lunes, 4 de febrero de 2019

10.7.1. Aprende a expresar tus pensamientos y sentimientos a tu pareja


Venimos de aquí: ¿Hasta qué punto son importantes la diferencia de edad y la atracción física? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2018/09/1066-en-una-relacion-sentimental-hasta.html).

Hasta ahora hemos visto la base y lo que resulta básico. Doy por hecho que todo debe comenzar conociendo la “superficie” y lo “profundo” del otro, y que eso sirva para ir asentando los pilares en los cuales sustentar la relación. Pero también es fundamental ser conscientes de que hay otros aspectos y facetas que no puedes pasar por alto.

Expresando los sentimientos
¿Qué ocurre cuando comienzas a expresar tus sentimientos más íntimos? Te sientes vulnerable. En el caso de la mujer, es más propensa por su naturaleza a abrir su corazón. Le resulta más natural. Desea mostrarse en su totalidad al hombre. Dada su especial y –por norma general- encantadora sensibilidad en el área afectiva, para ella es un pilar innegociable en su vida emocional.
Sin embargo, el hombre asocia “vulnerabilidad” con “debilidad”, por lo que no suele abrirse con la misma facilidad. No quiere que crean que es débil. Es un riesgo que cuesta asumir: “Lo primero que me pareció claro fue conversar a fondo sinceramente con mi mujer sobre muchos pensamientos, recuerdos, temores, defectos de los que nunca había hablado. Me parecía [...] que perdería toda su confianza. [...] Yo le exponía mis ideas, en lo que me sentía seguro; ella me admiraba y aprobaba. Pero una cosa es hablar de nuestras ideas y otra muy distinta hablar de uno mismo. Ella dijo: ´Hasta aquí eras mi médico, mi psicólogo, mi capellán, más que mi marido`. Así, en mi deseo de ayudarla en la vida, mi desempeño profesional había venido a ocultar la personalidad del marido”[1].
Por otro lado, hay muchas personas (tanto hombres como mujeres) que se sienten heridas cuando reciben una crítica, incluso cuando son bienintencionadas y dichas con amor, porque en el pasado les hicieron daño. Si es así, es importante que la pareja hable de ello.
Por esto, a algunos hombres les resulta más sencillo abrirse con un desconocido que con alguien cercano. Cuando se muestra vulnerable/débil con su pareja, puede tener miedo a que use esa información en su contra en cualquier momento. Esa también es la explicación de el porqué al hombre le cuesta mostrarse emotivo. En ese aspecto, es ejemplarizante y hermoso la actitud que tuvo Jacob con Raquel. Se emocionó de tal manera al besarla que lloró de emoción. Todo su ser se estremeció. Hoy en día, un hecho así sería considerado como poco masculino, cuando en la realidad es todo lo opuesto. No hay nada más sano que mostrar aquello que reside en lo más profundo del alma.
La mujer debe entender todo esto y ver el porqué de las reticencias del género masculino a mostrar todo lo que hay en su ser. Lo que para ella es normal en una relación de confianza, para él no lo es tanto, especialmente al principio, donde la imagen que desea ofrecer es de fortaleza: Una especie de Tarzán que pueda proteger de todo peligro a su Jane.
Ambos deben comprender que, en la vulnerabilidad que supone mostrar lo que verdaderamente hay en ellos, es donde nacerá la verdadera y autentica complicidad. ¿Acaso no ocurre así en las amistades? Igualmente en las relaciones de pareja, donde poder mostrarse el uno al otro todo lo que son: Lo que sienten, lo que piensan, lo que creen y dejan de creer, lo que les hace felices o les duele, etc.
Esta es la única manera en la que podrán superar cualquier situación cuando surjan los conflictos. Para ello debes sentirte libre para expresar tus sentimientos. Muchas parejas se centran en llevar a cabo multitud de actividades, pero se olvidan (o no quieren) abrirse totalmente. Casi nunca exponen sus sentimientos. Reprimen su esencia. De nuevo el origen de todo es el miedo a mostrarse tal cual, por ese pánico al rechazo que muchos llevan cargando de por vida a sus espaldas.
Así que, visto lo visto, tienes que preguntarte: ¿Puedo expresar mis pensamientos y sentimientos? Si al abrir tu corazón, la otra persona se centra en tus defectos o en lo que no le gusta de ti, y muestra rechazo, será una pista inconfundible sobre los verdaderos sentimientos. Si al manifestar estas emociones (sean positivas o negativas), te rechazan, manifiestan indiferencia, te señalan con acidez, te juzgan, humillan o menosprecian, y una larga lista (ni mencionar ya la agresividad física o verbal), está bien claro lo que debes hacer: ¡¡Huir de esa relación!! El respeto no se exige, te lo tienen que ofrecer sin más. O te lo dan o no te lo dan. O la persona es respetuosa o no lo es.

