lunes, 22 de marzo de 2021

10. La alternativa a la eutanasia: los cuidados paliativos

 


Venimos de aquí: Propuestas y soluciones ante la falta de ganas de vivir (http://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/02/9-propuestas-y-soluciones-ante-la-falta.html).

Cuando se entrevistó al doctor Marcos Gómez en el programa de Salvados, titulado La Buena muerte, y que cité en el primer escrito –siendo llamativo que fuera la entrevista más corta, precisamente al único de los participantes que no estaba a favor de la eutanasia-, mencioné la cantidad de improperios que recibió en las redes sociales. Como ya dije, no me dirijo a personas que ni siquiera se molestan en profundizar en la alternativa que él propuso, sino a todos aquellos que comentaron tras ver el espacio televisivo que, aunque estaban a favor de la eutanasia, después de escuchar a este doctor, cambiaron de opinión o, al menos, tenían que volver a replanteárselo, puesto que habían comenzado a dudar. Esto es lo que suele pasar cuando únicamente se atiende a una versión y, de repente, te explican la otra. Así que profundicemos en esta variante diferente.

Los cuidados paliativos
La solución a una enfermedad terminal no debería ser la eutanasia ni el suicidio asistido, sea bajo petición o demanda. La alternativa tiene un nombre muy definido: cuidados paliativos.
Como apunta la doctora Megan Best –que trabaja en cuidados paliativos y es especialista en ética médica- es extremadamente sugerente el contraste entre las personas sanas que apoyan la eutanasia –una encuesta entre los europeos así lo confirmó[1]- y el deseo opuesto de los enfermos que reciben cuidados paliativos, donde menos del 1% pide insistentemente el fin de su vida[2], como se comprobó en otra encuesta que se realizó en Sidney. Estos datos deberían hacer reflexionar a los que están sanos y apoyan la eutanasia. Puede que cambien de opinión.
Algunos piensan que negar la eutanasia a una persona es condenarla a vivir un infierno mientras vive con su enfermedad, cuando ya hemos visto en todos estos artículos que el enfoque se puede y se debe variar completamente.
En el caso de los cuidados paliativos, hay que empezar por definir qué son realmente. Dejemos que sean los expertos quienes lo hagan[3]: “Son la rama de la medicina que se encarga de PREVENIR y ALIVIAR el sufrimiento así como brindar una mejor CALIDAD DE VIDA posible a pacientes que padecen de una enfermedad grave y que compromete su vida, tanto para su bienestar así como el de su familia. Los cuidados paliativos normalmente se aplican a pacientes que cursan con enfermedades terminales que se encuentran fuera de un tratamiento médico habitual o convencional o en un estado muy avanzado con poca probabilidad de respuesta a los tratamientos establecidos”.

¿Cuáles son los principales objetivos de estos cuidados?
a) El manejo de los síntomas que ponen en una situación de sufrimiento al paciente y/o a sus familiares.
b) Establecer las metas de tratamiento de acuerdo a las preferencias del paciente para con su vida.
c) Mantener la comunicación entre el paciente, su familia o cuidadores y todo el equipo médico involucrado en el tratamiento de su enfermedad.
d) Proporcionar apoyo psicosocial al paciente y a sus familiares.
e) Atención domiciliaria.

Enfermedades del corazón o neurológicas avanzadas, o que no tienen tratamiento como la mayoría de las demencias (como la de tipo Alzheimer), enfermedades pulmonares obstructivas crónicas, insuficiencia renal crónica terminal, el cáncer o el VIH/SIDA, suelen requerir cuidados paliativos.
¿Cuáles son los principales síntomas o molestias a las que se enfocan los cuidados paliativos? Dependen del tipo de enfermedad, pero también hay molestias secundarias causadas indirectamente por la misma, el ambiente social y los aspectos psicológicos que la enfermedad en sí conlleva:

- Control del dolor.
- Tratamiento de la depresión (cuidado emocional, afectivo y psíquico de la persona enferma).
- Manejo de la ansiedad.
- Tratamiento del delirium (un estado de confusión agudo caracterizado por mucha inatención, incongruencia del pensamiento, alteración de la conciencia y un pensamiento desorganizado).
- Fatiga.
- Disnea (falta de oxígeno).
- Insomnio.
- Náuseas.
- Constipación (estreñimiento).
- Diarrea.
- Anorexia (falta de apetito).
- El lidiar con la enfermedad (aspectos referentes a cómo enfrentar la enfermedad, el entendimiento de la misma, la explicación del paciente hacia su familia y el estrés que puede conllevar toda la situación).
- Aspectos sociales (el impacto de los síntomas sobre el cuidado del paciente y la situación familiar en ese momento).

¿Cómo se aplican los cuidados?
Como hemos descrito, los cuidados paliativos, entre otros aspectos, incluye el control de los síntomas para minimizar todo lo posible el dolor –aunque éste no desaparezca completamente-, y así proporcionar la mayor comodidad posible al enfermo mientras la propia enfermedad prosigue su curso hasta el final. Esto se lleva a cabo con analgésicos, antiinflamatorios, morfina en dosis terapéuticas (por vía oral en forma de pastillas o de chupa-chups, en forma de inyecciones, a través de una “bomba” que se va cambiando al cabo de un cierto tiempo, o en parches), etc. Cuando estas medidas dejan de hacer efecto y el dolor es muy intenso, se combina con la sedación controlada, que es la disminución deliberada del nivel de con­ciencia del enfermo mediante la administración de fármacos apropiados.
Estos cuidados paliativos se reciben en unidades hospitalarias específicas, a través de unidades de atención en domicilio o por medio de centros tipo Hospice (http://ministeriomct.org/clinica-medica-y-consejeria-profesional/hospice-vida-plena/).

¿Prolongar la vida innecesaria y antinaturalmente?
Todo esto se hace para que tanto el paciente como la familia entiendan perfectamente en qué consiste la enfermedad, el estado y la gravedad de la misma, el pronóstico y las opciones del cuidado que puede recibir el afectado. A su vez, abarca el aspecto más ignorado de todos: “Evitar la prolongación innecesaria de la vida o del sufrimiento y medidas terapéuticas que no tienen como objetivo ni el bienestar ni la mejoría del pronóstico de vida del paciente evitando así el encarnizamiento terapéutico. Es decir, favorecer la calidad de muerte. Logrando un adecuado tratamiento de los síntomas que provocan las enfermedades terminales y mejorando la calidad de vida al final de la vida del paciente y asegurando el bienestar de sus familiares”.
Por lo tanto, no se practica la eutanasia –que es inyectar fármacos para provocar directamente la muerte- sino la retirada de tratamientos artificiales que ya no ejercen ningún efecto en el paciente al ser ineficaces ante la enfermedad en sí. Con estas medidas se evita prolongar lo inevitable, que no acelerar. Esa es la diferencia y el importantísimo matiz. ¿Que la sedación acorta la vida? Sí, según algunos médicos cuentan por propia experiencia, y en función de la dosis administrada: “Si sucede que para aliviar los síntomas es preciso pautar medicamentos y/o dosis de los mismos que tienen el riesgo de acortar la vida del paciente. En estos casos el beneficio humanitario del alivio es siempre superior al efecto secundario de acelerar o producir la muerte. Pero el médico debe actuar de forma transparente y evidente en que la meta real que se busca no es acortar la vida, sino evitar o reducir adecuadamente el sufrimiento. Quizás esto parezca complejo, pero es relativamente sencillo para un médico experimentado. Un caso frecuente y fácil de entender es el paciente oncológico terminal que sufre dolores o asfixia intensos. Al aumentar la analgesia se llega a la sedación, y en ocasiones la dosis necesaria puede tener el riesgo de deprimir el centro respiratorio y producir la muerte”[4].
Tengamos siempre presente que acortar y quitar no son sinónimos: “El médico tiene el deber de intentar la curación o mejoría del paciente siem­pre que sea posible. Cuando ya no lo sea, permanece la obligación de aplicar las me­didas adecuadas para conse­guir su bienestar, aun cuan­do de ello pudiera derivarse un acortamiento de la vida” (art.36-1. Código Deontología Médica)[5].
Como señala el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (Organización Médica Colegial): “Existe una clara y re­levante diferencia entre se­dación paliativa y eutanasia si se observa desde la Ética y la Deontología Médica. La frontera entre ambas se en­cuentra en la intención, en el procedimiento empleado y en el resultado. En la seda­ción se busca disminuir el nivel de conciencia, con la dosis mínima de fármacos, para evitar que el paciente perciba el síntoma refracta­rio. En la eutanasia se busca deliberadamente la muerte anticipada tras la adminis­tración de fármacos en dosis letales para terminar con el sufrimiento del paciente. Los médicos estamos obliga­dos a ayudar durante toda la vida a nuestros pacientes, hasta su muerte”[6].
Me resulta espeluznante que haya profesionales de la salud que defiendan la eutanasia, de la misma forma que dejar morir a un enfermo de hambre y de sed no puede acreditarse como una muerte digna. Por medio de eufemismos, quieren dejar de lado el juramento hipocrático: “No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante sugerencia”. La conclusión a la que llega el experto Marcos Gómez Sancho, coordinador del Observatorio de Atención Médica al Final de la Vida de la Organización Médico Colegial, es bien clara: “Matar está prohibido en el código deontológico desde Hipócrates. La defensa de la vida está enraizada en la profesión médica. Un médico gestionando la muerte por orden del Estado es una vergüenza, como ocurrió en la Alemania nazi o cuando hubo doctores aplicando la inyección letal en Estados Unidos”[7].
Lo que deberían hacer los gobiernos es centrarse en el fondo del problema, en ver más allá de las palabras del enfermo. Como apunta Manuel González Barón (Jefe del Servicio Oncología de La Paz y Director de la Cátedra de Cuidados Paliativos de la UAM): “Quienes tenemos larga experiencia en la atención de enfermos con cáncer sabemos que muchas peticiones de eutanasia son un gesto, una llamada, una petición de ayuda por la soledad, el miedo, la desatención, el dolor mal controlado, la falta de cariño o de compañía… Por eso suelo repetir que cuando un paciente dice ´Doctor, no quiero vivir…`, se trata de una frase inacabada cuya versión completa es: ´Doctor, no quiero vivir… así`”[8]. Los cuidados paliativos son los que cambian radicalmente el así.

Testimonios
Un pro-eutanasia decía en un comentario: “Los que estamos a favor de la eutanasia no es simplemente para aplicarla cuando te quedan dos días de vida y llevas meses sufriendo, sino aplicarla mucho antes de que pase nada, y puedas irte sin sufrir”.
¿Qué se le puede responder? Que unos buenos cuidados paliativos consiguen lo que demandan tanto enfermos como familiares de los mismos: una muerte digna. Y hay miles de testimonios que lo atestiguan. Aquí una ínfima muestra:

- “Siempre daré las gracias infinitas al equipo de paliativos del Virgen del Rocío de Sevilla. Allí sí había humanidad, comprensión y compasión sobre todo por parte de los enfermeros. Mi padre estuvo allí. GRACIAS”.
- “Tuve la gran suerte de encontrar un equipo humano. En sedación mi madre después de una semana falleció dignamente, con paz en su cara y en la nuestra”.
- “Hace un mes y medio falleció mi padre de un cáncer mortal... gracias a la sedación tuvo una muerte digna: 19 horas después murió tranquilo y en paz... hubiese fallecido de todas formas pero sufriendo muchísimo”.
- “Mi padre y mi madre murieron de cáncer y, en cuanto empezaron a sentir dolores en la fase terminal, los sedaron. Iban aumentando la dosis y así estuvieron menos de 12 horas. Pero una cosa es eso y otra hubiera sido ponerles una inyección letal cuando supieron que tenían un cáncer incurable. Desde ese momento hasta su muerte, pasaron un par de años tan ricamente y asumiendo, poco a poco, que su ciclo había acabado. Pudieron irse en paz y sin dolores”.
- “Mi esposa falleció hace apenas una semana después de tres meses en cuidados paliativos. En estos tres meses su estado fue decayendo. Aún así, le veía las ganas de querer seguir viviendo, poder ver y besar a sus hijos un día más era un triunfo. Fueron solo dos semanas, pero fue importante para ella y para nosotros”.

