lunes, 15 de marzo de 2021

Wandavision: Cuando la vida te rompe el alma

 

(Copryrigth de la imagen: @ValentinoRomeroart)

 
Si tu vida fuera un drama. Si hubiera dolor en ella. Si hay seres queridos que perdiste en el camino. Si distintas circunstancias de tu pasado y presente no te agradaran. Si tuvieras verdadero poder para cambiar todo eso. Si pudieras llenar tu vida de felicidad diaria y evitar a toda costa cualquier desgracia. ¿Acaso no ejercerías ese poder? Pues eso es exactamente lo que nos ha mostrado la original, sorprendente y dramática miniserie “Wandavision” (Bruja Escarlata y Visión, en España), sensacionalmente interpretada por Elizabeth Olsen, que ha demostrado una capacidad interpretativa arrebatadora, mostrando tal variedad de registros en un mismo papel que es digna de elogio. Toda ella es un verdadero terremoto de emociones.
Viendo las reacciones de una parte de sus seguidores al último capítulo, ha sido una constatación más de que una parte de los jóvenes y no tan jóvenes de hoy en día tienen serias dificultades para centrarse en lo importante. Y no me refiero a que algo te guste más o menos, que para eso cada uno es libre y tiene sus preferencias, sino la incapacidad para la reflexión profunda, el qué pueden aprender de su visionado para sí mismos sirviéndose de la extrapolación de una trama hacia nuestro mundo real, siendo incapaces de dejarse llevar por la profundidad de unos personajes con un pasado terrible a cuestas y el drama que supone para sus mentes, y cómo el dolor puede destrozar un corazón hasta el punto de cambiar la realidad. Prefieren evadirse sin más, decepcionándose y soltando bilis por la boca porque no aparecen otros personajes de ese infinito universo Marvel, o porque las tramas no giran conforme ellos quieren en las escenas de acción o la fantasía. Y cuando todo acaba, pasan a otra cosa que les llene el tiempo. ¿Lo bueno? Que los que verdaderamente la han analizado, le han concedido una crítica excelsa bien merecida.

Un desconcierto que tiene explicación
Aquellos que vieron los primeros capítulos se encontraron completamente desconcertados, incluyéndome a mí sin duda: en ellos veíamos la clásica sitcom (comedia de situación) en blanco y negro de los años 50 y 60 que imitaba diversas series norteamericanas de la época: Wanda y su marido Visión viven tranquilos en una urbanización llenos de felicidad y con vicisitudes completamente sencillas (charlas con las vecinas cotillas, reuniones de vecindario, cenas con amigos, etc.), ocultando a los demás sus habilidades y apariencias reales.

La pregunta era obvia: ¿cómo era posible aquello en una mujer con poderes sobrenaturales que se había enfrentado al mismísimo Thanos? ¿Y qué hacía allí Visión, cuando había muerto en dicha batalla?
Es cierto que era extraño, aparte que el humor mostrado estaba completamente desfasado para nuestra época. De ahí que muchos impacientes abandonaran. Aunque algunas escenas intercaladas y de postcréditos nos mostraban que algo no encajaba, la verdad no es desvelada hasta dos capítulos claves.
En ellos se nos cuenta que Wanda usó su poder para rehacer un pequeño pueblo al de sus propios deseos en el que nadie podía entrar ni salir al estar cerrado por una barrera de energía, controlando en todo momento la mente de sus habitantes, “recreando” a su marido y dando a luz a dos hijos, logrando así su ansiada felicidad que le había sido arrebatada una y otra vez, y la reflejaba convirtiéndose a sí misma en la protagonista de una sitcom ambientada en distintas décadas, que era el tipo de series que amaba de niña y que veía con sus padres.
¿Qué provocó que ella quisiera “crearse” su propio mundo idílico, lleno de inocencia y sin ningún tipo de sufrimiento?

- Aunque de pequeña era pobre, se sentía profundamente amada por sus padres, pero murieron en un bombardeo que destruyó su casa en Sokovia, como se reveló en el octavo capítulo.
- Tras este acontecimiento, se unió a Hydra, una organización terrorista, con la intención de cambiar el mundo, y lo único que logro es que experimentaran con ella.
- Su hermano gemelo Pietro murió cuando ambos se habían unido a los Vengadores, como vimos en la película “La era de Ultrón”.
- En contra de su voluntad, tuvo que matar a su propio marido para salvar así el universo. Pero el plan falló: Thanos volvió atrás en el tiempo y mató por segunda vez a Visión delante de ella para hacerse con la gema del infinito, algo que Wanda no pudo evitar y que contempló impotente. Lo vimos en “Infinity Wars”.

Drama. Dolor. Muerte. Infelicidad constante. Todo su equilibrio vital y emocional había saltado por los aires y roto en un millón de pedazos una y otra vez. Su mecanismo de defensa ante todo esto fue el ya citado: convirtió con sus poderes una vida real destrozada en una perfecta, aunque irreal.
El final de la serie, y qué sucede con la protagonista tras “abrazar” su destino, lo dejo para el visionado personal. Lo que he descrito hasta ahora es lo que me sirve para el tema que estoy exponiendo.

