jueves, 28 de noviembre de 2013

La segunda oportunidad



A principios de los años ochenta, en un mundo donde únicamente existían dos canales de televisión (TVE1 y TVE2), emitían los viernes por la tarde un programa titulado “La segunda oportunidad”, que trataba sobre la seguridad vial. En plena infancia, recuerdo perfectamente el miedo que me infundía la cabecera de inicio (http://www.youtube.com/watch?v=GBp7gspN-LY). Me tapaba los ojos, pero aun así me atraían sus imágenes y terminaba viéndolo una y otra vez. En él, un coche (algunos dicen que un Jaguar y otros que un Daimler) se estrellaba violentamente contra una piedra gigantesca situada en medio de la carretera. En pleno proceso de destrucción a cámara lenta, una solemne voz decía: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. De todas formas, qué bueno sería contar en ocasiones con una segunda oportunidad”. Y de repente, como si existiera una máquina del tiempo, todo retrocedía como si nada hubiera pasado. En la segunda ocasión, el conductor del vehículo esquivaba la mole que tenía enfrente.
En la vida sucede igual en muchas ocasiones. Muchos tienen una segunda oportunidad, incluso en las situaciones más dramáticas o en los crímenes más horrendos. Quizá no te suene el nombre de José Rabadán, pero si te digo que se le conocía como “el asesino de la Katana” porque asesinó con 16 años a sus padres y a su hermana menor con una espada japonesa en abril de 2000 puede que le recuerdes. Su look era semejante al de un personaje de videojuego al que era adicto. Si hubiera dependido de la sociedad, habrían arrojado al fondo del mar la llave del calabozo. Pero no todo el mundo pensaba igual. Un muchacho que se había hecho cristiano estando en la prisión de Santander, le envió una carta a José Rabadán con un Nuevo Testamento y una nota que decía: “A mí, Dios me ayudó, a ti también te puede ayudar; y Julio, también”. Semanas después, Julio García Celorio, director de los centros de rehabilitación “Nueva Vida”, recibió una llamada telefónica de José, pidiéndole que fuera a verle: “Aunque cuando le fui a ver me advirtieron que el chico no hablaría, antes de llevar veinte minutos en la celda con él ya estaba conmigo de rodillas orando y pidiéndole al Señor perdón”. Un preso anónimo, que había tenido una segunda oportunidad creyó que todo el mundo podía tenerla igualmente. Y por eso José Rabadán se rehabilitó.
Muchos ven a Dios como un ogro o un tirano que está deseando enviar a las personas al infierno, cuando es justo lo contrario: Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). ¡Dios encarnado pagando paga en la cruz con su muerte los pecados ajenos! Y todo por amor.
La segunda oportunidad está abierta a todos los que la quieran aprovechar, aunque se hayan estrellado contra piedras gigantescas. Dios no quiere que nadie perezca sino que  todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9). Mientras vivamos, tenemos esa nueva oportunidad. El que no quiere saber nada de Dios puede buscarle.  El que se apartó aún está a tiempo de regresar y abandonar lo que le aleja Su voluntad. El alcohólico puede rehabilitarse. El que le es infiel a su novia puede convertirse en un hombre íntegro. El que guarda rencor contra alguien puede limpiar su corazón. El ladrón puede transformarse en alguien dadivoso.
Es cierto que, aunque la persona decida cambiar, en muchas ocasiones sus malas acciones conllevarán un precio a pagar ante la sociedad: el maltrato psicológico o el adulterio acabará en divorcio; el que ha enseñado durante años falsas doctrinas será señalado hasta que se gane la confianza, y el narcotraficante terminará entre barrotes varias décadas de su vida. Por citar un solo ejemplo, el camboyano Kaing Guek Eav, que confesó haber participado en torturas, asesinatos y crímenes contra la humanidad, provocando la muerte de 16.000 personas en la prisión que dirigía a finales de los años setenta, a pesar de reconocer su culpa, haber pedido perdón y convertirse posteriormente a Cristo, está pagando con la cadena perpetua por sus actos. Conozco hombres que han pasado por el terrible mundo de la droga: casi todos tienen diversas enfermedades y otros ya no están en este mundo. Rabadán llevará toda su vida el estigma sobre sí del asesinato de sus padres.
