martes, 31 de julio de 2018

El peligro y las consecuencias de admirar a los famosos que “triunfan” en la vida


La chica de arriba a la derecha es una modelo, y la de la esquina inferior izquierda es una cantante que participa en conciertos y fiestas juveniles imitando a su ídolo Shakira. Ambas tienen 12 años. Dos sencillos ejemplos que me sirven para escenificar todo lo que voy a exponer.

Cada día que pasa me encuentro con un mayor número de noticias en la prensa generalista dedicada a los que la sociedad considera personas famosas, sean actores, cantantes, deportistas, toreros, millonarios, e incluso “religiosos”. Hasta hace una década, esto era prácticamente exclusivo de la llamada prensa amarilla que se dedicaba al puro y duro sensacionalismo. Lo llamativo es que hoy en día ya no ocupan un lugar reducido ni son un apéndice más, sino que en muchas ocasiones forman parte de la portada principal y se sitúan al mismo nivel que otras informaciones realmente importantes y de calado nacional e internacional.
En este mundo del famoseo se incluye sus alegrías y desdichas, que abarca desde conquistas sentimentales, escándalos amorosos, problemas de pareja, sus matrimonios, sus divorcios, la ropa que visten de arriba a abajo, el nuevo coche y la nueva casa que han adquirido, el lugar de sus vacaciones, sus nuevos peinados, sus operaciones de cirugía plástica, y prácticamente todo lo que podamos imaginar.
Basta con ver los programas dedicados al deporte rey en Occidente: el fútbol. Hace unos años lo más importante era mostrar las imágenes de las jugadas y los goles, pero ahora lo preeminente es la polémica extradeportiva, los sueldos astronómicos, el look que lucen, el lugar a donde van a cenar, las fotos de sus novias en bikini o semidesnudas, sus agentes, la firma de sus contratos, etc. Como ya dije en Fútbol: ¿Juego o idolatría? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/05/futbol-juego-o-idolatria.html), este deporte como juego me encanta –tanto verlo como jugarlo-, pero me asquea todo el dinero que mueve y las actitudes de muchos aficionados.

Las causas
Curiosamente, y mientras tanto, las personas se sienten cada vez más atraídas hacia este tipo de espectáculos. Como si fueran espectadores del Show de Truman, asisten hechizados ante la vida de estos individuos. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué les motiva inconscientemente a ser parte del público? Algunos dirán que por morbo –el cual vende y ofrece suculentos beneficios económicos para los que lo explotan y viven de ello-, pero la inmensa mayoría afirma que es por entretenimiento y diversión, hasta el extremo de señalar que les proporciona temas de conversación con los amigos.
Los que han estudiado carreras de marketing y sociología (que son los que manejan la publicidad de las empresas y de los medios de comunicación) saben muy bien qué fácil es mover a los seres humanos, tanto como parte de una masa como a título individual. Basta con que se les proporcione la zanahoria que más les gusta y los tendrán caminando en la dirección que ellos marquen. Como conocen muy bien la mentalidad humana, saben qué teclas emocionales tocar. Para saber qué botones pulsan en nosotros y cómo estamos siendo manipulados, veamos cuáles son los deseos más profundos de las personas:

a) deseo de pertenencia (sentirse parte de algo).
b) deseo de ejemplos a imitar (ídolos que seguir).
c) deseo de aceptación (sentirse amado por otros seres humanos).
d) deseo de trascendencia (sentir que su paso por este mundo tiene sentido y propósito).

¡Esto es lo que son y proporcionan los famosos al resto del pueblo llano! ¡Los famosas representan lo que muchos querrían ser y tener!:

- Son parte de algo, de una especie de élite que destaca sobre la media, y que por ello obtiene reconocimiento ante la sociedad. En el fondo, son amados y admirados. ¡Justo lo mismo que desea todo corazón!
- Son el ejemplo a seguir para muchos que anhelan lo que ellos tienen: profesiones exitosas, dinero, vidas glamourosas, ropa hermosa, cuerpos fibrados y esbeltos, novios y novias físicamente espectaculares, etc.
- Cuando mueran, serán homenajeados y sus nombres permanecerán en la historia humana. Los habitantes de este planeta desean que sus vidas tengan trascendencia y tienen pánico a que nadie los recuerde o reconozca sus méritos y logros. Por eso millones alardean en las redes sociales de lo maravillosas y placenteras que son sus vidas subiendo decenas de fotos con eternas sonrisas y rostros de felicidad, sea o no verdad. Es la táctica más antigua del mundo y que con Internet ha cobrado una nueva dimensión global.

Estas que hemos vistos son las ideas que esconden las verdaderas causas del porqué se siente atracción hacia los famosos. Aunque sin cometer sus errores, ¡se desea ser como ellos! ¡Nadie desea ser invisible! ¡Les da miedo! ¡Todos desean amor, reconocimiento y admiración!
Cualquiera que sea mínimanente avispado ya habrá reconocido los puntos concretos en que todo esto afecta en sentido negativo y en los cuales los cristianos deben cuidarse para no dejarse influenciar, puesto que las personas tendemos a imitar a aquellos que admiramos: “Los estudios mas recientes en el campo de la enseñanza secular revelan que la presencia de un modelo sigue siendo la dinámica de aprendizaje más importante. En el desarrollo de la conducta humana, ´la motivación de parecerse a una persona que admiramos` está por encima de la coacción y la recompensa. El nivel mas bajo de aprendizaje es el de la sumisión o conformidad, cuando una persona controla a la otra. El segundo nivel es la identificación. Puede haber influencia porque existe el deseo de que la relación sea satisfactoria. El tercer nivel y el mas alto es el de la interiorización, porque la conducta deseada se ha convertido de forma intrínseca en algo gratificante. Cuando se ofrece un modelo se crea un ambiente que afectará a los valores, las actitudes y la conducta[1].

Los valores sentimentales, sexuales y la forma de vestir
El corazón del ser humano fue creado para darle la gloria a su Creador: “Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice (Is. 43:7). Cuando esto no sucede, el corazón busca otras maneras de cumplir ese propósito y llenar el vacío consecuente, por lo que termina adorando cualquier otra cosa, sea una persona, actividad u objeto. La cuestión es que el corazón no tiene en cuenta si –en el caso de ser una persona- es alguien infiel, promiscuo, libertino, favorable al aborto, a la legalización del consumo de drogas o si ha defraudado a Hacienda. Se le exalta por sus cualidades externas, aunque su ética sea repugnante.
Por citar un solo ejemplo: Gerard Piqué, el polémico jugador del Barcelona pero admirado por muchos. Mucho tiempo después, él mismo reconoció en una entrevista que, cuando comenzó su relación sentimental con Shakira –su actual pareja-, ella tenía novio desde hacía muchos años[2]. Lo curioso es que, aunque fue cosa de los dos (él se entrometió y ella dio el paso a la velocidad del rayo), nadie los criticó. ¿Por qué? Porque ambos son muy populares, adinerados, guapos y exitosos. La ética de ambos no le importa a nadie, y esto es un craso error porque lo uno va intrísecamente unido a lo otro. Son la misma persona, no dos. Cuando alguien le pide un autógrafo o se hace una foto con la persona que dice admirar, no lo hace solo con el que marca goles o canta muy bien, sino con el que, a la vez, es inmoral, infiel, promiscuo, deslenguado o estafador.
Tras este caso concreto, a los padres que tienen hijas jóvenes les haría esta pregunta: ¿Qué les parece que sus pequeñas admiren a una chica de poco más de veinte años como Ariana Grande –entre otras muchas “artistas”-, cuyas letras de algunas de sus canciones son de carácter sexual y que viste en sus conciertos como si fuera una conejita de playboy? Por el hecho de que luego la vean visitar un hospital tras el atentado de Manchester o haciendo alguna obra social –lo cual es loable-, ¿pasarán por alto el trasfondo de sus valores perniciosos que atentan contra la ética cristiana más básica? ¿Es el ejemplo que quieren para sus hijas? ¿Responderán que es una etapa de la vida, que ya pasará? ¿No sería mejor educar desde el principio en lugar de evadir la propia responsabilidad y achacarlo todo a la edad del pavo? ¿Es que no se dan cuenta de la hipersexualización que se está llevando a cabo en los medios de comunicación, en las películas y en las series, con modelos, bailarinas y actrices infantiles y adolescentes que son presentadas como Lolitas, y que sus hijas ven y asimilan como algo normal?
No es fruto del azar que en youtube haya miles de vídeos donde crías de 6 a 15 años bailan como si fueran gogós. Sencillamente, se dedican a imitar lo que han aprendido de “adultos” sin sabiduría alguna como la citada Ariana, y otras como Rihanna, Miley Cyrus, Selena Gomez y todas las que van surgiendo año tras año. Y todo esto con la permisividad y pasividad de los progenitores, que no controlan lo que sus hijos e hijas ven y escuchan en Internet y en la televisión.
