Decía una canción de Sergio Dalma que “el
tiempo y los años colocan a uno donde corresponde”. Pero, ¿es verdad?
Junto a la hipocresía,
las actitudes tóxicas y la malicia, si hay algo que no soporto es la mentira. Reconozco que cuando descubro a alguien mintiéndome,
me cuesta la misma vida volver a confiar en esa persona, sea quien sea. Y hay
algunos en quienes ya no confío porque el tiempo y la experiencia demostraron
que eran mentirosos crónicos. Por eso, cuando descubrí, hace muchos años, una
supuesta mentira en la Biblia, me quedé completamente desconcertado. Si en Su
Palabra dice que “Dios no es hombre, para
que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará?
Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19), ¿por qué habría Él, teóricamente,
mentir? ¿O era yo el que no comprendía Sus palabras?
Todo vino motivado tras leer por enésima vez un texto
escrito por Pablo. Deteniéndome en él y reflexionando sobre el mismo, no fui
capaz de hallar una respuesta satisfactoria, al menos en primera instancia. Así
que hice lo que nunca suelo hacer: dejé mi mente a un lado e ignoré el problema
para acallar mi conciencia. Me resultaba descorazonador y no sabía afrontarlo.
Esto era algo impropio en mí, puesto que el primer libro que leí fue “Evidencia
que exige un veredicto” de Josh Mcdowell, el cual aclara todas las dudas
intelectuales que uno puede tener sobre la fe.
¿A qué texto me estoy refiriendo y que ponía en
entredicho?: “Pues todo lo que el hombre
sembrare, eso también segará” (Gá. 6:7). Esta es
una afirmación que no me convencía en absoluto, y las pruebas empíricas no
favorecían el mensaje del apóstol. Estoy seguro de que los que son más sabios
que el que escribe saben perfectamente cuál es la verdad que esconde este
pasaje. Pero para aquellos, como yo, que no lo saben todo, les quiero exponer
mis argumentos, junto al error de principiante y de mi planteamiento inicial,
para acabar mostrando la contundente y aclaratoria explicación que Dios me
mostró una noche en la que no podía dormir. Lo hizo de la manera en que siempre
lo hace: abriéndome las Escrituras como en su momento llevó a cabo con los dos
que iban camino de Emaús (cf. Lc. 24:32).
Pruebas
empíricas que, aparentemente, desamparan Gálatas 6:7
Leí hace tiempo a un autor decir –citando el pasaje “el que siembra escasamente, también segará
escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará”
(2 Co. 9:6), que dichas palabras no se refieran únicamente al dinero sino a
todo lo que compartimos con los demás y el prójimo: tiempo, comprensión, amabilidad, etc. ¿Esto
sucede en ocasiones? Por supuesto.
¿Esto sucede siempre? No, ni mucho
menos. ¡La de tiempo, comprensión, amabilidad y amor que ofreció Jesús y, sin
embargo, se lo devolvieron con violencia, insultos y la propia muerte! Citando
un solo ejemplo de los muchos que podríamos poner: el de los leprosos. Sanó a
diez de una tacada y solo uno le dio las gracias: “Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió,
glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies,
dándole gracias; y este era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son
diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien
volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” (Lc. 17:15-18).
En la vida ordinaria,
entre personas normales como tú y yo, sucede exactamente lo mismo: puedes hacer
el bien y te lo pueden devolver con el mal; puedes amar a alguien, pero que este
te odie. O que no devuelvas mal por mal, pero si se porten mal contigo; puedes ayudar a una persona y que no te ayude a ti; puedes hablar bien
de alguien y ese mismo menospreciarte; puedes ser educado y que no lo sean
contigo; puedes hablar con amabilidad y responderte con gritos; puedes
mostrarte empático y que no haya reciprocidad por la otra parte; puedes ofrecer
ayuda económica a algún individuo y que te niegue el mismo soporte cuando lo
necesitas; puedes tener un gran desempeño en un trabajo y que, sin embargo, le
hagan el contrato fijo al que no se esfuerza; puedes ser un amigo fiel, pero
que te lo paguen con la traición; puedes interesarte por la vida de una persona
y que ella no lo haga respecto a la tuya; puedes actuar humildemente y que
luego haya individuos que pensarán que eres presuntuoso; puedes querer ayudar a
otros señalándoles sus errores doctrinales para que rectifiquen, pero esos
mismos pensarán que quieres destruirlos. Y así con todo lo que nos podamos
imaginar.
Recuerdo una ocasión
en el trabajo donde un hombre, de la nacionalidad que todo el mundo puede
imaginar, estaba golpeando a su mujer; literalmente, chocando su cabeza contra
la ventana del coche, mientras su bebé lloraba desconsolado. En cuanto lo
vimos, todos los presentes salimos corriendo a defenderla mientras que otros
llamaban a la Policía que se encontraba cerca. ¿Qué hizo ella? ¿Le dio las
gracias al chico que, en primera instancia, salió en su ayuda? Nada más lejos
de la realidad: le gritó, le abroncó y le insultó. Un sinsentido. En esta vida,
2 + 2 no siempre son 4, al menos no en los términos que conocemos.
Si Pablo dice que
recogemos lo que sembramos, es una total contradicción que sembremos el bien y
lo noble y, por el contrario, recojamos el mal y lo injusto. Siguiendo esta
línea paulina y de pensamiento puramente lógico, observamos que muchos textos
no se cumplen en todo momento, lugar y circunstancia:
- “Ninguna
adversidad acontecerá al justo; mas los impíos serán colmados de males”
(Pr. 12:21).
- “Cuando los
caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus
enemigos hace estar en paz con él” (Pr. 16:7).
- “El mal
perseguirá a los pecadores, mas los justos serán
premiados con el bien” (Pr. 13:21).
- “El bueno
dejará herederos a los hijos de sus hijos; pero la
riqueza del pecador está guardada para el justo” (Pr.
13:21).
- “La blanda
respuesta quita la ira” (Pr. 15:1).
- “No he
visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Sal. 37:25).
¿Cuál es la realidad?
Dejando para el final la explicación de esos
proverbios, repito lo que dije líneas atrás: a veces se cumple; otras tantas, no. En muchas ocasiones, el mal le
llega a los que hacen el bien y lo bueno le llega a los que hacen el mal. En la
Biblia nos encontramos las dos caras de la moneda: hombres de fe, de buen
testimonio, que agradaron a Dios, obedientes a sus mandamientos, y que por ello
tuvieron extensos terrenos de tierra y grandes ganados. A la vez, hubo los que “conquistaron reinos, hicieron justicia,
alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos
impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se
hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros” (He.
11:33.34). Pero otros, igualmente hombres de fe, de buen testimonio, que
agradaron a Dios, obedientes a sus mandamientos, “experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y
cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a
filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de
cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno;
errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de
la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la
fe, no recibieron lo prometido” (He. 11:36-39).
Los judíos, cuando salieron de Egipto y huían de sus
perseguidores, “por la fe pasaron el Mar
Rojo como por tierra seca; e intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron
ahogados” (He. 11:29). Pero, a lo largo de la historia, incluso en el presente,
ha sucedido justo lo opuesto: cristianos que han sido quemados vivos mientras
los “egipcios” de turno se regocijaban. Los apóstoles mismos murieron casi
todos de formas violentas. Como bien dijo J.C. Ryle: “La risa, la burla, la oposición y la persecución a menudo son la única
recompensa que los seguidores de Cristo reciben del mundo”. El ejemplo más
claro es el de Jesús: amando, murió en una cruz.
Hay muchos cristianos –especialmente los que siguen la
falsa teología “del reino ahora”- que todavía no han comprendido esta realidad
y, por eso, les encantan los “testimonios de sanidad física” o de “protección
sobrenatural”, pero no en los que “no hay sanidad” o acaban en “defunción”.
Hablan de “promesas” de Dios que hay que “declarar”, ya que están a la vuelta
de la esquina, que no tardarán en cumplirse, citando –como siempre- pasajes
bíblicos sacados de contexto, como Habacuc 2:3: “Aunque la visión tardará
aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare,
espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Hab. 2:3), que ni se molestan en contextualizar.
No saben –o no quieren saber- que muchas promesas de Dios no
son para esta vida. Luego terminan desilusionados del cristianismo o de Dios,
porque creen que Él es el genio de la lámpara que cumple cada deseo personal
“aquí”, “ya” y “ahora”. Recordemos que Jesús dijo que el reino de Dios se había
acercado (cf. Mt. 3:2), y lo hizo en su “figura” de Cristo, presentándose
físicamente a la humanidad, pero ese
reino todavía no ha sido establecido ni lo será hasta Su regreso. Ahí el
lobo morará con el cordero (cf. Is. 11:6), pero hasta entonces lo normal será
que el lobo devoré a todo cordero que se encuentre en el camino. Por eso, en lo
que respecta a nosotros, y como todavía no se ha hecho presente ese mundo
futuro, “aún no se ha manifestado lo que
hemos de ser” (1 Jn. 3:2).
Por todo lo reseñado,
y aunque puedo llegar a entender la frase que he oído en más de un ex-cristiano
(“que no merece la pena ser bueno”), es indefendible “cambiarse de bando”. Que
pueda resultar por momentos desconcertante recibir el mal cuando has sembrado
el bien no es justificación alguna para apartarse de los caminos de Dios. Son
los “Demas” que terminan desamparando a los amigos porque acaban “amando este mundo” (2 Ti. 4:10).
Mi error y
“el segundo tiempo”
Como apunté al comienzo de este escrito, mi error al
interpretar este texto fue el de un principiante. Las susodichas palabras de
Pablo –“Pues todo lo que el hombre
sembrare, eso también segará” (Gá. 6:7)-, así,
aisladas, están sacadas de su contexto y de la enseñanza global de las
Escrituras. En su conjunto inmediato, tanto anterior como posterior, dice así: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado:
pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción;
mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos
cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos,
si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y
mayormente a los de la familia de la fe” (Gá. 6:7-10).
¿A quién hace alusión el texto, el cual no podrá ser burlado?
A Dios. Pablo manda un aviso a navegantes: “No te engañes. Aunque parezca que
los que cometen maldades e injusticias están triunfando y disfrutan de todo,
Dios hará que paguen tarde o temprano por sus actos. De igual forma que los que
hacen el bien y viven según la justicia, serán recompensados con la eternidad”.
Ahora bien, el enfoque debemos situarlo en tres palabras: “a su tiempo”. El
tiempo, para Dios, es muy diferente a como nosotros lo percibimos, que solemos basarnos en un calendario solar de
horas, días, semanas, meses y años, y nos olvidamos de que Dios es eterno y,
por lo tanto, sus tiempos son completamente diferentes.
Nosotros partimos del error de creer que “la vida” es
el periodo que pasamos en este mundo, cuando la vida –para bien o para mal,
para un fin dichoso o aciago-, no tiene
fin, y tras el cese de la actividad de nuestro cuerpo, pasamos a otro plano
de la existencia: “el segundo tiempo”. Bien dice el autor de Eclesiastés que
Dios ha puesto “eternidad en nuestros
corazones” (cf. 3:11). Por eso, algunos que siembran para la carne siegan
corrupción en “la otra vida” (la muerte eterna) y otros “en esta misma vida”.
Citemos algunos ejemplos para el presente:
- El que tiene actitudes tóxicas y no las cambia, el
precio que paga es que la inmensa mayoría de las personas terminan por
apartarse de él.
- El que se contrae matrimonio por impulso o tras
hacer una mala elección, el precio que paga es una vida desgraciada que, tarde
o temprano, acaba en divorcio.
- El que consume pornografía o cualquier otro tipo de
perversión, el precio que paga es que su mente se corrompe.
- El que mantiene
relaciones sexuales con desconocidos, el precio que paga es un embarazo no
deseado o contraer algún tipo de enfermedad de transmisión sexual.
- El que se junta con amistades poco convenientes, el
precio que paga es que termina adoptando sus malas costumbres.
- El que es tiene por hábito mentir cuando le conviene,
el precio que paga es que pierde su credibilidad.
- El que emborracha por diversión, el precio que paga
es que necesita beber para divertirse con los amigos u olvidar las tristezas.
- El que viste de forma “minimalista”, el precio que
paga es que pierde el pudor sano.
- El adúltero, el precio que paga es que termina por
ser descubierto, destruyendo dos matrimonios y dos familias.
- El que ve películas, series y programas de
televisión vulgares, el precio que paga es que se vuelve vulgar.
- El que no quiere saber nada de Dios y lanza su
amargura contra Él, termina blasfemando con palabras o con actitudes.
Es como el que come y come sin parar: termina
poniéndose bien gordo. Pues, en términos de la propia alma, sucede exactamente
igual. Es simple “causa” y “efecto”.
El deseo de Dios es que no tengan que pagar el precio
también en la otra vida, pero depende de que se arrepientan: “No quiero la muerte del impío,
sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ez.
33:11).
Muchos dirán que hay adúlteros, promiscuos,
fornicarios, mentirosos, narcotraficantes, violadores, etc., a los que nunca
han pillado y se han librado de las consecuencias. O que las penas que han
sufrido han sido pequeñas en proporción al mal que han hecho porque la justicia
humana es imperfecta. Incluso puedes pensar en aquellos que, sin cometer
grandes actos de maldad y siendo buenos trabajadores e íntegros, son agnósticos
o ateos y no tienen en cuenta a Dios para nada. Ante todos ellos, la respuesta
la ofrece Millard Erickson: “Los
que llevan vidas pecaminosas no siempre son castigados, y la rectitud con
frecuencia parece quedarse sin recompensa. El Salmo 73 refleja la prosperidad
aparente de los malvados. Están sanos y parecen libres de los problemas que
otros padecen. Esta observación también la hacemos nosotros con frecuencia. En
el pasado a menudo hemos escuchado el eslogan ´El delito no paga`. Sin embargo,
el delito con frecuencia paga y a veces de forma bastante elegante. Los jefes
del crimen organizado a menudo acumulan fortunas enormes y pueden tener también
salud, mientras que algunos creyentes virtuosos son pobres, están enfermos o
sufren la pérdida trágica de sus seres queridos. Y esta aparente iniquidad
continúa año tras año”[1].
Pero volvemos a lo mismo: “Dios no puede ser burlado” y, tarde o temprano, dará su pago. El
mal y la injusticia van a tener unas consecuencias, lo mismo que el bien y la
justicia. Por eso es “útil
señalar lo que descubrió el salmista (Asaf). Cuando fue al santuario de Dios,
percibió el fin de los malvados. Vio que finalmente serían destruidos (Sal.
73:17-20, 27). Por otra parte, vio que él sería guiado por el consejo de Dios y
finalmente recibido en gloria (v. 24). La justicia de Dios no se debe evaluar a
corto plazo. Durante el transcurso de esta vida a menudo quedará incompleta o
será imperfecta, pero hay otra vida, en la que la justicia de Dios se
completará”[2].
De ahí que sea absurdo que haya cristianos
que se llenen de amargura, pesar y envidia al ver cómo prosperan personas sin
temor de Dios alguno. Denota falta de sabiduría y de asimilación de conceptos
bíblicos básicos. Deberían quitarse todos los pajaritos que tienen en la mente
y asimilar las palabras que pronunció Jesús en la parábola de los talentos: “Y llegando
el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo:
Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco
talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco
has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:20-21).
Apuntes
finales
En lo que respecta a los textos citados de Proverbios
párrafos atrás, el teólogo Carson explica que “uno
de los errores más comunes cometidos por los predicadores en el área de los
géneros literarios se produce al hablar de Proverbios. Un proverbio no es una
promesa ni una ley. Si se trata de esa manera, puede resultar muy desalentador
para algunos creyentes cuando las cosas no parecen funcionar como la ‘promesa’
sugiere”[3]. Como termina de explicar José María Martínez, tenemos
que “distinguir lo que son expresiones de
verdades absolutas y lo que solo señala verdades relativas. No todos los
Proverbios tienen un alcance universal. Aquí es válida la observación respeto a
la interpretación de los Salmos: hemos de saber discernir lo que es
confirmación de la Palabra de Dios y lo que es apreciación humana derivada de
una experiencia, la cual puede ser muy amplia, pero no comunica un mensaje
infalible. No siempre el sabio cosecha prosperidad temporal ni el insensato se
ve abocado al sufrimiento y la ruina. No siempre que los caminos del hombre son
agradables a Dios están en paz con él sus enemigos (cf. Pr. 16:7), ni siempre
son los labios sinceros contentamiento de los reyes (cf. Pr. 16:13). Esta norma
es esencial para evitar generalizaciones erróneas”[4].
Al igual que los Proverbios, los Salmos muestran en
muchas ocasiones la fe del escritor en un Dios soberano, pero no un listado de
promesas que Él hará realidad en este mundo. Vivimos en una sociedad caída donde existe el pecado
sobremanera, lo que provoca que la ley de la reciprocidad no siempre se cumpla.
Una buena acción no siempre logra como efecto una buena consecuencia.
Y a los que afirman haberse “cansado” de hacer el bien
o de seguir el camino de Cristo, bajo el argumento de que sus buenas obras no
estaban cosechando de la manera en que deseaban, solo tengo que decirles lo
mismo que me digo a mí mismo, que no es ni más ni menos que las palabras ya
citadas de Pablo: “No nos cansemos, pues,
de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no
desmayamos”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario