lunes, 29 de junio de 2020

10. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que estando preparados no hay que temer a la muerte, que esta vida es la antesala de la verdadera VIDA y que la eternidad depende de una respuesta


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que debes elegir VIVIR en lugar de dejarte consumir por el dolor (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/06/9-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Aunque, sin duda alguna, esta décima y antepenúltima lección es la más importante de todas y debería haber ocupado el primer lugar en cuanto a su publicación, no he querido hacerlo antes por una razón muy sencilla: al principio de declararse el Estado de Alarma y el confinamiento en España (que es de donde escribo), cuando todo estaba en su apogeo y el número de fallecidos diarios era tremebundo –lo cual no quiere decir que los que siguen muriendo a día de hoy tengan menos relevancia por ser menor el número- la inmensa mayoría de las personas estaban experimentando unas elevadísimas dosis de tensión, miedo y ansiedad, y en esas circunstancias es muy difícil pensar y reflexionar. Y lo que voy a exponer hoy, la decisión que cada individuo debe tomar, tiene que basarse en la reflexión y en la convicción, no en el miedo.
Es cierto que Jesús expuso de manera clara y contundente las consecuencias de rechazarle de plano, y que dicha verdad es parte de Su mensaje. Dicha parte que a muchos no les agrada la expresó de manera magistral C. S. Lewis, el autor de Las Crónicas de Narnia: “En última instancia sólo hay dos tipos de personas: los que dicen a Dios ‘hágase tu voluntad’ y aquellos a quienes Dios dirá, al fin (de la historia), ‘hágase tu voluntad’. Todos los que están en el infierno lo han elegido. Sin esta opción personal no habría infierno”.
Ahora bien, basarse exclusivamente como hacen muchos en el miedo o en el infierno para “inducir” y “empujar” a alguien a tomar una decisión del calibre que voy a presentar lo considero bastante desacertado, y yo no respondo por lo que otros hagan. Bien dijo Carlos Martínez García en un reciente escrito que “pretender que la gente sea receptiva del Evangelio de Jesús atemorizándola, ejercer chantaje diseminando pavor y asegurar que solamente unos pocos iluminados tienen la capacidad para entender los designios de Dios (los gnósticos avezados en el ´dominó bíblico`), es simple y llanamente una tergiversación del fondo y forma en que Jesús el Cristo desarrolló su ministerio y, en consecuencia, la misión que asignó a sus seguidores y seguidoras”[1].
Además, según mi punto de vista, toda fe que nace y se sustenta en el miedo, más temprano que tarde desaparece, en cuanto las circunstancias son más positivas a las que vivimos actualmente en estos tiempos oscuros.
Por todo lo reseñado, creo que ahora es un momento más propicio, aunque la situación siga sin ser de absoluta normalidad y sin que podamos saber con seguridad qué nos deparará el futuro en los próximos meses y años.

Una mentira que todos citan y que es falsa: “La muerte es lo único que no tiene solución”
Sé que la siguiente frase nadie quiere oírla, y que si alguien la cita le suelen decir que “es un cenizo” o “negativo”, e incluso algunos se marchan cuando surge la conversación. Pero la diré, guste o no: todos vamos a morir. Sea por el Covid-19, por un accidente casero o laboral, por cualquier tipo de enfermedad o sencillamente por la propia vejez: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir(Ec. 3:1-2). A todos nos va a llegar la hora y, en la inmensa mayoría de las ocasiones, sin previo aviso ni tiempo para pensar. En cualquier momento pueden venir a pedirnos nuestra alma (cf. Lc. 12:20).
Nuestros días están contados. Lo fácil para muchos, para no pensar en ello, es evadir el tema. Sin embargo, es necesario hacerlo sí o sí. Y para esto no encuentro mejor manera a día de hoy que prestar atención a la conversación que tuvieron Jesús y Marta (cf. Jn. 11:21-27). La hermana de Lázaro vino corriendo a Jesús a echarle en cara que no hubiera venido antes a sanar a su hermano Lázaro, cuando sabía que estaba enfermo y que por eso había muerto:

- Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.
- Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
- Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.
- Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
- Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.

Yo voy a morir. Tú vas a morir. Ni asistir a ceremonias religiosas, pertenecer a una religión u otra o pensar en positivo lo impedirá. Y tampoco hará que “resucitemos”. Lo única opción está en el que resucitó de entre los muertos, que es el Dios de la vida.
Por lo tanto, la muerte sí tiene solución. Ahora eres tú el que tiene que responder a la pregunta que Él hizo, puesto que de ello depende todo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?(Jn. 11:25-26). ¿Qué tienes que decir al respecto? Creer es dar un paso de fe basándose en una verdadera creencia interna bien meditada. Al igual que nadie en su sano juicio dice en su boda “sí quiero” cuando realmente “no quiere”, la fe requiere saber lo que se está haciendo. Lo que es contrario a esto, será temporal y vacío.

¿Basta con “creer” o es necesario asumir las consecuencias del peor virus que existe?
Muchos dirán, dependiendo de si son católicos o evangélicos: “Yo creo mucho en Dios”, “voy a misa”, “voy al culto”, “participo de la semana santa”, “le rezo a la virgen, a los santos y a los ángeles” o “yo obedezco a mi pastor y soy fiel”. Otros se expresan de esta manera: “No he hecho grandes cosas malas”, “todos cometemos errores y tenemos fallos”, “nadie es perfecto”, “me he ganado el cielo y descansar eternamente”. Frases llenas de estereotipos y prejuicios que no se basan en lo que Jesús enseñó durante su ministerio. En definitiva, todos se creen “justos” o lo suficientemente buenos para entrar por las puertas del cielo con total tranquilidad. La realidad es otra: “Jesús no viene a un mundo lleno de hombres que son conscientes de su necesidad. La mayoría confía en su propia luz que, obviamente, es inadecuada... son demasiado orgullosos, y no quieren renunciar a su luz para cambiarla por la luz verdadera, que es la única que ilumina. El efecto de esa luz verdadera es que muchos hombres siguen estando ciegos, ya que ellos por voluntad propia se niegan a mirarla”[2].
No pienses en esa persona que crees que es mucho peor que tú. Tampoco pienses en ese pobrecito que vive en una selva perdida y que nunca ha oído hablar de Jesús. Olvida ambas ideas puesto que son la excusa perfecta que muchos presentan para eludir responsabilidades personales. Esto es algo que te concierne a ti y así tienes que planteártelo, con tu nombre y apellidos. La realidad es que ninguna de estas “creencias” y “acciones” salvan a nadie aunque sean con buenas intenciones o con piedad. Y la razón está muy clara: hay un virus infinitamente peor que el Covid-19 y del que nada salva, y que se llama “pecado”.
Repitiendo lo que he dicho en incontables ocasiones en todos estos años de blog, lo explicaré de nuevo de la forma más sencilla posible: Incluso aunque hacemos cosas “buenas”, todos nosotros nacemos con una naturaleza inclinada al mal, al pecado, que literalmente significa ni más ni menos que “errar el blanco”. Erramos el blanco en el sentido de que fallamos en cumplir la voluntad de Dios y Su Ley. Por eso, en muchas ocasiones, aunque sepamos qué es lo bueno, hacemos lo malo, como dijo Pablo de sí mismo: Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. [...] Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Ro. 7:19, 21).
¿Consecuencias?: “No hay justo, ni aun uno [...] Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios [...] la paga del pecado es muerte” (Ro. 3:23; 6:23a). Y esa muerte no se refiere únicamente a la muerte física, sino a la condenación eterna. Aunque redujéramos/resumiéramos toda la Ley como hizo Jesús a dos mandamientos principales (“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”), no creo que nadie fuera capaz de decir que cumple esos dos mandamientos en todo momento y en todo lugar.
Muchos creen –fruto del folclore popular- que, tomando una balanza, Dios tendrá en cuenta que sus obras buenas “pesan” más que las malas, y que así les dejará entrar a Su presencia. Nada más lejos de la realidad. Como dijo Jesús, en términos absolutos, “bueno” solo es Dios (cf. Mr. 10:18). En nuestro caso, la naturaleza malvada –el pecado- impregna y mancha todo nuestro ser. Un Dios santo no puede permitir que un pecador esté ante Él. Pero, por puro amor, Él mismo diseñó un plan para revertir esa situación. Se hizo hombre y decidió pagar por nuestros pecados al morir en la cruz en lugar de nosotros. Allí todos los pecados de la humanidad (los tuyos y los míos) fueron “volcados” sobre Jesucristo. Él pagó el precio de nuestra salvación. Allí, la deuda que teníamos quedó cancelada para siempre (Col. 2:14) y se nos regaló la salvación eterna (Ro. 6:23b). ESE ES EL SIGNIFICADO Y EL PROPÓSITO DE LA MUERTE DE CRISTO EN LA CRUZ y que tantos desconocen. Este es el mensaje que Jesús le dijo a los apóstoles que predicaran (cf. Mr. 16:15).

Te toca decidir
El mensaje es claro como el agua. No hace falta ser un erudito para entenderlo. Ahora eres tú el que debe decidir qué hacer con ese mensaje: aceptarlo, rechazarlo o ignorarlo, que viene a ser lo mismo que rehusarlo. No hay más. O dices “sí creo” o “no creo” y sigues viviendo como hasta ahora. ¿Que prefieres seguir tu propio camino? Entonces no tengo nada más que decirte. Ya eres mayorcito. ¿Qué aceptas esta verdad? Entonces te diré qué hacer: En un momento de inflexión, al igual que las palabras que se pronuncian en los votos matrimoniales y  que determinan que una pareja ya está casada, puedes decir con tus propias palabras: “Señor, soy pecador y he vivido de espaldas a ti. Creo que moriste en la cruz por mí y que resucitaste para regalarme la vida eterna. Me vuelvo a ti y a partir de ahora te pido que seas el dueño de mi vida”.
Si tus palabras han sido realmente sinceras, a partir de ese momento, y como enseña el Nuevo Testamento de principio a fin, tu nombre ya está escrito en el Libro de la Vida puesto que ante los ojos de Dios ya eres considerado perfecto, aunque ante ti y los demás no lo seas. Por eso Pablo llama “santos” a los cristianos, a todos los cristianos que han dado ese paso, y no como hoy en día, que se cree que un santo es aquel que ha llevado una vida casi perfecta y ha hecho milagros después de muerto.
A partir de ahí, si lo has hecho de corazón, tu vida cambiará. Es una consecuencia natural. Desearás saber más y más del Dios que te ha salvado. Él te hablará por medio de su Palabra a tu mente y a tu corazón, y por medio de ella te hará ver qué tienes que cambiar. Aquellas cuestiones que te parecían buenas, si son pecado lo descubrirás y así podrás abandonarlas. Querrás agradarle en todo lo que esté en tu mano en gratitud a lo que ha hecho por ti. Le hablarás para abrirle tu corazón, con tus miedos, alegrías y tristezas. Tu mente irá cambiando a medida que conozcas sus promesas que te proporcionarán paz en las tormentas de la vida. Tus valores serán transformados. Y descansarás sabiendo que Él te perdonará y te levantará siempre que “yerres el blanco” y le pidas perdón. Así de grande es Dios: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

Conclusión
Como dice Morris, “en el mundo antiguo, todas las civilizaciones le tenían un miedo atroz a la muerte. Se trataba de un adversario cruel al que todo el mundo temía, y al que nadie podía vencer. Pero la resurrección de Jesús supuso que sus seguidores ya no tendrían nada que temer. Para ellos, la muerte ya no sería un aterrador enemigo al que no se podía hacer frente. La muerte ya no contaba con su aguijón, ya no iba a ver la victoria (1 Co. 15:55). [...] Los que confían en Jesús, aunque van a morir, vivirán. Esta paradoja saca a la luz la gran verdad de que la muerte física no importa demasiado. Puede que los paganos o los no creyentes vean la muerte como el final de todo, pero no es así para los que creen en Cristo. Morirán, en el sentido de que pasarán por lo que llamamos la muerte física, pero no morirán en un sentido pleno. Para ellos, la muerte es la puerta para pasar a una vida de perfecta comunión con Dios”[3].
Nuestras creencias se sustentan en un Ser vivo y eterno, que murió voluntariamente por nuestros pecados y por amor, y que resucitó de entre los muertos para darnos vida eterna a todos los que creyeran en Él y en lo que hizo en la cruz: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras(1 Co. 15:3-4).
“¿Qué pasará un solo instante después de morir? La respuesta para los que se han reconciliado con Dios, a través de Jesucristo, es que instantáneamente pasarán a la misma presencia del Señor, aunque aquí en la tierra se estén produciendo todo tipo de lamentos, de gestiones burocráticas para el sepelio y el duelo que resultará tras la desaparición del finado, pero quienes ´mueren en el Señor`, cuando exhalen su último aliento aquí en la tierra, estarán insuflando en su plenitud la vida eterna”[4].
Por eso, cuando la muerte física se manifieste –dando paso a la verdadera VIDA- podríamos decir que la “persona no ´experimentará` la muerte porque, aunque le llegará, no la notará más de lo que notaría la caída de una hoja del árbol bajo el cual está sentado, leyendo un libro. La muerte le llega, pero él ni la ve ni la nota”. Esa debe ser la actitud de todo aquel que ha puesto su confianza en Cristo y ante la perspectiva de la eternidad”[5].

En breve continuará.



[2] Morris, Leon. El Evangelio según San Juan. Vol. 2. Cita de Barret. Pág. 82, nota al pie 2.
[3] Morris, Leon. El Evangelio según San Juan. Vol. 2. Cita de Temple. Pág. 153-154, 162-163..
[5] Morris, Leon. El Evangelio según San Juan. Vol. 2. Cita de Temple. Pág. 74, nota al pie 103.

lunes, 15 de junio de 2020

9. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que debes elegir VIVIR en lugar de dejarte consumir por el dolor


El cartel de la película –que es la imagen que encabeza el artículo- es un error de bulto de los que la promocionaron. Supongo que querían atraer a un público juvenil puesto que esa es la impresión que nos ofrece al ver a dos chicos tomados de la mano. Esto hará que muchos huyan de ella pensando que es una historia más de amores adolescentes. Y aunque es cierto que hay un romance, en realidad su verdadera trama gira sobre el dolor, la tragedia, el sufrimiento presente y pasado, y cómo decidimos cada uno de nosotros afrontar todo esto. Es ahí donde su valor es incalculable, tanto que la voy a usar para hablarle a aquellos que han vivido y están padeciendo de primera mano la desgracia de la pandemia. Este escrito va para ellos.