Basta con ver cómo visten hoy en día muchas mujeres –con edades comprendidas entre los 10 y los 40 años (no todas, ni muchos menos, gracias a Dios)-, y las fotos que suben a las redes sociales: posando como si fueran la portada de una revista erótica, con ropas minimalistas y enseñando todo lo que pueden y más por puro lucimiento.
Pocas cosas hay más vacías e inmaduras que estas actitudes (tengan la edad que tengan), cuyo propósito es atraer miradas, sentirse deseadas –un sucedáneo del amor-, y que los demás les digan cuán sexys son para sentirse bien consigo mismas, cuando lo que objetivamente logran es parecer floreros y objetos sexuales. No entiendo el porqué entran en ese juego. ¿Machismo por mi parte? Eso sería si considerara a la mujer una persona de segunda categoría o la despreciara por su género, lo cual dista sobremanera de mi manera de pensar, ya que las valoro internamente más de lo que ellas suelen hacerlo con su propia persona. Solo estoy ofreciendo una muestra de la realidad presente en nuestra sociedad libertina para hacer saltar las alarmas a aquellos que están dormidos. Y todo lo que he dicho sobre las chicas es exactamente igual de aplicable a los hombres y que visten para llamar la atención y decir “aquí está mi esculpido body”.
Con la sexualidad sucede exactamente igual: “La conclusión es que estamos dejando en manos de Internet la educación sexual de nuestros hijos y éstos se están instruyendo en la pornografía. ´Los chicos están copiando los modelos pornográficos que ven en Internet. No hay nadie que les esté dando una visión humanista de la sexualidad porque no invertimos en educación en valores`, se lamenta Marisa Soleto, directora de la Fundación Mujeres[3].
Los psicólogos y educadores advierten que las consecuencias de que los niños tengan una educación sexual basada en la pornografía serán directamente proporcionales a los modelos de sexualidad que vean en las pantallas: dominación, machismo, desprecio de la mujer e incapacidad para vivir una sexualidad que garantice el respeto y el amor. [...] Otra revisión académica, realizada en 2012, da la razón a esta iniciativa ciudadana. Según la investigación ´El impacto de la pornografía en internet en los adolescentes`, realizada por las universidades de California, de Duquesne y West Chester -todas en Estados Unidos-, ´la exposición a material pornográfico en la Red` en edades tempranas ´es causa y consecuencia de la creencia de que la mujer es un objeto sexual (...), distorsiona la realidad de lo que es el sexo y, en varones con tendencia a la agresividad sexual, ésta se ve multiplicada por cuatro`. El informe llega a afirmar que ´aquellos adolescentes que, intencionadamente, consuman pornografía de contenido sexual violento tienen seis veces más probabilidades de ser agresivos sexualmente`. Además, incide en la autoestima. Así, ´las chicas se sienten físicamente inferiores a las mujeres que ven en los vídeos y los chicos dudan de su virilidad`”[4].
Aunque la sociedad lo considere algo bueno, la realidad es que la pornografía está creando monstruos sexuales. Y cuando me refiero a un monstruo no hago alusión a un pederasta o a un violador, sino a alguien externamente normal pero que tiene su mente llena de depravaciones y de sexo ilícito. De estos los hay de todas las edades a partir de los 10 u 11 años. Ellos, a base de una libertad absoluta en su teléfono móvil con acceso a Internet, han aprendido lo peor del ser humano, hasta considerar muchas de las prácticas que ahí se observan como normales. Basta con ver este vídeo de advertencia sobre los menores pornodigitales (https://www.youtube.com/watch?time_continue=59&v=FxrMhLnwCl8) y, a continuación, los comentarios sobre el mismo, donde se comprueba hasta qué punto están denigradas las personas que consideran normal la pornografía. Como dice Pablo al describir al hombre de los últimos tiempos, son impíos y amadores de los deleites más que de Dios (2 Ti. 3:2, 4)
Y no hace falta ni que vean pornografía explícita: hoy en día es extrañísimo que no haya una serie de televisión o una película sin escenas de sexo.
Lo único que deseo es que los padres cristianos, en estos tiempos tan complicados y difíciles para criar en sanos valores, dejen de mirar para otro lado pensando que sus hijos no están siendo afectados ni ven lo que los demás ven. Es hora de que tomen las riendas sobre la educación de sus hijos en todos los aspectos y que ellos mismos sean el primer ejemplo para sus retoños cuando todavía son niños y preadolescentes; luego ya será demasiado tarde. No consiste en reprimir ni en prohibir, sino en educar. Creo que estos escritos y vídeos son buenos medidores de cómo hacerlo:

1) Educación general. Esta entrevista a Emilio Calatayud, el famoso juez de menores: http://www.elmundo.es/cultura/2016/08/22/57b72da246163fc8448b4658.html
3) Todo el capítulo concerniente a la sexualidad que comienza aquí: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/07/7-la-sexualidad-del-soltero-cristiano.html.
4) Una serie de pautas sobre la exposición de fotos personales que ofrece el Observatorio de la Seguridad de la Información (OSI) en la Guía sobre adolescencia y sexting: qué es y cómo prevenirlo: http://www.elmundo.es/promociones/native/2017/10/09/.
5) Mamá, hablemos de sexting:
6) Preguntas que deben hacerse los padres para saber si están educando bien a sus hijos: Cómo maleducar –sí, maleducar- a un hijo desde pequeño hasta que cumple dieciocho años: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/05/como-maleducar-si-maleducar-un-hijo.html.

A los adultos desinhibidos no tengo nada nuevo que decirles que no haya dicho en otros artículos; ya son mayorcitos para saber lo que hacen y las consecuencias eternas y finales de sus actos.

Valores inmorales
Los famosos tienden a ofrecer unos modelos perniciosos de conducta, ya que sus valores no son los de Dios sino los del mundo caído: falta de pudor, exhibición de la vida privada y de la intimidad física, relaciones sexuales prematrimoniales o abiertas, parejas que conviven y que tienen hijos sin estar casadas, adulterios, borracheras, búsqueda de objetivos materiales y económicos que no satisfacen las verdaderas ansias del alma ni son el verdadero propósito de la existencia, la adicción a las compras, a las nuevas tecnologías y al ocio en general, obsesión con alguna práctica deportiva, etc.
El cristiano promedio no llega a estas exageraciones, pero a menor escala se ve afectado por la presión que recibe continuamente sobre lo que la sociedad marca qué es normal y qué no lo es, sobre lo qué es el éxito y qué no lo es, entre otros muchos temas, especialmente entre los más jóvenes y los creyentes inmaduros. Esto se observa claramente con la sobreexposición que hacen de sus vidas en las redes sociales buscando atención sobre sí mismos y para mostrar que están ahí triunfando.

Falsas ideas sobre el éxito
Se nos inculca por activa y por pasiva que el éxito consiste en:
- Tener una buena cuenta bancaria que nos permita unas excelentes vacaciones, comer en los mejores restaurantes, presumir de teléfono móvil de 600€, etc.
- Estar en posesión de un físico llamativo –que por supuesto hay que enseñar y lucir-, sea por pura genética (como si esto tuviera algún mérito...) o forjado en el gimnasio (¿para qué están los espejos en estos lugares? Para admirarse a uno mismo como buen narcisista. ¡Qué triste!). Esto ya lo analizamos en Cómo nos adoctrinan sobre nuestro cuerpo y qué hacer al respecto (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/06/como-nos-adoctrinan-sobre-nuestro.html).
- Tener dones naturales que sobresalgan, como un gran talento musical, una habilidad especial para los deportes, una inteligencia por encima de la media, etc.

Esto hace creer erradamente a millones de personas que el valor que poseen como seres humanos depende de lograr este tipo de éxito. Aunque no la reconozcan abiertamente, ese es el origen de muchas de sus obsesiones, desánimos y sentimientos de frustración. Viven por y para alcanzar alguna de estas metas. Los mismos cristianos caen en este grave error, como también detallamos en Encarando el sentimiento de fracaso: El concepto de éxito (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/04/encarando-el-sentimiento-de-fracaso-el.html).

Continuará en: ¿Cuáles son los valores que te entusiasman, los de las personas famosas y exitosas o los de Cristo?

lunes, 16 de julio de 2018

2. Mis propósitos para denunciar el abuso espiritual: ayudar, despertar y exhortar



Siendo plenamente consciente del problema que supone el abuso espiritual y qué implica los aspectos que vimos en el primer capítulo, tengo varios propósitos:

Ayudar
Deseo ayudar a todos aquellos que han sufrido el abuso espiritual para que se acerquen al Señor y los sane. Así podrán salir de la prisión y de la esclavitud emocional en la que se encuentran, y dejar atrás el sufrimiento que les embarga. Mi deseo final es que su fe vuelva a las raíces bíblicas. Por eso quiero dedicárselo especialmente a aquellos que han sido damnificados por el sistema religioso y por todo tipo de abuso de autoridad, haya sido de corte emocional, sentimental o espiritual, o todos juntos. Si eres uno de ellos, recuerda que, aún con todo el dolor experimentado, Dios te ama desde lo más profundo de su ser. Nadie, ningún ser humano, se llame como se llame, ostente un “cargo” u otro,  jamás podrá cerrar las puertas que Dios ha abierto para ti: “Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre” (Ap. 3:8). Graba con fuego esas palabras en tu corazón.
Es evidente que solo puedo ayudar a quienes desean cambiar su vida; a ellos me dirijo: “He conocido a muchas personas cuyas historias de vida ameritan que se escriba un libro. Sin embargo, no andan inspirando lástima ni presentándose como víctimas. Apenas tiene una posibilidad de producir un cambio y entender por qué les ha ido mal, lo hacen, y mejoran, y la vida les resulta diferente. Yo las admiro. A esas personas vale la pena ayudarlas”[1].

Despertar
La forma de pensar de la siguiente cita de la secta de los mormones se ha infiltrado en amplios sectores del cristianismo, y es un disparate que muchos creyentes creen después de haber sido adoctrinados: Cuando nuestros líderes hablan, el pensamiento se ha terminado. Cuando ellos proponen un plan, este es el plan de Dios. Cuando ellos indican un camino, no hay otro más seguro. Cuando ellos dan instrucciones, esto debe marcar el fin de la controversia. Dios no trabaja de otra forma. Pensar de otro modo, sin arrepentimiento inmediato, podría costarle su fe, podría destruir sus testimonios, y a abandonarlo como un extraño al reino de Dios”[2]. Terroríficas palabras.
Por eso deseo “tocar la campana” con todas mis fuerzas para que, aquellos que están hipnotizados o dormidos, abran bien los ojos y vean las falacias que están creyendo o las actitudes erróneas que están tomando, y más si saben que tales mentiras se proclaman a su alrededor.

