lunes, 3 de agosto de 2020

Si es necesario, aléjate, ya, de esas amistades


Hay pocas cosas que estropean más a un verdadero cristiano –y que quiere vivir como tal- que las malas amistades: le puede corromper, pervertir, sacar lo peor de su persona y darle de comer a la “carne” si no tiene las ideas muy pero que muy claras. Incluso muchos se han apartado de los caminos de Dios por esta causa. En otros casos, aunque no han dejado al Señor a un lado, sus vidas no son como deberían ser. Lo he visto en demasiadas ocasiones: comienzan cambiando progresivamente su vocabulario y manera de expresarse, y terminan mutando su esencia y su comportamiento.
Por eso, aún queriéndolas mucho, llega un momento en que el verdadero creyente, ante determinadas circunstancias, no le queda más remedio, por su propio bien, que poner tierra de por medio. Muchos no lo hacen porque piensan que eso sería deslealtad, que el cristianismo no enseña eso, que no quieren quedar mal, o porque tienen miedo a verse abocados a la soledad y otras razones que pasan por sus mentes y que solo ellos conocen. Esa manera de pensar es humana pero poco valiente, ya que demuestra poca confianza en Dios y en su voluntad. Como dijo Jean Jacques Rousseau: “No conozco mayor enemigo del hombre que el que es amigo de todo el mundo”.

Confundiendo las lealtades
Romper una amistad verdadera puede ser traumático. Con total seguridad, no al extremo de una ruptura de pareja pero sí muy doloroso. Un concepto errado de lo que es realmente la lealtad y de las pautas bíblicas de la propia vida de Jesús conduce a muchos a tener amistades malsanas cuando deberían haberlas roto hace mucho tiempo o, al menos, haber establecido límites. Creen que el verdadero amigo lo es toda la vida y es fiel hasta el final, independientemente de la forma de pensar y del estilo de vida del otro individuo. Y esto no es así. 
Sin duda alguna, no somos llamados a alejarnos de todo el mundo que no es cristiano. Los corintios entendieron mal esta cuestión y se apartaron de todos los que no eran creyentes, por lo que Pablo tuvo que rectificarles: “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo. Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis” (1 Co. 5:10-11).
Si no pudiéramos juntarnos con los pecadores e inconversos no podríamos pasear, comer, pasar un día en el campo o ir al cine con familiares inconversos. ¡Tendríamos que subirnos a una nave espacial e irnos al otro extremo del universo! Nadie podría predicarles el mensaje de salvación a aquellos que están realmente interesados. ¡Y esto no es así! ¡Claro que podemos y debemos tener relaciones cordiales, afectuosas y de profundo cariño con toda persona inconversa, sea alguien de la familia o un compañero de estudios o trabajo! Hay “creyentes” que ni le estrechan la mano a estas personas porque piensan que “se van a contaminar”. ¿De qué? ¿De la peste bubónica! ¿Del ébola? ¿Del covid-19? ¡Por favor, no seamos ridículos e iguales que los fariseos!
Ahora bien, ¿significa esto que podemos ser amigo íntimo de alguien que no es cristiano pero es fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón? Vamos a ver claramente de forma bíblica que no. Es una necedad absoluta pasar continuamente tiempo de ocio y considerar amigo íntimo a alguien que está en fornicación o adulterio, que bebe de más siempre que puede, que es crónicamente mentiroso, que –directa o indirectamente- se regodea narrando su vida pecaminosa, y que Dios, las obras para su Reino, los asuntos eternos, la santidad y el pudor le traen sin cuidado, e incluso se burla del Altísimo o directamente no cree lo que enseña Su Palabra respecto a la ética y la moral. Y entre estos incluyo a los que aparentan ser cristianos pero realmente son meros religiosos y a aquellos que ni siquiera han nacido de nuevo. Basta con que lleve a la práctica alguno de los puntos citados para que esa comunión íntima no tenga sentido: “¿Qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” (2 Co. 6:14).

Jesús ¿amigo de pecadores?
Muchos usan unas palabras que dijo el propio Jesús sobre lo que los fariseos pensaban de Él para defender que sí hay que tener amistades íntimas con pecadores: “Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Mt. 11:19).
Una vez más, se interpreta esto de forma incorrecta puesto que no se analiza en el contexto general de su vida. Recordemos en primer lugar que esas palabras que le repetían con asiduidad no eran suyas, sino que era la manera fácil que tenían de insultarle. Jesús nunca dijo que fuera amigo de publicanos y pecadores en el sentido que solemos entenderlo, como tampoco era un glotón y un borracho.
Jesús hablaba con los pecadores no para pasárselo bien con ellos. No compartía su tiempo para escuchar historias graciosas, anécdotas, bromas de mal gusto, chistes soeces o saber sobre algún tipo de inmoralidad sexual. No estaba para pasar el rato y deleitarse con la comida y un buen vino. Todo eso, que supongo que también se producía –me refiero a la parte buena de la conversación-, era coyuntural pero nunca el quid de la cuestión. Él entendía la amistad con los pecadores con un significado y propósito muy diferente: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:11). ¡Quería salvarlos!
La auténtica amistad y fidelidad no es aquella que dice sí a todo y le ríe las gracias al pecado, sino que exige y demanda honradez. Y eso significa poner los puntos sobre las íes y todas las cartas sobre la mesa; en este caso, mostrarle a los demás el estatus pecaminoso en el que viven, como hizo Jesús una y otra vez. Al dejarles bien claro su pecado, les estaba amando, ya que era la manera de decirles: “Os quiero librar del lúgubre destino final que ahora mismo os acecha. Quiero ser vuestro pastor, perdonaros, llenaros de paz y gozo, y aseguraros que tendréis una morada en mi Reino”. Ese era el sentido correcto de lo que Jesús consideraba la amistad. De esa manera y no de otra, Jesús sí era amigo de los pecadores que le buscaban y le seguían.
Veamos varios ejemplos claros: “Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:1-11).
Jesús pasó su tiempo de forma placentera con aquellos pecadores que se acercaban a Él arrepentidos. En ellos se regocijaba y los aceptaba. Dios busca a los perdidos, como se ve en las parábolas de la oveja perdida (cf. Lc. 15:1-7), de la moneda perdida (cf. Lc. 15:8-10) y el hijo pródigo (cf. Lc. 15:11-32). Pero la fiesta que se organiza en estos tres casos, tanto en la Tierra como en el cielo, está causada por el arrepentimiento del pecador: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (cf. Lc 15:21). En ninguna de las tres situaciones la fiesta era con el pecador que no anhelaba cambiar de vida y que no se arrepentía, sino para el pecador que sí se arrepentía y ardía en deseos de transformar su vida. Era y es así de sencillo.
Todo esto lo podemos terminar de confirmar con el caso de Simón y una mujer pecadora: “Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz” (Lc. 7:36-50).
¡La mujer no se regodeaba de su pecado ante Jesús sino que lloraba desconsoladamente! ¡Estaba tan compungida que ni siquiera hablaba! Por eso la perdonó. Nuevamente, Jesús se mostró como un amigo ante ella. A Simón, cuya actitud fue totalmente contraria y no mostró signos de arrepentimiento alguno, no lo consideró como tal, a pesar de que aceptó la invitación a comer en su casa con el fin de mostrarle el camino de salvación.
Jesús trataba a sus “enemigos” como tales. Por eso llamó a muchos de ellos “hipócritas”, “insensatos”, “sepulcros blanqueados”, “generación de víboras”, “hijos del diablo” y “serpientes”, entre otras lindezas.  Pero, de igual manera, los amaba, y por eso murió en la cruz por todos ellos. Lo uno no quita lo otro. Decirle a un “amigo” que está perdido aunque él crea que ha encontrado su camino y su verdadero “yo”, que su vida espiritual está en bancorrota, que aunque se crea vivo y libre es esclavo y está muerto, que esos placeres que está disfrutando le conducen a un destino eterno aciago y sin escapatoria, que sus acciones tienen consecuencias –aunque diga que no le importa-, y que debe cambiar antes de que sea tarde y su corazón sea incapaz de arrepentirse, no es odiarlo sino todo lo contrario: es amarlo, porque no lo haces con el fin de destruirlo, sino de que piense, de que reflexione, de que reaccione; en definitiva, de que se salve.
Espero que ahora que hemos analizado las palabras “amigo de pecadores” en el contexto general de la vida de Jesús, las entendamos y las apliquemos correctamente.

¿Cómplices y malos ejemplos?
Como ya he citado, hay cristianos que tienen miedo a acercarse a otros que no comparten su fe por miedo a que las “contaminen” con su pecado. De forma llamativa, Jesús no se contaminó. No habló ni se comportó como los pecadores. Pero esto no es una carta blanca para estar con este tipo de personas en cualquier momento y en cualquier lugar. Jesús habló con la prostituta que se acercó arrepentida, pero no fue a buscarla al interior del prostíbulo. Además, al contrario que Él, aunque nosotros hayamos sido redimidos, anidamos en nuestro interior una naturaleza caída que se muere de ganas por satisfacer sus deseos carnales, sean cuales sean en cada uno.
Muchos creen que pueden estar con personas inconversas que están pecando en su presencia sin que pase nada mientras ellos no hagan lo mismo. Pero resulta incomprensible que haya cristianos que se enfrasquen en conversaciones de pura inmoralidad sobre asuntos sexuales, como también lo es que vayan con “amigos incrédulos” a club´s nocturnos, discotecas y lugares donde el consumo de alcohol es masivo bajo el argumento de que ellos no lo hacen, solo sus compañeros: “Bueno, aunque ellos beben yo no lo hago. Aunque esté con ellos, si yo no me emborracho y ellos sí, no es culpa mía”. ¿Cuál es la realidad? Que, aunque así sea y no sea partícipe, el creyente no está siendo de ejemplo; está siendo cómplice de los actos ajenos ya que con su asistencia está dando a entender que ignora y no reprueba las acciones de sus camaradas de fiesta, aunque él no las lleve a cabo.
Jesús se relacionaba con pecadores (¡todos lo eran!) para predicar el Evangelio y el Reino de Dios, y para llamarlos al arrepentimiento, no para ver cómo practicaban el pecado de diversas formas y en todo tipo de lugares: “Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y dejándolo todo, se levantó y le siguió. Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc. 5:27-32).

