lunes, 27 de agosto de 2018

A medio segundo de ser atropellado y ¿morir?


Dicen que, cuando uno está a punto de morir, toda la vida pasa por delante de sus ojos: el día del décimo cumpleaños, el recuerdo del primer beso (en la mejilla), el primer amor, aquel momento especial con los amigos, las noches de diversión, el instante en que se ganó la competición deportiva, hechos concretos de felicidad con los hijos y la familia, y un largo etcétera.
En mi caso, no vi absolutamente nada y si hubiera visto algo de lo citado me habría quedado sin ese medio segundo para reaccionar, el cual me evitó ser atropellado por un coche completamente lanzado contra mí. Era la madrugada del 10 de agosto, sobre las 3 de la madrugada. Estaba trabajando en el puerto de mi ciudad a unos cincuenta metros del embarque. Un coche rojo deportivo iba a más de 80 km por hora en una recta larga, cuando, sin venir a cuento y justo cuando estaba a mi altura, se dio cuenta de que su barco era otro y cambió de dirección completamente, así que giró y se dirigió de frente justo donde yo estaba, a menos de 4 metros. No me lo podía creer.
En las películas de Hong Kong, el protagonista siempre corre hacia el coche, salta con una pierna sobre el capó y da una voltereta para caer de pie tal cual Bruce Lee sobre el piso como una especie de superhombre. Como no soy experto en artes marciales ni estoy loco, no intenté semejante hazaña: cuando tenía practicamente encima al kamikaze, salté con todas mis fuerzas de forma lateral para esquivarlo, como saltan los gatos al asustarse. Cuando mis piernas tocaron nuevamente el asfalto, mis manos se apoyaron con un golpe brusco sobre el coche del conductor, que frenó casi en seco, lo que muestra que el vehículo quedó a milímetros de mi cuerpo. Medio segundo más y no lo cuento. Me aparté bruscamente mientras él me decía en una mezcla de acento árabe-andaluz: “Tio, tio, que no te he visto. Perdona, ha sido sin querer, no te he visto. ¿Estás bien, estás bien?”, frase que repitió en varias ocasiones y, a pesar de que yo llevaba puesto un chaleco reflectante que se ve a muchos metros de distancia, insistía en no haberme visto. Todavía impactado, solo acerté a decirle: “¡Vaya tela, con lo grande que es el puerto!”, que estaba bien y que siguiera su camino.
Instantes después de la experiencia, los mismos músculos de las piernas que se flexionaron y tensaron para saltar, eran un “flan”, y el susto me duró un par de días. Aunque en ese puesto de trabajo he tenido varios altercados en todos estos años, ninguno tan “terminal” como este. Y, que recuerde, en otras circunstancias y lugares, ha sido la cuarta vez a lo largo de mi vida que la muerte ha estado bien cerca de mi camino.
Si en el título he puesto la palabra “morir” entre signos de interrogación, es porque las consecuencias de lo que podría haber pasado nadie lo sabe, solo Dios. Podría haber fallecido en el acto o haber quedado gravemente herido. O quién sabe, quizá el coche se habría partido por la mitad al chocar contra los poderes kryptonianos que alberga mi cuerpo...

Todo esto me hizo ver –o recordar- de forma muy intensa que nunca sabemos cuándo nuestra mortalidad humana llegará a su fin, y me hizo reflexionar sobre esta cuestión, que ahora quiero compartir contigo, hayas pasado por una experiencia semejante o no.

Nuestra propia mortalidad e inmortalidad
¿En qué estaba yo pensando segundos antes de librarme? En las ganas que tenía que acabara aquella noche dado que el volumen de trabajo era enorme y estaba muy cansado. Aparte de alguna conversación liviana con los compañeros de trabajo, estaba tan exhausto que no me planteaba nada más ni la mente daba para pensamientos profundos, solo el deseo de llegar a casa para dormir y doblar la cama por la mitad. Ahora bien, la muerte es un tema que no me preocupaba en absoluto, puesto que es un tema que resolví hace muchos años, como líneas más adelante explicaré.
Antes de seguir, sé tú quien se pregunte en qué sueles pensar por norma general en otros momentos, y cómo pasas el tiempo y los días. Casi con total seguridad, pensando y haciendo cosas para el hoy y el mañana cercano:

- Con quién saldrás a cenar esta noche.
- Qué próxima películas verás en el cine.
- Qué almorzarás mañana.
- Qué ropa te pondrás para salir.
- Qué te vas a comprar con el dinero que has ganado en el trabajo.
- Qué nuevo libro vas a leer.
- Qué canción escucharás.
- Dónde irás de vacaciones.
- A qué fiesta de cumpleaños irás.
- Qué carrera estudiarás.
- Qué trabajo buscarás.
- Si quieres casarte realmente con tu novio.
- Si te atreverás a expresarle tus sentimientos a la chica que te atrae.

Y una larga lista más que puedes hacer tú mismo. Y es cierto que muchas de estas cuestiones son importantes y necesarias, que todo tiene sin duda su tiempo y su lugar. Hay “tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Ec. 3:4-7).
Pero, a menos que hayas tenido una experiencia traumática que te cambió por completo, son pocos los que piensan más allá de las cuestiones citadas, y mucho menos en algo como la muerte.

Cuando la muerte está a la puerta no suele llamar
Seguro que:

- Has visto en la televisión el derrumbe del puente en Génova donde han muerto varias decenas de personas.
- Has visto en estos días el primer aniversario de los atentados en las Ramblas de Barcelona en el cual fallecieron 16 personas.
- Viste en su momento los fatídicos accidentes de famosos deportistas o actores como Paul Walker (Cuando cae el telón de esta vida: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/12/cuando-cae-el-telon-de-esta-vida.html), Ángel Nieto, Drazen Petrovic o Fernando Martín, entre otros muchos.
- Te quedaste con la boca abierta con las imágenes del Tsunami de Japón en 2011 con casi veinte mil defunciones y el terromoto de Haití de 2010 con más de trescientos mil. 
- Te conmueves cada verano cuando ves en los noticieros a niños ahogados en la piscina o en la playa.
- Se te ha puesto la piel de gallina en estos años con los atentados de las Torres Gemelas, los de Londres, el 11M en Madrid, en diversos lugares de París, y otros muchos más, con miles de víctimas en total.
- Te estremeciste con los incendios del verano de 2017 en Portugal, cuyas imágenes parecían sacadas de una producción de Hollywood, y que acabaron con la vida de cientos de personas.

Y como estos, miles de sucesos que llenan las páginas de las crónicas periodísticas de forma diaria, junto a historias cotidianas que no salen en la prensa pero que nosotros y nuestros familiares cercanos sufren directamente.

A la hora inesperada
Cuando escuchamos estos casos o de algún conocido que muere de forma inesperada (sea por una enfermedad, un accidente o de forma repentina), las expresiones que suelen salir de nuestra boca se repiten una y otra vez:

- ¡Qué mala suerte!
- ¡Eran tan joven!
- ¡Tenía toda la vida por delante!
- No lo entiendo, era mayor pero estaba perfecta de salud. Anoche mismo estuve hablando con ella animadamente hasta la noche.
- ¡Qué desgracia, él acababa de ser padre y de ser ascendido en el trabajo!
- Dios, ¿por qué? ¡Ella estaba embarazada!
-  ¡Toda la vida trabajando y ahora se jubila y muere a las dos semanas! ¡No ha podido disfrutar de nada!
- ¡Si hubieran descubierto su enfermedad un poco antes estaría vivo!
- ¡No puede ser, terminó su carrera universitaria hace un mes!
- ¡Ahora que se le veía tan feliz!
- ¡A meses de casarse con su novia de toda la vida, y pasa esto!

Y así, decenas de frases más en la que solemos expresar nuestra sorpresa, como si la muerte tuviera edad y esperase al día en que nosotros queramos morir.
El mismo texto que cité líneas atrás de forma incompleta dice también que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir(Ec. 3:1-2). Todos nos preparamos para vivir pero muy pocos se preparan para morir. Algunos porque piensan que es el fin de la existencia y otros muchos porque creen que es un acontecimiento muy lejano, que todavía no les toca. Sin embargo, ¿qué tenían en común todos los fallecidos que he mencionado en la lista? Que ninguno de ellos pensó cuando se levantó aquella mañana que la muerta les iba a abrir la puerta de golpe y sin avisar. Y a nosotros nos pasará lo mismo, sea mañana o dentro de cincuenta años o más.

