jueves, 20 de febrero de 2020

El matrimonio no es igual a vivir con un compañero de piso


La idea para el título de este escrito surgió de una frase que dijo un buen amigo en una conversación que mantuvimos sobre este tema. Para él el mérito. Gracias.

Venimos de aquí: Historia de un matrimonio: Una plaga llamada “divorcio” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/02/historia-de-un-matrimonio-una-plaga.html).

Muchos matrimonios consideran que dicho estado no es “tan emocionante” como el del noviazgo. Y más en esta sociedad actual que vive tan deprisa, donde parece que la balanza de “cuán feliz soy” se gradua en función del dinero que uno tenga, de la valía de sus posesiones materiales, de la casa y el coche que posea, del número de actividades lúdicas de las que participe y de los países a los que viaje. A mayor número de estos ingredientes, parece que un matrimonio es más exitoso. Todo esto puede ser señal de bienestar pero no tiene que significar necesariamente calidad en la relación entre los esposos. Ningún punto de lo reseñado garantiza nada entre dos personas ni es guardián de la dicha personal.
El principio para contraer nupcias debería ser siempre el que expresa Gerardo de Ávila: Se tiene que reconocer que al matrimonio solo deben entrar adultos, no solo en el sentido de la edad cronológica sino en el de madurez emocional, de desarrollo intelectual y moral. Mientras sean niños los que contraigan matrimonio este no podrá tener el carácter que Dios le atribuye. Mientras el matrimonio se produzca por impulso, sin la reflexión que paso tan serio supone, el matrimonio no podrá ser como Dios intencionó: Hasta que la muerte los separe”. Ese suele ser en muchas ocasiones el principal problema en la “fusión” que se debería producir en todo matrimonio:

- Uno de los miembros, o los dos, se casan sin ser maduros en áreas muy importantes de la vida: carecen de madurez emocional, desarrollo intelectual y moral. Muchos de ellos entran en el matrimonio con problemas que ya arrastraban desde el noviazgo, incluso desde antes de él.

- Aunque eran o son relativamente maduros, hay aspectos muy importantes de su relación –tanto a nivel individual como entre ambos- que no han desarrollado y que, por lo tanto, no está alcanzando todo el propósito que se le presupone.

Como aquí ya me estoy refiriendo a personas casadas, voy a exponer de forma breve, sencilla y entendible distintos aspectos que deben ser parte “sí o sí” de todo matrimonio. Aquí tocará que cada uno, en humildad, se analice a sí mismo y haga la sentida oración del salmista: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos;  y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24). Una vez hecho esto, y teniendo capacidad de reconocer los propios errores y la firme decisión de modificar y mejorar cualquier aspecto, tocará sentarse junto al cónyuge, mirarse a los ojos y hablar con claridad. Será vuestra primera prioridad. Allá vamos.

¿Cómo marcha el nudo de tres dobleces?
En uno de los momentos emotivos de la ceremonia, el pastor pronuncia esas palabras que todos conocemos de memoria: “Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Ec. 4:12). A continuación, pasa a explicar cómo ese cordón está formado por el esposo, la esposa y Dios. Los tres juntos, resistirán todo lo que les venga en la vida, puesto que es el Señor mismo el que está en medio de ellos. Al escuchar la idea, el novio se emociona de orgullo imaginando su cumplimiento y la novia se conmueve derramando alguna lágrima de emoción, mientras todos los asistentes dicen “amén”. Pero comienza la vida matrimonial y, en la práctica, uno o los dos:

- No ora ni desarrolla su espiritualidad en su relación con Cristo.
- No es consciente de que ha sido comprado por sangre y que su vida tiene el propósito de agradar al que le rescató: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20).
- Sus sueños no se distinguen en nada al de los inconversos, como vimos en “¿Cuáles son tus sueños para este año? ¿Y para el resto de tu vida? & ¿Todos merecen la pena? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/01/10-cuales-son-tus-suenos-para-este-ano.html).
- No deja que Dios tome las riendas cuando surgen las tiranteces.
- No lee la Biblia ni la escudriña, solo la tiene en la estantería como si fuera un amuleto de protección.
- No asimila las promesas contenidas en ella de parte del Señor. 
- No conversa con su cónyuge sobre Dios y Su Palabra, perdiéndose lo más profundo que existe.
- Como desconoce los pensamientos de Dios, en los momentos de desánimo por los que pasa su cónyuge no puede animarle ni consolarle según las verdades bíblicas, y mucho menos a sí mismo.

Y es aquí donde surge el gran problema: basta que uno o ambos no tenga las Escrituras “por norma de fe y conducta” para que el matrimonio cristiano no sea como debe ser ni alcance el ideal divino. ¿Por qué? Fácil de explicar: porque ni sus pensamientos, ni sus sentimientos ni sus valores éticos y morales se basarán en los principios bíblicos inmutables establecidos por Dios. Para estas personas, la Palabra no es lámpara a sus pies ni lumbrera en su camino (cf. Sal. 119:105).
Por eso hay tantos matrimonios que parecen vivir en “yugo desigual”. Es la consecuencia directa de no poner en práctica las palabras de Pablo: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2). Hay muchos que son cristianos, que verdaderamente “han nacido de nuevo”, salvos, pero con vidas que no han sido transformadas y que apenas muestran el fruto del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá. 5:22-23).
¿Pueden ser emocional y sentimentalmente “felices” como pareja? No lo dudo, pero, como he dicho, sin alcanzar el plan divino para ambos. En otros casos, será una relación que apenas se distinga con las existentes en el mundo caído. Si son los dos –hombre y mujer- los que no han asimilado los principios bíblicos, apenas se notará en su vida conjunta. Y si es solo uno de ellos, conforme pasen los años, más y más se notará que una pata de la mesa cojea. El distanciamiento entre ellos en diversas esferas se hará cada vez más patente, causando frustración y sensación de “no complementariedad”. No existe una unión mayor y más profunda que la que surge del propio espíritu, y cuando no existe comunión en esta área, la unidad matrimonial tal y como Dios la diseñó se queda incompleta y llena de frialdad.
Si he reseñado en primer lugar este aspecto es porque es, sin duda alguna, el más importante de todos. Por un lado, será Él –la tercera doblez que une las otras dos del nudo- el que hará que la cuerda no se rompa en los momentos delicados o de mayor tensión. Y por otro, no existe mayor comunión entre dos cónyuges que aquella que tiene a Dios por centro de todo. La espiritualidad, la relación con Cristo, la sujeción a la Palabra y el tener una vida llena en mente y corazón de ella, es la base en la que se debe sustentar todo matrimonio. Así que este debe ser el primer punto en el que debe “escudriñarse” cada uno de los esposos y comprobar si está en la senda correcta o debe modificar ciertas pautas muy importantes.

¿Derechos sin obligaciones? & Reciprocidad
El matrimonio es un espacio en que el ego debe quedar a un lado. Aunque la individualidad y el “yo” no se pierde, debe formar parte intrínseca de un nuevo estado llamado “nosotros”. Muchos no comprenden este punto y quieren seguir viviendo como si fueran solteros: disfrutando de sus beneficios pero sin ningún tipo de responsabilidad para con el otro. Simplemente quieren los beneficios sentimentales, emocionales y físicos de convivir junto a alguien pero sin priorizar la relación, solo buscando su propio bienestar, usando al cónyuge para sentirse bien consigo mismo. Eso no es amor sino manipulación y egoísmo. Como bien manifestó Jacinto Benavente: “Al verdadero amor no se le conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece”.
Jesús dijo: Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mt. 4:12). Este texto debería encontrar una aplicación perfecta dentro del matrimonio. Por eso:

- ¿Quieres que sea cariñoso contigo? Sé cariñoso.
- ¿Quieres que sea servicial contigo? Sé servicial.
- ¿Quieres que te escuche cuando hablas? Escucha cuando te habla.
- ¿Quieres que se interese por tu mundo interior? Interésate tú también.
- ¿Quieres que valore tus pensamientos? Valora los suyos.
- ¿Quieres que sea considerado con tus sentimientos? Sé considerado.
- ¿Quieres que le importe tus intereses y aficiones? Que te importe a ti los suyos.
- ¿Quieres que no te grite? No grites.
- ¿Quieres que no se burle de ti? No te burles.
- ¿Quieres que no te hable con sarcasmo? No lo hagas tú.
- ¿Quieres que te respete? Respeta.

Toda relación humana, y aún más la matrimonial, debe sustentarse en la reciprocidad, no exclusivamente en el “yo” o en el “tú”. Como decía, no es que la “individualidad” –en el sentido de que somos individuos diferenciados- desaparezca ni que el “yo” se destruya, sino que el ego queda a un lado y se forma un nuevo concepto: “nosotros”, basado en el “yo por ti” y en el “tú por mí”. 

El amor se aviva o se deja morir
Si los cónyuges no ofrecen el cariño que el otro busca, anhela y necesita dentro de una relación normal, es muy fácil que la mente y el corazón empiece a “sentir” emociones nada convenientes ante las muestras de afecto de otras personas. Y ahí surgen, muchas veces de forma involuntaria, las primeras raíces de infidelidad emocional, cuyos brotes pueden verse de una manera u otra y sus consecuencias son imprevisibles. Como ya dije en otra ocasión, ni mucho menos justifico la infidelidad bajo el argumento expuesto –es más, la condeno absolutamente-, pero muchas parejas que no reciben amor corren el serio peligro de toparse fortuitamente o buscar fuera de la relación lo que no encuentran dentro de ella.
Que el trato sea diario no debería eximir de seguir mostrando el amor de forma externa. Es más, creo que es cuando más libremente se puede expresar. En el matrimonio, el cariño debería ser la norma, algo que fluya con naturalidad y espontaneidad, y no la excepción.
Como de este tema he hablado en varias ocasiones[1], vuelvo a repetir la manera en que el escritor Gary Chapman describe las distintas formas en que el amor toma lugar de forma tangible:

- Palabras de Afirmación: Son las palabras de valor, aliento y ánimo que se ofrecen a la pareja, destacando sus cualidades de manera honesta, y agradeciéndole por medio de cumplidos aquellas cosas que hace bien o que lleva a cabo por ti. Hay personas que creen que con la mirada es suficiente para expresar el amor. ¡Incorrecto! En la mayoría de las ocasiones es necesario decirlo con palabras.

- Actos de Servicio: Aquellos favores prácticos que sabes que son importantes para tu pareja: recoger la mesa, ayudarla cuando tenga que levantar peso o hacer la compra, ir a por ella al trabajo, llevarla a distintos lugares, preparar una comida especial que le guste, limpiar el coche, etc.

- Contacto Físico: Los besos, las caricias y el simple hecho de tocarse son fundamentales para que las personas que tienen este lenguaje del amor se sientan amadas. La cercanía física en los momentos de dolor también estaría aquí incluida. Por otro lado, la sexualidad es un dialecto dentro de este lenguaje en concreto[2].

- Regalos: Pequeños detalles como notas de amor son fundamentales. Basta con ir descubriendo qué elementos le produce mayor felicidad (flores, libros, etc.). Aunque, como dice el autor, el mejor regalo es la presencia física.

- Tiempo de Calidad: Es pasar tiempo juntos de calidad, realizar actividades que ambos disfruten y sentarse a conversar de todo tipo de temas. Aquí también se incluye un dialecto al que Gary llama “conversación de calidad”, donde las dos partes se escuchan atentamente y sin distracciones: sus pensamientos y sentimientos, sus experiencias en la vida, sea en un picnic, sentados en un sofá, en un parque o paseando por la playa.

Cada individuo siente el amor de manera distinta y, por lo tanto, necesita que se lo expresen de dicha forma. Averiguar cuál tiene cada uno ya es algo personal y a tratar dentro de la pareja, en lugar de las clásicas excusas llenas de pereza como “es que no es mi carácter” o “no sale de mí”. Eso es “matar” el amor. De vosotros depende avivarlo o dejar que se apague.

