lunes, 22 de julio de 2019

¿Eres un creyente de masas o un cristiano genuino?


Si eres cristiano desde hace muchos años, habrás observado que no todos los que dicen serlo realmente lo son. Es lo que llamo el creyente de masas: vive entre la masa, se reúne entre la masa, participa de actividades de la masa, camina dentro de la masa y sigue a la masa. Se siente cómodo en medio de ella. En definitiva, es uno más dentro de la cristiandad. Sin embargo, la realidad de todo esto es que se camufla entre ella pero no es parte de la misma. Al igual que existe el falso católico que participa de romerías y profesiones pero luego se emborracha o tiene una vida inmoral, existe el creyente que canta, baila, danza, salta, grita, hace, dice, habla, lee, escucha, asiste, participa, va y viene, pero no ha nacido de nuevo; su corazón nunca fue regenerado ni su mente transformada y, por supuesto, no tiene el Espíritu de Dios (cf. Ro. 8:9). Participa de una religión como el que es miembro de un club social. De ahí viene el peligro de vender como avivamientos los números.
¿Por qué entonces durante buena parte de la infancia, adolescencia y juventud muchas inconversos formaron parte de la masa? Casi siempre la explicación es la misma: sus padres eran creyentes e hicieron que sus retoños formaran parte de alguna congregación. Allí sacaron sus dientes, hicieron sus primeras amistades y fueron miembros de una comunidad compacta donde se iba a campamentos, se hacía deporte y se compartía la vida en general. El problema es que la inmensa mayoría de estos aparentes cristianos, con el tiempo, tarde o temprano, terminaron desertando. Se aburrieron y encontraron nuevas diversiones o se cansaron de su novieta creyente y buscaron una más deslumbrante a los sentidos. Empezaron por experimentar el mundo de la noche –fiestas, alcohol, sexo, desinhibición en el comportamiento y en la forma de vestir-, hasta que terminaron por establecer un nuevo estilo de vida. Para ellos, el bautismo fue un acto hermoso donde los que le rodeaban les felicitaron por el paso que habían dado pero nunca significó nada ni tuvo calado personal. Durante años, Dios fue como un amuleto que no impactó realmente sus vidas.
Aparte de esta razón expuesta, hay otras más que puedes ver ampliamente en ¿Cerca o lejos de Dios? Motivos y soluciones (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/11/1-cerca-o-lejos-de-dios-motivos-y_4.html).

¿Quién eres tú?
Si estás leyendo estas líneas es porque:

1) Eres un cristiano genuino seguro de su salvación, que tiene a Dios por Padre y al Hijo por Señor. Por lo tanto, nada de lo dicho alude a ti.

2) Eres un creyente de masas –que no ha nacido de nuevo- y quieres dejar de serlo. Tanto en el pasado como en el presente, los creyentes de masas han abundando: presidentes de naciones que juran con la mano en la Biblia y actúan de manera contraria a ella, países enteros que se autodenominan cristianos y viven de espalda a los valores éticos y morales predicados por Cristo, soldados que portaban una cruz durante las Cruzadas para –según ellos- recuperar “Tierra Santa” mientras que asesinaban y violaban, creyentes que son miembros de la “Asociación Nacional del Rifleen Estados Unidos, católicos y protestantes que entablaron una guerra de 30 años, organizaciones como la Inquisición que decían actuar en nombre de Dios y torturaban y quemaban a los que ellos consideraban herejes, “obispos” arrianos que negaban la divinidad absoluta del Hijo, sectas que proclaman fechas exactas del fin del mundo y que cambian cada poco tiempo, etc.