¿Cuáles suelen ser los “mecanismos de defensa” ante el dolor?
Este es un tema del que he hablado en varias ocasiones; tantas que a veces siento que me repito. Pero como de vez en cuando aparecen nuevos lectores en el blog –aunque invisibles, ya que no hablan- que no han leído lo anterior, aprovecho las nuevas y buenas ocasiones que surgen de vez en cuando usando películas, series o libros, que suelen ser canales sencillos para llegar a más personas y hacerlas profundizar en temas de la vida diaria que nos afectan a todos por igual.
Cuando me refiero a “mecanismos de defensa”, hago alusión a aquella manera –en singular o en plural-, en que los individuos usamos distintas “técnicas” para “sobrevivir” al dolor cuando somos golpeados brutalmente en nuestra alma. Como he repetido en más de una ocasión, puede ser por la muerte de un ser querido, la enfermedad propia o ajena, una ruptura matrimonial, la viudez, el abuso físico y/o psicológico, etc.
Como vamos a ver, algunos mecanismos son sanos, pero otros no lo son, por lo que es necesario aprender la diferencia para saber cómo actuar ante el dolor que de una manera u otra se va a presentar ante nuestra puerta, o sencillamente ya haya entrado en casa.
El más usual suele ser “crearse” un entorno de seguridad: para Wanda era su barriada. Para la inmensa mayoría suele ser su propio hogar. Se encierran en él, y no tanto porque sean hogareños –que pueden serlo- sino porque ahí lo tienen todo más o menos bajo control: al cónyuge que procuran tenerlo siempre cerca ya que les crea seguridad, a los hijos para que no hagan nada que pueda ser peligroso, y difícilmente van a suceder acontecimientos externos inesperados. En el caso de que no tengan pareja ni hijos, se encierran en sí mismos, impidiendo que nadie se acerque a lo más profundo de ellos.
En otros casos, como también he señalado en diversos escritos, buscan evadirse de todo para olvidar o no pensar en aquello que les duele. Para esto usan el alcohol, algún tipo de droga de las mal llamadas “blandas”, la música, el estar siempre haciendo cosas que le eviten pensar como compras compulsivas, atracones de comida, fiestas ruidosas, risas enlatadas, conversaciones vacías con las amistades a las que usan con el mismo fin, se arrastran por las redes sociales buscando atención personal, caen en perversiones como la pornografía, se obsesionan con la gimnasia y el deporte en general o su opuesto: se abandonan físicamente por completo, etc.
Por último, están los que convierten su dolor en ira o en toxicidad que sueltan ante el resto del mundo. Entre personas que han sufrido, por ejemplo, bullying o malas experiencias eclesiales o de cualquier otro tipo, pueden volverse amargadas o cínicas, con ira acumulada que se manifiesta en diversas ocasiones, envolviéndose en un humor zafio, el cual muestran como método de supervivencia y una victoria ante sus “acosadores”, cuando lo único que logran es sacar lo peor del individuo y la autodestrucción del “yo” sano.
¿Algo de esto cura el dolor y supera la adversidad? Para nada. Solo lo tapa bajo toneladas de basura que explotará tarde o temprano ante tanta pestilencia acumulada, en el silencio o el grito, en las lágrimas o en la ausencia de ellas. Volverá tarde o temprano, o sencillamente nunca se irá, e impregnará todo lo que toque, dañando incluso a sus semejantes. La víctima se convertirá en verdugo y terminará haciendo daño a otros a causa de su propio dolor.

Mecanismos salubres
Partimos del principio de que la vida tiene una parte incontrolable. Podemos ser amables con los demás, pero no podemos controlar cómo serán con nosotros. Podemos hacer el bien, pero no sabemos si recibiremos en la misma proporción. Podemos comer saludablemente, pero no sabemos cuándo exactamente puede menguar nuestra salud. Con la muerte sucede igual: es como una amiga invisible que se presenta sin previo aviso o con apenas margen para nada, sea para nosotros o nuestros familiares.
De ahí que la vida sea para vivirla en el presente; ni en el pasado, ni en el futuro. La aceptación de esta verdad irrefutable nos hará poner cada situación personal desagradable en perspectiva, sea física, emocional, psicológica o sentimental. Esa debe ser la base de nuestra actitud, como bien explicó Jesús: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” (Mt. 6:34).
En segundo lugar: sabemos que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Ec. 3:1-7). ¿Qué nos quiere decir este pasaje? Que nuestro paso por este mundo está formado por segmentos y que cada uno de ellos debe encontrar su lugar y su momento. Ni más ni menos. Ni dentro ni fuera.
El tiempo de hablar y de llorar de lo que te duele está incluido, con paciencia, puesto que en algunas personas puede ser más tiempo y en otras menos. Es lo que hizo Ana, la madre del profeta Samuel, y a la que he citado en un millón de ocasiones en mis escritos. Esto es lo que se conoce como el duelo: “Es el proceso natural de adaptación emocional ante la pérdida de algo que amamos. Podemos tener un duelo por haber perdido un empleo, una pareja, un cambio de ciudad... y por supuesto, pasaremos por un duelo al perder a un ser querido. Cada persona hace el duelo de la misma forma que vive y siente el vínculo con los demás, por lo que cada duelo es único. Podemos tener una reacción de bloqueo, de hacer como si no pasara nada, podemos llorar de forma desconsolada durante días, podemos llorar y reír recordando momentos vividos con la persona que ya no está en nuestra vida, etc. Hay tantas reacciones como personas”[1].
Todo esto es verdad, y la manera más sana de expulsar el dolor, pero, como muestra el texto bíblico, también está el tiempo de curar y de edificar; es decir, de seguir adelante. Incluso ambos momentos pueden entremezclarse sin problemas. La idea en sí es que no podemos hacer que nuestras conversaciones ni sentimientos sobre un hecho en sí se conviertan en el monotema eterno, ni que nuestra vida se convierta en un remolino cuyo epicentro sea la expresión del dolor de forma continua. De lo contrario, seremos engullidos, controlados y consumidos, perdiendo el control sobre nosotros mismos. Nos acontecerá como Wanda, que el equilibrio emocional dependerá de un hilo que se romperá en el momento más inesperado. Y eso es algo a evitar ya que nos convertiría en una estatua de sal, como la mujer de Lot (cf. Gn. 19:26).

