lunes, 24 de junio de 2019

10.7.2. ¿Sabes escuchar y comunicarte con tu pareja? ¿Te comunicas de forma no-verbal?


Venimos de aquí: Aprende a expresar tus pensamientos y sentimientos a tu pareja (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/02/1071-aprende-expresar-tus-pensamientos.html).

Como vamos a analizar, la imagen que encabeza este apartado del libro define perfectamente a muchas parejas, especialmente a la parte masculina, aunque nadie se libra.

Oídos atentos
Uno de los grandes errores que se suelen cometer uno o los dos miembros de la pareja es hablar cuando solamente se debe escuchar. La Escritura dice: “Es necio y vergonzoso responder antes de escuchar” (Pr. 18:13, NVI). A menos que te pregunten exactamente qué harías en su lugar, lo mejor es oír y no precipitarte ofreciendo soluciones y consejos. No hay nada peor que un consejo no demandado, incluso cuando se hace de buena fe. Aunque creas que estás ayudando, no lo haces en absoluto. Cuando alguien se desahoga emocionalmente, está haciendo precisamente eso: desahogarse. Es la manera que tiene de expulsar de su interior todos aquellos sentimientos que le tienen preocupado. Por eso, al encontrarse en esos momentos especialmente vulnerable, no le hables con condescendencia, ni pronuncies las célebres palabras: “Te lo dije”. Y mucho menos uses el sarcasmo o los reproches.
Esta es la razón –el desahogarse- que hace muchos de nosotros, cuando terminamos de hablar, digamos “me siento mucho mejor” y el otro diga “pero si no he dicho ni hecho nada”. Así es como funciona el ser humano. Te pongo un ejemplo horroroso pero esclarecedor: cuando te has intoxicado con una comida, debes vomitarla. Nadie puede comer al mismo tiempo que vomita. Es inimaginable saber qué ocurriría si esto se llevara a cabo. Con los sentimientos ocurre exactamente igual. Todo lo tóxico hay que expulsarlo en primer lugar. Cuando otra persona nos habla, no nos está demandando soluciones en primer lugar. La única demanda es atención total y un alto grado de empatía. Después, y solamente después, habrá libertad en el corazón. Entonces podrás dar tu opinión al respecto de lo ocurrido y se podrán hacer realidad las palabras escritas en Proverbios 12:18: “La lengua de los sabios es medicina”.
Bastará con que tú seas un canal por el cual la negatividad sea arrojada al exterior. Será suficiente con hacer preguntas de este estilo: “¿Y qué te hizo sentir aquello? ¿Te enojaste? ¿Y qué hiciste?”. Eso es tomar la iniciativa y demostrar que emocionalmente se está presente. Como las respuestas pueden dar lugar a malos entendidos, la persona que por alguna razón está manifestando su desagrado, debe dejar bien claro a su pareja que no la está culpando, criticando o responsabilizando a él por lo que le ha acontecido, sino que le está expresando sus sentimientos de dolor. Haciendo esta distinción no lo dañarás, porque de lo contrario creerá que le estás atacando a él. Resulta sencillo y práctico.
Por el lado del que escucha: si no le concedes importancia a estos sentimientos o cambias de tema de conversación, estarás dando pasos muy importantes para que la relación no llegue a buen puerto, porque creerá firmemente que no te interesa su mundo interior. Sentirá que aquel que debe ser su refugio natural lo abandona en el peor momento.
Muchas veces las apariencias engañan: alguien aparenta estar bien, incluso sonríe, pero basta que le preguntes por su estado de ánimo para que lo veamos suspirar profundamente, denotando que no se encuentra bien. Anhelaba con toda su alma que le preguntaran.