¿Cómo os relacionáis? & ¿Cómo resolvéis los conflictos y las diferencias?
Muchos hombres y mujeres afirman sentirse en ocasiones más cómodos con sus amigos que con sus cónyuges a la hora de hablar de temas peliagudos. Las razones que explican el porqué son manifiestas:

- Los amigos escuchan, respetan y comprenden. Hay cónyuges que muestran indiferencia, falta de empatía y palabras condenatorias.
- Los amigos no hieren con su vocabulario. Hay cónyuges que expresan dureza y acidez, a la vez que fulminan con sus miradas.
- Los amigos no faltan el respeto. Hay cónyuges que se burlan usando el  sarcasmo.

Esta breve lista guionizada, son algunas de las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas” (Cnt. 2:15).
Un hombre o una mujer que cada vez que abre su corazón o surge una discusión recibe por respuesta gritos y malas caras, donde le hablan con desprecio como si fuera “un trozo de carne con ojos”, estará recibiendo “fuego amigo” y “creando” malos recuerdos y experiencias que quedarán grabadas en la mente por la actitud inmadura de su cónyuge. Y esto se debe a un aspecto del carácter que no ha transformado bajo la voluntad de Dios. Ya advirtió Santiago que “la lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (Stg. 3:6). Son heridas que, aunque luego se cierren y cicatricen, podrían evitarse en gran medida y que nadie tendría que soportar. Para un cristiano, no es excusa decir “es mi forma de ser”, “siempre he sido así” o “a veces me pierdo”, ya que Dios nos ha dado espíritu de “poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1:7).
Esto lleva a que uno o ambos miembros de la pareja se encierre en sí mismo como una forma de autoprotegerse. Deja de ver al compañero como “el mejor amigo” al que abrir el corazón sino que prácticamente lo contempla como un “enemigo”, alguien peligroso con el que es mejor no mostrarse emocionalmente vulnerable ni abrirse, ni mostrar diferencias de ningún tipo.
Si Pablo exhortó a los amos para que le hablaran a sus siervos con “palabra siempre con gracia, sazonada con sal” (Col. 4:6), ¡cuánto más debería ser así entre esposos! Por eso es fundamental:[3] 

1) Afrontar las desavenencias con madurez y llegar de forma paulatina a acuerdos consensuados.
2) Escuchar y pensar antes de hablar en lugar de decir lo primero que se pase por la mente: “El corazón del justo piensa para responder” (Pr. 15:28).
3) Escuchar atentamente con empatía, valorando los sentimientos ajenos como si fueran los propios, sin prejuicios y sin querer saltar a la mínima ofreciendo la propia respuesta. Cuando uno se equivoca, es muy sano reconocer los errores y cambiar de opinión.
4) No callarse cuando algo ande mal. De no hacerlo así, en un futuro cercano se explotará y los daños serán graves. Por eso hay que hablar con educación, sin esperar a que la situación se resuelva por sí sola o a que el otro se dé cuenta de que sucede algo.
5) Hablar la verdad en amor (cf. Ef. 4:15) y –esto es muy importante- manteniendo la confidencialidad cuando sean temas personales y serios. Ni los vecinos, ni las amistades, ni los familiares tienen que estar al tanto de la intimidad ajena. La persona que cuenta en público sin permiso del cónyuge lo que han hablado en privado, no es digna de confianza, y por eso debe evitarse dicha actitud: Trata tu causa con tu compañero, y no descubras el secreto a otro, no sea que te deshonre el que lo oyere, y tu infamia no pueda repararse” (Pr. 25:9-10).
6) Expresar los sentimientos negativos con respeto y poniéndose en el lugar del otro. Una vez más, llevando a la práctica el texto que ya citamos párrafos atrás: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mt. 4:12).
7) Si en ese momento se está muy alterado, lo mejor es respirar, tomar distancia física, caminar, calmar el corazón y postergar la conversación hasta que ambos estén tranquilos y puedan hablar sin herirse. Recordemos que la palabra áspera hace subir el furor (cf. Pr.15:1) y que “la muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” (Pr. 18:21).
8) Desenterrar por completo los gritos del matrimonio. Es una forma más de violencia doméstica y maltrato psicológico en el que muchos se regodean y presumen, cuando es una muestra diferenciadora entre una persona necia y sabia: “El necio da rienda suelta a toda su ira, mas el sabio al fin la sosiega” (Pr. 29:11).
9) Que las críticas sean con ánimo constructivo. El objetivo no es “ganar” o “destruir al adversario”, sino cambiar distintas cuestiones.
10) Tomar conciencia de que tu cónyuge es tu mejor amigo –no es tu hijo, tu primo, un colega o un compañero de trabajo- y así deberíais sentirlo en el trato el uno con el otro[4].
11) Tener presente que hombres y mujeres son muy diferentes a la hora de reaccionar e interpretar la realidad (tanto por “diseño” como por “educación”), ya que si no se toma en cuenta esta verdad, los malos entendidos serán frecuentes y fuente de disputas eternas. El mismo escritor y filósofo español Miguel de Unamuno dijo que cuando dos personas se encuentran no hay dos, sino seis personas distintas: una es como uno cree que es, otra como el otro lo ve, y otra como realmente; esto multiplicado por dos da seis. Una cosa es lo que uno dice, otra lo que el otro entiende que ha dicho y otra lo que realmente se quería decir. Por eso alguien dijo: “Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender, lo que entiendes, existen nueve posibilidades de no entenderse”[5].

Pedir perdón y saber perdonar
Sí, yo perdono... pero no olvido. Es una frase que en muchas ocasiones se dice en broma pero que en la realidad muchos la practican. Esto no debería ser así. Si se perdona, se perdona de verdad, se pasa página y no se guarda rencor, en lugar de volver cada cierto tiempo a echar en cara y con reproches todo el pasado, que se guarda como una espada a desenvainar cuando más conviene para atacar al oponente. Es cierto que el amor no hace nada indebido (cf. 1 Co. 13:5), pero también lo es que “no hay nadie tan justo que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7:20). Por mucho amor que haya en un matrimonio, ambos miembros de la pareja fallarán en ocasiones y pecarán. Y es ahí donde tendrá que entrar por un parte el arrepentimiento genuino –es decir, no volver a reincidir una y otra vez en lo mismo- y por otra la capacidad de perdonar. Si no se lleva a cabo ambas acciones, serán chinas que llevarán diariamente y de por vida en el zapato, incomodando el caminar sobremanera.
Un “lema” que tiene que ser parte de la vida en común es no dejar que el sol se ponga sobre el enojo (cf. Ef. 4:26).

Sincronizar dos vidas
Cada uno de nosotros es hijo de su padre y de su madre. Es hijo de la educación que recibió. Es hijo de la cultura y la sociedad donde creció. Es hijo de la propia experiencia. Es hijo de... infinitos factores más. Y cuando se une a otra persona, trae todo eso al matrimonio. Al ser ambos distintos –tanto en mentalidad como a nivel emocional-, sincronizar esas dos vidas no es nada sencillo, tanto en los pequeños detalles como en las cuestiones trascendentales. Según los expertos, lleva unos diez años de convivencia ajustar las diferencias.
Por otro lado, la vida está formada por muchas etapas y los dos tienen que aprender a readaptarse cuando surgen nuevas fases, cediendo cuando haya que ceder, anteponiendo siempre el bien de la pareja. Estos cambios vienen determinados por nuevas circunstancias, como cambios de trabajo o de la situación laboral, de proyectos personales que aparecen en el horizonte, de salud, de edad, de factores familiares, económicos, etc. Cuando esto no se comprende, y se piensa que la vida es lineal, sin altibajos ni vaivenes, muchos terminan por bajarse del barco, rompiendo el pacto matrimonial. Esta es la razón principal que argumentó Nicole para divorciarse de Charlie, como vislumbramos en el artículo previo donde describimos la película “Historia de un matrimonio”, aunque también es cierto que ella había renunciado previamente a su sueño de ser actriz de cine puesto que su deseo de “estar, amar y casarse” con Charlie era mayor. Este, a su vez, no pudo aceptar que, ahora, años después, ella había cambiado. Y ella antepuso sus nuevos sueños por encima de la conservación de su matrimonio. De ahí el distanciamiento que surgió de manera irreversible y el rechazo que sentían entre ellos. Ninguno tuvo flexibilidad. Dos personas que se amaban y que se valoraban el uno al otro de manera hermosa –como vimos en la carta que escribieron-, no supieron poner su relación por encima de todo. Olvidaron centrarse en los puntos en común que tenían, que eran muchos.
Lo visto nos hace ver la importancia de comprender, aceptar y asimilar estas ideas, porque son reales y de rabiosa actualidad. Como me han dicho varios amigos en más de una ocasión, esta es una de las mayores dificultades del matrimonio, entendiéndose este como relación para toda la vida. O surge la readaptación, o todo termina por morir. Por eso, ante etapas distintas, es sublime la importancia del reacondicionamiento continuo por parte de ambos, ya que la vida cambia, y con ella los deseos e intereses.
Este punto también incluye encontrar algún gusto o afición en común ya que será a lo que dedicarán juntos el tiempo de ocio y, muy importante, la organización del tiempo en común y por separado: “Incluso los cónyuges tienen diferentes necesidades en cuanto a la cantidad de tiempo que pasan juntos. Uno necesita más espacio, el otro más intimidad, y eso es cuestión de amor, ajuste, sacrificio y negociación”[6]. Hay una soledad que es buena, deseable y necesaria. Es un tiempo que necesitáis para vosotros mismos: para reflexionar, para leer, para estudiar, para orar, para tomar nuevas fuerzas, para descansar, etc. ¿Cuál es la razón? Pues que sois seres completos por sí mismos. Tanto la mujer como el hombre que se nos describe en el capítulo 31 de Proverbios no son apéndices el uno del otro, sino que ambos están ocupados con distintos quehaceres. Aquellas personas que no son capaces de ocupar sanamente su tiempo a solas, terminarán agobiando sin remedio a su pareja. El hecho de que uno de los dos sea introvertido o extrovertido, es un factor a tener en cuenta: “Si tu pareja es introvertida (la gente la agota y necesita silencio, tiempo privado para cobrar energía) y tú eres extrovertido, necesitarás esforzarte para entender y aceptar estas diferencias, y no invadir el tiempo privado del otro. O tú podrías ser el introvertido y tu pareja necesita estar con la gente mucho más que tú. Entender cómo funciona el uno y el otro es la clave”[7].

Conclusión
Todo lo que hemos visto en estos seis puntos son principios bíblicos, básicos y de sentido común para un matrimonio pleno –aunque no exento de dificultades porque algo así no existe- pero que la falta de preparación en unos casos, y la dejadez en la rutina diaria en otros, lleva a que se olviden y no se pongan en práctica.
Recuerda que tu cónyuge “no es tu compañero de piso”, sino que, tras la salvación, y en términos humanos, ES EL MAYOR REGALO QUE DIOS TE HA DADO. Y eso implica cuidarlo, mimarlo, protegerlo y tratarlo como lo más especial que hay en tu vida.
Quizá sea el momento en que te sientes con tu cónyuge y os miréis a los ojos de la misma manera en que lo hacíais al principio: buscando lo mejor del otro, deseando perdonar los errores y siguiendo adelante todavía más unidos. Sin ruidos. Sin nadie más presente. Sin amigos ni familiares de por medio para “ofrecer su opinión”. Sin prisas. Sin gritos. Sin faltas de respeto. Y ahí, en ese nido al que llamáis hogar, abrid vuestro corazón el uno al otro y exponed qué hay en él: qué os gusta del otro, qué no os gusta, qué está yendo bien en la relación para potenciarla y qué está fallando para rectificar, qué se puede mejorar, qué planes tenéis a medio y largo plazo, si os sentís satisfechos con la forma de recibir amor, cómo podéis afianzar el compromiso sagrado que hicisteis ante Dios, etc. Hay mil temas para hablar[8]. Eso sí: sed concretos, no con ambigüedades o con las típicas frases hechas como “hay que unirse más” o “tenemos que amarnos más”. No, lo que sea, que se centre en cómo hacerlo y en qué áreas en concreto.
De corazón, os deseo lo mejor.



