lunes, 1 de junio de 2020

8. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que no somos dioses y que nuestro destino no nos pertenece


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que lo importante no es el reconocimiento social ni las posesiones materiales (http://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/05/7-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Hará un par de meses, y a pesar de su ajetreada agenda al comienzo de la pandemia, Margarita Robles, la ministra de Defensa de España, dejaba unas sabias palabras que, dada la profundidad de las mismas, es evidente que no surgieron en un instante sino que fueron fruto de la meditación personal: “Creo que todo lo que está ocurriendo nos coloca, además, ante dos cuestiones importantes, que se nos olvidan en seguida. Por un lado, la vulnerabilidad del ser humano, y esto es algo sobre lo que tenemos que reflexionar; y, por otro, que nunca hay que dejar de ser humildes, porque todavía hay muchas cosas que no sabemos ni controlamos, aunque, a veces, el hombre se sienta poderoso e invencible”[1].
Por mucho que haya avanzado la tecnología en el último siglo –y más que seguirá haciéndolo-, está comprobado que un simple “ser microscópico” tiene el poder de tumbarnos, de incapacitarnos, de parar la sociedad, de enfermarnos y de matarnos. Somos frágiles aunque no nos guste saberlo. Nuestras fuerzas y nuestro cuerpo tienen fecha de caducidad. Esta realidad debería llevarnos a ser HUMILDES.
Lo que se observa en las redes sociales y en la vida cotidiana es todo lo contrario, tanto de parte de cristianos como de los que no lo son. Dichas actitudes son mezquinas y dantescas. Los inteligentes se ríen de los que no lo son. Los que poseen cultura intelectual menosprecian a los que no la tienen. Los ricos consideran indignos a los pobres. Los guapos se creen privilegiados ante los que no lo son. Y, por el contrario, los que no son muy inteligentes, ni poseen una gran cultura intelectual, ni son ricos ni guapos, lanzan toda su ira contra los que sí tienen algo de esto. Nosotros, que somos polvo, que envejecemos, que la muerte nos acecha y nos atrapará tarde o temprano, en meses o en décadas, que todo lo que tenemos se quedará sobre este mundo, creemos que somos dioses, que tenemos el control de todo y que nuestro destino nos pertenece. Tiene que venir un virus –que no entiende de fronteras ni clases sociales- y aislarnos socialmente e impedirnos hacer las actividades de siempre, para recordarnos que no lo somos y que no tenemos control sobre la vida y la muerte: “La vida del hombre es como la hierba; brota como una flor silvestre: tan pronto la azota el viento, deja de existir, y nadie vuelve a saber de ella” (Sal. 103-15-16. DHH).
Jesús, siendo Dios el único dueño del destino y del universo conocido y no conocido, creador desde la nada más absoluta, que no está condicionado por nada ni por nadie, cuyo poder supera nuestra imaginación, que existe desde siempre y para siempre, podría haber sido el Ser y la persona más soberbia, orgullosa y prepotente de toda la historia. Dada sus características y sus condiciones, tenía razones de sobra para serlo. Pero, ¿qué vemos en Él? Que Pablo nos responda: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8).
Mirar a la cruz y ver ahí a Jesús, Dios que se hace siervo por amor a nosotros, el cual, a causa de nuestra vulnerabilidad, ofreciéndose voluntariamente para morir en un madero por nuestros pecados y regalarle la vida eterna a quien aceptara dicho sacrificio, nos debe hacer recapacitar. Es la única manera en que nos miremos a nosotros mismos y a los demás de forma de muy distinta a lo que solemos hacer.



No hay comentarios:

Publicar un comentario