Exhortar
Y en último lugar cronológico pero no en importancia: el hecho de que haya un goteo continuo de hermanos que salen de estos grupos debería hacer reflexionar a sus líderes y pastores, en lugar de considerarse las víctimas y culpar a los que se marchan, que es lo que hacen de forma sistemática. Se les debería romper el alma y entristecerse sobremanera viendo la manera en que sus acciones han dañado y trastornado profundamente a otras personas, cuyas vidas en el presente están en punto muerto por lo que les hicieron.
Aunque lo enfoca hacia la familia, las palabras de Virgilio Zaballos en su libro “Esperanza para la familia” también encajan aquí para aquellos que buscan cabezas de turco: “Parece que orientar nuestra queja y amargura hacia un chivo expiatorio mitiga nuestro dolor y canaliza nuestra ira”[3]. “Parece”, y así sucede a corto plazo, pero no sirve de nada. A medio y largo plazo, únicamente agudiza la rabia y la empeora.
Sabiendo que se me acusará de arrogante, lo diré con toda claridad porque no me queda más remedio: desde aquí hago un llamamiento a los pastores en general para que revisen en humildad ciertas enseñanzas que han mantenido hasta el día de hoy, que son herejías o principios sectarios, y que se empecinan en enseñar sin descanso. Como ya dije en la introducción de “Mentiras que creemos”: Sé cuán complicado es que un cristiano que lleva varias décadas en el Señor se replantee ciertos temas y pueda reconocer que está equivocado. Supone cambiar muchos aspectos, lo que no todos están dispuestos a asumir”[4]. Por eso vuelvo a insistir: no son infalibles, por mucha experiencia y conocimiento que tengan.
Tienen que tomar conciencia del grave problema en el que están enfrascados puesto que son los causantes directos. ¿Es que nunca se han preguntado que quizá lo están haciendo mal en determinados aspectos?: Los reformadores, y posteriormente los iniciadores de las iglesias libres, fueron considerados herejes perturbadores de la paz eclesial por los dignatarios religiosos de su tiempo. No debe perderse de vista que la Iglesia debe mantenerse ´semper reformanda` y que todo ministro de Cristo ha de perseverar a la escucha de lo que, a través de la Palabra, el Espíritu dice a las iglesias”[5].
En lugar de tildar a los hermanos que se marchan de sus congregaciones de resentidos, envidiosos, soberbios, vengativos, divisorios, peligrosos, enemigos del Reino de Dios y hacedores de las obras de las tinieblas, tienen el deber moral ante sus semejantes y, sobre todo, ante el Altísimo, de escuchar el clamor que hay entre aquellos hijos suyos que han despertado del sueño en el que han vivido instalado durante muchos años, y que ahora se desgañitan esperando que otros sigan la misma senda. Aquellos que denunciamos los errores no somos personas amargadas como algunos afirman. Si así fuera, Jesús era la encarnación de la amargura, y sabemos que no es así. El problema es que muchos no aceptan que nadie les diga que están equivocados. Les puede el orgullo y su incapacidad de reconocer sus errores ante sí mismo; por eso no dan su brazo a torcer. Para cambiar de actitud, deberían tener siempre presente las palabras de Jesús a Pedro: “Apacienta mis corderos. [...] Pastorea mis ovejas” (Jn. 21:15, 16). No le dijo: “apacienta y pastorea tus ovejas”, sino “mis ovejas”. Las ovejas son del Señor, no de los pastores o de alguien más.
Así que, visto lo visto, tienen dos opciones, no más: rectificar y reconocer abiertamente sus errores con verdadera y genuina humildad (no la que sale de boca para afuera pero que no se siente en el corazón). ¿Qué muchos de sus seguidores se sentirán defraudados, e incluso engañados? Pues sí. Pero es un pequeño precio que merece la pena pagar para poder empezar de cero haciendo las cosas bien. La otra opción es seguir como hasta ahora y continuar echándole la culpa a los demás de los males que ellos mismos se han provocado. Si toman la primera opción, con el tiempo, el Señor mismo se encargará de que todo se ponga en orden. Pero si se deciden por la segunda y se empecinan, tendrán que enfrentarse al juicio de Dios, tarde o temprano, en esta vida o en la siguiente. En sus manos está qué camino seguir.

La actitud que debes tomar
Vayamos terminando esta pequeña introducción para dar paso a lo importante: puede que tú, querido lector, seas de los que afirme sin ningún género de dudas que las mayores heridas de tu vida te las han infringido creyentes, fueran realmente “nacidos de nuevo” o no. Puede que tus mayores traumas, tus peores experiencias, tus peores recuerdos e, incluso, los peores amigos que tuviste, provengan del mundo “eclesial”. Quizá tu historia y tus desventuras darían para escribir unas extensas memorias. Pero, aunque sea así, quiero decirte por encima de todo que no te alejes del Señor, independientemente de que algunos de sus seguidores te hayan quebrado el corazón. Que para ti sean sumamente reales las palabras retóricas que expresó Pedro ante Jesús: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Jn. 6:68-69). Que puedas decir que sabes en quién creíste y en quién crees. Ninguna persona ni circunstancia, por terrible que puedan ser, podrán arrebatártelo: “Al que a mí viene, no le echo fuera (Jn. 6:37).
Espero poder ayudarte con lo que he aprendido en estos años. Como dijo Benjamin Franklyn: “Las cosas que duelen, instruyen”. No estás desamparado en medio de lo que muchas veces parece una jungla. Y, sobre todo, ten presente que el Señor está contigo y a tu lado.

Así que, por mi parte, dedico esta pequeña obra al que está sufriendo o ha sufrido las consecuencias del abuso espiritual por parte de los que debieron amarle.
Que el Señor obre en ti en medio del dolor en esta hora oscura, proporcionándote el consuelo que necesitas.

Continúa en: Las diferencias entre las sectas e iglesias malsanas, y el calvario que ocasionan. https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2018/11/3-las-diferencias-entre-las-sectas-e.html



[1] Mraida, Carlos. Libres de la manipulación. Clie.
[2] Publicado en “Improvement Era”, Junio 1945.
[3] Zaballos. Virgilio. Esperanza para la familia. Logos. P. 32.
[5] Martínez, José María. Ministros de Jesucristo (Vol. 2). Clie.

lunes, 2 de julio de 2018

Westworld: ¿Quién serías si pudieras ser quién quisieras? ¿Y qué harías?

 

Imagina un mundo donde pudieras ser quien quisieras y hacer lo que te viniera en gana. Ahora imagina que, a su vez, todo aquello que llevaras a cabo –principalmente lo malo- no tuviera consecuencias legales de ningún tipo ni que tampoco afectara a tu reputación: “Lo que sucede en ese lugar, se queda en ese lugar”.
Esta, entre otras muchas ideas y planteamientos filosóficos (como el libre albedrío, el destino, la culpa, los deseos de inmortalidad, etc.), es lo que nos ofrece la famosa, profunda y compleja serie televisiva de suspense y ciencia ficción Westworld, protagonizada por algunos de los mejores actores de la historia del cine, como Anthony Hopkins y Ed Harris, entre otros, con una extraordinaria banda sonora y con una partitura musical a piano en su opening sumamente hermosa.
Puesto que mi idea no es analizar todos y cada uno de los conceptos que en ella se trata, me centraré en la que acabo de exponer, y que me va a servir para que nuevamente miremos a nuestro interior como personas y como cristianos, y veamos qué observamos y cómo nos vemos reflejados.

El mundo de Westworld
Esta serie está basada en una película de 1973 del mismo título y que, en su momento, me dejó impactado. Westworld es un parque temático ambientado en el Viejo Oeste y caracterizado como tal. Los habitantes de este mundo son los “anfitriones”, androides creados exactamente iguales a los humanos y que están programados para llevar a cabo todos los deseos de los “huéspedes”, que son las personas reales. A simple vista es imposible diferenciarlos, lo que da mucho juego a la trama.
Lo único que no pueden hacer los anfitriones es causar daño físico a los visitantes. Los humanos pueden hacer con ellos y en ese mundo ficticio lo que les plazca, ya que sus actos no tienen consecuencias. Si mienten, no tiene importancia porque es un juego y le mienten a un robot. Si tienen relaciones sexuales con la prostituta del bar, no es infidelidad porque es un robot. Si cometen una violación, no tiene importancia porque es un robot. Si matan, no tiene importancia porque es un robot. Todo aquello que no se puede hacer en el mundo real, ahí está permitido al ser una ficción.
Aunque para algunos es simplemente una aventura donde disfrutan del lugar, para otros muchos es una manera de expresar todo lo que hay en su interior y así poder cumplir sus deseos más sórdidos sin consecuencias penales y sin el miedo al qué dirán sus familiares y amigos.
Junto a otros misterios que no quiero contar por si alguien está interesado en visualizarla[1], bien puedes imaginar que los robots terminan por tomar conciencia y rebelarse. Pero no es ahí donde me quiero detener, sino en cómo seríamos nosotros si pudiéramos acceder a ese parque bajo las mismas condiciones.

