lunes, 6 de noviembre de 2023

1.3 ¿Los cristianos predicamos que tanto homosexuales como heterosexuales somos malos por naturaleza y necesitamos de la misma salvación, o solo nos referimos a los homosexuales?

Venimos de aquí: 1.2. ¿Los grupos LGTBI ignoran voluntariamente u olvidan que no todos los que se dicen cristianos lo son realmente? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2023/02/12-los-grupos-lgtbi-ignoran.html).

Como haré a lo largo de toda la obra, aviso que los capítulos de este libro hay que leerlos en el orden en el que están escritos, sin saltarse ninguno. El lector queda prevenido.

A lo largo de los años, he ocupado el mismo puesto laboral con varios homosexuales no creyentes y, excepto con uno que se reconoció, literalmente, como “vicioso y bisexual”, yendo contra mí desde el momento en que supo que yo era cristiano –por el simple hecho de serlo y sin hablar conmigo sobre nada-, y usando un lenguaje soez, el trato mutuo con el resto ha sido cordial. Ahora bien, según la definición hecha por Jesús, “bueno” solo hay uno: Dios (cf. Mr. 10:18). El resto, se denominen homosexuales o heterosexuales, “están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23) puesto que “no hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Por lo tanto, todos necesitamos del arrepentimiento y de Cristo. Si nos quisieran acusar de algo por señalar esta idea, no nos tendrían que acusar de homófobos, sino de “hetero-homo-fobos”. Además, abarcamos también a cada habitante de los cinco continentes, de toda raza, lengua y nación, ya que incluimos a todo el mundo. ¿Nos llamarán, entonces, todo-fobos, por predicar el mensaje de salvación?
En multitud de ocasiones –incluso de boca de cristianos- he oído decir que “Dios nos acepta tal y como somos”. Eso es completamente falso. Si esas palabras fueran reales, no habría existido la necesidad por parte del Hijo que hubiera muerto por nosotros en la cruz. Tal y como enseña el diccionario, aceptar significa “aprobar o dar por bueno”[1]. Únicamente somos aprobados por Dios cuando aceptamos el sacrificio que Jesús llevó a cabo por nosotros y que lavó nuestros pecados: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Ro. 3:21-26).
“Amar” y “aceptar” no son sinónimos. Sí, somos amados por Él antes de ser aceptados, pero no somos aceptados antes de habernos arrepentido: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Ro. 5:8-9).
Por lo tanto, todo lo reseñado en este apartado del capítulo primero, abarca tanto a heterosexuales como a homosexuales, ya que Cristo murió por toda clase de persona, y demanda el arrepentimiento en todos aquellos aspectos que van en contra de Su voluntad.

Continúa en 1.4 ¿Que los cristianos anunciemos el Evangelio y el arrepentimiento a los homosexuales es un acto de odio o de amor?: https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2023/12/14-que-los-cristianos-anunciemos-el.html

lunes, 30 de octubre de 2023

Jesús Revolution (3ª parte). Si eras cristiano, ¿tienes razones para alejarte de Dios? Y, si no lo eres, ¿tienes razones para no buscarlo?

Venimos de aquí: Jesús Revolution (2ª parte). 22 de junio de 2003: Una pequeña historia de mi paso por una iglesia convertida en secta (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2023/10/jesus-revolution-2-parte-22-de-junio-de.html).

Lo que conté del partido de fútbol, se podría considerar una anécdota con efectos muy desafortunados, una mala experiencia que me podría haber evitado con una poquita más de sabiduría y sentido común. Como no fue el caso, me tocó cargar con ella. Lo que viví años después, y que espero algún día poder contar, fue un verdadero calvario. Pero mi intención al narrarla, junto a todo el mal que conlleva el legalismo, era traer a colación “tu propia historia”:

- si te has enfriado o apartado de Dios, es posible que haya sido causado por experiencias sumamente desagradables, incluso traumáticas, y tengas “tus razones para ello”.

- si no eres cristiano porque has oído historias semejantes, y prefieres mantenerte al margen y vivir tu propia vida, puedo entenderte.

A vosotros, estéis en un grupo u otro, os vuelvo a querer hablar desde las entrañas, mostrar la realidad sin tapujo alguno y ver qué se puede hacer al respecto.

Te comprendo perfectamente, pero... ¿esa es la realidad de Dios? ¿Y la tuya?
¿Quién, en su sano juicio, querría estar, ni remotamente cerca, de un grupo de personas, que se hacen llamar cristianos, que te hacen daño? Nadie en absoluto.
¿Cómo me sentí cuando salí de aquel lugar? Junto con la muerte de mi padre, fueron los peores meses de mi vida. Me apabullaron. Mis emociones se desbordaron por completo. Perdí el control de la situación, y no sabía qué hacer al respecto. La inmensa mayoría de mis amistades desaparecieron. Experimenté la muerte social. Llegué a tal límite que me planteé acabar con todo, por primera y última vez en mi vida. Y no hace falta que escriba la palabra para que entiendas a qué me refiero. Nunca fui de víctima, y eso me ayudó a seguir adelante. Pero ese túnel, que me llevó meses atravesar, fue negro como el carbón.
Por eso puedo empatizar con cualquier persona, tanto antiguos cristianos –que se han sentido usados, abusados y manipulados, y todo lo que les huele a “cristianos” les crea animadversión-, como los que no son creyentes y no quieren saber nada del tema. También digo que me resulta muy triste que algunos solo hagan referencia al cristianismo cuando quieren hacer mofa de los falsos creyentes. Todo lo que expuse en el escrito anterior puede presentarse como “razones” para abandonar a Dios, pero serían excusas por mi parte, y por cualquier otra persona que se agarre a ellas para defender su postura de “adiós, Dios” o seguiré creyendo en ti, pero a mí manera. A partir de ahora, viviré mi propia vida, tomaré mis propias decisiones sin contar contigo, y basaré mi ética y moral en lo que yo crea”.
Recuerda, una vez más, que el hecho de que haya individuos que afirmen ser cristianos y no sean de ejemplo, no significa que esa “realidad” represente a Dios. Imagina que asistes invitado a un partido de fútbol entre el Milan y el Sevilla. Y allí contemplas a varios centenares de aficionados de ambos equipos enfrentándose a pedradas y puñetazos. Es tal la escena, que tú, junto a miles de personas inocentes, tienes que salir corriendo, y la Policía interviene con contundencia. Si, días, semanas, meses o años después, me conocieras y, hablando, te contará que soy aficionado al Sevilla, ¿pensarías, automáticamente, que soy una persona “violenta”? Sería un prejuicio si lo afirmaras. Bastaría con saber un poco más de mí para saber que esos individuos “sevillistas” no me representan, ni a mí, ni a nadie. Pues con los “cristianos” y “Cristo”, exactamente igual. Que haya “malos cristianos”, “falsos cristianos”, “hipócritas”, “individuos que dicen y no hacen”, “que no aman a pesar de hablar todo el día de amor”, no significa, ni muchísimo menos, que ESA imagen sea la de Jesús de Nazaret.
Por eso quiero ser muy claro: si eres de los que se apartó de Dios a causa de terceras personas, de lo que te hicieron, de lo que te causaron, de lo que te provocaron, sigues siendo esclavo de lo que ellas hicieron contigo; por una sencilla razón: continúan controlando tus decisiones. Has tomado un camino en base a las acciones de otros individuos. De ahí que...

Vivir en paz sin Dios es una falsa paz.

Vivir confiado sin Dios es una falsa confianza.

Vivir libre sin Dios es una falsa libertad.

Vivir feliz sin Dios es una falsa felicidad.

Vivir con la vida resuelta sin Dios, es no haber resuelto nada.

Vivir con un propósito que no incluya a Dios, es una vida sin propósito.

Vivir con sueños que no incluyan a Dios es un sin soñar.

Y sé que tú sabes todo esto, aunque no quieras dar tu brazo a torcer, y trates de negarlo con acciones y palabras, mostrando al mundo “cuán feliz eres” y “cuán bien te marcha todo”. Pero, como dice Miguel Contreras, en su libro El vacío del alma que solo Dios puede llenar: “Si alguien busca estar satisfecho fuera de Dios, entonces vivirá con el vacío del alma, independientemente de lo que acumule. Ese vacío del alma se tiene desde que uno nace hasta que Dios en su plan soberano lo llena. Entonces la vida es transformada. Hoy entiendo que lo más importante es la certeza de la eternidad al lado de Dios”.

Tú, tú, tú y solo tú, con Dios
Acabaré, una vez más, hablándole tanto a los no cristianos como a los que se apartaron o enfriaron: 

1. A los que no son cristianos, que rehúyen buscar a Cristo, por experiencias como las que narré, u otras, pudiendo tener miedo a que algo así les suceda. Por un lado, ya están sobre aviso, y les he dejado claro que, el hecho de “alguien te diga que es cristiano”, no significa que lo sea, ni que ESA sea la imagen de Dios. Es fundamental que, en tu mente, aprendas a separar lo uno de lo otro.
¿Mi consejo, a ti, seas un buscador o no? Dos en concreto: el primero, es que compres y leas detenidamente el libro “El Caso de Cristo”, de Lee Strobell. Su esposa se hizo cristiana, y él, periodista ateo, quiso mostrarle su error, llevando a cabo una ardua investigación. Y no me digas que no tienes diez euros, que es lo que cuesta, cuando el precio de ese libro te lo gastas en cualquier prenda de vestir o en tomarte una hamburguesa. Lo puedes solicitar en cualquier librería, y si no, aquí lo tienes en Amazon: https://www.amazon.es/caso-Cristo-investigaci%C3%B3n-periodista-Investigation/dp/0829721924/ref=cm_cr_arp_d_product_top?ie=UTF8

Y mi segunda recomendación, que te parecerá hasta extraña: lee el Evangelio de Marcos. Son solo dieciséis capítulos. No hace falta, ni mucho menos, que lo entiendas todo o que te vayas deteniendo en las dudas que te vayan surgiendo. Ya habrá tiempo para eso algún día. Ahora, limítate a pasear concienzudamente por sus letras, con la mente abierta. Entra en la historia como si la estuvieras viviendo en una película. A ver qué te encuentras y qué te parece. Date esa oportunidad. Dale a Dios esa oportunidad.

2. Por último, a los apartados y enfriados, aunque no diré nada nuevo o que no sepan:

¿Y qué si hay malas personas?

¿Y qué si hay falsos cristianos?

¿Y qué si hay individuos que juegan con el nombre de Dios a su antojo?

¿Y qué si te hicieron daño?

¿Y qué si otros se apartaron?

¿Y qué si ves hipocresía?

¿Y qué si escuchas de las “obras de la carne” que cometen los demás, como “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías”?
¿Y qué, con todo eso? Recuerda lo que le dijo Jesús a Pedro: “¿qué a ti? Sígueme tú” (Jn. 21:22). ¡Tú, tú, tú, tú, túuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

¡Deja de ser esclavo de lo que otros hacen o dejan de hacer! Ponte delante de un espejo, que te veas bien la cara, porque vas a hablarte a ti mismo. Pero mira bien: no te quedes en los ojos o en tu boca. Ve más allá, a tu alma. Si tienes que gritar, hazlo. Si tus vecinos se asustan, que se asusten. Enfádate si quieres, hasta rabiar. O llora. Lo que necesites. Y repite ante ti mismo: “NO ME DA LA GANA SER ESCLAVO DE LAS MALAS DECISIONES DE LOS DEMÁS O DE LO QUE ME HAN HECHO. DIOS MÍO, TE QUIERO SOLO A TI, SOLO A TI, SOLO A TI. PERDÓNAME POR HABERTE DEJADO A UN LADO. QUIERO QUE SEAS MI MUNDO, MI ALEGRÍA, MI CONSUELO, MI SUEÑO, MI META Y MI ILUSIÓN”.
¡Me encantaría levantarte en peso de los mofletes para hacerte reaccionar, leñe! Pero no depende de mí lo que hagas a continuación. Solo digo que me da exactamente igual si son esas palabras u otras, y que mi único deseo es que retornes a TU SALVADOR y al primer amor. Que Él vuelva a ser tu Señor.

lunes, 23 de octubre de 2023

Jesús Revolution (2ª parte). 22 de junio de 2003: Una pequeña historia de mi paso por una iglesia convertida en secta

 


Venimos de aquí: Jesús Revolution (1ª parte). ¿Estás perdido y no lo sabes? ¿O sí lo sabes? ¿Estás buscando o no lo haces? ¿Piensas que Dios, “y ese tipo de cosas”, no son para ti? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2023/10/jesus-revolution-1-parte-estas-perdido.html).

Nota aclaratoria:

1) Ninguna de las sílabas vertidas en este escrito expresan sentimiento alguno de animadversión, sino la exposición de una serie de acontecimientos que, en su mayoría, son de dominio público desde hace bastantes años, y cómo los viví.

2) No deseo absolutamente ningún tipo de mal a las personas que aludo. Lo que tengo “en contra” no es “contra ellos”, sino “contra lo que enseñan” y “su discurso”, tanto a nivel doctrinal, como en cuanto a praxis eclesial, dadas las nefastas consecuencias que han conllevado en la vida de muchas personas.

Dicho esto, añadir que cualquier otra interpretación ajena a las intenciones ya expresadas, será una distorsión de las mismas, donde no me corresponderá a mí responder de lo que otros puedan o quieran entender de mis palabras. 

En primera instancia, puede parecer que, lo que voy a contar en este escrito, “rompe” con la línea argumental mostrada en la primera parte, cuando analicé la película “Jesús Revolution”. Nada más lejos de la realidad: tiene un claro propósito y, cuando se lea el tercer artículo, todo cobrará sentido.