Las consecuencias a pagar pueden  desmoralizar a cualquiera, y más viviendo en un mundo cuyo “deporte” favorito es “condenar”. Por eso, el consuelo que ellos pueden encontrar no procede del hombre, sino de Dios. Pueden mirar al lugar donde fue crucificado Jesús: Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda [...] Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:33, 39-43). ¡Esto es humanamente incomprensible! Un asesino se arrepintió en la última hora de su vida y recibió una promesa inimaginable. El otro se endureció aun más y recibió el silencio eterno por respuesta. ¿Un asesino en el cielo? Así es. Cristo vino al mundo a llamar a los pecadores al arrepentimiento (Lucas 5:32). Y ahí estamos todos incluidos. Aunque jamás hayamos asesinado, torturado, violado, robado o adulterado, delante de Dios “no hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10).
Sé que suena grotesco lo que voy a decir: El mismo Hitler que ordenó exterminar a 6 millones de judíos y provocó una guerra mundial que acabó con más de 60 millones de muertos, si en lugar de haberse suicidado se hubiera arrepentido, hoy no estaría donde está, sino en la presencia de Dios. Por eso me alegré profundamente cuando detuvieron al genocida Sadam Hussein pero no cuando lo ahorcaron sin que se hubiera arrepentido lo más mínimo de sus acciones. No puedo ni imaginarme la conversación que hubo entre Dios y este dictador. Solo sé que “!Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:31). Soy el primero que se indigna y señala el mal que veo a mi alrededor, pero mi mayor deseo es que los que cometen tales fechorías sean conscientes de sus errores y comiencen una nueva vida.
En un país como el nuestro que ha sido  golpeado sin piedad por el terrorismo de ETA estamos viendo a algunos que se están arrepintiendo profundamente de sus acciones. No todos, ni mucho menos, pero siempre hay excepciones, como Iñaki Rekarte, que apretó el mando a distancia del coche bomba que causó la muerte de tres personas y heridas a veinte en Santander. O el caso de Luis Carrasco, el asesino del exgobernador Juan María Jáuregui, quien se reunió once años después con la viuda Maixabel Lasa: “La persona que iba a conducir el encuentro me confirmó la disposición del familiar para reunirse conmigo. Se despejaba el temor que me había embargado hasta ese momento, que ella finalmente no quisiera, una decisión sin duda frustrante para mí, pero que si se hubiera producido yo la habría entendido (…) El encuentro, finalmente, se produjo y fue (he de admitirlo) muy complicado emocionalmente (…) Lo afronté con miedo y dudas: no estaba seguro de cómo conseguiría enfrentarme a aquella situación [...] Para mí era vital escucharla. Poder estar con el familiar de la víctima del atentado en el que yo participé directamente […], tener ocasión de escuchar sus impresiones y sus testimonios me permitió reevaluar racionalmente numerosas cuestiones de carácter ético y emocional y acercarme a una realidad largamente eludida, que siempre estuvo ahí, de la que durante tanto tiempo logré escapar e igualmente me esforcé por no ver [...] En pocos minutos, ella aparecería, se sentaría frente a mí. Y yo habría de afrontar su presencia desde mi vergüenza y mi arrepentimiento, y consciente de la trágica posición en que me había situado el devenir de mi propia trayectoria personal, empeñada muchos años atrás en un desatinado transitar hacia ninguna parte, consagrada al servicio de un terco y necio delirio de sinsentidos que, mientras duró, solo consiguió sembrar odio y dolor [...] el encuentro con esas personas fue aleccionador y decisivo en mi particular proceso de transformación personal; representó un hito, un antes y un después [...] Acudí con un solo objetivo: pedirle a ella y a todos los que tanto habían sufrido por mi culpa, perdón. Perdón por ser el causante de una gran injusticia, por ser el culpable del asesinato de su marido, el culpable de su sufrimiento, el culpable de haber destruido su proyecto de vida en común y sus sueños compartidos, el culpable de haber impedido que disfrutaran juntos de todos los momentos felices que les tenía reservado el futuro, el culpable de haberles despojado de miles de posibilidades que jamás se habrían de concretar, el culpable de haber acabado con todo lo que hubiera podido ser su vida y ya nunca sería [...] Años de reflexión y de introspección hasta convertirme en la persona que ahora soy. Hasta redefinirme y abandonar la lógica fanática y sectaria en la que una vez me hallé ciegamente inmerso y abominar de todo aquello que quería dejar de ser y que deseaba no haber sido nunca. Años ásperos, duros, de discontinua pero tenaz evolución hasta depurar e instalar en mi fuero interno el sentimiento de culpa, de arrepentimiento, la necesidad de pedir perdón”. Un detalle impresionó a la viuda: “El preso me dijo que no sentía nada bueno en él”. Y el preso le pidió perdón por un crimen imperdonable. Y la viuda se lo agradeció, le dio un abrazo y le dijo que no le importaría volver a verlo[1].