Esto sí es dignificar los últimos momentos de la vida, y no la eutanasia activa o el suicidio asistido. Lo progresista no es la eutanasia, como afirma el ateo Pedro Sánchez, el hombre al que tristemente una parte de los ciudadanos de mi país han elegido para que les gobierne. ¡Lo progresista es cuidar a los enfermos indefensos, no acabar con ellos!
Si quieres conocer testimonios en primera persona de aquellos que en la actualidad están recibiendo cuidados paliativos: https://www.dipex.es/nueva/historias-pac-paliativos/

El descontento principal
Lo que resulta completamente anormal es que, con todos los medios que existen en la actualidad y de los que se puede beneficiar la persona enferma, desde el 2002 hasta el 2007 en Bélgica (por citar un ejemplo), únicamente se consultó con un médico de paliativos en el 12 por ciento de los casos de eutanasia[9].
Por otro lado, las quejas –con toda la razón del mundo- de muchos familiares y de muchas personas que apoyan la eutanasia, tienen su raíz casi siempre en malas experiencias personales causadas por la falta de cuidados paliativos, ya que éstos todavía no están completamente implementados. He leído testimonios terribles y de verdadera crudeza, donde no había unidad de paliativos y los médicos hicieron muy poco para paliar con la sedación el dolor físico de enfermos terminales. Que esto suceda es inhumano y es denunciable a todas luces: “Mi tía murió ahogándose, sufriendo, suplicando que se ahogaba, y la sedación no se la dieron hasta el día siguiente en que vino el médico. Nunca en mi vida me voy a quitar esa mirada suplicándome ayuda. Me harté de avisar al enfermero de noche y no le dio más que tranquilizante. La morfina es oro y da igual cuánto sufra el paciente”. Es descorazonador y esto sí que debería estar penado por la ley.
Es lamentable que “alrededor de 54.000 personas fallecen en España con un sufrimiento evitable, sin haber recibido los cuidados paliativos que podían haber precisado. [...] Solo fueron atendidas 8.372 personas”[10].
Es grotesco que a estas alturas de la historia de la humanidad, teniendo los medios, aún se siga discutiendo sobre los costes económicos que esto supone, en lugar de gastar lo que sea necesario y más. Pero claro, la eutanasia es más barata que los cuidados paliativos. Así lo afirma el médico internista Pedro Tarquis: Es vergonzoso que el debate originado sea eutanasia sí o eutanasia no, en vez de poner el foco en la pésima asistencia social y sanitaria del sistema. Es más fácil inducir al suicidio legal asistido (barato y que ahorra costes) que apoyar a las personas y familias que sufren con sus dependientes (más costoso, pero sin duda infinitamente más humanitario, sin comparaciones). El problema no es la muerte digna, sino la vida digna”[11].
Cuando se escucha la cantidad de miles de millones que derrochan los Gobiernos en infraestructuras innecesarias y los partidos políticos en campañas electorales y el sueldo de los políticos, al mismo tiempo que se reducen el número de médicos en los hospitales, que las esperas para ser atendidos por especialistas son de meses y se cierran quirófanos, el sentimiento es de indignación en su máximo apogeo. Lo que yo no entiendo, como ser humano, es que no haya un estallido social y el pueblo diga basta. Y no estoy incitando a nada, solo mostrando mi sorpresa ante la pasividad existente ante la injusticia y las desigualdades promovidas por las élites. Será que, mientras haya fútbol, televisión, teléfonos móviles, Internet, fiestas y dinero en la cuenta corriente para llegar a final de mes,  las masas se sienten contentas y se limitan a mostrar su enfado en las redes sociales a golpe de tweet. Y cuando se juntan los “indignados”, lo mejor que sale es un Pablo Iglesias y su casoplón. ¡Para llorar!
Como expone el antropólogo, escritor y ensayista Mikel Azurmendi, “no se explica que en un país rico, como es el nuestro, alguien tenga que matarse para evitar el dolor y provocar una muerte rápida, eso ya existe, con cuidados paliativos, lo que pasa que en España no hay paliativos, los políticos se ha guardado ese dinero. Pero con todo esto, lo que se quiere es desprestigiar el valor la vida, decir que la vida es cualquier cosa, como el aborto, que también implica suspender una vida y la tratamos como si fuera un grano”[12].
Por todo esto es entendible que los familiares que han visto sufrir a seres queridos tengan una opinión favorable hacia la implantación de la eutanasia. Comprendo el lamento y ese grito sordo de aquellos que han sufrido en sus carnes el abandono médico y gubernamental, apoyados lamentablemente por muchos medios de comunicación que apoyan la eutanasia: La televisión, la propaganda, exhibe una parte y oculta otra. Y luego proyecta los temores ante la muerte y ante la soledad. Cuando aparecieron en Telecinco las imágenes del marido ayudando a morir a su mujer, habría al menos diez casos similares con seres queridos amándose, besándose, abrazándose. Y otros diez, como mínimo, con cuidados paliativos, dando las gracias por lo bien que sus seres queridos les han cuidado. Pero sólo se dio ese caso, que claro que nos conmociona, aunque no es la verdad completa, y si no se da la realidad entera, estás mintiendo”[13].
Visto lo visto, y por lo tanto, es en la potenciación y en los medios donde hay que poner el énfasis, donde los cuidados paliativos estén disponibles para toda la población, en lugar de establecer leyes generales basándose en casos extremos cuando el fallo está en el tratamiento del dolor, incluso en los casos de ELA, como responde de nuevo Marcos Gómez Sancho: “Yo puedo decir que he tratado a enfermos de ELA y ninguno ha pedido acortar su vida si ha estado bien cuidado. Lo que me duele es que haya enfermos que pidan un suicidio preventivo porque piensan que no van a poder hacerlo cuando la enfermedad esté más avanzada. No tienen que tener miedo. Un equipo debe acompañarles y pactar antes con ellos cómo reaccionar cuando el ELA siga avanzando”[14].