La comunicación
Para poder expresar los sentimientos es fundamental la comunicación, “asignatura” de la cual nunca nos han dado clases. La falta de comunicación, y con ello la falta de la manifestación de los sentimientos, conduce en muchas ocasiones a los resentimientos. Todo lo que se reprime trae esa consecuencia. Por eso tantos problemas, que se podrían haber solucionado de manera relativamente fácil si se hubieran comunicado en su momento, con el paso del tiempo se convirtieron en autenticas bombas de relojería que explotaron tal cual bomba atómica destruyendo todo a su paso.
¿Qué es lo primero que hacemos los seres humanos cuando queremos “castigar” a alguien?: Le retiramos el habla y guardamos silencio[2]. La aparente indiferencia. Una falsa apariencia de fortaleza. Dejamos de comunicarnos. Pocas armas son tan efectivas. En una relación de pareja, la incomunicación es un castigo cruel que no conduce a nada, excepto a la disolución. Aun así, miles de matrimonios conviven bajo el mismo techo donde la comunicación brilla por su ausencia. Muertos en vida. Todo debido a los silencios que cada vez se hicieron más prolongados en el tiempo.
Si los sentimientos negativos no se expresan, automáticamente bloquean los positivos. Ambas emociones son incompatibles. Es muy diferente comenzar una discusión donde cada uno defienda su posición a capa y espada tratando de imponer su postura, a iniciar una conversación donde ambos expresan sus puntos de vista y de forma paulatina se llegan a acuerdos. No se trata de eludir las posibles desavenencias, sino de enfrentarlas de la mejor manera posible. El objetivo primero y último de toda discusión debe ser llegar a una solución consensuada, y para ello hay que ponerse en la piel del otro. En definitiva, tener empatía. Pablo dijo que el amor todo lo cree. Si creéis el uno en el otro, bajo este manto de amor podréis encontrar caminos que os unan, incluso cuando disintáis. Recuerda que tu pareja no es tu enemigo sino tu mejor amigo y, aun así, alguien que piensa de manera diferente a la tuya en determinados asuntos. Y hay que respetar estas opiniones dispares. Si no lo haces, le estarás diciendo que tampoco le respetas a él. Y si experimenta esa emoción negativa sentirá que no le amas.
En la comunicación entra un factor fundamental: Saber escuchar. Y con eso no me refiero a entender gramaticalmente las palabras que se están pronunciando, sino a las ideas que esas palabras quieren transmitir. Grábate eso a fuego: Si la persona emisora no se siente comprendida en sus sentimientos, de nada servirá el resto. Para ello es necesario el respeto y el afecto mutuo.