Mi propia maldad
La cuestión es estar preparado porque no es el fin de todo, sino el comienzo de todo, el paso de un estado a otro, de un lugar a otro. La teología cristiana llama a esos dos destinos “cielo” e “infierno”. Muchos piensan que ir a un sitio u otro depende de “ser mejor”, “ser peor”, “ser más bueno” o “ser más malo”. Todo un error. Si así fuera, nadie iría a la presencia de Dios con todos los errores que cometemos a lo largo de nuestra vida. Algunos, después de todos estos años de cristiano, en su ignorancia siguen creyendo de que mi convencimiento de que voy a ir al cielo, a esa vida eterna prometida por el que resucitó de entre los muertos, es porque me considero bueno. Y eso está muy lejos de la verdad. Yo no soy mejor que nadie, y ni siquiera “bueno”. Soy plenamente consciente de ello.
Mis propios familiares, amigos y compañeros de trabajo saben que soy todo lo contrario a perfecto, que estoy a millones de años luz de dicha perfección. Aunque muchos de ellos me aprecien, me valoren, me quieran o me digan con cariño “¡qué buena gente eres!” (aunque habrá otros que pensarán de mí “¡qué mala gente es!” o irritable o falso, o qué sé yo), sé cuando me dejo llevar por el enojo; sé cuando me enciendo en ira; sé cuando critico con mala fe; sé cuando hablo de más; sé cuando sobran algunas de mis palabras. Y así con un millón de detalles, faltas y pecados.
Citando un solo ejemplo reciente, en la tarde de más trabajo de todo el verano: estaba bien de ánimo, me encontraba muy tranquilo y tratando con sosiego y amabilidad a los clientes. Internamente me sentía “muy santo”. Apenas un par de horas después, y ante una situación incontrolable y que ya se salía de madre, el que escribe estas líneas, hastiado –después de varios años sin sucederme-, entró en combustión espontánea y tocó a arrebato ante más de diez coches: con ostensibles gestos corporales, levanté la voz a niveles atronadores, una mezcla de bomba atómica y Drácula, con la intención de que los conductores obedecieran las indicaciones. Por unos segundos, el silencio más absoluto se hizo a mi alrededor, no sé si por temor, respeto o sorpresa de los presentes. Supongo que más de uno pensaría que me había vuelto loco, o quizá empatizó conmigo y consideró normal mi reacción. Así que, en mi caso, de “bueno” en términos absolutos, nada. Jesús mismo dijo que “bueno” solo es Dios (cf. Mr. 10:18).
Por eso son tan reales las palabras que Pablo dijo sobre su propia persona: Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. [...] Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Ro. 7:19, 21). Y, si eres sincero, seguro que tú también lo sabes de ti mismo. Todos tenemos un lado oscuro, lo manifestemos más o menos ante los demás. 

¿En paz?
La muerte no consiste en lo que el folclore y el cine nos suele hacer creer: dejar todos los asuntos resueltos, haber hecho las paces con todo el mundo, haber hecho testamento o decirle a los seres queridos en el lecho de muerte cuánto los queremos. La clave, la única clave, es haber hecho las paces con Dios. ¿Cómo? Puesto que mi intención con este escrito era llamarte la atención sobre ese acontecimiento que nos puede sobrevenir en cualquier momento, el qué y el cómo te lo dejo expuesto aquí: No soy religioso, ni católico, ni protestante; simplemente cristiano (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html). Leelo atentamente porque es muy fácil de entender. Ahí se verá si tu interés es genuino y si has reflexionado lo suficiente.
Solo decirte para terminar que no lo dejes para cuando acabes los estudios, o logres el trabajo soñado, o tengas el noviazgo/matrimonio/hijos/dinero/casa/coche/reconocimiento deseado. Aunque todos desean morir de ancianitos, durmiendo, sin enterarse y en plena posesión de sus facultades mentales, nunca se sabe el día ni la hora. Un coche que se cruza, una enfermedad inesperada o un accidente casero. Quién sabe. Puede que esta noche o mañana vengan a pedirte tu alma (cf. Lc. 12:20).
¿No es mejor vivir al día pero con el futuro resuelto y asegurado? ¿Qué mejor inversión puedes hacer ahora en el presente que un seguro eterno para el futuro? ¿No es mejor vivir en paz sabiendo que, pase lo que pase y cuándo pase, tienes garantizada una eternidad plena y radiante de felicidad en un lugar donde “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor”? (Ap. 21:4).

