sábado, 11 de octubre de 2014

¿Caer bien a todo el mundo?


Cada etapa de la vida tiene sus dificultades. Entre estas, quizá sea la adolescencia la mas problemática; al menos en lo que concierne a su complejidad. Entre los 12 y los 16 años apenas entendemos nada de la vida que se presenta ante nosotros y nos sentimos extraños en un mundo que no terminamos de comprendemos, y cuyas reglas de juego nos parecen absurdas. No somos niños ni adultos, sino inmaduros por definir. No poseemos las herramientas que la misma experiencia nos va concediendo para afrontar cada paso que damos. Apenas sabemos manejarnos y cada vivencia se convierte en un pequeño drama.
Sin duda alguna, a esas edades, una de las grandes tragedias (o que nosotros la consideramos como tal), y que más nos afecta, es el pánico que sentimos a no caerle bien a los demás, especialmente a los compañeros de clase, y más si son del sexo opuesto. Nuestra identidad como seres humanos no está formada y “creemos que somos lo que los demás piensan de nosotros”: padres, familiares, amigos, profesores, etc. Por eso cada uno de nosotros trata a su manera de reflejar una buena imagen de cara a la galería. Unos usan la simpatía desmedida, que los conduce a querer agradar a todo el mundo, aunque esto no les haga sentir bien consigo mismos, puesto que sienten que están traicionando sus esencias, el verdadero “yo”. Están rodeados de “amigos”, pero se han tenido que vender para lograrlos. Viven en una especie de obra teatral donde no tienen el control de los acontecimientos. Otros emplean la fanfarronearia y la rudeza verbal y/o física, creyendo que si son duros serán respetados. En realidad, ese mal carácter solo esconde multitud de miedos e inseguridades. Aquellos que no están en alguno de estos dos grupos, se esfuerzan en pasar desapercibidos y se esconden bajo su propio caparazón de timidez.

Del pasado al presente
El problema, el verdadero problema, se produce cuando arrastramos esta forma de pensar a la vida adulta. Es sorprendente la cantidad de libros que hay en el mercado cuyo propósito es “caer bien instantáneamente”. Querer caerle bien a todo el mundo es una utopía y esforzarse hasta la extenuación es agotador e inútil. Al final, cuando llegas a esta conclusión, te das cuenta de que tienes dos opciones: o te vendes a ti mismo para “caer bien” a todos o desistes de alcanzar ese objetivo.
Por eso tenemos que tomar lecciones del pasado, en este caso de la vida de Jesús. Así las asimilaremos como enseñanzas para nosotros:

  • Hizo el bien siempre que tuvo ocasión. Sanó a diez leprosos. ¿Qué pasó a continuación?: solo uno vino a darle las gracias (cf. Lucas 17:17).
  • Liberó a un hombre de una posesión demoniaca. ¿Qué le dijeron al Maestro todos aquellos que conocían el caso de este endemoniado?: Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran temor” (Lucas 8:37).
  • Habló verdad entre los líderes religiosos, pero los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarle (Lucas 22:2).
  • Nadie pudo acusarle de pecado (cf. 8:46). Sin embargo, ¿qué le aconteció?: Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó? Y decían otras muchas cosas injuriándole" (Lucas 22:63-65).

Resulta sumamente llamativo comprobar que Jesús no le caía bien a todo el mundo, a pesar de que representaba la perfección encarnada. Así que pregunto: nosotros, que de perfectos no tenemos nada, ¿queremos que todo el mundo nos mire con buenos ojos? ¡Es imposible! Este principio en la vida de Jesús hay que asimilarlo para vivir en paz.
Pablo mismo lo puso en práctica consigo mismo respecto a su relación con algunos creyentes de Corintio que le juzgaban: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Corintios 4:3-5).
Esto no significa que Pablo se considerara perfecto, que nunca pecara o que no cometiera errores, sino que no tenía mala conciencia de nada porque era fiel al Señor y a su llamado. Por eso, en el lenguaje coloquial de hoy en día, y citando a William Barcley, “le importaba un pimiento lo que pensaran de él”[1].

La intolerancia entre cristianos
Si hay algo que me indigna es la intolerancia que observo día tras día en el mundo entero entre muchos cristianos. Hablo con hermanos de otros rincones del planeta y me cuentan escenas semejantes. Un cristianismo lleno de personas que no son capaces de respetar diferentes maneras de pensar en asuntos concretos de la vida, donde solo ellos son los humildes y están bajo la misericordia de Dios.
Es perfectamente comprensible la intolerancia entre inconversos. Ellos viven según una ética y moral diferente a la cristiana. Es lógica la tensión y el choque que podemos experimentar con ellos en determinados momentos, incluso en la familia. Jesús ya advirtió que estaría dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra” (Lucas 12:53). Pero es irritante que esto mismo suceda entre cristianos. Es lamentable la guerra de guerrillas entre diversas “facciones” de los hijos de Dios: calvinistas & arminianos; premilenaristas & amilenaristas; pretribulacionistas & postribulacionistas; carismáticos & no carismáticos; etc. Ambos sectores se consideran en posesión de la verdad absoluta. Cada uno de ellos piensa que son los otros los que están completamente errados. Es cierto que hay creyentes que difieren en estas cuestiones citadas y se respetan, pero son minoría.
Todos deberían aprender del Concilio de Jerusalén: hubo mucha discusión (cf. Hechos 15:7), pero bajo el respeto y la concordia buscaron la voluntad de Dios, llegando a un acuerdo, estableciendo un principio práctico para todos: Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros (Hechos 15:28). Ejemplo a seguir.
La imagen que esto ofrece ante la sociedad es terrible. En demasiadas ocasiones tengo que escuchar las historias de compañeros de trabajo inconversos que conocen a cristianos cuyo testimonio es penoso. Nuevamente se hacen reales las palabras que Ghandi le dijo a un misionero: “Me gusta tu Cristo, pero no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes de tu Cristo”. Es ahí donde no me queda más remedio que entenderles, para a continuación volcarme en el Evangelio y en el mensaje de la cruz. 

