lunes, 18 de noviembre de 2019

7.1. El carácter maquiavélico y oscuro de los lobos eclesiales



Venimos de aquí: ¿Por qué una persona se une a una iglesia enferma o malsana sin saberlo? https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/09/6-por-que-una-persona-se-une-una.html

A los que nos gusta el cine, hemos visto en los últimos años varias películas del actor irlandés Liam Neeson en papeles muy parecidos, haciendo de líder o héroe, con un toque ermitaño, antisocial y solitario, pero con grandes cualidades para la acción. En este bloque de su filmografía nos encontramos con “Venganza” (Taken en su versión inglesa), “Sin identidad” (Unknown), “Sin escalas” (Non Stop) e “Infierno blanco” (The grey). Esta última me sirve como introducción al tema que quiero tratar. Para no divagar sobre la trama, la copiaré tal cual de wikipedia: John Ottway (Liam Neeson) es el líder de un indisciplinado grupo de trabajadores de una refinería cuyo avión se estrella en las remotas montañas de Alaska. Los supervivientes, expuestos a heridas mortales y un tiempo inclemente, disponen de pocos días para escapar de los gélidos elementos. Y por si el terrible frío fuera poco enemigo, una manada de lobos salvajes, amenazantes y sanguinarios, persiguen incansablemente a sus presas humanas. A medida que las indefensas víctimas caen una a una, las posibilidades de supervivencia del último de estos hombres son cada vez más remotas”. El final es enigmático, puesto que deja en el aire cierta duda sobre el destino del protagonista tras su enfrentamiento con el lobo alfa, que ocupa el lugar más alto dentro de la jerarquía social de la manada.
Durante todo el metraje la angustia es incesante. Los aullidos de la manada de lobos ocultándose en la oscuridad, esperando el momento preciso para atacar y devorar a sus presas, son asfixiantes para el alma. Tomar consciencia de que tus probabilidades de morir son inmensas y que tu oponente te supera en número y en fiereza es aterrador. La única defensa es correr sin descanso, ocultarse y, sobre todo, el fuego.
Triste y lamentablemente, este tipo de situaciones las encontramos dentro de algunas iglesias que se consideran cristianas: lobos con piel de cordero que acechan para destrozar la vida de aquellos que están a su alrededor. Esto es lo que vamos a analizar y no hay nada mejor que comenzar describiéndolos.

Lobos eclesiales
Estos lobos tienen principalmente dos tipos de moral: la que predican para los demás y la que se aplican a sí mismos. Disciplinan a la grey, pero jamás se disciplinan a sí mismos. Dan lecciones de santidad y pureza, pero ellos practican el pecado de distintas maneras.
Hay un texto en Romanos en el que Pablo le está hablando a los judíos, pero que es perfectamente aplicable a los “lobos”: “He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio?” (Ro. 2:17-22).
¿Se glorían en Dios? Basta con mirarlos cuando “alaban” musicalmente: parecen estar en éxtasis. ¿Conocen la voluntad de Dios y la aprueban? Por supuesto que sí. Llevan años escuchándola y enseñandola a otros. Se sienten guías de los ciegos y maestros de los que se acercan a ellos a pedirle consejo. Aconsejan, exhortan y denuncian el pecado. ¿El problema? Ellos hacen justo lo contrario: adulteran, mienten, critican con malicia, viven en impureza y desollan a sus víctimas. Hay algo oscuro en ellos. Llevan una máscara sobre el rostro real que les lleva a sonreír de cara a los demás y, al mismo tiempo, a mostrar sus colmillos a escondidas.
Tienen literalmente hechizados a sus seguidores, que les suelen admirar hasta que descubren la verdad muchos años después (si es que lo hacen): “Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos” (Ro. 16-18).
Otra de las características principales de los “lobos eclesiales” es que tienen dos caras. En una de ellas, tienen un pelaje hermoso de piel suave y ojos profundos. Sus aullidos (palabras) resultan hipnóticas para el que las escucha, que se siente atraído hacia ellos. El otro lado de la cara, cuando muestran sus colmillos bien afilados: no aceptan que otros les hagan sombra; desean alzarse por encima del resto y gobernar a la manada; buscan cualquier síntoma de debilidad para atacar; y, por último, no tienen reparos en usar todas las tácticas a su alcance para lograr sus objetivos. Por eso son depredadores.
Los lobos no son los que sirven a Dios con sencillez y sin llamar la atención, sino los que se sirven de Él para ser reconocidos; los lobos no son los que denuncian las falsas doctrinas (como la teología de la prosperidad, entre otras muchas), sino los que retuercen el texto bíblico para justificar sus opulentos estilos de vida.
Los lobos muestran una cara u otra según les convenga. Son iguales que el clima: cerca de ellos a veces luce el sol como un plácido día de primavera y en otras ocasiones se convierten en un tornado que arrasa con todo. Y siempre de manera inesperada. Por eso no tienen escrúpulos para mentir cuando les conviene. Son verdaderos expertos en tergiversar la verdad para amoldarla a sus intereses.
Aún así, nunca se libran de los escándalos y las evidencias son abrumadoras por mucho que traten de ocultarlas. Cada cierto tiempo salta uno nuevo, y no precisamente por predicar el Evangelio, porque las personas no son tan ciegas como ellos creen. Ante estos casos, actúan como Diótrefes: “parlotean” con palabras malignas contra a los que no piensan como ellos, y los expulsan de las iglesias (cf. 3 Jn. 1:10).
No conocen la piedad ni la misericordia, excepto para los que se postran ante ellos. Juegan con las emociones de las personas y las manipulan para lograr sus propósitos. Las coartan, las arrollan y las humillan si lo creen necesario, infundiéndoles falsos sentimientos de culpa, recreándose en sus textos favoritos, que por supuesto no se aplican a sí mismos. No tienen problemas en pisotear a los demás para alcanzar sus fines. Aunque lo nieguen, para ellos el fin justifica los medios. Desconocen las palabras de Emmanuel Kant, que señalan que “todo ser humano es un fin y nunca un medio”. Para ellos, es justo al contrario: usan a las personas para alcanzar un fin: el suyo.
Hablan una y otra vez del temor de Dios, pero demuestran día tras día que desconocen su significado.
Se les llena la boca hablando de compasión y de piedad hacia los demás, cuando en realidad no tienen nada de esto. El “amor” que practican se basa en la envidia, en la arrogancia, en el egoísmo, en el rencor y en la injusticia; justo lo opuesto a la descripción que hizo Pablo del verdadero amor (cf. 1 Co. 13:4-8). De ahí que solo prosperan en el ministerio aquellos que se entregan por completo a sus  mandamientos legalistas y personales.
Se aprovechan de las carencias emocionales y afectivas de los creyentes para jugar con ellos a un tira y afloja, lleno de condescendencia: “Si me obedeces, te daré lo que buscas; si te vuelves un rebelde, serás devorado por el adversario”. Los vuelven prisioneros en una cárcel en medio de un océano lleno de tiburones. Los acorralan y los sitúan entre la espada y la pared. O aceptan el juego o son devorados. Dejan muy claro que únicamente hay dos caminos: o estás con ellos o contra ellos; o eres una oveja blanca o una oveja negra. En sus corazones creen que hay una sola verdad: la que sale de sus bocas. Puro maniqueísmo. Cuando algunos tienen la “osadía” de alejarse de su presencia tóxica, citan con una horrible hermenéutica las palabras de Juan: Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1 Jn. 2:19). Es la manera que tienen de acallar las voces disidentes.
Son profesionales asalariados de la religión, especializados en pseudo-cristianismo, cuyos ingredientes son la metafísica, la filosofía barata, el paganismo y la psicología humanista, todo aderezado con un poco de Biblia como condimento para darle un sabor agradable al paladar. De esta manera, el incauto, ingenuo e inocente creyente se lo come con gusto. Si no se hace lo que indican al pie de la letra, señalan que tienes un problema personal. O lo que es peor, un problema con la autoridad que Dios ha establecido.
Defenderse sirve de poco. Tienen una habilidad “sobrenatural” en darle mil vueltas a tus palabras y usarlas contra ti. Cuando ellos fallan, son errores; cuando son los demás, son pecados. A duras penas reconocen sus faltas y cuando lo hacen es para que el prójimo admire cuán “humildes” son. Luego, entre bastidores, desprecian a aquellos a los que besan y abrazan de cara al público.
Aunque no lo sepan, sobreactúan como malos actores, y se convencen a sí mismos de que es el mover del “Espíritu”. Tienen un dominio absoluto de la puesta en escena. Saben perfectamente qué decir en cada momento, cómo decirlo y qué tono de voz usar para lograr el efecto deseado; así controlan y dominan a las masas adormecidas. Lo hacen tan bien y son tan carismáticos que parecen hablar de parte de Dios y estar ungidos. ¿La realidad? Ni lo uno ni lo otro.
Cuando dicen que Dios habla a través de ellos, mienten. Cuando afirman que “el Espíritu Santo les dijo”, mienten. ¿Cómo puede una persona ser un mentiroso crónico, falsear la realidad sin pudor o directamente inventársela, y luego presentarse ante toda una congregación y predicar con total tranquilidad? Es difícil de aceptar pero fácil de comprender: Ha logrado “desdoblar” su personalidad y su conciencia, al estilo de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, separando el bien del mal. Puede llevar a cabo malas acciones (su lado Hyde) y momentos después el bien en mayúsculas (su lado Jekyll), por lo que no siente remordimiento alguno con las actitudes perniciosas de su otro yo.
El problema surge cuando se creen sus propias mentiras. Puede que ni sean conscientes de su propio engaño. Puede que tengan muchas “obras” y “números”, pero esto no sirve de nada si no va acompañada de la verdad bíblica. Por otro lado, si observamos en detalle la vida de los lobos, comprobaremos que el fruto que manifiestan no es el del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá. 5:22-23). Recordemos que Jesús dijo que los reconoceríamos por sus frutos, no por sus obras. Observar con atención este detalle tan importante es vital.
Siempre van de víctimas, cuando realmente son los verdugos: “Las personas que cometen actos malvados tienden a verse a sí mismas como las víctimas de aquellos a quienes persiguen” (Roy Baumeister). 
Se lamentan y lloran por lo que sufren (fruto de sus propios pecados), pero olvidan cuántos corazones han roto y el número de vidas que han destrozado, puesto que la capacidad de empatía que poseen es mínima, y la que dicen tener es fingida.
Tienen los colmillos llenos de la sangre de sus sacrificios humanos, algo que un día Dios les demandará por todo el tropiezo que han supuesto tanto para creyentes como para incrédulos.
Si tienen que romper matrimonios, los rompen. Si tienen que romper amistades, las rompen. Si tienen que poner a un hijo de Dios contra otro hijo de Dios, lo hacen. Cuando dan dentelladas, señalan que es por el bien de los hermanos, y lo espiritualizan con el famoso texto que enseña que el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo (cf. He. 12:6), convirtiéndose éste en un pasaje que les fascina y que usan según su propia conveniencia e interpretación:

— Te noto raro, dijo el lobo al cordero relamiéndose nada más verlo aquella mañana luminosa. Últimamente, cada vez que me cruzo contigo sales corriendo y no lo entiendo. Algo te pasa conmigo. Hablemos del tema.
— No me pasa nada, lobo -respondió temeroso el tierno animal con la mirada fija en el árbol que tenía enfrente, conociendo de sobra que por más que lo intentara nunca podría subir a las ramas más altas de su copa si tenía que escapar de su interlocutor.
— Pues no sé, lo único que espero es que mis bromas no te disgusten. Tomó aire y continuó. De sobra me conoces. Somos amigos, ¿no es verdad?
— Por supuesto que sí, de toda la vida.
— Bien, sabes que cuando te muerdo en la yugular es porque me encuentro aburrido y busco un amigo con quien divertirme; que cuando te acecho de noche es porque padezco de insomnio y me veo obligado a gastar el tiempo, ¿tienes idea de lo malo que resulta no poder dormir? Cuando corro detrás de ti por el campo es porque me gusta hacer footing acompañado. La soledad mata. Me alegra estar a tu lado.
— Sí, sí, lo sé, claro que lo sé. El cordero miraba ahora más alto, al cielo, en actitud de plegaria, con evidente temblor en sus patas.
— Pues nada, sólo quería aclarar las cosas. No me gustan los que parece que tienen algo contra mí y se callan o disimulan. En la manada me enseñaron que no está bien que estos temas se guarden dentro, se pudrirían. Te dejo por un rato, tengo algo que hacer. Tambaleándose, el cordero echó a andar en dirección este. No quiso mirar atrás. A quince metros de distancia, el lobo, con paso sigiloso, también. Hay animales dañinos que por conveniencia propia practican la hipocresía, terminan convencidos de que el malo es el otro, pero no siempre logran convencer al otro de que es el malo. (Isabel Pavón)[1].

Estos lobos existen desde el mismo comienzo de la cristiandad y es un fenómeno que se da en la actualidad entre determinados movimientos “cristianos”, y que irá en aumento conforme se acerque la Segunda Venida de Cristo.

Tipos de lobos
Existen diversos “modelos” de lobos:

1. El lobo codicioso que anhela “la plata” y la vida opulenta. Es por eso que por avaricia hace mercadería con la fe (cf. 2 P. 2:3), y la “venden” ante los demás como una bendición de Dios: “Lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lc. 16:15). Este es el falso profeta que viene en ropa de oveja (cf. Mt. 7:15). Además, son especialistas en dar profecías que el tiempo demuestra una y otra vez que son falsas: Falsamente profetizan los profetas en mi nombre; no los envié, ni les mandé, ni les hablé; visión mentirosa, adivinación, vanidad y engaño de su corazón os profetizan” (Jer. 14:14); Vieron vanidad y adivinación mentirosa. Dicen: Ha dicho Jehová, y Jehová no los envió; con todo, esperan que él confirme la palabra de ellos. ¿No habéis visto visión vana, y no habéis dicho adivinación mentirosa, pues que decís: Dijo Jehová, no habiendo yo hablado? Por tanto, así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto vosotros habéis hablado vanidad, y habéis visto mentira, por tanto, he aquí yo estoy contra vosotros, dice Jehová el Señor (Ez. 13:6-8).

2. El lobo que necesita sentirse amado y admirado, creyendo que el camino para lograrlo es alcanzar el éxito, la fama, el prestigio y el reconocimiento, aunque para ello tenga que pasar por encima de los demás y pisotearlos si es necesario. De ahí su orgullo y sus sueños de grandeza. Tiene un ego tan alto que si se cayera se mataría. Necesita sentirse mejor o más importante que los que le rodean. Por eso magnifica todo lo que hace, infravalorando las obras ajenas, actuando como los fariseos a los que señaló Jesús: “Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí” (Mt. 23:5-7). Este endiosamiento acabará tarde o temprano en su propia destrucción.
Esta es la razón exacta por la cual los lobos eclesiales, al igual que los lobos-alfa, marcan su territorio y no permiten que nadie “usurpe” su lugar. Si alguien lo hace, se lanzan directamente a la yugular con intenciones homicidas para conservar la supremacía. Es la manera que tienen de eliminar la oposición interna, al igual que en una dictadura. Esto les conduce a enseñorearse de la viña del Señor como si les perteneciera, siendo manipuladores profesionales. De todo esto resulta que no sea extraño escucharles frases como “el Pastor –así, en mayúsculas como título y no como función dentro del cuerpo de Cristo- de la iglesia soy yo y ustedes tienen que obedecerme en todo lo que les diga”, seguido de una retahíla de textos bíblicos mal contextualizados. Ni siquiera ellos saben cuándo dejaron de ejercer una sana autoridad para caer en el autoritarismo, lo que les convierte en personas muy peligrosas y sumamente perniciosas, como en su día lo fue Diótrefes (cf. 3 Jn.).

3. El lobo que se mueve por deseos físicos. Esto podemos verlo en personas que se sirven de su posición o de la admiración que provocan en otros para “seducir” a miembros de la congregación. Incluso no tienen reparo en mantener relaciones con menores de edad si la ocasión se presenta. Otros casos extremos son los abusos sexuales y de pedofilia.

Lo que mueve a estos tres grupos se refleja en las palabras de Juan como una advertencia: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:15-17).

4. El lobo que no sabe que es lobo. Como una excepción, en este caso puede ser alguien que sí sea un verdadero cristiano “nacido de nuevo”, pero una deficiente educación teológica, su ignorancia bíblica y los malos ejemplos de terceras personas –unido a la naturaleza caída-, puede haberle conducido a graves errores.

Estos lobos con piel de cordero tarde o temprano terminan por ser descubiertos. Aunque en apariencia tienen un corazón conforme al de Dios, viven una mentira y sus engaños salen a la luz. Como dijo Abraham Lincoln: “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo... se puede engañar a algunos todo el tiempo... pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Continuará en: ¿Por qué se convierte una persona en lobo?

lunes, 4 de noviembre de 2019

10.8. ¿Cómo deben protegerse los novios cristianos en lo que respecta al plano sexual?


Venimos de aquí: ¿Sabes expresarle adecuadamente el amor a tu pareja? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/08/1073-sabes-expresarle-adecuadamente-el.html).

Leí a una autora decir que se prohibía a sí misma y a su novio expresarse las palabras te amo y, sin embargo, sí podían decirse te quiero. Agregaba que todos tendrían que hacer lo mismo. Nuevamente, aunque las respeto, disiento de este tipo de ideas. La Biblia dice que no nos unamos en yugo desigual. La Biblia dice que no tengamos relaciones sexuales hasta el matrimonio. La Biblia dice que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer. Pero la Biblia no dice que esté mal decirle a tu novio que lo amas. Si alguien prefiere no usar esas palabras, que no lo haga, pero que no trate de establecer una doctrina o una ley nueva en base a su forma de pensar.

Los dos extremos
En lo que concierne al aspecto físico de la relación sí hay que ser más concretos. No basta con generalizar ni podemos ser ambiguos. Cuando en el apartado anterior cité el lenguaje del amor llamado “Contacto físico”, dije que habría que tratarlo en profundidad. ¿Cuál es el porqué? Fácil de explicar: hay formas de expresar ese tipo de afecto que están reservadas para el matrimonio. Hay ciertas ideas que, si no se tienen claras, pueden conducir con suma facilidad al acto sexual.
No estoy de acuerdo con ninguno de estos dos extremos:

1. Un extremo lo prohibe todo. El pastor Calvin George dice: “Creo que el noviazgo cristiano debe incluir una abstinencia total de contacto físico. Esto incluye negarse los besos, los abrazos, estar tomados de la mano, etc. Creo que los novios no deben estar en situaciones donde se encuentran solos, en lugares no públicos, donde no hay cristianos. Yo no llegué a pensar así hasta tener 19 años”. Nuevamente nos encontramos con una opinión respetable, pero basada en la propia experiencia de cuando era joven y en lo que él mismo ha observado en otras parejas de esas edades. Pero de ahí a generalizar me parece tremebundo. Es más, la considero sumamente legalista. Si él u otras parejas quieren tomar ese camino, que lo tomen; están en su derecho y son libres para creer que eso es lo más adecuado. Pero una cosa es creer y otro establecer como norma de fe y conducta.
¿Cuándo llegó a esa conclusión sobre negar todo contacto físico? A los 19 años, edad en la que la madurez brilla por su ausencia, y las chicas y los chicos se suelen propasar físicamente. En Las amistades de los solteros con el sexo opuesto comprobamos las dificultades de los noviazgos entre adolescentes (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/06/las-amistades-con-el-sexo-opuesto.html), pero no soy partidario de hacer generalizaciones.
Justin Lookadoo y Hayley Dimarco, en el libro “Noviazgo: ¿Están preparados?”, dicen: “Los chicos saben que si envían flores, escriben cartas y dan regalos, influyen en tus emociones. Y saben que esto los llevará a lo físico en algún momento de la relación”. Pero ahora me toca hablar a mí: esos chicos que buscan llevarse a la cama a una chica usando este tipo de estratagemas, ni son cristianos ni son maduros, y si se congregan son meramente “religiosos”. Por lo tanto, no se puede establecer como verdad absoluta que todos los chicos buscan una relación física cuando llevan a cabo este tipo de hermosos detalles. Este tipo de generalizaciones son ofensivas para los que no tienen dobles intenciones y siempre deberían ser matizadas.

2. El otro extremo lo permite casi todo. En una ocasión pregunté a varias cristianas sobre este asunto (el del contacto físico) y me dijeron que establecían como límite “la línea del bikini”. O sea, que el chico podía tocar todas las partes del cuerpo de su novia excepto aquellas que estaban cubiertas por esta minimalista prenda de baño. Es decir: muslos y contramuslos –entre otras partes- están permitidos. Me dejó atónito tal “enseñanza”.
La Biblia es muy clara al respecto: el cuerpo del novio y de la novia no les pertenecen a sus actuales parejas hasta el matrimonio: “La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer” (1 Co. 7:4). Queda bien claro: marido y mujer, no novio y novia.

El equilibrio y los límites sanos
Conociendo estos dos extremos, sabiendo lo que conlleva la sexualidad del soltero cristiano (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/08/72-como-sienten-la-sexualidad-hombres-y.html), en mi opinión, dos personas maduras que establecen claramente sus límites, pueden tomarse de la mano, abrazarse, apoyar los brazos en los hombros del compañero y ofrecer dulces besos (con moderación y sin el deseo de excitar), sin que ello les lleve a quemarse.
Sin embargo –y lo diré sin pelos en la lengua para que todo el mundo me entienda-, no deberían formar parte de un noviazgo, puesto que despiertan los deseos sexuales, se quiera o no:

- Los besos extensos y apasionados (con o sin lengua).
- Los mordiscos “con intenciones”.
- Las caricias íntimas o continuadas en distintas partes del cuerpo.
- Los masajes en zonas “peligrosas”.
- Los roces genitales (incluso con ropa).
- Los lengüetazos por la cara (sí, los he visto entre “creyentes”, un recuerdo que me provoca grima y pesadillas).

El que no se guarda de esto, está jugando con fuego. La pasión sensual y sexual no forman parte del noviazgo. No tener esto claro conduce en muchísimas ocasiones a la pérdida de la virginidad antes del matrimonio, incluyendo en algunos casos embarazos no deseados. Todo esto conlleva vergüenza interna y graves sentimientos de culpa, o una sensación de que se perdieron un momento muy bonito por no haber sabido esperar a la noche de bodas. Y el que no lo siente así, es que ha perdido su sensibilidad ante los valores de Dios.
Hay otros que, a pesar de llegaron técnicamente vírgenes al matrimonio, no lo fueron en lo que respecta a otras prácticas. Quizá pienses que si no hay contacto genital no estás teniendo relaciones sexuales, pero las caricias íntimas son parte del acto sexual. En ocasiones, un hermoso noviazgo acabó destruído por no saber esperar al tiempo de Dios.
En lo que respecta a los límites, ambos deberán hablar claramente del tema para establecerlos. Lo que no incendia a uno puede provocar en el otro el mayor de los fuegos. Es sabido que la mujer tiene diez veces mayor sensibilidad en la piel que el hombre, aparte de que los genitales no son la única zona erógena del cuerpo. Un beso en el cuello puede derretir a la mayoría de las mujeres, mientras que el hombre puede sentir que el sexo se resume a una sola zona del cuerpo. Es sabido que los hombres necesitan muy poco para alcanzar un orgasmo. Su cuerpo es así. No tienen ni que llegar a tocar partes íntimas de la mujer para ello. Sin embargo, para ellas, la sexualidad es mucho más, como las caricias y los besos llenos de pasión. Esto incluye las palabras. Ya vimos que las mujeres deben cuidar su vestimenta, pero, por su parte, el hombre debe vigilar especialmente sus palabras. Las mujeres se excitan por lo que oyen y no tanto por lo que ven. En la relación de noviazgo hay que ser cariñosos y románticos en las palabras, pero habrá que evitar ciertas expresiones incendiarias, que no son necesarias que reproduzca aquí vaya que me censuren; cada uno sabe cuáles son.
Es intrínseco a nuestra naturaleza (y por lo tanto, normal), que el cuerpo de ambos reaccione ante ciertas circunstancias, pero esto no tiene que convertirse en lujuria. Al fin y al cabo, estáis juntos porque os atraéis mutuamente, y eso incluye el plano físico. Otra cosa será qué hacéis con esa excitación. Cada uno debe saber aquello que le puede llevar al propio descontrol. Hay situaciones que suelen ser peligrosas, por lo que tienen que reconocerlas para prevenirlas.
En las relaciones que comienzan a edades muy tempranas es más difícil este control, por el mismo hecho que hemos citado en varias ocasiones: el cuerpo siempre quiere más. En la sociedad actual en la cual nos movemos, donde todo está hipersexualizado, donde el que no tiene relaciones sexuales es considerado rarito o tontito, y donde el trabajo es precario e inestable, la situación se complica. Por falta de recursos económicos, el matrimonio suele retrasarse más años de lo razonable. Esto hace que la tensión sexual se acumule en exceso. Y ahí surgen muchos problemas si no se aplican ciertos principios.
Por otro lado, un añadido aunque debería darse por hecho: en ningún momento a lo largo del libro he mencionado las complicaciones y dificultades que se presentan en la convivencia del matrimonio. Y no lo he hecho porque, aunque he tratado asuntos que son aplicables tanto a casados como solteros, se centra principalmente en éstos. Si eres soltero y tienes pareja, ten muy claro que no podéis vivir bajo un mismo techo. Es de perogrullo, pero aún así es necesario decirlo para algunos que siguen sin enterarse y que están en babia. He leído, oído y visto de muchos casos donde, bajo este tipo de circunstancias, ella suele quedar embarazada[1]. “No, a mi no me pasará”. Arriésgate y verás. “Pues una amiga mía se fue a vivir con el novio y no tuvieron relaciones”. No te lo crees ni tú. Pero vale, si quieres nadie te va a encañonar con un rifle, ni siquiera Dios. “Es que quiero probar cómo es la vida juntos antes del matrimonio, para ver si somos compatibles”, suele ser otro argumento.
Todos estos son razonamientos infantiles que no caben en la mentalidad de un cristiano maduro. La compatibilidad en el matrimonio requiere de una serie de conductas diferentes a las del noviazgo. De ahí que haya libros excepcionales que traten esos temas. Si antes quieres saber cómo es esa persona desde por la mañana hasta la hora de dormir, id de vacaciones varios días con amigos –durmiendo cada uno por su lado- y podrás conocer facetas del otro que desconoces. Lo demás, todo aquello que implica un matrimonio, tendrás que dejarlo para más adelante.

El amor verdadero
Por amor verdadero (si es un amor sano y puro), tienen que respetarse y protegerse el uno al otro, tomando consciencia de la trascendencia que tiene para ellos como pareja, y el deseo de agradar a Dios conforme a Su voluntad. Ambos son responsables. Por todo esto recalco una y otra vez la necesidad de incentivar la madurez en lugar de recalcar las prohibiciones: Se tiene que reconocer que al matrimonio solo deben entrar adultos, no solo en el sentido de la edad cronológica sino en el de madurez emocional, de desarrollo intelectual y moral. Mientras sean niños los que contraigan matrimonio este no podrá tener el carácter que Dios le atribuye. Mientras el matrimonio se produzca por impulso, sin la reflexion que paso tan serio supone, el matrimonio no podrá ser como Dios intencionó: Hasta que la muerte los separe”[2].
Quizá te olvides que la persona que está a tu lado es un ser humano, no un objeto para satisfacer tus deseos carnales. Si no estás interesado realmente y no amas el verdadero yo de tu compañero, te pido por favor que te alejes. Y si la quieres y tienes un claro propósito en vuestra relación, respeta su cuerpo. ¿Por qué? Porque no es tuyo, aun en el caso de que ella te lo cediera voluntariamente.
La mujer debe estar advertida de un posible engaño. Los hombres saben que ofrecer ingentes cantidades de amor a la pareja suele traer como consecuencia relaciones sexuales si ella quiere y él se lo propone. Así suele funcionar en el matrimonio. Evidentemente, se refiere a un amor verdadero y no programado, donde sólo se busca lo segundo. Por eso las chicas cristianas solteras tienen que estar atentas a esta “jugada”. Hay hombres que engañan, ofrecen el mismo cielo, son románticos y aparentemente encantadores, pero en realidad únicamente buscan sexo. Son lobos con piel de cordero. Y aquí no hay nadie que se libre. Un cristiano puede ser engañado igual que un inconverso. Seguro que has leído en multitud de ocasiones estas palabras de otras mujeres: “Me dijo que si de verdad le amaba tendríamos relaciones”. Ella se entregó y, al poco tiempo, él se marchó.
Esto ha destrozado el corazón de millones de mujeres en el mundo. Muchas creen, fruto de la ingenuidad y de sus buenos deseos, que sus casos serán diferentes. Pero la vida no es como la imaginamos ni como la deseamos. Por eso, cada uno debe ser responsable de sus actos y consecuente con sus decisiones. Cuando das tu cuerpo, lo entregas todo. Y esto acarrea consecuencias en la vida, y más en una mujer por la delicada y maravillosa sensibilidad que la envuelve.
Hermana, si de verdad él te ama y te respeta, sabrá esperar, y jamás, bajo ninguna circunstancia, te pedirá algo que sabes está fuera de los límites. Si lo hace, ya sabes lo que busca y cómo debes actuar. O se aclara o que tome la puerta, como la canción de Pimpinela, que hoy en día suena hasta cómica por todas las parodias que se han hecho de ella: “Por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa. Y pega la vuelta. Estás mintiendo ya lo sé. Vete, olvida mis ojos, mis manos, mis labios, que no te desean”.
No hay más y es así de claro. No olvides marcar los límites desde el principio, así no habrá malos entendidos. No ofrezcas tu cuerpo esperando recibir amor.
Resumiendo al extremo los dos puntos que hemos tocado: mujer, cuida tu forma de vestir; hombre, controla tus palabras, tus manos y las situaciones en las que os podéis ver comprometidos.

Esperando el momento
Quiero acabar este apartado con las palabras de Angela Ellis-Jones, una abogada británica de 35 años, durante un programa de debate en la BBC2[3], donde explicó sus razones para permanecer virgen hasta el matrimonio. Sin ser cristiana, es un ejemplo a seguir:

“Desde mi adolescencia sabía que había de guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión. La castidad antes del matrimonio es una cuestión de integridad. Para mí, el verdadero sentido del acto sexual consiste en ser el supremo don de amor que pueden darse mutuamente un hombre y una mujer. Cuanto más a la ligera entregue uno su propio cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo. Quien de verdad ama a una persona, quiere casarse con ella. Cuando dos personas tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio no se tratan una a otra con total respeto. Una relación física sin matrimonio es necesariamente provisional: induce a pensar que aún está por llegar alguien mejor. Me valoro demasiado para permitir que un hombre me trate de esa manera. Pienso así desde que tenía 14 años. Por aquel entonces ya había observado el destrozo que producía el sexo frívolo en las vidas de algunos compañeros de escuela. Ya entonces me resultaba evidente que, cuando se separa matrimonio y sexo, se difumina la diferencia entre estar casado y no estarlo, y se devalúa el matrimonio mismo. Quiero casarme con un hombre que tenga un concepto de la mujer lo bastante elevado como para guardarse íntegro para su esposa. Dejarse fascinar por el afán de saciar nuestros instintos es algo que impide alcanzar lo realmente valioso. La sexualidad fuera de su debido contexto responde a un impulso instintivo, que se inflama súbitamente y luego se apaga enseguida. Es una llamarada tan intensa como fugaz, que apenas deja nada tras de sí, y que con facilidad conduce a un círculo angosto de erotismo que, en su búsqueda siempre insatisfecha, considera que otros conceptos más elevados del amor son una simple ensoñación, cuando no un tabú o algo propio de reprimidos. Ellos mismos se acaban dando cuenta, tarde o temprano, de que en el mismo momento en que esa persona les entregó prematuramente su cuerpo, cayó del pedestal en que la habían puesto. Cualquiera puede hoy encontrar sexo con bastante facilidad. No requiere especial talento ni habilidad. No es algo que haga a nadie más hombre ni más mujer. Lo difícil, lo valioso, es encontrar un hombre o una mujer que se hayan guardado para quien un día será su marido o su mujer. Una persona normal que haya sabido esperar, sin miedos, sin fantasmas. Una persona que, simplemente, se guardó para mí. Sí. Exactamente eso es lo que busco”.

Deseo que este sea tu mismo sentir y vivas en consecuencia. Si, como puede que pienses, es el amor de tu vida, te casarás con ella. Hasta que eso no ocurra, guárdate para darle todo lo que eres a esa única persona.
Ten en mente que no es que Dios quiera fastidiarte la diversión. Es que quiere que sea parte del compromiso único y especial entre un hombre y una mujer.

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* Prosigue en: 10.9.1. ¿Cómo repercute el paso del tiempo en una relación?: Diferencias entre el enamoramiento y el amor. https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/02/1091-como-repercute-el-paso-del-tiempo.html



[1] He especificado “ella” porque en el año 2008 se dio el primer caso mundial del embarazo de un transexual (¡!).
[2] De Ávila, Gerardo. Volvamos a la fuente. Vida. P. 178.
[3] Delirante.org - Artículo publicado en el Daily Telegraph.