Una llama de esperanza
Cuando me encontraba terminando este escrito, una llama de esperanza se encendió, al menos en lo que respecta a una parte de mi país: “Los cuatro grupos con representación en la Asamblea aprobaron ayer por unanimidad la Proposición de Ley de Derechos y Garantías de las Personas en el Proceso de Morir. [...] reconoce para todos los madrileños por igual una serie de derechos al final de la vida, como el de recibir cuidados paliativos integrales incluso en el domicilio particular. La ley considera dentro de estos cuidados paliativos el tratamiento del dolor y la sedación paliativa. Así, obliga a los centros sanitarios a garantizar a los pacientes en situación terminal que deban ser atendidos en régimen de hospitalización una habitación individual durante su estancia, aunque también reconoce el derecho de éstos a recibir estos cuidados en su domicilio. [...] Además, en el texto se reconoce también el derecho de los pacientes a la información asistencial, a la toma de decisiones y a formular instrucciones previas, que podrán realizarse en todos los centros sanitarios, tanto públicos como privados”[15].
Es la octava comunidad en España en la que se aprueba dicha ley. Esperemos que se aplique con celeridad y se generalice al resto de la sociedad[16].

Continuará en ¿Has hecho ya el testamento vital? ¿Sabes lo que es?



[1] Assisted Suicide in the view of Europeans. 2012. Se puede leer en: www.isopublic.ch.

[2] Glare, P. (1995). The euthanasia controversy. Decision-making in extreme cases [letter].

[13] Ibid.

[16] Para saber más sobre los cuidados paliativos: http://www.secpal.com/biblioteca_guia-cuidados-paliativos-1


lunes, 15 de marzo de 2021

Wandavision: Cuando la vida te rompe el alma

 

(Copryrigth de la imagen: @ValentinoRomeroart)