El ateo sin consecuencias
Para el ateo o alguien que dice ser cristiano pero realmente no lo es, su moral y ética depende del momento, de sus propios pensamientos, de cómo se sienta, de los valores que tenga en esa etapa de su vida y de multitud de factores. Puede tener principios fijos, pero estos pueden cambiar ya que no se basan en algo inamovible como la ética cristiana que tiene su base en la Biblia. Sin saberlo, viven según la famosa frase atribuida a Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”:

- Tengo novia y nunca la he engañado, pero qué hay de malo en recrearse en otras bellezas...
- Estoy casado y soy fiel, pero si aparece alguien mejor...
- No soy promiscuo, pero si surge una buena ocasión...
- No soy mentiroso, pero si alguna vez tengo que hacerlo...
- No suelo emborracharme, pero si me reúno con buenos amigos...
- No soy violento ni agresivo, pero que no me provoquen...
- No soy irascible, pero que nadie me hable mal...
- No le grito a mi cónyuge, pero que no me lleve la contraria...
- No soy un ladrón, pero si puedo sacar provecho económico...

Y estoy hablando de inconversos con un mínimo de ética, no de aquellos que directamente viven en libertinaje y “buscan” llevar a cabo estas prácticas y acciones.
Aunque digan ser personas íntegras, muchos de ellos tienen una ética doble o “adaptable” a las circunstancias. Ellos ven el escenario de este mundo como una especie de Westworld: al considerar que no existe un Dios y Juez ante el que un día tendrán que rendir cuentas, actúan en muchos aspectos como si este mundo fuera ese parque de atracciones.

El cristiano que cree que sus pensamientos no tienen consecuencias
En el lado opuesto, los cristianos decimos que no actuamos como ellos:

- Tengo novia y nunca la he engañado, y no me recreo en otras mujeres.
- Estoy casado y siempre seré fiel, aunque aparezca alguien muy llamativo.
- No soy promiscuo y nunca lo seré, aunque surja una ocasión.
- No soy mentiroso, aunque sienta que a veces debería serlo para evitarme problemas.
- Nunca me he emborrachado, hagan lo que hagan los demás.
- Nunca le he pegado a nadie, y nunca lo haré aunque me provoquen.
- No le falto el respeto a mi marido, aunque haya ocasiones en que estemos en desacuerdo.

Posiblemente, todas estas afirmaciones sean ciertas en tu caso. Tú mejor que nadie sabes qué es verdad y qué podrías añadir o quitar. Pero ahora hazte esta pregunta: si tus actos no tuvieran consecuencias, si nadie te viera, si nadie te juzgara, si pudieras acceder de incógnito a Westworld, ¿qué cosas harías? ¿Qué te dice tu naturaleza caída? ¿Ha hecho ella una lista?
Este es el punto de inflexión: externamente puede que no hagamos nada de lo que haría alguien sin principios bíblicos, pero ¿y en nuestra mente? ¿Qué ideas, pensamientos y deseos fuera de la voluntad de Dios se mueven en ese “mundo mental”?:

- ¡Qué mujer más espectacular! ¡Quién pudiera disfrutar de semejante cuerpo!
- Mi marido ha olvidado la pasión romántica. ¡Lo increíble que sería tenerla con ese otro hermano de la iglesia de sonrisa deslumbrante y hombros hercúleos!
- ¡Qué persona más odiosa! ¡Si pudiera le daría un gancho de izquierda que lo noquearía un par de meses!
- No es una mentira, solo una mentirijilla sin importancia.
- Mi marido me tiene harto y cuando llegue del trabajo le voy a gritar hasta reventarle los tímpanos. ¡Con lo cariñoso, bueno y complaciente que es mi compañero de trabajo! (sí, el de los ojazos verdes).
- ¡Odio a mi profesor! (mientras le sonríes esperando que te apruebe).
- ¡Ven aquí que te dé un abrazo! (cuando piensas en la puñalada que le darías).
- ¡Te echamos de menos hermano! (cuando en realidad nadie quiere verle).

He citado cuestiones genéricas. Cada uno sabrá qué hay en su mente. Eso sí, de cara a los demás, todo esto se silencia o queda disimulado. Aunque es real ese dicho que dice que “del dicho al hecho hay un trecho” –puesto que el hecho de que un pensamiento forme parte de la mente no significa automáticamente que se vaya a llevar a cabo-, los pensamientos sin acciones consumadas no tienen consecuencias reales. Y el cristiano comete un error si cree que, mientras todo quedé dentro de sí, no está mal lo que está pensando. 
La cuestión es que lo que realmente le importa a Dios es nuestro ser interior, ya que ese es nuestro verdadero yo. Si nos creemos buenos porque de cara a los demás hacemos “lo correcto” aunque de cara a nosotros mismos vivamos en “lo incorrecto”, estaremos cayendo en el error de los fariseos. Jesús lo explicó de forma tajante en sus famosos “oísteis que fue dicho... pero yo os digo” (cf. Mt. 5). Hacer la voluntad de Dios no es cumplir una serie de requisitos externos (como creían los judíos), sino que es algo que debe empezar internamente, en el yo auténtico.  