Juzgados segundo a segundo
Cuando esto se transfiere de asuntos doctrinales a cuestiones personales y se generaliza, se convierte en puro hastío. Ante tanta intolerancia, se convierte en una misión imposible caerle bien incluso a muchos cristianos. Si eres serio, “es que eres demasiado serio”; si eres risueño, “es que eres demasiado risueño”; si hablas mucho de Dios, “es que eres un pesado”; si hablas poco de Dios, “es que eres un carnal”; si no vas a varios cultos semanales, “es que eres un mundano”; si denuncias una herejía, “eres enemigo de la Iglesia”; si no denuncias la herejía con palabras duras, “es que eres un blando”; si indicas algo que se puede mejorar, “es que nunca estás contento”, si no indicas lo que se puede mejorar, “es que no aportas nada”; si crees en el arrebatamiento, “eres un falso maestro”; si no crees en el arrebatamiento, “te quedarás cuando suceda”; si haces deporte, “pierdes el tiempo”; si no haces deporte, “eres un vago”; si vistes moderno, “es que eres demasiado moderno”; si no vistes moderno, “es que eres un anticuado”. Y así con todo los ejemplos que nos podamos imaginar.
Te señalan con el dedo por tu forma de vestir, de hablar, de actuar, del uso que haces de tu tiempo, de cómo empleas tu vida y de cómo sirves al Señor. Hagas lo que hagas, tus intenciones son oscuras; digas lo que digas, hay algo de maligno en ti. Así piensan aquellos cristianos que se mueven por prejuicios bipolares. Te observan en blanco o en negro, en luz o en tinieblas, en bien o en mal. Para ellos no existen los puntos ni los colores intermedios. Te encasillan en sus listas de “amigos” o “enemigos”, “amados” u “odiados”, “cristianos” o “apóstatas”, “ángeles” o “demonios”. Eres “Saruman” o “Gandalf”. Te consideran una marioneta manejada por los malos deseos que anidan en ti. Tienes que ser un clon de ellos: pensar, sentir y vivir con sus principios. De lo contrario, sacarán a relucir la espada Excalibur y comenzarán a cortar cabezas, arrollando y arrasando con todo como si fuera una nueva Inquisición, cuando lo que deberían hacer es sentarse y reflexionar sobre la Palabra de Dios, en lugar de usar textos bíblicos como armas arrojadizas.

Descansado en la verdad
Si te dejas guiar por la opinión de aquellos que te rodean, te volverás loco y nunca vivirás en paz. Tienes que tener muy claro que la verdad no reside en este tipo de personas intolerantes que viven sentenciando a los demás como jueces. Ellos no son la verdad. Ellos no son el camino a seguir ni el ejemplo a imitar. No te conviertas en uno de ellos. Ten presente que la única verdad está en Dios. Por algo Jesús dijo que él era el camino, y la verdad y la vida (cf. Juan 14:6). Tu identidad está en Cristo como hijo de Dios que eres, no en lo que digan los demás; tu valor está en la sangre de Cristo, no en el valor (o el desprecio) que otros te concedan. Si dices la verdad y te llaman mentiroso, ¡que crean lo que quieran! Si en tus ojos hay honestidad y ellos te miran con recelo, ¡que crean lo que quieran! Si tu conciencia está limpia y te llaman rencoroso, ¡que crean lo que quieran! Si haces el bien y creen que tus intenciones son ocultas, ¡que crean lo que quieran! Si eres humilde y te acusan de soberbio, ¡que crean lo que quieran! Si tu corazón está limpio y afirman que está podrido, ¡que crean lo que quieran! Si Dios te ha salvado y ellos te condenan, ¡que digan lo que quieran!
Libérate de la presión. Descansa y vive tranquilo en la voluntad de Dios. Es a Él a quien debes agradar. No te agotes tratando de caerle bien a todo el mundo ni a las masas porque no servirá para nada y te traerá desdicha. El Señor ha preparado para ti a aquellos que caminarán a tu lado a lo largo de la vida sin necesidad de grandes esfuerzos. Tú mismo los reconocerás de manera natural: aquellos que son íntegros, genuinos y sencillos. Solo sigue esa senda y no te desvíes: Busca la paz, y síguela” (Salmo 34:14).








[1] Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Clie.