lunes, 10 de marzo de 2025

¿Cosechamos lo que sembramos? ¿Pone la vida a cada uno en su sitio?

 

Decía una canción de Sergio Dalma que “el tiempo y los años colocan a uno donde corresponde”. Pero, ¿es verdad?

Junto a la hipocresía, las actitudes tóxicas y la malicia, si hay algo que no soporto es la mentira. Reconozco que cuando descubro a alguien mintiéndome, me cuesta la misma vida volver a confiar en esa persona, sea quien sea. Y hay algunos en quienes ya no confío porque el tiempo y la experiencia demostraron que eran mentirosos crónicos. Por eso, cuando descubrí, hace muchos años, una supuesta mentira en la Biblia, me quedé completamente desconcertado. Si en Su Palabra dice que “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19), ¿por qué habría Él, teóricamente, mentir? ¿O era yo el que no comprendía Sus palabras?
Todo vino motivado tras leer por enésima vez un texto escrito por Pablo. Deteniéndome en él y reflexionando sobre el mismo, no fui capaz de hallar una respuesta satisfactoria, al menos en primera instancia. Así que hice lo que nunca suelo hacer: dejé mi mente a un lado e ignoré el problema para acallar mi conciencia. Me resultaba descorazonador y no sabía afrontarlo. Esto era algo impropio en mí, puesto que el primer libro que leí fue “Evidencia que exige un veredicto” de Josh Mcdowell, el cual aclara todas las dudas intelectuales que uno puede tener sobre la fe.
¿A qué texto me estoy refiriendo y que ponía en entredicho?: “Pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gá. 6:7). Esta es una afirmación que no me convencía en absoluto, y las pruebas empíricas no favorecían el mensaje del apóstol. Estoy seguro de que los que son más sabios que el que escribe saben perfectamente cuál es la verdad que esconde este pasaje. Pero para aquellos, como yo, que no lo saben todo, les quiero exponer mis argumentos, junto al error de principiante y de mi planteamiento inicial, para acabar mostrando la contundente y aclaratoria explicación que Dios me mostró una noche en la que no podía dormir. Lo hizo de la manera en que siempre lo hace: abriéndome las Escrituras como en su momento llevó a cabo con los dos que iban camino de Emaús (cf. Lc. 24:32).

Pruebas empíricas que, aparentemente, desamparan Gálatas 6:7
Leí hace tiempo a un autor decir –citando el pasaje “el que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Co. 9:6), que dichas palabras no se refieran únicamente al dinero sino a todo lo que compartimos con los demás y el prójimo: tiempo, comprensión, amabilidad, etc. ¿Esto sucede en ocasiones? Por supuesto. ¿Esto sucede siempre? No, ni mucho menos. ¡La de tiempo, comprensión, amabilidad y amor que ofreció Jesús y, sin embargo, se lo devolvieron con violencia, insultos y la propia muerte! Citando un solo ejemplo de los muchos que podríamos poner: el de los leprosos. Sanó a diez de una tacada y solo uno le dio las gracias: “Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” (Lc. 17:15-18).
En la vida ordinaria, entre personas normales como tú y yo, sucede exactamente lo mismo: puedes hacer el bien y te lo pueden devolver con el mal; puedes amar a alguien, pero que este te odie. O que no devuelvas mal por mal, pero si se porten mal contigo; puedes ayudar a una persona y que no te ayude a ti; puedes hablar bien de alguien y ese mismo menospreciarte; puedes ser educado y que no lo sean contigo; puedes hablar con amabilidad y responderte con gritos; puedes mostrarte empático y que no haya reciprocidad por la otra parte; puedes ofrecer ayuda económica a algún individuo y que te niegue el mismo soporte cuando lo necesitas; puedes tener un gran desempeño en un trabajo y que, sin embargo, le hagan el contrato fijo al que no se esfuerza; puedes ser un amigo fiel, pero que te lo paguen con la traición; puedes interesarte por la vida de una persona y que ella no lo haga respecto a la tuya; puedes actuar humildemente y que luego haya individuos que pensarán que eres presuntuoso; puedes querer ayudar a otros señalándoles sus errores doctrinales para que rectifiquen, pero esos mismos pensarán que quieres destruirlos. Y así con todo lo que nos podamos imaginar.
Recuerdo una ocasión en el trabajo donde un hombre, de la nacionalidad que todo el mundo puede imaginar, estaba golpeando a su mujer; literalmente, chocando su cabeza contra la ventana del coche, mientras su bebé lloraba desconsolado. En cuanto lo vimos, todos los presentes salimos corriendo a defenderla mientras que otros llamaban a la Policía que se encontraba cerca. ¿Qué hizo ella? ¿Le dio las gracias al chico que, en primera instancia, salió en su ayuda? Nada más lejos de la realidad: le gritó, le abroncó y le insultó. Un sinsentido. En esta vida, 2 + 2 no siempre son 4, al menos no en los términos que conocemos.
Si Pablo dice que recogemos lo que sembramos, es una total contradicción que sembremos el bien y lo noble y, por el contrario, recojamos el mal y lo injusto. Siguiendo esta línea paulina y de pensamiento puramente lógico, observamos que muchos textos no se cumplen en todo momento, lugar y circunstancia:

- “Ninguna adversidad acontecerá al justo; mas los impíos serán colmados de males” (Pr. 12:21).

- “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Pr. 16:7).

- “El mal perseguirá a los pecadores, mas los justos serán premiados con el bien” (Pr. 13:21).

- “El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos; pero la riqueza del pecador está guardada para el justo” (Pr. 13:21).

- “La blanda respuesta quita la ira” (Pr. 15:1).

- “No he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Sal. 37:25).

¿Cuál es la realidad?
Dejando para el final la explicación de esos proverbios, repito lo que dije líneas atrás: a veces se cumple; otras tantas, no. En muchas ocasiones, el mal le llega a los que hacen el bien y lo bueno le llega a los que hacen el mal. En la Biblia nos encontramos las dos caras de la moneda: hombres de fe, de buen testimonio, que agradaron a Dios, obedientes a sus mandamientos, y que por ello tuvieron extensos terrenos de tierra y grandes ganados. A la vez, hubo los que “conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros” (He. 11:33.34). Pero otros, igualmente hombres de fe, de buen testimonio, que agradaron a Dios, obedientes a sus mandamientos, “experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido” (He. 11:36-39).
Los judíos, cuando salieron de Egipto y huían de sus perseguidores, “por la fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca; e intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados” (He. 11:29). Pero, a lo largo de la historia, incluso en el presente, ha sucedido justo lo opuesto: cristianos que han sido quemados vivos mientras los “egipcios” de turno se regocijaban. Los apóstoles mismos murieron casi todos de formas violentas. Como bien dijo J.C. Ryle: “La risa, la burla, la oposición y la persecución a menudo son la única recompensa que los seguidores de Cristo reciben del mundo”. El ejemplo más claro es el de Jesús: amando, murió en una cruz.
Hay muchos cristianos –especialmente los que siguen la falsa teología “del reino ahora”- que todavía no han comprendido esta realidad y, por eso, les encantan los “testimonios de sanidad física” o de “protección sobrenatural”, pero no en los que “no hay sanidad” o acaban en “defunción”. Hablan de “promesas” de Dios que hay que “declarar”, ya que están a la vuelta de la esquina, que no tardarán en cumplirse, citando –como siempre- pasajes bíblicos sacados de contexto, como Habacuc 2:3: “Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Hab. 2:3), que ni se molestan en contextualizar.
No saben –o no quieren saber- que muchas promesas de Dios no son para esta vida. Luego terminan desilusionados del cristianismo o de Dios, porque creen que Él es el genio de la lámpara que cumple cada deseo personal “aquí”, “ya” y “ahora”. Recordemos que Jesús dijo que el reino de Dios se había acercado (cf. Mt. 3:2), y lo hizo en su “figura” de Cristo, presentándose físicamente a la humanidad, pero ese reino todavía no ha sido establecido ni lo será hasta Su regreso. Ahí el lobo morará con el cordero (cf. Is. 11:6), pero hasta entonces lo normal será que el lobo devoré a todo cordero que se encuentre en el camino. Por eso, en lo que respecta a nosotros, y como todavía no se ha hecho presente ese mundo futuro, “aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Jn. 3:2).
Por todo lo reseñado, y aunque puedo llegar a entender la frase que he oído en más de un ex-cristiano (“que no merece la pena ser bueno”), es indefendible “cambiarse de bando”. Que pueda resultar por momentos desconcertante recibir el mal cuando has sembrado el bien no es justificación alguna para apartarse de los caminos de Dios. Son los “Demas” que terminan desamparando a los amigos porque acaban “amando este mundo” (2 Ti. 4:10).

Mi error y “el segundo tiempo”
Como apunté al comienzo de este escrito, mi error al interpretar este texto fue el de un principiante. Las susodichas palabras de Pablo –“Pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gá. 6:7)-, así, aisladas, están sacadas de su contexto y de la enseñanza global de las Escrituras. En su conjunto inmediato, tanto anterior como posterior, dice así: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gá. 6:7-10).
¿A quién hace alusión el texto, el cual no podrá ser burlado? A Dios. Pablo manda un aviso a navegantes: “No te engañes. Aunque parezca que los que cometen maldades e injusticias están triunfando y disfrutan de todo, Dios hará que paguen tarde o temprano por sus actos. De igual forma que los que hacen el bien y viven según la justicia, serán recompensados con la eternidad”. Ahora bien, el enfoque debemos situarlo en tres palabras: “a su tiempo”. El tiempo, para Dios, es muy diferente a como nosotros lo percibimos, que solemos basarnos en un calendario solar de horas, días, semanas, meses y años, y nos olvidamos de que Dios es eterno y, por lo tanto, sus tiempos son completamente diferentes.
Nosotros partimos del error de creer que “la vida” es el periodo que pasamos en este mundo, cuando la vida –para bien o para mal, para un fin dichoso o aciago-, no tiene fin, y tras el cese de la actividad de nuestro cuerpo, pasamos a otro plano de la existencia: “el segundo tiempo”. Bien dice el autor de Eclesiastés que Dios ha puesto “eternidad en nuestros corazones” (cf. 3:11). Por eso, algunos que siembran para la carne siegan corrupción en “la otra vida” (la muerte eterna) y otros “en esta misma vida”. Citemos algunos ejemplos para el presente:

- El que tiene actitudes tóxicas y no las cambia, el precio que paga es que la inmensa mayoría de las personas terminan por apartarse de él.

- El que se contrae matrimonio por impulso o tras hacer una mala elección, el precio que paga es una vida desgraciada que, tarde o temprano, acaba en divorcio.

- El que consume pornografía o cualquier otro tipo de perversión, el precio que paga es que su mente se corrompe.

- El que mantiene relaciones sexuales con desconocidos, el precio que paga es un embarazo no deseado o contraer algún tipo de enfermedad de transmisión sexual.

- El que se junta con amistades poco convenientes, el precio que paga es que termina adoptando sus malas costumbres.

- El que es tiene por hábito mentir cuando le conviene, el precio que paga es que pierde su credibilidad.

- El que emborracha por diversión, el precio que paga es que necesita beber para divertirse con los amigos u olvidar las tristezas.

- El que viste de forma “minimalista”, el precio que paga es que pierde el pudor sano.

- El adúltero, el precio que paga es que termina por ser descubierto, destruyendo dos matrimonios y dos familias.

- El que ve películas, series y programas de televisión vulgares, el precio que paga es que se vuelve vulgar.

- El que no quiere saber nada de Dios y lanza su amargura contra Él, termina blasfemando con palabras o con actitudes.

Es como el que come y come sin parar: termina poniéndose bien gordo. Pues, en términos de la propia alma, sucede exactamente igual. Es simple “causa” y “efecto”.
El deseo de Dios es que no tengan que pagar el precio también en la otra vida, pero depende de que se arrepientan: “No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ez. 33:11).
Muchos dirán que hay adúlteros, promiscuos, fornicarios, mentirosos, narcotraficantes, violadores, etc., a los que nunca han pillado y se han librado de las consecuencias. O que las penas que han sufrido han sido pequeñas en proporción al mal que han hecho porque la justicia humana es imperfecta. Incluso puedes pensar en aquellos que, sin cometer grandes actos de maldad y siendo buenos trabajadores e íntegros, son agnósticos o ateos y no tienen en cuenta a Dios para nada. Ante todos ellos, la respuesta la ofrece Millard Erickson: “Los que llevan vidas pecaminosas no siempre son castigados, y la rectitud con frecuencia parece quedarse sin recompensa. El Salmo 73 refleja la prosperidad aparente de los malvados. Están sanos y parecen libres de los problemas que otros padecen. Esta observación también la hacemos nosotros con frecuencia. En el pasado a menudo hemos escuchado el eslogan ´El delito no paga`. Sin embargo, el delito con frecuencia paga y a veces de forma bastante elegante. Los jefes del crimen organizado a menudo acumulan fortunas enormes y pueden tener también salud, mientras que algunos creyentes virtuosos son pobres, están enfermos o sufren la pérdida trágica de sus seres queridos. Y esta aparente iniquidad continúa año tras año”[1].
Pero volvemos a lo mismo: “Dios no puede ser burlado” y, tarde o temprano, dará su pago. El mal y la injusticia van a tener unas consecuencias, lo mismo que el bien y la justicia. Por eso es “útil señalar lo que descubrió el salmista (Asaf). Cuando fue al santuario de Dios, percibió el fin de los malvados. Vio que finalmente serían destruidos (Sal. 73:17-20, 27). Por otra parte, vio que él sería guiado por el consejo de Dios y finalmente recibido en gloria (v. 24). La justicia de Dios no se debe evaluar a corto plazo. Durante el transcurso de esta vida a menudo quedará incompleta o será imperfecta, pero hay otra vida, en la que la justicia de Dios se completará”[2]. 
De ahí que sea absurdo que haya cristianos que se llenen de amargura, pesar y envidia al ver cómo prosperan personas sin temor de Dios alguno. Denota falta de sabiduría y de asimilación de conceptos bíblicos básicos. Deberían quitarse todos los pajaritos que tienen en la mente y asimilar las palabras que pronunció Jesús en la parábola de los talentos: “Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:20-21).

Apuntes finales
En lo que respecta a los textos citados de Proverbios párrafos atrás, el teólogo Carson explica que “uno de los errores más comunes cometidos por los predicadores en el área de los géneros literarios se produce al hablar de Proverbios. Un proverbio no es una promesa ni una ley. Si se trata de esa manera, puede resultar muy desalentador para algunos creyentes cuando las cosas no parecen funcionar como la ‘promesa’ sugiere[3]. Como termina de explicar José María Martínez, tenemos que “distinguir lo que son expresiones de verdades absolutas y lo que solo señala verdades relativas. No todos los Proverbios tienen un alcance universal. Aquí es válida la observación respeto a la interpretación de los Salmos: hemos de saber discernir lo que es confirmación de la Palabra de Dios y lo que es apreciación humana derivada de una experiencia, la cual puede ser muy amplia, pero no comunica un mensaje infalible. No siempre el sabio cosecha prosperidad temporal ni el insensato se ve abocado al sufrimiento y la ruina. No siempre que los caminos del hombre son agradables a Dios están en paz con él sus enemigos (cf. Pr. 16:7), ni siempre son los labios sinceros contentamiento de los reyes (cf. Pr. 16:13). Esta norma es esencial para evitar generalizaciones erróneas”[4].
Al igual que los Proverbios, los Salmos muestran en muchas ocasiones la fe del escritor en un Dios soberano, pero no un listado de promesas que Él hará realidad en este mundo. Vivimos en una sociedad caída donde existe el pecado sobremanera, lo que provoca que la ley de la reciprocidad no siempre se cumpla. Una buena acción no siempre logra como efecto una buena consecuencia.
Y a los que afirman haberse “cansado” de hacer el bien o de seguir el camino de Cristo, bajo el argumento de que sus buenas obras no estaban cosechando de la manera en que deseaban, solo tengo que decirles lo mismo que me digo a mí mismo, que no es ni más ni menos que las palabras ya citadas de Pablo: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”.


[1] Erickson, Millard. Teología sistemática. Clie. Pág. 313.

[2] Ibid.

[3] Carson, D. A. Falacias exegéticas. Clie, p. 142.

[4] Martínez, José M. Hermenéutica Bíblica. Clie.

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