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que no somos dioses y que nuestro destino no nos pertenece (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/06/8-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Una chica subida a la barandilla de un puente con intenciones suicidas. Un chico que hace footing cuando aún está amaneciendo. Sus miradas se cruzan. Ella le grita que se vaya pero él se sube a su lado tratando de convencerla de que baje, algo que finalmente logra. Así comienza esta historia dramática protagonizada por la siempre angelical Ellen Fanning (Violet, pronunciado Vailoye, acentuada en la “a”) y Justice Smith (Finch), actor que ha resultado ser todo un descubrimiento para mí por su excelente interpretación. Esta película –con una banda sonora preciosa y cuyas letras recomiendo leer subtituladas para aquellos que, como yo, no dominan el inglés, ya que encajan con la trama- está basada en la novela All the Bright Places (Todos los lugares luminosos) de la escritora Jennifer Niven, quien basó el personaje de Finch en un amigo que perdió cuando tenía 20 años. Dada las excelentes críticas, espero poder leerlo en breve, pero como todavía no he tenido ese placer, me centraré en la película.
Conforme todo avanza, conocemos la personalidad de cada uno de los personajes y las razones del porqué de sus acciones. Violet, que era una chica alegre, tuvo un accidente de tráfico un año atrás en un coche que conducía su hermana Eleanor, y que provocó su muerte mientras que ella sobrevivió. Desde entonces, apenas habla, no sale de casa solo para ir al instituto y prácticamente por obligación, no sonríe, no siente gusto por la vida, nada le importa y ni siquiera escribe, que era su gran pasión. Por su parte, a Finch lo llaman “un bicho raro” (siendo “el chalado” en la versión española, una traducción muy libre y extraña). Vive con su hermana Kate ya que su madre nunca está, y su padre, que los maltrataba físicamente a todos, los abandonó. Una larga cicatriz en el costado es una de las señales que le dejó su padre, pero las marcas de su alma son infinitamente más profundas. Solo tiene dos amigos y a veces actúa de manera extraña, e incluso falta a clases sin dar explicaciones; en realidad se marcha a un lago a solas durante varios días.
Tras aquel día en el puente, Violet evita a Finch, a pesar de que él trata de hablar insistentemente con ella, intentando ayudarla. La situación comienza a dar un giro en el momento en que el profesor de geografía manda a toda la clase a hacer un trabajo en pareja: él la elige a ella...

Cuando la vida se detiene
A partir de ciertas edades, es muy extraño encontrar a una persona que no haya pasado en su vida por algún acontecimiento muy doloroso, sea por la muerte de un ser querido, por algún proyecto de vida que se hizo añicos, por un divorcio o por algún tipo de desgracia en el pasado. Razones, haberlas haylas, y a miles. De igual manera, aunque no puedo llegar a imaginar el grado de sufrimiento que están experimentando aquellos que han sufrido la pérdida de familiares a causa de la Pandemia, y aunque el sentimiento sea más intenso –y especialmente si no han podido despedirse de ellos-, el dolor es una emoción en común que comparte la humanidad por distintos motivos que hemos reseñado.
También lo están experimentando los médicos y buena parte del personal sanitario, que contemplan impotentes cómo se mueren en su presencia hombres y mujeres sin poder hacer nada para ayudarles. Muchos se sienten incluso culpables. Está el ejemplo de una enfermera italiana de 34 años que, infectada por el virus y temerosa por creer que podía infectar a otros, no pudo soportarlo más y se suicidó. O el de la doctora Lorna Breen, jefa de urgencias en Nueva York, quién le confesó a su familia que no soportaba ver morir a tanta gente y también se suicidó.
Una auxiliar sociosanitaria de 23 años y que trabaja en una residencia de mayores de Castilla La Mancha, dice: “Me siento agotada y frustrada por no poder detenerlo todo y volver a la normalidad cuanto antes. Muchos días me subo al coche y lo que más me apetece es llorar. Lloro de rabia, lloro de impotencia y de ver cómo poco a poco mis abuelitos se van deteriorando de estar día tras día aislados en sus habitaciones, sin ver a sus familiares, no poder salir a dar sus paseos diarios o, sencillamente, de no poder charlar entre ellos, aunque solamente se den los buenos días. Sentimos miedo. Miedo a la muerte, miedo a contagiar a nuestra familia porque podemos tener algún familiar mayor que son muy vulnerables. No sabemos cómo nos va a atacar este virus porque podemos estar enfermos sin saberlo”[1].
No hay sector que se libre, especialmente los que han tenido que lidiar con la muerte cara a cara. La hija de una víctima escribió hace unos días una carta diciendo que “hay muchas familias destrozadas, que no vamos a poder superar este dolor”[2]. Los mismos profesionales de la salud señalan que muchos empleados de funerarias necesitarán asistencia psicológica tras el coronavirus.
Hay decenas de testimonios como estos y miles más que se darán a conocer conforme pase el tiempo y el “miedo” a contar la cruda realidad sin cortinas desaparezca de los medios de comunicación españoles generalistas, puesto que, en mi opinión, están sesgando parte de la realidad.
Por eso es completamente lógico tener los sentimientos a flor de piel, que entre ellos surjan llantos espontáneos y sin control, rabia, estrés constante, insomnio o sueño no reparador, irritabilidad, sensación de desapego de la realidad, incluso el hastío por la vida, y así toda una amalgama de emociones diferentes y complementarias.
Es evidente que está generación quedará marcada por la pandemia, como marcó a nuestros antepasados que sufrieron otros acontecimientos trágicos como el 11-M en Madrid o, yendo más lejos, la Guerra Civil. Y hablo solo de España. En otros países exactamente igual, cada uno según su historia personal. Son heridas profundas que dejarán huella y que tardarán mucho tiempo en cicatrizar. La psicóloga Paula Igartua afirmaba hace unas semanas que la persona debe pensar “en buscar ayuda si en el próximo año tienes varios de los siguientes síntomas: pesadillas, despertares o insomnio recurrente, recuerdos muy vívidos o reales sobre el suceso, sentir demasiados despistes o falta de concentración, evitar lugares que recuerden a algo que ocurrió, evitar pensar en lo que pasó, pensamientos negativos sobre ti o sobre el mundo, pérdida de interés en cosas que antes disfrutabas, culpa, estar tenso o al límite, sobresaltarnos facilmente o tener arrebatos de ira”[3].
Aunque en el caso de la enfermera y la Jefa de urgencias llevaron al extremo su angustia, para el resto está claro que existe un antes y un después de toda esta tragedia. Y es aquí donde podemos ver en la historia de Violet un reflejo de la realidad y que debe servir a todo el mundo. La muerte de su hermana fue inesperada. Iban en el coche hablando, riendo y escuchando música. Todo iba bien, pero la realidad cambió en breves segundos. El coche patinó. Los cristales saltaron por los aires y ella perdió el conocimiento. Tras despertar en el hospital le comunicaron que su hermana había fallecido. De la felicidad pasó, de forma instantánea, a vivir una pesadilla llena de amargura. Es lo mismo que están padeciendo los supervivientes de la Pandemia que han perdido a sus más cercanos y los médicos que están viendo la muerte cada día cara a cara. De estar con sus quehaceres con total normalidad, a verse envueltos en una pesadilla desgarradora, donde todo gira sin que se tenga control sobre los acontecimientos.
¿Qué le pasó a Violet? Su vida, literalmente, desde ese día, se detuvo. Se encerró en sí misma y levantó muros a su alrededor, donde no dejaba que nadie se acercara. Perdió las ganas de todo, incluso de lo que le apasionaba con anterioridad. Su carácter cambió por completo. Los más listos del lugar, esos que campean a tu alrededor cuando todo marcha mal y se creen sabios sin serlo, suelen decir en medio del drama expresiones como “tienes que seguir adelante”, “pasa página”, “ya hace una semana”, “sonríe”. A todos ellos les diría “dejadme en paz”. ¿Y por qué? Porque, aunque lo digan con buenas intenciones, cada persona tiene que procesar por sí misma el dolor sin prisas. A algunos les lleva más tiempo y a otros menos. El hecho de que a muchos les lleve más tiempo de lo que “otros” consideran “normal”, no significa que sean más débiles, sino que todavía están en proceso de duelo y que necesitan transitar por ese camino.
Además, cada uno lo procesa a su manera según su forma de ser: “El duelo es el proceso natural de adaptación emocional ante la pérdida de algo que amamos. Podemos tener un duelo por haber perdido un empleo, una pareja, un cambio de ciudad... y por supuesto, pasaremos por un duelo al perder a un ser querido. Cada persona hace el duelo de la misma forma que vive y siente el vínculo con los demás, por lo que cada duelo es único. Podemos tener una reacción de bloqueo, de hacer como si no pasara nada, podemos llorar de forma desconsolada durante días, podemos llorar y reír recordando momentos vividos con la persona que ya no está en nuestra vida, etc. Hay tantas reacciones como personas”[4].