Muchos tendrán que tragarse su orgullo. Muchos tendrán que pedir perdón ante unos hombres que no se lo concederán, pero les merecerá la pena ante la visión de la eternidad. Por todo lo que  hemos visto, debemos señalar y condenar las malas acciones, pero no a las personas. Como dice el conocido refrán: “Mientras hay vida, hay esperanza”. Aunque el mal ya esté hecho, “La segunda oportunidad” está disponible para TODOS.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La intolerancia de los que se hacen llamar tolerantes



Una de las banderas que ondea orgullosamente la sociedad que nos envuelve es la de la tolerancia. Todo se basa en la idea de que cada persona, si es feliz con su estilo de vida y su manera de pensar, es completamente libre para hacer lo que desee y nadie puede decirle nada al respecto. Es lo que proclaman a los cuatro vientos los llamados “tolerantes”. En la práctica, es completamente falso: son tolerantes mientras pienses como ellos en cada tema. En el momento en el que difieres en algún punto importante, el insulto, la agresividad verbal y/o física no tardan en aparecer.
Hace unos días me encontraba junto a un vecino por distintas zonas de mi ciudad pegando carteles que anunciaban la marcha organizada por la plataforma “Derecho a Vivir” a favor de la vida y en contra de la actual Ley del Aborto, que permite aniquilar a un feto humano hasta los tres meses, incluso por razones de sexo. Varias personas se detuvieron a leer el cartel en distintos momentos y sus comentarios fueron positivos: “Una buena iniciativa”, “Yo tengo tres hijos y eso de abortar para nada” “Eso está muy bien”, etc. Me sorprendió gratamente porque eran personas con edades comprendidas entre los 20 y los 45 años, que suele ser el marco generacional que mayormente está a favor del aborto. Hasta que llegó un caballero de unos sesenta años: durante unos segundos leyó detenidamente y, volviéndose hacia nosotros con una profunda mirada de odio y una agresividad verbal que no me esperaba, nos dijo: “¿Qué hacen ustedes? ¿Por qué lo ponen? Yo no estoy de acuerdo con eso”. Sorprendidos, y sin tiempo a responderle, agarró el cartel que casi estaba pegado en la pared para arrancarlo, pero se detuvo cuando se ensució la mano con la cola del papel, enojándose aun más. El señor que me acompañaba, de casi ochenta años pero con la vitalidad de un jovencito, interpuso su brazo para evitar el destrozo. Despegamos con suavidad el cartel y nos marchamos en silencio para evitar un altercado mayor. Mientras nos alejábamos, decía en voz alta (a pesar de estar solo en la calle): “¡Vaya tela, vaya tela!”, alargando la pronunciación de las vocales.
Este tipo de personas son las que presumen de ser tolerantes y acusan de intolerantes a aquellos que defendemos unas ideas opuestas a las suyas. Es cierto que cada persona puede defender sus creencias con argumentos, siempre y cuando no atenten contra nadie. Y si alguien no está de acuerdo puede replicar igualmente. Hoy ha sido la marcha por toda España contra el aborto, y en Madrid cinco activistas de FEMEN han tratado de reventar el acto. En sus torsos desnudos han mostrado por escrito sus argumentos: “Mis normas, mi cuerpo” y el repetitivo “abortar es sagrado”. Lara Alcázar, líder del movimiento en España, ha dicho que “al sector ultraderechista conservador nazi no les gustamos mucho”. Me parece grotesco que se llame nazi y conservador al que quiere preservar la vida, cuando precisamente fueron los nazis los que la destruían.