p.d: Te lo vuelvo a recordar: No soy religioso, ni católico, ni protestante; simplemente cristiano (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html).

lunes, 13 de agosto de 2018

10.6.5. El miedo a los padres de tu pareja: esos seres llamados “suegros”

(la cara de él lo dice todo: trágame tierra)

Venimos de aquí: El conocimiento mutuo: ¿El noviazgo es el fin del tiempo para uno mismo y de los amigos? https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/05/1064-el-noviazgo-es-el-fin-del-tiempo.html

Posiblemente, una de las cuestiones más complejas en toda relación de pareja es la que concierne a las respectivas familias. El resultado de este tipo de relación repercutirá para bien o para mal en el noviazgo (y posteriormente en el matrimonio), ya que puede ser tanto de bien como de piedra de tropiezo. Recordemos que Jetro, el suegro de Moisés, fue de bendición para su yerno al aconsejarle sabiamente en los caminos de Dios (cf. Éx. 18:13-27). Pero, de igual manera, Jesús nos señaló que podría darse el caso opuesto: por causa de Él, habría división dentro de la misma familia, incluyendo a la familia política (cf. Lc. 12:49-53).

Diversas opciones
Las opciones son tan variadas que no es fácil en primera instancia establecer ciertas pautas concretas de comportamiento, pero podemos llegar a ellas analizando la situación. Veamos las muchas variantes que se pueden dar:

1. Que tus suegros sean creyentes y disfruten de una buena conversación sobre todo tipo de temas bíblicos.
2. Que sean creyentes pero muy cerrados en su forma de entender la Palabra de Dios. En este caso, puede que: 

- Te concedan libertad y no entren en disputas.
- O, por el contrario, traten de hacerte ver una y otra vez lo equivocado que estás en asuntos doctrinales secundarios.

3. Que sean inconversos y que la sola mención de Dios les altere el ánimo.
4. Que pertenezcan a otra religión y disientan continuamente del cristianismo, siendo la tensión palpable.
5. Puede que te acojan con los brazos abiertos, te traten como a un hijo, se alegren verdaderamente de que estés con su hij@ y que seas parte de la vida de ellos.
6. Que sean cariñosos contigo o, en su opuesto, te critiquen en todo.
7. Puede que sean posesivos y se entrometan en cada decisión que toméis, o que os concedan total libertad en vuestros asuntos personales.
8. Puede ser que no estén de acuerdo con la relación que mantienes con su hij@ pero que..:

- No te lo hagan saber sino que lo disimulen.
- Te lo hagan saber abiertamente, sea por sus palabras (como señalando lo que no les gusta de tu persona o comparándote con antiguas parejas), o por sus actos (como mostrarse indiferentes ante ti).
- No deseen que entre una persona nueva en casa.
- Un hermano o hermana trate de torpedear la relación. Por ejemplo, tratándote con desdén o usando siempre el sarcasmo a la hora de hablar contigo.

9. Puede que tu pareja (o tú mismo)..:

- No se lleve bien con sus propios padres y tenga heridas emocionales del pasado.
- O que su relación sea bastante fluida y llena de afecto mutuo.

Fuentes de información
Para saber qué imagen se ajusta más a la realidad es necesario que los conozcas bien, y ellos a ti. Para que esto sea posible, las dos fuentes principales de información serán:

- Tu pareja: Ella te pondrá al día de toda la historia familiar y de cada uno de los miembros, junto a todas las vivencias del pasado (tanto positivas como negativas), y te describirá su relación presente con sus propios padres y sus hermanos (si los tuviera): si es fluida o existen tiranteces, si habla o guarda silencio en su presencia, si es dependiente o independiente de ellos, si les pide opiniones o consejos, si abre su corazón o no delante de sus padres y qué piensa de ellos, etc. Tú tendrás que hacer lo mismo respecto a tu propia familia.

- La observación y tu propia experiencia: Puesto que no siempre somos totalmente objetivos y la opinión que te ofrezca tu pareja puede diferir en matices, conocerlos de primera mano será una parte importante para establecer un principio de relación con ellos, independientemente de la opinión de tu pareja. Ahora bien, escucha siempre lo que ella te diga y no te precipites en hacer juicios de valor, ni en un sentido ni en otro.

