lunes, 27 de abril de 2020

6. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que tienes que dar gracias y un millón de gracias por todo lo que tienes


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que debes aprender a mirar cara a cara el miedo al futuro y a la escasez para que no te controle (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/04/5-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

En el primer escrito analizamos cómo es el mundo durante este tiempo oscuro donde las noticias sobre el Covid-19 lo domina todo. También vislumbramos el horizonte sobre qué harán las personas una vez que concluya la crisis sanitaria proclamada por la pandemia. Ahora, una vez que nos hemos contextualizado, estamos reflexionando sobre qué podemos y debemos llegar a aprender de toda esta excepcionalidad.
Si a través del filtro del virus no aprendemos estas lecciones ahora, no las aprenderemos nunca. No puede ser que muchos prefieran tapar todo lo que está aconteciendo a su alrededor bajo toneladas de humor y entretenimiento casero para no verse emocionalmente afectados, y se nieguen así el tiempo para pensar y meditar esperando a que todo vuelva a como era antes.

¿Qué debemos cambiar? ¿Qué tenemos que aprender?
Hace unos días, leí el artículo de un periodista que citaba las palabras de un peluquero venezolano: “Éramos felices y no lo sabíamos”. Y es verdad. Es como el contraste entre la salud y la enfermedad: solo apreciamos la salud cuando estamos enfermos. Es como si la echáramos de menos cuando nos sentimos mal. Basta pasar unos días malos con dolores de cabeza para sentirnos felices cuando llega esa mañana y nos sentimos bien. Esta situación presente nos debe llevar a pensar de la misma manera, porque muchas personas tienden a ver el vaso de sus vidas medio vacío, a quejarse de lo que no tienen, a tener mala cara cuando sus deseos no se cumplen y a enojarse por cuestiones que, muchas de ellas, en el fondo, son pequeñeces, sandeces y banalidades.
En esta línea de pensamiento apuntaba José Ignacio Landaluce, alcalde de mi ciudad (Algeciras), que estuvo infectado e ingresado por el coronavirus pero que ya está sanado: “Esta situación a todos nos debe estar haciendo reflexionar y ver que muchas veces nos empeñamos en exceso en cosas que tienen una solución fácil o que son pasajeras”[1]
Otros se sienten desgraciados porque el sueldo no les llega para irse de vacaciones y adquirir el coche que anhelan, o porque no pueden ir de compras a las tiendas de ropa y a las de electrodomésticos a dejarse cientos de euros en vestimentas, zapatos, material deportivo, muebles, ordenadores, tablets, teléfonos móviles o videojuegos.
Todos ellos deben aprender a sentirse agradecidos CADA DÍA por TODO lo que SÍ tienen:

- Una casa, sea pequeña o grande.
- Un plato de comida que llevarse a la boca.
- Un sofá y sillas para sentarse, sean mejores o peores.
- Un colchón donde dormir, sea más o menos cómodo.
- Las sábanas limpias y mantas que les cubren del frío.
- Los amigos, sea uno solo o muchos.
- La familia, sea amplia o escasa.
- Los hijos, aunque sean revoltosos.

Tenemos que darle las gracias a Dios, incluso en la tragedias o en las dificultades, tanto en los días buenos como en los malos, tanto cuando la vida sonríe al nivel que nos gustaría como cuando no. Gracias por crearnos. Gracias por nuestro cuerpo. Gracias por el aire que llena nuestros pulmones y nos da la vida. Gracias por la comida que podemos llevarnos a la boca. Gracias por el agua que nos permite lavarnos y beber de ella. Gracias, gracias y gracias POR TODO: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Ts. 5:18).
Sea cual sea nuestra situación presente o futura, y tengamos mucho o poco, debemos aprender lo que es el verdadero CONTENTAMIENTO del que habló Pablo: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad” (Fil. 4:11-12). Si somos capaces de asimilar este principio, “teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Ti. 6:8-11).


lunes, 20 de abril de 2020

5. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que debes aprender a mirar cara a cara el miedo al futuro y a la escasez para que no te controle


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que es lógico y humano experimentar cierto grado de ansiedad en el alma pero que hay Alguien en quien hallar paz en medio de la tormenta (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/04/4-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

