al MÉDICO para que te sane: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt. 11:28).
Puede que tu vida en este mundo no llegue a ser jamás como te gustaría y que muchas cosas vayan mal. Puede que Dios no te libre de algunas de esas aflicciones que como humanos a veces tememos. El hecho de que vivas como una persona íntegra no garantiza nada de nada. Lo que Dios te ofrece cuando pasas por el desierto es esperanza, consuelo y fortaleza. Por eso, la total rendición y tu descanso llegará cuando digas como Job: “Aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15). Eso es ser dócil a la voluntad de Dios. Incluso para la muerte física tenemos el consuelo máximo: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co. 4:16-18).
A muchos les confunde, les frustra y les desalienta observar cómo a un ateo le puede ir en la vida mucho mejor que a un cristiano, entendiendo “una vida mejor” según los valores hedonistas y materialistas de nuestra sociedad. Así que responderé a esa objeción con un concepto completamente radical y completamente bíblico: es mejor un verdadero cristiano con miles de problemas que  alguien que no lo es y todo le marcha bien. El primero sabe que, a pesar de todo, es amado por el Señor, que pasará toda la eternidad a Su lado, encuentra consuelo y refugio en Él, se goza en sus promesas aunque su corazón derrame lágrimas y tiene “por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera” que en él se ha de manifestar (cf. Ro. 8:18). Por el contrario, el segundo, el inconverso, aunque su vida parezca un camino maravilloso, aunque alcance un buen estatus social, empleo, dinero, casa y una persona que le ame románticamente, es un pobre desgraciado cuyo destino es la desesperación eterna, como así comprobará cuando pase al otro lado y se dé cuenta del error tan gigantesco que cometió en vida al rechazar a Jesucristo y su obra en la cruz, viviendo según sus propios deseos. Todo el jolgorio del que disfrutó se convertirá en tinieblas para el alma. Los likes que logró se convertirán en un gran dislike.
El contraste entre unos y otros es y será brutal: “Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; Tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras” (Sal. 73:26-28).

Venga lo que venga
Si la tribulación, el dolor y la persecución han sobrevenido a tu vida –o sobrevienen en el futuro-, no uses esas razones para alejarte de Dios y vivir en pecado, “porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal. [...] De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien (1 P. 3:17; 4:19).
Como dijo Martin Luther King, “el propósito de la vida no es ser feliz, ni tampoco obtener placer o evitar el dolor, sino hacer la voluntad de Dios, venga lo que venga”.
Recuerda una vez más que tu gloria no está en la Tierra, sino en el cielo. Que tu vida esté asentada sobre la Roca, que es Cristo, y no sobre la arena de las circunstancias, los sentimientos y el dolor: Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mt. 7:24-27).

Seguimos aquí: “Tuviste problemas con otros cristianos”.
https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/04/7-tuviste-problemas-con-otros-cristianos.html 



[1] Parafraseado de 1 Pedro 4:3-5 y 4:12.
[2] Lucado, Max. En el ojo de la tormenta. Nelson.
[3] Dada la complejidad y la extensión del tema, espero tener la oportunidad de escribir en el futuro sobre la depresión.