Los pasos en el duelo
Es normal sentirse reacios a vivir de nuevo: “¿Cómo voy a reír de nuevo cuando los que estaban a mi lado ya no están? ¿Cómo voy a disfrutar cuando he visto a enfermos que agarraron mi mano segundos antes de expirar? ¿Cómo quieres que me levante cuando no han parado de pasar por delante de mí camillas con difuntos? No sería justo para ellos. Sería hasta insensible. No pude ni ayudarles. ¡Y odio cuando tratan de mostrar pena por mí!”. Esto es lo que muchos suelen pensar con esas u otras palabras. Y es humano. Son sentimientos muy reales, nobles y sentidos.
Es aquí donde debemos ver la segunda fase del duelo. Violet no conoció a Finch hasta pasado un año de su pérdida y las cosas comenzaron a cambiar muy poco a poco. Ella solo necesitaba caminar de noche, sin ruidos, paseando en bicicleta hablando de cuestiones banales, sintiendo cómo el aire seguía corriendo fuera de la burbuja en la que estaba encerrada. No tenía ganas al principio puesto que se había acostumbrado a sentir el abrazo del dolor que lo acompañaba a todas partes. Aunque Finch la animaba a hacer cosas diferentes, el proceso interno le pertenecía a ella. Sintiendo pánico por subirse nuevamente a un coche, no lo hizo hasta que llegó el día de hacerlo. Así hasta que “apareció” ese instante en que las palabras que había enterrado y reprimido tomaron forma y salieron: comenzó a hablar de su hermana, de cómo aconteció todo aquella fatídica noche en el mismo puente donde meses después quiso suicidarse, y de cuánto la echaba de menos. Era su momento, su momento concreto, no el que otros le habían dicho. Las lágrimas surgieron de sus ojos y esto le hizo mucho bien. Por primera vez halló alivio ya que cada una de esas lágrimas derramaban toneladas del dolor que anidaba en su interior y que arrastraba a cuestas como cadenas invisibles que le cortaban la respiración. Su alma suspiró. Horas después, sin buscarlo, una sonrisa, una genuina sonrisa, salió de ella. De nuevo había espacio para sentir alegría. Ese lugar todavía era pequeño, pero comenzaba a agrandarse y a abrirse paso.
¿Qué quiero decir con todo esto? Que todos aquellos que están sufriendo directa o indirectamente los efectos del malnacido virus –siento usar una palabra vulgar para describirlo, pero es así-, tienen que pasar por el mismo proceso. El trauma, las imágenes grabadas en su retina, el estado de shock, la desgana por todo y de todos, el ensimismamiento, van a ser sus compañeros de viaje durante una buena temporada. Al decir esto, estoy señalando lo normal, lo humano. Pero, a la vez, lo resalto para indicar que “el abrazo al dolor” no puede ser eterno. A su debido momento –que es personal e intransferible- el afectado tendrá que ser consciente de que, aunque el corazón le diga todo lo contrario, deberá hablar si lo necesita para dar salida a lo que lleva en sí, incluso gritar. Casi con total seguridad, las lágrimas harán su aparición pero con un fin de sanidad: cada gota expulsará de forma progresiva la carga interna.
Aunque la experiencia siempre quedará grabada en la memoria, los sentimientos de ira, de angustia y de frustración irán perdiendo su poder y rebajando su grado de intensidad. La vida irá de nuevo tomando su lugar. Posiblemente con nuevos valores y con lecciones aprendidas para toda la eternidad.

Un camino de sanidad y vida vs Un camino de enfermedad y muerte
En el caso opuesto nos encontramos a Finch y el claro ejemplo que no hay que seguir. Aunque su historia tarda más en mostrarse en plenitud, terminamos por contemplar su propia incapacidad para abrazar de nuevo la vida. Ni un solo día dejó de recordar el sufrimiento que le provocó su padre. La ira le consumía por momentos. Solo asistió una vez a un grupo de ayuda. Se alejaba de sus amigos cuando más los necesita y no se desahogaba con ellos. Se mostraba esquivo e irónico con el maestro que hablaba con él. Se aislaba de su hermana a pesar de cuánto se querían y hacía de su habitación un fuerte emocionalmente amurallado. Se cerró al amor que le profesaba Violet. Prefería alejarse del mundo entero creyendo que en un lago perdido en medio de la nada hallaría la paz que anhelaba. Pero no entendía que ahí no la iba a encontrar. La naturaleza puede ser un lugar extraordinario para recargar las baterías, pero no cura las heridas más profundas. Por eso su alma estaba rota. No se aplicó los consejos que le regaló a Violet ni fue consigo mismo lo benevolente que fue con ella. Se dejó consumir por sus pensamientos autodestructivos. Se quedó anclado en el pasado de forma obsesiva, y su alma terminó por convertirse en una estatua de sal como la mujer de Lot (cf. Gn. 19:26). En un tristísimo final, se ahogó voluntariamente, acabando con su propia vida.
Violet sí hizo todo lo que tenía que hacer: lloró cuando era “su momento”, pero no para seguir amarrándose a su sufrimiento sino para darle rienda y dejarlo salir de forma natural. Se abrió de nuevo a la risa. Se abrió de nuevo a la amistad. Se abrió de nuevo al amor. Se abrió de nuevo a sus padres. Se abrió de nuevo al placer de escribir. Se abrió de nuevo a entregarse a los demás. Se abrió de nuevo a la generosidad. Se abrió de nuevo a ayudar a los demás. En definitiva, se abrió de nuevo A LA VIDA.
La piedra que Finch le regaló a Violet: “Your turn” (Te toca): “Un recordatorio de que, tarde o temprano, tendrás que volver al mundo y ser tú misma. [...] “Hay, por lo menos mil posibilidades dentro de ti. Aunque no lo creas”.