La matización que he hecho –“quieres dejar de serlo”- es fundamental, porque “enseñar a quien no quiere aprender es como sembrar un campo sin ararlo” (Richard Whately). Conozco a muchos individuos a los que los mejores consejos bíblicos no les han servido absolutamente de nada. Esto es de una tristeza desgarradora. ¿Era la Palabra de Dios el problema? No, sino ellos, que no querían aprender y deseaban hacer su propia voluntad.
Si este eres tú –de los que quiere cambiar y aprender sinceramente-, es a ti a quien quiero dirigirme. Puede ser que te sientas cómodo en tu situación actual, pero también estoy seguro que eres consciente que no eres un hijo de Dios. También sabes que no eres salvo por congregarte con decenas o cientos de personas ni hacer las mismas cosas que ellas. Y seguro que conoces a antiguos amigos y compañeros que ya dieron el paso definitivo de alejarse completamente de Dios. A algunos con los que hablas te cuentan que la vida les sonríe en todos los aspectos (económico, material, emocional y sentimental) desde que dejaron toda esa vida atrás. Por el contrario, otros te narran con todo lujo de detalles que se sienten perdidos. Personalmente, ni de lo que te digan uno u otro tiene que depender tu decisión sobre qué camino tomar.

¿Uno más entre la masa?
En la vida de Jesús, observamos claramente que ni siquiera Él se fiaba de los grupos ni de los movimientos de masas: “Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Jn. 2:23-25). Creían en Él por los milagros que hacían, no por su mensaje.
Hoy en día sucede exactamente igual: los “creyentes” se mueven por el espectáculo de los llamados “conciertos cristianos”, por “ministerios” que anuncian nuevas revelaciones de lo alto, por “líderes” carismáticos que hablan de prosperidad y lluvia de bendiciones y por “teólogos” que reinterpretan la Biblia y enseñan que Dios no condena la homosexualidad (como la mitad de la “iglesia” presbiteriana en Estados Unidos).
Estos mismos “creyentes” son los que, cuando viene la tempestad, dejan al Señor a un lado puesto que viven según las emociones y no sobre una fe conceptual basada única y exclusivamente en las Escrituras. Estos mismos “creyentes” son los que reflejan espiritualidad cuando asisten a cultos, eventos, congresos y retiros pero viven en carnalidad cuando nadie los ve. Para el que no haya captado el sentido, he citado entre comillas a todos estos líderes, teólogos y creyentes para resaltar que verdaderamente no lo son.
Nada de esto es una novedad surgida en el siglo XXI. Lo vemos ya en los últimos días de Jesús: “Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino. Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: !!Hosanna al Hijo de David! !!Bendito el que viene en el nombre del Señor! !!Hosanna en las alturas!” (Mt. 21:8-9). Esa multitud externamente le adoraba. Iba a liberarlos del yugo romano. Era el que venía en nombre del Padre para establecer Su Reino. Todo era maravilloso y prometedor. Poco después el panorama tornó. El héroe dejó de serlo. La estrella del momento dejó de deslumbrar. No era lo que ellos esperaban. No entendían sus palabras. No querían  realmente seguirle ni obedecerle, así que cambiaron su actitud hacia otra hostil: “Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: !!Sea crucificado!  Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: !!Sea crucificado!” (Mt. 27:20-23).
Las masas se movían –y se mueven- al son de la trompeta. Por eso son tan volubles. Son como ese refrán que dice: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”. Aunque presuman de tener personalidad, de ser genuinos y diferentes al resto, muchos son simples imitadores de lo que hacen los demás de manera irreflexiva. ¿Todos beben y participan de la botellona? ¡Iré y beberé! ¿Mis compañeros fuman? ¡Fumaré! ¿Las chicas se visten provocativas? ¡Me vestiré provocativa! ¿Mis amigas suben a las redes sociales fotos exhibiendo pechonalidad? ¡Llamaré la atención de la misma manera! ¿Los hombres y las mujeres se acuestan con otros sin amor y por placer? ¡Me acostaré igualmente! ¿Muchas personas son infieles a sus parejas? ¡Entonces no es para tanto si yo también lo soy! ¿Hay miles de divorcios en el mundo? ¡Pues me divorciaré cuando me canse de mi matrimonio! ¿Ese deportista es alabado por su gran partido? ¡Lo alabaré! ¿El mismo deportista es insultado por su mal partido? ¡Lo insultaré! Y así, con decenas de ejemplos. Esto es, ni más ni menos, que la cultura del borreguismo. Un verdadero circo.
En términos espirituales, sucede exactamente igual: Pablo sanó a un hombre cojo y la multitud quiso rendirle tributo y adorarle como si fuera un dios. ¿Qué sucedió minutos después con esa misma turba?: “Entonces vinieron unos judíos de Antioquía y de Iconio, que persuadieron a la multitud, y habiendo apedreado a Pablo, le arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto” (Hch. 14:19). Salvando las distancias, es algo que vemos en muchas congregaciones: hermanos que sirven al Señor y son honrados por ello, pero si deciden marcharse a otra iglesia local son despreciados y vituperados.