Ellos guardan silencio y ellas hablan
Aquí también debes de comprender el ser interior masculino y femenino. Al hombre le suele agobiar que le abrumen a preguntas, pues siente que lo quieren controlar, aunque no sea así. Cuando tiene problemas, en lugar de hablar, suele guardar silencio. Esto suele resultar incomprensible e inimaginable para la mujer, que se comporta de manera contraria. Pero funcionamos de esta manera. Posiblemente querrás ayudar de la manera en que te gustarían que lo hicieran contigo, pero no olvides que somos diferentes, te guste o no.
Antes de seguir, recuerda lo que he dicho en capítulos anteriores: suele ser la norma entre hombres y mujeres, pero no siempre es así, ya que puede darse el caso completamente opuesto, en el que haya hombres que hablan y mujeres que callan.
¿Y por qué ellas hablan y ellos no lo hacen, por lo menos en primera instancia? Porque el hombre necesita pensar y reflexionar con antelación sobre las circunstancias de sus problemas. Necesita estar a solas u ocuparse en otras actividades que le ofrezca aquello que necesita para aclararse: tiempo. Y ese espacio no debe ser invadido porque el hombre suele sentise capaz de resolver la mayoría de los asuntos por sí mismo. A veces somos como robots. Necesitamos recargar las baterías durante horas, en silencio y a solas, para luego volver a funcionar a pleno rendimiento en todos los aspectos de la vida. Es normal que la mujer se sienta insegura cuando él se va a su espacio, ya que ella actúa de manera diferente. Pero debe comprender que ella no es el problema, sino que él tiene que pensar cómo resolver el problema que se le ha planteado.
No desecha la ayuda, pero prefiere intentar solucionarlo en primera instancia de esta manera. ¿Macho pasado de moda? ¿Soberbio? No. Simplemente es un hombre dentro de su innata naturaleza. Pasado ese tiempo y preservado su espacio, contará qué le ocurre. Cuando confía en una mujer, lo hará sin duda. Esto no es un argumento para que ella no se interese desde el primer momento, pero hay que conocer los pasos y aceptarlos. Sería como decir algo así: “Sé que te ocurre algo pero que necesitas tiempo para poner tu mente en orden. Cuando quieras hablar, aquí estoy. Tienes todo mi apoyo. Te quiero”. ¿Ves que fácil?
Él se centra en escuchar una sola voz: la de su conciencia, que a su vez trata de escuchar la voz de Dios en su corazón. Si ves que en esos momentos habla con sus amigos y no contigo, es por la razón que expusimos en el apartado previo: mostrar sus preocupaciones de manera inmediata ante la mujer que ama le haría verse a sí mismo como débil. Y, como ya hemos visto, esa es la última imagen que quiere mostrar. Ellos desean transmitir seguridad. Lo necesitan para reafirmarse ante sí mismos y ante los que le rodean, aunque por dentro estén temblando. Pero no te preocupes, en su momento, volverá a ti. Y si no lo hace, deberás hablarlo.
Como ya hemos dicho, él quiere ser un héroe, tu héroe. Y esto no es un estereotipo cinematográfico, es el verdadero sentir en el corazón de un hombre. Lo contrario es sentirse en parte fracasado.
Sin embargo, como explicamos líneas atrás, la mujer “piensa y siente en alto”. Ellas lo exteriorizan hablando. Ellos lo interiorizan en silencio. Esa es la naturaleza de ambos. Un mismo origen, un distinto devenir.

