martes, 21 de julio de 2015

7.1. La sexualidad del soltero cristiano: Introducción



Venimos de aquí: ¿Tienes un problema de soledad? http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/07/6-la-soledad-y-dios.html

Puede que a más de uno se le haya pasado por la mente al leer el título de este capítulo que quizá, por fin, alguien se atrevería a decir que el soltero cristiano tiene derecho a disfrutar del sexo prematrimonial y que yo me encargaría de dar ciertos principios bíblicos para que así fuera. Conocí una persona que incluso usó la Escritura para tratar de defender una postura semejante. Si eres de los que ha pensado por unos instantes de esta manera, siento desilusionarte. No es ni muchos menos mi intención enseñar a nadie cómo vivir fuera de la Ley de Dios.
El sexo es para muchos un tema completamente tabú, hasta el punto de que se ruborizan hasta el extremo si hablan de él. A otros les crea incluso problemas de conciencia. He escuchado de matrimonios cristianos que ni hablan entre ellos de esto al considerarlo sucio y pecaminoso. Me han contado historias que suenan a cómicas pero no lo son, como de cónyuges que consuman el acto sexual prácticamente vestidos. La realidad es que la sexualidad es algo inherente al ser humano. Somos seres sexuados. Decir lo contrario es considerarse miembro de alguna raza alienígena, pero desde luego no de la humana. Ningún habitante de este planeta puede negar esta afirmación. ¿Por qué? Porque Dios nos creó así. Tan sencillo como eso. En lo que respecta al lecho matrimonial (Pacto de por vida), suele existir unanimidad en aquellos que han recibido una formación y educación cristiana saludable. Puede haber pequeñas discrepancias sobre cuestiones muy específicas, pero suelen coincidir en casi todo.
La sexualidad no es mala ni pecaminosa. Por el contrario, es un regalo de Dios para ser disfrutada en una unión de amor entre hombre y mujer, siempre dentro del orden matrimonial. Esa son las dos únicas condiciones que Dios estableció en Su Palabra y que son inmutables. Un único hombre para una sola mujer. Una pareja sexual para toda la vida. Es lo que vemos en el Cantar de los Cantares. Siendo un texto lleno de alegorías, ahí contemplamos a un hombre y a una mujer disfrutando entre ellos del amor y de su consumación por medio de las relaciones sexuales: “Esta unidad familiar trae estabilidad a la sociedad, y los hijos tendrán un hogar donde madurar en un ambiente de orden, esfuerzo mutuo y fidelidad al pacto matrimonial. Sin embargo, en nuestro país tenemos hoy más de la mitad de los hijos nacidos de fornicación como consecuencia de las relaciones prematrimoniales y las parejas de hecho. Ese desorden afectará a la próxima generación con una sangría de valores que hace prever un futuro desolador”[1].
Lo que observamos hoy en día en la sociedad es lo que la periodista Teresa Viejo llama “monogamia sucesiva”, y que ella misma defiende como mujer divorciada en un libro cuyas ideas resultan en unas consecuencias terribles[2]. ¿En qué consiste? Un chico y una chica se hacen novios y, en algún momento (más temprano que tarde), mantienen relaciones sexuales. Cuando ese noviazgo acaba, se pasa al siguiente donde se actúa de la misma manera. Y así hasta que llegan al matrimonio, si es que llegan. Hombres y mujeres se casan tras haber tenido tres, cuatro, cinco o más parejas sexuales. Algo tan preciado como la virginidad la entregaron al que no sería el hombre o la mujer de sus vidas. Es cierto que hay personas que no son cristianas y que llegan vírgenes al matrimonio, pero suele ser porque no tuvieron oportunidad, o porque le dan valor al hecho de guardarse para ese momento, o sencillamente porque así lo aprendieron de sus padres.