Siendo diferente entre la masa
Entre los muchos aspectos fascinantes de Jesús, llama la atención su manera de singularizar entre las personas. Jesús se compadecía de las multitudes (cf. Mt. 9:36), pero entre ellas:

- Buscó a la mujer con flujo de sangre que la tocó (cf. Lc. 8:43-48).
- Se acercó ante el clamor de un padre para expulsar al demonio que poseía a su hijo (cf. Lucas 9:37-43).
- Se detuvo ante los gritos del ciego Bartimeo (cf. Lc. 18:35-43).
- Quiso comer con Zaqueo tras subirse éste a un árbol para verlo (cf. Lc. 19:1-10).

Y así con muchos más, puesto que Él busca verdaderos creyentes singulares donde conocer a cada oveja y las suyas le conocen personalmente puesto que oyen su voz (cf. Jn. 10:14, 27). Busca individuos que escudriñen las Escrituras como los de Berea (cf. Hch. 17:11). Busca verdaderos discípulos que reconozcan sus errores como David cuando son confrontados por algún Natán (cf. 2 S. 12). Anhela mujeres como María, que guardan las palabras de Dios en su corazón (cf. Lc. 2:19). Desea personas como el etíope eunuco que buscan a Dios y aceptan su mensaje de salvación tras comprenderlo y sin poner excusas (cf. Hch. 8:26-39). Sueña con hermanos que no digan amén cuando algunos que se dicen apóstoles proclamen mentiras (cf. Ap. 2:2). Quiere cristianos que no doblen su rodilla ante el humanismo y el hedonismo imperante de esta sociedad (cf. 1 R. 19:18).
En conclusión, cristianos que no lo sean por tradición y rutina sino por convicción, fieles a Dios y Su Palabra y no a costumbres humanas y religiosas, conscientes de su propia pecaminosidad y de la obra completa de Cristo en la cruz.
A partir de ahora, ¿serás un creyente de masas o un cristiano genuino?

lunes, 8 de julio de 2019

¡Descontamínate de la perversa enseñanza sexual de la sociedad actual!


Para escribir de temas actuales y a la vez imperecederos, me gusta estar al corriente de las noticias leyendo la prensa diariamente, siempre de distintas ideologías y con enfoques diferentes. Creo que es fundamental para estar dentro de la realidad y llegar a las personas usando su propio lenguaje. Es una manera más –aparte del trato personal- de palpar de forma global la manera de pensar y de sentir que hay en el ambiente.
Al respecto, siempre me ha resultado sorprendente que un mismo acontecimiento sea descrito e interpretado de manera completamente opuesta. Yendo al extremo, basta comprobar cómo describe la prensa madrileña y catalana un mismo partido de fútbol del equipo contrario. Mientras que para unos ganó por méritos propios, para el otro lo hizo por los deméritos del oponente y nunca porque jugó bien. Parece que viven en mundos diferentes. Es lo mismo que nos encontramos en el resto de secciones: política, sociedad, economía, salud, etc. Disienten de tal manera que resulta complejo llegar al fondo del asunto sin caer en la subjetividad. Evidentemente, la propia educación influye sobremanera en la manera de contar una realidad objetiva. Sin embargo, en ciertos temas los medios de comunicación generalistas y que más venden suelen coincidir, ya que su ética o, más bien, la falta de ella, es la misma. Y esto sucede en la visión que ofrecen de la sexualidad.
En muchas ocasiones no me queda más remedio que pasar de largo cuando veo el titular del artículo y no entro a leerlo ante tanta vulgaridad. En otras, según el interés que me ofrece el encabezamiento y el lenguaje empleado, el escrito hace recomendable su lectura para opinar positivamente sobre él o desmontarlo por completo. Esto es lo que voy a hacer con un escrito que pude leer hace poco tiempo y que resulta tremebundo, para a continuación ver las consecuencias que dichos ideales han traído a la sociedad, terminando con qué dice Dios sobre los mismos.
A los habitantes de este planeta se les llena la boca hablando de la corrupción de los políticos, pero se olvidan de su propia corrupción moral. Es muy fácil señalar siempre los errores del prójimo –y más si son ciertos-, pero muy difícil que una persona reconozca que sus acciones están erradas y son malas; es más, afirman que su forma de actuar es buena y maravillosa.

Valores inmorales y aberrantes
En la sección “Bienestar” del periódico El País, la escritora Teresa Morales García publicó el artículo “¿Sexo casual? Por supuesto”, con el subtítulo “Distraen, alegran, relajan… Normas para el buen uso de los amantes de una noche”[1], ofreciendo todo tipo de consejos para llevarlo a cabo sin remordimientos y sin efectos secundarios físicos o emocionales. Es la misma idea perversa que expuso la periodista española Teresa Viejo en su libro Pareja ¿Fecha de Caducidad?, de la que ya hablé en “Un llamamiento a la fidelidad” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/01/un-llamamiento-la-fidelidad.html).
Me resulta muy llamativo que este tipo de cuestiones lleguen a formar parte de la llamada “prensa seria”. Es lamentable la manera en que venden la opción de las relaciones sexuales “sin que haya de por medio un vínculo ni compromiso afectivo”. Esta es la conclusión que se ampara en un estudio realizado entre 371 universitarios, que dice que “no solo no puede ser mala, sino que funciona como inhibidor del estrés y ayuda a sentirse de mejor humor con todo [...] y aumentar la autoestima”. ¡Qué poco valor se conceden a sí mismos y a los demás las personas que actúan de dicha manera!
Por eso no es de extrañar que la misma prensa ofrezca “consejos” sobre los “ligues de verano”: Recrearte en un encuentro puntual y decorarlo con mil matices está muy bien y convertirá la aventura fugaz y pasional en un momento imborrable en nuestra memoria, pero habrá que tener claro que no puedes esperar demasiado de esa persona”[2].
Me hace gracia que Teresa llame “expertos” a estos sexólogos que dicen que no es necesario estar enamorado para tener relaciones sexuales, puesto que es “una práctica más”[3]. ¿Alguien que enseña algo así es experto? Sin duda, pero en el mal. Una vez más, se hacen realidad estas palabras: “!!Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is. 5:20).
Ante tanto este despropósito moral, nadie se puede extrañar de que libros –entre otros muchos- como la trilogía 50 sombras de Grey haya vendido más de 125 millones de copias alrededor del mundo[4] y haya sido una de las películas más vistas. Esto habla con claridad de la bajeza moral imperante en la sociedad. ¿Qué los que la han leído o visto les interesa la trama y la historia romántica? ¡Menos cuentos caperucitas y lobitos! ¿A quiénes quieren engañar? Consumen ese tipo de basura enfermiza por el morbo, porque les encienden las pasiones más bajas.
Baste este comentario –de entre miles que hay por las redes sociales- para exponer la “filosofía” de vida que muchos “predican”: “No cabe duda que la situación ideal es una cónyuge, una amante poco exigente, y algunas amiguitas que de vez en cuando les apetezca pasar un buen rato”. Vomitivo. Igualmente terrible leer a la periodista y escritora Sibila Freijo decir que “la consecuencia natural de la monogamia es el engaño y eso hace que el concepto de amor cerrado sea ya poco creíble”. Y para defender su idea señala que “la biología estima que solo un 5% de las especies animales es monógama”. Es decir, ¡nos clasifica en la misma categoría que los animales! No me extraña que esto lo diga alguien que hace esta afirmación: “No quiero ver la misma cara en mi almohada el resto de mi vida”[5]. Todas sus declaraciones son atroces.
Ya dijo el filósofo español Ortega y Gasset que “lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera... Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado”.