Comunicación no-verbal
Posiblemente, lo que lleva más tiempo es comprender la comunicación no-verbal. La inmensa mayoría de los estudios afirman que la mayor fuente de información a la hora de comunicarnos con una persona es el lenguaje corporal, muy por encima del lenguaje hablado y el tono de voz. Las mismas palabras se pueden expresar de formas muy distintas: con alegría, ironía, crítica, felicidad, dobles intenciones, etc. Tampoco es lo mismo decir: “Cariño, ¿puedes cerrar la boca al masticar?” que “Me da asco verte comer”. La primera frase se centra en lo que no nos agrada, y es una petición muy legítima. La segunda se enfoca en la persona a la que se está menospreciando.
El error es dar por hecho que la expresividad física siempre debe ser entendida. Muchos dan por hecho que esta forma de lenguaje debe ser comprendida. Creo que es una grave equivocación, incluso en una relación de pareja. Las mujeres tienen una mayor habilidad para percibir el lenguaje no-verbal: las miradas, los gestos faciales y el lenguaje corporal en general. Esto no significa, ni mucho menos, que el hombre sea “tuerto” en este terreno. La diferencia es que en ella suele ser algo natural desde su juventud y el hombre tiene que entrenarlo porque apenas lo ha hecho o porque la sociedad le ha enseñado a reprimirlo.
Evidentemente, la mirada puede transmitir el cielo o su opuesto, el mismísimo infierno. ¿Qué caracteriza a una pareja enamorada?: la mirada entre ambos. Irradian ternura, afecto, cercanía y comprensión. Como dice en Proverbios: La luz de los ojos alegra el corazón” (Pr. 15:30).
Por el contrario, las miradas secas y gestos de desaprobación (¡ay, esos contoneos de brazos!), minan la confianza y el respeto mutuo. Como dijo John Milton: “Nosotros (hombres y mujeres) podemos convertir el infierno en paraíso y el paraíso en infierno”.
¿Por qué considero un error la idea general de que debemos convertirnos en expertos en la interpretación de signos? Porque están aquellos que lo llevan al extremo y lo toman por excusa como argumento incendiario de reproches: “¿Es que no viste mi cara? ¿Acaso mis ojos no te decían lo que yo estaba sintiendo?”. En muchos casos se puede apreciar el estado anímico de una persona por sus gestos, y con el paso del tiempo se notan incluso las microexpresiones y los pequeñísimos cambios en el estado de ánimo. Por ejemplo, los ojos casi nunca suelen engañar. La forma de andar y la postura en sí, tampoco. Y más cuando conoces verdaderamente a una persona. A mayor intimidad, más nos habla el cuerpo del otro. Creo que todos nosotros hemos percibido la tristeza en un amigo solamente observando su tono de voz. En las relaciones personales de pareja exactamente igual. Pero nada de esto son argumentos para no hablar. Por eso que de ahí a exigir que nos convirtamos en un Sherlock Holmes del lenguaje corporal, adivinando acertijos o jeroglíficos, existe un abismo. Hay una palabra que lo define todo y que no me canso de repetir: equilibrio.
Es evidente que a la hora de escuchar a otra persona, la mirada y la postura corporal juegan un papel fundamental. Así damos a entender que estamos verdaderamente interesados en lo que nos están comunicando. Pero el lenguaje no-corporal debe ser un lenguaje complementario al verbal porque NO SOMOS EMOTICONOS. Si Dios nos creó con una boca para expresar, creo que fue por algo, ¿o no? En varias ocasiones se les ha enseñado a los monos ciertos lenguajes de signos. Pero perdone usted, yo de mono no tengo nada. Así que si quieren que les entienda, tendrán que mover su boquita y emitir palabras con sentido. Ni ruidos ni diversos sonidos guturales. Igualmente, si Dios hubiera querido que nos comunicáramos en sistema Morse nos hubiera creado con un telégrafo unido al dedo índice.
Cuando hables, hazlo con claridad. Di exactamente lo que piensas y sientes. Olvídate de adivinanzas y de esas metáforas que tantas veces nos gusta emplear. Nos atrae en exceso jugar al escondite en las relaciones humanas, pero en las palabras no deberíamos ser así, esperando que el otro entienda lo que queremos decirle con indirectas.
Es un clásico el siguiente caso: “En este momento necesito que me apoye. Pero no le diré nada, porque si de verdad me quiere se tendrá que dar cuenta”. Bien hecho: acabas de poner otro pilar para levantar un castillo llamado resentimiento. ¿Qué quieres que te diga? Pues que, aparte de personajes de cómic como el profesor Xavier de los X-Men, no conozco a nadie en persona que tenga poderes telepáticos. Sin embargo, muchos demandan que les lean la mente y se enfadan en gran manera porque no les conceden una petición que ni siquiera han pronunciado con palabras.
Un niño puede ir a un kiosco a comprar chucherías. Puede estar delante del dependiente mientras se le cae la baba. Pero si no dice qué es lo que quiere, el pobre niño seguirá babeando y no conseguirá nada a cambio, aunque llore. Y muchos dirán una y otra excusa (para ellos, argumentación): “Es que me da vergüenza”, “es que me cuesta”. Señores, señoras, señoritos y señoritas, ¡que ya no somos niños! ¡Hablen!
Mira también cómo haces tus peticiones. Si ese mismo niño insulta al dueño del kiosco y le amenaza con prenderle fuego al puesto... no quiero ni imaginar qué puede ocurrir. Las exigencias no sirven de nada. Así que no esperes que tu pareja acceda a todas tus peticiones, como tú tampoco accederías a todas las suyas.
El habla y la educación lo es todo. Las expresiones faciales y corporales deben acompañar al lenguaje, no a la inversa. Así será más sencillo entender lo que nos quieren comunicar.

Ni fácil ni perfecta
¿Quién dice que la comunicación es fácil? Nadie. Pero hay muchas maneras de mejorarla. Todo se puede aprender en esta vida. Tendrán que esforzarse especialmente aquellos que en su ambiente familiar no aprendieron a manifestar sus sentimientos con naturalidad. En algunos casos, porque sus padres guardaban su corazón con llave y candado, como si el hecho de mostrar sentimientos de alegría o negativos fuera un cáncer que había que evitar. En otros, porque la manera en que los mostraban no era la más adecuada. O no sabían escuchar y preguntar por tus sentimientos. Quién mejor que tú sabe qué te ha podido suceder. Pero cuando no se recibe la educación debida, tienes el deber de reeducarte y rehacerte. Es parte de la obra del Espíritu Santo, del cual tienes que ser estrecho colaborador. Jesús nos dejó ejemplo también en la forma de comunicarse.
No siempre será perfecta e idílica, por la compleja razón de que no siempre es fácil dar a entender ciertos sentimientos. Por ejemplo: no es sencillo expresar aquello que sabes que no resultará al otro de su agrado. Y, en otras ocasiones, porque no te expresarás bien o no sabrás transmitir lo que realmente piensas y sientes. Darle forma con palabras a los sentimientos es un mundo infinito, como si en ocasiones el vocabulario fuera limitado. El mismo escritor y filósofo español Miguel de Unamuno dijo que cuando dos personas se encuentran no hay dos, sino seis personas distintas: una es como uno cree que es, otra como el otro lo ve, y otra como realmente; esto multiplicado por dos da seis. Una cosa es lo que uno dice, otra lo que el otro entiende que ha dicho y otra lo que realmente se quería decir. Por eso alguien dijo: “Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender, lo que entiendes, existen nueve posibilidades de no entenderse”[1].
Sí quieres algo, habla. Si deseas algo, habla. Si te ocurre algo, habla. Si necesitas algo, habla. Si hay algo que no te gusta de la actitud o de algunas actividades que realiza  tu pareja, habla, pero sin manipulaciones ni exigencia desmedidas. En lugar de tantas quejas por aquello que no te gusta, di qué te gustaría cambiar, o no te quejes de aquello que estás tolerando. Sea lo que sea, ¡habla! De lo contrario, en el momento menos esperado, saldrán por tu boca palabras llenas de rencor en forma de huracán. Es algo que no podrás ocultar indefinidamente.
La paz verdadera no se consigue evitando los conflictos que puedan surgir, ni pasando por alto lo que te resulta grave o te incómoda del otro. No pongas a nadie en la tesitura de tener que adivinar. Déjate de juegos de magia que no conducen a nada. Que no se haga realidad ese temor que todos tienen: el de estar cometiendo un error sin ser conscientes de ello. Sé transparente y sincero. Es la única manera de que os comprendáis. Lo contrario será una farsa. El mismo Jesús dijo que nuestro sí fuera sí y nuestro no, no (cf. Mt. 5:37). El cristiano no debe participar en ese jueguecito que dice: “Cuando digo en realidad es no, y cuando digo no en realidad es ”. Sacad de vuestra relación los dobles sentidos.
En su libro ¿Yo? ¿Obedecer a mi marido?, Elizabeth Rice Handford dice: “Ciertamente, tú puedes expresar una opinión, si te la piden”. Su idea es que la esposa únicamente podrá expresar sus pensamientos cuando el marido se la pida. Son palabras que ni mucho menos comparto. Me hieren hasta la sensibilidad. Es puro machismo inconcebiblemente pronunciado por una mujer. Tanto el hombre como la mujer, sean novios (que es el caso que nos atañe) o ya estén casados, están en su total derecho de expresar sus pensamientos siempre que lo consideren oportuno y necesario. ¿O acaso la mujer podrá opinar durante el noviazgo pero no a partir del matrimonio? ¡Absurdo!
Recuerda que la verdadera intimidad en una pareja se logra cuando ambos pueden transmitirse mutuamente tanto lo que piensan como lo que sienten, lo que les gusta como lo que no, lo que aprueban y lo que rechazan, hablando la verdad en amor (cf. Ef. 4:15), en un ambiente de respeto, en un clima de confianza, manteniendo la confidencialidad y sabiendo que lo que se hable no será usado para atacar, ni ahora ni en el futuro.

* En el siguiente enlace está el índice:
* La comunidad en facebook:
* Prosigue en: 10.7.3. ¿Sabes expresarle adecuadamente el amor a tu pareja?



[1] Párrafo compartido en Facebook por Ana María Rossi, docente, actriz, conductora del programa radial “Coincidencias”.

lunes, 10 de junio de 2019

8. ¿Cansado de vivir? El destino a punto de alcanzarnos


Venimos de aquí: ¿Morir voluntariamente es un acto de libertad? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2018/07/7-morir-voluntariamente-es-un-acto-de.html).

Ante las distintas propuestas a favor de la eutanasia, nos encontramos ante una nueva que promete revolucionar el concepto que tenemos de la vida y de la muerte. Avanzamos peligrosamente al siguiente paso de la “evolución” de la eutanasia: concluir la propia vida cuando no se disfruta de ella, sea porque se pierde “el gusto” por la misma o, en otros casos, por una severa depresión. Aunque me voy a centrar en el primer caso, quiero citar brevemente el segundo supuesto, ya el debate está encima de la mesa tras la muerte de Noa Pothoven, una adolescente de 17 años que acabó con su vida tras años de depresión causada por varias violaciones que sufrió, hechos terribles que la marcaron para siempre, provocando en ella depresión, estrés postraumático, manía persecutoria y anorexia. Como ella misma dijo en su libro autobiográfico “Ganar o aprender”: “Sigo respirando, pero no estoy viva”
Parece ser que no fue un suicidio asistido sino que la causa de su muerte fue la inanición, consentida por sus propios padres y vigilada por un equipo médico. Lo único seguro es que fue una fin que ella mismo buscó. En su último mensaje, dejó estas palabras a sus seguidores de Instagram: “Pensé por mucho tiempo si era necesario compartir esto o no, pero finalmente me decidí a hacerlo. Tal vez resultará una sorpresa para muchos, pero he estado planeándolo, pensé en este plan por mucho tiempo, y no tomé la decisión de forma impulsiva. Iré directo al grano: moriré en un máximo de 10 días. Después de haber luchado y batallado, siento que estoy agotada de todo esto”.
El nuevo planteamiento que está tomando forma es que se permita la eutanasia en casos como este, donde el dolor no sea físico sino psicológico, incluso en menores de edad o en aquellos que padecen enfermedades mentales. Reconociendo cuán espantoso tuvo que ser para Noa los abusos sexuales que sufrió y que lamentablemente apenas recibió ayuda de expertos (algo incomprensible e inhumano), si la solución que ofrecen los gobernantes de este mundo es el suicidio asistido o la eutanasia, ¡es que el mundo ha perdido completamente la cordura y se ha convertido en una sociedad enferma! Bien señala el psicólogo José Carrión (acostumbrado a tener en consulta perfiles como el de Noa) “que ´desde luego el sufrimiento psíquico puede ser de tales dimensiones como para valorar el suicidio` pero, en el caso de la joven holandesa, también matiza que ´había todavía muchas posibilidades de intervención`. ´Un dolor y otro son perfectamente equiparables, pero había herramientas para reconducir esto`, piensa”[1].

Veamos ahora el primer supuesto citado: aquellos que solicitan la eutanasía cuando ya no desean seguir viviendo porque la vida no les resulta placentera.