La expresión de los sentimientos negativos
Existe otro tipo de “comunicación”: Aquella que solamente incluye reproches, críticas, mandatos o actitudes manipuladoras. Desde señalar con el dedo cada vez que el otro comete un error, hasta su disgusto por los asuntos menores. Pocas cosas molestan más a los adultos que los corrijan como si fuera sus padres quienes lo hicieran (eres su pareja y no su padre), que les digan cómo tienen que hacer las cosas y cómo deben correguir aspectos que ni ellos mismos consideran errores. Ni hablemos ya cuando encima se plantea como exigencia. Sí, puede que decida cambiar aspectos por ti, pero el cómo lo digas y en qué temas te inmiscuyas influirá mucho en su forma de aceptarlo. Recuerda: Nadie puede ni debe intentar cambiar la esencia de una persona. Esto es obra exclusiva de Dios. Debes de aprender qué puedes cambiar del otro y qué no.
El problema suele surgir cuando se manifiestan los sentimientos negativos. El emisor suele expresarlos usando palabras acusatorias, añadiéndole un tono de voz más propio de una “posesión demoniaca” (modo ironía-on) que de una persona. El receptor, como es lógico, no lo recibe con agrado. ¿Resultado?: Rechaza esos sentimientos y el otro no se siente comprendido. La cuerda se tensa por ambas partes al convertirse en un círculo vicioso: ninguno de los dos se siente amado y ambos se encierran en sí mismos. De ahí esa reflexión irónica de Woody Allen, que explicó la razón por la cual los hombres casados viven mas años: “¡Eso dicen las estadisticas! Y está claro por qué. Porque cuando sufres el ataque al corazón discutiendo con tu mujer, ella está allí para llamar a la ambulancia”[3].
En las siguientes conversaciones, los sentimientos estarán a flor de piel. Ante esta situación, pregunto: Si no se puede expresar las desilusiones y frustraciones ante la persona que tienes delante (lo cual es parte de la relación), ¿ante quién lo vas a hacer? Ahora bien, lo que se expresa y el cómo se hace juega un papel determinante. Aquel que manifiesta sus sentimientos negativos, si desea recibir comprensión y empatía, deberá mostrarse de la misma manera. Una cosa es ser honrado, y otra gritar a pleno pulmón, esperando luego a cambio aceptación y comprensión, cuando sabemos que la palabra áspera hace subir el furor (cf. Pr. 15:1). No puedes mostrar una doble cara, una ante los hermanos en Cristo y otra a solas con tu compañero sentimental: “Con ella (la lengua) bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Stg. 3:9-10).
Los miembros que conforman una pareja están literalmente cansados de que usen con ellos un tono de voz despectivo y áspero, cansados de malas caras y de que salten a la mínima y, sin embargo, conserven la paciencia ante los demás. Por eso, como dice la Escritura: Mejor es morar en tierra desierta que con la mujer rencillosa e iracunda” (Pr. 21:19). Igual de aplicable al hombre. Es algo que hay que corregir porque afecta en gran medida a la salud emocional de la pareja.
Se suele recomendar que, en caso de que se esté emocionalmente muy alterado o contrariado por algún suceso en concreto, y ante la más que posible incapacidad de guardar las formas sin causar un gran destrozo (del cual solo quedará la culpa y la necesidad de pedir perdón a posteriori), lo mejor es batirse en retirada hasta que se haya recobrado la tranquilidad, el buen juicio y la mente fría, sin necesidad de reproches y expresiones incendiarias. Hay que aplicar las palabras de Pablo, quien muestra cuál debe ser la actitud entre los creyentes, y eso incluye a la pareja: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29). Las palabras pueden destruir sin remedio el amor y acabar con una relación sentimental por las heridas tan profundas que provocan. Por eso es conveniente llegar a un acuerdo previo y mutuo, que incluya llevar a cabo esta retirada hasta que los ánimos se hayan calmado y la emotividad dé lugar al juicio objetivo donde podáis edificaros el uno al otro. También es aconsejable posponer una conversación seria cuando uno de los dos está enfermo, muy cansado o en medio de un gran estrés.

