lunes, 28 de diciembre de 2015

El misterio necesario



Uno de los últimos libros que he leído en estas semanas ha sido este que reseño y recomiendo: “El misterio necesario”. El escritor es mi amigo Salvador Menéndez, que ya cuenta con otras dos obras: La esencia del cristianismo y El eco de su nombre, ambas publicadas por la editorial española Logos.
Independientemente de su contenido –del que hablaré a continuación-, siempre me ha sorprendido gratamente la exquisita prosa con la que se expresa el joven autor, más propia de los autores clásicos que de los contemporáneos. A los que nos gusta la buena literatura y, especialmente, bien escrita, este es un punto a su favor que hay que  resaltar sobremanera. Libros hay miles. Libros de temas repetitivos todavía hay más. Pero encontrar entre todos ellos personas que no se limiten a ofrecer información sino que sepan expresarla de manera atemporal es muy difícil. Diría que son excepciones, y Salvador pertenece a este selecto grupo. Y no lo digo porque sea mi amigo, sino porque es lo que se encontrará cualquiera lector que se acerque a sus escritos.
¿De qué trata El misterio necesario? De la doctrina más grande, esencial, compleja y profunda que se le ha revelado al ser humano: “Dios es uno, pero siempre ha existido en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo” (pág. 44). A partir de ahí, y siendo ésta la enseñanza que encontramos en el conjunto de toda la Escritura (tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento), detalla dos aspectos claves y aparentemente contradictorios: la unidad de Dios dentro de su pluralidad, una supuesta paradoja que al escudriñar los pasajes bíblicos queda claramente expuesta y cobra sentido. Tengamos presente que el término como tal que no se encuentra en la Biblia pero se emplea para abarcar el concepto plural de Dios.
Junto a esto, se detiene a analizar aquellos pasajes que muestran la plena divinidad del Hijo de Dios, Jesucristo, el cual “posee la gloria, la majestad, la dignidad y el poder, que son propios de Dios” (pág. 62).
A los ojos de la plena revelación divina, negar alguna de estas verdades es tan grave que acarrea la condenación eterna.
También es llamativo el apartado dedicado a la explicación de algunos textos que pueden confundir cuando se toman de forma aislada y que es un error muy habitual en el que caen los malos exégetas y aquellos que están llenos de prejuicios. El autor hace un recorrido histórico por las diversas herejías que se han dado sobre la Trinidad, donde encuentra su apogeo el arrianismo (siglo IV) por sus implicaciones en el tiempo presente, ya que de ella beben directamente los mal llamados testigos de Jehová (puesto que no son sus verdaderos representates): “Como la Trinidad parece contradecir nuestra lógica, entonces, en vez de aceptarla por fe como misterio, la negamos. Este razonamiento conlleva un serio peligro: el hombre determina quién es Dios. Si lo que dice la Biblia acerca de Dios no cuadra con nuestros presupuestos filosóficos, entonces lo rechazamos, ya sea interpretando la Biblia a nuestro antojo o ignorando las partes de ella que no nos gustan a la vez que resaltamos las que nos agradan. La desobediencia del hombre a la totalidad de la Palabra de Dios, o la parcialidad de este a la totalidad de la enseñanza bíblica, es el abono de la herejía” (pág. 44-45).
Los cristianos tienen el deber de conocer en profundidad esta doctrina básica para crecer en el conocimiento de Dios y, sin duda alguna, tener la sabiduría necesaria para poder explicarla a todo aquel que nos demande razón de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1 Pedro 3:15). No todos saben hacerlo, de ahí la importancia del conocimiento bíblico.
En definitiva, este es un libro ameno que va directamente al grano y resulta asequible para cualquier mente, siendo sumamente enriquecedor para todo el que se quiera zambullir en él. Si es tu caso, en el momento en el que asimiles el conjunto de ideas que se transmiten en el manuscrito, una vez más se harán realidad en tu vida las palabras de Jesús: conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Dejemos que Dios nos diga quién es Él y no tratemos de encasillarlo en nuestras propias ideas que no alcanzan a vislumbrar tal grandeza.
Todo esto y más es lo que encontrarás en El misterio necesario.

Para terminar, dejo el índice para que os hagáis una idea más detallada del contenido, y algunas de las maneras en que podéis adquirirlo tanto en papel como en ebook para el que prefiera este medio.

Prefacio

1. Introducción a la doctrina de la Trinidad
La dificultad de la Trinidad
La importancia de la Trinidad
Definición de la doctrina
Aclaración sobre el texto de 1 Juan 5:7

2. Resumen histórico del desarrollo de la doctrina de la Trinidad
Nota adicional sobre la verdad doctrinal

3. Pruebas de la unidad de Dios en la Biblia
La unidad de Dios en el Antiguo Testamento
La unidad de Dios en el Nuevo Testamento

4. Pruebas de la pluralidad de Dios en la Biblia
La pluralidad de Dios en el Antiguo Testamento
La pluralidad de Dios en el Nuevo Testamento

5. Aplicaciones prácticas de la doctrina de la Trinidad

Bibliografía.

*Entre otras librerías, está disponible en:

-Amazon: 
-Todostuslibros.com:
-El Mundo:

martes, 15 de diciembre de 2015

7.8. L@s cristian@s ante el bikini y otras cuestiones




Nadie se puede imaginar cuánto he dudado sobre si abordar o no este asunto concreto porque sé que es entrar en terreno pantanoso, pero finalmente he decidido plantear el debate antes que omitirlo, que sería lo sencillo. Me expongo a que me lapiden verbalmente por expresar mi opinión. Así que, por si acaso, me he comprado un kit de supervivencia, que consiste en un chaleco antibalas, una réplica del escudo del Capitán América, un paracaídas y un libro titulado Sobrevivir en una isla desierta (para el caso de que me exilien). Aparte, he dejado escrito mi testamento... Usando diversos apuntes irónicos y cómicos, comencemos.
No es que yo me escandalice fácilmente como algunos pueden llegar a pensar, ni mis palabras son fruto de un arrebato incendiario. Tampoco pretendo hacer una teología del bikini, pero voy a exponer las conclusiones a las que he llegado a estas alturas de mi vida desde una óptica y ética cristiana. Mi deseo es volver a provocar la reflexión profunda como ya hice con la ropa. Antes de desechar alguno de las argumentaciones y alternativas que propongo, medítalas tranquilamente. Puede que estés de acuerdo en algunas cosas y en otras no, pero recuerda que los “no” tendrás que razonarlos bíblicamente.

¿Qúe cubre y qué función tiene?
El bikini fue inventado en el ya lejano 1946 por el francés Louis Reard[1]. Esta prenda no es ni más ni menos que ropa interior femenina pero de una tela diferente, más o menos sexy que ésta y supuestamente menos transparente, específica para el baño en lugares públicos, donde ambas cubren prácticamente la misma cantidad de piel de la anatomía femenina; a saber: la zona púbica e íntima, 3/5 del pecho y, hablando fino, 3/4 partes de las partes bajas de la nalgas (los llamados cachetes). Y esto siendo generosos, porque muchas veces cubre menos, aunque en ocasiones –las que menos-, cubre algo más. Basta con ver la fotografía que encabeza estas líneas para ver la evolución que ha sufrido en las últimas décadas. Lo llamativo es que nada de esto se considera ya desnudez. Recuerdo a una chica que, cuando iba a la playa con amigos de ambos sexos y se quería bañar, en el trayecto hacia el agua iba con una pequeña tabla de surf tapándose sus “posaderas”. ¿Por qué? ¿Acaso iba desnuda? Ni mucho menos. Pero sabía que, al andar, esta prenda de baño, al ser tan ajustada, tiende a encogerse, y dejaba al descubierto pequeñas zonas que, por norma general, no se muestran en público. Por eso se tapaba por detrás hasta que el agua la cubría.
En su día, los franceses consideraron este invento un sinónimo de libertad y el feminismo como un gran triunfo, que fue recibido por los hombres con suma estupefación al principio y como una alegría inesperada para la vista después. ¡Qué precio más alto ha tenido que pagar la mujer por esa libertad y esa victoria, principalmente la pérdida del pudor! ¡La de ansiedades, dolores de cabeza, culto al cuerpo, complejos y situaciones comprometidas que se evitarían muchas si esta prenda no hubiera sido inventada a mitad del siglo XX!
¿Cuál es una –entre varias- de las consecuencias? Que la noche de boda quedará muy poco nuevo por mostrar; prácticamente estará todo visto. Lo que únicamente debería ver el marido, habrá sido contemplado durante años por multitud de hombres. Repitiéndome respecto al apartado anterior: hay ciertos encantos personales que son parte del regalo exclusivo que se ofrecen el esposo y la esposa dentro del matrimonio. Recordemos que la visualización de los cuerpos que se describen en el Cantar de los Cantares es para el matrimonio, ni antes ni fuera de él.
Inherentemente de por sí el cuerpo no tiene nada de malo –ninguna parte- ni tenemos que avergonzarnos de él. Tampoco debe considerársele como algo pecaminoso (como señalaban erróneamente los gnósticos y algunos filósofos de la antigüedad), ya que Dios mismo lo creó. Así que mis planteamientos no van por ahí. La base principal sobre la que se sostienen mis argumentos es el que ya he citado: la idea de que la contemplación del cuerpo de la persona del sexo opuesto es un regalo único que se ofrece en el matrimonio. En definitiva, a una única persona; no como si fuera una “posesión-celosa” (puesto que eso caería en la categoría del maltrato psicológico y físico) sino con libertad bajo el parámetro de la exclusividad. Cuando se asimila esto, cambia nuestra percepción sobre el tema de la ropa, sea el bikini o cualquier otra prenda de vestir. Por eso pienso que, de la misma manera que abrimos nuestro corazón únicamente a personas muy cercanas e íntimas, deberíamos hacer lo mismo con nuestro cuerpo.
Con la idea que he expuesto, por favor, esfuérzate en leer cada párrafo desde esa perpectiva. ¿Idealista por mi parte? Posiblemente, pero me gusta serlo, y aunque quizá para esta generación de cristianos sea tarde y se encuentren con serias dificultades para enseñar a otros lo que ellos mismos no han hecho, deseo que parte de los futuros creyentes que hoy están en la infancia lleguen a tener en el futuro unos valores sobre el pudor más radiantes que los que se manifiestan en la sociedad presente.

Cuando la sociedad pierde la integridad y el sentido del pudor
Seamos totalmente claros: en el presente, la mujer (el hombre también) ha ido perdiendo progresivamente el sentido del pudor (un pudor sano), llevándose al extremo con prácticas como el topless y el uso del tanga delante de todo el mundo. O la última moda: los mini-shorts (por llamarlos de alguna manera) que dejan al descubierto casi la mitad del pompis.
Hace unos meses llevé a mi sobrino a ese paraíso llamado Burker King. Era pleno verano, así que la cola era kilométrica. En la primera fila había una chica que no superaba los 14 ó 15 años (por lo tanto, ya formadita) y llevaba ese tipo de pantaloncito. Como suelo hacer para contemplar la reacción de los demás, miré disimuladamente a los ojos de las personas que me rodeaban: puedo asegurar que casi nadie estaba mirando el menú de las hamburguesas, sino a la jovencita, y no precisamente su rostro. Incluso las mujeres la miraban, no sé si sorprendidas o qué. Hubiera estado completamente fuera de lugar, y a saber qué me hubiera dicho ella y su madre que la acompañaba (eso me sorprendió más), pero me habría encantado preguntarle cuál era la razón exacta para llevar esa prenda. Sé que era agosto y hacía calor, pero...
Cuando le he preguntado a otras mujeres maduras sobre qué lleva a una chica a vestir de esa manera desde tan temprana edad, me han contestado que ya suelen ser conscientes del poder sexual que tienen entre manos y lo usan para atraer miradas y deseos.
Está claro que ser discreto y reservado ya no está de moda. Es algo que se comprueba especialmente en las nuevas generaciones. Basta con ver los tipos de baile de los videoclips (donde todo el mundo pone morritos y caras de estreñimiento), llenos de sensualidad, puramente provocativos, y cuyos movimientos luego se reproducen en gimnasios, discotecas y pubs nocturnos. No estoy diciendo –¿oh sí?- que tengamos que hacer el payaso como en el famoso baile de Carlton Banks en El Príncipe de Bel Air[2], pero ¡con la de bailes hermosos y divertidos que existen y se pueden hacer sin necesidad de caer en la vulgaridad! Por citar un ejemplo de uno magnífico: la coreografía que se marca Emma Watson (más conocida por interpretar a Hermione en Harry Potter) con su compañero de pista en el ensayo del rodaje de la película Las ventajas de ser un marginado (https://www.youtube.com/watch?v=Q67h0NKas68)[3], mientras suena la clásica “Dexy's Midnight Runners - Come On Eileen”.
Al igual que esos incalificables mini-bañadores de hombres, o el hecho de que los chicos lleven ridículamente bajados los pantalones (dejando a nuestra desdichada vista los calzoncillos), cualquier prenda que deja al descubierto buena parte de la anatomía femenina y la exhibe ante cualquier hombre, es únicamente una consecuencia más de la moda de la sociedad que hemos aceptado en las últimas décadas. Podríamos añadir las microfaldas (que ya no son ni mini puesto que se llevan prácticamente a la altura del cinturón), los mini-short, los mini-top y demás prendas cuyos nombres prefiero ignorar o directamente se escapan a mis conocimientos. En definitiva, todos los Minions posibles, y que se usan con fines muy concretos cuando se sale de fiesta: ligar, seducir, llamar la atención sobre uno mismo con ciertas intenciones, lucimiento sin más o a saber qué: “andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza (Ef. 4:17-19). Es lo que sucede cuando se pierde la vergüenza.
Todo esto es fruto de la “educación” y la “cultura” que se promueve e inculca desde los medios de comunicación en general (Internet, prensa, televisión, etc.), que sacan a relucir lo peor de la naturaleza caída humana y que las personas llevan décadas absorbiendo como esponjas. Así hasta llegar a los niveles de inmoralidad que observamos hoy en día en todo el planeta. Basta con ver como ejemplo dos famosas series de televisión, Médico de Familia (1995-1999) y Aquí no hay quien viva (2003-2006), para comprobar cómo en pocos años cambió la moralidad, la ética, el lenguaje, las actitudes, etc. Podríamos decir que, quizá, ambas eran extremistas y mostraban de formas exageradas lo bueno y lo malo, pero no olvidemos que a edades muy tempranas los jóvenes no tienen la madurez ni la formación suficiente como para distinguir una cosa de la otra, y que lo que ven se convierte en modelo de imitación. Al final, con el paso del tiempo, una vez que se ha asimilado y puesto en práctica tales enseñanzas, los medios se limitan a reflejar las conductas sociales consecuentes y generalizadas (retroalimentándose mutuamente): relaciones sexuales entre adolescentes, promiscuidad, lenguaje vulgar y obsceno, abuso del alcohol, adicción a la pornografía, consumo de drogas, embarazos no deseados, abortos, etc. Hemos pasado de la represión y de tener un concepto sucio del sexo a la cultura del destape y el libertinaje, ambos extremos negativos y desequilibrados.
A lo “malo” se le dice “bueno” y a las “tinieblas” “luz” (cf. Is. 5:20), y a los que denunciamos estos tipos de depravaciones se nos llama retrógrados o fanáticos religiosos. Curiosamente, los que nos dedican estos piropos son los mismos que luego se escandizan de la situación del mundo desde que hay memoria de él, y creen que todo se solucionará algún día con nuevos líderes, grandes medidas políticas y fascinantes hallazgos científicos. Todos ellos olvidan que el problema principal del ser humano reside en nuestro interior, y que únicamente Cristo y su sacrificio en la cruz tienen el remedio para dicho mal.
Que esto suceda en una sociedad donde Dios ha sido dejado de lado es algo normal. Entendiendo Iglesia como el conjunto de personas redimidas cuando se reúnen (ese es el concepto bíblico) y no al edificio, templo, local o lugar de reunión (concepto errado del término que emplea el católicismo romano y parte del protestantismo), el problema reside cuando algunas de estas prácticas citadas u otras se normalizan, integran e institucionalizan en la Iglesia para, según algunos, adaptarse a los nuevos tiempos y ofrecer una imagen de modernidad. Como dije en un taller que trataba el porqué de la situación actual de la llamada cristiandad: “La carne y el pecado han entrado en la Iglesia”. Paulatina, silenciosa e inconscientemente, nuestras conciencias se han sido insensibilizando. Los adultos no se han dado cuenta (incluso los cristianos maduros) y los jóvenes ni lo saben (por lo que no sienten que haya nada malo). Pero que nos hayamos acostumbrado a algo y que nos parezca incluso “normal” no significa que sea lo ideal, lo mejor o lo adecuado. Tengamos en cuenta una vez más que la conciencia no debe regirse tanto por nuestros propios pensamientos, sino por lo que dicta los principios bíblicos. Nuestros pensamientos deben almordarse a ellos y no al revés.

Diversas actitudes ante el bikini
Sé que para muchísimas mujeres el bikini es sencillamente un cómodo traje de baño, y se sitúan con otras amigas en zonas apartadas para evitar miradas ajenas, o lo usan únicamente en piscinas de su propiedad. Siguiendo esta línea de pensamiento, y con los matices que expondré unas líneas más adelante, en esos lugares y siendo prudentes, su uso, en mi opinión, puede ser defendible.
El problema reside en que para otras muchas tiene un propósito diferente: el puro lucimiento personal. Mujeres que, en lugar de centrarse en cultivar un carácter cristiano con los valores de Dios, se vuelcan casi exclusivamente en el físico, la estética y la moda. En estos casos, a menos que genéticamente sean privilegiadas, el bikini viene a ser una manera más de exponer lo que han logrado a lo largo del año a base de deporte y dieta; por norma general, sudando a rabiar en un gimnasio y pasando hambre (¡Con lo maravilloso que es disfrutar de la comida!). Finalmente, caen en el pecado de las hijas de Sion, que “se ensoberbecen, y andan con cuello erguido y con ojos desvergonzados; cuando andan van danzando, y haciendo son con los pies” (Is. 3:16), sea en la playa o fuera de ella con minifaldas, escotazos y demás. Mientras mejor tipo poseen, más enseñan. Vuelven a vender la imagen de que valen lo que aparentan, cayendo en la pura vanidad, porque buscan lucirse y ser el foco de atención de los hombres que puedan contemplarlas. Luego se sienten ofendidas con ellos, a menos claro que el chico sea guapo y les interese; entonces les encanta y se sienten especiales. En ese caso, puede que muestren una sonrisa falsamente tímida o alguna mirada cómplice y picarona. Por el contrario, si es feo el que mira piensan “que es un cochino” y se muestran asqueadas.
Lo sepan o no, los hombres nos damos perfectamente cuenta de la imagen que están vendiendo con este tipo de actitudes. Lo que quizá pasen por alto es que, aunque las respeten (porque a toda mujer hay que respetarla, vista como vista), los hombres que se precien de serlo y que poseen un carácter maduro –no los babosos-, y que ven estos intentos de lucimiento, no tienen un buen concepto de ellas. Piensan que son superficiales, y las equiparan con las mujeres que solo ven en televisión programas del corazón y que no les interesa lo más mínimo la cultura. En el hombre, el equivalente sería el típico que va de Macho King, pavoneándose con su tableta de abdominales que reluce en su físico hercúleo como si fuera un pavo real, mientras gruñe en su interior con voz cómica pero de ogro al estilo supervillano: “Miradme pequeñas criaturas, y contemplad la perfección, jo, jo, jo”. Este tipo de hombres y mujeres anidan en el mundo como los Barbie y los Ken: personas superficiales que si les quitas la belleza física, junto a sus historias amorosas y dramas sentimentales, se quedan en nada.

Algunas preguntas
En una ocasión, le planteé el tema a una chica de esta manera: 

- “¿Irías por la calle en ropa interior?”.
- “No”.
- “¿Entonces porqué vas en bikini por la playa que cubre la misma cantidad de tu cuerpo?”.
- (palabra no reproducible). ¡Es verdad! ¡Nunca lo había pensado!”.

Es cierto que la playa es diferente, en el sentido de que todo el mundo viste igual y que desde pequeños muchos se han acostumbrado a ir de esta manera como algo natural, por lo que no les resulta extraño ni incómodo. Ese suele ser el argumento para defender su uso. Pero tengamos en cuenta que no es lo mismo la infancia que la vida adulta. Por eso quiero plantear una serie de preguntas: 

1. Aunque la tela del bikini es menos delicada y sexy que la ropa interior o la lencería, ¿por qué la mujer al usar esta prenda de baño deja al descubierto partes de su cuerpo que nunca mostraría en ningún otro lugar?
2. ¿Por qué un hombre que no es tu esposo debería ver el 90% de tu cuerpo desnudo?
3. ¿Te sentirías cómoda si un hombre te observara por la ventana de tu casa?  Entonces, ¿porqué no habrías de sentirte incómoda si sabes que sucede lo mismo en la playa, donde vas con mucha menos ropa que en casa?
4. Si en el presente, tu futura esposa (que todavía no conoces) tiene a otro hombre por novio, ¿te gustaría que él la viera con tan poca ropa? ¿No te gustaría ser tú el primero y el último? Si tú eres ella, ¿no te gustaría que fuera tu futuro esposo el primero y el último que te viera? ¿No sería para los dos también más especial y romántico?
5. Si se pusiera de moda que todas las mujeres fueran por la calle en braguitas y sujetador, ¿se convertiría en una moda aceptable para las cristianas?
6. ¿Te sientes cómoda sabiendo que los hombres miran a tu madre, y los chicos jóvenes a tu hermana o hija adolescente cuando van en bikini?
7. Si tuvieras novio o esposo, aunque fuera un hombre íntegro, ¿te gustaría que una mujer, aunque fuera tu amiga, estuviera cerca de él en bikini?
8. Si estuvieras casada y le dijeras a tu esposo que te llevara a un lugar lleno de mujeres en bikini que se pasearan continuamente por delante de vosotros, ¿crees que tendrías derecho a quejarte si él mirase? ¿Por qué tendrías que exponerlo a buena parte de la desnudez de otras? ¿No sabes que si cada vez que pasa una mujer así (aunque él no albergara ningún deseo carnal en su interior) tiene que enterrar su cabeza debajo de la arena, ponerse vizco o doblar el cuello para no ver absolutamente nada, terminará con un tremendo dolor de cabeza y una tortícolis brutal?

¿Entonces es correcto usarlo o no?
Lo que aquí estoy planteando no es una lista de prohibiciones o legalismos, sino un reenfoque de la realidad y de las actitudes.  
Como ya he dicho, es evidente de que no todas las mujeres tienen las mismas intenciones. Hay muchas que, aunque estén rodeadas de desconocidos en la playa, no son altivas ni tienen el propósito de lucirse, ni están pendientes de si las miran o no. Sencillamente, van a pasar un buen día de playa y a disfrutar del mar y el sol. Cada mujer en su foro interno sabe qué propósito tiene al respecto. Por eso no todo es blanco o negro. Dejando a un lado a los que van por la vida como esa canción que dice hay qué guapa soy, qué tipo tengo, que lo usan por puro exhibicionismo y para presumir de mira qué tipazo tengo (que lo primero que necesitan es un corazón regenerado por Dios), hay un punto intermedio, que es donde yo me quiero situar y no quedarme en la simplicidad de una respuesta de o no. Por eso me dirijo a la mujer cristiana madura del tipo no-altiva que va a la playa a pasarlo bien, sin más.
Para explicar mi idea al respecto, usaré un ejemplo que creo será bastante claro: hay personas que viven solas y van en ropa interior por su casa o que duermen desnudas. Llámalo comodidad, costumbre o como quieras, pero por sí mismo no hay nada de malo en ello. Ahora bien, si vienen invitados a casa, ya es otro cantar. No creo que anden por casa de esa manera ni que duerman la siesta a vista de todos como vinieron al mundo, en cueros. Mi opinión sobre el bikini sigue el mismo patrón de razonamiento. Teniendo en cuenta todo lo que hemos visto (tanto en este apartado como los anteriores), deberíamos centrarnos en: 

1. “Alternativas”
Como el plan no consiste en cubrirse con burkas o con la alfombra de Aladdin, ¿no existe la posibilidad de que se busquen alternativas a esta prenda minimalista? Nuevamente, es ahí donde pongo el énfasis. ¿Y qué alternativas? Si nos parece ridícula la ropa interior antigua y nos reímos al verla no es realmente por lo mucho que tapaba, sino por la estética. Quizá es ahí donde habría que trabajar: una prenda para bañarse, decente, pudorosa, y con la cual, a la vez, la mujer se sienta cómoda. Basta con ver un catálogo de los centros comerciales para comprobar que la moda actual no ofrece alternativas, y puesto que no soy modista ni entiendo del tema, lo dejo en las manos y en la imaginación de las mujeres. ¿Qué le parece raro a la sociedad que las cristianas decidan no ir medio desnudas? ¿Y qué? Hagan lo que hagan los demás, bien nos dejó dicho Pablo: “No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo” (Ro. 12:2; NTV).

2. “Ante quiénes”
Como ya vimos en Cómo sienten la sexualidad hombres y mujeres, el hecho de que el hombre contemple un cuerpo femenino no tiene necesariamente que significar un problema de lujuria, sino que la belleza no puede dejar de apreciarse, y más el hombre que es un género predominantemente visual que disfruta de la belleza. Además, como ya apunté ahí mismo, “no hay nada más hermoso que una mujer. Sin duda lo más hermoso de la creación. Ni las estrellas, ni la Luna, ni el mar ni cuentos. La mujer”. La belleza masculina palidece ante la femenina.
Entonces, ¿ante quiénes mostrarse con tal prenda de baño? Pues a pesar de que esto irá en contra del pensamiento general (o, al menos, el que más he escuchado hasta el día de hoy) lo diré. Aunque no quiero promover una especie de apartheid y segregar a mujeres por un lado y a hombres por otro, sí creo que es necesario marcar ciertas pautas: a menos que se encuentre una alternativa al bikini y éste se quiera seguir usando, creo que únicamente se debería mostrar ante el esposo, hijos, amigas y personas del mismo sexo. Si se encuentra una alternativa que esté a la altura de las circunstancias, entonces no vería problema en que se estuviera delante de otras personas. 
No creo que el argumento de “la libertad en Cristo” de los creyentes sea válido para este tema ni creo que esta libertad permita vestir de dicha manera ante un hombre, puesto que la licencia entre los cristianos tiene un límite (que analizamos en ¿Cómo debe vestir una mujer cristiana?). Citando nuevamente parte de las palabras de David Hormachea: “Dios no culpa a la mujer por los pecados de los hombres, pero la culpa por su descuido y falta de pudor ya que no sólo tienta al hombre, sino que también lo lleva a cometer pecado. Nosotros debemos ser parte de la solución, no de los problemas. Ninguna mujer es culpable de que un hombre se sienta infatuado y excitado al verla, pues nadie se excita a la primera mirada, sino cuando continuamos mirando. Es el hombre el culpable de seguir mirando y dando rienda suelta a su imaginación la que lo lleva al camino de la tentación. Pero también debo decir que la mujer que dice amar a Dios y la pureza, pero que le gusta vestirse sensual y atractiva, debe saber que es culpable de la provocación que produce un cuerpo en el que se exalta la sensualidad”[4].
¿Por qué tendría un hombre que estar cerca de una mujer (aunque sea hablando en la playa con una amiga), mostrando ella buena parte de sus pechos, sus nalgas, sus caderas y sus muslos en todo su apogeo, y más cuando el bikini se moja y ya no se diferencia la prenda de la piel y lo marca prácticamente todo? ¿Acaso ella iría al cine con su amigo dejando al descubierto todas esas partes de su cuerpo y con la camiseta mojada? Creo que no, ¿verdad? Ya vimos que el problema no es la mirada en sí, sino la mirada que codicia. Ahora bien: aunque tu amigo no sea débil en la fe (sino todo lo contrario), te respete y no tenga ningún problema de pureza, ten presente que, aunque te mire directamente a los ojos sin pestañear y esté completamente sumergido en una conversación contigo, la visión periférica que todo ser humano posee le hará ver ese 90% de tu cuerpo desnudo, y todo eso sin que tenga pretensiones de ningún tipo y sin necesidad de mirar con el rabillo del ojo. Así que lo vuelvo a repetir: ¿Por qué debería verte así si no es tu esposo?
Por otro lado, aunque no haya ninguna intención por tu parte, tampoco tiene ningún sentido que se suban a las redes sociales ese tipo de fotos personales (los selfies que se hacen algunas mujeres parecen portadas del Playboy) ni que las vean otros hombres. Además, nunca se sabe en manos de quiénes va a caer, aunque se crea que únicamente las ven las amistades.

3. “¿En qué lugares?” “Dónde sí” y “dónde no”: Algunas respuestas para hombres y mujeres
Con lo que he explicado, parece difícil que una mujer pueda ir a la playa, a la piscina, a un río o a un  lago. Pero si lo has leído con atención verás que no es así. Basta con tener un poco de discernimiento y ver dónde ir y con quién. Al igual que cuando te vas a la ducha cierras la puerta, en este caso es buscar y encontrar zonas lejos de las miradas ajenas. ¡Hay lugares de todos los perfiles!
Respetando a todo el mundo, al igual que no me entra en la cabeza que haya hombres y mujeres que se pasen horas y horas, día tras día, tumbados al sol sin hacer mucho más durante los meses veraniegos, con el único fin de ponerse morenicos y estar más guapos/lucir piel brillante (achicharrándose las primeras veces y acabando con la piel enrojecida, que muestran orgullosos a sus amigos como si fuera una prueba que han superado heroicamente), tampoco entiendo que haya personas que disfruten yendo a una playa masificada, donde si te despistas un poco te atraviesan el pecho con el palo de la sombrilla. Aunque para gustos los colores, a mí me resulta completamente estresante.
¿Qué hago entonces en verano si quiero refrescarme y relajarme? Los que me conocen saben que hace años que no voy a la playa por la simple razón de que nunca me ha entusiasmado. Así que muy de vez en cuando voy a una piscina comunitaria donde vive mi hermana, a veces solo y otras con mis sobrinos, principalmente al mediodía, porque lo que busco es tranquilidad, y a esas horas apenas hay nadie, y suelen ser preadolescentes o niños muy pequeños que viven en la urbanización. Mezclo ratos de lectura con chapuzones. Pura paz. Los fines de semana ni se me ocurre pasarme por allí por varias razones: porque hay más personas por metro cuadrado que en la cola del paro; porque el agua está más caliente que un volcán; y porque tampoco tengo que ir mostrando mi cuerpo ante otras mujeres, aun sabiendo que ellas miran de manera diferente. Aunque me he centrado principalmente en la mujer al ser ellas las que suelen llevar esta prenda tan minimalista, los principios que he expuesto son igualmente válidos y aplicables para el hombre. ¿Que hasta hace unos años iba a lugares donde sí había amigas y desconocidas en bikini? Sí, pero es parte del pasado, antes de detenerme a estudiar este tema.
Es cierto que hay momentos puntuales en que hay dos o tres madres con sus hijos pequeños, y como puedes imaginar ellas van en bikini. ¿Qué hago? En mi caso personal, aunque suene cómico, cuento con una ventaja llamada miopía. Uso gafas ya que de lejos no veo todo lo bien que me gustaría. Sin gafas, a partir de los tres o cuatro metros, veo menos que un gato de escayola. Todo se difumina. Así que uso este “defecto visual” en mi favor, ya que no me llevo las gafas. Que nadie piense que me vuelvo ciego, que voy chocándome contra las paredes o que me tiro de cabeza donde no hay agua, pero sí es cierto que las formas y las curvas no las percibo, por lo que no tengo que preocuparme del tema.
¿Y los hombres que no tienen deficiencias visuales? ¿Y si ese fuera mi caso? Todo esto parece muy complicado, pero nada más lejos de la realidad; simplemente es una rutina. Vuelvo nuevamente a indicar que hay que tener discernimiento y sabiduría para saber dónde ir, con quién y a qué no exponerse. Y en el caso concreto del varón, ya expliqué claramente en apartados anteriores que el problema principal reside principalmente en la mirada que codicia y en lo que hay en el corazón. Si tienes dudas al respecto, vuelve a releer todo lo anterior. Incluso en el caso de que no tuviera ningún problema de pureza, me repito: el hombre no debería estar en compañía de mujeres en bikini que no son su esposa, y la mujer debería dejar la contemplación de buena parte de su cuerpo para su esposo como un regalo.
¿Y si los creyentes no cambian sus costumbres y todo sigue igual en los tres aspectos que he señalado? Amig@, recuerda que esto es algo entre Dios y tú, y no depende de lo que hagan o dejen de hacer los que te rodean. Es algo que aprendí hace mucho tiempo.

Algunas conclusiones sobre la ropa
Antes de tachar de machista y mojigato a los que exponemos abiertamente el tema de la vestimenta femenina en general, alguna hermana debería reflexionar y cambiar en este asunto, aunque eso suponga no ir tan espectacular a algunos eventos ni exponerse en la vida real y en la redes sociales de la manera en que alguna lo hace con esos llamativos canalillos. Es un área del corazón que debe rendir a Dios. No tanto por los demás, ni por lo que piensen o dejen de pensar los hombres, sino por ella misma. Todo consiste en cambiar el enfoque: debe gozarse al saber que está guardando la contemplación de su cuerpo exclusivamente para su futuro esposo, como un regalo que ella le ofrece a él y a nadie más.
Pregúntate también cuál es tu propósito al vestir de determinada manera. El argumento que se suele usar para contrarestar las ideas de este apartado y el anterior es que Dios mira el corazón. Y sí, es cierto. Pero, al igual que de la abundancia del corazón habla la boca, la manera de vestir revela mucho de lo que hay en él: “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 P. 3:3-4).
Que cada mujer cristiana se ponga en la piel de los hombres para ayudarlos. Si te ves a ti misma tirando de la minifalda hacia abajo o vigilando continuamente el estado y la posición de tu blusa (se vaya a escapar algo), tendrás que replantearte estas cuestiones. Los hombres ya tienen suficientes luchas con su propia naturaleza caída, los deseos de la carne, las ofertas pecaminosas de la sociedad, y la manera en que se exponen y exhiben las mujeres que no conocen a Dios, como para encontrarse también la tentación dentro del cuerpo de Cristo.
Todo esto incluye a las mujeres casadas. El hecho de que ya no estén disponibles no significa que sean invisibles para el resto o que tengan un derecho ilimitado a mostrarse como quieran. Que reserven sus encantos para sus maridos. El resto de los mortales quedan excluidos.

A modo de colofón
Vivimos en una sociedad hipersexualizada donde a la mujer se la usa como un trozo de carne para vender productos (desde un coche hasta un yoghourt) y animar a los hombres (stripper, go-go, cheerleader, modelos de Victoria`s Secret, presentadoras de televisión, etc).
Personalmente, ver a una mujer delgada marcando costillas y huesos me provoca rechazo. No me gusta nada en absoluto. La cuestión es que eso se promueve como el prototipo perfecto. La sociedad occidental le concede una importancia suprema al cuerpo y a la silueta, donde las modelos suelen ser extremadamente delgadas, siendo éste el ideal supremo, fomentando directamente la obsesión por la imagen e indirectamente la anorexia, en la que muchas caen en mayor o en menor medida. Tenemos también el éxito de la cirujía plástica (implantes de mamas, liposucciones, botox, etc.) y de los centros de estética con sus miles de productos para la piel, el cabello, las pestallas y todas las partes imaginables del cuerpo. Tampoco es una mera casualidad la extensa red de gimnasios que hay en todo el mundo con infinidad de actividades. Como más de una vez he dicho, cuidarse de una manera u otra es necesario para la salud, y el deporte es sanísimo y muy divertido. Pero cuando todo esto se convierte en un medio para basar ahí nuestra estima propia y que la vida gire en torno a estas cuestiones, se convierte en un verdadero problema, incluso de salud mental y emocional, cuando no de egolatría. Tienes que recordar que tu valor no depende de tu físico, de la talla de tus pechos, de tu peso, del contorno de tus muslos, del brillo de tu cabello, del número de arrugas, de la longitud de tus pestañas, de tu índice de grasa corporal o de cuán estirada esté tu piel. Toma conciencia de que nuestros valores éticos están siendo influenciados día sí y día también por la corriente de este mundo, pero que los principios cristianos son inalterables y eternos (cf. Ro. 12:2). Conócelos para moverte por ellos y no por lo que otros te quieran vender. Para que no seas esclava de la tiranía de esta sociedad, asimila los conceptos que hemos desarrollado. ¡Mayor será tu libertad

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8.1. ¡VIVE! Disfrutando sanamente
http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/01/81-vive-disfrutando-sanamente.html



[1] Aunque “el bikini tiene su origen alrededor de unos 2.000 años, según atestiguan los mosaicos decorados con imágenes de mujeres en vestido de dos piezas encontradas en la Villa romana del Casale en la localidad de Piazza Armerina en Sicilia (Italia)”. https://es.wikipedia.org/wiki/Bikini
[3] Aquí la versión que se ve en el film https://www.youtube.com/watch?v=rJmzrYyppkc
[4] Hormachea, David. El adulterio: ¿Qué hago? Nelson. Pág. 46-47.
[5] En el capítulo Enamorado de un verdadero creyente habrá un apartado donde hablaré de cómo debe proteger el hombre a la mujer en lo concerniente al plano emocional y sexual, aunque sea algo mutuo.