Conclusión
Rodéate de toda la vida que puedas, y más en las circunstancias actuales. Aprende a vivir cada día. Aprende a adaptarte en cada circunstancia. Lee para crecer interiormente y llena tu tiempo de actividades de verdadero provecho. Aprende a seguir adelante, tanto en los claros como en los oscuros, en los días soleados como en los tormentosos. Aprende a vivir descansando en Dios. Aprende a mirar a la eternidad y a vislumbrar la inmortalidad que te depara la cruz de Cristo. APRENDE DE TODO[2].


lunes, 1 de marzo de 2021

12. La crisis del Coronavirus: ¿Aprenderemos de todo esto o lo olvidaremos cuando pase?


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que no debes volver atrás una vez que has abierto los ojos (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/07/11-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Hace unos meses, al inicio de la pandemia y al poco de comenzar el confinamiento, mantuve una conversación con mi amigo Miguel sobre si creíamos que las personas cambiarían cuando todo pasara. Los dos llegamos a la misma conclusión: no. Se podrá pensar que ambos tenemos una versión pesimista de la humanidad, pero es simplemente un reflejo de la realidad que ya estamos observando claramente a nuestro alrededor. La inmensa mayoría vuelve a ser como los zombies que el cineasta George Romero mostró satíricamente en sus películas de los años 70 y hasta su fallecimiento para explicar la esencia y la naturaleza humana que se mueve por instintos y estímulos externos.
Como bien apunta mi otro amigo José Ángel: “La publicidad empieza a insistir en que tenemos que volver de inmediato a la misma vida de antes, a consumir igual, a beber igual, a contaminar igual... como si todo hubiera sido un mal sueño del que hay que despertar y olvidar. Todos a las prisas, al trabajo frenético, a por dinero, a los bares, al ruido, las pelis, las vacaciones lejanas, el turismo de masas, las compras innecesarias, la vanidad de las redes sociales, los créditos y las deudas, las comilonas insanas... que nadie se pare a pensar que hay otras formas de vivir, de encarar la realidad, de darle sentido a esta locura. Y los ancianos, a las residencias de nuevo, que molestan en casa, que no nos dejan hacer todo eso que hay que hacer. Y los niños también molestan (aunque es verdad que tienen la belleza del cachorro; no son como los viejos): al cole de inmediato o a las guarderías. Por lo visto no ha pasado nada: el mundo era perfecto hasta febrero. Repitamos la historia”.
Incluso el periódico “El Mundo” hizo un análisis sobre la situación “postpandemia”, y decía así: “Sexo, fiestas y despilfarro: así serán los años locos que llegarán tras la pandemia. En pleno récord de contagios, cada vez más expertos aventuran cómo se comportará la sociedad cuando termine la crisis. La Historia demuestra que, tras los grandes traumas, suele venir una resaca de gasto económico y desenfreno hedonista”[1].


Cambios globales vs Cambios personales
Hay filósofos y figuras religiosas que piensan lo contrario, que todo lo que está pasando va a sacar lo mejor del ser humano y vamos a “ascender” a una especie moralmente mejorada. La persona de la calle, que se aleja de las palabras vacías de estos humanistas que siguen confiando en la benevolencia del corazón humano, sabe que no será así. En una reciente entrevista, el célebre exjugador de Baloncesto y médico de profesión, Juan Antonio Corbalán, un ciudadano con los pies en la tierra, a la pregunta de si habremos aprendido la lección de todo esto, contestó así: “Yo creo que no. La humanidad tiene una inercia tan enorme... Nos durará durante un tiempo esta sensación de país, de compartir y de reconocer el trabajo de los otros. Creo que eso poco a poco irá disminuyendo y al final volveremos a los mismos vicios que hemos tenido siempre. Soy bastante escéptico porque muchos de los elementos que conforman nuestra sociedad son impuestos y tenemos una forma de capitalismo mal entendida. Eso nos hará volver otra vez a lo de que ´yo arreglo mi problema y el que venga por detrás que arree`. Ahora se impone la parte social, más redistributiva y más bonita y buena de las personas, que poco a poco se irá olvidando. Ojalá nos sirviera para hacer una sociedad nueva”[2]. Expresa un deseo (“ojalá sirviera”) pero muestra la realidad (“volveremos a los mismos vicios”).
¿Habrá individuos que a nivel personal serán diferentes “a mejor”? Seguro que sí. De entre los temas que hemos tratado en estas lecciones, estarán aquellos que se habrán dado cuenta de que no son el centro del mundo. Otros habrán aprendido a controlar física y mentalmente la ansiedad. También estarán los que habrán puesto su confianza en Dios en medio de la tormenta y esto les servirá para siempre aunque en el futuro vengan situaciones desagradables a sus vidas. Luego estarán los que, al ver que han sobrevivido a esta crisis médica mundial, se sentirán agradecidos cada día por todo lo que tienen, sea mucho o poco, en lugar de quejarse por lo que les falta. Otros habrán aprovechado este tiempo de encierro para buscar a Dios en Su Palabra y los que se alejaron para acercarse nuevamente a Él.
Habrá un poco de todo sin grandes variaciones: el carnal seguirá mostrando una actitud y una forma de pensar carnal. El cascarrabias seguirá siéndolo. El que se enoja a la mínima y por nimiedades seguirá haciéndolo. Los hinchas deportivos volverán a su pasión, llegando al extremo del “odio al del bando contrario”. Las feministas radicales volverán a reclamar el aborto libre y a defender la ida de que el género es una construcción social. El hereje se reafirmará en su herejía. El que cada vez que salía de fiesta bebía hasta ver las estrellas, ahora verá las constelaciones de la cogorza que llevará. El religioso volverá a su liturgia sin vida. Habrá espirituales que lo serán aun más y otros que habrán relajado su ética y moral. Los que estaban acostumbrados a depender de infinidad de cultos y actividades para alimentarse se habrán secado o habrán aprendido a comer por sí mismos. Los que comían por sí mismos, lo habrán seguido haciendo, incluso más, dándose buenos “banquetes”. Algunos habrán hecho caso a la exhortación de Pablo, de aprovechar bien el tiempo porque los días son malos (Ef. 5:16) y otros lo seguirán perdiendo en banalidades y en telebasura.
Ya dice esa famosa canción de Alaska: “¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga? Yo soy así y así seguiré. Nunca cambiaré”. [...] Ya es demasiado tarde para cambiar ahora. Me mantendré firme en mis convicciones. Reforzaré mis posiciones”. Por eso, y en definitiva, las palabras de Apocalipsis se harán realidad: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap. 22:11).
Creer que el cambio positivo será generalizado y que, a grandes rasgos, los habitantes del planeta Tierra cambiarán, es sencillamente no conocer a nuestra especie ni su historia pasada. Jesús llegó a preguntar de forma retórica: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc. 18:8). La respuesta –en términos globales- es claramente que no.