Métodos de aprendizaje erróneos
Esta forma de actuar de la sociedad viene dada por dos factores muy concretos: la educación que recibimos y la enseñanza humanista carente de valores bíblicos. Es simplemente el resultado de dejar a Dios a un lado. La explicación que dan es sencilla de explicar: si dos personas se aman, ¿por qué tienen que esperar a hacer el amor? O la segunda respuesta: aunque no se amen, ¿por qué dos personas no van a poder disfrutar del sexo si así lo deciden con libertad y sin ningún tipo de coacción? Ambos son argumentos muy razonables para todos aquellos que no se mueven por principios éticos y morales de las Escrituras. Como he dicho, es lo que enseña el humanismo: quita a Dios de la ecuación y deja sus principios a un lado, estableciendo los propios y dejándolo todo al libre albedrío del consumidor. Por todo esto, no es extraño que buena parte de la  juventud que nos rodea lleve en sus carteras un preservativo, como he podido comprobar más de una vez. Se preparan por si surge el momento. Personalmente, me llena de tristeza al ir completamente en contra del plan de Dios.
Por otro lado, observamos la manera en que los medios de comunicación tratan de vendernos un perfume, un refresco, un automóvil, un destino turístico o un champú: usan el cuerpo del hombre y de la mujer como elementos sexuales, y le añaden voces sensuales en un idioma que solemos desconocer. Así asocian a la mente el placer con la necesidad de adquirir estos productos. Juegan con nuestros instintos y deseos hedonistas: “La saturación de sexo en nuestra sociedad nos ha llevado a deformaciones que nada tiene que ver con las relaciones sexuales en su justa medida. El sexo es creación de Dios, y por tanto, bueno, aunque el pecado y la concupiscencia del ser humano lo han convertido en lujuria, adicción a la pornografía, adulterio, fornicación, etc. Además, el adelanto en las relaciones sexuales ha hecho que nuestros jóvenes, incluso niños, sean consumidores de sexo impropio que les lleva a una adicción antinatural y nociva”[3].
La educación sexual de hoy en día informa de los métodos anticonceptivos o del peligro de las enfermedades de transmisión sexual. El resto del material se busca en Internet, se pregunta a l@s amig@ o se contempla observando modelos de comportamiento en películas, series de televisión y videoclips rebosantes de sensualidad. Sirva este ejemplo, del cual omitiré ciertas partes para no herir sensibilidades (la mía incluida): “Una de las secciones habituales de la revista ´Vale` se titula ´Mi gran desmadre`. En ella, las lectoras, algunas de apenas 14 ó 15 años, cuentan su experiencia más erótica. Inventadas o no, las experiencias sexuales que se narran sorprenderían a más de un padre de familia al saber que su hija acude solícita cada quince días al quiosco a comprar la revista. Todo cabe en las páginas de las revistas para adolescentes. Eso sí, hay dos ideas que se repiten continuamente: ´naturalidad y tú eres la que eliges cuándo y con quién`. Titulares como ´¿Qué hay de malo en una noche loca?`, ´Chicos: consigue lo que quieras de ellos` y ´Cinco claves para desnudarte delante de un chico”[4].
Asombroso, ¿verdad? Ese es el problema de la educación. O más bien, de la mala educación. Ahí está el origen de muchos males de la sociedad en la que vivimos, y que en muchos casos acaban en abortos o en embarazos no deseados entre adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes, con hijos que se crían sin padres porque estos se desentienden de la crianza de los pequeños.  
Visto lo visto, no nos tiene que sorprender:

-   Que existan parejas con una “relación abierta” (“estamos juntos pero si nos apetece acostarnos con otras personas lo hacemos con libertad”).
-       Que haya individuos que no vean nada malo en la infidelidad.
-       Que se ofrezcan servicios online para adulterar.
-       Que dos desconocidos se acuesten.
-      Que un psicólogo recomiende a una chica tener una aventura puramente sexual para romper sus miedos sociales (como aquel traumatólogo que me aconsejó la búsqueda de una amante para relajar mis dolencias musculares).
-     Que un hombre se quede perplejo cuando un amigo le confiesa que tras diez meses de noviazgo no ha tenido relaciones.
-     Que una novela que banaliza la sexualidad como 50 sombras de Grey se convierta en un best seller mundial.
-      Que existan millones de páginas web pornográficas. Por ofrecer algunos datos entre jóvenes: “El 53,5% de los adolescentes españoles de entre 14 y 17 años ha visto porno en Internet. Entre los 11 y los 12, el 4,1% recibe contenidos sexuales en el móvil. El porcentaje que ha tenido su primera relación sexual antes de los 15 se duplicó entre 2004 y 2012: pasó del 5,2% al 12,3%”[5]. Es terrible el conocimiento que tienen muchos críos de multitud de perversiones sexuales[6]. Y esto es sólo el comienzo de lo que se avecina. Estos chicos serán los padres del mañana. La educación que le darán a sus hijos es evidente: “La pornografía es un enemigo silencioso que está destruyendo más vidas que el propio narcotráfico y la violencia. Pero desafortunadamente, se invierten muy pocos recursos para combatirla y millones de dólares para propagarla” (Lic. Federico Soto).

Es la consecuencia directa de vivir de espaldas a Dios. El problema de fondo reside en que no podemos esperar que alguien que no ha “nacido de nuevo” ponga en práctica los principios morales en los mandamientos de Dios. Si leemos atentamente las cartas de Pablo en el Nuevo Testamento, observaremos continuamente la distinción que hace entre la vida que una persona lleva antes de conocer al Señor y la que debe poner en práctica después de conocerlo. Hasta que ese cambio no se produzca, es prácticamente imposible que un individuo se ajuste a una ética diferente de la que promueve el humanismo. Como dice el mismo Pablo, tienen el entendimiento entenebrecido por su ignorancia y la dureza de sus corazones (cf. Efesios 4:18).

¿Y los cristianos?
Algún ingenuo puede pensar que los cristianos están inmunizados ante el bombardeo que reciben de la sociedad en la que viven envueltos y que no necesitan recibir una educación adecuada. Muchos creen que con el tiempo aprenderán por sí mismos. Mientras tanto, les ponen una venda en los ojos, creyendo que así no verán. Pero cuando entran en el instituto y la compañera de clase les cuenta cómo se sintió cuando un chico la tocó por todas partes, no sabrán cómo reaccionar ni qué pensar.
Baste esta reciente investigación: “Una nueva encuesta realizada a nivel nacional en Estados Unidos revela alarmantes cifras sobre el consumo y adicción a la pornografía entre los hombres cristianos. Además sale a la luz una alta tasa de infidelidad sexual de hombres cristianos casados. La encuesta fue realizada en 2014 por Barna Group a petición de Proven Men Ministries, y en ella se utilizó una muestra representativa a lo largo y ancho de los Estados Unidos de 388 hombres adultos que se han identificado como cristianos. Son llamativas algunas de las cifras arrojadas por la encuesta: 
Entre los encuestados que tienen 18-30 años de edad:
El 77% ve pornografía al menos una vez al mes; El 36% lo hacen diariamente. De esta población el 32% admite su adicción a la pornografía y un 12% cree que lo son. 
Para los hombres de 31-49 años las cifras no son menos inquietantes:
El 77% había viso pornografía en el trabajo en los últimos tres meses; El 64% admite haber visto pornografía por lo menos una vez al mes. El 18% admite ser adicto a la pornografía y un 8% indican que posiblemente lo sean.
La pornografía es una plaga incluso entre los hombres cristianos casados y los deslices sexuales extramaritales avanzan a un ritmo alarmante:
El 55% admite ver pornografía al menos una vez al mes.
El 35% confiesa haber tenido un desliz sexual extramarital desde que se casaron”[7].

Habría que ver cuántos de esos 388 encuestados son realmente cristianos “nacidos de nuevo”, y más en un país como Estados Unidos donde considerarse cristiano es algo cultural en muchos lugares, sin que eso signifique que se viva como tal. Sea como sea, la sexualidad atañe igualmente a los cristianos. Como vimos, el deseo sexual en sí fue puesto por Dios en cada ser humano. Así será hasta que no seamos revestidos del cuerpo de gloria. Mientras tanto, tenemos que analizar diversas cuestiones, como puntos flacos, las distintas maneras en que hombres y mujeres entienden la sexualidad, cómo deben ayudarse los unos a los otros para protegerse y cómo confrontar las diversas adicciones sexuales.

* En el siguiente enlace está el índice:
* La comunidad en facebook:
* Prosigue en:
7.2. La sexualidad del soltero cristiano: ¿Cómo sienten la sexualidad hombres y mujeres?




[1] Zaballos, Virgilio. Esperanza para la familia. Logos.
[2] Viejo, Teresa. Pareja, ¿Fecha de caducidad? Booket.
[3] Zaballos, Virgilio. Esperanza para la familia. Logos.
[4] La Razón; Redacción: Icpress.
[6] Recomiendo la visualización de este video para ir tomando conciencia del alcance del problema: https://www.youtube.com/watch?v=FJKeiCeNKP0

lunes, 13 de julio de 2015

6. ¿Tienes un problema de soledad?


Venimos de aquí: Las amistades con el sexo opuesto: Complicaciones y posibilidades. http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/06/52-complicaciones-y-posibilidades-en.html  


En el capítulo anterior comprobamos que tener amistades profundas era la solución a los problemas de soledad. Jesús mismo escogió a sus amigos y los llamó como tales. Miró en lo profundo de sus corazones y seleccionó a aquellos que quería a su lado para compartirles lo profundo de su ser. Pero, en realidad, esta es únicamente la primera parte para resolver tamaña cuestión. Muchos creen que tener pareja es el “antídoto” perfecto y total ante la soledad, cuando la realidad es que hay muchos matrimonios que “cohabitan” pero no tienen apenas nada en común, y se sienten profundamente solos. La soledad profunda no se soluciona únicamente teniendo amigos, ni siquiera con una pareja sentimental.  

La raíz del problema: Necesidades humanas
El ser humano fue creado por Dios con una doble necesidad. Por un lado, como ya vimos: tener compañerismo e intimidad con sus semejantes. Cuando esto no ocurre, aparece uno de sus frutos: los sentimientos de soledad. La solución que el Señor nos muestra es clara: la amistad. Evidentemente, el hecho de tener una buena relación de pareja o un matrimonio satisfactorio es muy gratificante. Pero el remedio a la soledad emocional que tiene en el presente un soltero se basa en tener relaciones profundas y de calidad con un cierto número de personas, con las cuales poder compartir la vida en todas sus facetas, sean risas, lágrimas, alegrías, tristezas, problemas, inquietudes, pensamientos, etc.
Por otro lado, existe la soledad “espiritual”, ya que fuimos creados con una necesidad imperiosa mayor: la de la comunión e intimidad con Dios. Nos creó así para que al sentir ese vacío que no comprendíamos buscáramos la manera de solucionarlo.
El origen, la raíz de esa soledad, es mucho más profunda que el hecho de tener o no tener amigos. Ese sentimiento de soledad llega al alma de la persona por causa del pecado, que es la separación de la criatura del Creador. ¿Sabes por qué? Todos los seres humanos de este mundo están hechos a imagen y semejanza de Dios. Cuando pecó perdió la comunión y el compañerismo natural que tenía con su Creador. Es por eso que ese sentimiento de soledad embarga el corazón humano. Y esa es la causa de la soledad que miles de millones de personas sienten en todo el mundo. Podemos arreglar el primer tipo de soledad, la emocional, de la manera que hemos dicho. Pero mientras no arreglemos el segundo tipo, la soledad espiritual, nos sentiremos vacíos.
Sé que por desgracia muchos cristianos, tantos casados como solteros, sienten esta clase de soledad. Puede ser desde hace mucho tiempo o desde hace poco. Puede que comenzaran a sentirla en algún momento determinado de sus vidas cristianas y, cuando se dieron cuenta, ya no sabían qué hacer. Días que parecen que nunca acaban. Noches que se hacen eternas y sienten tocar fondo. Quienes la padecen no suelen contarlo. No quieren que nadie sepa cómo se sienten porque piensan que sentirán lástima de él, y es la última emoción que desean experimentar. Así que es un tema que se suele ocultar.
Yo he sentido esa soledad. Y harto de ella, hice lo que suelo hacer cuando me encuentro con un problema que no sé cómo encarar: buscar en la Biblia la solución. Evidentemente, allí encontré la respuesta porque es la Palabra de Dios. Me puse a buscarla ya que es algo que afectaba a mi vida diaria y que de lo cual iba a depender buena parte de mi felicidad y de mi estado emocional mientras fuera habitante de este planeta.

La verdadera cura a la soledad
Lo primero es saber qué hacer para resolverlo: tienes que querer y poner de tu parte. Si con tu boca, incluso en lo profundo de tu corazón, dices que quieres pero luego no te esfuerzas, no habrá nada que hacer. El fracaso será evidente.
Veamos cómo aplicar la solución. Llevará su tiempo, puesto que no será un cambio que se produzca de la noche a la mañana. Hay que perseverar, y perseverar mucho, por la sencilla razón de que cuando se siente esa soledad nuestra naturaleza caída no tiene ganas de nada, quiere estar aun más sólo: sin hermanos, amigos y sin Dios. Se apodera de nosotros la solución opuesta a la que Dios ofrece.
¿Qué ocurre si no comemos algún día? Que pasamos un hambre atroz. ¿Qué ocurre cuándo, por circunstancias, como el trabajo o la enfermedad, no podemos ver a aquellos con los cuales tenemos amistades íntimas? Que se manifiesta un “brote de soledad emocional”. Con Dios exactamente igual. Cuando no somos conscientes de Su presencia, cuando no le hablamos, cuando no le contamos nuestros pensamientos, sentimientos, sueños, dudas y temores, se manifiesta el “brote de soledad espiritual”. El apóstol Pablo conocía perfectamente qué hacer para no caer en esa situación, y así se lo hizo ver a Timoteo: “Procura venir pronto a verme, porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica. Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia. Sólo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio. A Tíquico lo envié a Efeso. Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos. Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos. Guárdate tú también de él, pues en gran manera se ha opuesto a nuestras palabras. En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen” (2 Timoteo 4:9-17).
Pablo estaba contándole a su discípulo y amigo Timoteo que había sido desamparado por aquellos en los cuales confiaba. Le narró el mal que le habían provocado algunos individuos para que se apartara de ellos. Pero, dicho esto, también le pidió que fuera a verle. Sabía pedir ayuda. Podía haberse quedado autocompadeciéndose en la soledad que había venido a su vida, pero tenía amigos que estarían con él, y lo sabía, y no tuvo reparos a la hora de pedir el sustento emocional que requería. Pablo quería compañía, puesto que como ser humano la necesitaba. Una gran lección para nuestras vidas. No se encerró en sí mismo ni nada por el estilo. Le escribió a su amigo y le dijo: “Mira lo que me ha ocurrido. Todos me han abandonado. Ven a verme, porque necesito de tu compañía”.
Ahora bien, no se conformaba con eso. No le bastaba con no sentirse emocionalmente solo. Tampoco quería estar espiritualmente en ese estado. Aún en su soledad emocional, no llegó a sentir la soledad espiritual. De ahí que proclamara que, a pesar de todo, “el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas”. Su espíritu no se sentía desamparado ni en soledad. ¿Por qué? ¿Quién le dio fuerzas? ¿Un hombre? No. Dios.

La presencia continua de Dios
Algunos dirán: “¿Cómo comenzar desde el principio? ¿Cómo llevar esto a la práctica en mi vida de manera diaria? ¡Sí, yo quiero hacerlo, no quiero sentirme más así, pero perdí el rumbo hace mucho tiempo y ahora no sé por dónde caminar!”. Veamos lo que hacía Jesús. Tras realizar el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, leemos: “En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar” (Mateo 14:22-25).
Me detengo aquí: En la antigüedad, la noche se dividía en cuatro vigilias: desde las 6 de la tarde hasta las 9; desde las 9 hasta las 12; desde las 12 hasta las 3 de la madrugada, y desde las 3 hasta las 6. Es decir, que desde aproximadamente las 6 de la tarde, la puesta de sol, hasta las 3 de la mañana, Jesús estuvo solo. ¡Durante nueve horas!
Lo importante aquí es ver que en esas largas horas no se sintió en soledad. Por una sencilla razón: una persona que pasa por el valle de la soledad queda en un estado manifiesto de decaimiento, y ese no fue el caso de Jesús. Él no había estado solo, sino que había estado con el Padre. Esto se comprueba cuando, después de todas esas horas, regresó con pleno poder, andando sobre el mar. Aunque físicamente no había nadie más alrededor, no estaba solo. La presencia del Padre estaba con Él.
La inmensa mayoría de nosotros no se puede permitir el lujo de estar 9 horas diarias a solas con Dios en un lugar apartado. Pero todos debemos buscar y encontrar esos momentos. Los solteros lo tenemos más sencillo en ese aspecto. Gracias a una hermana que me prestó su piso, pude estar tres días a solas ya que lo necesitaba para despejar mi mente, descansar mi cuerpo y “recargar” mi alma. ¿Me sentí solo? No. ¿Por qué? Porque era consciente de la presencia continua de Dios. Por eso los cristianos creemos en la omnipresencia del Altísimo.
¿Qué dice el Antiguo Testamento?: “Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13-14). ¿Y qué dice el Nuevo?: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8).
¿Qué ocurre cuando estamos a solas con Dios? Que Él nos llena. De esta manera, cuando volvemos al “mundo real”, los sentimientos de soledad se evaporan. En esos momentos con Él, como alguien dijo, en el silencio, el tiempo que sea necesario, crecemos en el conocimiento de nosotros mismos y en el conocimiento de Dios, y así podemos volver un poco más sabios y con renovadas fuerzas para seguir avanzando en el camino de la fe”.
¿Y en los momentos de dificultad? Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró” (Lucas 22:39-42). Dice: “... y saliendo, se fue, como solía”. El hecho de “quedarse a solas” era algo que Jesús practicaba con frecuencia. Se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra, es decir, relativamente cerca, unos 20, 30 ó 40 metros, pero solo.
Después de aquella agónica noche, ¿cómo salió de allí Jesús, sabiendo lo que se le venía encima? ¿Cómo pudo responder con esa sabiduría ante el concilio cuando era Su Santo nombre era blasfemado? Porque previamente había sido fortalecido y lleno de paz.
¿Dónde fue la única vez que Pedro, Santiago y Juan escucharon la voz del Padre? En un monte alto, a solas con Jesús, cuando Él se transfiguró.
¿Dónde escuchó Moisés la voz de Dios por primera vez? En el desierto, en el monte Horeb, a solas. ¿Dónde le habló Dios más adelante? En el desierto, en el monte Sinaí, a solas. ¿Dónde solía hablar Dios con Moisés? Dentro del tabernáculo, a solas.
¿Dónde fue Elí fortalecido, reconfortado y nuevamente lleno? En el mismo lugar que Moisés, en el monte Horeb, de nuevo a solas con Dios. Fue alimentado y recibió nuevas fuerzas.  

El gólgota ya quedó atrás
Cuando Jesús terminaba de hablar con las multitudes, de hacer milagros, de estar con sus discípulos y amigos, se iba a estar con el Padre. Literalmente hablando, se quitaba del medio. ¿Estaba y se sentía solo? No. Él dijo: He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo (Juan 16:32). Palabras semejantes a las que dijo meses atrás: Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29).
En una sola ocasión sintió la soledad espiritual, como Él mismo confesó con las palabras que todos conocemos: “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). En aquellos momentos en la cruz, Él pasó por la soledad espiritual porque el Padre apartó Su mirada al estar cargando todo el pecado de la humanidad sobre Él. Por eso se hizo tinieblas sobre la tierra. El Padre ni hablaba ni contestaba, sino que hacía justicia para salvarnos a todos por medio de su sacrificio.
Ahora bien, Jesús ya pasó por el Gólgota. Jesús ya pasó por esos cielos cerrados. Jesús ya pasó por la pura y dura realidad de la separación con el Padre. Jesús ya pasó por la agónica soledad espiritual. Y uno de los propósitos fue para que ninguno de nosotros tuviera que pasar por ahí. Para que ninguno de nosotros tuviera que experimentar esa soledad espiritual. De ahí que diga en Hebreos que Él nos abrió un camino nuevo y vivo teniendo libertad plena para entrar en el Lugar Santísimo (cf. Hebreos 10:19-20). Un camino a la presencia de Dios, donde la soledad espiritual es disipada.
Cristo rompió la pared intermedia, el muro que había entre el Padre y el hombre desde el huerto del Edén, lugar donde nació la soledad. Y ese fue un muro no derribado a martillazos como el muro de Berlín, sino con sangre y por amor. Había que llevar a cabo tantos rituales para acercarse al Padre que cuando escudriño el Antiguo Testamento me alegro de no haber nacido en aquella época. Doy gracias a Dios por haber nacido después de Cristo.
Gólgota significa “Lugar de la Calavera”, por la sencilla razón de que el monte tiene forma de una calavera. Y una calavera es el conjunto de huesos de la cabeza, pero sin carne y sin piel. Es decir, no tiene vida. Pero Cristo, por medio de ese camino nuevo, nos dio nueva vida para que no tuviéramos que pasar lo que Él mismo pasó: la más profunda y terrible soledad espiritual, esos huesos sin vida. Ni tú ni yo tenemos que experimentar esos cielos cerrados que contempló Jesús en el Gólgota. Ese camino ya lo recorrió Él por cada uno de nosotros.
Hay muchos que siguen viviendo en ese lugar y se han convertido en calaveras. Sea por el pecado que todavía les domina (por lo que rehuyen buscar la presencia de Dios), o sencillamente porque no aceptan que solamente por medio de Dios su soledad será quitada, y siguen buscando otros caminos diferentes. Se puede llevar una vida moral relativamente buena y decente, y sin embargo estar en la más completa soledad espiritual.

Nadie puede llenar lo que únicamente Dios llena
Uno de los mayores errores que cometen los solteros es buscar que otros seres humanos llenen huecos que únicamente Dios puede llenar. Incluso las parejas que no han comprendido estos principios caen en el mismo fallo, y con ello sobrevienen las crisis. Esto conduce a muchas personas a saltar de relación en relación. Buscan un nuevo hombre o una mujer que les ofrezca lo que no les pudo dar el anterior. No se dan cuenta que los que les rodean no pueden satisfacer la necesidad primaria del ser humano, la comunión con Dios: “Ya seamos varón o hembra, todos debemos entender que la satisfacción no se encuentra en otro ser humano, a pesar de lo atractiva que pueda ser la otra persona, a pesar de lo suavizante y vigorizante que pueda sentirse su presencia. En lugar de buscar a otro, es momento de que corrijamos nuestra brújula y busquemos en cambio en nuestro Creador”[1].
A lo mejor crees que tus únicas necesidades son sentimentales y que cubriéndolas todo estará resuelto. Tus emociones pueden estar a rebosar, pero si tu espíritu está vacío tienes un problema para el cual hay una única solución: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). ¿Quién dice que suplirá? Mi Dios, nuestro Dios. Me encanta el ejemplo del rey David. Estuvo media vida huyendo de Saúl, que lo buscaba para matarle. Aun pasando por decenas de problemas, de sentimientos de abandono y de múltiples, dijo: “MI COPA ESTÁ REBOSANDO” (Salmo 23:5).
Hay parte de una canción secular que me sirve para expresar el corazón de Dios ante aquellos que sienten la soledad y no buscan la solución en Él: “Hace tiempo que ya no sé de ti, dime cómo te ha ido, [...] y si piensas en mí, [...] sigo aquí. No me crees cuando te digo que la distancia es el olvido. No me crees cuando te digo que en el olvido estoy contigo [...], y cada día, cada hora, cada instante pienso en ti. Y no me crees cuando te digo que no habrá nadie que te quiera como yo. Y si me entrego a ti sincero y te hablo al corazón espero que no me devuelvas un adiós”[2].
Y en otra parte de la misma lo que siente el creyente cuando experimenta estar lejos de Dios, en soledad, pero que desea solucionarlo: “No sé pensar si no te veo, no puedo oír si no es tu voz, en mi soledad yo te escribo y te entrego [...] mi corazón. Tú me dabas lo que nadie me dio en mi vida. No sé soñar si no es contigo, yo sólo quiero volverte a ver y decirte al oído todo lo que te he escrito...”.
¿Qué tienen que hacer aquellos que en este preciso instante de sus vidas están experimentando esta clase de soledad? Lo mismo que hicieron los dos que iban camino de Emaús. Nos dice la Escritura que ellos, sin saber ni siquiera que era Jesús mismo quien iba acompañándoles, “le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado” (Lucas 24:28). Puede que en tu espíritu sea de noche, pero cuando sepas que Jesús camina contigo a todas horas y en todo momento, te ocurrirá como a aquellos hombres: arderá tu corazón. 
Eso mismo ocurre en la vida de aquellos que tienen comunión diaria con Dios. La noche se convierte en día. El lamento en baile. La desesperanza en esperanza. La desilusión en ilusión. Y la continua soledad en la continua compañía del mismísimo Creador.

No hay caminos alternativos
La Palabra es clara. Colosenses 2:9 señala que en Jesús habita toda la plenitud de la Deidad, y nosotros estamos completos en él. El verbo que aquí se usa para “completo” es el griego “pleroo”, que significa “llenar”, “ser llenado”. Por eso Pablo dice que lleguemos a ser plenamente capaces de comprender el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, y que, en ese amor, seamos llenos de toda la plenitud de Dios (cf. Efesios 3:18-19).
Esa es la única solución para la soledad. No busques más. Dios pone al alcance de tu mano qué hacer con este problema. La solución a la soledad emocional y espiritual no es llenar tu vida semana tras semana de muchas actividades eclesiales o lúdicas para estar siempre ocupado y tapar de alguna manera esos sentimientos que te embargan. La solución es tener comunión con los que te rodean y con Dios.
Es evidente que las cargas de la vida y los momentos de tristeza se llevan mejor entre dos o más. En definitiva, entre amigos. Pero, por muy importante y valioso que sean ellos en nuestras vidas, por encima de todo es la amistad de Dios.
¿Qué haremos? Como describe Santiago: Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios” (Santiago 2:23). Si hasta ahora no te considerabas amigo de Dios, haz tuyas estas palabras.
Si te sientes solo, ya sabes qué hacer. Confronta directamente y de manera radical el problema. No esperes más si vives sumergido en ese pozo. Y, cuando te encuentres mal y tengas ganas de llorar en tu habitación –o dónde veas-, hazlo. No tengas miedo a hacerlo. Preséntate delante de tu Padre celestial y te dará nuevas fuerzas para seguir adelante.
Lo que aquí hemos visto no significa que nunca vayamos a experimentar en momentos concretos algunos sentimientos de soledad. Mientras que vivamos en este mundo, absolutamente todos los cristianos, de una u otra manera, se sentirán en ocasiones desanimados. Pero descansemos en la certeza de que Dios nos acompañará siempre: “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén (Mateo 28:20).

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* Prosigue en:

[1] Ethridge, Shannon. La falacia de Grey. Nelson.
[2] No me crees. Efecto Mariposa.