lunes, 13 de marzo de 2023

Rocky, el potro italiano (2ª parte). ¿Te han golpeado? ¡Levántate de la lona!

 


Venimos de aquí: Rocky, el potro italiano (1ª parte): Como hijo de Dios, ¿cuál es tu verdadera lucha? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2023/03/rocky-el-potro-italiano-1-parte-como.html).

Para no repetir mi propósito con estos escritos, el origen de la historia real, la trama de la película de 1976 y todo lo descrito, remito al primer artículo.

Recibiendo golpes en el cuadrilátero & ¿De dónde viene tu poder?
Puede que tengas tu cara como Rocky, llena de moratones, “como un mapa”, metáfora de un alma herida a causa de los golpes recibidos. Circunstancias en tu vida que hicieron que nunca llegaras a “despegar”, donde lo único que recuerdas son los sueños que tenías y que te esforzaste en llevarlos a cabo. Y prefieres no pensar mucho en ello, porque te sientes culpable si lo haces. O puedes que hayas tenido a tu alrededor personas que te hayan dado el terrible y destructor consejo de dejar de crecer, provocando tu propia desilusión. Quizá llevas toda la vida menospreciándote y nunca te has dado la oportunidad de luchar. Incluso puede que te rindieras al poco de intentarlo.
Quién sabe si sencillamente te has conformado y te baste con disfrutar de vez en cuando de algún buen día. O que te ampares en tu temperamento para decir que no puedes. O que sientes que desperdicias tu vida, e incluso alguna vez te lo han dicho. Hay tantos “o” que no acabaríamos nunca. Así se sentía el “Potro italiano”. Así puedes que te sientas tú. Así que volvamos de nuevo a unas palabras que todos conocemos de memoria para poder verlas en una mayor perspectiva de lo que solemos hacer: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17). Lo que no somos conscientes es que dicha afirmación no es solo para un momento determinado, y que se resumen al momento de la conversión, al antes y al después. La realidad es que siguen teniendo la misma validez “después de”. Cada día de tu vida se te ofrece la oportunidad de empezar de nuevo y de hacer lo que no hiciste ayer. Borrón y cuenta nueva. Una oportunidad de dejar el pasado atrás y de comenzar a servir a Dios.
En la primera cita que tuvo con su futura esposa, Rocky le decía que nunca había tenido una oportunidad porque era zurdo y que por ello lo menospreciaban. Y a eso se dedicaba, a boxear, porque no sabía cantar ni bailar. En el fondo, no eran más que excusas. Era el espíritu de un perdedor. Alguien que se menospreciaba y que no se había dado una oportunidad a sí mismo jamás porque estaba convencido, por su propia experiencia negativa, que esté mundo no le permitía alcanzar sus propósitos. Evidentemente, una persona así vive paralizada en el tiempo. El reloj corre a su alrededor, pero él está anclado en su interior.
Nada de esto debe acontecer en un cristiano, ya que “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder” (2 Ti. 1:7). Ya no dependemos de nuestras propias fuerzas. Nuestras fuerzas están en Dios que mora a través del Espíritu Santo en nosotros. Pablo señalaba que él no luchaba según sus propias fuerzas: “Lucho con toda la fuerza y el poder que Cristo me da” (Col. 1:29; DHH).
Hermano, ¿qué no sabes hacer nada? Con perdón de la expresión: eso no te lo crees ni tú. TODO ser humano tiene dones naturales, incluso los que no son creyentes. ¡Cuánto más un cristiano con el Espíritu Santo morando en su ser! No podemos ser como los gentiles, que andan de manera equivocada porque tienen el entendimiento oscurecido (cf. Ef. 4:18).
Nuestro entrenador no es un tal Mickey, sino Aquel que lo creó todo. Quien nos sustenta, nos levanta y nos anima con Sus palabras y Su Espíritu es Dios. Nuestros “guantes” son las palabras de Dios reflejadas en la Biblia. 
No sé cuántos golpes te ha dado la vida. Tampoco sé cómo te sientes y qué piensas de ti mismo. Algunas personas sí me han abierto su corazón (lo cual agradezco infinitamente) y, por ello y el hecho de escuchar comentarios de muchísimos seres humanos, sé que sienten que les gustaría hacer mucho más de lo que hacen, pero por las distintas circunstancias como las que hemos visto, no llegan a hacerlas. Pero ahí está el ejemplo de Wepner, quien le aguantó los 15 asaltos a Muhammad Ali como ya vimos. ¡¡¡Olvidó los 57 puntos de sutura y los 338 que acumuló a lo largo de su carrera!!! Los aficionados siguen reconociéndole por la calle y gritándole: “¡Eh, campeón, buena pelea!”.
Wepner, en un momento de su combate contra Alí, sufriendo golpe tras golpe

¡Levántate, y no seas como el elefante, sino como Elías!
En la mayoría de las ocasiones, no es fácil. Vivimos en un mundo que ama más las tinieblas que la luz (Jn. 3:19), y que, por lo tanto, desprecia Su obra y a sus hijos.  Nada es fácil. Nada es sencillo y no todo es agradable.
El protagonista de nuestra película, tras su primer gran esfuerzo, acabó destrozado y sin poder respirar. Y decía: “Lo peor del boxeo es la mañana después del combate... no eres más que una gran herida. Te duele todo el cuerpo, en todas partes, te dan ganas de llamar un taxi para que te lleve de la cama al lavabo. Te duelen los ojos, las orejas, los cabellos, las pestañas, tienes las manos hinchadas”.
¿Quién no se ha sentido alguna vez así? Pero él no se rindió, porque sabía que la recompensa se logra tras la lucha. Me encanta cuando describe que se siente muy orgulloso de su nariz, puesto que nunca se la han roto, a pesar de que la han golpeado, mordido y torcido. La nariz no-rota es sinónimo de no estar muerto, de seguir vivo. Mientras la nariz no se rompa, es decir, sigamos vivos, podemos seguir luchando. O empezar a luchar, si todavía no hemos empezado.
Rocky, con la nariz bien magullada, junto a Mickey, su entrenador

Muchos ni siquiera lo intentan por miedo. ¿Pero miedo a qué? Miedo a no gustar a otros cristianos fríos o a los inconversos que anidan a su alrededor. Terminan por autocompadecerse. De fondo está de nuevo el afán competitivo, malsano, por compararse a los demás. Si es tu caso, ¡deja de mirar a tu alrededor! ¡Deja de mirar lo que otros hacen o dejan de hacer! ¡Deja de mirar lo que otros tienen o dejan de tener! ¡Mira en ti lo que Dios mira! No sirve de nada ir de víctima.
Quizás lleves años con esa actitud. Incluso puede que desde que tienes sentido común. Puede que estés tumbado en la lona por algún acontecimiento triste o traumático que aconteció en tu vida, llegando a tener cadenas invisibles sobre ti como las de este elefante: “Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas clavada a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantenía entonces? ¿Por qué no huía? Cuando tenía 5 o 6 años yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia:
- Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta. Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
- El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...”[1].

No seas como el elefante. Sé como Elías, el cual, cansado, más bien exhausto física y emocionalmente, se sintió derrotado a pesar de todo lo que había hecho para la gloria de Dios. Pero el ángel de Jehová le dijo: “Levántate y come, porque largo camino te resta” (1 R. 19:7). Dios no había acabado su plan con él, como no lo ha acabado contigo mientras estés en este mundo.

Conclusión
¿Quieres cumplir el plan que el Señor diseñó desde la eternidad para ti? ¿Estás dispuesto a comenzar a entrenar desde este preciso instante? ¿Vas a luchar, incluso cuando te den un “gancho” y un “directo”, o te vas a quedar tendido en la lona? Y no hablo de grandeza, de fama o de prosperidad material, sino de lo que he resaltado una y otra vez en estos dos escritos: hacer la obra de Dios.
La Escritura nos llama a esforzarnos en la gracia. Nosotros ponemos de nuestra parte y Dios se encarga de la obra. Quizás el llamado de Dios para ti sea ser una excelente madre aun con recursos económicos limitados. ¡Gloria a Dios! Quizás el llamado de Dios para ti es que proveas para tu casa y para que tus hijos puedan ir a la universidad. ¡Gloria a Dios! Quizás es que seas un trabajador ejemplar en tu lugar de trabajo y que dejes la huella del Señor. ¡Gloria a Dios! Hay millones de posibilidades. Cada ser humano tiene su llamado de parte de Dios. Único e inimitable. En una ocasión vi en Madrid a una señora mayor entregando tratados evangelísticos por el metro. Quizás ese sea el llamado de Dios para ella, y no a ser maestra de escuela dominical o misionera.
Ese es el camino para tu vida. Ni más ni menos. No para compararte o ser mejor que nadie, sino para que Dios pueda decir de ti lo mismo que le dicen a Wepner: “¡Eh, campeón, buena pelea!”. Comprendiendo lo que Él quiere de ti y llevándolo a cabo, al llegar a la meta, podrás decir como Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:7-8).