[2] Para saber más, el libro “Música entre las sábanas” de Kevin Leman.
[4] Para profundizar más sobre este tema en general: ¿Sabes escuchar y comunicarte con tu pareja? ¿Te comunicas de forma no-verbal? https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/06/1072-sabes-escuchar-y-comunicarte-con.html
[5] Párrafo compartido en Facebook por Ana María Rossi, docente, actriz, conductora del programa radial “Coincidencias”.
[6] Townsend, John. Más allá de los limites. Vida.
[7] Wright, Norman. 101 preguntas antes de volver a casarte. Casa Bautista de Publicaciones. P. 124.
[8] Otras dificultades: Qué hacer si las amistades de tu cónyuge no te agradan:
https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/05/1064-el-noviazgo-es-el-fin-del-tiempo.html Dificultades en el trato con los suegros y la familia política:

martes, 18 de febrero de 2020

Historia de un matrimonio: Una plaga llamada “divorcio”


Esta es la carta que escribe Charlie sobre lo que le gusta de su esposa Nicole: “Hace que te sientas cómodo hasta con cosas incómodas. Escucha de verdad cuando le hablan. A veces escucha demasiado durante demasiado tiempo. Es una buena ciudadana. Siempre sabe qué hay que hacer en rollos familiares. Yo tengo mis manías, y ella sabe cuándo insistir y cuándo dejarme en paz. Nos corta el pelo. Inexplicablemente, siempre tiene listo un té que no se bebe. Le cuesta guardar calcetines, cerrar armarios y fregar platos, pero lo intenta por mí. Nicole creció en Los Ángeles, entre actores, directores, películas y televisión. Está muy unida a su madre, Sandra, y a Cassie, su hermana. Nicole es genial haciendo regalos. Es una madre que juega con ganas. Nunca se cansa de jugar ni dice que es demasiado. Y seguro que a veces es demasiado. Es muy competitiva. Abre cualquier bote porque tiene mucha fuerza en los brazos, lo cual me parece muy sexi. Siempre tiene la nevera a rebosar. En casa nunca pasamos hambre. Sabe conducir con marchas. Después de la peli ´Todo sobre ella`, podría haber sido una estrella en Los Ángeles, pero se vino a Nueva York conmigo a hacer teatro. Es valiente. Baila de maravilla. Te arrastra. Ojalá yo supiera bailar. Si no sabe algo, lo dice. Si no ha leído un libro o visto una peli o una obra, yo me invento algo, como que fue hace mucho tiempo. Le encanta encontrar la forma de ejecutar mis ocurrencias. Es mi actriz favorita”.

Esta es la carta que escribe Nicole sobre lo que le gusta de su esposo Charlie: “Es imperturbable. Ninguna opinión ajena o contratiempo le impide hacer lo que quiere. Charlie come como si quisiera acabar ya y no hubiera comida suficiente para todos. Estrangula un sándwich mientras lo devora. Pero es muy meticuloso y confío en él para mantener el orden. Ahorra energía. No se mira mucho en el espejo. Llora fácilmente en el cine. Es autosuficiente. Sabe zurcir calcetines, hacerse la cena y planchar camisas. Rara vez se desmoraliza. No como yo. Charlie acepta mis neuras estoicamente. No deja que le afecten ni me hace sentir mal. Viste fenomenal. Nunca va hecho un cuadro, cosa rara en un hombre. Es muy competitivo. Adora ser padre. Le encanta todo lo que debería odiar, como los berrinches o que te despierten. Que le guste tanto resulta casi molesto, pero en general es muy bonito. Se pierde en su mundo. En eso Henry y él son iguales. Te dice que tienes comida en los dientes o en la cara sin hacerte sentir mal. Charlie se hizo a sí mismo. A sus padres solo los vi una vez. Dice que hubo mucho alcohol y algo de violencia en su infancia. Vino a Nueva York desde Indiana sin ninguna garantía. Y ahora es neoyorkino hasta decir basta. Forma una familia con todo el que tenga cerca. Hechizó a la compañía haciendo que todos se sintieran incluidos. Hasta los becarios eran importantes. Se sabía todas las bromas privadas. Es muy organizado y minucioso. Tiene clarísimo lo que quiere. No como yo, que a veces dudo”.

Segundos después de escuchar estas palabras, intercaladas con imágenes de la vida en común de ambos protagonistas que respaldan todo lo dicho, los contemplamos a los dos en la consulta de un psiquiatra que hace de mediador: se van a divorciar. No entendemos nada ya que tras conocer el contenido de dichas cartas llenas de halagos, resulta chocante y contradictorio. Así comienza la película “Historia de un matrimonio”, protagonizada por Scarlett Johansson (Nicole) y Adam Driver (Charlie), y en la cual Laura Dern ha ganado el Oscar a mejor actriz de reparto en su papel de abogada implacable. En ella se nos cuenta la vida de Nicole y Charlie, y sus respectivas vidas como actriz y director. A pesar de que se quieren separar amigablemente por diferencias aparentemente irreconciliables, todo se complica, sacando a relucir un choque de personalidades que remueve la vida de ambos y la de su hijo, Henry, al que sitúan en medio de la ecuación ya que luchan por su custodia.

El divorcio: una trágica puerta abierta de par en par en el matrimonio
Muchos lo dicen en voz alta. Otros lo comentan con sus parejas. Los más recatados guardan silencio pero lo piensan: hoy en día casi todo el mundo entra en el matrimonio sabiendo que la puerta de salida está abierta para cualquiera que desee cruzarla. Fácil y sencillo. No es necesario que los motivos sean dramáticos, que haya maltratos físicos y psicológicos, o que la causa sea por una infidelidad extendida en el tiempo y sin arrepentimiento. Basta con exponerle al cónyuge algunas de estas razones:

- “Ya no estoy enamorado de ti”.
- “La rutina diaria me aburre”.
- “No me siento viva a tu lado”.
- “Necesito liberarme y probar cosas nuevas”.
- “Busco algo que me sorprenda y dejarme llevar”.
- “He conocido a otra persona que me llena más”.
- “No eres como yo creías que eras”.
- “Mis intereses personales han cambiado y tú ya no entras dentro de ellos”.
- “Creíamos tener un proyecto en común y me he dado cuenta de que no es así”.
- “Quiero algo mejor para mí”.
- “Se acabó mi deseo por ti. Ahora lo siento por otro”.
- “Lo mejor para los dos es que tomemos caminos distintos para ser felices”.
- “Tengo sueños que cumplir y contigo a mi lado no podré llevarlos a cabo”.