¿Contaminados y mal influenciados?
En la otra cara de la moneda, otros piensan que este tipo de amistades no ejercen sobre ellos una mala influencia. ¡Otro error! ¿Cómo no va a ser de mala influencia alguien que no tiene palabra de Dios en su boca para aconsejarte según sus directrices cuando tienes un problema y que te asesora con sus propios pensamientos carnales? ¿Cómo no va a ser de mala influencia alguien que te dice que “te acuestes con muchos chicas hasta que encuentres la que te guste”? ¿Cómo no va a ser de mala influencia alguien que con su vida desprecia a la iglesia de Cristo? ¿Como no va a ser de mala influencia aquel cuyos pies corren presurosos al mal? (cf. Pr. 6:18) ¿Cómo no va a ser de mala influencia alguien en cuya lengua aparecen una y otra vez comentarios contrarios a la ética cristiana? ¿Cómo no va a ser de mala influencia alguien cuya lengua es mordaz? ¿Crees que esas bromas de dudoso gusto, por mucho que te rías con ellas, no te roban santidad? ¿No sabes que “las malas conversaciones (malas compañías, malas amistades) corrompen las buenas costumbres” (1 Co. 15:33)? Ten presente estas palabras: El justo sirve de guía a su prójimo; mas el camino de los impíos les hace errar” (Pr. 12:26).
Sin darte cuenta, si pasáis mucho tiempo juntos, al final sus pensamientos, sus sentimientos y su vocabulario se extrapolarán y te contagiarán su forma de ser. Sin darte cuenta, terminas siendo influenciado y pareciéndote a ese individuo. Como dice el famoso refrán: “El que con lobos anda, a aullar se enseña”. Una amistad íntima de este tipo es como un cáncer con metástasis, al irse extendiendo por todo tu ser y enfermando el alma: “El que anda con sabios, sabio será, más quien es compañero de necios sufrirá daño” (Pr. 13:20). Los amigos sabios te harán crecer. En su contrapartida, los amigos necios acabarán perjudicándote en tu desarrollo como ser humano y, especialmente, como cristiano: “No estés con los bebedores de vino, ni con los comedores de carne; porque el bebedor y el comilón empobrecerán, y el sueño hará vestir vestidos rotos” (Pr. 23:20-21); No te entremetas con el iracundo, ni te acompañes con el hombre de enojos, no sea que aprendas sus maneras, y tomes lazo para tu alma” (Pr. 22:24-25).
Si te sientes cómodo con esta clase de amistades que no tienen temor alguno de Dios, tienes que reflexionar seriamente, porque, la realidad, es que algo está fallando. Es un problema a resolver cuanto antes: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida” (Pr. 4:23) ¡No es cualquier cosa lo que está en juego! ¡Es tu corazón! ¡Es tu vida! ¡Es tu salud espiritual!: “El camino de los rectos se aparta del mal; su vida guarda el que guarda su camino” (Pr. 16:17).

Estableciendo límites
Estas pautas te servirán para marcarlos:

- Recuerda que fue Zaqueo el que se acercó a Jesús (Él simplemente iba pasando por la ciudad), no para pavonearse de su pecado ni para hacerlo partícipe del mismo, sino para confesarlo y abandonarlo. Tener comunión profunda e incondicional con alguien que no se arrepiente y cuya actitud no cambia es contrario a la voluntad de Dios y una clara advertencia para que pongamos tierra de por medio. 

- Recuerda que los amigos íntimos de Jesús eran verdaderos creyentes: Lázaro, Marta, María, los discípulos, y entre todos ellos especialmente Juan, Santiago y Pedro. Únicamente a ellos les revelaba los aspectos más profundos de su corazón.

- Para no caer en el mismo error, recuerda el caso de Amnón, uno de los hijos del rey David. Deseando lujuriosamente a su hermanastra, su “amigo” Jonadab le recomendó qué hacer para lograr sus propósitos (cf. 2 S. 13:1-5). Este es un ejemplo clásico de supuestos amigos que ofrecen consejos que son pura maldad. Hoy en día muchos “aconsejan” acciones parecidas entre bromas (“prueba con ese chico y acuéstate con él. Y disfruta, que la vida son dos días”), pero el fondo es igualmente pernicioso. Cuidado con los Jonadab de tu vida, puesto que, al igual que él, “son astutos” para el mal.

- Recuerda que no es falta de amor por tu parte, sino todo lo contrario. Si el buen samaritano ayudó en todo lo que estuvo en su mano al herido y luego siguió su camino, ¡cuánto más respecto a alguien que no quiere ser sanado de su estado de muerte espiritual!

- Recuerda que un verdadero amigo –aunque haya estado a tu lado en los malos momentos- no es el que ejerce mala influencia ni el que te anima a participar en su vida pecaminosa con bonitas palabras, diciéndote que te quiere mucho y que le encantaría que fueras con él a tal o cual sitio: El hombre malo lisonjea a su prójimo, y le hace andar por camino no bueno” (Pr. 16:29).

- Recuerda que si has insistido pacientemente durante mucho tiempo en el mensaje de salvación y este ha sido rechazado una y otra vez con palabras en contra, con el silencio o tratando de justificar su pecado, tienes que soltar esa carga y dejarla en manos de Dios. Tú no puedes ser siempre quien haga de freno al pecado de otra persona que no desea abandonarlo, porque esa labor no te corresponde a ti, sino al propio individuo que decide pecar o no pecar.

- Recuerda esta realidad de la que quizá no seas consciente: ten por seguro que si llevas años consintiéndole todo y eres incondicionalmente fiel, está abusando de ti y de tu confianza. Literalmente, te está usando para su propio bien y nada más, por mucho que adorne vuestra amistad con palabras de cariño hacia ti: “No comas pan con el avaro, ni codicies sus manjares; porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. Come y bebe, te dirá; Mas su corazón no está contigo” (Pr. 23:6-7).

- Recuerda que hay diversos grados de amistad y que el más básico quizá se pueda conservar, pero tener el grado más alto de ella con personas que chocan frontalmente con los valores cristianos –que se supone que son los tuyos- es insano y está falto de sabiduría. Es como una vertiente más del yugo desigual. Negar esta verdad es engañarte a ti mismo.

- Recuerda que, en última estancia, “espinos y lazos hay en el camino del perverso; el que guarda su alma se alejará de ellos” (Pr. 22:5). Así que, llegado el caso, “vete de delante del hombre necio, porque en él no hallarás labios de ciencia” (Pr. 14:7).

Conclusión
¿Debes tener un trato cordial cuando te encuentres a esa persona? ¡Puedes y debes! ¿Puedes seguir queriendo a esa persona? ¡Por supuesto! ¿Puedes quedar con ella si el propósito es verdaderamente sano por su parte? ¡Por supuesto! ¿Puedes ayudarla si te necesita? ¡Por supuesto! ¿Puedes compartir alguna práctica deportiva o algún ocio sano? ¡No veo por qué no! Pero si su vida no cambia, si no te escucha, si se burla de tu fe, si para estar con ella tienes que ser parte de sus mismas diversiones o temas de conversación amorales, lo que tienes que hacer es evidente: debes alejarte o establecer límites, incluso cortar por lo sano en ciertos casos. Aunque te duela por el tiempo compartido en el pasado y los recuerdos acumulados, es lo más sabio que puedes hacer aunque esto suponga que tu círculo de amistades se reduzca.
Si la otra persona es lista y tiene buen ojo sabrá las razones de tu alejamiento sin necesidad de que le digas nada. Pero si no es el caso y te pide explicaciones por tu cambio de actitud, dáselas con total claridad. Piensa de antemano la respuesta porque no será un momento sencillo. Puede que te eche en cara muchas cosas por la ira mezclada con tristeza que experimentará, e incluso es posible que a partir de entonces hable mal de ti a tus espaldas. Quizá sea parte del precio a pagar, pero es lo correcto y más sabio.
A partir de ahora, aunque te lleve tiempo y esfuerzo, y a pesar de las dificultades,  tendrás que aprender como cristiano a volcarte en otro tipo de personas y en relaciones de verdadera bendición. Espero que este escrito del siguiente enlace te ayude: Una amistad verdadera (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/05/una-amistad-verdadera_20.html). Como dije ahí, que tus amistades íntimas sean verdaderos hijos de Dios, humildes y sencillos, que tengan una sana pasión por Él y deseen servirle, y que resulten ser como Daniel, proponiendo en sus corazones no contaminarse con el pecado.
No demores ni un segundo más tomar decisiones en este asunto tan importante. Aléjate si es necesario, marca límites en otros o, llegado el caso, busca nuevas amistades de las que rodearte.