La mayoría de las ansiedades son fruto de pensamientos negativos que se somatizan. Así el cuerpo reacciona ante ellos experimentando distintas alteraciones: dificultad para respirar, nerviosismo, taquicardias, insomnio, etc. Muchos de los pensamientos son infundados, irreales, en el sentido de que nunca se van a producir, pero los interiorizamos de tal manera que nuestra mente los cree como reales. Pero hay otras opciones que pueden llegar a hacerse realidad y tienen su base para provocar inquietud. En el sur de Italia, las familias más pobres pasaron por malos momentos e intentaron asaltar varios supermercados. La ansiedad física fue meramente un mecanismo de defensa para responder ante una situación que comenzaba a resultar desesperante: “¿Me falta comida? Haré lo que sea necesario para lograrla”. Ese tipo de reacción puede resultar lógica ante dicha carencia. 

¿Qué es lo peor que podría pasarte?
Por eso, tenemos que confrontar directamente qué es lo peor que nos podría pasar, para así tener mecanismos de defensa –tanto mentales como de conducta- y no dejarnos llevar por el pánico. Hay personas que creen que lo mejor es evitar tratar el tema. Y se equivocan por completo, porque esa idea de “meto la cabeza debajo de tierra como las avestruces esperando que no me toque” no te quita la ansiedad ni te prepara para nada. Los miedos no hay que eludirlos, sino confrontarlos. Una vez que se les mira a la cara, nos preparamos para que no nos dominen ni tengan poder sobre nosotros. Así que ahora citaré dos de esos “miedos” y que podrían llegar a pasar:

1) Que enfermemos y muramos.
2) Que perdamos el trabajo, nos quedemos sin dinero y perdamos todas nuestras posesiones materiales.

Como de la primera cuestión voy a encargarme en otra de las lecciones, me centraré en la segunda. Los seres humanos somos como camaleones: nos adaptamos a las circunstancias aunque estas resulten cambiantes. Igual que todos aquellos que han implementado hábitos sanos y metódicos ya se han acostumbrado al confinamiento, en este supuesto haríamos lo mismo. En la peor de las situaciones, viviríamos de alguna pequeña paga, de la caridad, durmiendo en albergues o en tiendas provistas por el mismo Gobierno, por alguna institución u organización religiosa. ¿Nos heriría el orgullo al principio? A muchos posiblemente sí, y más cuando tenemos en nuestra mente grabada a fuego la idea que la sociedad nos ha hecho creer desde que éramos niños: que un hombre y una mujer es el que se vale por sí mismo, y que cuanto más tenga mayor es su valía. Es un tremendo error basar la estima propia en este concepto, pero tristemente muchos lo hacen. Es lo que sucede cuando se construyen gigantescos castillos de arena al borde de la orilla.

Encarando el miedo al futuro
Quiero creer –y confío en ello- que nada de esto va a ocurrir, o al menos hasta estos extremos, pero la posibilidad de la falta de trabajo, de vivienda propia y de carencia de ciertas comodidades son reales “ahora” –como efecto colateral de la pandemia-, o en un “futuro” ante cualquier situación inesperada como una catástrofe de la naturaleza.
Por eso es bueno mirar a los ojos a los miedos. ¿Cuál es uno de ellos? La reducción en calidad de vida que sufriríamos. No tendríamos televisor, ordenador, teléfono móvil ni dinero para salir a cenar y practicar otras actividades de ocio. Ahí tendríamos que recordar que esas no son “necesidades” sino “lujos” a los que nos hemos acostumbrado. Pero lo vuelvo a repetir: tendrías a aceptarlo y adaptarte a la nueva situación en lugar de patalear donde lo único que conseguirías es amargarte profundamente.
Otros deberían apretarse el cinturón porque “no pudieron”, “no supieron” o “no quisieron” ahorrar parte del dinero que ganaron anteriormente.
Incluso en el peor de los casos, tendríamos que comer en un comedor social, y no precisamente nuestros platos favoritos, sino lo que hubiera. De nuevo, el camaleón que todos llevamos dentro debería almoldarse. Al igual que la pérdida de un estatus o de las posesiones materiales le supondría a muchas personas un golpe bajo a su orgullo y sentimiento de valía, el depender de otros para comer les afectaría. Pero nadie debería ni debe sentirse mal por no poder valerse por sí mismo, dadas las circunstancias. No habría ni hay nada de malo en que nos ayuden, fuera de un banco de alimentos, de una ONG o del mismo Gobierno. Los cristianos más pudientes tendrían que arrimar el hombro todo lo que pudieran, y lo que tuvieran menos ayudar en la medida de sus posibilidades.
El enfoque ante una situación extrema donde se recibe lo justo para vivir, comer y beber debería ser: “Gracias por lo que recibo”. Así fue entre los cristianos del primer siglo: había un gran escasez entre los cristianos de Jerusalén y los pobres se contaban por millares (cf. Gá. 2:9-10). Pablo, conocedor de la situación, recogió una gran ofrenda para todos ellos. Los que tenían, incluso los que tenían poco, dieron a los que no tenían nada (cf. 2 Co. 8:1-4). Los creyentes veían en dicha ayuda la mano de Dios, y así tendríamos que verlo si algo así nos aconteciera, en lugar de verlo bajo el prisma de la ansiedad: Esta suma [de dinero] es el depósito de la piedad que de allí se saca, [...] para sustentar y enterrar pobres, para alimentar niños y niñas huérfanos de padres y de hacienda, para viejos que no pueden salir de casa, para los que padecieron naufragio, para los presos en las cárceles, para los desterrados a las islas y para los condenados a las minas por causa de religión tan solamente. Todos estos son ahijados que cría la religión, porque su confesión los sustenta[1].