Conocer el error en el que muchos caerán para no caer en él
Como ya vimos en el primer escrito, cuando se implemente de nuevo la total “normalidad” a nivel relacional y la vida social se restablezca –sea en unos meses o en varios años- los que no hayan aprendido nada durante este periodo oscuro volverán a las mismas rutinas anteriores. Y el porqué es muy sencillo de entender: cuando pasamos por malas experiencias, encontramos que la mejor manera de pasar página es “dejar de mirar atrás” y “mirar hacia adelante”. Y es así como “olvidamos”. Los recuerdos quedan almacenados en la memoria pero pierden su influencia sobre nosotros y dejan de ser el pan de cada día. De forma equilibrada, es una actitud deseada y sana que se centra en el presente y en los vivos. Incluso es aconsejada vehemente también por Pablo: “una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13-14). Pero si las malas malas vivencias no nos lleven a cambiar lo que haya que cambiar, a mejorar lo que haya que mejorar y, en definitiva, a crecer, no habrá servido como aprendizaje ni encontrado su lugar como oportunidad para pulirnos y madurar.
Si solo tiene una enseñanza temporal, si solo nos ha servido para darnos cuenta del valor de la amistad, para darnos cuenta de cuánto echábamos de menos a los amigos y a los familiares, los besos y los abrazos, y cómo anhelábamos la libertad para viajar, hacer deporte, salir a cenar, a pasear o practicar cualquier afición, y nos limitamos a volver a hacer lo mismo–aun siendo sano todo lo citado- poco partido le abremos sacado a este periodo de nuestra vida. El Covid-19 no nos habrá enseñado nada trascendental.

¿Dónde está la diferencia?
El matiz, el antes y el después, lo que diferencia lo temporal de lo atemporal, lo efímero de lo eterno, está incluido en la segunda mitad de las palabras citadas de Pablo. Sí, dejar atrás el pasado, pero con un propósito: proseguir a la meta, “al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:14). Aquí no hay término medio: o buscamos cruzar esa meta cuando lleguemos al final de nuestra vida o seguimos mirando únicamente esta vida presente y nada más.
Pablo fue muy claro sobre las malas épocas, y esta lo es: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16). Así que, para terminar esta serie de escritos y como colofón –aunque quién sabe si los ampliaré en el futuro en función de las circunstancias- tienes que hacerte una serie de preguntas para ver si estás aprovechando este tiempo de forma sabia o lo estás tirando literalmente a la basura:

- Si estabas lejos de Dios, ¿te has acercado a Él?

- Si no le buscabas, ¿le has buscado?

- Si no le conocías, ¿ya le conoces?

- Si no habías aceptado su regalo de salvación, ¿lo has aceptado ya?

- ¿Tienes la certeza de que tu nombre está escrito en el Libro de la Vida?

- ¿Has profundizado en su conocimiento leyendo Su Palabra o te has limitado a hacer gimnasia, a matar las horas delante del ordenador, del móvil o de la tablet?

- ¿Has leído buenos libros cristianos o te has limitado a novelas seculares?

- ¿Tu mirada sigue puesta exclusivamente en este mundo sin tener en cuenta la eternidad?

- ¿Estás preparado para cuando la muerte llame a tu puerta, sea en la fecha que sea?

- ¿Tu único deseo es retomar la normalidad anterior o anhelas con mayor ahínco el regreso de Cristo?

- ¿Has aprendido a confrontar la ansiedad física y mental, y a descansar la de tu alma en Dios?

- ¿Sabes ya cómo hacer que tu alma halle reposo en Dios en lugar de depender de los vaivenes de la vida?

- ¿Has comprendido realmente y de forma práctica que no eres el centro del universo?

- ¿Eres más agradecido ahora que antes y has hallado el contentamiento en la sencillez y no en la búsqueda del reconocimiento social o las posesiones materiales?

Podría plantear infinidad de cuestiones más, pero las más básicas e importantes están aquí recogidas. Y recordemos que saber las respuestas adecuadas no significa haber aprendido si no se ponen por obra. Ya resaltó Platón tal verdad: “El que aprende y aprende y no practica lo que sabe, es como el que ara y ara y no siembra”.

Conclusión
Una reciente encuesta en Alemania señalaba que el 41% de la población piensa más en el significado de la vida desde el coronavirus[3]. Un porcentaje bajísimo dada la situación. C. S. Lewis dijo: “Dios nos grita en el dolor, es el altavoz que utiliza para despertar a un mundo sordo”. Ni el dolor del coronavirus sirve para que los sordos busquen dejar de serlo cuando podrían si quisieran. 
Hay otros que parece que sí están buscando en Internet a Dios durante el confinamiento: “Muchas entidades que trabajan compartiendo el Evangelio por Internet han visto un gran aumento en la solicitudes y preguntas de los usuarios. Así, por ejemplo, el ministerio enbuscadeJesus.net y pazconDios.net coordinado en España por Decisión, que cuenta en la actualidad con un equipo de 23 voluntarios como consejeros online, ha atendido miles de solicitudes desde que comenzó el estado de alarma. A nivel global, pazconDios aumentó un 42% en marzo sus visitas sobre el promedio de 2019. 190.000 personas han visitado las páginas especiales creadas sobre el Covid-19 desde que comenzó la pandemia, de las cuales 9000 oraron pidiendo la paz de Dios en sus vidas y 1700 dejaron sus datos para continuar en contacto. [...] Una voluntaria tuvo una conversación con una mujer con miedo a la muerte por el Covid-19. En medio de esa desesperación la usuaria mencionaba que no tenía paz, que se sentía sola y que no encontraba sentido a todo lo que estaba pasando. La voluntaria le guió a varios textos de la Biblia que prometen paz y le presentó el mensaje del amor de Dios. Después de un rato, la usuaria se calmó y decidió orar aceptando el perdón y amor de Dios. Luego escribía que estaba llorando por la paz que estaba sintiendo al haber hecho la oración reconociendo a Jesús como su Salvador y que estaba perdiendo ese miedo tan terrible al virus”[4].
La realidad es que, cuando pase el efecto y el shock provocado por el coronavirus, y cuando los confinamientos concluyan definitivamente, salvo excepciones, en la mayoría de los casos, se hará realidad ese refrán que dice “si te he visto, no me acuerdo”: todo irá quedando atrás y solo quedarán pequeños reductos de personas que habrán adquirido y asimilado lecciones que determinarán para bien su futuro y su eternidad. Es y será motivo de gran alegría.
El mundo va a seguir girando, y de igual manera las catástrofes naturales nos volverán a golpear cada cierto tiempo: sea en forma de terremotos, tsunamis, lluvias torrenciales, huracanes o nuevos virus. A esto habrá que sumarle la mano destructora del ser humano: guerras, atentados terroristas, injusticias sociales, enfrentamientos políticos y todo tipo de actividades destructoras que suelen ser la norma en nuestra historia. Así que nada depende de lo que suceda o deje de suceder, si no de tu decisión personal respecto a Dios: aceptar o no el sacrificio que Él llevó a cabo en la cruz por tus pecados y, una vez hecho, cambiar todo lo que haya que cambiar.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Wonder Woman 84: ¿Cuáles son tus deseos?

 

Para no perder mis buenas costumbres, puedo decir que, como en otras muchas ocasiones[1], una película que ha recibido críticas muy desiguales entre los periodistas y buena parte del fandom, me ha emocionado por su historia y, sobre todo, fascinado por su mensaje. Y lo ha hecho tanto que, aunque sigo convaleciente sin un diagnóstico claro, con pocas fuerzas y a la espera de más pruebas, en un proceso que se está haciendo eterno, me ha hecho ilusionarme lo suficiente como para dedicar un tiempo a escribir este artículo a lo largo de los momentos en los que el dolor y las vicisitudes correspondientes me han ofrecido una tregua, después de muchas semanas sin teclear. 
Un buen amigo me recomendó no verla, pero no le hice caso (lo siento) y la disfruté desde el segundo cero hasta el cameo final en medio de los postcréditos. No se me hizo larga a pesar de su extensa duración. Me estoy refiriendo –como ya habrás podido adivinar por el título- ni más ni menos que a la segunda parte de Wonder Woman, que sigue las aventuras de Diana, interpretada por la actriz israelí Gal Gadot, y que ha hecho suyo por completo al personaje. Lo único que lamento es no haberla visto en el cine a causa de la pandemia en la que estamos envueltos. En pantalla grande el espectáculo visual habría sido aún mayor.
Si su predecesora estaba ambientada en la Primera Guerra Mundial, donde se nos narraba el origen de la Amazona y sus primeras aventuras tras salir de Themyscira, aquí la trama salta al año 1984. Para aquellos que de niños vimos un millón de veces al  difunto Christopher Reeve enfundado en el traje de Superman, lo primero que observamos es que tanto el tono como la forma de ambas películas se asemejan sobremanera, salvo en la calidad de imagen y sonido, a causa, evidentemente, de los avances de reproducción que el mundo cinematográfico ha experimentado en estas cuatro décadas que separan la una de la otra. Mientras que en la historia primaria de Diana predominaba la oscuridad y la tragedia, aquí son los colores brillantes, la abundancia de luz y las vestimentas excéntricas propias de la época las que toman el poder.

Los deseos de héroes y villanos
La heroína, que sigue ayudando siempre que la ocasión lo requiere, se esfuerza en mantener su presencia oculta a los ojos humanos, llevando una existencia solitaria, y con el pesar de la pérdida que sufrió de su amado Steve Trevor, quién murió cuarenta años atrás. Desde entonces, ha esquivado a los hombres y no se ha permitido amar a ninguno. Actualmente trabaja en arqueología y antropología. Al inicio de la historia, conoce a Barbara Minerva, una chica con estudios en geología, gemología, litología y criptozoología, aunque a nivel social es bastante insegura y patosa, siendo rehuida sistemáticamente por todo el mundo, a pesar de que es muy inteligente, divertida y afable.

(Barbara y Diana, el día que se conocieron)

El trabajo de Barbara consiste en investigar una piedra misteriosa que el FBI le ha enviado para su análisis. Aunque en primera instancia parece una baratija, más tarde descubrimos que fue creada por Dolos, el dios de la mentira, el Duque del Engaño, quien concede deseos, sean cuales sean[2]. Como este dato todavía lo desconocen, en una especie de juego y anhelo, Diana pide que Steve vuelva a la vida. Por su parte, Barbara desea ser como Diana e implora por su belleza, sensualidad y capacidad de atracción hacía los demás; en definitiva, en ser especial. El anhelo de ambas mujeres se hace realidad: Steve reaparece –aunque en otro cuerpo- y Barbara pasa a ser el centro de atención. Además, de regalo y sin saberlo –al rogar ser como Diana- adquiere su fuerza y agilidad.
Por su parte, Maxwell Lord (junto con Lex Luthor, uno de los grandes villanos del universo DC, y cuyo carácter tiene nexos en común con el desarrollado por Gene Hackman en 1978), divorciado y padre de un hijo, famoso en la televisión por hacer anuncios comerciales, empresario petrolero pero arruinado, busca desesperadamente dicha piedra puesto que conoce sus poderes. Cuando la logra, dice así: “Deseo ser tú, la mismísima Gema de los Sueños”. Al lograr dicha potestad, puede darle cualquier cosa a los que se lo piden, y él, a cambio, tomar lo que desee de ellos. Esto hace que él mismo se convierta en una especie de genio de la lámpara.
La situación, de forma progresiva, se vuelve caótica a nivel mundial. Un mundo donde cada uno de los seres humanos pueden ver realizados sus deseos más ocultos: fama, venganza, la muerte de un conocido, riqueza, un porche, una granja, etc. Incluso el presidente de los Estados Unidos –en plena guerra fría- pide tener más armas nucleares en las fronteras rusas, lo que provoca que sea inminente una conflagración contra la Unión Soviética, y con ello el fin de la civilización.
Así logra Maxwell poco a poco que el mundo se ponga a sus pies, conquistando su mayor anhelo: la grandeza. Hacía el final de la historia, sabemos por varios flashback el porqué de su deseo: cuando era niño, su padre lo maltrataba y humillaba, pegaba a su madre y sufría bullying en la escuela. Esa falta de amor y vacío interior que acumuló quería compensarla de adulto logrando el poder absoluto, la admiración de todos y el control de los que le rodeaban. En ese aspecto, analizando los detalles de su infancia, su deseo era comprensible, aunque no el método para alcanzarlo.

¿Cuál es el problema, el truco que hay detrás de la piedra, “la pata de mono”? Que todo deseo que se hace realidad conlleva una pérdida y te quita algo:

- Diana –la cual es inmortal y una semidiosa-, es herida y comienza a perder su fuerza y habilidades sobrehumanas, llegando a sangrar ante las balas.

- Barbara pierde progresivamente su dulzura, su alegría y su humanidad en conjunto, terminando por convertirse en un ser monstruoso (Cheetah, “leopardo”) llena de rencor y amargura.

- La salud de Maxwell se deteriora gravemente a cada deseo que otorga.

Al resto de la humanidad le sucede lo mismo en distintos aspectos. El planeta se convierte en un caos donde prima la violencia desmedida.

Nuestros deseos
Los deseos, sean cuales sean, dentro del orden moral establecido por Dios, pueden llegar a ser lícitos: el amor en el caso de Diana, las amistades íntimas en el de Barbara, y el afecto, la cercanía y el reconocimiento en el de Mawxell. Cada uno de nosotros tiene “deseos”, y todos ellos nacen en el corazón. La pregunta, visto lo visto, que tú tienes que plantearse seriamente, es si esos deseos que anidan en ti están dentro de la voluntad divina y cuáles son los propósitos que pretendes alcanzar con ellos.
Todos conocemos las palabras de Jesús: “Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt. 15:19). Recordemos que hay deseos que tienen su contrapartida y, aunque sean alcanzados, traen consecuencias negativas en las propias personas o incluso una gran desolación a los que les rodean:

- Lo vemos en los que quieren ser admirados y cuyo precio que tienen que pagar es venderse a sí mismos de maneras poco o nada sanas, como contar a desconocidos detalles muy íntimos de la vida privada en redes sociales, mostrando buena parte de la desnudez en fotos y vídeos, exhibiéndose físicamente, etc.

- Lo vemos en aquellos que se esfuerzan por alcanzar con afán y al precio que sea puestos y cargos políticos, eclesiales, laborales o de cualquier otro tipo. Muchos lo logran, pero a costa de pisotear a unos y otros. Ganaron de aquella manera el puesto, pero perdieron humanidad.

- Lo vemos en muchos gobernantes, cuyas intenciones iniciales era mejorar la calidad de vida del pueblo, pero cuando llegaron al poder solo buscaron el beneficio propio.

- Lo vemos en individuos llenos de complejos y de aires de grandeza que están al frente de iglesias, y que usan sus privilegios para imponer sus propias normas que sobrepasan el despotismo.

- Lo vemos en los que luchan con ahínco por tener cierto estatus económico para tener una vida más holgada, pero con el tiempo se vuelven avariciosos y soberbios, terminando por mirar con superioridad a los que no llegan a su altura, perdiendo con ello la humildad y dadivosidad que pudieron tener en el pasado.

- Lo vemos en los que mienten o defraudan, que pueden salirse con la suya, pero dejándose en el camino la propia integridad.

- Lo vemos en aquellos que buscan y encuentran aventuras extramatrimoniales –físicas o emocionales- y que tarde o temprano destruyen la relación y el corazón de sus cónyuges, marcándoles de por vida. 

- Lo vemos en los terroristas y en los sectarios nacionalistas que buscan alcanzar sus ideales e imponer sus ideologías intransigentes por encima de la mayoría y del respeto básico a la vida.

- Lo vemos entre aficionados de algún equipo deportivo que, sin llegar a la violencia física de los ultras, usan palabras hirientes y descalificantes para los seguidores de otros colores.

- Lo vemos en aquellos que bucean por Internet anhelando el contacto humano, pero terminan enfrascados en una relación tóxica, en pornografía, en lujuria o en fornicación.

- Lo vemos entre los negacionistas del virus, que se creen más listos que nadie, y entre aquellos que, aún aceptando la realidad, no se ponen la mascarilla, no guardan las distancias de seguridad o asisten a fiestas clandestinas. El “yoismo” y el individualismo en su máxima expresión.

- Y, no lo olvidemos, lo vemos en nosotros mismos, cuando nuestros deseos caen en el egocentrismo, anteponiendo en todo momento el “yo” por encima del “tú” y del “nosotros”. Por poner un solo ejemplo, uno muy reciente: en estos casi dos meses que llevo de “peregrinaje” por el ambulatorio y el hospital, he podido comprobar de primera mano la forma en que, en medio de la situación que estamos padeciendo por el Covid, resalta sobremanera todo esto entre los pacientes de otras dolencias menos graves. Si ya de por sí la paciencia y el sosiego no suelen ser virtudes que suelan brillar como norma general entre la especie humana, en estos momentos menos aún. Todo el mundo quiere que le atiendan el primero. La crispación se palpa en el aire. Las críticas no tardan en aparecer si la realización de una radiografía se demora diez minutos. Las malas caras son la tónica porque los resultados de los análisis se demoran, como si no hubiera más personas esperando lo mismo. Todos se quejan a la más mínima. Nadie da las gracias. Nadie le dedica unas palabras de amabilidad o una media sonrisa de complicidad a los sanitarios. Entiendo perfectamente –y hablo también por mí- que, cuando se está enfermo, el estado de ánimo no es el mejor, y menos en la situación actual que, usando el lenguaje coloquial, “nos tiene quemados”. Pero de ahí a que nadie se ponga en la piel de los otros pacientes y, sobre todo, de los médicos y enfermeros, a pesar de que están experimentando un estrés constante y que les está afectando su salud física y psicológica, dista un abismo. El deseo siempre es el mismo: “yo”, “mío”, “ahora”, “ya”.

Imagina un mundo donde las personas no tuvieran la clase de “deseos” que he citado y, por lo tanto, no se llevarán a cabo. Desde el mayor gobernante del país más poderoso del mundo, pasando por aquellos que se basan en la autocracia, acabando con el más sencillo de los mortales, entre los que nos encontramos tú y yo. ¡Sería algo completamente diferente!
Muchos siguen sin comprender estas palabras que Dios le dedicó a Caín respecto a los deseos pecaminosos y que son igualmente aplicable a nosotros: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él” (Gn. 4:6-7). El pecado no tiene que controlarnos porque ya no es nuestro “Señor”. Como señala Bob Davies: “No reclamamos que somos perfectos. El pasado siempre va a estar en el fondo, existen luchas ocasionales, pero no rigen mi vida. Es una decisión progresiva la de rendirnos al llamado de Cristo”. Lo mismo que apunta Mike Haley: “Aunque las tentaciones ocasionalmente siguen llegando las comparo con una mosca molesta. Pasan junto a mí y me molestan durante un minuto. Las ahuyento y se van”.
No olvidemos que, al fin y al cabo, la causa de que la sociedad sea tal cual contemplamos es, sencillamente, por los deseos egoístas de cada una de los individuos que queremos hacer nuestra propia voluntad, como el pueblo de Israel cuando no quiso un profeta que les dictara los mandamientos de Dios sino un rey para ser “como todas las naciones” (1 S. 8:20), y cuyas consecuencias todos conocemos. Ya lo explicó Juan a la perfección y en pocas palabras hace dos mil años: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:16-17). Y Santiago terminó de rematar la idea: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stg. 4:1-3).

Un canto de esperanza
(Diana con la Armadura Aguila Dorada, que en el pasado perteneció a Asteria)

 Recuerdo que, cuando estrenaron en 2016 “Batman v Superman: El amanecer de la justicia”, la criticaron por ser argumentalmente “demasiado oscura y dramática”. Ahora con “Wonder Woman 1984” la critican por lo opuesto: por una supuesta conclusión pretenciosa y llena de ñoñería por un “exceso de luz”. Los aficionados no saben ni lo que quieren y rara vez están satisfechos.
Entre las críticas positivas que he encontrado de esta secuela de La chica maravilla, todas tienen un denominador común, y que es la misma con la que me siento identificado tras visualizarla: el mensaje actual e imperecedero que transmite sobre cómo podemos cambiar las personas –cada uno de nosotros- desde el momento en que renunciamos  voluntariamente a ciertos deseos: los malos mayormente, y algunos lícitos que lo mejor es dejarlos pasar, porque, por unas razones u otras, no nos convienen: cierto trabajo, cierta amistad, cierta pareja sentimental, cierta afición, ciertos beneficios económicos, etc. Por eso toca a cada uno reflexionar en ambos aspectos: los deseos lícitos y los ilícitos (cada uno sabe cuáles son los suyos), y más si algunos de ellos se han logrado ya de formas “poco honestas”.
Diana renunció a Steve a cambio de sanar físicamente, recuperar sus poderes y ayudar a la raza humana; Barbara renunció a ser igual a Diana y recuperó su antiguo ser; Maxwell renunció al reconocimiento y al poder a cambio de salvar a su propio hijo por puro amor. A todos ellos les dolió en lo más profundo de su corazón desistir, pero lo hicieron por un bien mayor.
(Diana y Steve en el momento de la despedida)

(Maxwell abrazando a su hijo tras el reencuentro)

Por último, la propia Wonder Woman, usando el Lazo de la Verdad atado al cuerpo de Maxwell para comunicarse con toda la humanidad a la vez, convenció a ésta de renunciar a sus malos deseos con estas palabras: “El mundo era un lugar precioso tal y como era, y no se puede tener todo. Solo se puede tener la verdad. Y la verdad es suficiente. La verdad es preciosa. Mira el mundo y mira lo que tu deseo le está costando. Tienes que ser un héroe. Solo tú puedes salvar el presente. Renuncia a tu deseo si quieres salvar el mundo. Porque tú no eres el único que ha sufrido, que quiere más. Que quiere recuperar a alguien. Que no quiere volver a tener miedo. O sentirse solo. O asustado. O impotente. Porque tú no eres el único que ha imaginado un mundo donde todo era diferente. Mejor. Por fin. Un mundo donde ser amado, tenido en cuenta y valorado. Por fin. ¿Pero qué precio has pagado? ¿Ves la verdad?”.
Su mensaje es coincidente con el bíblico por tres razones:

1) Si la primera parte se centraba en cómo el amor podía salvar el mundo, en esta continuación se añade el poder de la verdad y la anteposición del “nosotros” por encima del “yo”. En el largometraje, el dios de la mentira –Dolos-, en la Biblia es el diablo, “padre de mentira” (Jn. 8:44) y el mayor ególatra de todos los tiempos. Este ser lleva haciendo promesas de felicidad desde el comienzo de la historia que solo traen desgracias presentes y eternas. Tristemente, los seres humanos siguen picando sin aprender de sus predecesores.
Por su parte, que Jesús es la personificación de la Verdad (Jn. 14:6), la cual hace verdaderamente libre al que la acepta (Jn. 8:36).

2) El mundo era un lugar precioso en el Edén antes de que entraran los deseos del hombre ajenos a las intenciones de Dios: “Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12).

3) Aunque Diana derrotó a Barbara usando la fuerza (en primera y última instancia, sigue siendo una película de superhéroes), la gran victoria no la logró usando los puños sino hablando a lo más profundo del corazón, tal como hizo Dios en la cruz por medio de Cristo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:16-17).

Conclusiones
Por todo lo narrado en esta película, más allá de sus espectaculares escenas de acción, de la vibrante banda sonora del siempre genial compositor alemán Hans Zimmer y de cómo refleja la mitología que se lleva mostrando en las viñetas de los cómics desde el año 1941, trae un mensaje de esperanza y de luz en un mundo actual donde ambas escasean. Nos muestra que nuestro panorama personal interno y la forma en que vemos la vida depende de nuestros propios deseos. Y ojo, no me estoy refiriendo a esa falsa teología y filosofía que enseña falazmente que son nuestros pensamientos los que “crean” nuestra realidad. Eso es falso. Millones de personas pasan por este mundo con nobles deseos y no tienen una vida destacada ante sus semejantes ni su mundo es de color de rosa.
Si se llevara a cabo la enseñanza que se transmite en esta fantasía, la vida en este planeta sería radicalmente distinta. Dicho esto, y como siempre repito: no va a haber cambios globales a mejor. El mundo y su moral va a ir seguir yendo a peor hasta la parusía, puesto que la propia maldad no la vemos únicamente ya entre individuos sino de forma institucionalizada con leyes que atentan directa y flagrantemente contra los designios divinos.
Por lo tanto, el cambio debe ser “personal”, en lugar de dejarnos llevar por la corriente de este mundo, teniendo claro que nuestros deseos no pueden ser los mismos antes de la conversión que después de ella: “Todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef. 2:3).
Como dijo Pablo insistentemente en diversas cartas: “Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne. [...] Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne... los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. [...] En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos. [...] Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría. [...] enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Ro. 13:14; Gá. 5:16, 24; Ef. 4:22; Col. 3:5; Tit 2:12).
Espero que hayas comprendido que “el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne” (Gá. 5:17) y en qué manera cambia la vida presente, el futuro y la eternidad en función de cuáles sean tus deseos. En ti queda qué hacer al respecto.


[1] Como en El ascenso de Skywalker: La imperiosa necesidad que tenemos tú y yo de ser redimidos: https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/05/el-ascenso-de-skywalker-la-imperiosa.html, Mignonnes, cuties y guapis: niñas y adolescentes que no saben lo que es la feminidad por culpa de los adultos (1ª parte): https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/09/mignonnes-cuties-y-guapis-ninas-y.html

 [2] Esto me recordó sobremanera a la trama principal de una de las grandes obras para adultos que ha dado el manga japonés, la la conocida obra “Death Note”, donde se podía matar a cualquier persona si se deseaba de corazón y se escribía el nombre en ese libro de muerte, surgiendo el planteamiento filosófico de si esto, en manos justas, podía acabar con la maldad en el mundo.