jueves, 26 de septiembre de 2013

No soy religioso, ni católico, ni protestante: Simplemente cristiano



¿Mr. Bean? ¿Qué hace Mr. Bean aquí? Sencillo: viene a reflejar de una forma un tanto cómica las caras que suelo ver cuando le comparto a alguien mis creencias: esperpento, seriedad, incredulidad, mutismo, asombro, risa nerviosa, etc. Unos han cambiado de tema a la mínima oportunidad; otros no han querido saber nada ni han mostrado el más mínimo interés; un grupo ha escuchado por educación y respeto a mi persona; otros han preferido alejarse por vergüenza a lo que podrían pensar los demás si lo escuchan teniendo esa conversación; y, finalmente, ese pequeño sector que realmente ha querido saber, dando lugar a una interesante diálogo. Cuando digo: “Yo soy cristiano”, los comentarios suelen ser sumamente variados. He escuchado decenas de veces frases como: “Tú estás loco” (dicho con ironía y arte “andalú”), “Ufff.., no sabía que fueras tan religioso”, “A ti te han lavado el cerebro”, “¿Qué estás en una secta?”, “¿Tú que lees la Biblia? ¡No me lo puedo creer!”. Al principio me dejaban completamente descolocado y sin saber muy bien qué decir porque no daban ocasión a una respuesta seria. Incluso a veces me herían. Ahora las acepto con total naturalidad porque hace mucho tiempo comprendí que todas estas expresiones están llenas de prejuicios, la mayoría sin mala intención. Aunque también es cierto que me he encontrado con individuos de una bajeza moral inclasificable y que me han hecho pasar un mal rato. Pero también sé que Jesús ya experimentó todo esto y mucho más, así que no tengo de qué sorprenderme.
A todos estas personas (si por casualidad alguno anda por estos lugares ahora o en el futuro, o si ya no estoy en este mundo como para hablar con ellos cara a cara), les quiero explicar en qué creo si me dedican unos minutos, y así no pondrán más caras al estilo Mr. Bean. Otro día contaré cómo llegué a tener esas creencias desde principios de Junio de 2000.
¿Por qué el título No soy religioso, ni católico, ni protestante: Simplemente cristiano? La respuesta es clara:

1.- No soy religioso porque, parafraseando las palabras de un autor, la religión es el esfuerzo del hombre por tratar de llegar a Dios por medio de sus buenas obras, y el cristianismo es el esfuerzo de Dios por tratar de llegar al hombre por medio de Jesucristo. Religión y cristianismo son completamente opuestos.
2.- Tampoco soy católico romano porque, dicho con todos mis respetos y sin ánimo de ofender, es una religión con algunos elementos cristianos pero con otros muchos que directamente contradicen las Escrituras, lo cual es extremadamente fácil de comprobar por cualquiera que se moleste en hacerlo.
3.- Y no soy protestante porque quienes protestaron fueron algunos príncipes alemanes cuando se intentó prohibir la libertad religiosa. Eso ocurrió en el siglo XVI. Evidentemente, yo no estuve allí. 

Estos suelen ser los mayores prejuicios a los que me suelo enfrentar y que me gustaría que entendieras para que eliminaras de tu mente esa imagen semi-caricaturesca que tienes de los verdaderos cristianos. Como consecuencia de todos estos “no”, me considero cristiano, sin más, es decir, “seguidor de Cristo”. Aunque fallo día sí y día también, trato de vivir según sus enseñanzas puesto que creo que Él es Dios y que responde a todas las preguntas que el ser humano se hace: “¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?”.
Aparte, el cristiano verdadero cree en otras cuestiones básicas: La Trinidad (Un único Dios en tres “personas”: Padre, Hijo, Espíritu Santo); la Encarnación de Cristo, que fue concebido por el Espíritu Santo de María virgen, su muerte y resurrección de entre los muertos y su futura segunda venida para establecer su Reino por la eternidad. Ahora bien: ¿Creer todo esto te convierte en cristiano? Sí y no. Podemos creerlo “intelectualmente”, pero con nuestra vida demostrar que es una mera coletilla. Es como esa persona que dice que es seguidor del Real Madrid y luego te cuenta que el color de la camiseta que viste ese equipo es azulgrana, su estadio se llama Nou Camp y su mejor jugador es Messi. O te está engañando o no sabe nada del Madrid.
Lo que nos hace o no cristianos es un paso. ¿Qué paso? Lo explicaré de la forma más sencilla posible: Todos nosotros, a veces queriendo y otras sin querer, hacemos cosas malas a lo largo de nuestra vida. Podemos alegar que también hacemos cosas buenas y es verdad. Y la inmensa mayoría de nosotros no ha asesinado a nadie ni ha cometido ninguna atrocidad. Pero quien diga que nunca ha mentido, que nunca le ha hablado mal a alguien, que nunca ha pensado mal de una persona, que siempre ha hecho el bien, que nunca ha criticado injustamente, que nunca ha dañado con sus palabras, que nunca ha deseado lo que no le pertenece, entre otras muchas cosas, miente o se engaña a sí mismo. A esos “errores” la Biblia los llama “pecados”, que significa ni más ni menos que “errar el blanco”.
Dios ha establecido unas normas (La Ley, porque para eso es Soberano) y nosotros, como humanos imperfectos, “erramos el blanco” en muchas ocasiones y no cumplimos lo que Él dicta. Si hiciéramos un simple cálculo matemático dando por hecho que al día “erramos” una sola vez (y lo hacemos mucho más), nos sale que en una persona que viva 80 años peca 29.200 veces. ¿Consecuencias?: No hay justo, ni aun uno [...] Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios [...] la paga del pecado es muerte” (Romanos 3:23; 6:23a). Y esa muerte es la condenación eterna. Aunque redujéramos/resumiéramos toda la Ley como hizo Jesús a dos mandamientos principales (“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, Mateo 22:37-39), no creo que nadie sea capaz de decir que cumple esos dos mandamientos en todo momento y en todo lugar.
Es evidente que no todas nuestras acciones son negativas. Pero, por muchas cosas buenas y grandes que hagamos (algo que casi todos hacemos a lo largo de la vida), Dios no tomará una balanza cuando estemos en Su presencia para ver qué pesa más, si lo bueno que hemos hecho o lo malo. No es su manera de actuar. Dios es santo y no permite que nadie con un solo pecado esté delante de Él. Pero, por puro amor, Dios mismo diseñó un plan para revertir esa situación. Él mismo se hizo hombre y decidió pagar por nuestros pecados al morir en la cruz en lugar de nosotros. Allí todos los pecados de la humanidad (los tuyos y los míos) fueron “volcados” sobre Jesucristo. Él pagó el precio de nuestra salvación. Allí, la deuda que teníamos quedó cancelada para siempre (Colosenses 2:14) y se nos regaló la salvación eterna (Romanos 6:23b). ESE ES EL SIGNIFICADO Y EL PROPÓSITO DE LA MUERTE DE CRISTO EN LA CRUZ y que tantos desconocen. Este es el mensaje que Jesús le dijo a los apóstoles que predicaran. Este es el Evangelio, las Buenas Nuevas, el regalo de Dios (Marcos 16:15).
Y ahora, ¿qué paso debo llevar a cabo para apropiarme de este regalo? Aceptarlo con las manos abiertas. Es como si alguien te ofrece un cheque de miles de euros. Te lo entrega, pero si no quieres cobrarlo el dinero seguirá en el depósito del banco. ¿Y cómo lo acepto? ¿Cómo doy ese paso que marca un antes y un después? En un momento de inflexión, al igual que las palabras que se pronuncian en los votos matrimoniales y  que determinan que una pareja ya está casada, puedes decir con tus propias palabras (lo importante es la sinceridad y la honestidad, sabiendo que Dios te escucha): “Señor, soy pecador y he vivido de espaldas a ti. Creo que moriste en la cruz por mí y que resucitaste para regalarme la vida eterna. Me vuelvo a ti y a partir de ahora te pido que seas el dueño de mi vida”. ESE ES EL PASO QUE DETERMINA SI UNA PERSONA ES CRISTIANA O NO. En consecuencia, tienes el regalo de la vida eterna. Ni rituales ni religión de ningún tipo.
Desde ese instante, ante los ojos de Dios, ya eres considerado perfecto, aunque ante ti y los demás no lo seas. Por eso Pablo llama “santos” a los cristianos, a todos los cristianos que han dado ese paso, y no como hoy en día, que se cree que un santo es aquel que hay llevado una vida casi perfecta y ha hecho milagros después de muerto.
A partir de ahí, si lo has hecho de corazón, tu vida cambiará. Es una consecuencia natural. Desearás saber más y más del Dios que te ha salvado; Él te hablará por medio de su Palabra a tu mente y a tu corazón (experimentar algo así es increíble y nadie te lo puede explicar hasta que lo vivas por ti mismo); Querrás agradarle en todo lo que esté en tu mano en gratitud a lo que ha hecho por ti; Le hablarás a Él como vas a tu mejor amigo para abrirle tu corazón, con tus miedos, alegrías y tristezas; Tu mente irá cambiando a medida que conozcas sus promesas que te proporcionarán paz en las tormentas de la vida; Tus valores serán transformados; Y descansarás sabiendo que Él te perdonará y te levantará siempre que “yerres el blanco” cuando le pidas perdón. Así de grande es Dios: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Lo que acabo de exponerte es lo más grande que se puede enseñar. En ti está ser “simplemente cristiano”.



miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cadena de favores: Marcando la diferencia




¿Todo consiste en cambiarnos a nosotros mismos? ¿El único paso más que podemos dar es ayudar en la medida de nuestras posibilidades a los más desfavorecidos del planeta? Ambos temas los tratamos cuando analizamos Elysium y vimos todo lo que podemos hacer. Pero, aun así, hay algo más que está en nuestra mano. Algo más cotidiano. No tan llamativo a los ojos ajenos, pero igual de importante y que está a nuestro alrededor.
En la entrañable película Cadena de favores (Pay It Forward en inglés), Eugene Simonet (Kevin Spacey), el profesor de asuntos sociales, plantea a su clase un trabajo de fin de curso: “Pensar una idea que cambie nuestro mundo y ponerla en práctica”. La mejor idea es planteada por Trevor (Haley Joel Osment), un chico de 11 años.


“Éste soy yo, y estas son tres personas a las que voy a ayudar. Pero tiene que ser algo importante, algo que no puedan hacer por si mismos. Así que yo lo haré por ellos y ellos harán lo mismo por otras 3 personas más. Ya son 9 y si ayudo a 3 más ya son 27”.
Si la idea se llevara a cabo el mundo sería radicalmente diferente a lo que es. De ahí que resulte casi una utopía. Aquí la cuestión no consiste en que la cadena siga su curso. No depende de nosotros que así sea. Si le hacemos un favor a alguien, esto no significa que esa persona vaya a su vez a hacerle otro favor a otra ni que pague el bien con bien. Pero la idea general es clara: AYUDAR de alguna manera y hacer FAVORES de algún tipo, sean grandes o pequeños. Y para eso no tenemos obligatoriamente que regalarle nuestro coche a un desconocido como hace uno de los personajes de la película, o hacer de “casamentero” como hace Trevor, y ni mucho menos comprarle bebida como su madre con la abuela alcohólica.
El Nuevo Testamento rebosa de ideas práctica de cómo podemos ayudar. Sin duda alguna, el mayor regalo que le podemos hacer a alguien es predicarle el Evangelio, explicándole la razón verdadera de la muerte de Cristo (algo que la inmensa mayoría desconoce). Como cada persona, cada vida y cada circunstancia es diferente, hay mil maneras de arrimar el hombro y de llevar a la práctica la esencia de la idea de Trevor. Puede ser desde felicitar a alguien por un trabajo bien hecho pasando por ese matrimonio que involucra en su vida a un soltero solitario. Eso es ser gentil y hospitalario (cf. Filipenses 4:5; Ro. 12:13).
¿Más ejemplos? Ayudar a personas con problemas emocionales, sentimentales, físicos y espirituales (cf. Gálatas 6:2); visitando a los enfermos y a las viudas de tu familia (cf. Santiago 1:27); Levantando al que ha caído en pecado (cf. Gálatas 6:1); Alentando al desanimado y sosteniendo al débil (cf. 1 Tesalonicenses 5:14); Colaborando en casa con tus padres (es una manera más de honrar a tu padre y a tu madre, cf. Efesios 6:2); etc.
Recuerda los círculos de Trevor. Ahora solo tiene que ponerles nombres y apellidos (no hace falta que sean de amigos), y ver qué puedes hacer con esas personas. Puede ser algo tan “simple” pero profundo como escuchar a alguien que está pasando por un duelo por la muerte de un ser querido o por algún tipo de ruptura. Todo se resume en las palabras de Jesús: “Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lucas 6:31). Así se cumple toda la ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (cf. Mateo. 22:37-40).
Es cierto que Dios ha preparado las obras de antemano para que andemos en ellas (cf. Efesios 2:10), y que, por lo tanto, podemos estar tranquilos en esa certeza. Eso sí, nuestra actitud no debe ser pasiva y quedarnos de brazos cruzados, sino que debemos tomar la iniciativa: ser proactivos. Como dijo John Wesley: “Haz todo el bien que puedas; por todos los medios que puedas; de todas las maneras que puedas; en todos los lugares que puedas; tantas veces como puedas; a todas las personas que puedas, por todo el tiempo que puedas”. Todo esto y más es realmente “adorar en espíritu y en verdad” (cf. Juan 4:23-24). La lista en sí no es un programa legalista que haya que cumplir, ni se hace para llamar la atención sobre uno mismo (eso es lamentable), sino un estilo de vida como forma de expresar nuestra gratitud por lo que hizo Cristo por nosotros en la cruz. Esa debe ser la razón principal por la cual queramos ser mejores personas.
Ayudar no tiene que significar únicamente dar o hacer algo. Sencillamente puede ser “marcar la diferencia”. Por ejemplo, bendiciendo al que te maldice (cf. Mateo 5:44). ¿Cómo?: No guardando rencor al que, humanamente hablando, lo merece. No menospreciando al que te menosprecia. No gritando al que te grita. El propósito final no es que el otro cambie. Eso está fuera de tu control (por eso especifica Pablo que vivamos en paz con todo el mundo “si es posible, en cuanto dependa de vosotros” (cf. Romanos 12:18), sino de hacer lo correcto: eso es amar al enemigo. ¿Por qué hay cosas que está fuera de tu mano? Usando el caso de los gritos: que tú grites no significa que la otra parte vaya a cambiar por tu reacción, pero si estarás marcando la diferencia. El libro de Proverbios dice que “la blanda respuesta quita la ira” (15:1a). Muchos interpretan erróneamente este y otros textos parecidos. Este es un principio ético, una pauta a seguir (que nuestra respuesta sea blanda/suave ante la ira), pero no es un absoluto que se vaya a cumplir en todas las ocasiones. Y seguro que puedes recordar más de un caso. Por eso todo consiste en devolver bien a pesar del mal que te hayan hecho.
Por otro lado, tienes que tener una idea clara para no caer en el desánimo: No todo el mundo querrá recibir tu ayuda. Incluso puede ser hasta perjudicial para la propia salud en algún caso (que se lo digan a Trevor en la ficción y a Cristo en la realidad). El profesor Eugene Simonet tenía un trauma: su padre borracho le arrojó gasolina y le quemó parte del cuerpo y de la cara cuando tenía 16 años. Hasta que no aceptó la ayuda no sanó su alma.
Por esto recordemos que no todos serán como el ciego Bartimeo que gritó desaforadamente hasta que consiguió la atención del Maestro (cf. Lucas 18: 38-39). A muchos no les interesará lo más mínimo lo que tengas que decir. Otros no mostrarán ningún deseo en escuchar en qué crees, o les entrará por un oído y les saldrá por el otro. Algunos incluso se burlarán. Pero todo esto ya le pasó a Jesús. En ese aspecto, como en otros muchos, Él nos dejó ejemplo (cf. 1 Pedro 2:21). Puede que ni te den las gracias. Trevor, tras invitar a un vagabundo a desayunar cereales, ante el enfado de su madre le dice: “He hecho algo bueno y tú no te das cuenta”. Otros solo contarán tus errores y no el bien que hayas podido hacer. Jesús sanó a diez leprosos y solo uno fue agradecido; el resto desapareció y nunca más se supo de ellos (cf. Lucas 17:11-19). Pocos fueron los que mostraron un interés genuino en su persona. Por citar a dos de ellos: Nicodemo (cf. Juan 3) y un escriba (cf. Marcos 12:28-34). Un grupo bastante reducido.
En definitiva, no se puede ayudar al que no quiere o no se deja. Si un incrédulo quiere seguir siéndolo, es su decisión. Si un cristiano se aparta y no quiere saber nada de Dios tras tus palabras, no puedes hacer nada. Depende de él. Es el camino que ha elegido seguir. De igual manera que no se puede ayudar al que quiere seguir creyendo una mentira doctrinal porque tiene miedo a descubrir la verdad y el cambio que esto le supondría.  
Si todo esto le pasó a Él que era perfecto, ¡cuánto más a nosotros que fallamos cada día! Así que no busques la palmadita en el hombro porque te frustrarás. Para poder llevar esto a cabo sin que te afecte las reacciones ajenas, debes tener asimilado estas palabras:  
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Colosenses 3:23-24).
Y nada más. Aquí concluyo esta serie de artículos donde tomé como punto de partida la película Elysium y que he terminado con Cadena de favores. Ya está todo dicho. No depende de mí que hagas algo sobre esto o aquello, sino de ti. ¿Recuerdas el lema del blog?: “Que nadie piense por ti, ni las personas que te rodean ni la sociedad que te envuelve. Hazlo por ti mismo”. Ahora te toca a ti reflexionar y actuar en consecuencia. Te dejo con este video. Aunque el mundo no sea así, pon tu granito de arena para mejorarlo. ¡Que lo disfrutes!