¿Hacia dónde evoluciona la eutanasia?
Holanda –país donde es legal la eutanasia desde el 2002- es el claro ejemplo de la siguiente fase ante la eutanasia. El Gobierno está debatiendo ampliar el “derecho a morir” a personas cansadas de vivir, aunque no estén enfermas: “La ministra de salud holandesa, Edith Schippers, y Ard van der Steur, del Partido Popular por la Libertad y la Democracia, enviaron una carta al Parlamento con la idea de que aquellos ´adultos mayores` -sin fijar edad y sin que tengan patologías graves- que consideren que su vida ya no tiene más recorrido, ´deberían poder ponerle fin de una forma digna, de acuerdo a unos criterios estrictos y cautos`. [...] Los ministros hacen referencia explícita a ´aquellas personas que se levantan cada día con la desagradable evidencia de que no han muerto durante la noche y que sólo esperan que el nuevo día sea el último`. No ligan esa sensación a ninguna enfermedad. Simplemente, al cansancio extremo de seguir adelante”[2].
En definitiva, es la misma petición que hacen los progresistas en todos los asuntos: aborto libre y, ahora, eutanasia libre. Así lo apoyan muchos, y como muestra un sencillo comentario copiado de las redes sociales que lo resume todo: “yo lo ampliaría más, a todo el que quiera morir sin dolor por las circunstancias que sean. Deberíamos eliminar el tabú contra el suicidio”. Deplorable cómo se trivializa la vida y la muerte.

Cuando el destino nos alcance 
Esta idea de la muerte elegida no es novedosa ya que se presentó en el año 1973. Lo llamativo es que no fue en ningún Parlamento ni en un Congreso de Diputados, sino en la película titulada Cuando el destino nos alcance (Soylent Green en el original), y basada a su vez en la novela ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio! escrita por Harry Harrinson en 1966.
En dicho largometraje, interpretado por el famoso Charlton Heston, se nos presenta la ciudad de Nueva York en el año 2022, habitada por más de 40 millones de habitantes. La superpoblación a nivel mundial es insostenible, principalmente porque los alimentos escasean debido a la destrucción de la naturaleza por la mano del hombre. Mientras que los ricos comen carne, mermelada y huevos, se alimenta al resto de los vivos con unas “galletas” (las Soylent Green) hechas con los restos de los difuntos tras ser procesados industrialmente, algo que es desconocido por la población, ya que ésta cree que están hechas con plancton del mar.
En ese futuro distópico –siendo esto lo que quiero resaltar-, existen unas clínicas disponibles para todos aquellos que quieren que se les practique la eutanasia, a las que se les llama El hogar. Allí acude el amigo anciano del protagonista al descubrir la verdad, añorando el pasado y cansado de la vida. En este lugar, la atención y el trato que se dispensa a los que acuden es exquisito, desde la guapa recepcionista hasta los dos sacerdotes con batas blancas (¿profético?) que acompañan al “invitado de honor” en el proceso. Antes de la muerte –cuyo método para provocarla no se muestra explícitamente- se le ofrece durante veinte minutos música a elección propia junto a imágenes hermosas de nuestro planeta antes del desastre ecológico. Así hasta que expira.
Es llamativo que algo que se presentó hace más de medio siglo como una fría, espeluznante e inimaginable ciencia ficción, se asemeje en gran manera a lo que se nos está planteando en el presente sobre la eutanasia.
Una vez más, la prensa se hace eco y le dedica grandes espacios a las historias de personas mayores que han afirman haber perdido el gusto por la vida, que no quieren ser una carga para sus hijos, y otras que viven en soledad o son viudas, y cuya solución propuesta es concederles el deseo de acabar con dicho sufrimiento emocional y psíquico. Al respecto, he leído innumerables comentarios de personas que dicen que esto es el fruto de una sociedad madura y que si no se lleva a cabo es por miedo. Estos son los “ideales” deleznables que se divulgan.
Uno de esos comentarios que me encontré en la prensa y que explican muy bien la mentalidad humanista en la que vivimos es este: “Al igual que el aborto y otros, la eutanasia está aquí para quedarse. Las leyes se basan en las costumbres, y si las costumbres, la moral y la mentalidad cambian, las leyes deben cambiar también, cuanto antes mejor”. Siguiendo la premisa que plantea dicho iluminado, en el caso de que un amplio sector de la población norteamericana le pareciera bien reinstaurar la esclavitud y en ciertos países se aceptara por costumbre la pederastia, las leyes deberían cambiar y adaptarse para complacer al rumbo que la sociedad marque. Esta manera de pensar es la consecuencia del relativismo moral en el que la sociedad está inmersa: hago lo que quiero y cuándo quiero, y si somos muchos los que pensamos así, las leyes tienen que protegernos y respaldarnos.
Este es el destino que nos está alcanzando, como indica otro pro eutanasia: “la vida cambia, los valores cambian y nuestras expectativas vitales cambian. Sin embargo se trata de la realidad, y a la larga (no tan larga en este caso) la realidad siempre gana la partida”.

Dónde se sitúa el énfasis ante la vida y la muerte: las dos caras
En todo este asunto, el énfasis se sitúa en que:

- El afectado disponga de la potestad para acabar con su propia vida cuando desee, independientemente de los motivos y circunstancias. Como señala Fernando Marín (Presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente de Madrid): “La decisión de una muerte voluntaria no debe depender de una situación de enfermedad, sino de libertad”.
- Hay que ayudarle en ese proceso, porque, de lo contrario, acabará suicidándose de alguna forma horrible.

Me cuesta la misma vida creer que una persona adulta y que escribe en un periódico serio llegue a estas conclusiones: “Aceptar el derecho a morir por cansancio supone un reconocimiento más pleno del principio de autonomía del individuo. Supone aceptar que sea él quien decida si merece la pena seguir viviendo o no”[3]. También me parece irracional que el mismo Marín diga esto: “si uno no está enfermo, tiene plenas facultades y quiere morir, ¿por qué debe hacerlo de forma clandestina o en soledad? Es mejor que se le ofrezca esa posibilidad con garantías”[4].
Son los mismos postulados que presenta, por ejemplo, la Asociación Holandesa para el Derecho a Morir (NVVE). Sin embargo, no todos comparten dicha visión, como José Antonio López Trigo, médico y presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG): “el cansancio de vivir es un término inespecífico. Suele esconder un ánimo depresivo y es muy común escuchar en consulta esta expresión. Si en ese momento todos se dejaran llevar, no quedaría nadie”[5].