Conclusión
La lección básica ante una situación de crisis total es que, si buscas lo material (muebles nuevos, coches, viajes, ocio, etc.), te vas a sentir frustrado hasta niveles insospechados. Pero si te adaptas y te muestras satisfecho teniendo lo básico, aunque no sea fácil ni agradable, seguirás adelante. Es hora de recordar esa parte de la oración que nos enseñó Jesús en el Padre Nuestro: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mt. 6:11). Como también dijo Pablo: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6-7). Como hemos visto, la paz es otra de las consecuencias de la oración.
Pedir lo necesario, vivir al día y confiar en la provisión de Dios, esa sería la gran lección que hoy nos toca aprender: No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal(Mt. 6:31-34).
Como narró en esta historia el difunto R.C. Sproul: “Después de que terminó la Guerra de Corea, Corea del Sur se quedó con un gran número de niños huérfanos. Hemos visto lo mismo en el conflicto de Vietnam, en Bosnia, y en otros lugares. En el caso de Corea, muchas agencias de ayuda llegaron para hacer frente a todos los problemas que surgieron por consecuencia de tener tantos niños huérfanos. Una de las personas que fue parte de este esfuerzo de ayuda me comentó de un problema que había encontrado con los niños que estaban en los orfanatos: A pesar de que a los niños se les proveía tres comidas al día, llegando la noche se ponían inquietos y tenía dificultad para dormir. Hablando mas con ellos, se dieron cuenta de que la ansiedad se debía a la incertidumbre de si tendrían comida para el día siguiente. Para ayudar a resolver este problema, los trabajadores de ayuda de un orfanato en particular decidieron que cada noche cuando los niños se fueran a la cama, las enfermeras les pondrían un pedazo de pan en cada una de sus manos. El pan no era para que se lo comieran sino para que lo pudieran sostener en sus manitas mientras se quedaban dormidos. Era como una ´manta de seguridad` para ellos, recordándoles que habría provisión para sus necesidades diarias. Efectivamente, el pan les calmó la ansiedad y los ayudó a dormir. Del mismo modo, a nosotros nos consuela saber que no nos faltara comida, o ´pan` para suplir nuestras necesidades físicas”[2].
Seamos como Samuel, quien como recordatorio puso a una piedra por nombre Eben-ezer, que son dos palabras hebreas que tienen por significado “Piedra de ayuda”, siendo un símbolo que nos viene a decir que “hasta aquí el Señor nos ha ayudado” (1 S. 7:12). Y así será siempre.
Asimilemos todo lo reseñado para aprender a confiar y descansar en Dios.


lunes, 13 de abril de 2020

4. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que es lógico y humano experimentar cierto grado de ansiedad en el alma pero que hay Alguien en quien hallar paz en medio de la tormenta


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que debes confrontar la ansiedad física y mental, tanto si eres joven o adulto, soltero o casado, con hijos o sin ellos (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/04/3-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Ya vimos que el ejercicio, la música relajante, una ducha de agua caliente y la puesta en práctica de una rutina diaria –más aun si se tienen hijos-, son formas efectivas y saludables en gran manera como método para combatir el estrés físico y mental. Ahora bien, hay que reconocer que no elimina lo que hay en las capas más profundas –las que afectan al alma- ya que la ansiedad física es solo un síntoma externo de lo que sucede en nuestro interior y de cómo reaccionamos ante las circunstancias de nuestro alrededor. Por eso hay que ir a la raíz de todo, al verdadero origen de donde nace la ansiedad.
Para eso tenemos que ir al “respaldo definitivo” sobre el cual DESCANSAR por completo. Unas “espaldas anchas” en las que dormir tranquilo y confiar, pase lo que pase, independientemente de que las circunstancias sean positivas o negativas. Y es ahí, como vamos a ver, donde Dios entra directamente.

Un cuerpo que sufre el estrés
En primer lugar no olvidemos que, ante eventos emocionalmente desbordantes, es normal que el cuerpo se sienta más o menos nervioso. Puede ser que estos sentimientos se arrastren a la noche y se manifiesten en forma de sueños inquietos. En otros casos se suele exteriorizar con alguna reacción corporal, como leves temblores en las manos o en algún tendón, pequeñas taquicardias, brotes de dermatitis o incluso minúsculos tics nerviosos en los párpados, siendo estos dos últimos los que me suelen acontecer en momentos concretos.
Jesús mismo, en el huerto de Getsemaní, antes de ser apresado, y sabiendo lo que se le venía encima, experimentó tal grado de angustia que sufrió en sus propias carnes un fenómeno conocido como Hematidrosis, el cual se produce al congestionarse los vasos sanguíneos cerca de las glándulas sudoríparas a causa del estrés, habiendo escapes que se combinan con el sudor. Por eso decimos que, literalmente, Jesús sudó sangre. Hace unos años conocí a una persona que, también sometida a un estrés altísimo, y mientras paseaba por la playa, experimentó la misma vivencia. Así que no tenemos que sentirnos culpables si pasamos por momentos delicados. Y, por supuesto, hay que desoír las voces de esos que presumen de una espiritualidad carente de humanidad y que dicen que los cristianos no pueden sentirse mal.

¿Cómo confrontar la ansiedad del alma y la que respecta “al futuro”?
Puesto que me extendería en demasía, no voy a entrar en las historias de cada uno de aquellos que, sin citar directamente sus nombres, son mencionados en Hebreos 11:36-37, los cuales “experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra”. Solo he citado el pasaje para que veamos el sufrimiento por el que pasaron.
Por eso, en segundo lugar, recordemos que la inmensa mayoría de los escritores bíblicos no escribieron siempre envueltos en mantos de felicidad y en momentos de bonanza. Eso hubiera sido muy fácil. Cuando el cielo brilla, nadie se preocupa de problemas inexistentes. Lo hicieron cuando habían sido desterrados, vendidos como esclavos, en medio de persecuciones que amenazaban sus propias vidas y las de sus familias, en la enfermedad más acuciante, en la soledad más absoluta o a las puertas de la muerte, incluso cruzándolas.
Podemos afirmar que los sentimientos que ellos transmiten son universales y atemporales. Nos podemos sentir plenamente identificados con ellos ante la adversidad que se nos ha presentado en forma de pandemia y sernos de ejemplo.
El estrés físico es controlable con las medidas paliativas que presentamos. Pero pensar que vamos a eliminar toda ansiedad de nuestro cuerpo y que jamás la vamos a sentir, es una utopía. ¡No sería humano! Pero, y aquí viene la clave, tenemos que aprender a MANEJARNOS ante aquello que se escapa de nuestro control y que sentimos en nuestro interior de forma vívida. ¿Y cómo? Buscando y, sobre todo, perseverando en la paz que procede directamente de Dios.
Así lo afirma Isaías: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Is. 26:3). Esta paz interna no es para todos, sino para LOS QUE PERSEVERAN, y es justo lo opuesto al estrés del alma. ¿Y cómo se persevera con los pensamientos?

- Descansando en Sus promesas eternas.
- Confiando en Él y en Su soberanía.
- Llenando la mente con Sus pensamientos que están impresos con todo lujo de detalles en la Biblia.

La falsa paz de este mundo & La paz de Dios
En este mundo, por unas razones u otras, nunca va a ver paz absoluta. A día de hoy es por el Covid-19, y en las próximas semanas será por la incertidumbre económica y geopolítica que posiblemente nos toque vivir. Y en el futuro lo será por otras razones. La paz que Dios ofrece no depende de los vaivenes de la vida, de que nos vaya bien o mal. Si así fuera, jamás tendríamos paz en nuestro corazón. Por eso Jesús dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14:27).
Como ya he dicho en más de una ocasión, los sentimientos de dolor se pueden complementar perfectamente con la fe. Observa a Pablo y cómo conocía la diferencia, a pesar de toda la adversidad que afrontó. Con lo que he añadido entre paréntesis y en negrita, entenderás el contraste entre las “circunstancias/emociones negativas” y la “fe/confianza”: Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados (sentimientos negativos) en todo (circunstancias negativas), mas no angustiados (fe); en apuros (circunstancias negativas), mas no desesperados (fe); perseguidos (circunstancias negativas), mas no desamparados (fe); derribados (sentimientos negativos), pero no destruidos (fe)” (2 Co. 4:7-9).
Aunque las circunstancias fueran terribles y se sintiera mal, su descanso y confianza en Dios era la que le hacía permanecer en pie. Y estas letras no surgieron de un hombre tumbado en un cómodo colchón mientras se bebía una Cruzcampo y escuchaba en la radio la canción “Resistiré”, sino por alguien que pasó por todo tipo de penurias: “Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez” (2 Co. 11:25-27).

Asimilar la lección
Posiblemente, esta sea la lección más difícil de aprender para un cristiano. Hay muchos en los cuales todavía no se ha hecho carne en ellos la paz, que es uno de los elementos que conforman el fruto del Espíritu (cf. Gá. 5:22). A pesar de llevar décadas convertidos y conocer estos textos bíblicos de memoria, siguen sin experimentarlos porque no han hecho suyos dichos principios. Se dejan arrastrar por las emociones cuando sufren un revés, en lugar de afrontarlas y controlarlas. Todo lo viven y sienten frenéticamente, hasta las situaciones más nimias, que convierten en océanos donde se ahogan.
Muchos tienen los nervios alterados, incluso destrozados en los casos más extremos, siendo personas que se enojan con facilidad y se vuelven extremadamente críticos hacia los que les rodean, con cierto grado de amargura que pagan con el prójimo, lo que hace que sea difícil el trato personal con ellos a medio y largo plazo. Otros viven continuamente con miedo porque se basan en las propias emociones, que son como arenas movedizas, cuando Pablo dijo que “el justo por la fe vivirá” (Ro. 1:17). Y la fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1). La fe es confiar en Dios, venga lo que venga, suceda lo que suceda, vaya todo bien o vaya todo mal desde el punto de vista humano, sabiendo que en este mundo somos “extranjeros y peregrinos” (1 P. 2:11), lo cual debe poner en perspectiva temporal todo acontecimiento y verlo desde la eternidad y soberanía de Dios. Por ejemplo, con esta promesa: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Ro. 8:18).
En el lado opuesto, nos encontramos al cristiano que se muestra tranquilo y confiado, lo cual no significa que no tenga interés por la sociedad en la que está envuelto. Tampoco es sinónimo de que sea “un hombre de hielo” o alguien “impertérrito” y “sin sangre en las venas”. Sencillamente es uno que ha aprendido a descansar en Dios y en Su Palabra, aunque en ocasiones se sienta, como humano que es, intranquilo y experimente algún grado de ansiedad, sea del tipo que sea.
Conocer la teoría y aplicarla no es lo mismo. A mí me llevó años asimilar por completo ciertas verdades y hallar ese reposo del que habla Isaías. Y lo hice después de pasar por malas experiencias de todo tipo. Pero, a base de “perseverar”, lo logré. Y cuando siento por momentos que pierdo ese “estado tranquilo del alma”, vuelvo a los orígenes, a la lógica bíblica, y recuerdo las promesas divinas. Dejarse llevar por las emociones provoca el caos, mientras que la fe en Dios proporciona el equilibrio que todos necesitamos. El mundo y las circunstancias cambian pero en Dios “no hay mundanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17). Y en Él, solo en Él, está nuestra estabilidad.

lunes, 6 de abril de 2020

3. ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que debes confrontar la ansiedad física y mental, tanto si eres joven o adulto, soltero o casado, con hijos o sin ellos


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que tienes que mirarte menos al ombligo (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/03/2-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Muchos están experimentando ansiedad en estos tiempos. Unos por estar encerrados en casa. Otros porque han perdido sus puestos de trabajo o no saben qué va a pasar con ellos. El dinero y la comida ya empieza a escasear en algunas casas. En el sur de Italia, donde una parte considerable de la población ha trabajado siempre cobrando en negro o dedicándose a negocios de dudosa reputación, ya se han visto escenas de tensión en varios supermercados, junto al llamado en las redes sociales a la rebelión. Puede que todo esto sea pasajero o puede que se alargue en el tiempo. Todo dependerá de la evolución de la enfermedad, del control que se tenga sobre ella y del hallazgo de una vacuna. Mientras tanto, los gobiernos tendrán que desvivirse para mantener a los que no tienen recursos económicos o queden en situación de desempleo. 
Aunque las circunstancias son distintas, y posiblemente más graves por el hecho de que afecta a un mayor número de personas, esta ansiedad no es nueva ni de ahora. En Cataluña, desde que estalló el llamado “procés” en octubre de 2017, los casos de ansiedad entre la población se han multiplicado hasta el infinito. En Mallorca, Murcia y en otras zonas del Levante español, cientos de familias perdieron hace unos meses todas sus propiedades a causa de unas inundaciones nunca vistas. Pero lo mismo padecen millones de personas en todo el mundo por otras razones: hambruna en Venezuela, países como Haití que siguen semiderruidos por el terremoto de 2010, infinidad de regiones de Latinoamérica, de la India o del continente africano donde la población vive hacinada y malviviendo como pueden, zonas en guerra como Siria, campos de refugiados en Turquía, etc. La lista es prácticamente interminable y las situaciones dramáticas en muchas de ellas.
El estrés que padecíamos en Occidente era casi siempre por sufrir un atasco de tráfico, por perder el autobús de línea y tener que esperar media hora al siguiente, porque nuestro relevo de turno en el trabajo llegaba 10 minutos tarde o por tener que soportar a un jefe poco amable. Pero llegó el virus y nos recordó qué es la verdadera ansiedad y lo que es preocuparse por temas verdaderamente importantes y básicos que dábamos por hecho, como la salud, la comida y la vivienda.

¿Cómo confrontar la ansiedad física y emocional?
Algunos camuflan toda esta ansiedad descrita bajo toneladas de bromas a terceros –aunque el agotamiento de las mismas ya se nota en muchos-, vídeos de humor y horas eternas enganchados a las redes sociales. En su justa medida, pueden ser de ayuda, aunque se suele caer en el exceso. Estar horas sentados o tirados en el sofá sin propósito alguno y sin sacarle verdadero rédito al tiempo termina en tristeza y en un marcado desánimo al cabo de unos días.
Siendo la lectura de grandes libros una de las actividades más provechosas que se pueden llevar a cabo en la situación actual, hay que señalar que para la ansiedad física y mental es muy efectivo:

- La práctica diaria de ejercicios caseros en función de las posibilidades. Muchos se resisten a hacer ejercicios sin saber cuánto bien les haría a su organismo en general.
- Oír sonidos relajantes o música clásica. En mi caso, como a muchas personas, algunos vídeos ASMR resultan de gran utilidad, y en youtube hay cientos de ellos.
- La visualización de películas que provocan verdadera risa.
- Un baño de agua caliente.
- Andar descalzo por la casa.

Además, está comprobado que todas las prácticas citadas “producen” en el sistema nervioso unas hormonas llamadas endorfinas, que sirven como analgésico ante el dolor y, a la vez, como estimulante de los centros de placer del cerebro y del sistema nervioso central, actuando como antiestresante y antidepresivo.
Igualmente:

- Si eres afortunado y tienes una terraza, un balcón, un patio, un jardín, una azotea o al menos una ventana donde los rayos del sol iluminen directamente, y usando protección solar, toma el sol diariamente durante 15 minutos siempre que haga buen tiempo, ya que proporciona Vitamina D para los huesos y reduce la presión en sangre, aparte que la luz natural favorece el estado de ánimo.
- Es muy recomendable la toma de varias infusiones de tila para relajarse y conciliar el sueño, mucho más sano, natural y sin efectos secundarios que los productos químicos.
- Evita todos los refrescos azucarados o con estimulantes como la cafeína.
- Es cierto que necesitamos estar informados de todo lo que está sucediendo, especialmente porque las normas que se están estableciendo desde el Gobierno para salvaguardar nuestra salud van variando según las semanas, pero un exceso de datos sobre la pandemia es contraproducente. Ni mucho menos digo que nos aislemos de la realidad porque eso sería una señal de que no nos importa el dolor ajeno o la lucha admirable y titánica que está llevando a cabo todo el personal sanitario e infinidad de trabajadores de otros sectores. Pero sí afirmo que es sano ponerle un limite al tiempo que le dedicamos cada día y que no debe ser lo último sobre lo que leamos o escuchemos antes de irnos a dormir. Jesús mismo, después de haber estado enfrascado en incontables actividades, buscaba sus momentos para irse a la montaña a estar a solas con el Padre, descansar y llenarse de fuerzas para la siguiente jornada. Era “su rinconcito”, y aunque no podamos ir al campo, cada uno de nosotros debe encontrar uno para sí mismo entre las cuatro paredes de casa.

Rutinas en el hogar “con” o “sin” hijos”
¿Y qué decir de los que tienen pequeños en el hogar? Pues que levantarse cada mañana “a verlas venir”, sin un plan definido y sin orden, es fuente inagotable de estrés para toda la familia, y que solo viene a aumentar el causado por el confinamiento. Los niños, al igual que los adultos, necesitan patrones a seguir. En ese aspecto, tengo una cuñada que es un ejemplo: con cuatro niños pequeños (de 9, 8, 5 y 3 años), mantiene un plan que, claro está, es flexible dentro de las circunstancias, pero que suele basarse en los mismos principios que lleva a cabo todo el año:

- Un horario para irse a la cama.
- Un horario para levantarse.
- Un horario para que colaboren en las tareas del hogar según las capacidades y acordes a la edad de cada uno.
- Unas horas concretas para comer todos juntos.
- Un menú basado en comidas sanas en lugar de tantos fritos y congelados, aunque estos también tengan su lugar en determinados momentos pero siempre como excepción, no como norma.
- Una hora definida para estudiar, hacer las tareas del colegio, leer libros según la edad y ducharse.
- Y, por supuesto, tiempo para jugar tanto a solas como en familia.

Es lo más equilibrado y sano para ellos, y los padres deberían hacer lo mismo. Por el contrario, un “libre albedrío” donde cada uno hace lo que quiere cuando quiere, provoca que el desorden y el caos se establezcan como la norma habitual en un hogar. Dice en Proverbios 25:28 que “como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda”. Si es así en un hombre adulto, cuánto más en un niño sin riendas.
Si este tipo de normas no se han llevado a cabo con anterioridad y de forma continua, costará más establecerlas, pero es más necesario que nunca. Los más pequeños del hogar, tarde o temprano, sabrán que hay unas normas y tienen que aceptarlas por el bien de todos. El deber de los padres no es tanto corregir a un hijo cuando se equivoca o lo hace mal –que también es parte de su labor- sino “educarlo en valores”, establecer un orden en casa, ofrecer una base y una formación mental, emocional y espiritual desde la misma juventud: “Enseña al niño el camino en que debe andar, y cuando sea viejo no se apartará de él” (Pr. 22:6). Tanto el padre como la madre deben ser el primer y principal ejemplo para el hijo puesto que lo ve y lo oye todo de ellos. Si sus padres no se encargan de establecer una disciplina, es lógico que ellos no hagan nada por tenerla: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4).
Una casa donde estas ideas básicas no se llevan a cabo, termina siendo un gallinero y un cuadrilátero de boxeo, donde los padres están sometidos a la tiranía de los hijos. Como he dicho, si esto no se ha aplicado antes de la cuarentena, será más difícil al principio durante la misma, pero es necesaria ajustarla paulatinamente. Si no se hace ahora, aprovechando estos tiempos tan extraños, no se hará nunca.
Los padres deben aplicarlo a sus hijos y a sí mismos puesto que sus necesidades son muy parecidas.