El lema de los humanos: “¡Somos inocentes! La culpa es de nuestra química”
La sexóloga que realiza el análisis, ante la pregunta ¿por qué entonces aún sigue siendo un tabú para muchos lo de la canita al aire?, contesta: “Porque nuestra sociedad occidental está muy influenciada por cuestiones morales derivadas de ciertas ideologías religiosas, que condenaban cualquier conducta erótica que no fuera en el marco de la pareja estable. Y ahí seguimos anclados”.
¿En qué se basan, por ejemplo, para explicar que es muy normal la infidelidad y el adulterio?: en nuestra biología. Según ellos (los humanistas), somos animales, como afirma Paloma Moreno Moreno, profesora de Ética y jefa del Departamento de Filosofía del I.E.S. Gonzalo Torrente Ballester, de San Sebastián de los Reyes (Madrid): “Efectivamente, si consideramos que el ser humano es un animal más, observamos que hay muy poca monogamia en la naturaleza, apenas unas cuantas especies de pájaros y poco más, lo que implica que aquellos que quieran defender la monogamia como ´lo natural`, lo van a tener difícil”[6]. Al considerarnos también animales, usa el ejemplo de los ratones para explicar la infidelidad humana: resulta que los roedores de campo son monógamos convencidos y profundamente fieles a su pareja, pero los de monte son promiscuos consumados. Y todo porque los primeros tienen muchos más receptores de oxitona y vasopresina en las las áreas de recompensa del cerebro.
Por su parte, la antropóloga y bióloga Helen Fisher señala que “no podemos evitar el deseo de irnos con otro u otra que nos haga tilín”, pues esta apetencia no es más que la consecuencia irremediable de diversos procesos químicos cerebrales.
La lógica que sacan es que todo lo que hacen los animales, y puesto que, según ellos, también lo somos, es normal que lo hagamos igualmente. ¡Menuda lógica! Eso sí que es seguir anclados. Hay científicos y estudiosos que han avanzado en gran medida en el conocimiento biológico del ser humano, pero dejan mucho que desear en lo que concierne al ser interior y al alma.
La cuestión es sacar explicaciones por aquí y por allá para justificar la maldad: que si la química, que si los genes, que si factores externos, que si las circunstancias de la vida, que si la cultura, que si la educación, que si la religión represiva, que si la curiosidad, que si la monotonía, que si el deseo de cumplir una fantasía, que si probar nuevas emociones, que si el desgaste de la pasión y el amor romántico, etc. Lo que sea para exculpar las actitudes de los seres humanos. Personalmente no me extraña esta manera de pensar viniendo de personas que nos clasifican como animales y nos llegan a comparar incluso con ratones.
¿Cuáles son las conclusiones finales a las que llega la profesora Paloma?: “Ahora bien, a diferencia del resto de los animales, el ser humano piensa, razona, se culturiza y generalmente sustenta sus relaciones sentimentales en la fidelidad sexual. La prueba evidente de ello es que cuando una de las partes pone los cuernos a la otra, se produce un enorme sufrimiento y en muchas ocasiones, el desliz provoca la ruptura”. ¿Qué nos quiere decir?: que, al ser “animales” (según ella), al menos somos “pensantes”, por lo que podemos elegir no guiarnos por los impulsos. La verdad que ella omite –porque la desconoce por completo- es la que la Biblia lo explica de forma muy clara y sencilla: que aunque nuestra naturaleza está inclinada al pecado (sea en forma de química o genes), la raíz del mal está en nuestro corazón: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt. 15:19). ¡No tenemos excusa “física” alguna ni argumento que nos pueda defender ante lo que está mal! ¡Qué tristeza que haya toda una sociedad que se ampare en los instintos para justificar sus fechorías!