El mundo loco, loco, loco soñado por Adolf Hitler
Una de las grandes comedias del siglo pasado fue la titulada El mundo está loco, loco, loco, dirigida en 1963 por Stanley Kramer. Lo que vemos hoy en día, donde el mundo está igual de loco, no es una película de humor, sino de puro terror.
Nuevamente es el ser humano el que decide quién vive y quién muere. Nuevamente, es el ser humano el que decide si una persona nace o es desechada si no es deseada. Personalmente, dichas peticiones no me extrañan viniendo de quienes proceden. Es su evolución natural. Comenzaron pidiendo el aborto en casos de malformaciones graves del feto o ante el peligro de muerte para la madre, y evolucionaron solicitando el aborto libre (con su lema “Mi cuerpo es mío, yo decido”[6]). Ahora, con la eutanasia, exactamente igual. De pedirla en casos extremos por enfermedades degenerativas e irreversibles a reclamarla libre, con argumentos como “yo no decidí venir a este mundo, así que puedo elegir cuándo marcharme”.
¿Qué dicen en las redes sociales de los que estamos en contra de ambas cuestiones?: “suelen ser los mismos que quieren quitar el aborto. Egoístas a más no poder”. Los que defendemos la vida somos los egoístas; los que están en contra de ella son los bondadosos. El mundo al revés. El estado de demencialidad en el que se encuentra este planeta no tiene límites. Una sociedad que institucionaliza el aborto libre y que quiere hacer lo mismo respecto a la eutanasia, no es una sociedad moderna, madura, avanzada y civilizada, sino inquietante e irreversiblemente enferma.
Entre los miles de comentarios que he leído, se hayan muchísimos individuos que justifican y están a favor de que se lleve a cabo la eutanasia a personas con alzehimer o con las facultades mentales trastocadas. Se aprovechan de una voluntad que no es libre por una enfermedad mental para decidir acabar con ellos.
¿Quién tuvo la misma idea? Adolf Hitler. Él habría sido feliz en nuestra sociedad. ¿Quiénes la aplicaron? Los propios médicos alemanes. Es conocido el programa Aktion 4 –autorizado por el mismo dictador en 1939-, que consistió en eutanasiar a personas señaladas como enfermos mentales, incurables, niños con taras hereditarias, con determinados grados de epilepsia y adultos improductivos. Y esto según los criterios médicos vigentes. Todas ellas, según la ideología nazi, “eran consideradas vidas indignas de ser vividas y un acto de compasión hacia el enfermo como en beneficio de la comunidad en general. [...] La propoganda hacía hincapié en que aquellas personas, además de llevar una vida indigna de vivirse, representarían una carga económica y un impedimento para el futuro de Alemania y su raza. [...] Tales recursos sanitarios (camas, personal, etc.) y los enventuales ahorros presupuestarios pudieron reocuparse o redirigirse hacia otras necesidades económicas”[7]. Es decir, por razones de Estado. Bajo este programa, las estimaciones de víctimas varían entre las setenta mil y las trescientas mil. Una barbaridad.
¿Nos suena de algo este tipo de ideas? ¡Son las mismas que hemos expuesto en todos estos artículos! ¡Las coincidencias son estremecedoras! Puro Darwinismo social: eugenesia, depuración de la especie humana, selección de los más capacitados, vidas que no son dignas de ser vividas y eutanasia.
Ya vimos en A favor y en contra de la eutanasia: dos posturas opuestas (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/05/2-favor-y-en-contra-de-la-eutanasia-dos_2.html) que en Holanda el Protocolo de Groningen permite eutanasiar a los bebés con enfermedades graves, y que en el mismo país en el 2015 la eutanasia “se aplicó a 56 pacientes con demencia o enfermedad psiquiátrica”[8]. Para minimizar el dato y quitarle la gravedad que tiene, el  profesor de Derecho de la Universidad de Ámsterdam y ponente del congreso ´Eutanasia 2016`, Johan Legemaate, dijo que es una cifra “que no es preocupante, ya que solo representa el 1% de los casos”[9]. ¿La realidad? Que en 2008 sólo hubo dos casos por trastornos psquiátricos. Es decir, hemos pasado de dos a cincuenta y seis. Nuevamente, el doctor presenta su infame argumentación sobre el porqué este cambio: se debe “a que los psiquiatras antes eran mucho más reacios. Ahora tienen más en cuenta las solicitudes de sus pacientes”[10].
Durante varias décadas, este programa fue considerado como parte de un extermino sistemático regulado desde los cuarteles militares. Se presentaban estas acciones como una de las atrocidades que cometían los nazis en los psiquiátricos, ante los cuales se oponían los familiares y afectados, que clamaban en contra de dicha disposición. En el presente sucede todo lo contrario: se regula desde alguna Comisión de Control y de Evaluación, se vende como un canto a la buena muerte por medio de fármacos –aparte claro, de la libertad del paciente para hacer lo que le plazca-, para el bien del propio individuo y de la familia, e incluso se organizan campañas para recoger firmas a favor en diversas plataformas en Internet. Visto lo visto a lo largo de la historia, ni las personas, ni los gobernantes ni los médicos pro son de fiar. El peligro es evidente.
Hoy sucede todo lo contrario: se cambia el lenguaje y se engalana como parte del buenismo del Occidente moderno. Pero seamos claros señores: dejemos de una vez los eufemismos, de inventar nuevos términos técnicos para expresar lo que es una evidencia y llamemos a las cosas por su nombre: la eutanasia activa es, ni más ni menos, un homicidio. Que países como Bélgica, Suiza, Luxemburgo, Colombia, Holanda y algunos estados de EEUU lo hayan legalizado, no quita que siga siendo un crimen de Estado. Y ayudar a una persona sana a morir porque tiene cansancio vital es, ni más ni menos que ASESINATO.
Lo dicho: el mundo está loco, loco, loco.

Continuará en Propuestas y soluciones ante la falta de ganas de vivir.