Basta que uno de los dos quiera acabar con la relación para que así sea. Defienden que es “lo lógico”, “lo coherente”. En la película, es llamativo que Nicole se niegue en rotundo a leer la carta en voz alta para que Charlie pueda escucharla. Su decisión ya estaba tomada y nada le haría cambiar de opinión, ya que eso significaría volver a intentarlo y luchar por la relación. Esta pauta –la de decisiones inalterables- se repite en la vida real hasta la extenuación.
Otros tienen la desfachatez de decir que es Dios quién quiere que se divorcien y se casen con otras personas que “les han tocado el corazón”. Nada de asumir la dejadez propia en la convivencia de pareja y el no haber guardado los propios sentimientos ante terceras personas. Como señala trágicamente Gerardo de Ávila: “La idea de que el matrimonio requiere sacrificio, abnegación y hacer concesiones pertenece a la época de nuestros padres o abuelos, cuando el matrimonio era sagrado y el divorcio se consideraba una tragedia, un estigma en la familia”[1].
Los más atrevidos incluso no tienen problemas en retorcer las Escrituras para que terminen diciendo lo que ellos mismos opinan: “Si usted cree lo que le gusta en los evangelios, y rechaza lo que no le gusta, no es en el evangelio en lo que usted cree, sino en usted mismo” (Agustín de Hipona). Como decía hace unos días el pastor Ángel Bea: “Produce cierta desazón al ver cómo, a veces, desde el llamado pueblo de Dios se les concede más crédito a lo que dicen algunos eruditos (sin que esto signifique menospreciar la erudición), lo que dicen los incrédulos ingeniosos, o lo que dicen los que sufren, desde sus quejas, que a lo que Dios dice en su Palabra. Es como si ante el misterio de aquello que no entendemos o nos cuesta aceptar, optamos por opiniones muy de segunda mano, basadas más en el razonamiento humano que en la revelación divina. Cada cual es libre de optar por lo que crea conveniente, pero frente a las afirmaciones claras de la Palabra de Dios ninguna opinión, declaración o afirmación que la niegue o tuerza, tiene valor alguno”[2].
Las Escrituras no están para cambiarlas o adaptarlas a los nuevos tiempos postmodernistas, donde predomina el liberalismo y el humanismo, sino que están, en primer lugar, para ser creídas, y en segundo lugar, para ser obedecidas” (Leonard Ravenhill). Bien que dejó dicho Jesús: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46).

La raíz de incontables divorcios
El origen de infinidad de divorcios tiene su origen en el mismo noviazgo. Muchos se casaron:

- Siendo inmaduros.
- Sin entender en qué clase de nuevo estado entraban.
- Pensando que los fuegos artificiales del enamoramiento durarían para siempre.
- Obviando que ambos tenían propósitos, proyectos vitales, intereses y deseos  completamente diferentes y sin apenas puntos en común.
- Creyendo que lo que contaba eran “las mariposas en el estómago” producto de aspectos superficiales o secundarios, sin saber que a medio y largo plazo dichos factores perderían todo su efecto y no servirían para sostener una relación estable y de por vida. 
- Dejándose llevar meramente por la belleza externa (las Barbie y los Ken de turno) sin tener en cuenta que esos ojos deslumbrantes escondían una persona sin ninguna riqueza interior, vacía, apática, y sin más intereses que lucir palmito y chismorrear sobre los programa banales y de cotilleo de la televisión.
- Con unas expectativas desmesuradas que el cine de Hollywood les ha hecho creer.
- Por creer en el mito de la media naranja, el cual enseña erróneamente que las personas están incompletas sin otra a su lado, incapaz de distinguir entre los términos “completar” y “complementar”.
- Convencidos de que sus cónyuges tenían que hacerles felices en todos los ámbitos de la vida interna, sin darse cuenta que solo Dios puede llenar todos los recónditos del alma, y no un ser humano, por muy valioso que sea.
- Porque no definieron sus prioridades en cuanto al tipo de persona que deseaban a su lado y, en consecuencia, eligieron erradamente.
- Por la incapacidad de hacerse cargo de sí mismos y de la propia vida, convirtiéndose en individuos emocional y socialmente dependientes que requieren de alguien que cargue con ellos. La clásica persona que no sabe estar consigo mismo a solas sin mirar el wasap 700 veces por minuto y necesita estar colgado de otro.
- Por “urgencias” sexuales fruto de la impaciencia, de la falta de dominio propio y de no haber puesto límites claros durante el noviazgo.
- Por el miedo a quedarse “solos” si no aprovechaban la ocasión que se les presentó, como si la soltería tuviera efectos mortales. Hasta que llega el día en que se dan cuenta que “la soledad en pareja” es terrorífica y huyen de ella.
- Habiéndose hecho una imagen idílica del otro que no se correspondía con la realidad, imaginando que la persona que tenía en frente no era como realmente era sino como le hubiera gustado que fuera.
- Convencidos de que con amor y ya casados lograrían cambiar parte de la  esencia o los aspectos que no le gustaban del carácter del otro.
- Sin haber aprendido pautas para resolver conflictos, cómo comunicar emociones negativas, el trato con los familiares de la pareja, la manera de compaginar la relación con otras actividades personales y las amistades de cada uno. Parafraseando a Denis Sonet en su libro “Triunfar como pareja”, “como no se preparan para el matrimonio, se preparan para el divorcio”.
- Haciendo caso omiso a las señales de alarma que la propia conciencia les gritaba a los cuatro vientos. Visto desde afuera, hay matrimonios que desde el mismo día de la boda se sabe que, tarde o temprano, acabarán en divorcio.
- Ignorando –en el caso de parejas con diferencias de edad abismales- las dificultades que podían darse tarde o temprano.
- Cegados porque se enamoraron de un individuo que no les convenía, con alguna o varias de estas “virtudes”: histriónico, histérico, posesivo, manipulador, narcisista, egocéntrico, egoísta, soberbio, cínico, verbalmente agresivo, malhablado, perverso, violento, etc. En definitiva, alguien en cuyo carácter brillaba por su ausencia la salud emocional. Estas personas no cambian a mejor por el simple hecho de llevar un anillo en el dedo, como si éste fuera mágico.
- Sin arreglar previamente los problemas serios que ya existían durante el noviazgo y que arrastraron al matrimonio, haciéndose más evidentes a posteriori y multiplicándose.
- Sin escuchar las advertencias y los consejos de terceras personas.
- Creyendo que sí o sí los polos opuestos se atraen siempre, cuando ni mucho menos sucede de tal manera entre seres humanos.
- Sin conocer verdaderamente a la pareja y uniéndose en el altar a los pocos meses de conocerse. En algunos pocos casos la jugada sale bien. En la mayoría no. Y siempre es una temeridad, como jugar a la ruleta rusa.
- Uniéndose en yugo desigual, en el caso de que fueran cristianos, y cuando me refiero a cristianos lo hago exclusivamente a “nacidos de nuevo”. ¿Qué algunos, de entre los que no se han separado aún, afirman ser felices? ¿Y qué? Están claramente fuera de la voluntad de Dios, tras desobedecer voluntariamente su mandamiento (cf. 2 Co. 6:14).
- Sin estar mínimamente preparados. Es de una ingenuidad suprema esa afirmación que hacen muchos cristianos: “Si una relación viene de parte de Dios, todo será coser y cantar en el matrimonio”. Sería así si ambos fueran clones, perfectos y sin una naturaleza caída morando en su interior. Pero como no lo son...