Un ejemplo de legalismo & Sentimientos de culpa
Mi intención no es caer en el morbo per se y narrar algo porque me apetezca, que no es el caso. Además, es una historia más, entre muchas; ni más ni menos importante. De esta manera, mostraré cuánto mal puede hacerle a una persona cuando el cristianismo genuino se deforma. Y esto sucede a la par que entra en acción lo que se conoce como “legalismo”.
Más que una herejía en sí, es una idea que te transmiten, directa o sutilmente: mientras asistas a un mayor número de cultos, de reuniones, de retiros, de oraciones, de vigilias, de conferencias, de talleres, de congresos, entre decenas de quehaceres, te enseñan que “más consagrado estás” y “mejor cristiano eres”. Esto lleva a que valoren tu persona, tu carácter, tu fe y tu espiritualidad por el número de actividades que lleves a cabo. ¡Ojo! No estamos hablando de cumplir mandamientos específicamente ordenados por Dios, lo cual es lo que realmente determinada si Él es nuestro Señor (cf. Lc. 6:46). Me refiero a llevar a cabo el programa que cada iglesia local establece sin falta, donde muchas de las tareas que se llevan a cabo, y el número de ellas, son extra-bíblicas –es decir, no ordenadas por Dios-, cayendo así en el legalismo. Esa es la diferencia y el matiz.
¿Cómo padecí ese legalismo, que otros muchos sufren de múltiples maneras, y que me ha dejado una huella imborrable en mi alma, para mal? Mi padre y yo compartíamos varias aficiones, que disfrutábamos juntos desde que yo era crío. Una de ellas, como el de casi todos los hijos de este país, era el fútbol, siendo ambos seguidores del Real Madrid. El 22 de junio de 2003 se celebraba el último partido de Liga contra el Athletic de Bilbao. Si ganaban los nuestros, seríamos campeones. ¿Dónde estaba el conflicto? Que caía en domingo por la tarde, momento en que había culto, puesto que la iglesia a la que asistía por entonces tenía establecidos un par en ese día. Sabía que, si contaba mis intenciones –quedarme con mi padre en casa por el fútbol-, la charla estaba garantizada. Solo se lo conté a un amigo, puesto que él iba a hacer lo mismo. Fui al culto de la mañana, como siempre, y me despedí de la pastora. A la hora del partido, disfruté como un niño la victoria blanca con mi padre, hasta la mañana siguiente que sonó el teléfono...
Sabía que era ella. Cuando me preguntó por mi ausencia y se la expliqué, montó en cólera. Me dijo que se había sentido como Jesús con Judas: como si la hubiera traicionado. Parafraseó Isaías 58:13, para decirme que “había profanado el día del Señor”. Y terminó con un Uppercut, directo al mentón: “Has demostrado que amas más a tu padre que a Dios”. Traté de explicarle que otras iglesias tenían solo un culto los domingos, y que no pasaba nada. A lo que replicó: “Bueno, pero nosotros lo tenemos establecido así”.
¡Qué barbaridad que no supe ver! ¡Ay, si yo no hubiera sido un neófito en ese momento y sobre mi mente no hubiera pesado el llamado a la sumisión a “los pastores”, algo que no dejaban de repetir en sus predicaciones y exhortaciones!
Me exigió llamar al otro amigo que no había asistido, para decirle que, los dos, lo habíamos hecho mal y teníamos que disculparnos, algo que hice, con apenas fuerza en la voz. Mientras hablaba con él, sentía una dicotomía: como un loro, yo repetía las palabras que me habían dicho, porque me sentía mal, pero en mi mente había una especie de runrún, una parte que no estaba conforme. Al contrario de lo que yo sentía –o, más bien, me habían hecho sentir-, él me dijo que no había hecho nada malo: demostró ser más sabio que yo. Días después, redacté una carta pidiendo perdón por mi “desobediencia”, por haber desilusionado y defraudado a los que confiaban en mí, al ser de mal ejemplo, llegando a la conclusión de que me exhortaron como me merecía. Me sentía tan deficiente para conmigo mismo que, como le dije a un pastor, pensaba que “Dios ya no quería ni verme”.
¿Cuál fue el resultado de dicha llamada? Que nunca más volví a quedarme un domingo con mi padre a ver un partido, para su sorpresa e incomprensión, hasta que falleció en agosto de 2006. Esa decisión –el no haberme quedado más con él-, completamente desacertada por mi parte, es una culpa que viene y va cada cierto tiempo. Una marca que no sé cómo borrar. En esos momentos, solo puedo aferrarme al recuerdo de los buenos momentos que pasé en su compañía, en lugar de los que dejé de vivir.
Daría mi vida, lo que fuera, por volver atrás a aquel día y haber reaccionado de otra manera: me habría ido al instante de dicha iglesia, la cual acabó convertida en una secta, por razones que muchos saben de sobra. ¡Como si no se pudiera amar a Dios y a tus padres al mismo tiempo! ¡Como si profanar el día del Señor fuera no ir a dos cultos en dicho día! ¡Como si honrar a Dios fuera estar en un local de cuatro paredes, cantando y escuchando a otros predicar buena parte del domingo! ¡Como si el hombre hubiera sido hecho para el día de reposo, y no al revés! ¡Qué terrible y espantosa exégesis, y que uso torticero y sesgado se hace de las palabras de Jesús: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”!
Un año después, me quedé de nuevo en casa, un miércoles, por la misma razón; repito: un miércoles. Había culto en otra iglesia local, pero no pensé que fuera a pasar nada, aunque estaba intranquilo por el antecedente. Efectivamente: esa misma noche, otro pastor me llamó para darme un toque de atención, y decirme que “debería haber ido a apoyar”.
La misma pastora, citada en párrafos atrás, cuando ya alcé mi voz, cansado de que siempre se me señalaran supuestos errores –que no los eran-, me contestó, diciendo que “yo no había vivido oprimido, sino que se me había dado libertad para todo”. ¡Ay, ay, ay! Si tu libertad depende de que obedezcas, entonces no es libertad, ni es nada; solo pura esclavitud. Dentro de la ley de Dios somos libres, y fuera de ella somos esclavos del pecado. De igual manera, toda aquella imposición que no procede de Dios es, empleando todos los sinónimos del término, “sumisión, servidumbre, sometimiento, yugo, sujeción, dominio, opresión, explotación, tiranía, despotismo, abuso, vejación”.

El precio de vender un falso cristianismo
Fue ese sistema legalista el que me robó ese tiempo en general, y con mi padre en particular. La pastora era solo una parte más del engranaje, perfectamente engrasado, que ella, y otros, defendían con uñas y dientes, como si fuera la verdad absoluta.
Cuando la tradición y las leyes humanas se convierten en teología, sucede lo inevitable: que se cometen todo tipo de atrocidades y se cae en el abuso espiritual; y lo que es peor: usando el nombre de Dios.
La misma persona, cuando me fui de allí, de nuevo telefónicamente, me echó en cara “todo lo que habían hecho por mí”, como “hacerme obrero” o “haberme dado la oportunidad de desarrollarme como en ningún otro sitio hubiera sido posible”. ¡Y yo que pensaba que es Dios el que hace y levanta! De nuevo, el hombre se cree a la par de su Creador. Jamás se puede aceptar lo inaceptable, como si fuera el precio a pagar en gratitud, por el hecho de que “te pongan a predicar”.
Ante sus aseveraciones, le dije que el servicio había sido mutuo, a lo que contestó: “Lo dudo”. Como con este escrito no tengo ninguna intención de vindicarme a mí mismo, sino exponer unos hechos y mi reacción ante los mismos, estaría de más que enumerara las actividades que llevaba a cabo, aparte de que podría sonar grandilocuente. Los que me conocen de aquellos años, saben si hubo o no servicio por mi parte –tanto eclesial como extra eclesial-, y si son ciertas o falsas esas palabras de “lo dudo”, que me soltó acusatoriamente. Y luego, si quieren, que les pregunten a mis familiares, y cómo los desatendí por estar en mil cultos, reuniones, actividades u otras parafernalias de su propia invención. ¿Fui voluntariamente a muchas de ellas? Sí. ¿Fui voluntariamente a otras muchas? No. Sabía perfectamente la diferencia en el trato en función de lo que hacías o dejabas de hacer. 
Nada de eso tiene arreglo. Nada de eso lo puedo recuperar. Y todo, por cómo me dejé atrapar en una tela de araña.
Quien sabe de mí, tiene la certeza de que, a pesar del dolor de ese pasado, que ya no existe en mi corazón, no escribo desde el rencor. Y si alguno lo piensa, es su problema. Si he descrito esta experiencia es, por un lado, para explicar un aspecto –tanto para cristianos, no cristianos, enfriados o apartados-, que reflejaré en el tercer escrito. Y, por otro, desde el deseo de que nadie más caiga en esta calamidad llamada “legalismo”, sea en una iglesia u otra, porque eso es lo que hace: te carga, te obliga, te aprisiona, te ahoga y te ata unas pesadas cadenas, cuando Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt. 11:28-30).

Lo que podría haber sido...
¿Qué los pastores de esa iglesia tuvieron buenas intenciones al comienzo? Puede ser; es lo que me gustaría creer. Por eso es una pena que, tanto esfuerzo y tiempo dedicado, haya terminado trayéndoles una mala reputación, ganada con creces. La única esperanza que finalmente regalaron fue la de descomponer almas, de todas las edades, y estigmatizarlas hasta fracturarlas. Y todo por adoptar doctrinas extrañas y una mala praxis eclesial, dejando que la carnalidad tomara su lugar.
¿Pienso entonces que comenzaron siendo una iglesia y terminaron pareciendo otra cosa muy distinta? Sí, lo creo. Por diversas razones: aunque muchas de sus doctrinas eran ortodoxas, y que comparto (la Trinidad, la salvación por gracia, la resurrección de Cristo, la Segunda Venida, etc.), se sirvieron de un sistema eclesial putrefacto –cuya raíz estaba en la herejía de “los Ungidos de Jehová”, que analizaré en el futuro-, para hacer de ello un estilo de vida eclesial, que caía en un control malsano. 
Frases como “qué desilusión nos hemos llevado”, “con todo lo que hicimos por él” o “nos han fallado”, eran repetidas hasta la extenuación para describir a los que salían. El extremo era tal que, a la inmensa mayoría de los que se marchaban, por no compartir su forma de gobierno, eran tachados de “hijos de las tinieblas”, “rebeldes”, “resentidos”, “hacedores de las obras de la oscuridad” o “enemigos del Reino de Dios”, extensa lista en la que me incluyeron tras mi salida. Eso cuando no teníamos algún tipo de demonio controlándonos... Tenían ideas tan asombrosas que llegaban a proclamar –y siguen haciéndolo- que, cuando tal o cual persona, que ellos consideraban “divisoria”, se alejaba de allí, la iglesia crecía, puesto que Dios estaba haciendo “limpieza”. Dichas palabras superan ampliamente lo enfermizo.
Si una ínfima parte del tiempo que dedicaron a convertir en parias a sus “enemigos” lo hubieran invertido en estudiar sana teología, sin los prejuicios y sin la influencia doctrinal a la denominación que pertenecían, y en pasajes muy concretos sobre la autoridad, la historia habría sido muy distinta. Lo que un día fue una hermosa iglesia de más de trescientos miembros, posiblemente hoy sería de miles y, sobre todo, madura en el Señor.
Para ellos, sus propias desgracias, los malos momentos que les llegaron, y les siguen sobreviniendo, e incluso problemas de salud puntuales, fueron provocados por los que no seguían su misma línea. La verdad es que todo lo que les aconteció, junto al desprestigio y el deshonor, se lo causaron ellos mismos, por cómo actuaron durante décadas –que se dice pronto-, y no por lo que dijeron, digan o dejen de decir los demás, que nos limitamos a contar hechos que se repiten sin cesar, variando únicamente los matices de cada historia personal. Son tantos los testimonios, que la lista no tiene fin, aunque no me corresponde a mí contarlos, sino a ellos, si quisieran.
No son las víctimas, como tienden a presentarse, puesto que sus escándalos no fueron nunca por predicar el Evangelio –lo cual sería parte del precio por seguir a Dios-, sino por sus malas acciones, que partían de una base doctrinal desatinada. Como dijo Abraham Lincoln: “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo... se puede engañar a algunos todo el tiempo... pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.
A pesar del buen trabajo que pudieron hacer en algunas áreas, terminaron manifestando absolutamente todas las obras de la carne: “enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidia” (Gá. 5:20-21). Algunos se alegrarán de su caída –la cual es parte de la justicia divina-, pero a mí me causa profunda tristeza, sabiendo lo extraordinario que podría haber sido, si lo hubieran hecho en la forma correcta, y no hubieran dejado tantos cadáveres por el camino.

Un precio inasumible
¿Pasé buenos momentos? Sin duda. ¿Vi buenas obras? Claro: predicaban el mensaje de salvación, por el cual muchos se conviertieron por la gracia de Dios, y no hay mejor obra que ella, y que es INSUPERABLE. ¿Me ayudaron en diversas ocasiones? No lo niego en absoluto; al que honra, honra. ¿Aprendí? Una barbaridad, tanto de lo positivo (ciertas amistades y de las clases del seminario), como de lo negativo (mis propios errores y los ajenos, de cómo actuar y cómo no, de lo que es verdaderamente importante como cristiano y lo que no lo es). ¿Me sentí amado? Durante bastantes momentos, también. Y, estoy seguro de que muchos de los que me están leyendo y pasaron por allí, afirmarán lo mismo. Por lo tanto, no renuncio a esa etapa de mi vida, puesto que Dios la permitió para pulirme. ¿Dónde estaba entonces el problema? Resumiendo:

- En descubrir que se te valoraba por lo que hacías. Cuando llevabas a cabo sus indicaciones, se te consideraba “un sol” y “alguien entregado al servicio del Señor”. Cuando decías que no, fuera en temas eclesiales o personales, te acusaban de “no estar cargando la cruz de Cristo”, “de no ser de ejemplo”, “de no estar entregado por completo” o “de no aceptar la autoridad del pastor”.
- En que cualquier tipo de desavenencia la achacaban a problemas personales o familiares, y nunca a sus faltas, como si fueras tan inútil que no supieras separar lo uno de lo otro.
- En comprobar, una y otra vez, que se sentían en la libertad de contarse entre ellos –o a otros- intimidades ajenas, sin pedir permiso, algo que, en sentido inverso, no podía hacerse bajo ningún concepto. Como una vez me dijeron: “Las cosas se pueden saber de arriba abajo, pero no de abajo arriba”. Esa forma de pensar es muy habitual entre aquellos que han caído en la errada creencia de que en la iglesia existe una Jerarquía piramidal: los pastores arriba, y el resto del pueblo abajo, y que nace, nuevamente, de la herejía de los Ungidos.
- Intrínsecamente relacionado con el punto anterior, en ver que no vivían lo que predicaban en lo que concierne a las críticas. Los demás no podían decir nada de ellos, pero ellos sí podían decir cualquier cosa de los demás.
- En constatar que, si opinabas de otra manera a la oficial en temas doctrinales o personales, no tardaban en sacar a colación la palabra “rebelde”.
- En tomar conciencia de que, las dos expresiones que más empleaban para guiarte (realmente, controlarte), –“siento de parte de Dios” y “Dios me ha dicho”-, tenía su verdadero origen en la información que terceras personas les habían descubierto.

Podría seguir, seguir y seguir. Cuando llega el día en que tus ojos son realmente abiertos a este panorama, que ese amor que te ofrecían conllevaba una servidumbre absoluta, basada en un errado concepto de la obediencia y la autoridad, que incluía designios caprichosos, al final te dabas cuenta de que no merecía la pena el esfuerzo; ni por asomo. Terminabas por no desear esa clase de cariño; ni por todo el oro del mundo.
Manifestarán que lo dieron todo por todos. Y puedo llegar a creer que lo vieran así. Pero el precio que exigían a cambio era inasumible, e iba más allá de lo que Dios mismo demanda de sus hijos. 

¿Es el final de la película?
Por todo lo descrito, a los quince años de mi marcha, los expulsaron. Aunque humanamente considero tardó en demasía, finalmente aconteció lo que un Proverbio bíblico anuncia: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” (16:18).
La tristeza es que, los que los echaron, por no haber actuado antes, ya no pudieron evitar el destrozo que se causó en tantísimos cristianos. A mis ojos, esa es la gran tragedia; ese es el gran drama.
Cada uno tiene sus propias teorías sobre ellos: unos piensan que creían estar en lo correcto y por eso actuaban como lo hacían. Y la prueba es que no han cambiado. Otros opinan que sí lo sabían, pero que reconocer públicamente que estaban equivocados sería una humillación, desmoronándose todo el castillo del pasado. Por último, están los que llegan a la conclusión de que, algunas de estas personas, no habían nacido de nuevo, que no tenían corazones regenerados, sino que vivían una religiosidad que camuflaban bajo una supuesta “vocación cristiana”, que la evidencia empírica y objetiva no respaldaba.
¿Mi opinión? Evidentemente, la tengo, según mi propia observación, y que es una mezcla de las tres, según cada caso e individuo. Si a eso le sumamos una deficiente educación teológica, un modelo errado de pastoreado y la naturaleza caída que todos traemos de serie, pues ya está el puzle completo. Dicho eso, añado que, ante el que me pregunta, siempre afirmo lo mismo: será Dios quien diga la última palabra cuando llegue el momento.
Estarán aquellos que no entenderán por qué no se ha buscado la reunificación y la restauración para estos “jefes” (en plural), como enseña el mismo sentir del Señor. Mi respuesta ante tal dilema es muy clara: han tenido tiempo de sobra y oportunidades por doquier para arrepentirse –algo que algunos de los de su círculo cercano sí han hecho-, puesto que han sido confrontados en muchas ocasiones. Pero, en lugar de rectificar...