La propaganda del sexo, de la promiscuidad y del adulterio
Algunos podrán pensar que este tipo de planteamientos y prácticas son extravagantes o que apenas tienen repercusión, pero cuando miras a la propaganda de la sociedad –televisión, cine, anuncios, redes sociales- y la manera de pensar de aquellos que te rodean en el trabajo o en la universidad, llegas a la clara conclusión de que están sumamente generalizadas.
Es todo un entramado tan bien organizado que, a menos que seas consciente de él, te puede envolver y atrapar, como suele suceder. Por eso, una de las expresiones más usadas y que he escuchado repetidamente en los últimos años es “hay que probar” (el sexo) antes de iniciar una relación sentimental formal o de casarse (el que tenga pensado hacerlo), vaya que la pareja no esté a la altura de las expectativas. Es como un  lema. ¡Qué triste que haya personas que crean que la masculinidad y la feminidad dependen del desempeño sexual inicial!
El cine también se esfuerza por mostrarnos actitudes contranatura. Citemos una sola muestra con la película El Plan B, de Jennifer López. Bajo la apariencia de una comedia romántica, muestra un comportamiento contrario al orden natural establecido por Dios. En este orden, la señorita Jennifer primero recurre a la inseminación artificial. Luego mantiene relaciones sexuales. Y por último, se casa. ¡Todo al revés de como debería ser!
Nos sorprendemos y ponemos el grito en el cielo ante las conductas sexuales de los jóvenes y muchos adultos, y la ausencia total de pudor que muestran muchos jovencitos y no tan jovencitos en las redes sociales y en la vida real, pero nadie dice nada sobre la sobrestimulación brutal que reciben desde todos los ángulos, donde se les apremia a entrar en esa senda y se le concede una importancia sublime al físico. Basta con mirar periódicos deportivos como Marca y As para comprobar cómo ha aumentado exponencialmente en los últimos años el espacio que le dedican a exhibir a mujeres medios desnudas. Justo al lado de la noticia Los 11 jugadores deseados por el Real Madrid para el próximo verano, viene otra que es Las 10 chicas de As más sexys de noviembre. Este es el periodismo de hoy en día, donde para llamar la atención se usa a mujeres cuyo único “mérito” (ironía on) es vivir del cuento y mostrar los resultados de sus diversos implantes después de todo tipo de cirugías.
Esta incitación sucede desde la misma preadolescencia: basta con ver los modelos de conducta que ven las niñas en adultas como Miley Cyrus, Ariana Grande o en las vestimentas vulgares de Cristina Pedroché dando las campanadas de nochevieja. Puesto que ellas tienen éxito y causan admiración –lo mismo que cualquier niño y niña anhela- por el hecho de ser sexys o vestir con una faldita corta o llevar el escote bien pronunciado, pues tratan de imitarlas.
Por citar un ejemplo más: basta con hablar del llamado “hentai”, que es un tipo de cómic japonés, con una infinita cantidad de subgéneros. Ahí encuentran su lugar, entre otros: el incesto, la hipersexualización de la infancia, los atributos físicos desmesurados en las mujeres, las relaciones lésbicas entre niñas pequeñas, los jovencitos menores de edad travestidos, el sadomasoquismo y la pedofilia (que se camufla bajo el consentimiento del menor, que al principio dice “no” pero luego cambia de opinión). Todo lo citado es presentado de una manera que parece natural, hermosa, divertida y romántica. Lo lamentable es que es legal al no ser imágenes reales. Tras ser revisado el Código Penal en el 2015, la Fiscalía General del Estado (hablo de España), se llegó a la conclusión de que “los fiscales no acusarán por la posesión, producción y difusión de pornografía infantil en cómics o mangas”[7], puesto que éstos no son considerados dibujos realistas. Me quedo sin palabras.
De todo esto pasamos a las series de televisión que muestran escenas sexuales, donde se salta de una pareja a otra de un capitulo a otro. Incluso en una serie inocente como Supergirl (en el sentido de que se podría calificar “para todos los públicos”), la protagonista mantiene relaciones la misma noche que se declara a su enamorado. La televisión ha pasado del primer beso romántico a ir directamente a la cama. Tan “moderna” es esta serie de superhéroes que incluso han metido con calzador una relación lesbica. Nuevamente el lobby gay ha vuelto a hacer de las suyas, introduciendo el descubrimiento de la homosexualidad por parte de uno de los personajes, en este caso, por parte de la “hermanastra” de la protagonista[8]. Y ten cuidado de decir algo contrario que te llaman homófobo (¿Cristianos homófobos o con derecho a disentir?: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/11/cristianos-homofobos-o-con-derecho_28.html).
Con todo esto, no es de extrañar que Francia haya autorizado por decreto que incluso los menores de 18 años puedan ver películas de alto contenido sexual, bajo el argumento de que “las escenas de sexo explícito tan solo persiguen relatar una parte más de la historia”[9]. Luego se continúa con la pornografía pura y dura con todo tipo de aberraciones innombrables. Y, por último –por ahora-, la nueva moda: los anuncios de páginas web que promueven el adulterio.