Al igual que vimos respecto a las amistades, ver cómo interactúa con sus familiares será otra manera más de conocer a tu pareja y de entender el porqué responde ante ciertas situaciones de una manera determinada. Cuando veas que se comporta de una forma concreta que no comprendes, pregúntale con naturalidad y sin enjuiciar. Para eso eres su pareja. Si habla bien de ellos o, por lo contrario, su opinión es negativa, escucha sus razones. Más que nunca la comunicación será imprescindible. Todo ello será una oportunidad magnifica para entrar en el mundo emocional de tu novi@ y en su vida en general. Por ejemplo, el hecho de que alguien se encierre emocionalmente delante de sus familiares siempre está motivado por alguna razón, pero eso no significa que contigo actúe de la misma manera.

Influencias: No sois esclavos del pasado
Michael Smalley, en su libro “Vestidos para las citas amorosas”, dice: “Recuerda: probablemente te va a tratar de la misma manera en que su padre trata a su madre. No importa lo mucho que pretendamos lo contrario, los padres son modelos”. Sí, es cierto que los padres son modelos y que de ellos aprenden los hijos, pero no estoy de acuerdo con el concepto global de la afirmación. Aunque los padres puedan ser modelos, eso no significa que todo el mundo siga su forma de actuar, ni siquiera que lo hagan de manera parecida. Como expliqué en la misma introducción, uno de los métodos por los cuales aprendemos es por “contraste”, en el cual observamos los errores ajenos para no cometerlos y actuar de forma opuesta. Conozco hermanos que uno de sus progenitores fueron:

- Drogadictos.
- Ludópatas.
- Alcohólicos.
- Emocionalmente distantes.

Sin embargo, ninguno de sus hijos se les asemeja. Es más, son polos opuestos: sanos y encantadores. La sociología que encasilla y cree que el destino de una persona está sujeto al modelo de padres que ha tenido resulta bastante pobre ante los ojos de Dios, puesto que deja de lado la obra en sus hijos a través de Cristo. Todos los seres humanos estamos influenciados por “mil” factores (el ambiente familiar, social, político, amistades, etc.) que conforman parte de nuestro carácter, pero el Señor nos libertó de cualquier pasado que nos atara para creer un nuevo presente. Dios ha puesto en nosotros la capacidad de decidir qué pasos dar en la vida en lo que concierne a las relaciones personales y en todo lo demás, por lo que no estamos determinados por lo que aprendimos en el pasado.
Ciertamente puede darse el caso opuesto en una persona: que esté muy influenciado por la educación que ha recibido de sus padres, por las experiencias que ha vivido y por el tipo de relación que mantiene con ellos. Un individuo muy dependiente,  que siempre trate de agradarlos o les pida consejos para cada decisión en la vida, puede provocar continuos conflictos en la pareja ya que será alguien inseguro o inmaduro, y puede que una vez casados siga anteponiendo las opiniones de sus padres a las de su cónyuge.
Si ha sido siempre sumiso y no posee capacidad de iniciativa propia, puede que solo sepa tener una relación subyugada, ya que no sabe comportarse de otra manera. Alguien que resulta muy susceptible cuando recibe una crítica (aun siendo constructiva) puede estar motivado a que siempre ha sido muy criticado por sus progenitores. En otros casos, el miedo irracional a cometer un error ante su pareja puede estar causado a que era humillado y avergonzado por sus padres.
Por todo esto, es necesario conocer esta parte tan importante de la vida de tu pareja antes del matrimonio. Así la entenderás mejor. Son detalles fundamentales. También tienes que ser consciente de que puede que delante de ti y de su círculo más cercano saque a relucir lo mejor de su persona. Esto no significa que debas pasar por alto malas actitudes que puedas observar ante sus familiares, ya que un comportamiento bipolar y extremo puede ser indicativo de problemas más profundos y, en el peor de los casos, de una manifiesta hipocresía.

El trato personal con tus suegros
Es evidente que el trato personal con los suegros dependerá de cómo sean y a qué grupo pertenezcan de los que hemos visto. Ahora bien, hay principios generales que sirven para todos los casos:

- Conocerlos personalmente: Muchos malentendidos pueden venir motivados por lo que tú crees de ellos y ellos creen de ti. Así que debes dar un paso al frente para conocerlos realmente. Puede que os sorprendáis gratamente o puede que no, pero para ello es necesario sentarte con ellos (con los dos a la vez o por separado) y hablar con educación: preguntarles por sus vidas, por lo que piensan en distintas asuntos, sus creencias, sus aficiones, lo que les atrae, etc. Busca puntos en común y aspectos que te agraden. No seas demasiado invasivo hasta pasado un tiempo y puedas comprobar que se puede establecer un clima de confianza. Es normal que te sientas un tanto tenso al querer causar una buena impresión, pero es la mejor manera de conocer el verdadero corazón de un ser humano.

- El respeto: Trata de establecer una comunicación basada en el respeto. El hecho de que no estés de acuerdo con sus pensamientos o su forma de actuar no significa que debas estar en guerra con ellos y saltar al mínimo desacuerdo. Se puede convivir teniendo opiniones diferentes. Tu único deber, y la parte que te corresponde, es estar en paz en la medida de lo posible (cf. Ro. 12:18). Al igual que se debe honrar a los padres (cf. Éx. 20:12), también hay que honrar a los de tu pareja. Eso significa tenerlos en consideración y en estima, mostrándonos íntegros, sea cual sea su actitud hacia nosotros.

- Escucharlos con atención. Incluso si no les parece bien que su hijo y tú estéis juntos, escucha sus argumentos sin interrumpirlos. Cuando hayan terminado de hablar, exponles de forma clara tu manera de pensar al respecto. Escucha también la opinión de tus propios familiares, amigos y hermanos en Cristo respecto a tu pareja. Quizás ellos vean algo que a ti se te escapa, tanto positivo como negativo. Eso sí, no te cases porque ellos te digan que es alguien maravilloso, sino porque tú lo decides. La Escritura dice: “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre” (Pr. 1:8), pero esto no significa que todas las opiniones de tus padres sean igualmente válidas y llenas de sabiduría.

- Los consejos: Puede que estén acostumbrados a dar consejos. Presta atención a lo que dicen ya que quizá resulte de bendición como las palabras de Jetro a Moisés y saques algo bueno. Examínalo todo y retén lo bueno (cf. 1 Ts. 5:21).

- Establece límites saludables: El hecho de que los escuches no significa que tengas que darles permiso para acceder a todos los aspectos de tu vida privada ni que tendrás que hacer caso a todos los consejos que te proporcionen. Si accedes a ello, aunque no estés de acuerdo, te sentirás manipulado. Tú mismo deberás marcar esos límites.

Si hay algo de tu familia política que te desagrada o lo ves como un problema manifiesto para la relación (por ejemplo, la forma en que tu cuñado te trata al pretender dejarte en evidencia siempre que puede), háblalo a la menor oportunidad con tu pareja, antes que te sientas resentido. Puesto que los conflictos graves que pueden surgir son innumerables (suegros muy problemáticos, intransigentes, groseros, etc.) y que llevarían todo un libro para describirlos, pedid consejo como pareja ante hermanos maduros en el Señor que hayan podido pasar por situaciones semejantes.