Ambos estaban rotos, pero mientras ella se dejó ayudar –aunque fuera a regañadientes-, él no aceptó el mismo trato benefactor. Por eso podemos quedarnos con el discurso final de Violet, de lo que pudo aprender de Finch, aunque obviamente no de sus acciones finales:
 
“Antes me preocupaba por todo. Cosas que parecían significativas en realidad no significaban nada. Me preocupaba la vida. Me preocupaba lo que pasaría si volvía a sentir. Pensaba que no me lo merecía. Entonces, sin darme cuenta, cambié. No me preocupaba lo que pasaría si vivía. Me preocupaba lo que pasaría si no lo hacía. Lo que me perdería. Me preocupaba no recordar. No recordar todos los momentos. Todos los sitios. Y fue gracias a Finch. Él me enseñó a descubrir. Me enseñó que no tienes que escalar una montaña para estar en la cima del mundo. Que incluso los lugares más feos pueden ser hermosos, siempre que te pares a observarlos. Que no pasa nada por perderse siempre que encuentres el camino de vuelta. Pero al aprender todo eso, dejé de ver algo más importante: a Finch. No vi que estaba sufriendo. No vi que me estaba enseñando a seguir adelante. Finch era un soñador. Soñaba despierto. Soñaba con toda la belleza del mundo y hacia que cobrase vida. Finch me enseñó que hay belleza en los lugares más inesperados. Y que hay lugares luminosos, incluso en momentos sombríos. Y si no los hay, tú puedes ser ese lugar luminoso con infinitas posibilidades”.

Conclusión
No sé qué desgracias han pasado por tu vida o que secuelas estás experimentando en el presente por el coronavirus, pero aquí hemos visto dos maneras muy distintas de afrontarlas, con resultados claramente opuestos. En un caso, hizo que su dolor fuera parte de él cada segundo de su existencia marcando su carácter para siempre hasta un trágico desenlace. En otro, después de un largo periodo de tiempo, se deshizo de todo lo que corroía sus entrañas y siguió adelante.
Cada uno vive el dolor a su manera. Unos lo esconden y se lo tragan mientras otros lo expresan abiertamente. También están aquellos que les roba la felicidad, les posee la mente y el corazón, y controla sus actos diarios. Se convierten en almas en pena, de forma literal. Otros lo esconden todo bajo falsas sonrisas. El ejemplo lo tenemos en Amanda, la mejor amiga de Violet. Extrovertida, guapa, exitosa entre los chicos, siempre se mostraba alegre y le encantaba la fiesta. La realidad era muy distinta: era bulímica, había tratado de suicidarse dos veces e iba a un grupo de ayuda. Hasta que no contempló por sí misma que Finch acabó con su vida, no se atrevió a decirle a Violet cómo se sentía ni por todo lo que había pasado.
Por eso, te sientas como te sientas en la actualidad, sigas el proceso de duelo que sigas y sabiendo que dicho periodo aún será largo, te animo de todo corazón a que hagas tuyo el mismo proceso que hemos descrito de Violet, y que es el más humano que existe y que se repite asiduamente entre aquellos que están hundidos pero que, tarde o temprano, terminan por levantarse. Llegará el momento en que, aunque los malos  recuerdos no se borrarán de la memoria, podrás seguir amando a los vivos y recordando con infinito cariño a los que ya no están sobre este mundo físico. Como bien señala nuevamente Paula Igartua: “Para entender el duelo tenemos que dejar de utilizar expresiones como superar, olvidar, pasar página, aceptar… se trata más bien de aprender a vivir con la pérdida, recordar, crecer, dar sentido a nuestro dolor, aprender a amar de una forma nueva, entendiendo que el amor no termina, solo cambia su manera de existir en nosotros”[5].
Y como cristiano, un último consejo. Si te sientes angustiado, si estás en medio de un dolor que te está consumiendo, acércate ante el Trono de la gracia y suelta allí tus cargas como hizo Ana –la madre del profeta Samuel-, quien no tuvo problemas en reconocer cómo se sentía: “Yo soy una mujer atribulada de espíritu [...] porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora” (1 S. 1:15-16). Y si no te sientes ahora así, cuando lo sientas. Llora si tienes que hacerlo. Patalea si es lo que te pide el cuerpo. Grita en lugar de ahogar esas palabras que están prisioneras en tu corazón. Hazlo cuantas veces lo necesites. Hay “tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Ec. 3:4-7). Verás cómo Dios –al que muchos llaman “el médico del alma”- hace su parte y cumple el ministerio de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).
Él te entiende puesto que pasó por la misma soledad y el mismo sufrimiento. Fue “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3). Incluso lloró profundamente conmovido ante la muerte de su amigo Lázaro (Jn. 11:35, 38). Él estuvo al lado de Moisés y Elías, que pasaron por épocas muy oscuras y de depresión, tanto que le pidieron a Dios que les quitara la vida (cf. Nm. 10:15; 1 R. 19:4). Y lo estará igualmente como prometió: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mr. 28:20).
Él te dará fuerzas para seguir adelante y podrás decir como David: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4). No serán palabras de otras personas ni simples letras escritas en una hoja, sino parte de tu propia vivencia.






lunes, 1 de junio de 2020

8. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que no somos dioses y que nuestro destino no nos pertenece


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que lo importante no es el reconocimiento social ni las posesiones materiales (http://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/05/7-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Hará un par de meses, y a pesar de su ajetreada agenda al comienzo de la pandemia, Margarita Robles, la ministra de Defensa de España, dejaba unas sabias palabras que, dada la profundidad de las mismas, es evidente que no surgieron en un instante sino que fueron fruto de la meditación personal: “Creo que todo lo que está ocurriendo nos coloca, además, ante dos cuestiones importantes, que se nos olvidan en seguida. Por un lado, la vulnerabilidad del ser humano, y esto es algo sobre lo que tenemos que reflexionar; y, por otro, que nunca hay que dejar de ser humildes, porque todavía hay muchas cosas que no sabemos ni controlamos, aunque, a veces, el hombre se sienta poderoso e invencible”[1].
Por mucho que haya avanzado la tecnología en el último siglo –y más que seguirá haciéndolo-, está comprobado que un simple “ser microscópico” tiene el poder de tumbarnos, de incapacitarnos, de parar la sociedad, de enfermarnos y de matarnos. Somos frágiles aunque no nos guste saberlo. Nuestras fuerzas y nuestro cuerpo tienen fecha de caducidad. Esta realidad debería llevarnos a ser HUMILDES.
Lo que se observa en las redes sociales y en la vida cotidiana es todo lo contrario, tanto de parte de cristianos como de los que no lo son. Dichas actitudes son mezquinas y dantescas. Los inteligentes se ríen de los que no lo son. Los que poseen cultura intelectual menosprecian a los que no la tienen. Los ricos consideran indignos a los pobres. Los guapos se creen privilegiados ante los que no lo son. Y, por el contrario, los que no son muy inteligentes, ni poseen una gran cultura intelectual, ni son ricos ni guapos, lanzan toda su ira contra los que sí tienen algo de esto. Nosotros, que somos polvo, que envejecemos, que la muerte nos acecha y nos atrapará tarde o temprano, en meses o en décadas, que todo lo que tenemos se quedará sobre este mundo, creemos que somos dioses, que tenemos el control de todo y que nuestro destino nos pertenece. Tiene que venir un virus –que no entiende de fronteras ni clases sociales- y aislarnos socialmente e impedirnos hacer las actividades de siempre, para recordarnos que no lo somos y que no tenemos control sobre la vida y la muerte: “La vida del hombre es como la hierba; brota como una flor silvestre: tan pronto la azota el viento, deja de existir, y nadie vuelve a saber de ella” (Sal. 103-15-16. DHH).
Jesús, siendo Dios el único dueño del destino y del universo conocido y no conocido, creador desde la nada más absoluta, que no está condicionado por nada ni por nadie, cuyo poder supera nuestra imaginación, que existe desde siempre y para siempre, podría haber sido el Ser y la persona más soberbia, orgullosa y prepotente de toda la historia. Dada sus características y sus condiciones, tenía razones de sobra para serlo. Pero, ¿qué vemos en Él? Que Pablo nos responda: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8).
Mirar a la cruz y ver ahí a Jesús, Dios que se hace siervo por amor a nosotros, el cual, a causa de nuestra vulnerabilidad, ofreciéndose voluntariamente para morir en un madero por nuestros pecados y regalarle la vida eterna a quien aceptara dicho sacrificio, nos debe hacer recapacitar. Es la única manera en que nos miremos a nosotros mismos y a los demás de forma de muy distinta a lo que solemos hacer.