Razones y consecuencias
Las normas de Dios fueron establecidas con total claridad para el bien del ser humano, puesto que su voluntad es buena, agradable y perfecta (Ro. 12:2). No lo hizo para fastidiar ni para reprimir. Es simple y llanamente por el bien del hombre y de la mujer, y de la sociedad en su conjunto.
Cuando estas leyes se ignoran y se desprecian, sucede lo que la evidencia muestra como un puñetazo en el estómago: promiscuidad, relaciones prematrimoniales, infidelidades, prostitución, abusos sexuales, violaciones, divorcios sin fin, familias disfuncionales y desestructuradas (hijos que viven sin uno de sus padres; hijos viviendo con los sucesivos novi@s del padre o de la madre; que cambian de pareja cada cierto tiempo, como en el famoso caso del hijo de Cristiano Ronaldo, etc.), millones de embarazos en adolescentes (de los cuales un porcentaje altísimo acaban en aborto), millones de personas afectadas con enfermedades de transmisión sexual, millones de personas adictas a la pornografía, etc. ¿Corazones rotos? ¿Cuerpos que han pasado por tantas manos que cuando el individuo tenga pareja estable ya no habrá nada de novedoso en dicha relación? ¡Ambas cuestiones incontestables por incalculables!
Por todo lo que he reseñado, no me sorprende nada que absoluto cuando cuando los datos señalan que el “39% de los españoles (y el 26% de mujeres[10]) ha engañado alguna vez a su pareja. Y que, además, el 64% de ellos no se arrepiente del acto”. Sus pensamientos llegan a ser tan retorcidos que “el 30% de los encuestados afirmaron que una aventura extraconyugal podría resultar beneficiosa para la pareja”[11]. Sinceramente, no sé cómo pueden mirar a los ojos a sus parejas tras haber estado con otra persona. Y aquí añado también la infidelidad emocional –de la cual no hay estadísticas ni forma de medir-, y la infidelidad virtual. Aunque ambas tratan de suavizarse, son pura traición.
Llevamos siglos cosechando lo que se ha sembrado con tanto esmero, y en estas últimas décadas la siega está siendo más abundante que nunca: El que sembrare iniquidad, iniquidad segará” (Pr. 22:8). Y los efectos de cara a la eternidad son contundentes: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.  Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gá. 6:7-8). Muchos, al leer este texto, se burlan señalando que es falso, afirmando que sus actos no les están trayendo consecuencias malas en esta vida, incluso que son felices, pero a la hora final, en el instante en que se presenten ante Dios, si no se han arrepentido previamente, el desenlace y el precio que tendrán que pagar será contundente y sin vuelta atrás: la eternidad en pura desgracia y desdicha. Solo imaginarlo debería hacer estremecer.

A los que están dormidos ante tanta propaganda: despertad y tomad conciencia de cómo la sociedad ha cambiando los valores para que no os dejéis influenciar ni perdáis nunca de vista los mandamientos eternos e inmutables de Dios. A los que ya habéis sido influenciados, VOLVED A LA SENDA DE LOS JUSTOS que es “como la luz de un nuevo día: va en aumento hasta brillar en todo su esplendor” (Pr. 4:18; DHH).

Continuará en La sana enseñanza de la sexualidad bíblica.



[8] Lo que sí me sorprende es que una actriz casada y con tres hijos como es Chyler Leigh se preste a esto, aunque el porqué es evidente: el dinero está por encima de todo, y lo que hagan o dejen de hacer en sus papeles es lo de menos para much@s de estos intérpretes, que incluso no tienen problemas en escenificar escenas amorosas con personas del mismo sexo. Pero vamos, que pienso igual de personas heterosexuales que hacen lo mismo ante una cámara.
[10] Encuesta Tendencia del adulterio en España, realizada en 2014 por el Instituto IPSOS.
[11] Las cifras se extraen del estudio realizado por el Instituto IFOP en 2014 (http://elpais.com/elpais/2015/09/14/buenavida/1442209109_786004.html).