Muchos olvidan que en el matrimonio solo se recogen los frutos que se han sembrado durante el noviazgo. Si había frutos podridos y se les ha permitido crecer, eso se cosechará inevitablemente. Y claro, al final pasa lo que pasa: “Toc toc”. “¿Quien es?”. “El divorcio”. Muchos se esfuerzan tanto en buscar una persona para contraer matrimonio, que terminan por no tener en cuenta ninguno de los aspectos citados, hasta que ya están casados y se dan cuenta del problema que ellos mismos se han buscado. De ahí el contraste de este proverbio chino: “El matrimonio es como una fortaleza sitiada; los que están fuera quieren entrar a toda costa, y a los que están adentro les encantaría muchísimo salir de ella”.

La terrible realidad
Ni las escuelas, ni los padres ni nadie suele ofrecer “materias” sobre estos puntos vitales que he reseñado y que evitaría caer en infinidad de errores. La educación y la información –más bien la mala educación y la desinformación- proviene de las películas, de las series, de las telenovelas, del porno, de las revistas liberales, de los videoclips, de los anuncios publicitarios, de las redes sociales y de la propia experiencia, no exenta de incontables “meteduras de pata”. Por eso tenemos ya instalada en nuestra sociedad la hipersexualización de las niñas con edades comprendidas entre los 11 y los 17 años, siendo todavía menores de edad. Es lo que han aprendido de los mayores y de la cultura que las envuelve. Se limitan a imitar los roles, los comportamientos y los valores de los “adultos”.
Una muestra muy reciente de la bajeza moral que anida alrededor es la constatación de que millones de españoles han estado pegados al televisor contemplando ese show televisivo llamado “La isla de las tentaciones”. Más de 3 millones de espectadores y el 26,9% de la cuota de pantalla, de los cuales un 38,7% son personas de 16 a 34 años[3]. Y lo que es peor: ¡lo han visto el 28,6% de los niños con edades comprendidas entre 4 y 12 años, acompañados incluso de sus familiares, sumando una media de 84.000 menores![4] Qué gran educación están recibiendo por parte de sus padres, ¿verdad? Nada de seguir el mandamiento bíblico: “Instruye al niño en su camino y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Pr. 22:6). A estos padres sí que habría que ponerles un pin parental.
Como señala el pedagogo y filósofo José Antonio Marina, es “un síntoma y una actitud que refleja hacia donde va la sociedad”[5]. Por eso no es de extrañar que estos mismos jóvenes comiencen a tener relaciones sexuales cuando apenas han despertado a la pubertad, que lleven a cabo prácticas peligrosas para la salud y que, voluntariamente, se exhiban en las redes sociales y en plena calle. Corrompidos desde la propia adolescencia. Muchos, en unos años, podrán por obra la infidelidad y el adulterio cuando se casen, si es que lo hacen. P.D James, autora de la célebre novela “Hijos de los hombres” dijo que “si desde la infancia tratamos a los niños como dioses, nos exponemos a que en la edad adulta se comporten como diablos”. El problema aquí es mayor: puesto que los estamos educando como “demonios”, habrá que inventar un nuevo término para describir cómo serán de adultos.
Esto es solo un ejemplo que refleja lo que anida en el corazón de muchos españoles. Los datos están ahí: “Los españoles son los europeos más tolerantes con las relaciones fuera de pareja, como asegura el Estudio Europeo de Valores 2019 de la Fundación BBVA. Una mayoría (55%) desaprueba la infidelidad, un 42% la ve ´aceptable`, el mayor porcentaje de los países europeos analizados en este estudio”[6].
En un mundo normal, tal degradación ni se contemplaría. La sola idea de llevar a cabo un show de este tipo provocaría arcadas en el alma. Y cada año que transcurre se desciende a niveles más bajos en términos morales y parece que no hay un fondo ante tanta negrura. Pensar, reflexionar, valorar, ser sabios y guardar el corazón como una joya, mejor no.
Luego lo vemos reflejado en forma de chicos y chicas, hombres y mujeres adultas, que:

- No saben tratar al sexo opuesto.
- No saben tener relaciones sanas basadas en el respeto y la confianza, sino en los celos patológicos y en un sentido de posesión absoluta de la pareja.
- Son completamente inmaduros para sacar adelante un proyecto de vida en común.
- Pasan por múltiples relaciones sentimentales, muchas de ellas tóxicas, enfermizas y de codependencia.