[1] El elefante encadenado. Extraído de Déjame que te cuente, de Jorge Bucay. Pág. 11-13. RBA Libros.

sábado, 11 de marzo de 2023

Los cristianos y el ejercicio & “Mente sana en cuerpo sano”

Dejando a un lado alguna enfermedad que se da en una parte de la población, la causa principal que motiva el sobrepeso en la inmensa mayoría de personas es la mala alimentación y la falta de ejercicio físico. “Comida sabrosa” no es sinónimo de calidad nutricional. Esto lo vemos en la bollería industrial, en los ultraprocesados, en las grasas trans, en los embutidos, en el abuso de frituras y en el consumo diario de azúcar. Ahí se ven las barriguitas estilo Homer Simpson, los michelines que sobresalen por encima del pantalón o de la falda, los “traseros” tamaño XXL (tanto en hombres como en mujeres), y en la grasa que anida por doquier en cualquier parte del cuerpo. Pero aún es peor cuando se usa todo eso en momentos de ansiedad como una especie de  “refugio” o “escapatoria”.
Como casi siempre he estado delgado y he hecho deporte, no le concedía ninguna importancia a lo que comía. Así que podía engullir de una tacada un paquete de doce pasteles de chocolate o una cantidad innombrable de huevos fritos. Pero hace poco más de dos años, aprendí por las malas y tuve que reorganizarlo todo. No me quedó otra. Me costó porque era empezar de cero e informarme de mil cosas, y encontrar sabores que me gustaran especialmente. Los resultados han llegado poco a poco, tanto con el volumen de entrenamiento que puedo llevar a cabo como en salud, con analíticas que incluso son muchos mejores que cuando era más joven. Y todo comiendo bastante (creo que más que nunca), sano y sin nada que no me guste.
Muchas personas creen que hay que ponerse a dieta para perder grasa, pasar hambre y comer solo pollo y lechuga. Pero eso dura unos días o, como mucho, semanas, hasta que viene el atracón. No he hecho dieta en mi vida ni pienso hacerla. Basta con comer en función de las necesidades calóricas de cada uno. No es lo mismo el gasto calórico de alguien que se pasa todo el día sentado en una oficina, que una ama de casa o un barrendero. Por eso es algo individualizado, y copiar a los demás es una pérdida de tiempo. Si comemos X+ y gastamos X++ por medio del ejercicio, obviamente adelgazaremos y nos pondremos más fuertes si viene acompañado de un entrenamiento, por lo que no es necesario “comer menos” sino “gastar más calorías”. Pero lo que suele suceder es lo contrario: comer X++ y gastar X+, por lo que los resultados suelen ser el cuerpo de la “gallina Caponata”.

Los dos extremos
Con el tema de la alimentación y el ejercicio suelen darse dos extremos:

1) Al que le da igual todo, que no hace nada para fortalecer su cuerpo porque piensa que el simple hecho de levantar una pesa es para los culturistas fanáticos y dopados, que come azúcar como si no hubiera un mañana, mientras mira con cara de asco al que come sano. En este grupo hay incluso cristianos que te citan a Pablo para apoyar su pereza: “Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso” (1 Ti. 4:8), olvidando que, dichas palabras, en su contexto, quieren decir que, “comparado con la piedad”, es poco provechoso al ser temporal, pero en ningún momento va en contra del deporte en sí, ni son una apologética al autoabandono y el descuido. Omitir los beneficios de la producción de endorfinas en nuestro organismo –incluyendo en el estado de ánimo-, es rechazar parte de la propia creación de Dios que hizo en nuestro beneficio, como expliqué en ¡Vive! Disfrutando sanamente (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/01/81-vive-disfrutando-sanamente.html).

2) El que vive obsesionado por los kilos, las calorías, la delgadez, el comer poco o, por el contrario, con el exceso calórico, la musculatura y la definición extrema, como expuse en “¿Cuáles son tus sueños para este año? ¿Y para el resto de tu vida? & ¿Todos merecen la pena? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/01/10-cuales-son-tus-suenos-para-este-ano.html). Darse un antojo de vez en cuando no mata a nadie. El problema es cuando ese “antojo”, esa comida grasienta o la que no aporta nada, se convierte en la base de la alimentación o en buena parte de ella, sea en el desayuno, almuerzo, merienda o cena.

Puesto que ninguno de nosotros se está preparando para ir a los Juegos Olímpicos, no es modelo ni actor, la clave está en el equilibrio, y en esa conocida frase del poeta Juvenal: “mente sana en cuerpo sano”. Ambas van de la mano. No se puede cuidar la mente y descuidar el cuerpo, como tampoco se puede cuidar el cuerpo y descuidar la mente. Leer mucho y hacer ejercicio/comer bien deben ir de la mano. Además, si somos un cuerpo, y él es el Templo del Espíritu Santo, habrá que cuidarlo, ¿no? Todo lo demás son excusas. Si toda la vida te han enseñado que dos más dos son cinco y de adulto descubres que son cuatro, sería de necio seguir creyendo lo primero. Si toda la vida te han enseñado que hay que “rezarle” a figuras religiosas, “santos” o “ángeles”, y de adulto descubres que Dios enseña en la Biblia todo lo contrario, sería igualmente necio seguir haciendo lo primero. Pues con la comida exactamente lo mismo. Comer mal sabiendo la verdad, es pura negligencia e irracionalidad, y más hoy en día con todas las alternativas que hay en cualquier supermercado.

Conclusión
Recuerda que nunca es tarde para comenzar, ni la edad excusa. Además, ten presente que el ejercicio aeróbico ejercitará tu corazón, pero que los músculos de tu cuerpo necesitan de ciertos ejercicios de fuerza, en mayor o en menor grado. Tu calidad de vida, tanto presente como futura, dependerá de esos tres factores: nivel aeróbico, nivel muscular y alimentación.
Como mi intención no es convencer a nadie de nada, ni en este tema ni en ninguno, sino en llevarle a la reflexión personal, me limito a mostrar la realidad. Y ahora, que cada cual haga lo que quiera.  

lunes, 6 de marzo de 2023

Rocky, el potro italiano (1ª parte). Como hijo de Dios, ¿cuál es tu verdadera lucha?


No recuerdo exactamente el año, pero sé que fue más o menos a mitad de la primera década de este siglo: le comenté a un pastor, antiguo amigo y aficionado al cine con el que tenía muy buenas conversaciones de multitud de temas, que se me había ocurrido una idea para una predicación usando la celebrada y conocidísima película “Rocky”. Incluso llegué a darle un esbozo del contenido, y me animó a compartirlo sin ningún reparo. Aunque estuve predicando durante varios años, por una razón u otra, nunca me atreví: en parte porque, posiblemente, ciertas personas me hubieran reprendido a posteriori y, por otro lado, porque hay creyentes que consideran irreverente que se use lo secular en un púlpito –a pesar de que se haga para exponer una enseñanza bíblica-, y no quería ser de tropiezo o escándalo para nadie. Ahora, mucho tiempo después, y como puedo permitírmelo en completa libertad, es el momento de sacar adelante aquello que guardé en un cajón y terminar de darle forma a las palabras que quedaron aprisionadas.
Espero que los cristianos aficionados a esta saga sin fin disfruten este escrito y puedan aprender alguna que otra importante lección importante, que, como siempre, llevaré al terreno bíblico. Incluso a los que no conocen esta obra –de la cual solo me centraré en su primera parte-, y no tienen intención de verla, les bastará con las siguientes líneas para extraer la enseñanza.
No he visto un combate de boxeo en mi vida, ni me gusta ver a dos personas usando la violencia para ganarse la vida, así que tampoco hay necesidad alguna de que te guste dicho “deporte”. El boxeo en las películas de Rocky son una mera alegoría para tratar otros temas mucho más profundos, como el uso de nuestros dones y cómo encajamos los golpes que recibimos en la vida. Así hay que verla y así voy a tratarla.
Para que nadie piense con prejuicio antes de leer estos dos artículos, diré que no es un mero mensaje motivacional de psicología, como los que muchas veces se escuchan en los púlpitos, sino que cae dentro de la pura exhortación. Recordemos que dicho término no significa “bronca”, como se entiende en ciertos círculos, sino “convencer con dulzura a seguir una línea de pensamiento y acción”. Esa es mi intención y así debe entenderse.

Chuck Wepner
Este largometraje, protagonizado por un joven Silvester Stallone, se rodó en apenas veintiocho días, con un presupuesto de un millón de dólares, algo tan ridículo que la ropa que vestían los protagonistas era la suya propia, donde algunos secundarios no eran ni actores, sino amigos y familiares. Aun con todo, fue aclamada por la crítica y ganó tres Oscar en 1976: mejor película, mejor montaje y mejor director. Y, en el “Instituto Americano de Filmes”, está clasificada en el lugar número 78 de las 100 mejores películas de todos los tiempos.
El guion, escrito en apenas unos días, se basó en el combate por el título de campeón de los pesos pesados entre Muhammad Ali y Chuck Wepner, y al que el propio Stallone asistió en directo. Wepner era un boxeador anónimo, conocido en el mundillo como “El sangrador de Bayonne”, por su ciudad natal y por la facilidad con que sus cejan comenzaban a sangrar al ser golpeado. Como consecuencia de un combate contra Sonny Liston, tuvieron que ponerle cincuenta y siete puntos de sutura. Ali era el campeón del mundo y el mejor boxeador de todos los tiempos, y se creía que demolería al desconocido. Pero no fue así: Wepner, considerado un luchador de tercera fila, y a pesar de sus 35 años, supo dar batalla, logrando que el campeón besara la lona en una ocasión en el noveno asalto.

(Momento en el que Wepner lleva a la lona a Ali)

A partir de ese instante, Ali, enfurecido, lanzó una incesante batería de golpes hacia el candidato, que con todo se levantaba una y otra vez, ante un público entregado ante tamaña resistencia. A falta de diecinueve segundos para el final, y tras su enésima caída, el árbitro decidió concluir el combate por K.O. técnico. Le aguantó a un toro salvaje y desbocado los quince asaltos, y ese es su gran hito, que perdura en la historia del boxeo como toda una heroicidad.

Stallone dijo al respecto: “Chuck Wepner era básicamente un tipo al que nadie tomaba en serio. Estaba claro que su única contribución notable a la historia del boxeo sería en qué estado le dejaba Ali después de la pelea. Nadie en su juicio pensaba que podía ganar la pelea. Sólo preocupaba cuánto duraría la pelea y cuánto dolor sería capaz de soportar. Las probabilidades en Wepner eran básicamente de trochocientos a uno, y ni siquiera se podía apostar en esta pelea. El tipo ni siquiera parecía un luchador. Era torpe y no tenía habilidades. Fue muy triste. Entonces, de repente, algo increíble sucedió. De la nada, Wepner derribó al inmortal Ali. De repente, pasó de ser una caricatura a ser alguien con quien todo el mundo podía identificarse, porque todo el mundo pensó: ´¡Me gustaría hacer eso! Me gustaría hacer lo imposible, aunque solo sea por un momento, y ser reconocido por ello, y animar a la multitud`. ´La multitud estaba pensando: Si este tipo totalmente inepto puede derrotar a Muhammad Ali, ¿quién sabe de lo que puedo ser capaz yo`. Así que estoy sentado, observando todo esto, y en algún momento me doy cuenta de que es una metáfora, y me di cuenta de que no se trataba realmente del boxeo”[1].

El Potro italiano
Saltemos ahora a la historia ficticia, que comienza el 25 de noviembre de 1975, justo un día después de la verdadera batalla entre Wepner y Alí. Rocky Balboa vive en Filadelfia (Estados Unidos), pero es un descendiente de inmigrantes italianos, y por eso le llaman “El Potro Italiano”. Ya está en la treintena, ha disputado 64 combates desde los 15 años, pero, a pesar de su coraje, nunca ha destacado, ganado apenas cuarenta dólares por envite. De todas las palizas que le han dado, tiene la cara como un mapa. Realmente, en su ser interior, se siente una persona derrotada y abatida. Incluso le aconsejan que se retire. No tiene futuro. Vive en un apartamento sucio y desordenado de un barrio pobre con dos pequeñas tortugas, llamadas “gancho” y “directo”. Trabaja como cobrador de un prestamista, mientras trata de conquistar a una chica llamada Adrian extremadamente tímida. Ambos se consideran a sí mismos bichos raros.
Tiene una existencia aburrida y sin sentido. En una ocasión, su entrenador, el entrañable anciano Mickey, le señala que es simpático, apuesto y de buen corazón, pero que no tiene cerebro. Y se lo dice con tristeza, porque veía a un buen muchacho, pero cuya debilidad de carácter y su dejadez le habían llevado a pasar desapercibido en este mundo. El anciano también le recrimina, con una buena razón de peso, en qué se ha convertido:

“Tú tenías talento para llegar a ser un buen boxeador, y en lugar de eso te has convertido en el matón de un cochino prestamista de segunda categoría”.
“Me gano la vida”, responde él.
“¡Desperdicias tu vida!”, le sentencia Mickey.

Por todo esto, suele quedarse clavado ante una foto de su infancia, recordando con gran añoranza, pues allí estaban condensados todos los sueños que quería hacer realidad y no cumplió.
En el lado opuesto, tenemos al campeón del mundo, Apollo Creed. Lo opuesto a Rocky: rico, con multitud de negocios financieros, exitoso y, a la vez arrogante, al sentirse superior a todos los que le rodean. Podemos ver cómo se enfrenta a un problema: tenía un combate programado, pero su contrincante, McLee Green, se lesiona. Después de revisar los informes, elige a Rocky, quien, tras la sorpresa inicial, y debido a su débil espíritu, y vencido de antemano, rechaza luchar, puesto que considera que no sería un buen combate. Piensa de sí mismo que es uno más entre el montón y que Apollo es el campeón. De la noche a la mañana, su vida puede cambiar, pero debe desearlo. Y no es el caso.

Un no que se convierte en un sí & La verdadera victoria
Tras un tiempo de mil dudas, termina aceptando el combate. Como él mismo dice, lo hará “aunque se parta el alma”. Así comienza su durísimo entrenamiento durante cinco semanas, algo que gusta sobremanera a los que han visto una y mil veces esta película y sus secuelas. Se levanta a las cuatro de la mañana, se toma varios huevos crudos (atención niños: no lo imitéis), sale a correr por las calles, mientras como espectadores escuchamos la sublime y poderosa canción “Gonna Fly Now”, convertida en todo un clásico.
Tras todo esto, llega el momento clave de la historia. No ocurre en el combate, sino la noche anterior, donde toma conciencia de la realidad a la que se enfrenta: sabe que, a pesar de su brutal entrenamiento, no puede vencer a su contrincante, y mantiene una conversación transcendental con Adrian, ya convertida en su novia, y lo que es aun más importante, consigo mismo:

“No puedo hacerlo. No puedo ganarle... a quién intento engañar. No estamos al mismo nivel” (R)
“¿Qué vamos a hacer?” (A)
“No lo sé” (R)
“¡Has trabajado mucho!” (A)
“Sí, pero no me importa, porque antes no era nadie” (R)
“No digas eso” (A)
“No era nadie. Pero eso no importa, porque he estado pensando que da igual si pierdo el combate. Da igual si me abre la cabeza. Porque lo que quiero es durar. Nadie le ha durado mucho a Creed, y si puedo durar mucho, si suena la campana y sigo en pie, sabré por primera vez en mi vida que no era sólo otro inútil del barrio” (R)

¡Por fin lo ha comprendido todo! El objetivo no era tumbar a su oponente ni ser mejor que ningún otro: era ser quien es en realidad, sacando a relucir lo mejor que hay su interior. Esa sería su victoria. Aguantar de pie por sí mismo para demostrarse lo que es capaz de hacer. Como expresa el comentarista del combate: “Éste es el cuento de cenicientas que ha cautivado a millones de personas en todo el mundo”. Por eso, aquellos que ven por primera o por enésima vez esta historia, se emocionan por el mensaje que transmite.
Todo esto queda reflejado en el último asalto, donde podemos contemplar cómo ha cambiado su espíritu. Antes se consideraba otro inútil del mundo, pero ahora le grita a su mánager: “¡Si tiras la toalla, te mato!”. En boxeo, tirar la toalla es una señal de rendición para que el árbitro decrete el final. El Potro italiano no se iba a rendir por nada del mundo. Estaba luchando por sacar lo mejor de sí mismo, llegando hasta el límite de sus propias posibilidades.
(Las claras similitudes entre la realidad de Wepner y la ficción de Rocky)

Finalmente, concluye el combate. Apollo gana por puntos. Ambos contrincantes se abrazan. El campeón revalida el título y le dice al supuesto perdedor:

“No habrá revancha”.
“No la necesito”, contesta Rocky.

Le da exactamente igual que su contrincante haya ganado el combate a los puntos, puesto que él ha ganado su propio combate por K.O. Ahí estaba su victoria.

Tu propia lucha & El uso de tus dones
Nuestra lucha, nuestra victoria, no es ser mejor que nadie, sea amigo, hermano, padre, madre, compañero de estudios o de trabajo. Tu lucha no es por ser mejor que los que te rodean. No es por tener más o ser más. Luchar por el reconocimiento social, cuando el reino de Dios no es de este mundo (Jn. 18:36), es lo más absurdo que existe. Tu lucha es para tu Dios. Tu lucha y mi lucha es por agradarle con nuestro corazón y hacer Su voluntad, la cual se exterioriza en obras, principalmente en la predicación de las Buenas Nuevas y de todo Su consejo (cf. Hch. 20:27), ya que fuimos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef. 2:10). De esta manera, podremos decir un día como Jesús le dijo al Padre: “He acabado la obra que me diste que hiciese” (Jn. 17:4).
Buena parte de tu lucha en el “ring”, que es este mundo, consiste en que uses al servicio del Reino los dones que Él te regaló. Aunque ya dije en “Otra ronda (4ª parte): ¿Usar el alcohol para alcanzar todo tu potencial y el éxito social? & ¿Usar el alcohol para “estar” bien?” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/11/otra-ronda-4-parte-usar-el-alcohol-para.html), artículo al que remito para el que quiera la explicación amplia, aquí dejo la síntesis en una sola frase: Pablo enseña que Dios ha dado dones a los hombres (cf. Ef. 4:8), pero toda obra humana que no haya servido ni sirva para la gloria eterna de Dios, será quemada por el fuego (2 P. 3:10-13). Buena parte, o casi toda me atrevería a decir, de la literatura secular, de la música, del arte o de los logros deportivos, desaparecerán por completo.
Pongo tres ejemplos personales que cada uno podrá individualizar y llevar a su propio terreno: como amante de la ciencia ficción y la fantasía, en más de una ocasión he pensado en escribir una novela que mezclara ambos géneros. En mi mente está el bosquejo desde tiempo inmemorial. También, para el que no lo sepa a estas alturas, me gustan los cómics, e inicié una página en Facebook para hacer reseñas de las mejores obras. Y, por último, pasé a publicar semanalmente un resumen con las noticias nacionales e internacionales más destacadas que se hubieran producido. Pero, en todos los casos, llegué a la misma conclusión: ninguna de esas eran “batallas” a las que debía dedicar mi tiempo y esfuerzo, así que desistí, por la sencilla razón de que no tenían utilidad alguna para la exposición del Evangelio de forma directa. Seguí nuevamente las palabras de Pablo: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:1-4).
¿Qué es lo que hago entonces? Por ejemplo, en lugar de limitarme a reseñar cómics, uso alguno de ellos para llevarlos al terreno bíblico, como pronto se verá reflejado en una nueva etiqueta en el blog. Lo mismo con las noticias seculares, películas o series: me sirvo de ellas para enriquecer los artículos cristianos y analizarlos a la luz de las Escrituras, sacando así lo verdaderamente valioso y perdurable. Todo ello lo hago porque lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí(Gá. 2:20). La persona que sabe lo privilegiado que es por haber sido salvado, vive para Él, no para su propia gloria, para el aplauso de otros ni para lo efímero.
Visto lo visto, la pregunta que deberías hacerte es contundente: ¿estás usando los dones para Dios y Su obra, o lo haces para ti mismo y la alabanza de los hombres? ¿A qué exactamente estás dedicando tu esfuerzo? ¿Estás desviando tu tiempo en actividades que no tienen utilidad verdadera ni perdurarán en la eternidad?

Continuará en: Rocky, el potro italiano (2ª parte). ¿Te han golpeado? ¡Levántate de la lona!


[1] Entrevista con el periodista William Baer en el libro Rocky: The complete films.