Ayuda a tu pareja ante tus padres
Ya hemos visto cómo debe actuar el novio o la novia delante de sus suegros. Ahora tratemos otro asunto importante, la parte complementaria: cómo ayudar a tu pareja cuando esté delante de tus padres.
En primer lugar, tendrás que ser hospitalario. Esto no se limita a invitarlo a comer a casa de tus  padres, sino que, una vez allí, él/ella será la máxima prioridad para ti; al menos en las primeras etapas, hasta que se establezca una normalidad y cercanía en el trato con ellos. Eso llevará tiempo. Es una manera más de mostrarse servicial (que no esclavo). A menos que te lo pida personalmente, porque desee hablar con tus padres o con alguien de tu familia, no dejes a tu pareja a solas para dedicarte a tus propias actividades en esas visitas, como ver la televisión, navegar por Internet o hablar largamente por teléfono. Si lo haces, le estarás dando a entender que no te importa cómo se siente en una situación que le resulta sumamente incómoda, al saber que todos los ojos están puestos sobre él. Creerá que eres dos personas: una, la que habla con él cuando estáis en la calle, y dos, la que lo ignora cuando está con otras personas y que vive ensimismada.
Si lo dejas a solas intencionadamente para ver cómo se desenvuelve con tus padres, posiblemente él percibirá que lo estás poniendo a prueba y se sentirá enojado hacia ti. Todo ello hará que desconfíe de tu persona. Incluso considerará un desprecio el hecho de que no te sientes a comer a su lado, aun bajo el argumento de que tú siempre te sientas al lado de tu hermano o de tu padre. Tienes que aprender a calibrar los tiempos y las situaciones. También procura hablar de temas que le interesen para que pueda ser partícipe de la conversación, en lugar de excluirlo o quedarte callado. En definitiva, es tu obligación procurar que se sienta lo más cómodo posible, dentro de una escena que es tensa al principio. Recuerda: sé un buen anfitrión.
En segundo lugar: tendréis que negociar cuánto tiempo pasaréis con vuestras respectivas familias. Puede que, debido a que uno sea muy familiar y el otro no tanto, el primero pase mucho tiempo con ellos y el segundo todo lo contrario. A menos que él lo desee y que sea muy extrovertido, lo más conveniente en las primeras ocasiones es que las visitas no sean muy largas. Uno de los mayores errores que se cometen es preparar una actividad en la que participen los padres sin consultarlo previamente con el compañero, desde salir a tomar un café hasta realizar cualquier actividad recreativa, creyendo que así la integración será más rápida. Puede que lo que a ti te entusiasma y que te gusta, a él no le haga ni pizca de gracia. Las costumbres y tradiciones que para ti son agradables no tienen que serlo obligatoriamente para él. Debes hacerle partícipe en ese tipo de iniciativas: pregúntale y concédele la libertad de rechazar la idea o elegir otra alternativa. Si no lo haces, puede que guarde silencio para no incomodarte o no hacerte sentir mal, cuando quizá, en realidad, lo que él quería es que fuerais todos juntos a cenar como familia o simplemente ir a la playa a solas contigo.  

Confidencias 
Para terminar un asunto que considero fundamental: las historias personales que te cuente tu pareja en privado deben de quedar entre vosotros, y más si te ha pedido expresamente que algún tema en concreto no sea dado a conocer. Él está depositando su confianza y buena parte de su corazón en ti, y si no respetas esa ley no escrita de privacidad, estarás traicionándole. Al igual que tú no querrías que tus secretos más íntimos sean conocidos por tus suegros de boca de tu pareja, tampoco le gustará a tu novio que reveles a tu propia familia sus asuntos personales, a menos que él te conceda permiso. Vigila lo que hablas, tanto si está presente como si no. Evidentemente, hay asuntos que son de dominio público: a qué se dedica (si estudia, si trabaja o no, etc.), a qué dedica su tiempo, cuáles son sus aficiones, etc., pero hay otras cuestiones que no tienen que serlo. Esto no significa que estés ocultando información a tus padres, sino que es tu pareja quien debe darse a conocer y ser él quien decida qué parte de su intimidad revela y ante quién lo hace. Puede que quiera hacer partícipe de su mundo a tus padres pero no compartir con ellos el mismo grado de intensidad con otros miembros de la familia.
Es usual –pero erróneo- que los problemas personales que se transmiten en confianza a la pareja suelan ser conocidos por medio planeta. Desde la abuela que se entera de todo (y nadie sabe cómo), hasta la vecina cotilla del bloque que hace esquina con nuestra casa. Y todo se agranda cuando la familia al completo interviene siempre que hay conflictos, ofreciendo sus opiniones y comentarios, posicionándose a favor de uno de los dos bandos, lo que logra el maravilloso efecto de complicar más la situación. Cuando alguien no es discreto, y ante cualquier mínimo problema de pareja sale corriendo a contárselo a otras personas, no es digno de fiar.
La Biblia nos da la solución perfecta: Trata tu causa con tu compañero, y no descubras el secreto a otro, no sea que te deshonre el que lo oyere, y tu infamia no pueda repararse” (Pr. 25:9-10). Por lo tanto, guarda la confidencialidad e intimidad, y soluciona los problemas en privado, a menos que se te conceda el permiso para darlo a conocer a otros para buscar soluciones alternativas.

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10.6.6. El conocimiento mutuo: En una relación sentimental, ¿son importantes la diferencia de edad y la atracción física?
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