 
Si tu vida fuera un drama. Si hubiera dolor en ella. Si hay seres queridos que perdiste en el camino. Si distintas circunstancias de tu pasado y presente no te agradaran. Si tuvieras verdadero poder para cambiar todo eso. Si pudieras llenar tu vida de felicidad diaria y evitar a toda costa cualquier desgracia. ¿Acaso no ejercerías ese poder? Pues eso es exactamente lo que nos ha mostrado la original, sorprendente y dramática miniserie “Wandavision” (Bruja Escarlata y Visión, en España), sensacionalmente interpretada por Elizabeth Olsen, que ha demostrado una capacidad interpretativa arrebatadora, mostrando tal variedad de registros en un mismo papel que es digna de elogio. Toda ella es un verdadero terremoto de emociones.
Viendo las reacciones de una parte de sus seguidores al último capítulo, ha sido una constatación más de que una parte de los jóvenes y no tan jóvenes de hoy en día tienen serias dificultades para centrarse en lo importante. Y no me refiero a que algo te guste más o menos, que para eso cada uno es libre y tiene sus preferencias, sino la incapacidad para la reflexión profunda, el qué pueden aprender de su visionado para sí mismos sirviéndose de la extrapolación de una trama hacia nuestro mundo real, siendo incapaces de dejarse llevar por la profundidad de unos personajes con un pasado terrible a cuestas y el drama que supone para sus mentes, y cómo el dolor puede destrozar un corazón hasta el punto de cambiar la realidad. Prefieren evadirse sin más, decepcionándose y soltando bilis por la boca porque no aparecen otros personajes de ese infinito universo Marvel, o porque las tramas no giran conforme ellos quieren en las escenas de acción o la fantasía. Y cuando todo acaba, pasan a otra cosa que les llene el tiempo. ¿Lo bueno? Que los que verdaderamente la han analizado, le han concedido una crítica excelsa bien merecida.

Un desconcierto que tiene explicación
Aquellos que vieron los primeros capítulos se encontraron completamente desconcertados, incluyéndome a mí sin duda: en ellos veíamos la clásica sitcom (comedia de situación) en blanco y negro de los años 50 y 60 que imitaba diversas series norteamericanas de la época: Wanda y su marido Visión viven tranquilos en una urbanización llenos de felicidad y con vicisitudes completamente sencillas (charlas con las vecinas cotillas, reuniones de vecindario, cenas con amigos, etc.), ocultando a los demás sus habilidades y apariencias reales.

La pregunta era obvia: ¿cómo era posible aquello en una mujer con poderes sobrenaturales que se había enfrentado al mismísimo Thanos? ¿Y qué hacía allí Visión, cuando había muerto en dicha batalla?
Es cierto que era extraño, aparte que el humor mostrado estaba completamente desfasado para nuestra época. De ahí que muchos impacientes abandonaran. Aunque algunas escenas intercaladas y de postcréditos nos mostraban que algo no encajaba, la verdad no es desvelada hasta dos capítulos claves.
En ellos se nos cuenta que Wanda usó su poder para rehacer un pequeño pueblo al de sus propios deseos en el que nadie podía entrar ni salir al estar cerrado por una barrera de energía, controlando en todo momento la mente de sus habitantes, “recreando” a su marido y dando a luz a dos hijos, logrando así su ansiada felicidad que le había sido arrebatada una y otra vez, y la reflejaba convirtiéndose a sí misma en la protagonista de una sitcom ambientada en distintas décadas, que era el tipo de series que amaba de niña y que veía con sus padres.
¿Qué provocó que ella quisiera “crearse” su propio mundo idílico, lleno de inocencia y sin ningún tipo de sufrimiento?

- Aunque de pequeña era pobre, se sentía profundamente amada por sus padres, pero murieron en un bombardeo que destruyó su casa en Sokovia, como se reveló en el octavo capítulo.
- Tras este acontecimiento, se unió a Hydra, una organización terrorista, con la intención de cambiar el mundo, y lo único que logro es que experimentaran con ella.
- Su hermano gemelo Pietro murió cuando ambos se habían unido a los Vengadores, como vimos en la película “La era de Ultrón”.
- En contra de su voluntad, tuvo que matar a su propio marido para salvar así el universo. Pero el plan falló: Thanos volvió atrás en el tiempo y mató por segunda vez a Visión delante de ella para hacerse con la gema del infinito, algo que Wanda no pudo evitar y que contempló impotente. Lo vimos en “Infinity Wars”.