Los cristianos caemos con mucha facilidad en este error por dos razones:
- Creemos que en nuestra mente, como nadie nos ve, podemos ser como queramos, de una manera u otra, como el estribillo de aquella canción de Alejandro Sanz: “Cuando nadie me ve, puedo ser o no ser”.
- Pensar que, como no son visibles, nuestros pensamientos no tienen consecuencias. Sí, puede que nos los tengan en términos humanos, pero sí en términos eternos. ¿Cómo acaba el libro de Eclesiastés?: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala(Ec. 12:13-14).

¿No podemos cambiar?
Otra de las ideas planteadas en la serie es que los seres humanos no podemos cambiar, puesto que sencillamente “obedecemos” a nuestro código con el que fuimos programados. Posiblemente la idea teológica más interesante de Westworld. Como bien sabemos, nuestro “código” está defectuoso, averiado y corrompido; por eso el Nuevo Testamento habla una y otra vez de nuestra naturaleza caída y de la necesidad del sacrificio de Cristo en la cruz para pagar por nuestros pecados. Es aquí donde, una vez más, nos damos cuenta que “no hay justo, ni aun uno. [...] No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10, 12). Como Jesús dijo: sólo Dios es bueno (cf. Mr. 10:18).
Esto significa que no podemos cambiarnos a nosotros mismos. No podemos cambiar ese “código” puesto que solo Dios puede hacerlo, como Él mismo prometió: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez. 36:26-27). Esto no significa que nuestra vieja naturaleza desaparezca tras la conversión y el nuevo nacimiento, sino que ya no tiene que tener control sobre nosotros, siempre y cuando dejemos que sea el Espíritu el que tenga el control sobre nuestra mente.

Una sola mente y una sola vida
Como recalqué en Quiero ser monja: ¿Podemos tener una doble cara y una doble vida? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/05/quiero-ser-monja-podemos-tener-una.html) y en Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html), el cristiano que se congrega no puede tener una cara dentro del local de la iglesia y otra fuera, no puede decir que cree en Dios y vivir de manera opuesta, ni puede ser de una manera en su interior y de otra en el exterior. Tampoco puede decir, por ejemplo, que ama a Dios y luego odiar o insultar a sus semejantes, o enfrascarse en una relación de yugo desigual.
Con la mente sucede exactamente igual, porque es donde comienza todo. No podemos “actuar” ante los demás de una manera y “pensar” de manera opuesta. Si nuestras acciones pueden llegar a ser hipócritas, ¡cuánto más nuestros pensamientos! Si hablamos bien de una persona pero pensamos mal de ella, somos hipócritas. Si le deseamos con nuestras palabras el bien a su vida pero en nuestros pensamientos anhelamos que no le vaya bien, somos hipócritas. Si le damos un beso casto y puro a un hermano casado pero pensamos que querríamos tenerlo entre nuestras sábanas, somos hipócritas. Si damos muestras de amor a nuestro pareja o cónyuge pero deseamos amar románticamente al vecino, somos hipócritas. Si presumimos de no ver películas para adultos pero tenemos la mente llena de lujuria, somos hipócritas. Si sonreímos a una hermana con nuestra mejor sonrisa de alegría pero en nuestra mente la despreciamos, somos hipócritas. Y así con todo lo que se nos ocurra. No tiene cabida en el cristianismo tener una actitud y comportamiento determinado, y luego unos pensamientos opuestos. Un psiquiatra diría que esa persona tiene una doble personalidad o un grave desorden mental. Sin llegar a esos extremos, yo diría que el individuo lo que tiene es “religionitis”.
Aunque nos comportemos “correctamente” de cara al público, si mentalmente vivimos un mundo de deseos ocultos y fantasiosos, no habremos comprendido nada del mensaje de Cristo y de sus propósitos para con nosotros.
Jesús dijo: “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mt. 5:37). A nivel general, tenemos que ser igual: iguales por dentro que por fuera; iguales por fuera que por dentro. Sí o sí. No o no. Sin disonancias.

Este es un tema básico para reflexionar profundamente contigo mismo. Hazlo sin prisas y mira qué debes cambiar. Aunque somos salvos por gracia y la perfección no la alcanzaremos hasta la glorificación en la otra vida, es el momento de poner manos a la obra si hasta ahora no te habías tomado en serio este asunto.
Piensa lo que piensas. Sé genuino. Sé auténtico. Sé íntegro. Sé consecuente. Sé un discípulo de Cristo. Haz su voluntad, empezando por tu mente.



[1] Aviso a navegantes sensibles: aunque no tiene escenas sexuales (creo que una), sí hay muchos desnudos –especialmente en la primera temporada- que se podrían haber evitado. Pero tristemente el pudor se ha perdido en nuestra sociedad, y la cadena HBO considera muy “adulto” que así sea, siendo una de sus señas de identidad en casi todas sus series.