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lunes, 22 de diciembre de 2025

Tu felicidad, tu futuro y el destino de la humanidad, dependen de unas bragas rojas

 

Al final de este escrito mostraré cómo expreso visiblemente y de forma bastante original mi rechazo a todo tipo de práctica supersticiosa.

Desde que era muy pequeño y apenas tenía uso de razón, recuerdo que algunos de mis familiares —en este caso, del género femenino (aunque es obvio por lo que voy a resaltar)— comentaban, cada 31 de diciembre, que llevaban puestas unas bragas rojas, ya que decían que traían buena suerte para el año entrante. Me parecía muy extraño, pero tampoco le prestaba mucha atención. Pensaba que era más bien una tradición o una especie de broma entre ellas.
Cuando me hice mayor y seguí escuchando la misma cantinela, descubrí que lo decían en serio y que creían en sus propias palabras. Perdón por la expresión, pero empezó a parecerme una estupidez de “adultos”. Y cuando me hice cristiano y descubrí lo que este tipo de prácticas conllevaba, empezó a no hacerme nada de gracia.
Siempre había querido escribir sobre este asunto, pero me faltaba un empujón final que me llevara a hacerlo. Eso sucedió la Nochevieja de 2022: me dijeron que me habían comprado un bóxer de color rojo y que me lo pusiera, que había que hacerlo para tener la susodicha buena suerte. Lo rechacé por completo, y por eso estoy aquí escribiendo estas líneas.
Algunos dirán: “¡Qué antipático y extremista eres! ¡Nunca se desprecia un regalo!”. Si no eres cristiano nacido de nuevo, entiendo que pienses así de mí. Pero si lo eres —y no conoces el trasfondo espiritual que hay detrás de este tipo de supersticiones— te animo a seguir leyendo; así verás la seriedad del asunto.

El origen de las supersticiones
Las bragas rojas son parte de una extensa lista de prácticas donde se busca “atraer” la dicha o la fortuna en cualquier área de la vida, sea en la salud, en el amor, en el dinero, en el trabajo o en cualquier otra, tanto para uno mismo como para los que nos rodean o queremos.

Hay decenas de supersticiones, según cada país y cultura, pero con esta muestra es más que suficiente:

- Los gatos negros se asociaban en la Edad Media a las brujas, que en la mayoría de los casos no eran más que mujeres que usaban remedios naturales como medicina. Las habladurías y la propia superstición de las personas de la época llevaron a creer que, si un gato negro estaba en compañía de estas “brujas”, era porque eran prácticamente demoníacos, por lo que mejor no cruzarse con ellos.

- Se tocaba madera. Unos porque decían que en el interior de los árboles habitaban duendes y hadas, y así se les llamaba para que te dieran fortuna. Y otros, cristianos caídos en la ignorancia, lo hacían porque era como tocar la cruz de Cristo, y así lograr su protección.

- El novio no podía ver a la novia antes de la boda. De contrario todo les iría mal desde el comienzo. Se hacía así porque muchísimos matrimonios eran concertados entre las familias, por lo que se procuraba que no se conocieran antes, fuera que no se gustaran y huyeran antes del “sí quiero”, lo que rompería el acuerdo, siendo una vergüenza para ambas familias.

- Había que tener mucho cuidado en que no se derramara la sal, ya que, “según el manuscrito Hieroglyphica, escrito por el humanista Pierio Valeriano Bolzani en 1556, la sal se vinculaba a amistad duradera. Al ser un condimento que preserva los alimentos, se creería que ofrecer la sal primero a los invitados era un gesto de querer que la amistad durara eternamente. De ahí que derramar la sal se considerara el fin simbólico de la amistad”.[1]

- No se debía pasar por debajo de una escalera. Según el paganismo que adoptó el cristianismo —por lo tanto, un falso cristianismo— las escaleras de mano con forma de triángulo representan a la Trinidad, y si la pasabas por debajo, era como si la profanaras, proclamando así que tu lealtad era al diablo, con todas las consecuencias negativas que eso acarrearía.

- Romper un espejo era sinónimo de siete años de mala suerte. En el pasado, muchos creían que un espejo reflejaba literalmente el alma, por lo que si se rompía, al alma le pasaba lo mismo. A esto hay que sumarle más factores: en Grecia, las “adivinaciones” se hacían usando espejos. Si, durante el proceso, el espejo se caía y rompía, significaba que el afectado moriría o su porvenir sería bien aciago.
¿Y por qué siete años en concreto? Los romanos pensaban que la vida se renovaba cada siete años, por lo que si un espejo se te rompía, tendrías mala suerte hasta que no pasaran esos años.

- Levantarte con el pie derecho te hará tener un buen día, y lo contrario si lo haces con el izquierdo. ¿De dónde viene esta nueva superstición? Como nos cuenta el Centro Virtual Cervantes, en esta ocasión, de la interpretación supersticiosa de un acto religioso: “En los Misales se leía que el sacerdote que se disponía a celebrar la misa, una vez rezado el Introito, tenía que subir las gradas del altar adelantando el pie derecho. Este acto sirvió para que el pueblo denominara ‘entrar con pie derecho’ al hecho de empezar a dar acertadamente los primeros pasos de un negocio”.[2]

- El número 13 anunciaba todo tipo de desastres en tu vida, por lo que muchos hoteles evitan tenerlo. ¿La realidad? El origen se encuentra en la mitología nórdica: “Según explica el historiador Donald Dossey, se invitaron a 12 dioses a un banquete en el Valhalla, el paraíso de Odin, Thor y compañía. Sin embargo, se autoinvitó a una decimotercera persona: Loki, dios de las mentiras y de los engaños. Cuando se intentó expulsar a Loki, acabó muriendo Balder, el favorito de los dioses. Fue un día muy funesto porque el final de Balder anunció el inicio del Ragnarök, el ocaso de los dioses. Esta historia se considera la primera referencia a la mala suerte del número 13, (y una inspiración evidente para la posterior Última Cena)”,[3] donde se dice que el traidor Judas era el decimotercer comensal.

- Y, para terminar de rematar, hay que evitar a toda costa casarse no solo el día 13, sino especialmente si coincide con el martes. De ahí el dicho: “en martes 13, ni te cases ni te embarques, ni de tu casa te apartes”. En la mitología griega, ese era el día de Ares, el dios de la guerra. En consecuencia, se cree que cualquier cosa que se haga ese día, acabará mal, incluso violentamente.

Absurdo de lo absurdo, todo es un absurdo
Si le citas a los creyentes las palabras “vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad”, sabrán al instante que es un famoso texto del libro de Eclesiastés.
Esa es la traducción de la RV60, y muchos no conocen otra diferente. Sin embargo, para el caso que estamos viendo, me resulta apabullante y clarificadora la realizada por la Nueva Versión Internacional (guste más o menos): “Lo más absurdo de lo absurdo —dice el Maestro—, lo más absurdo de lo absurdo, ¡todo es un absurdo!” (Ecl. 1:2).
Haciendo un juego de palabras redundantes: es absurdo creer en supersticiones absurdas del pasado que proceden de mentes absurdas, que toman sus pensamientos de la mitología y la ignorancia.
En pleno siglo XXI, ¿de verdad aceptan que el destino del universo, incluyéndolos a ellos, depende de unas bragas rojas?
¿De verdad aceptan que su felicidad o desdicha está en manos de un gato negro, cuando en realidad el pobre sale corriendo cuando un humano desconocido trata de acercarse?
¿De verdad aceptan que, si les cae la sal, se van a romper sus amistades, y no por otras causas verdaderamente importantes?
¿De verdad aceptan que si les despiden del trabajo o un cáncer se manifiesta en sus cuerpos es porque pasaron por debajo de una escalera?
¿De verdad afirman que da “mala suerte” casarse un martes 13, cuando cientos de miles de divorcios que se producen al año son de personas que no se casaron en dicha fecha?
¿De verdad siempre que se levantan con el pie derecho les sonríe el día, viviendo en una especie de paraíso terrenal?
¿De verdad creen que Loki, Ares o Judas están detrás de las supuestas desgracias que suceden alrededor del número trece?
¿De verdad creen que se les romperá el alma por un espejo fracturado, y que la imagen que refleja el espejo es la del alma?

Lo digo porque conozco, y seguro que tú también, personas que son muy agraciadas en su rostro pero tienen un alma que es todo lo contrario. Y lo mismo a la inversa: caras poco hermosas pero almas que sí lo son sobremanera.
Me repito: que hoy en día haya individuos que sigan creyendo en algunas de las cuestiones citadas —que incluso se alteran emocionalmente y se muestran ansiosas hasta que no hacen algún otro tipo de ritual para “contrarrestar” dichas “maldiciones”— es literalmente absurdo, y es hora de que rompan para siempre con ellas. Mientras no lo hagan, estarán atadas y con cadenas en sus mentes.

Creer en ellas atenta contra Dios mismo
Estas prácticas, ni más ni menos, son los que se conocen como supersticiones, y que la propia definición que hace la RAE de dicho término debería poner a todo el mundo sobre aviso: “Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón”.
Empecemos por la segunda parte de la descripción y terminemos con la primera:

1. Contraria a la razón
Creer que de un objeto, sea el que sea, depende tu dicha o desdicha, tu salud o tu enfermedad, tu riqueza o tu pobreza, tu éxito o tu fracaso, no habla bien de la persona, ya que demuestra una pobreza interna muy grande.
Y ahora te vas a reír: siendo adolescente, recuerdo perfectamente el día que me encontré en mi colegio una piedrecita que me pareció bien hermosa. Me la guardé en el bolsillo y de ahí no salió en varias semanas. No sé el porqué, pero comencé a creer que me traía suerte, sobre todo en los deportes, hasta el punto de convencerme de que los buenos partidos que estaba llevando a cabo se debían a ella.
Un día, en uno de esos encuentros, me golpeé con un rival de frente: los dos caímos al suelo abruptamente. ¿En qué parte de mi cuerpo quedé muy dolorido? En la ingle, puesto que a esa altura, en el bolsillo del pantalón de deporte, llevaba la piedrecita.
Cuando me levantaron cojeando y me saqué la piedra, todos se extrañaron. A varios compañeros les expliqué el motivo de llevarla. Ellos sí que se quedaron de piedra. Uno quiso tirarla, pero le pedí que no lo hiciera. Cuando llegué a clase con retraso por la lesión que me había provocado, la historia ya había corrido por el aula.
Y claro, aunque en broma, se rieron de mí. Me lo gané a pulso y me lo merecía. Esa misma tarde, fui consciente de la sandez que suponía el haberle otorgado a un mineral la capacidad de hacer que marcara goles, así que me deshice de ella lanzándola lo más lejos posible.
Como sé de primera mano cómo funciona la autosugestión, cuando alguno dice que, por hacer una cosa u otra, les ha ido bien, siento pena. ¿Es que nunca enferman? ¿Es que siempre están felices? ¿Es que siempre les sonríe la vida? ¿Es que siempre logran todos sus sueños? ¿Es que nunca les han traicionado los que se llamaban amigos? ¿Es que sus relaciones sentimentales siempre son maravillosas? ¿Es que todos tienen trabajos extraordinarios que les hacen sentir plenos? ¿Es que nunca van a morir? ¿Es que sus seres queridos y familiares vivirán jóvenes eternamente en este mundo?
Cuando algo de esto sucede, que depende de mil factores y que es ley de vida, ¿a quién le echan la culpa?

2. Creencia extraña a la fe religiosa
Más de uno podría decir que no le hacen daño a nadie y que sus prácticas solo amplían sus creencias o, al menos, el número de posibilidades de ser protegidos o bendecidos por algún ser celestial. Sin embargo, alguien que profesa el cristianismo genuino no puede hacer tal afirmación. No se puede aceptar pulpo como animal de compañía, por una razón que debería poner los pelos como escarpia a estas personas: “el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Co. 11:14).
Como bien dijeron en una ocasión: “Toda creencia sobrenatural ajena al cristianismo es superstición. La superstición es una manera de relación con el demonio”. Entre las muchas formas en que esté ángel caído engaña a los seres humanos, una de ellas es por medio de las supersticiones. No es casualidad que algunos de los sinónimos del término sean “hechicería, magia, brujería, ocultismo”.[4]
¿Hay personas que afirman que no, que no es nada de eso? Sí. Pero la cuestión es que no es lo que ellos crean o digan, sino lo que Dios dice, y Él declara en Su Palabra que sí lo es. El apóstol Pablo dijo que es una obra de la carne, y que quien la practica no heredará el reino de Dios (cf. Gá. 6: 22). Además, se cae en la idolatría cuando se deposita la confianza personal en cualquier cosa (objeto, persona o acción) que no sea Dios.
El que dice que cree en Él pero deposita su fe en algo de lo citado con anterioridad, o desconoce por completo la Biblia e ignora la verdad, o realmente no ha nacido de nuevo. Un verdadero renacido jamás aceptaría las supersticiones en su vida. Viene a ser un desprecio al propio creador del universo y a Su Palabra, ya que la petición de esos corazones no la están llevando ante Él en oración —que es la única manera que Jesús y los Apóstoles enseñaron con rotundidad—, sino por medio de amuletos o prácticas que no proceden de sus enseñanzas, que son claras al respecto.
También en algunos ambientes católicos y evangélicos se ha caído en este tipo de falsas creencias por medio de otras prácticas: ponerle velas a “santos”, llevar encima “estampas de ángeles custodios”, uso de “agua bendita” o de “prendas ungidas”, “rosarios bendecidos”, etc. Las he citado entre comillas porque ninguna de ellas tiene base bíblica, y son una mezcla de paganismo y filosofías orientales. Y Jesús fue extremadamente claro ante el día del juicio:
 
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:21-23). 

Las prácticas supersticiosas caen en la categoría de maldad porque rechazan la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios (Ro. 12:2). Ni el hacer milagros, ni el echar fuera demonios, ni ser muy beato o muy religioso, sirve de nada si se antepone los propios designios a los de la Soberanía de Dios.  
Otros han convertido directamente a Jesús en una mezcla de amuleto y genio de la lámpara, al que se le exige con la herejía de la confesión positiva que atienda a sus demandas sin falta: dinero, trabajo, salud o amor. Todos ellos desprecian la oración del Padrenuestro (“hágase tu voluntad”) y omiten voluntariamente las palabras de Santiago: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Stg. 4:15).
Como de las erradas convicciones que profesan muchos “cristianos” he hablado ampliamente en mis dos libros publicados (Herejías por doquier: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/08/normal-0-21-false-false-false-es-x-none_21.html y Mentiras que creemos: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/06/mentiras-que-creemos.html), les remito a ellos a quienes estén interesados en profundizar en las mismas.

Conclusión
¿Seguirás creyendo que Dios, que es Todopoderoso, Omnipotente y Omnisciente, que creó el universo de la nada, que hasta el más mínimo átomo del que estamos formados le obedece, está condicionado en Su Voluntad a un gato negro, a un bote de sal, a unas escaleras, a un espejo roto, a un martes 13 o a unas bragas rojas? ¿Seguirás controlado por semejantes simplezas?
¿Cómo puedes rechazar todo esto?

1. Confiando únicamente en Dios y en nada más.

2. Evidentemente, esto último es opcional, y como forma cómica de desprenderse de estas falsas creencias mentales: cada vez que te cruces con un gato negro, sácale la lengua, sonríele o ponle caritas de payaso; si tienes algún espejo que está viejo pero nunca te has atrevido a tirar, salta sobre él hasta dejarlo hecho añicos. O cálzate unas zapatillas deportivas amarillas como las mías de la foto, color que muchos relacionan también con la “mala suerte”, y que es otra insensatez.

Y así, con todo los ejemplos que se te ocurran. Nada te va a ir mejor o peor porque lo hagas, pero puede ser una forma de mostrar tu rechazo y de reírte de todas y cada una de las supersticiones que existen y que son un “absurdo de lo absurdo”.

lunes, 17 de marzo de 2025

¿Por qué las personas que te rodean llaman bueno a lo que es malo? ¿Eres tú uno de ellos?

 


Podríamos filosofar mucho al respecto, pero Pablo responde a esta pregunta de manera magistral en buena parte del primer capítulo de la carta a los romanos[1]. Aunque vamos a analizar parte de él, el clímax podemos encontrarlo en el versículo 28: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen”. Así la traduce la Reina Valera, y el resto de traducciones dejan clara la misma idea:

- “Por pensar que era una tontería reconocer a Dios, él los abandonó a sus tontos razonamientos y dejó que hicieran cosas que jamás deberían hacerse”. (NTV)

- “Ya que la gente creyó que no era importante conocer a Dios, él los dejó que siguieran pervirtiendo su mente y terminaron haciendo lo que no deben”. (PDT)

- “Como no han querido tener en cuenta a Dios, Dios los ha dejado hacer todo lo malo que su mente inútil los lleva a hacer”. (TLA)

En definitiva: ellos no quieren saber nada de Dios y prefieren seguir sus propios caminos, así que Él deja que hagan lo que quieran, respetando el libre albedrío con el que los creó. ¿Resultado? Sus pensamientos se han corrompido, hasta el punto de estar convencidos que actúan de manera normal, por lo que no sienten remordimientos de conciencia ni creen que tengan nada de que arrepentirse. Siempre creen llevar la razón y son los  demás los que están equivocados, por lo que es extrañísimo escucharlos pedir perdón por algo.

Eligen su propio camino
Dios dice: “yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal” (Dt. 30:15). Por eso Él les habla consecuentemente a los que han elegido la vida y el bien, y a los que han preferido la muerte y el mal: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap. 22:11).
¿Y cuáles son esas “cosas” que no convienen y a las que Pablo alude?: “injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades;  murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia” (Ro. 1:29-31).
Todo esto es una de las señales de los últimos tiempos antes de la segunda venida de Cristo: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Ti. 3:1-4).
Los extremos de la maldad lo marca cuánto siguen a sus deseos carnales y, por eso, no todo el mundo que no es cristiano no es un asesino o un violador. Pero lo que vemos hoy en la humanidad es muy evidente para cualquiera que mire un poco a su alrededor. Desde la propia juventud no tienen problemas:

- en mentir (“engaños”).

- en tener relaciones sexuales sin estar casados (“fornicación”).

- en vestir sin pudor para lucirse por la calle o en las redes sociales (“amadores de sí mismos” y vanagloriosos”).

- en usar un lenguaje soez y desvergonzado, y en comportarse desinhibidamente (impíos” e “infatuados”).

- en emborracharse o en “jugar” y competir a ver quién bebe más (“inventores de males”).

- en reírse con los memes de Internet que se burlan de Jesucristo (“aborrecedores de Dios” y “blasfemos”).

- en faltarles el respeto a sus padres y en usar el chantaje emocional para lograr sus deseos, algo que logran retirándoles la palabra, estando durante días con mala cara, quejándose por todo y de todo, encerrándose en la habitación, negándose a comer, etc. (“desobedientes a los padres”, “sin afecto natural” e “ingratos”), como señalamos en “Algunas señales concretas antes de la Segunda Venida de Cristo” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/10/5-algunas-senales-concretas-antes-de-la.html).

Aunque nos pueda desconcertar, lo llamativo es que no se sienten mal por lo citado, lo cual podríamos ampliar muchísimo más. En lugar de reconocerse en este listado, arremeten contra los que los acusan, sin ser capaces de mirarse a sí mismos.

Excusas baratas y necias
Como Dios dice que es malo lo ellos hacen, replican y justifican su manera de actuar de mil maneras distintas:

-  “No hago nada malo”.
- “¿Qué tiene de malo?”.
- “No soy tan malo”.
- “Hay mucha gente peor”.
- “Hago más cosas buenas que malas, así que, si existe el cielo, sin duda Dios me dejará entrar”.
- “Todo el mundo lo hace”.
- “Es divertido y placentero”.
- “Dios es un aguafiestas”.
- “Él lo entenderá y me perdonará”.
- “Voy a la iglesia y con eso cumplo”.
- “Rezarle a los difuntos, ser supersticioso, creer en el horóscopo y en la videncia me animan a seguir adelante”.

Luego están las dos excusas más tremebundas que suelen exponer cuando se quedan sin ninguna:

1) “No es tan grave”. Y pregunto: ¿Dios mandó a su Hijo a morir en una cruz por ellos y no es tan grave? Aunque este tipo de personas se tienen por buenas en líneas generales, el verdadero cristiano, a medida que crece, piensa de sí mismo todo lo contrario: ve el pozo negro de su alma y siente desfallecer, al mismo tiempo que contempla la perfecta santidad de Dios y da gracias una y otra vez al saber que sus pecados han sido pagados por Cristo en la cruz.

2) “A mí los cristianos que no me digan nada que ellos no son tan buenos” (argucia que ya refuté en Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html).

Creen su propia mentira
Unos se comportan como si Dios no existiera, y otros –los que dicen de boquilla hacia fuera que sí creen- no le hacen ningún caso. La realidad es que todos ellos tienen la CONCIENCIA CAUTERIZADA, como señala Pablo en 1 Timoteo 4:2. La versión PDT (Palabra de Dios para todos) traduce dicho texto de una forma más entendible para el lector de hoy en día: “Ellos no saben la diferencia entre el bien y el mal. Es como si su entendimiento hubiera sido quemado con hierro candente”.
Sin más, se vuelven insensibles al pecado, y por eso terminan llamando malo a lo bueno, y a lo bueno malo (cf. Is. 5:20): “Para los seres humanos, tener una conciencia cauterizada es el resultado de pecar continua e impenitentemente. Finalmente, el pecado enturbia el sentido moral del bien o del mal, y el pecador impenitente se hace insensible a las advertencias de la conciencia, que Dios ha puesto en cada uno de nosotros para que nos guíen (cf. Ro. 2:15)”[2].
Dado el estado en que está la conciencia, llegan a sentir en su corazón que su forma de comportarse es correcta. Sin saberlo, o sin quererlo saber, o sin querer reconocerlo, están errados. Han moldeado sus conciencias de tal manera que se creen su propio engaño. Ahí se les puede aplicar rotundamente estas palabras: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). El texto hace alusión al hombre que se apoya en su propia sabiduría humana y que deja de lado a Dios para los asuntos de la vida. El tal es considerado una y otra vez en la Biblia como un necio: Afirmaban ser sabios pero se convirtieron en completos necios” (Ro. 1:22; NTV).

No hay término medio
Si existe una sensación que me deja afectado es aquella que siento cuando se me cruza por la mente alguna persona a la que le he predicado el Evangelio –o sé que otro lo ha hecho- y, por activa o por pasiva, lo ha rechazado con mil pretextos. Y me enferma porque sé que, cada segundo que transcurre, se la está jugando, porque en cualquier instante puede morir en circunstancias inesperadas –tenga la edad que tenga- y que, si es así, se va de cabeza al infierno, que es la separación eterna de Dios y de todo lo bueno. Jesús fue tan claro al respecto que nadie puede evadirse: “ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt. 7:13-14).
O estás en la luz o estás en tinieblas. O aborreces lo bueno o aborreces lo malo. O amas los deleites carnales o amas a Dios. O vas camino al cielo o vas camino al infierno. O vas al Paraíso eterno o vas a la condenación eterna. O tu Padre es Dios o tu padre es el diablo. O tu nombre está escrito en el Libro de la Vida o no lo está. No hay caminos alternativos.
No sé en qué lado estás, pero, por mi parte, más claro no puedo hablar, porque cito literalmente lo que Dios enseña al respecto. No es mi palabra, sino la Suya plasmada en la Biblia, la cual hasta un niño atento puede entender. Y se va a cumplir, sí o sí. ¿Quieres seguir creyendo tus propias ideas? ¿Quieres seguir con tu estilo de vida? ¿Quieres seguir creyendo que eres bueno? Es tu decisión, y las consecuencias, en su momento, serán las que serán.
¿Quieres cambiar tus ideas por las del Creador? ¿Quieres cambiar tu estilo de vida? ¿Quieres aceptar que no eres bueno, “que no hay justo, ni aun uno”[3]? Harás bien. Si es así, ahora tendrás que aceptar de verdad y de corazón el mensaje de salvación: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3-4).
El camino a transitar es bien claro: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro. 10:9-13).


[1] Recordemos que, originalmente, la Biblia no estaba dividida en capítulos.

[3] Ro. 3:10.

lunes, 10 de marzo de 2025

¿Cosechamos lo que sembramos? ¿Pone la vida a cada uno en su sitio?

 

Decía una canción de Sergio Dalma que “el tiempo y los años colocan a uno donde corresponde”. Pero, ¿es verdad?

Junto a la hipocresía, las actitudes tóxicas y la malicia, si hay algo que no soporto es la mentira. Reconozco que cuando descubro a alguien mintiéndome, me cuesta la misma vida volver a confiar en esa persona, sea quien sea. Y hay algunos en quienes ya no confío porque el tiempo y la experiencia demostraron que eran mentirosos crónicos. Por eso, cuando descubrí, hace muchos años, una supuesta mentira en la Biblia, me quedé completamente desconcertado. Si en Su Palabra dice que “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19), ¿por qué habría Él, teóricamente, mentir? ¿O era yo el que no comprendía Sus palabras?
Todo vino motivado tras leer por enésima vez un texto escrito por Pablo. Deteniéndome en él y reflexionando sobre el mismo, no fui capaz de hallar una respuesta satisfactoria, al menos en primera instancia. Así que hice lo que nunca suelo hacer: dejé mi mente a un lado e ignoré el problema para acallar mi conciencia. Me resultaba descorazonador y no sabía afrontarlo. Esto era algo impropio en mí, puesto que el primer libro que leí fue “Evidencia que exige un veredicto” de Josh Mcdowell, el cual aclara todas las dudas intelectuales que uno puede tener sobre la fe.
¿A qué texto me estoy refiriendo y que ponía en entredicho?: “Pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gá. 6:7). Esta es una afirmación que no me convencía en absoluto, y las pruebas empíricas no favorecían el mensaje del apóstol. Estoy seguro de que los que son más sabios que el que escribe saben perfectamente cuál es la verdad que esconde este pasaje. Pero para aquellos, como yo, que no lo saben todo, les quiero exponer mis argumentos, junto al error de principiante y de mi planteamiento inicial, para acabar mostrando la contundente y aclaratoria explicación que Dios me mostró una noche en la que no podía dormir. Lo hizo de la manera en que siempre lo hace: abriéndome las Escrituras como en su momento llevó a cabo con los dos que iban camino de Emaús (cf. Lc. 24:32).

Pruebas empíricas que, aparentemente, desamparan Gálatas 6:7
Leí hace tiempo a un autor decir –citando el pasaje “el que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Co. 9:6), que dichas palabras no se refieran únicamente al dinero sino a todo lo que compartimos con los demás y el prójimo: tiempo, comprensión, amabilidad, etc. ¿Esto sucede en ocasiones? Por supuesto. ¿Esto sucede siempre? No, ni mucho menos. ¡La de tiempo, comprensión, amabilidad y amor que ofreció Jesús y, sin embargo, se lo devolvieron con violencia, insultos y la propia muerte! Citando un solo ejemplo de los muchos que podríamos poner: el de los leprosos. Sanó a diez de una tacada y solo uno le dio las gracias: “Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” (Lc. 17:15-18).
En la vida ordinaria, entre personas normales como tú y yo, sucede exactamente lo mismo: puedes hacer el bien y te lo pueden devolver con el mal; puedes amar a alguien, pero que este te odie. O que no devuelvas mal por mal, pero si se porten mal contigo; puedes ayudar a una persona y que no te ayude a ti; puedes hablar bien de alguien y ese mismo menospreciarte; puedes ser educado y que no lo sean contigo; puedes hablar con amabilidad y responderte con gritos; puedes mostrarte empático y que no haya reciprocidad por la otra parte; puedes ofrecer ayuda económica a algún individuo y que te niegue el mismo soporte cuando lo necesitas; puedes tener un gran desempeño en un trabajo y que, sin embargo, le hagan el contrato fijo al que no se esfuerza; puedes ser un amigo fiel, pero que te lo paguen con la traición; puedes interesarte por la vida de una persona y que ella no lo haga respecto a la tuya; puedes actuar humildemente y que luego haya individuos que pensarán que eres presuntuoso; puedes querer ayudar a otros señalándoles sus errores doctrinales para que rectifiquen, pero esos mismos pensarán que quieres destruirlos. Y así con todo lo que nos podamos imaginar.
Recuerdo una ocasión en el trabajo donde un hombre, de la nacionalidad que todo el mundo puede imaginar, estaba golpeando a su mujer; literalmente, chocando su cabeza contra la ventana del coche, mientras su bebé lloraba desconsolado. En cuanto lo vimos, todos los presentes salimos corriendo a defenderla mientras que otros llamaban a la Policía que se encontraba cerca. ¿Qué hizo ella? ¿Le dio las gracias al chico que, en primera instancia, salió en su ayuda? Nada más lejos de la realidad: le gritó, le abroncó y le insultó. Un sinsentido. En esta vida, 2 + 2 no siempre son 4, al menos no en los términos que conocemos.
Si Pablo dice que recogemos lo que sembramos, es una total contradicción que sembremos el bien y lo noble y, por el contrario, recojamos el mal y lo injusto. Siguiendo esta línea paulina y de pensamiento puramente lógico, observamos que muchos textos no se cumplen en todo momento, lugar y circunstancia:

- “Ninguna adversidad acontecerá al justo; mas los impíos serán colmados de males” (Pr. 12:21).

- “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Pr. 16:7).

- “El mal perseguirá a los pecadores, mas los justos serán premiados con el bien” (Pr. 13:21).

- “El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos; pero la riqueza del pecador está guardada para el justo” (Pr. 13:21).

- “La blanda respuesta quita la ira” (Pr. 15:1).

- “No he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Sal. 37:25).

¿Cuál es la realidad?
Dejando para el final la explicación de esos proverbios, repito lo que dije líneas atrás: a veces se cumple; otras tantas, no. En muchas ocasiones, el mal le llega a los que hacen el bien y lo bueno le llega a los que hacen el mal. En la Biblia nos encontramos las dos caras de la moneda: hombres de fe, de buen testimonio, que agradaron a Dios, obedientes a sus mandamientos, y que por ello tuvieron extensos terrenos de tierra y grandes ganados. A la vez, hubo los que “conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros” (He. 11:33.34). Pero otros, igualmente hombres de fe, de buen testimonio, que agradaron a Dios, obedientes a sus mandamientos, “experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido” (He. 11:36-39).
Los judíos, cuando salieron de Egipto y huían de sus perseguidores, “por la fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca; e intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados” (He. 11:29). Pero, a lo largo de la historia, incluso en el presente, ha sucedido justo lo opuesto: cristianos que han sido quemados vivos mientras los “egipcios” de turno se regocijaban. Los apóstoles mismos murieron casi todos de formas violentas. Como bien dijo J.C. Ryle: “La risa, la burla, la oposición y la persecución a menudo son la única recompensa que los seguidores de Cristo reciben del mundo”. El ejemplo más claro es el de Jesús: amando, murió en una cruz.
Hay muchos cristianos –especialmente los que siguen la falsa teología “del reino ahora”- que todavía no han comprendido esta realidad y, por eso, les encantan los “testimonios de sanidad física” o de “protección sobrenatural”, pero no en los que “no hay sanidad” o acaban en “defunción”. Hablan de “promesas” de Dios que hay que “declarar”, ya que están a la vuelta de la esquina, que no tardarán en cumplirse, citando –como siempre- pasajes bíblicos sacados de contexto, como Habacuc 2:3: “Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Hab. 2:3), que ni se molestan en contextualizar.
No saben –o no quieren saber- que muchas promesas de Dios no son para esta vida. Luego terminan desilusionados del cristianismo o de Dios, porque creen que Él es el genio de la lámpara que cumple cada deseo personal “aquí”, “ya” y “ahora”. Recordemos que Jesús dijo que el reino de Dios se había acercado (cf. Mt. 3:2), y lo hizo en su “figura” de Cristo, presentándose físicamente a la humanidad, pero ese reino todavía no ha sido establecido ni lo será hasta Su regreso. Ahí el lobo morará con el cordero (cf. Is. 11:6), pero hasta entonces lo normal será que el lobo devoré a todo cordero que se encuentre en el camino. Por eso, en lo que respecta a nosotros, y como todavía no se ha hecho presente ese mundo futuro, “aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Jn. 3:2).
Por todo lo reseñado, y aunque puedo llegar a entender la frase que he oído en más de un ex-cristiano (“que no merece la pena ser bueno”), es indefendible “cambiarse de bando”. Que pueda resultar por momentos desconcertante recibir el mal cuando has sembrado el bien no es justificación alguna para apartarse de los caminos de Dios. Son los “Demas” que terminan desamparando a los amigos porque acaban “amando este mundo” (2 Ti. 4:10).

Mi error y “el segundo tiempo”
Como apunté al comienzo de este escrito, mi error al interpretar este texto fue el de un principiante. Las susodichas palabras de Pablo –“Pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gá. 6:7)-, así, aisladas, están sacadas de su contexto y de la enseñanza global de las Escrituras. En su conjunto inmediato, tanto anterior como posterior, dice así: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gá. 6:7-10).
¿A quién hace alusión el texto, el cual no podrá ser burlado? A Dios. Pablo manda un aviso a navegantes: “No te engañes. Aunque parezca que los que cometen maldades e injusticias están triunfando y disfrutan de todo, Dios hará que paguen tarde o temprano por sus actos. De igual forma que los que hacen el bien y viven según la justicia, serán recompensados con la eternidad”. Ahora bien, el enfoque debemos situarlo en tres palabras: “a su tiempo”. El tiempo, para Dios, es muy diferente a como nosotros lo percibimos, que solemos basarnos en un calendario solar de horas, días, semanas, meses y años, y nos olvidamos de que Dios es eterno y, por lo tanto, sus tiempos son completamente diferentes.
Nosotros partimos del error de creer que “la vida” es el periodo que pasamos en este mundo, cuando la vida –para bien o para mal, para un fin dichoso o aciago-, no tiene fin, y tras el cese de la actividad de nuestro cuerpo, pasamos a otro plano de la existencia: “el segundo tiempo”. Bien dice el autor de Eclesiastés que Dios ha puesto “eternidad en nuestros corazones” (cf. 3:11). Por eso, algunos que siembran para la carne siegan corrupción en “la otra vida” (la muerte eterna) y otros “en esta misma vida”. Citemos algunos ejemplos para el presente:

- El que tiene actitudes tóxicas y no las cambia, el precio que paga es que la inmensa mayoría de las personas terminan por apartarse de él.

- El que se contrae matrimonio por impulso o tras hacer una mala elección, el precio que paga es una vida desgraciada que, tarde o temprano, acaba en divorcio.

- El que consume pornografía o cualquier otro tipo de perversión, el precio que paga es que su mente se corrompe.

- El que mantiene relaciones sexuales con desconocidos, el precio que paga es un embarazo no deseado o contraer algún tipo de enfermedad de transmisión sexual.

- El que se junta con amistades poco convenientes, el precio que paga es que termina adoptando sus malas costumbres.

- El que es tiene por hábito mentir cuando le conviene, el precio que paga es que pierde su credibilidad.

- El que emborracha por diversión, el precio que paga es que necesita beber para divertirse con los amigos u olvidar las tristezas.

- El que viste de forma “minimalista”, el precio que paga es que pierde el pudor sano.

- El adúltero, el precio que paga es que termina por ser descubierto, destruyendo dos matrimonios y dos familias.

- El que ve películas, series y programas de televisión vulgares, el precio que paga es que se vuelve vulgar.

- El que no quiere saber nada de Dios y lanza su amargura contra Él, termina blasfemando con palabras o con actitudes.

Es como el que come y come sin parar: termina poniéndose bien gordo. Pues, en términos de la propia alma, sucede exactamente igual. Es simple “causa” y “efecto”.
El deseo de Dios es que no tengan que pagar el precio también en la otra vida, pero depende de que se arrepientan: “No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ez. 33:11).
Muchos dirán que hay adúlteros, promiscuos, fornicarios, mentirosos, narcotraficantes, violadores, etc., a los que nunca han pillado y se han librado de las consecuencias. O que las penas que han sufrido han sido pequeñas en proporción al mal que han hecho porque la justicia humana es imperfecta. Incluso puedes pensar en aquellos que, sin cometer grandes actos de maldad y siendo buenos trabajadores e íntegros, son agnósticos o ateos y no tienen en cuenta a Dios para nada. Ante todos ellos, la respuesta la ofrece Millard Erickson: “Los que llevan vidas pecaminosas no siempre son castigados, y la rectitud con frecuencia parece quedarse sin recompensa. El Salmo 73 refleja la prosperidad aparente de los malvados. Están sanos y parecen libres de los problemas que otros padecen. Esta observación también la hacemos nosotros con frecuencia. En el pasado a menudo hemos escuchado el eslogan ´El delito no paga`. Sin embargo, el delito con frecuencia paga y a veces de forma bastante elegante. Los jefes del crimen organizado a menudo acumulan fortunas enormes y pueden tener también salud, mientras que algunos creyentes virtuosos son pobres, están enfermos o sufren la pérdida trágica de sus seres queridos. Y esta aparente iniquidad continúa año tras año”[1].
Pero volvemos a lo mismo: “Dios no puede ser burlado” y, tarde o temprano, dará su pago. El mal y la injusticia van a tener unas consecuencias, lo mismo que el bien y la justicia. Por eso es “útil señalar lo que descubrió el salmista (Asaf). Cuando fue al santuario de Dios, percibió el fin de los malvados. Vio que finalmente serían destruidos (Sal. 73:17-20, 27). Por otra parte, vio que él sería guiado por el consejo de Dios y finalmente recibido en gloria (v. 24). La justicia de Dios no se debe evaluar a corto plazo. Durante el transcurso de esta vida a menudo quedará incompleta o será imperfecta, pero hay otra vida, en la que la justicia de Dios se completará”[2]. 
De ahí que sea absurdo que haya cristianos que se llenen de amargura, pesar y envidia al ver cómo prosperan personas sin temor de Dios alguno. Denota falta de sabiduría y de asimilación de conceptos bíblicos básicos. Deberían quitarse todos los pajaritos que tienen en la mente y asimilar las palabras que pronunció Jesús en la parábola de los talentos: “Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:20-21).

Apuntes finales
En lo que respecta a los textos citados de Proverbios párrafos atrás, el teólogo Carson explica que “uno de los errores más comunes cometidos por los predicadores en el área de los géneros literarios se produce al hablar de Proverbios. Un proverbio no es una promesa ni una ley. Si se trata de esa manera, puede resultar muy desalentador para algunos creyentes cuando las cosas no parecen funcionar como la ‘promesa’ sugiere[3]. Como termina de explicar José María Martínez, tenemos que “distinguir lo que son expresiones de verdades absolutas y lo que solo señala verdades relativas. No todos los Proverbios tienen un alcance universal. Aquí es válida la observación respeto a la interpretación de los Salmos: hemos de saber discernir lo que es confirmación de la Palabra de Dios y lo que es apreciación humana derivada de una experiencia, la cual puede ser muy amplia, pero no comunica un mensaje infalible. No siempre el sabio cosecha prosperidad temporal ni el insensato se ve abocado al sufrimiento y la ruina. No siempre que los caminos del hombre son agradables a Dios están en paz con él sus enemigos (cf. Pr. 16:7), ni siempre son los labios sinceros contentamiento de los reyes (cf. Pr. 16:13). Esta norma es esencial para evitar generalizaciones erróneas”[4].
Al igual que los Proverbios, los Salmos muestran en muchas ocasiones la fe del escritor en un Dios soberano, pero no un listado de promesas que Él hará realidad en este mundo. Vivimos en una sociedad caída donde existe el pecado sobremanera, lo que provoca que la ley de la reciprocidad no siempre se cumpla. Una buena acción no siempre logra como efecto una buena consecuencia.
Y a los que afirman haberse “cansado” de hacer el bien o de seguir el camino de Cristo, bajo el argumento de que sus buenas obras no estaban cosechando de la manera en que deseaban, solo tengo que decirles lo mismo que me digo a mí mismo, que no es ni más ni menos que las palabras ya citadas de Pablo: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”.


[1] Erickson, Millard. Teología sistemática. Clie. Pág. 313.

[2] Ibid.

[3] Carson, D. A. Falacias exegéticas. Clie, p. 142.

[4] Martínez, José M. Hermenéutica Bíblica. Clie.

miércoles, 30 de octubre de 2024

“He llegado al límite de la contradicción entre el personaje y la persona”

 


Todos aquellos que estuvieron conmigo en cierta iglesia, sabrán cómo la misma cayó en el sectarismo, donde una vida de esperanza se convirtió en una certera esperanza de muerte. De igual manera, entre otros muchos acontecimientos y la exposición de falsas doctrinas –que fue lo que provocó mi salida años atrás-, conocen de primera mano algunos de los últimos detonantes que llevaron a su implosión final: cierta persona, con voto, voz y mando, había estado en varias relaciones de adulterio. Y no solo eso, sino que, durante años, intentó “seducir” a otras mujeres, algunas de ellas jóvenes. Todo eso se ocultó, hasta que ya fue de dominio público. Ahí estalló la guerra, en la cual ya no estuve presente, y el consecuente derrumbe. Tan triste como cierto. 
Esto ha vuelto a mi mente después de lo que ha sucedido con el ya expolítico Íñigo Errejón. A falta de que, tarde o temprano, se celebre el juicio –en singular o plural- contra su persona por la denuncia de acoso sexual, me quedo con una frase en concreto de una carta que ha publicado para confesar sus malas acciones: “He llegado al límite de la contradicción entre el personaje y la persona”. Decía ser uno y era de forma opuesta. Decía pensar y sentir de una manera, y en su interior pensaba y sentía todo lo contrario. Exactamente igual que el caso descrito en el primer párrafo.
Es aquí donde yo me quiero hacer una pregunta, y la lanzo al aire, para que todo el mundo se la responda ante sí mismo: “¿No será que también hay un “Errejón” dentro de nosotros?”. Y me explico: casos como los citados de adulterio o de abuso son extremadamente llamativos. Los cristianos, y con razón, nos escandalizamos aún más cuando sucede “entre sus filas”. Pero, ¿y el resto de aquellos que éramos miembros de dicha congregación? ¿No había contradicción entre el personaje y la persona? Lo digo por que:

- algunos abusaron espiritualmente de otros y ejercieron un poder coercitivo.

- algunos eran celosos, controladores, manipuladores o narcisistas.

- algunos estaban enfrascados en la pornografía.

- algunos novios no estaban precisamente guardando la pureza.

- algunos tenían un carácter agrio y arisco.

- algunos eran emocionalmente infieles a sus parejas.

- algunos no controlaban su lenguaje o se dejaban llevar por la propia ira verbal.

- algunos no sabían perdonar y eran rencorosos.

- algunos se divorciaban sin justificación bíblica.

- algunos eran adictos a los videojuegos.

- algunos despotricaban de los demás a sus espaldas.

- algunos no amaban a sus enemigos.

- algunos no tenían nada de dadivosos.

- algunos hijos deshonraban a sus padres.

- algunos padres provocaban a ira a sus hijos.

Al hacer esta breve lista no estoy tratando de exculpar los actos del personaje nombrado. La destrucción que provocó a su paso fue mayúscula. Y que Dios lo perdone si se ha arrepentido genuinamente. Pero lo que quiero no es centrarme en él, sino en nosotros.
Cada uno sabía de qué pie cojeaba. No creo que nadie se librara, y por supuesto yo tampoco. Todos sabemos sobre la piedra y esas palabras de Jesús: “el que esté libre de pecado...”. Eso era entonces. Pero, ¿y hoy en día? ¿No será que, hasta cierto punto, la frase de Errejón (“He llegado al límite de la contradicción entre el personaje y la persona”), es aplicable a nosotros? ¿Hay incongruencias que hay que corregir? Es algo que cada cual debería reflexionar profundamente, y plantearse si no existe cierta disociación entre lo que es y lo que dice ser.
Las dos diferencias principales entre los casos narrados al comienzo y el resto de los guionizados es que:

1) Los actos de los primeros se conocieron y los actos de los segundos no, al menos no públicamente y de forma general. Pero bien dijo Pablo que “los pecados de algunos hombres se hacen evidentes antes de que ellos sean llevados a juicio, aunque a otros se les descubren después” (1 Tim. 5:24).

2) Los actos de los primeros los consideramos pecados de “primera categoría” y los de los demás de “segunda categoría”. Unos tienen importancia, sin embargo, los otros –curiosamente, los que cometíamos nosotros-, apenas: “No tiene importancia”, “no es para tanto”, “Dios me perdona”. El remordimiento apenas se manifestaba, olvidando que, por todos ellos, Cristo fue voluntariamente a una cruz a sufrir una muerte atroz y a pagar nuestra deuda.

Así que, hoy, aun a costa de ser pesado, termino nuevamente con la susodicha frase, para que cada cual se la plantee en su conciencia y vea, si como cristiano, no ha caído en ella: “He llegado al límite de la contradicción entre el personaje y la persona”. Y, si es así, seamos como el publicano de la parábola: “El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:11-13).

* Como apéndice: hay ex-cristianos que, en su foro interno, presentan como argumentación para abandonar la fe que se decepcionaron. Puesto que el que conoce verdaderamente al autor de la fe (Jesús) sabe que Él no desilusiona a nadie, tendrían que preguntarse si se “decepcionaron” con el “Errejón” que vieron en los demás o con el “Errejón” que vieron en sí mismos.