NO
LO
HAN
HECHO

Es más, han seguido aferrándose a sus preceptos. Por eso lo pregunto al aire sin acritud, sino desde la incredulidad continua y la incomprensión más absoluta: ¿es que no son conscientes de cuánta desolación han provocado a su paso con sus enseñanzas y la aplicación de las mismas? Es como si se hubiesen autocegados voluntariamente y vivieran dentro de una burbuja, en una realidad paralela. Es algo que cuesta entender, como le resulta a otros muchos que se plantean lo mismo.
Sabiendo que algunos no estarán de acuerdo con estas palabras, tengo que decirlas, o más bien repetirlas, puesto que ya las dejé por escrito en “Cuando la iglesia falla en proteger a una víctima de abuso sexual & ¿Qué debería hacer la Iglesia y el afectado en esos casos?” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2023/08/cuando-la-iglesia-falla-en-proteger-una.html), porque de lo contrario iría en contra de lo que creo: sigo esperando a que suceda algo, no sé el qué, que les lleve a una catarsis, de tales dimensiones, que lleguen al quebrantamiento, al arrepentimiento que produce “vida”, y así puedan ver, por sí mismos, cuánto mal han hecho, a cuántas ovejas del rebaño de Dios han destruido y dispersado, para pedir perdón de puro corazón.
Esta película aún no ha concluido, puesto que siguen por otros lares. Ojalá hayan aprendido de sus errores, recapaciten y deshagan todo lo que deban deshacer. Pero, incluso aunque cambiaran, moralmente están desautorizados para todo lo que tenga que ver con “pastorear”, “predicar” o “liderar”, y deberían apartarse de todo ello. En lugar de camuflarse bajo versículos bíblicos, mostrando una apariencia de “felicidad” de cara a los que todavía les siguen y no han sufrido en sus carnes todo lo descrito, el arrepentimiento sería el vehículo por el cual dedicarían el resto de sus vidas a reparar, desde un segundo plano, el estropicio que han causado, y a obrar para el Señor de otras maneras, alejadas de los focos y de la primera plana.
A pesar de que alguna vez escuché que ellos iban declarando que yo seguía en la sombra, moviendo hilos para derrocarlos, “haciendo la obra de las tinieblas” –como decían de mí-, nada más lejos de la realidad. Me mantengo completamente al margen de todo desde que me evaporé de dicho lugar, en el ya lejano 2008. Por suerte, ni siquiera vivo en la misma ciudad. Pero los que siguen al tanto de la noticias, de sus aventuras y desventuras, me comentan que no ven posible que ese cambio suceda. Conociendo las dificultades, es bien conocido ese refrán sobre la esperanza y lo último que se pierde. La obra es de Dios y es el Espíritu Santo el que convence de pecado (cf. Jn. 16:8). Así que, quién sabe.
Por mi parte, y por todo lo expuesto –que solo es una pequeña porción del pastel-, salí de allí. Lo decidí después de escuchar las vivencias de otros hermanos hasta altas horas de la madrugada, y que iban en consonancia con mi propia experiencia y sentir. Iba caminando por la calle en dirección a mi coche y, por primera vez en varios años, sentí paz. No podía seguir, ni quería, ni un segundo más. Quitarme esa carga de encima fue una liberación inenarrable.
Aunque la pastora lo negó contundentemente cuando se lo describí, los problemas eran claros como el agua cristalina y estaban bien delimitados, y no tenían su origen en mi época, sino que venían de mucho más atrás. Tristemente, eran los mismos que se dan en muchas iglesias evangélicas, en los cuatro puntos cardinales del planeta, y que se envuelven en un falso aroma de cristianismo, como analice en dos de mis libros publicados: “Herejías por doquier” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/08/normal-0-21-false-false-false-es-x-none_21.html) yMentiras que creemos” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/06/mentiras-que-creemos.html).
Ahora bien, antes de mi marcha, traté de inducir un cambio radical, pero los hermanos afectados decidieron no tomar partido y dar al frente el paso necesario, por unas razones u otras; algunas comprensibles y otras no tanto, así que, viéndome solo, desistí. En perspectiva, ahora está claro que todavía no había llegado el momento.
El infierno que se desató después, es otro relato que, sin se dan las condiciones adecuadas y es de utilidad, dejo para otra ocasión, puesto que no tengo nada que ocultar, ni siquiera mis faltas. Pero hoy no es el momento, ya que sería desviarme en exceso del tema que he tratado –el legalismo-, y a la enseñanza vital que quiero exponer en la tercera parte.

Continuará en Si eras cristiano, ¿tienes razones para alejarte de Dios? Y, si no lo eres, ¿tienes razones para no buscarlo?