Como ya compartí aquí http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/10/femen-el-derecho-sagrado-de-asesinar.html  y aquí http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/10/respuesta-un-anonimo-favor-del-aborto.html, los ideales Pro-abortistas me parecen terroríficos. Basta leer su página en facebook para ver el odio visceral con el que se expresan los que las apoyan contra los que difieren en sus posturas. En este mismo acto, estas cinco chicas han sido rociadas con un aerosol rojo por algunos participantes. Entiendo perfectamente la indignación de los Pro-vida y que les hayan gritado “abortistas terroristas” porque el aborto es otra clase de terrorismo. Pero, en estos casos y en cualquier otro, nadie tiene derecho a usar la agresión verbal o física.  
En este blog he escrito una y otra vez de mi fe cristiana, puesto que es el propósito principal del mismo. Argumento lo mejor que sé y dentro de mis conocimientos. Estoy totalmente convencido de las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6), y así lo comparto (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html). En mi vida pública, tengo mis propias pautas internas para saber con quién es conveniente hablar y con quién no, y no tengo ningún problema en mantener una conversación con personas que no comparten mis ideas cuando se muestran sinceramente interesadas y respetuosas. No me importa que sean ateos, agnósticos, católicos, protestantes, etc. Aunque no comparto muchas de sus ideas, les respeto y les expongo las razones por las cuáles pienso de otra manera.
Yo lucho dentro de lo que considero justo: considero que el aborto es un asesinato y estoy en mi derecho de denunciarlo, de ayudar a las mujeres embarazadas a tener alternativas y de recoger miles de firmas junto a decenas de organizaciones para hacerlas llegar al Gobierno de España y al Parlamento Europeo para que se derogue la ley actual. Quiero que se respete la vida y el derecho a nacer, y no que con mis impuestos se financien abortos en la Seguridad Social; veo que ciertos grupos llamados "cristianos" están enseñando falsas doctrinas, y estoy en mi derecho de destapar tales errores; escucho que se promulgan teorías científicas que no concuerdan con la realidad, por lo que estoy en mi derecho de decirlo. Y así con todo con lo que no comparto.
La intolerancia es algo que se observa en todos los ámbitos de la sociedad: Basta con entrar en Internet en un foro de fútbol, cine, cómics, política, religión, música o de cualquier otra área para comprobar el odio y la intolerancia que se respira. E igual ocurre en todos los países: si un cristiano vive en un país musulmán extremista y es sorprendido en su casa en posesión de una Biblia, es azotado y encarcelado, como mínimo. Sin embargo, cuando son ellos los que vienen a países democráticos, quieren libertad para poder reunirse tranquilamente. Dicen ser tolerantes con los que profesan otra fe, pero la realidad es bien distinta. La  misma Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos hace más de sesenta años el artículo 18 sobre la libertad religiosa: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observación”. La realidad es muy distinta.
Los medios de comunicación generalistas muestran otro tipo de intolerancia: se hacen eco de un pastor protestante que se dedica a quemar el Corán (acción que repudio), pero no dicen nada de los cientos de miles de cristianos que viven encerrados en campos de trabajo en países comunistas. Esta misma semana han informado sobre la próxima inauguración de la Embajada de Corea del Norte en Madrid, mientras ignoran que el régimen de Kim Jong II ha fusilado estos días ante diez mil "espectadores" a ochenta personas por el “crimen” de tener una Biblia. Así dan ejemplo. Ni una palabra en la televisión.
¿Cómo puede alguien que se llama a sí mismo “tolerante” decirme que soy un intolerante por no pensar como él? Es ilógico. Yo lo tolero y él me odia.
En conclusión, lo que ya sabíamos: que vivimos en un mundo sumamente intolerante, donde debemos aprender a luchar con todo nuestro empeño por lo que creemos por el bien de la humanidad pero sin agredir a nadie. Es nuestro deber moral denunciar el mal en una sociedad que ya no sabe distinguir el bien del mal, pero no caigamos en la misma intolerancia que tanto denunciamos, y recordemos que exclusivamente Dios tiene el poder de cambiar el corazón de los seres humanos. 

