lunes, 28 de agosto de 2023

Cuando la iglesia falla en proteger a una víctima de abuso sexual & ¿Qué debería hacer la iglesia y el afectado en esos casos?

 


* El lector debe tener presente en todo momento estas palabras: soy consciente de que hay partes que no son fáciles de asimilar, pero la línea de actuación que aquí muestro se basa en los principios bíblicos y en las leyes del hombre respecto a estos casos. Ahora bien, manifiesto abiertamente mi incapacidad humana para saber si una persona que comete tales actos es un cristiano genuino o un falso creyente. Creo que cada caso es distinto y hay que analizarlo individualmente, y que será la evidencia externa, global y mantenida en el tiempo, la que apunte en una dirección u otra. Somos completamente libres de formarnos una opinión y tomar partido. En caso de que nos tocara juzgar, que Dios nos dé sabiduría.

En una reciente entrevista, el conocido escritor peruano Mario Vargas Llosa, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2010, narraba cómo se sintió y las consecuencias que trajo sobre su persona un intento de abuso sexual por parte de un sacerdote cuando todavía era un niño. Esto es algo que, lamentablemente, ocurre tanto en el mundo católico como en el evangélico, tal como mostré en “Spotlight: El porqué de los abusos sexuales de sacerdotes católicos y, sí, también, entre pastores y líderes evangélicos” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/02/spotligth-el-porque-de-los-abusos.html).
A partir de aquí, voy a usar varios extractos de sus declaraciones para ahondar en este tema, que muchos tratan de ocultar bajo una alfombra cuando ocurre, pero que se olvida de las víctimas y del agresor, cayendo en actitudes que no solucionan el problema ni van a la raíz del asunto.

¿Una fe destruida por el abuso?
“Quedé muy fastidiado [...] Ocurrió cuando yo estaba en sexto de primaria. Al año siguiente el curita estaba muy avergonzado, no se atrevía a saludarme en los recres, cuando ya ni siquiera yo estaba ya en su clase. [...] La única consecuencia que tuvo esta historia fue que yo, que había sido muy católico, empecé a darme cuenta de que yo ya no creía. La religión se convirtió en una especie de cosa puramente formal, y yo había sido bastante creyente. Pero tomé una distancia con eso, la religión dejó de ser un problema para mí, al contrario que para algunos compañeros que estaban muy obsesionados con el tema religioso. La verdad es que en el caso mío aquello fue un pequeño incidente. [...] aquello fue apenas un momento. Pero si tuvo el efecto de apartarme de la religión, de desinteresarme de ella, y me di cuenta de que ya no creía, que mi relación con la Iglesia era una actitud completamente formal en la que no había un empeño interior como el que tenía antes ante la cosa religiosa. [...] En algunas personas tuvo unas consecuencias traumáticas, pero no fue mi caso. Ese curita no llegó a cosas mayores. Cuando sentí sus manos buscando en la bragueta me puse muy nervioso, salí completamente de la habitación, y él también fue atacado de igual nerviosismo”[1].
La vivencia del señor Vargas Llosa sucedió cuando él era muy joven, cuyos conocimientos sobre Dios y la espiritualidad se resumían a la ejecución de una serie de rituales y actividades dictadas por terceras personas. En muchos adultos suele suceder igual o de forma parecida: se congregan, llevan a cabo A, B y C, que, por norma general, mezcla Biblia y legalismo, pureza y carga, verdad y mentira, y así viven una religión a la que llaman cristianismo pero que, en puntos esenciales, difieren considerablemente de la fe predicada por Jesucristo. El ser interior no ha sido renovado ni transformado, solo en apariencia ante el resto del grupo, donde se vive por mero emocionalismo y por lo que dicta un líder carismático.
Ante esta realidad, que lleva a los afectados por un abuso sexual a apartarse de Dios, hago una y otra vez hincapié en la sublime importancia de adquirir una fe conceptual. Tener una “creencia” sin saber por qué se tiene es un suicidio intelectual. Seguir la línea marcada por otras personas, sean los padres o “líderes” eclesiales, sin plantearse las razones ni reflexionar, es construir la casa sobre la arena. La historicidad de las Escrituras, las profecías sobre Jesús, Su resurrección, el problema del mal en el mundo o el matrimonio y la sexualidad, deberían ser temas que todo creyente debería dominar. No meramente para tener el conocimiento, sino para que dichas verdades le lleven a la profunda decisión de transformarse, hacer la voluntad de Dios y seguirle, al precio que sea y suceda lo que suceda.
Tristemente, como en la situación de Mario, a pesar de que él mismo reconoce que no le dejó ningún trauma y que fue más un susto que no pasó a mayores, se alejó y dijo “adiós”, en lugar de hacerse las preguntas correctas y buscar las respuestas de Dios y en Dios. Hoy en día se reconoce como agnóstico, a pesar de que, llamativamente, afirma que la religión es uno de los ingredientes fundamentales de la convivencia humana y del orden.
Como he dicho, lo que suele acontecer en muchos casos es que el individuo se vuelve hacía sí mismo, comienza a vivir según su propia voluntad, se amolda a imagen y semejanza del mundo, y adopta las costumbres de la sociedad caída, entre otros aspectos. Creyéndose libre, se vuelve esclavo.
Ahora bien: no creo que todos los que se renuncian a la fe después de una vivencia terrible como el abuso sexual sean meramente religiosos. Por mi parte, pienso que entre ellos puede haber cristianos “nacidos de nuevo”, ya que las reacción del alma humana ante un trauma de semejantes proporciones es imprevisible, donde la persona no razona con claridad, le cuesta tomar decisiones, se encuentra desorientada y no piensa a medio o largo plazo. A ellas me dirigiré más adelante.
Sé que los calvinistas dirán, tanto del agresor como del agredido que se apartan, que nunca fueron cristianos, y que, si realmente lo eran, tarde o temprano volverán al Camino. Por su parte, los arminianos señalarán que, posiblemente, sí lo eran, pero al apostatar en la práctica, el Espíritu Santo se retiró y sus nombres fueron borrados del Libro de la Vida. Como he descrito en muchas ocasiones, (a pesar de tener mi opinión, expresada en “Silencio: ¿cristianos que apostatan?”: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/05/silencio-cristianos-que-apostatan.html y “¿Puede volver a Dios un “cristiano” que ha negado a Cristo con sus palabras o sus obras?: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/05/puede-volver-dios-un-cristiano-que-ha.html), dicho debate es irresoluble mientras estemos en este mundo, por mucho que calvinistas y arminianos digan lo contrario. Una vez más, las discusiones las dejo para ellos, puesto que pensar de una manera u otra no afecta a nada de lo que estoy exponiendo.

¿Qué hacer?
El caso concreto del célebre escritor, quedó en un intento de abuso –intento inexcusable e igualmente deplorable-, pero en otros chicos sí llegó a consumarse, provocándoles serios traumas. Cuando se producen abusos o acosos sexuales, aunque seguramente los habrá que callan de por vida, los más jóvenes no suelen contar nada hasta que transcurren muchos años y se sienten con fuerzas para hacerlo. La primera reacción de un afectado suele ser:

- Callarse por vergüenza.
- Callarse por el miedo al qué dirán.
- Callarse por miedo a las represalias por parte del abusador.
- Callarse por albergar sentimientos de culpa, al creer que podía haberlo evitado.
- Callarse porque piensa que no le creerán.

Aquí podríamos hablar de tres tipos de abuso:

1) El abuso sexual directo (violación), donde se usa la fuerza física para someter a la víctima contra su voluntad. Un ejemplo bíblico lo encontramos en Amnón, que violó a su hermanastra Tamar (2 S. 13).

2) El abuso sexual sutil, donde se usa la posición eclesial, la admiración que provoca en otros o el sex-appeal, para seducir al individuo y manejarlo a su antojo. Sin ser plenamente consciente, el afectado está siendo manipulado por un lobo eclesial, como vimos en “El carácter maquiavélico y oscuro de los lobos eclesiales” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2014/11/el-verdadero-lobo.html).

3) La relación sexual consentida, donde la persona no es forzada físicamente, y posee la suficiente madurez y capacidad para decir que “no” a las proposiciones verbales del interesado y, aun así, da rienda suelta a sus deseos y pasiones, “tras ser manipulada psicológicamente”.

En todas estas coyunturas, vamos a señalar una misma línea de actuación: la víctima siempre debe dar a conocer la situación. Nunca debe callar. Aunque sean los primeros pasos a dar, no basta con escapar de la escena del crimen y del criminal. En primera instancia, tiene que buscar y encontrar a verdaderos cristianos que tomen cartas y hagan justicia ante el resto del cuerpo de Cristo. En segundo lugar, debe denunciarlo ante las autoridades policiales y no solo ante la iglesia local, y, a la vez, rodearse de personas que le apoyen. Por su parte, la iglesia debe ARROPAR a la víctima, en lugar de TAPAR al abusador.
Es cierto que Jesús dijo: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano” (Mt. 18:15), pero aquí no estamos hablando de un simple pecado más, sino de algo que va más allá de una falta moral, sino de una violación que está penada por la ley de cualquier país civilizado, y el violador, abusador o acosador, debería pagar por ello ante la justicia humana, según esté estipulado.
¿Qué será fácil? Con total seguridad, no. Es un paso que marcará a muchos y traerá daños colaterales. Pero cualquier herida que no se cura y lesión del alma que no se extirpa, termina por gangrenar al afectado, eternizando el trauma, llenándolo de amargura y resentimiento, incluso de odio, siendo el caldo de cultivo perfecto para que la víctima renuncie a todas sus creencias anteriores como forma de huida mental. Y, también, por qué no decirlo, impedirá que el abusador se enfrente a su propio mal, desposeyéndole de la oportunidad de pedir perdón, arrepentirse profundamente y empezar de nuevo.
Recordemos que, un hombre, al que la Biblia consideraba “conforme al corazón de Dios” (1 S. 13:14), llegó a cometer la vileza de adulterar con Betsabé y mandar a matar indirectamente a su marido para tratar de ocultar su maldad. Si algo así lo hizo alguien tan apegado al Señor, ¡cuánto más es posible que llegue a caer un falso creyente o un creyente light! Pero su vida no acabó ahí. Observó las consecuencias de sus actos tras las palabras del profeta Natán, que le señaló su pecado con toda crudeza usando una fábula (2 S. 12). Su casa y su familia pagaron el precio de por vida. Pero, en la gracia de Dios, se le concedió la oportunidad de arrepentirse. Si no hubiera sido así, no habría escrito uno de los grandes salmos de la historia, el 51, conocido por todos los cristianos del mundo, y que comienza así: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado” (Sal. 51:1-2).
Dicho esto, dejo claro un punto para que no haya lugar a malentendidos: que la persona se arrepienta y el efectado lo perdone, no significa que deba librarse ante la ley de sus fechorías.

La iglesia debe actuar sin demora
Por todo lo dicho, estoy completamente convencido de que tales acciones –la denuncia y encarar el problema-, deberían llevarse a cabo lo antes posible. Se puede entender el silencio, dada la situación inicial de shock, por el miedo a la confrontación y, sobre todo, cuando el afectado es un crío, como el narrado por Vargas Llosa.
De ahí que resulte injustificable la manera en que la iglesia trató el caso del difunto Revi Zacharias, el apologeta y conferenciante evangélico[2], el cual no solo mantuvo relaciones sexuales con decenas de mujeres, sino que acosó a otras muchas. Aunque se ha tenido constancia que amenazó a varias de ellas si lo contaban, la Organización de Revi falló miserablemente en protegerlas, al no sacar la verdad a la luz. No es de recibo que se ignoraran, marginaran, acusaran y apartaran a todas aquellas personas que preguntaron sobre el comportamiento de Zacharias, algo que suele ser la norma en demasiadas ocasiones. Así es como funcionan las sectas, no la Iglesia de Cristo.
Por otro lado, aunque el resultado de la investigación ha sido claro sobre su falta de ética sexual, señalar los abusos que cometió en vida tras su defunción, y no antes, no me parece la ética cristiana que nos enseña la Biblia, que se resumen de nuevo en lo que Jesús mostró: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mt. 18:15-17). Mientras el culpable esté con vida, hay tiempo para afrontarlo y hacer que pague. Luego, tras su muerte, solo sirve para relatar las calamidades que llevó a cabo, y nada más.
El propósito es:

- mostrar el pecado.
- hacer justicia.
- proteger al agredido y al resto del cuerpo de Cristo.
- apartar al agresor de la comunión de los santos para impedir que prosiga con su maldad.
- permitir la restauración, aunque esté en la cárcel varios años o el resto de sus días.
- en caso de que no exista arrepentimiento, expulsarlo ipso facto.

Si nada cambia en él, entonces, dicho individuo dejará de ser parte de la iglesia universal, no se le considerará más como cristiano, ni se le tratará como hermano. Solo quedará predicarle el Evangelio como a un inconverso, mientras que paga su delito ante la justicia humana.

Cuidado con prejuzgar
Antes de la Pandemia, se puso de moda –fuente de infinitos memes-, el estribillo compuesto por el feminismo radical que decía “el violador eres tú”, donde se venía a afirmar que todos los hombres somos potenciales violadores, y que siempre hay que creer a la mujer que denuncia cualquier tipo de abuso. Esto es una injusticia, ya que destruye por completo la presunción de inocencia, donde podrían acusar a tu propio padre, hermano o hijo, y quedar estigmatizado de por vida si la acusación fuera falsa. En el cristianismo no debe ser así, por lo que no se debería haber tapado el caso de Revi Zacharias y otros muchos que, lamentablemente, se siguen produciendo. Aunque tendría que haber pagado ante las autoridades y con la cárcel, el principio a seguir con él debería haber sido el mismo que nos dejó por escrito el apóstol Pablo: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gá. 6:1). Es llamativo que dice “si alguno fuera sorprendido”; es decir: aquí no es el ofensor el que confiesa su pecado por propia voluntad, sino que, sencillamente, “le han pillado”. Ante esta persona, incluso así, los principios son los mismos: “restaurarle (si se diera el caso y fuera su deseo) con espíritu de mansedumbre”.
Cuando no se siguen las instrucciones divinas, pasa lo que pasa: la iglesia es desacreditada, el daño se perpetua y los inconversos nos observan como hipócritas de doble rasero, creyendo que nos consideramos mejores, y que tratamos de ocultar el mal que anida en el alma de cada ser humano.

¿La búsqueda de venganza o de la justicia?
Hay individuos que lo que lo que quieren es realmente venganza, usando la violencia física, lo cual es terrible, como vimos en Respondamos sinceramente: ¿deseamos justicia o venganza? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/09/respondamos-sinceramente-deseamos.html). Teniendo en cuenta la gravedad que supone un abuso sexual, sin ponerme ni mucho menos del lado del agresor –el cual me produce náuseas-, los principios divinos y nuestra conducta son INALTERABLES. Podemos verlos en algunos textos, entre otros muchos que podría citar:

- “De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno” (Mr. 3:28-29).

- “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él, los cuales fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos. Mas no le recibieron, porque su aspecto era como de ir a Jerusalén. Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea” (Lc. 9:51-55).

- Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mt. 12:7).

- “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Ro. 12:19).

- Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ez. 33:11).

En mi caso, ante aquellos que abusaron espiritualmente de mí, ¿deseo justicia? ¡Obvio! Y eso no es venganza ni rencor. En parte, ya la ha tenido, porque están pagando: fueron expulsados de la congregación que pastorearon –más bien, destrozaron-, durante varias décadas. Aparte, han perdido la reputación y el buen nombre aunque, autoengañándose, crean lo contrario-, con el descrédito que eso conlleva a sus espaldas. Todo el mundo sabe ya cómo son. Si siguen como hasta ahora, yendo de víctimas, cuando son los únicos culpables, y sin reconocer todo el mal que han causado, junto a todos los cadáveres que dejaron a su paso, seguirán sufriendo las consecuencias, sea en esta vida o en la otra; no solo por mi historia –que es una más-, sino por la de centenares de personas. Dios no olvida ni perdona al que no se arrepiente.
A pesar de todo lo que les ha acontecido, y todos los “Natán” que les han confrontado, no han modificado su conducta ni un ápice, acusando a los demás de calumnias –cuando se limitan a narrar la verdad de hechos verificados-, o proclamando de forma bochornosa que Dios está haciendo “limpieza”. Aunque se les llena la boca con sonrisas hablando del Señor, al que no conocen –solo religiosamente-, actúan como Faraón ante Moisés, endureciendo más y más sus corazones.
¿Les deseo la condenación? Ni mucho menos. Sigo anhelando que, de alguna manera, algo suceda –el qué, no lo sé, puesto que nada de lo acontecido hasta ahora les ha llevado al cambio-, que les haga enfrentarse al espejo oscuro de sus malas acciones. Y esto no es “buenismo” ni “ingenuidad” por mi parte. Sé perfectamente cómo son y lo que hay, pero lo vuelvo a repetir: me ciño a los deseos del propio Jesús de Nazaret y de Su Evangelio. Solo de esta manera, cuando fallezca, me los podré encontrar en la presencia de Dios y abrazarlos.
Por el lado contrario: al que quiere vengarse por sí mismo, o pide que sean otros los que lo lleven a cabo por él, o les desea el mal, desobedece directamente al Señor, se aleja de Su deseo y de Su corazón, y es reprendido como Juan y Jacobo.
¿Es normal sentirse airado ante un abuso, sea físico, emocional o espiritual? ¡Por supuesto! Lo extraño sería lo contrario. Pero de nuevo Pablo nos muestra que airarse (sentimientos de enojo y emociones de rabia) y pecar (desear el mal, pagar con el mismo mal, con actos o deseos) no son iguales: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Ef. 4.26). Es un tema que está tan claro en la Biblia, y que todo cristiano debería tener asimilado, que me resulta hasta redundante insistir en él.

Superar los traumas
Sigamos citando a Mario Vargas Llosa: “Chicos de mi barrio no se recuperaron nunca. [...] Es difícil para los chicos, lo era en mi época, tocar estos temas, los silenciaban sin saber que esto iba a tener consecuencias trágicas en sus vidas”.
Como hemos visto, un denominador común entre muchas víctimas es que guardan silencio. Por lo tanto, y lo vuelvo a repetir, el primer paso a dar es obvio: hablar, hablar y hablar. Llorar, llorar y llorar. Descansar, descansar y descansar. Apoyarse día tras día en los verdaderos amigos. Y un punto importante: desahogarse, que significa exponer todos los sentimientos negativos y de dolor que anidan en el corazón, sea por escrito como auto terapia o conversando el tiempo que sea necesario.
Experimentar emociones como la ira y la impotencia son muy naturales. Las personas que no siguen estos pasos de manera saludable y “vomitando” lo que llevan dentro, terminan albergando sentimientos de puro odio contra al agresor. Algunos de ellos, hasta se ponen en contacto de alguna manera con su agresor, al que llegan a desear la muerte. Eso no es liberación, sino aferrarse todavía más a los hechos, y quedar emocionalmente atado al agresor, haciéndose daño a sí mismo. Es el mayor error que se puede cometer: roba la paz y alimenta el odio, siendo éste uno de los peores cánceres que existen, ya que destruye el alma de forma virulenta. Aunque crea que se quitado una carga, al guardar ese rencor, una parte de su corazón estará siempre herida, y lo arrastrará el resto de su vida.
Además, aunque su dolor es completamente lógico y comprensible, es una oportunidad que se desaprovecha de poner realmente en práctica varios principios bíblicos: “Amad a vuestros enemigos. [...] No paguéis a nadie mal por mal... No os venguéis vosotros mismos” (Mt. 5:44; Ro. 12:17, 19). Este tipo de mensajes no son para cuando la vida sonríe o las personas nos aman, sino precisamente en los momentos opuestos.
Puede que, más adelante, quizá mucho tiempo después, sea un paso que se desee dar, aunque no es obligatorio: ya en paz, enfrentarse cara a cara con él. Decirle el dolor que provocó, pero no para odiarlo, sino como paso final para terminar de cerrar la herida y seguir viviendo.
Como la superación de un abuso sexual implica muchos aspectos (miedo, culpa, vergüenza, soledad, baja autoestima, ira, desconfianza, malos recuerdos, insomnio, pesadillas, ansiedad, cambios bruscos en el estado de ánimo, desesperanza, intimidaciones de terceras personas, etc.), y al tener incontables nexos en común con el abuso espiritual (ya que afecta a la misma esencia del ser humano), me explayaré en los diez apartados de los que está conformado el capítulo quince del libro “Sobrevivir al abuso espiritual”, y que estoy publicando en el blog.
Hasta entonces, espero que lo escrito hasta aquí haya servido para sacar el tema a la luz y comenzar el camino de la recuperación. Eso sí: nada de lo que yo diga quita de pedir ayuda a personas capacitadas para hacerlo.
A los afectados, ¡os mando todo mi ánimo y el mayor de los abrazos!

lunes, 21 de agosto de 2023

Décimo aniversario

 


Hoy, 21 de agosto de 2023, “usatumenteparapensar” cumple diez años de vida como blog, entrando ya en la adolescencia. Con casi dos mil páginas escritas, y trescientas treinta y dos publicaciones entre artículos o capítulos de libros, tiene cuerda para rato –quizá otra década más-, hasta que termine lo que me queda por decir y enseñar, se produzca la Parusía o “la palme”, lo que suceda antes J.

Hasta la fecha (13:14, hora española), el conteo de personas que han leído los escritos asciende a 90.703. Sé que, comparado con cualquier videoclip de la cantante de moda o con un vídeo de humor o gatitos, no es nada. Pero no es moco de pavo ese número de lectores, sobre todo teniendo en cuenta que hay millones y millones de páginas web, que vivimos en esta era de la inmediatez, de TikTok, de Instagram, de lo difícil que les resulta a muchos mantener la concentración para leer reflexivamente (a causa de esa misma cantidad de estímulos mentales que reciben sin descanso), y de la surrealista censura con la que me he topado con algunos moderadores de grupos “cristianos” de Facebook que me censuran y “banean” –hay temas que prefieren mirar para otro lado, como si no existieran, y la verdad duele-.

Sea como sea, y como siempre digo, el “éxito” o el “fracaso” no depende en el cristianismo de la “numerología”, de “likes”, de “reconocimiento” ni de nada semejante, sino al grado de fidelidad que muestres sobre lo poco (Mateo 25:23). En ese aspecto, como en casi todos, los “valores” de Dios son opuestos a los de nuestra sociedad.

A esos lectores les doy las gracias, y espero que sigan por aquí, “examinándolo todo y reteniendo lo bueno”, confrontándose a sí mismos a la luz de las Escrituras. A los que entren nuevos, tienen todo tipo de variedad para elegir. También les agradezco a los que mandan sus comentarios al blog, casi todos sudamericanos y algunos españoles. Y, por último, “dobles gracias” a los poquitos que comparten los escritos, puesto que son ellos los que hacen que puedan llegar a un mayor número de personas. Ojalá fueran muchos más lo que lo hicieran, pero eso ya no depende de mí.

Aquí seguiremos, como una voz más que clama en el desierto.

En una semana, lo retomamos en http://usatumenteparapensar.blogspot.com/