Esto conduce a infinidad de divorcios en todo el planeta, a incontables familias desestructuadas, a la promiscuidad, a corazones destrozados, a desilusiones, a desengaños, a tristezas y depresiones, a inestabilidad emocional y psicológica, a embarazos no deseados, y un sinfín de efectos más. El divorcio es solo una consecuencia más de todo lo que se promueve en este caldo de cultivo podrido. Otros muchos, por razones que aquí no toca analizar, no se divorcian, pero sus vidas matrimoniales son rutinarias, pobrísimas, tristes y con abundantes dosis de frialdad e indiferencia mutua.

Lo anormal se convierte en normal
Lo terrible de la película “Historia de un matrimonio” es que muestra el mundo tal y como es, presentando el divorcio –más allá de los problemas para alcanzar un acuerdo entre los abogados por la custodia del hijo y que solo buscaban cizaña para lograr sus propios fines usando sus respectivos discursos “feministas” y “machistas”- como algo perfectamente normal: se firma un papel y se acaba con todo. Un mero trámite cotidiano.
En el largometraje, ella argumenta que ha cambiado y tiene planes que no pueden esperar más, mientras él sigue absorto en su trabajo, al igual que lo estaba cuando ella decidió casarse con él, por lo que no entiende que ya no quiera estar a su lado.
Nicole razonaba diciendo que se había “perdido” en él y quería un rumbo diferente: “Al pensar en estar casada contigo, no me reconozco”. Por su parte, Charlie trataba de refutarla: “Ambos sabemos que tú elegiste esta vida. ¡La querías hasta que ya no!”, añadiendo que él siempre fue el mismo, siempre actuó igual con ella y no cambió su forma de ser, por lo que no le entraba en la cabeza que su esposa le echara esas cuestiones a la cara. A él le resulta incoherente y así se lo hace ver: “Eras feliz. Pero ahora has decidido que no lo eras. [...] Ahora vuelves atrás. A antes de conocerme”. Por eso en la mente de Charlie encaja como anillo al dedo la letra una de las estrofas de esa canción de Fito & Fitipaldis titulada “Catorce vida son dos gatos”: “¡Oh! Pobre corazón, que no sabe que decir si te vas por lo que soy o por lo que nunca fui. Por su parte, ella replica de nuevo, acusándolo de egoísta. Como previamente le había dicho a su abogada, Nicole quería ser la estrella de la función, no una más dentro de una película donde el importante fuera el director. Se sentía insignificante puesto que él no le pedía su opinión para nada, ni siquiera sobre qué casa comprar. Según ella, Charlie no se interesaba por sus deseos, solo en su propio trabajo, en su profesión, en su propia carrera y en la compañía de teatro, que era lo que le hacía feliz y le parecía genial. Como ella misma llega a afirmar: “(él) no me veía como algo separado de sí mismo”.

Nos decantemos por uno u otro –aunque pienso que siendo completamente objetivos no podemos alinearnos al 100%-, los dos tenían “razones humanas” para separarse y, a la vez, ninguna, ya que todo tenía arreglo.

¿Qué siente Dios ante el divorcio?
Hablando este pasado verano con multitud de compañeros de trabajo, descubrí que la inmensa mayoría eran divorciados, y si no lo eran ellos porque aún no se habían casado, lo eran sus padres. Tremebundo.
La realidad es que eso del pacto sagrado ante Dios –repito: PACTO SAGRADO ANTE DIOS-, y del matrimonio “para toda la vida” o “hasta que la muerte nos separe” ha quedado completamente en desuso en nuestra sociedad moderna, incluso entre un sector del cristianismo. La misma Scarlett Johansson se ha divorciado ya dos veces. El adulterio, la infidelidad, la traición, la falta de remordimientos por el mal causado, el egoísmo, el vicio, el “aquí te pillo, aquí te mato”, el sexo prematrimonial, el pasar de una pareja a otra cada poco tiempo o las llamadas “relaciones abiertas”, están a la orden del día. Y lo más grave: se vende como parte del “progresismo” y de la “liberación” de los conceptos judeo-cristianos sobre la ética y la moral.
Entre inconversos es algo lógico ya que su moral es líquida y no se mueve por principios eternos e inconmovibles, pero entre creyentes es atroz y extremadamente triste. Algunos cristianos hasta suben imágenes y vídeos de “memes” a las redes sociales cuando se divorcian, como si fuera algo sobre lo que bromear. Todos omiten voluntariamente las palabras de Jesús: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mr. 10:9) y ninguno de ellos quiere saber lo que Él siente al respecto, que aborrece el divorcio (cf. Mal. 2:16).
Al que no se le remueven las entrañas ante la ruptura de matrimonios ajenos, y llega hasta considerarlo “normal”, es porque no es ni mínimamente consciente de cuán sagrado es para Dios dicha institución, ni tiene una visión Teocéntrica de la misma. Sin ser Él, siento literalmente náuseas cuando me entero de una separación entre creyentes, así que a una escala ínfima comparada a la Suya, puedo entenderle. Me hiere la sensibilidad cuando algún hermano señala que no deberíamos escandalizarnos porque dos cristianos se divorcien, bajo el argumento de que quizá se casaron sin estar seguros de que eran “el uno para el otro” y que “Dios no quiere que vivan amargados”.
Si Dios abomina el divorcio, ¿cómo podemos no escandalizarnos cuando se produce, y más cuando no hay razones bíblicas para la ruptura? Como apunta John Stott: “Mientras más alto es nuestro concepto del propósito original de Dios para el matrimonio y la familia, más devastadora es la experiencia del divorcio. El rompimiento de un matrimonio siempre es una tragedia. Contradice la voluntad de Dios, frustra su propósito, produce en el esposo y en la esposa un dolor agudo de alienación, desilusión, recriminación y culpa”[7].

Continuará en El matrimonio no es igual a vivir con un compañero de piso.