El perdón
Creo que todos somos conscientes de que no somos perfectos. Y eso significa que cometemos errores, lo que incluye que pecamos. Por eso Eclesiastés 7:20 dice que “no hay nadie tan justo que haga el bien y nunca peque”.
Una palabra fuera de lugar o una mirada hiriente son ejemplos que crean tensión dentro de una pareja. En muchas ocasiones ocurrirá sin premeditación, debido a un mal día en el trabajo o simplemente a causa del agotamiento físico. Aun así, creo que dos personas maduras no se harán daño intencionadamente (y mucho menos de forma malintencionada) porque el amor no hace nada indebido (cf. 1 Co. 13:5). Y, si lo hacen, el dolor que ellos mismos sentirán al haber provocado tal daño a la persona que aman les martirizará hasta que expresen de corazón sus disculpas por lo acontecido.
Es muy usual que, al principio de la relación, todo se perdone o se pase por alto. Pero, con el transcurrir del tiempo, sucede lo contrario: cualquier signo de contradicción que difiera con la propia manera de pensar es tomado a la tremenda, como si fuera una afrenta personal. Ambos deben aprender a no tomarse cada situación de conflicto como si fuera el fin del mundo, sabiendo que en toda relación humana siempre hay discrepancias. También deben entender cómo ciertas actitudes pueden lastimar al otro. Es aquí donde no cabe el orgullo y entra la necesidad de perdonar. En unas ocasiones serás tú quien falle y en otras tu pareja. Esto no significa que haya que pasarlo todo por alto, aunque en ocasiones lo más conveniente será hacerlo, puesto que no tendrá mayor importancia o serán asuntos sin relevancia: “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa” (Pr. 19:11). Sé sabio: “El necio da rienda suelta a toda su ira, mas el sabio al fin la sosiega” (Pr. 29:11).
Jamás se debe guardar rencor. En primer lugar, porque es un mandamiento de Dios. Segundo, por la propia salud espiritual y emocional. Y tercero, por el bien de la relación. El infractor deberá arrepentirse con humildad y sinceridad de lo que haya podido hacer, reconociendo su error y aceptándolo. Si tiene que restituir algo tendrá que hacerlo. Así ambos podrán seguir el curso de la relación con normalidad. Cuando esto suceda, saldrán fortalecidos y más unidos. Cuando te pidan disculpas, a menos que sean falsas y motivadas una y otra vez por el mismo asunto (lo cual le desacredita), créelas, porque el amor todo lo cree (cf. 1 Co. 13:7).
Es imprescindible cerrar el asunto una vez que se ha tratado. De lo contrario, el resentimiento seguirá latente y en la próxima discusión saldrá a relucir, cuando nuevamente Pablo nos señala que el amor no guarda rencor (cf. 1 Co. 13:5). Hay personas que guardan en su corazón todo el mal del pasado y cada cierto tiempo lo echan en cara. Nunca se les puede llevar la contraria, continuamente están disgustadas y parece que disfrutan discutiendo por todo. Tener por pareja a alguien así es insoportable. Por eso mejor es vivir en un rincón del terrado que con mujer rencillosa en casa espaciosa” (Pr. 21:9). Es como tener continuamente un cuchillo sobre la garganta: vives con la tensión de no saber cuándo te cortarán el cuello.
Hay otras personas que saltan a la mínima y te fulminan con la mirada o te castigan con su silencio. De nuevo la Palabra de Dios nos habla al respecto si somos nosotros los que actuamos de tal manera: “El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad” (Pr. 14:29).
Por todo esto, podemos comprender la razón por la cual la Escritura enseña a no dejar que el sol se ponga sobre nuestro enojo (cf. Ef. 4:26). No recuerdo exactamente cuántos años llevaban casados, pero apareció en televisión una pareja asiática que era la más longeva del mundo. Cuando les preguntaron cuál era el secreto para mantenerse unidos tantas décadas, dijeron: “Aunque nos peleemos durante el día, nunca nos vamos a dormir sin haber hecho antes las paces”. Ni que decir que ambos ancianitos se besaron tiernamente ante las cámaras.

* En el siguiente enlace está el índice:
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* Prosigue en: Enamorado de un verdadero creyente. ¿Sabes escuchar y comunicarte con tu pareja? ¿Te comunicas de forma no-verbal?



[1] Tournier, Paul. De la soledad a la comunidad. Clie. P. 43.
[2] Aunque es evidente en que hay muchas ocasiones en que el silencio es sinónimo de paz y de estar disfrutando del simple hecho de tener cerca a la pareja.
[3] Entrevista publicada en La Vanguardia 16-12-98. http://www.megustaleer.com/libros/sexo-sabio/P886590/fragmento/

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