martes, 5 de noviembre de 2013

Por qué este mundo no tiene solución: La raíz del problema



Hace unos días, un buen amigo al que considero íntegro como pocos, denunciaba en facebook la mezquindad de los políticos a raíz de la desbandada que hubo en el Congreso, en el que muchos votaron y salieron a la carrera sin esperar el resultado de la votación. Él expresaba su hartazgo, el mismo que yo siento al ver la falta de vergüenza de aquellos que nos gobiernan. A partir de ahí, comenzó una especie de debate en su muro sobre cómo solucionar el problema. Yo expresé mi idea de que todos los españoles votáramos en blanco en las próximas elecciones, pero dejaba claro que era una utopía. Pero tanto él como un amigo suyo me corrigieron acertadamente. El amigo dijo: “Más apropiado entiendo que es la abstención: no colaborar en absoluto con un sistema que nos trata como a animales domésticos”. Y mi amigo señalaba: “Votar en blanco es participar en el juego de quienes no quieren regenerar ni reformar la democracia para eternizarse en el palacio del bipartidismo. Hay que decirles que ya no nos engañan más, que queremos cambiar las reglas”. Mi idea se ajustaba más a la de ellos, pero el tecnicismo me perdió. Pero al final siempre votamos “al menos malo” o a aquel partido con el que compartimos algún principio básico, como puede ser que estemos en contra del aborto. Y yo volvía a preguntar en ese pequeño debate: “¿Y cuáles son las alternativas? Porque yo no las sé y como ciudadano uno se ve impotente. Manifestaciones, huelgas, etc.; parece que nada sirve, ni aquí, ni en Portugal, ni en Grecia ni en ningún sitio”. Más bien era una pregunta retórica, porque tengo claro el problema que hay de fondo, que es lo que quiero exponer a continuación y de lo cual ya he hablado en este mismo blog de distintas maneras.
El mundo no tiene solución. Tiene una soga al cuello que él mismo se puso y está herido de muerte. ¿Pesimista?: ¡Realista! ¿Incito a quedarnos de brazos cruzados?: ¡Ni mucho menos! ¿Quiénes conforman el mundo? Nosotros, los seres humanos. ¿Y qué hemos hecho los seres humanos? Establecer leyes. Y esas leyes constituyen principios éticos y morales que determinan el rumbo que sigue la sociedad. En función de esas normas establecidas, la sociedad va en una dirección u otra. Hay otras “leyes”, que no están registradas por escrito, que se observan en la vida cotidiana. Desde mitad del siglo XX vivimos en lo que hemos llamado la época “Postmodernista”, que tiene sus propios principios: niega a Dios; postula el hedonismo, el consumismo y el materialismo como opciones principales para la búsqueda de la felicidad; consiente una moral libre donde cada uno puede tener su propia opinión en todos los temas según crea conveniente, puesto que todo se considera relativo; etc. Como esa es la base que guía el mundo, las consecuencias han sido claras: Se permite a una mujer abortar; se legalizan los matrimonios homosexuales; se permite cierto tipo de drogas como el tabaco; se promueve el adulterio y la infidelidad por medio de las redes sociales; los divorcios son parte del día a día; etc. ¿Ha traído el “postmodernismo” la felicidad?: Miles de familias rotas, hijos con dos padres o dos madres, la muerte de millones de personas por el consumo de alcohol y drogas, enfermedades de transmisión sexual; adicción a las nuevas tecnologías como los videojuegos; consumismo de pornografía; etc.
Los intelectuales ya avisaron de las consecuencias de establecer estos “principios”. Pero esto es lo que tenemos. Otros no se dejan llevar por estas ideas, y abogan por un nuevo movimiento “Modernista”, donde la educación y la resolución de los males sociales sean sus objetivos principales. Siendo preferible el segundo, y pudiendo hacer mucho bien en inmensidad de áreas, ambas están condenadas al fracaso.
Omitiendo los calificativos que usó (que rebosaban odio y desprecio por doquier), mi sobrino “postmodernista”, que apenas sobrepasa los veinte años, habló en contra de los políticos tras una entrevista que le pasé de Arturo Pérez-Reverte donde hablaba de los males de la sociedad, indicando que no había solución. Mi sobrino dijo varias cosas, pero por destacar dos de ellas: señaló que votaría a quien le dijera algo diferente y que creer en Dios en pleno siglo XXI es como creer en los reyes magos o en el ratoncito Pérez. Su discurso es el mismo que se escucha alrededor del mundo: “Ideas nuevas” + “Eliminar a Dios”.  Lo fácil es echarle siempre la culpa a los demás, y así nos va. Cree ingenuamente que hay ideas que pueden cambiarnos, al mismo tiempo que se ha creído que el hombre viene del mono y que el Universo y todo lo que hay en él se hizo solo porque así se lo han vendido. Eso si, no se ha molestado en leer ni un solo libro donde se explica la imposibilidad de la macroevolución. Y ni de lejos se acerca a mi blog. ¿Por qué? Como le contesté: “Porque no interesa. Es mejor seguir viviendo como a uno le da la gana, viviendo para sí mismo, para los hobbies, para la diversión, para las botellonas, para el libertinaje, para el placer, para el materialismo y todo el ´ego-yoyo` que exista. Esta es la sociedad postmodernista que habéis creado”. Y concluí: “¡Y lo que me queda por ver!”. Para mi tristeza, añado.
¿Ideas nuevas? Podemos, y en eso sí estoy de acuerdo, mejorar la educación. Debemos ayudar a los más desfavorecidos. Debemos inculcar el respeto a todas las razas que habitan este planeta. Debemos expulsar a los políticos que usan sus cargos para enriquecerse. Podemos y debemos hacer mucho.
Pero todo esto que vemos a nuestro alrededor son síntomas, no la enfermedad en sí. El problema principal no viene de afuera, sino de adentro, del corazón humano. La idea expresada por Pablo no puede negarla ni el mayor de los ateos: “Hallo esta ley: que el mal está en mí” (Romanos 7:21). Ese “mal” que habita en nosotros nos conduce, queriendo en algunas ocasiones y sin querer en otras muchas, a mentir, a juzgar, a menospreciar, a mirar por encima del hombro, a ser chismoso, a odiar, a llenarnos de amargura, a ser desagradecidos, y una lista que prácticamente no tiene fin. Esa es la raíz del problema. Esa es la enfermedad. Aunque establezcamos leyes justas y buenas, aunque todos los corruptos estuvieran en la cárcel, aunque el pleno empleo fuera realidad en todo el mundo, aunque se impusiera la paz en todo el planeta, aunque ni una sola persona pasara hambre y todos tuvieran casa propia, ese “mal” seguirá en nosotros, en toda la humanidad. A los que creen que eso se mitigará, siento recordarle las palabras de Pablo: “Los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor” (1 Timoteo 3:13). ¿Cómo son y cómo serán?: “Hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (1 Timoteo 3:2-4). ¿Te suena? Puro “Postmodernismo”.
Basta con que veas un capítulo de “Médico de Familia” y a continuación uno de “Aquí no hay quien viva”. Observa la ética. Observa la manera en que hablan. Observa cómo visten. Observa el sentido del humor. Observa los principios por los que se mueven. Observa y te darás cuenta de las diferencias y entenderás de lo que hablo. La juventud de hoy a llegado a un extremo en que no sabe diferenciar el bien del mal. Cuando les advierto, me dicen: "No seas anticuado. Es que el mundo es así hoy en día".
¿Cuándo acabarán las guerras, la corrupción, el hambre, las enfermedades, y todo lo demás que forma parte del “paisaje” de este mundo? Cuando Cristo regrese. Sé cómo suena, pero basta este dato concreto: en la Biblia hay más de 300 profecías que anunciaron que vendría por primera vez como “siervo sufriente”. Se cumplieron todas y cada una de ellas. De igual manera, hay más de 300 que anuncian su venida por segunda vez para establecer Su Reino. ¿Qué ocurrirá entonces?: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo [...] Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:31-33, 41). En definitiva: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (vr. 46). Los que hayan creído en Jesús como Señor y Salvador pasarán la eternidad en esos cielos y tierra nueva que Dios tiene preparado (Apocalipsis 21). Los que hayan creído en el “postmodernista ratoncito Pérez” y hayan vivido como les haya placido, al castigo eterno.
Puede que todo esto lo vea estando yo en vida o puede que no. Puede que tenga que “gustar” la muerte o puede que no. No lo sé. Pero lo que es seguro es que este mundo no tiene solución, y que hasta que Aquel que lo creó no ponga cada cosa en su sitio, nada cambiará en esencia.

P.d: Si eres de los que no sabe qué hacer con ese “mal” que anida en ti y quieres reflexionar un poco, te recomendaría que leyeras esto: