lunes, 9 de noviembre de 2020

3.1. Los jóvenes y los adolescentes piden que sus padres les valoren y les comprendan

 


Venimos de aquí: Jóvenes y adolescentes que viven con sus padres pero se sienten huérfanos (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/2-jovenes-y-adolescentes-que-viven-con.html).

La base de las siguientes líneas se basan en lo que vimos en el capítulo anterior y en estas palabras de Bernabé Tierno: “Una de las causas de frustración juvenil es la frustración por insatisfacción de necesidades básicas –de afecto y estima, de seguridad y aceptación- que se colman durante los años de la infancia o dejan un vacío para toda la vida”[1].
Aunque añadiré algunos puntos y lo expresaré con otras palabras, lo que necesita un hijo es lo mismo que señala Virgilio Zaballos: “Podemos resumir en tres apartados la responsabilidad de los padres sobre los hijos: enseñar o instruir. Los padres deben instruir al niño desde la niñez (Pr. 22:6). Disciplinar. Los padres deben corregir a los hijos, no los hijos a los padres, para que crezcan seguros y protegidos. La disciplina debe ser aplicada en amor, nunca como violencia. Y amar: tanto la enseñanza como la disciplina tiene que tener su punto de partida en el amor. La firmeza y la ternura deben actuar juntas”[2].
De igual manera que no deberían casarse personas inmaduras, no deberían tener hijos aquellos cristianos (hombres y mujeres) que no tienen asentados y formados sus valores morales ni son capaces de ofrecer a sus hijos lo que necesitan. Si, a pesar de esto, contraen matrimonio –como suele acontecer en demasiadas ocasiones-, no podrán educarlos ni instruirlos en el camino de Dios (cf. Pr. 22:6).
Es cierto que en las últimas décadas la sociedad se ha transformado de tal manera que los padres del presente se enfrentan a situaciones que ellos no tuvieron que afrontar en su día. Esto dificulta sobremanera su tarea. Pero también es palpable que, al igual que los casados olvidan cómo se sentían cuando eran solteros y tratan a estos de la misma manera que no les gustaba que les trataran a ellos mismos, los padres olvidan cómo eran, cómo pensaban y cómo sentían cuando eran adolescentes.
Los padres deberían conocer la esencia profunda de sus hijos, y estos deberían poder mostrarla y expresarla ante ellos con total naturalidad. La realidad es que sucede todo lo contrario: los padres no conocen la parte mas profundo de sus hijos –lo cual es muy triste-, a pesar de que viven con ellos, y estos no la muestran porque han aprendido que hacerlo es sinónimo de rechazo, incomprensión y desvalorización. Esto les lleva a crear una jaula emocional en la que solo dejan entrar a los amigos más cercanos.
Tanto si sus vidas cuando eran pequeños eran mejores o peores, no deben compararse con lo que ellos como hijos tuvieron o no tuvieron. Si un padre fue infeliz o tuvo serias carencias emocionales en el pasado, no tiene que reprochárselo a sus hijos, puesto que ni habían nacido ni son responsables de lo que sus abuelos hicieron. Lo que tiene que hacer dicho padre es aprender para no cometer los errores que cometieron con él y darle a sus hijos lo que merecen y necesitan.
Para esto, hay que ir al fondo del asunto. Si eres padre, lo primero que tienes que hacer es empatizar con los deseos que citamos en la primera parte de este escrito y que tienen los adolescentes –y, en general, todos los seres humanos a cualquier edad-, para ver qué tienes que cambiar. Puede que tus hijos aún sean pequeños o ya sean adolescentes, pero tanto para lo uno como para lo otro te servirá. Los primeros para prepararse ante lo que viene y saber cómo actuar, y los segundos para ver qué tienen que mejorar y cambiar.

Valoración y palabras positivas
No sé si esto ya lo he contado en alguna ocasión, pero recuerdo que, cuando tenía 16 años, un profesor, que jamás había hablado antes conmigo ni me conocía de nada, por el simple hecho de confundirme en un elemento de la tabla periódica, me dijo en voz alta ante toda la clase: “Tú no vales”. Si los sentimientos se pudieran expresar visiblemente como si fueran la viñeta de un cómic, lo que se hubiera reflejado en el instante en que dichas palabras llegaron a mis oídos era un dragón llorando y a la vez vomitando fuego hasta convertir en cenizas a ese maestro carente de empatía. Ese es el poder que tienen las palabras: pueden llevarnos a sentir lo peor de nosotros y de nuestra naturaleza.
Algo parecido a lo descrito es lo que hacen muchos padres con sus hijos. Tienen una feísima costumbre que consiste en dedicar diez minutos de forma íntegra a lanzar decenas de palabras contra el hijo cuando este se equivoca o hace algo mal, y menos de un minuto a felicitarlo cuando acierta o lo hace bien, ni a mostrarse amables con ellos: “Con el tiempo se crea un abismo emocional entre padres e hijos: poco afecto, pero mucha crítica y fricción”[3].
En otras ocasiones se les castiga con el silencio, no dirigiéndoles la palabra. Todo esto desmoraliza a muchos jóvenes y los desmotiva. Sienten que, hagan lo que hagan, sus padres nunca están contentos y que los miden en función de sus errores y defectos.
“Frases como ´si suspendes no vas a ser nada en la vida`, ´si no estudias, no sales de casa`, ´no vas a aprobar`, ´mejor ni lo intentes`, ´esto no se te da bien` han sonado, al menos, una vez en la vida de cualquier estudiante en nuestro país. ¿Qué consecuencias tiene utilizar este tipo de expresiones cuando nos dirigimos a los menores?”[4].
Como nos explica en una entrevista Luis Castellanos –autor del libro Educar en lenguaje positivo- y que debería hacer reflexionar a todos los padres: “Que el pensamiento moldea el cerebro está demostrado científicamente, con estudios que analizan cómo una mala palabra disminuye la capacidad cognitiva del sujeto. Hasta ahora, la Humanidad ha sobrevivido gracias a una serie de emociones negativas, como el miedo, porque el miedo nos defendía ante las amenazas. Pero esto ya no es necesario. Influimos en las capacidades de los niños a través del lenguaje y de las palabras que usamos con ellos. [...] No se trata de un optimismo buenista, sino de dar herramientas para el día a día. El error ha sido pensar que el éxito en la vida dependía de una consecución de cosas: estudios, trabajo, casa, pareja, hijos. ¿Eso garantiza una vida feliz? No, los padres no quieren que los hijos sean clones de ellos, sino que sean felices, que su historia de vida sea digna. El mundo nos duele porque nos han apretado los tornillos en la cabeza que son las palabras. No hemos prestado atención en la enseñanza y en casa al lenguaje que utilizamos hacia nosotros mismos y hacia los demás. [...] El cerebro es maleable y las conexiones sinápticas se ven influidas por las palabras [...] Hace años publicamos en Plos One los resultados de un experimento que hicimos con deportistas y estudiantes. Buscábamos ´palabras clave`, positivas o negativas, y medíamos cómo reaccionaba el sujeto a los estímulos cuando escuchaba unas u otras. Medimos las reacciones cerebrales con resonancia magnética y electroencefalografía. Y comprobamos cómo, ante las palabras positivas, los sujetos eran más rápidos en la prueba y acertaban mejor a los estímulos. Esto es clave en la enseñanza y la comunicación con los estudiantes. Mejora su rendimiento cognitivo y su memoria con solo introducir cambios en el lenguaje con el que nos dirigimos a ellos. [...] No somos conscientes del daño que hace el castigo del silencio. Se le pasan mil cosas por la cabeza a ese niño: ´¿qué he hecho mal, y si mis padres ya no me quieren, y si no me vuelven a hablar?` Su autoestima empieza a descender. El silencio se convierte en el mayor bullicio negativo en la cabeza de una persona. Un niño al que sus padres han castigado con el silencio en la infancia lo usará también como presión hacia sus iguales en su madurez. Tenemos que tomar conciencia de todo esto y ´habitar` las palabras: escogerlas. Hasta ahora no sabíamos que una mala palabra a un niño puede llevarle a la autodestrucción o la destrucción de los otros. Pero ahora que lo sabemos, no podemos ignorarlo. El futuro de nuestros hijos, sus vidas, depende de ese uso del lenguaje. [...] Fue asombroso comprobar cómo un año de trabajo introdujo grandes cambios en las clases, incluso con los niños más ´disruptivos`, aquellos sentados en la última fila, capaces de romper una clase. Utilizamos todas las herramientas disponibles, como pegar palabras concretas en sus zapatos, escribir una frase motivadora en la pizarra… escribir el ´Cuaderno de las Palabras Habitadas`, con objetivos. En un curso escolar vimos el cambio, que nos sorprendió a todos: los niños mejoraron su rendimiento, su capacidad de concentración y su relación con los iguales, con los profesores y sus padres. Solo hizo falta cambiar el lenguaje que se utilizaba en el día a día”[5].
En lugar de centrarte únicamente y de manera exclusiva en lo malo, valora los aspectos positivos que poseen, ¡y díselos! No lo hagas “mentalmente”, sino con palabras. Si es una persona simpática, ¡díselo! Si es amable, ¡díselo! Si es educado con el prójimo, ¡díselo! Si es dadivoso, ¡díselo! Si es íntegro, ¡díselo! Si se mantiene puro en medio de esta perversa generación[6], ¡díselo! No basta con que tú lo sepas, ¡tienes que decírselo! ¡Felicítalo por ello! ¡Alégrate con él de que así sea! Es la manera de reforzar lo bueno que pueda haber en él. Y, sobre todo, ¡dile que le quieres! Ya no son niños, ¿y qué? Aunque hayan crecido, lo necesitan igualmente. Los piropos y señalar lo positivo no puede acabar al mismo tiempo que concluye la infancia. Tampoco quiere decir que seas falso o lisonjero para hablar bien de tu hijo. Es ser justos en lo que es verdadero y de forma medida: “Demuestre satisfacción, comprensión y cariño, no solo cuando el alumno saque buenas notas. Valore sus habilidades (seguro que las tiene), aunque sean distintas de las que aprecia el Ministerio de Educación”[7].
Si los piropos sanos no se dicen en la infancia y en la adolescencia, casi con total seguridad ya no surgirán ningún efecto en la vida adulta. La persona no los creerá ya que no le llegarán a la mente ni le impactarán el corazón.
Sin ánimo vanaglorioso, también debes apreciar e incentivar con tu apoyo los talentos que pueda tener y todo aquello que se le dé bien, como tocar algún instrumento musical, dibujar, escribir, las manualidades, los deportes, etc. Y, en muchas ocasiones, no tanto los logros alcanzados, sino el esfuerzo realizado. Si no lo haces lo estarás atrofiando y desanimando, ya que pensará que sus padres no lo valoran ni lo tienen en cuenta, aparte de que ni él mismo lo considerará importante. Aún así, recuerda: lo más importante es la clase de persona que es, sus valores internos, por encima de sus talentos o lo que pueda llegar a hacer a través de su cuerpo. La sociedad valora a deportistas, cantantes y demás estrellas, a pesar de que sus valores morales son despreciables. Por eso hay padres que, mientras saque buenas notas, miran para otro lado cuando el hijo es promiscuo o sale de botellona a emborracharse. No cometas este error.

Comprensión
Esto es un claro ejercicio de empatía. Entrar en sus mentes para comprender el porqué actúan como lo hacen. Esto no significa que tengas que estar de acuerdo, pero si eres capaz de vislumbrar las razones y motivaciones que hay en su corazón, llegarás a entender su forma de actuar y qué se esconde detrás, por lo que hablar con ellos será más productivo.
Esto implica a su vez no tratarlos ya como niños. En lugar de imponer (“por que lo digo yo”, “por que esta es mi casa” o “por que yo soy tu padre” al estilo Darth Vader) tendrás que argumentar y razonar tus ideas. Quizá los gritos eran el método tradicional que usabas en el pasado y durante su infancia para acabar un berrinche del niño. Ante esto, el pequeño no tenía capacidad de réplica, ni a nivel físico ni verbal, dada la superioridad en ambos aspectos de los padres. Pero en la adolescencia esas fuerzas se equilibran por completo, e incluso son superadas por los jóvenes.
El adolescente no es un robot al que se pueda programar para que obedezca órdenes y sea un clon de los padres, sino que es un proyecto de persona que ahora mismo es inmadura y que tiene los sentimientos a flor de piel, por lo que hay que ofrecerle argumentos convincentes y no caprichosos para que sepa elegir lo correcto y lo sano, llevándolo a crecer y madurar: “Al madurar intelectualmente, el joven se vuelve incómodo, porque discute más y se conforma menos. Es una señal de evolución correcta. Considerar que el joven necesita un lugar seguro para estrenar y ensayar las nuevas alas intelectuales. Cuando discute con los padres acerca de la injusticia en el mundo, las drogas, el sexo, cuando defiende su ansia de libertad, está descubriendo hasta dónde puede llegar con su recién estrenada independencia intelectual. Escuchar sus opiniones, aunque no las comparta, es la mejor forma de conocer cómo piensan sus hijos y el único camino para encarrilar su futuro”[8].

Continuará en: Que se les escuche y se les corrija: lo que necesitan los jóvenes (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/32-que-se-les-escuche-y-se-les-corrija.html)


[1] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 197.

[2] Zaballos, Virgilio. Esperanza para la familia. Logos. Pág. 42.

[3] Cury, Augusto. Padres brillantes, maestros fascinantes. Zenith. ePUB v.1.0. Pág. 8.

[5] Ibid.

[6] Filipenses 2:15.

[7] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 215.

[8] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy.


lunes, 26 de octubre de 2020

2. Jóvenes y adolescentes que viven con sus padres pero se sienten huérfanos

 


Venimos de aquí: Jóvenes y adolescentes perdidos que no se gustan a sí mismos (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/1-jovenes-y-adolescentes-perdidos-que.html).

A raíz de la compleja situación que describimos en el primer capítulo usando como inicio la historia de “El recuerdo de Marnie”, es donde aparecen las Anna y Marnie de este mundo. Aunque sus padres viven y les proporcionan a nivel material todo lo que necesitan, muchos hijos se sienten huérfanos a causa de lo que Virgilio Zaballos llama “la figura del padre ausente”: “Y no solo porque esté fuera del domicilio familiar la mayor parte del tiempo por su trabajo, sino porque cuando está dentro elude su responsabilidad y la abandona en manos de su mujer. Muchos cumplen el rol de ´colegas` de sus hijos, de personaje amable y permisivo como signo de modernidad. La madre, por el contrario, asume el patrón de histérica, que grita todo el día, persigue a los chicos por cualquier cosa y no les deja tranquilos en ningún momento. Claro que también puede ser exactamente a la inversa. Este desorden lo ven los chicos, que pronto toman buena nota y saben que en la casa no hay autoridad paterna, sino un pusilánime que ha perdido el respeto de su mujer y sus hijos por abandonar su puesto de atalaya y guía. Es la figura del padre pasivo. Al otro lado, tenemos el extremo opuesto, el modelo de padre autoritario que manda y ordena, da voces, se enfada por casi todo y mantiene a toda la familia en un estado continuo de tensión cuando está presente, y que conserva el orden por el temor que emana de su presencia, pero no por ser un modelo de equilibrio y estabilidad para el hogar. Cuando el padre falla por ausencia, pasividad o autoritarismo, la casa sufrirá el desorden de su propia negligencia”[1].
En otros casos, es muy habitual que el padre le dedique mucho más tiempo a la televisión que a su propio hijo: “Muchas madres se quejan de que sus maridos cuando llegan a casa se quedan frente al televisor y no quieren escuchar nada, ni siquiera al hijo. [...]  Todo ello afecta gravemente a la familia: no se dialoga ni entre los esposos ni entre padres e hijos, porque es muy entretenido o interesante lo que se proyecta en la pantalla. En todos los hogares se ha entronizado el televisor y se le ha dado un lugar privilegiado en la casa, convirtiéndose en el oráculo al que el clan familiar escucha con reverencia y en torno al cual se reúne”[2]. Esto, en el presente, hay que extenderlo al móvil, a la tablet, al ordenador y la videoconsola. El padre, y muchas madres, dedican más tiempo a estos artilugios que a sus retoños, donde ni siquiera comparten o comentan los contenidos.

Huérfanos emocionales
Los padres se preocupan por la salud del adolescente, por su desarrollo intelectual, le hablan de la importancia de que adquieran conocimientos para alcanzar determinadas metas en la vida, etc. Ese interés es deseable y sano, pero dejan a un lado sus emociones y sentimientos más profundos, sus miedos y sus sueños. Olvidan que los adolescentes sienten pánico a sentirse como Anna: estúpida, fea, malhumorada, desagradable. Esto les lleva a odiarse a sí mismos, aunque ante sus padres nunca lo reconocerán. No confían en sus progenitores a nivel emocional puesto que solo están para sermonearles. Se sienten solos como Anna y Marnie, ya que  sus padres no están a su lado –aunque estén físicamente- y se sienten a años luz de ellos. Sí, están para prepararles la comida. Sí, están para comprarles ropa. Sí, están para llevarles en el coche al instituto. Sí, están para darles dinero. Sí, para decirles haz esto o aquello. No, para ayudarlos a resolver sus problemas. No, para que les apoyen como cuando eran pequeños. No, para que respondan a sus preguntas que no se atreven ni a formular por miedo a la incomprensión. No, para compartir verdadero tiempo de calidad con ellos. No, para divertirse juntos como en el pasado.
Esto no significa que no sepan que sus padres les quieren. En la inmensa mayoría de los casos sus padres les quieren y ellos lo saben, pero no de la manera en que los adolescentes necesitan. Son los primeros que sienten cuando sus padres no les proporcionan lo que realmente anhelan y necesitan: valoración, comprensión, amor, respeto y ser escuchados.
Evidentemente, aquí no estoy hablando de padres alcohólicos, drogadictos, física y/o verbalmente agresivos, maltratadores o adúlteros (que pueden verdaderamente traumatizar a cualquier hijo), sino a padres normales sin grandes faltas morales y de conducta.

Cuando no encuentran lo que anhelan
Aunque los tiempos han cambiado sustancialmente, en esencia los deseos nunca varían. Cuando esto no sucede, lo buscan de mil maneras diferentes.
Por falta de verdadero interés hacia sus emociones por parte de los padres, muchos caen en las trampas de:

- Las redes sociales.

- Los chats.

- Los ciber-amigos.

- Las amistades reales poco convenientes.

- Una pandilla conflictiva, la cual “ofrece a sus miembros ánimo, seguridad y el reconocimiento que quizá jamás recibieron de sus padres. [...] En general, sus miembros tienen en común que gozan de la misma incomprensión, rechazo o dificultades familiares, escolares o sociales. Todos comparten una gran insatisfacción por el mundo en el que viven y por el futuro que la sociedad pretende imponerles, razón que les lleva a preferir estar con el grupo de ´iguales` antes que en casa, y la banda se convierte en una especie de segunda familia, un lugar donde se les comprende y anima a vomitar sus frustraciones”[3].

- Las pequeñas actividades delictivas como señal de rebeldía: “La violencia incontrolada le da la oportunidad de dar salida a los miedos, los complejos y las insatisfacciones personales que invaden su vida”[4].

- Algún tipo de secta de corte religioso-espiritual.

- La adicción al móvil y a las nuevas tecnologías.

- El consumo de alcohol y, en el peor de los casos, de drogas estimulantes: “La vía de la huida de sí mismo, para librarse del pesado fardo de los problemas personales, para evadirse de lo que se teme, para no hacer frente a la realidad que se presenta como una carga onerosa. En todos estos casos, la droga sirve de válvula de escape. [...] en la mayoría de los casos, el consumo de droga va asociado a la fuga del hogar y del ambiente en que el muchacho se ha educado. Este siente una imperiosa necesidad de huir de sí mismo, de los valores que le han servido de guía, de la conciencia que se vuelve acusadora... prefiere no pensar, olvidarse, evadirse y sumergirse en el mundo artificial que la droga le ofrece. Alejarse del mundo real en que vivimos, con sus luchas y tensiones, se convierte en una aspiración para todos aquellos a quienes esa realidad resulta dolorosa”[5].

Con este panorama, basta que algún avispado les diga que son guapos o guapas y les presten atención para ser presas sentimentales, incluso de personas adultas con malas intenciones que buscan aprovecharse de la fragilidad ajena para satisfacer sus propios deseos sexuales.
Es el precio que muchos adolescentes están dispuestos a pagar para lograr lo que sus corazones desean fervientemente, incluso si para ello tienen que mostrarse desinhibidos o mostrar vídeos o fotos picantillas. Esto se puede eternizar en la vida adulta –y es una de las características de las personas infieles-, aunque les cueste identificar los motivos y las pautas. Por eso hay tantos tipos de adicciones dentro del mundo virtual (como vimos en Origen y desarrollo del deseo sexual & Lujuria y pornografía: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/08/origen-y-desarrollo-del-deseo-sexual.html), y que cada vez se da a edades más tempranas.
Luego están aquellos que no necesitan ese tipo de mundo alternativo y que logran sus deseos con actitudes impropias de esas edades (11 a 17 años, incluso menos), por ejemplo vistiendo de maneras provocativas e insinuantes. Basta con observar en la actualidad que muchas chicas desde muy jovencitas visten de maneras que solo el erotismo del siglo pasado se atrevía a representar en fotos e imágenes.
Y el tercer grupo, aquellos que no entran en este tipo de juegos –porque no les gusta, no les satisface y todavía no han perdido el pudor sano-, donde se crean su propia realidad alternativa para evadirse de la auténtica, normalmente encerrándose en aficiones solitarias como la lectura y los videojuegos online, o juntándose con pequeños grupos de personas con sus mismas carencias emocionales que les gusta los juegos de rol, los cómics, etc. De niños jugaban con cochecitos, muñecos, castillos y barcos para vivir aventuras imaginarias y disfrutar con ellas. En la adolescencia, aunque cambian sus prácticas de ocio, lo hacen para evadirse de la misma realidad que les atemoriza para no pensar en ella. Y eso ya no es sano.

Huérfanos de educación
Las parejas de novios se pasan horas hablando de su futuro juntos y de sus planes: la boda, el lugar del convite, el menú, dónde será el viaje de novios, qué casa comprarán y dónde vivirán, etc. Y cuando deciden tener niños tratan temas como la compra de la cuna, el gasto en pañales y ropa, a qué colegio los llevarán y mil asuntos más. Pero muy pocos se sientan a hablar sobre cómo se encargarán en educarlos. Y no me refiero al aprendizaje que les ofrecerán en la escuela sus maestros, sino la que le darán ellos mismos: una formación personal y sistemática sobre la fe cristiana y la forma de vivirla. A día de hoy, únicamente conozco personalmente a un padre que ejerce esta labor con sus hijos adolescentes, al dedicar dos días a la semana a dicha labor específica. La inmensa mayoría se lava la manos al respecto.
Los adolescentes captan rápidamente los deseos de los padres: que sean buenos estudiantes, que realicen alguna actividad extraescolar, que aprendan inglés, que no den problemas en casa, que no hagan ruido con la música ni hablen gritando, que no falten el respeto a sus progenitores, que cierren el butano tras ducharse, que pongan la ropa sucia en el cubo de la lavadora, que quiten y pongan la mesa antes y después de cada comida, que no cometan graves errores como quedarse/dejar embarazada, que no lleguen borrachos a casa, que “vayan a la iglesia” si son cristianos, etc. Mientras que cumplan estos requisitos, todo irá bien. Y todo lo citado es positivo y necesario. Pero sus padres se olvidan de lo más importante: la verdadera educación de los valores y principios éticos y morales. Dejan esta educación a cargo de sus padres adoptivos: pastores, los llamados líderes de jóvenes (sin  contrastar lo que están aprendiendo), profesores del Instituto, lo que se promulga de boca en boca en el patio del colegio, las conversaciones con los amigos, terminando por Internet y la televisión, donde los propios padres no se preocupan ni se molestan en comprobar lo que sus hijos ven, oyen y hacen. Es como dejar la educación a la ruleta rusa.
Por todo esto, en el sentido que hemos explicado –y aunque a los padres no les guste saberlo-, podemos afirmar que hay millones de adolescentes que se sienten como huérfanos.

Continuará en: Los jóvenes y los adolescentes piden que sus padres les valoren y les comprendan. https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/31-los-jovenes-y-los-adolescentes-piden.html


[1] Zaballos. Virgilio. Esperanza para la familia. Logos. Pág. 56.

[2] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 244.

[3] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 264, 267.

[4] Ibid. Pág. 266.

[5] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 232.


martes, 13 de octubre de 2020

1. Jóvenes y adolescentes perdidos que no se gustan a sí mismos


  Venimos de aquí: Introducción a “Para padres, jóvenes y adolescentes” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/introduccion-para-padres-jovenes-y.html). 

Nunca tuve muchos amigos mientras crecía

Así que aprendí a estar bien conmigo

Solo yo, solo yo, solo yo

Y voy a estar bien en el exterior

Me gusta comer sola en la escuela de todos modos

Así que me voy a quedar aquí

Justo aquí, aquí, aquí

Y voy a estar bien en el exterior

Así que me siento en mi habitación

Después de pasar horas con la Luna

Y pienso en quién sabe mi nombre.

¿Llorarás si muero?

¿Recordarás mi cara?

Así que me fui de casa.

Dejé mi hogar, cogí mis cosas y me mudé muy lejos de mi pasado.

Y me reí, me reí, me reí, me reí.

Parecía estar bien en el exterior.

A veces me siento perdida,

A veces estoy confusa.

A veces siento que no estoy bien.

Y lloro, y lloro y lloro.

Con esta canción, titulada “When Marnie Was There” e interpretada por Priscilla Ahn (https://www.youtube.com/watch?v=N-vdmKr1Ja8), concluye la pelicula El recuerdo de Marnie del prestigioso “Studio Ghibli”, basada en la novela del mismo título de la escritora británica Joan G. Robinson. Dicho largometraje fue aclamado por crítica y público tras ganar el Festival Internacional de Cine para niños de Chicago y ser nominada al Oscar de 2016, que ganó mi querida Inside Out/Del revés (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/02/inside-out-cuales-son-las-emociones-que.html).
Si hubiera que definir El recuerdo de Marnie en pocas palabras, diría que, aparte de preciosista, es emotiva hasta decir basta. Personalmente me parece magistral como obra, junto a la maravillosa manera de transmitir tantísimos sentimientos y la cantidad de capas de lecturas que deja entrever para que el espectador las destape.
Usaré la descripción que hacen de sí mismas las dos protagonistas principales de esta entrañable historia para embarcarme en el profundo análisis de la adolescencia y su complejidad: adolescentes que se desprecian; adultos que sienten perdidos desde la pubertad; púberes cuyos padres viven pero se sienten lejos de ellos; padres que tienen jóvenes bajo sus techos pero que hace mucho tiempo dejaron de saber qué pasaba por sus cabezas. Vamos a ver las razones por la cual la adolescencia –cuando se forma parte de la personalidad- es la etapa más difícil de la vida, y sobre la responsabilidad de los padres respecto a ellos en multitud de facetas. Este escrito va dedicado para los adolescentes de 10 a 17 años, los jóvenes de 18 a 23, y para sus padres: los primeros para comprenderse y los segundos para comprenderlos.

La historia
Anna es una chica de 13 años bastante seria y tímida que rehúsa la compañía de sus compañeras de clase, por lo que no tiene amigas. Dedica su tiempo a dibujar, ya que tiene un verdadero don para ello. Vive con sus padres adoptivos, aunque suele decir que son sus tíos. Ante sus problemas de asma y, especialmente, por su carácter taciturno y solitario, la “madre” la envía a casa de unos familiares que viven en Hokkaido, un precioso pueblo costero rodeado de bosques y en plena naturaleza, donde los paisajes resultan deslumbrantes. Tras conocer a Arnie –que, por lo que parece, únicamente ella puede ver, y que no revelaré quién es realmente- se hacen muy buenas amigas. Allí vamos descubriendo el porqué ambas son como son, y las razones ocultas bajo esa tristeza y depresión, que principalmente Anna se esfuerza en camuflar, escondiéndolas bajo un tapiz de buena educación.
Ella misma habla sola en voz alta sobre lo que piensa de sí misma y cómo siente: “Yo soy tal como soy: estúpida, fea, malhumorada, desagradable. Por eso, me odio a mí misma. [...] Yo ya no tengo confianza en nada ni en nadie”. Más adelante, le cuenta a Marnie su vida: “Es que yo soy adoptada. Mis verdaderos padres murieron cuando yo era muy pequeña, y mi abuela también. Sé que no se murieron a propósito, pero a veces pienso que no les puedo perdonar por haberse ido y haberme dejado sola”. 
Por su parte, Marnie le narra a Anna su historia. Ella dice que su madre suele estar de viaje y que su padre por cuestiones de trabajo solo aparece dos veces al año. Por eso vive en la mansión sola con la criada y unas niñeras gemelas. Afirma que es maravilloso cuando vienen sus padres y organizan una fiesta. Cuando eso sucede, se pone el vestido nuevo que le han comprado y baila con todos. Es en esos momentos cuando se siente la chica más afortunada del mundo y es feliz. Pero la realidad no es exactamente como Marnie cuenta. Una vieja amiga suya cuenta la versión completa: a pesar de las magníficas fiestas, sus padres la tenían abandonada. Ella lloraba en la cama. Era una niña infeliz. Siempre le pedía a su madre llorando que no se fuera pero ésta no hacía caso, y, por si fuera poco, las criadas también la maltrataban. ¿Qué fue de la vida de Marnie? No lo revelaré para el que quiera disfrutar de un final inesperado y del misterio que se esconde detrás. Además, lo descrito es lo que quiero usar para tratar el tema que tengo en mente, sin añadir nada más.

Los sentimientos de los adolescentes
Los jóvenes no suelen gustarse así mismos –incluso llegan a odiarse-, se sienten perdidos, confundidos y sienten que no están bien, que algo falla en ellos, como si fueran defectuosos, y que a nadie le importaría si no existieran o murieran, como la pregunta de la canción: ¿Llorarás si muero? ¿Recordarás mi cara? Viven en constante pánico interno pensando que nunca estarán a la altura de lo que se espera de ellos.
Esto afecta a todas las áreas de su vida. Algunos lo disimulan o lo camuflan de distintas maneras: siendo siempre educados y simpáticos, eludiendo hablar de sus sentimientos usando el humor continuo, etc. Como apunta el ya difunto psicólogo y escritor Bernabé Tierno: “Se trata del conocido mecanismo de defensa de la compensación, por el cual el ser humano intenta destacar en algún aspecto de su personalidad para equilibrar la falta de logros en otras áreas. Así, el muchacho que va mal en los estudios se esfuerza por resaltar en los deportes, y el que por falta de habilidades psicomotrices se retrae de jugar en el patio del colegio con sus compañeros, procura destacar en los estudios convirtiéndose en el clásico empollón de la clase”[1].
Otros lo reflejan claramente en sus rostros: timidez excesiva, fobia social, dependencia absoluta, ojos que rehuyen la mirada de otras personas, poca participación en actividades de ocio, etc. La también psicóloga Alejandra Nágera afirma de esta clase de joven: “Se retrae, huye del contacto con los demás, se vuelve arisco, profundamente antipático o, por el contrario, modesto de forma exagerada. Intenta enmascarar su desprecio hacia sí mismo con aires de grandeza, mostrando superioridad, forzando una imagen de su persona inadecuada que a ojos de los demás resulta patética, por lo que se burlan de él o le critican con severidad, sumiendo al afectado en un círculo vicioso lleno de amargura. [Muchos de ellos se vuelven tímidos] La persona tímida tiene pavor a llamar la atención, a que se fijen en lo que hace o dice. Teme hacer el ridículo y cree que los demás le prestan atención porque inspira pena. El sufrimiento más acusado del tímido se produce cuando nota que los demás se han percatado de su vergüenza o apuro. El 82% de los jóvenes se autodefinen como tímidos. En realidad, se refieren a que sienten vergüenza cuando tienen que hablar en público, acercarse a alguien del sexo opuesto o dirigirse a un desconocido. La timidez enfermiza va mas allá: afecta la estabilidad emocional y la satisfacción personal; crea problemas sociales, impide que se pueda conocer a gente nueva, deja al afectado anclado en una actividad muy por debajo de sus capacidades, y para colmo, provoca juicios equivocados hacia su persona: le tratan de snob, antipático, tonto, etc. La reacción del tímido puede manifestarse de diversas maneras: el joven se abandona, se aísla y cae poco a poco en un estado de letargo social o de angustia que le impide relacionarse con los demás, o busca vías de escape que le ayuden a atreverse: drogas, alcohol o sectas peligrosas. [...] Cuando está con gente, se muestra bloqueado (suda, está ansioso, le duele el estómago) o exageradamente modesto, como si tuviera que pedir disculpas a los demás por su sola presencia. Se niega a ir a fiestas porque las odia, así como a realizar cualquier actividad que implique conocer a alguien nuevo. En el colegio teme profundamente que el profesor se dirija a él en publico, aunque sea para felicitarle”[2].
Tanto unos como otros lloran en la soledad y en la noche cuando nadie los oye. Pocos padres quieren pensar en la posibilidad de que sus hijos estén derramando lágrimas. Les da miedo y evitan planteárselo. Eso es un error. Puede ser porque ellos también las derramaron y nadie les ayudó, así que ahora no saben cómo afrontar la situación y tender la mano. La solución fácil es enviarlos a un psicólogo, en lugar de aprender ellos mismos qué hacer, que es lo que yo propongo.
Jesús, cuando habló de la ansiedad y de las preocupaciones, dijo: “Basta a cada día su propio mal” (Mt. 6:34). Con esta idea en mente, podemos entender también que cada etapa de la vida tiene sus propias dificultades. No son los mismos problemas los que se tienen en la juventud que en la mediana edad, y mucho menos en la vejez. Ahora bien, el individuo, por su propia experiencia y vicisitudes por las que pasa, ha ido adquiriendo una serie de conocimientos que le ayudarán a ir afrontando esos períodos tan novedosos. Pero esto no sucede en la adolescencia. No hay experiencia. No hay conocimiento. No están preparados. La personalidad aún no se ha formado. No ha habido tiempo. La corta edad lo impide. Por eso es la etapa más difícil de todas.
De la infancia y de no ser muy consciente de la realidad, se pasa en un flash a toparse de golpe y porrazo con que el mundo no es solo un lugar para jugar y divertirse con los juguetes y los amigos. Se encuentran con que sus padres esperan de ellos que sean sumamente responsables y que saquen buenas notas para labrarse un futuro: “No deben olvidar los profesores (en este caso, los padres) que las calificaciones son en definitiva juicios de valor que, aunque aludan únicamente al rendimiento académico, los alumnos asumen como referidos a la totalidad de su persona. De esta manera, las notas influyen decisivamente en el nivel de autoestima de los muchachos condicionando su madurez”[3].
El joven se da cuenta que el asunto ya empieza a tomar bastante seriedad. Aparte, la sociedad –a través de los medios de comunicación- les muestran de forma contundente que tendrán que ganar bastante dinero para comprarse un coche y una casa, y que los “valores” como la belleza son muy importantes. Si a esto le añadimos que los intereses comienzan a cambiar, que el físico se transforma brutalmente –y con ello el despertar de la sexualidad-, que surge el deseo de gustar a las personas del sexo opuesto (y el miedo a no hacerlo), que aparecen complejos que antes no existían, que los propios compañeros que les rodean pasan a hablar de chicos y chicas, a tener novias, a hablar de fiestas y discotecas, pues tenemos un cocktail explosivo que lleva a muchos adolescentes a sentirse completamente abrumados, perdidos y frustrados.
En términos absolutos, sienten que les han cambiado por completo el mundo donde vivían y que la inocencia se quedó atrás en un universo paralelo. Lidiar con todo esto resulta una tarea titánica que ahoga y corta la respiración. Se les presentan problemas que, al ser completamente novedosos, no saben afrontar, y mucho menos resolver. Pero tampoco quieren que les ayuden los padres porque no desean que se les siga tratando como a niños. Buscan independencia, encontrarse a sí mismos, descubrir quiénes son en realidad, y sin que nadie –ni sus padres- se lo digan, aunque los siguen necesitando; por eso físicamente no se alejan mucho de ellos. La cuerda que antes les sostenía, la van soltando poco a poco.

Crisis sin fin
Todas estas cuestiones son las causas de muchas crisis de ansiedad, de bruscos cambios en el humor, de las muestras de cinismo, de irritaciones por minucias, de estallidos de cólera inesperados, de depresiones, de angustias, de inseguridades, de miedo al fracaso escolar, de desmotivación y apatía ante la vida, de fantasías evasivas, de aislamiento social, de problemas de autoestima, de anorexia y bulimia, de deseos de no haber nacido, de dificultades para dar y sentir afecto (piensan que nadie les quiere), y, en casos extremos, de pensamientos suicidas y comportamientos violentos: “Es probable que cuantos así obran no destaquen ni por su dedicación a los estudios ni por sus habilidades deportivas, y como desean sobresalir en algo, recurren a su fuerza bruta para demostrar que valen algo, que son capaces de someter y atemorizar a todos, incluso a los profesores”[4].
Sea cual sea el caso, ni ellos mismos entienden qué les sucede, y mucho menos saben expresarlo correctamente con palabras. A los que son buenos en los estudios, en algún deporte o en el uso de un instrumento musical, se vuelcan en dichas prácticas como forma de esconder sus sentimientos. Puede ser como una tabla de salvación, pero no la solución.
A pesar de lo que puedan pensar los padres, lo apuntado es más habitual de lo que se pueden imaginar: adolescentes que experimentan un profundo vacío existencial, que no encuentran su lugar en el mundo, que piensan que no hay nada por lo que de verdad merezca la pena luchar y vivir, que se sienten fuera de lugar entre sus semejantes y que creen que nadie les ama realmente. Si estas cuestiones no son tratadas, se arrastrarán muchos problemas, en mayor o en menor medida, a la vida adulta. De ahí la labor fundamental de los padres, y eso es lo que vamos a ir viendo poco a poco en este libro.

Continuará en: Jóvenes y adolescentes que viven con sus padres pero se sienten huérfanos. https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/10/2-jovenes-y-adolescentes-que-viven-con.html


[1] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 33.

[2] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 186-187.

[3] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 161.

[4] Ibid. Pág. 153.