Drama. Dolor. Muerte. Infelicidad constante. Todo su equilibrio vital y emocional había saltado por los aires y roto en un millón de pedazos una y otra vez. Su mecanismo de defensa ante todo esto fue el ya citado: convirtió con sus poderes una vida real destrozada en una perfecta, aunque irreal.
El final de la serie, y qué sucede con la protagonista tras “abrazar” su destino, lo dejo para el visionado personal. Lo que he descrito hasta ahora es lo que me sirve para el tema que estoy exponiendo.

¿Cuáles suelen ser los “mecanismos de defensa” ante el dolor?
Este es un tema del que he hablado en varias ocasiones; tantas que a veces siento que me repito. Pero como de vez en cuando aparecen nuevos lectores en el blog –aunque invisibles, ya que no hablan- que no han leído lo anterior, aprovecho las nuevas y buenas ocasiones que surgen de vez en cuando usando películas, series o libros, que suelen ser canales sencillos para llegar a más personas y hacerlas profundizar en temas de la vida diaria que nos afectan a todos por igual.
Cuando me refiero a “mecanismos de defensa”, hago alusión a aquella manera –en singular o en plural-, en que los individuos usamos distintas “técnicas” para “sobrevivir” al dolor cuando somos golpeados brutalmente en nuestra alma. Como he repetido en más de una ocasión, puede ser por la muerte de un ser querido, la enfermedad propia o ajena, una ruptura matrimonial, la viudez, el abuso físico y/o psicológico, etc.
Como vamos a ver, algunos mecanismos son sanos, pero otros no lo son, por lo que es necesario aprender la diferencia para saber cómo actuar ante el dolor que de una manera u otra se va a presentar ante nuestra puerta, o sencillamente ya haya entrado en casa.
El más usual suele ser “crearse” un entorno de seguridad: para Wanda era su barriada. Para la inmensa mayoría suele ser su propio hogar. Se encierran en él, y no tanto porque sean hogareños –que pueden serlo- sino porque ahí lo tienen todo más o menos bajo control: al cónyuge que procuran tenerlo siempre cerca ya que les crea seguridad, a los hijos para que no hagan nada que pueda ser peligroso, y difícilmente van a suceder acontecimientos externos inesperados. En el caso de que no tengan pareja ni hijos, se encierran en sí mismos, impidiendo que nadie se acerque a lo más profundo de ellos.
En otros casos, como también he señalado en diversos escritos, buscan evadirse de todo para olvidar o no pensar en aquello que les duele. Para esto usan el alcohol, algún tipo de droga de las mal llamadas “blandas”, la música, el estar siempre haciendo cosas que le eviten pensar como compras compulsivas, atracones de comida, fiestas ruidosas, risas enlatadas, conversaciones vacías con las amistades a las que usan con el mismo fin, se arrastran por las redes sociales buscando atención personal, caen en perversiones como la pornografía, se obsesionan con la gimnasia y el deporte en general o su opuesto: se abandonan físicamente por completo, etc.
Por último, están los que convierten su dolor en ira o en toxicidad que sueltan ante el resto del mundo. Entre personas que han sufrido, por ejemplo, bullying o malas experiencias eclesiales o de cualquier otro tipo, pueden volverse amargadas o cínicas, con ira acumulada que se manifiesta en diversas ocasiones, envolviéndose en un humor zafio, el cual muestran como método de supervivencia y una victoria ante sus “acosadores”, cuando lo único que logran es sacar lo peor del individuo y la autodestrucción del “yo” sano.
¿Algo de esto cura el dolor y supera la adversidad? Para nada. Solo lo tapa bajo toneladas de basura que explotará tarde o temprano ante tanta pestilencia acumulada, en el silencio o el grito, en las lágrimas o en la ausencia de ellas. Volverá tarde o temprano, o sencillamente nunca se irá, e impregnará todo lo que toque, dañando incluso a sus semejantes. La víctima se convertirá en verdugo y terminará haciendo daño a otros a causa de su propio dolor.

Mecanismos salubres
Partimos del principio de que la vida tiene una parte incontrolable. Podemos ser amables con los demás, pero no podemos controlar cómo serán con nosotros. Podemos hacer el bien, pero no sabemos si recibiremos en la misma proporción. Podemos comer saludablemente, pero no sabemos cuándo exactamente puede menguar nuestra salud. Con la muerte sucede igual: es como una amiga invisible que se presenta sin previo aviso o con apenas margen para nada, sea para nosotros o nuestros familiares.
De ahí que la vida sea para vivirla en el presente; ni en el pasado, ni en el futuro. La aceptación de esta verdad irrefutable nos hará poner cada situación personal desagradable en perspectiva, sea física, emocional, psicológica o sentimental. Esa debe ser la base de nuestra actitud, como bien explicó Jesús: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” (Mt. 6:34).
En segundo lugar: sabemos que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Ec. 3:1-7). ¿Qué nos quiere decir este pasaje? Que nuestro paso por este mundo está formado por segmentos y que cada uno de ellos debe encontrar su lugar y su momento. Ni más ni menos. Ni dentro ni fuera.
El tiempo de hablar y de llorar de lo que te duele está incluido, con paciencia, puesto que en algunas personas puede ser más tiempo y en otras menos. Es lo que hizo Ana, la madre del profeta Samuel, y a la que he citado en un millón de ocasiones en mis escritos. Esto es lo que se conoce como el duelo: “Es el proceso natural de adaptación emocional ante la pérdida de algo que amamos. Podemos tener un duelo por haber perdido un empleo, una pareja, un cambio de ciudad... y por supuesto, pasaremos por un duelo al perder a un ser querido. Cada persona hace el duelo de la misma forma que vive y siente el vínculo con los demás, por lo que cada duelo es único. Podemos tener una reacción de bloqueo, de hacer como si no pasara nada, podemos llorar de forma desconsolada durante días, podemos llorar y reír recordando momentos vividos con la persona que ya no está en nuestra vida, etc. Hay tantas reacciones como personas”[1].
Todo esto es verdad, y la manera más sana de expulsar el dolor, pero, como muestra el texto bíblico, también está el tiempo de curar y de edificar; es decir, de seguir adelante. Incluso ambos momentos pueden entremezclarse sin problemas. La idea en sí es que no podemos hacer que nuestras conversaciones ni sentimientos sobre un hecho en sí se conviertan en el monotema eterno, ni que nuestra vida se convierta en un remolino cuyo epicentro sea la expresión del dolor de forma continua. De lo contrario, seremos engullidos, controlados y consumidos, perdiendo el control sobre nosotros mismos. Nos acontecerá como Wanda, que el equilibrio emocional dependerá de un hilo que se romperá en el momento más inesperado. Y eso es algo a evitar ya que nos convertiría en una estatua de sal, como la mujer de Lot (cf. Gn. 19:26).

Conclusión
Rodéate de toda la vida que puedas, y más en las circunstancias actuales. Aprende a vivir cada día. Aprende a adaptarte en cada circunstancia. Lee para crecer interiormente y llena tu tiempo de actividades de verdadero provecho. Aprende a seguir adelante, tanto en los claros como en los oscuros, en los días soleados como en los tormentosos. Aprende a vivir descansando en Dios. Aprende a mirar a la eternidad y a vislumbrar la inmortalidad que te depara la cruz de Cristo. APRENDE DE TODO[2].


lunes, 1 de marzo de 2021

12. La crisis del Coronavirus: ¿Aprenderemos de todo esto o lo olvidaremos cuando pase?


Venimos de aquí: ¿Qué puedes aprender de la crisis del coronavirus? Que no debes volver atrás una vez que has abierto los ojos (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/07/11-que-puedes-aprender-de-la-crisis-del.html).

Hace unos meses, al inicio de la pandemia y al poco de comenzar el confinamiento, mantuve una conversación con mi amigo Miguel sobre si creíamos que las personas cambiarían cuando todo pasara. Los dos llegamos a la misma conclusión: no. Se podrá pensar que ambos tenemos una versión pesimista de la humanidad, pero es simplemente un reflejo de la realidad que ya estamos observando claramente a nuestro alrededor. La inmensa mayoría vuelve a ser como los zombies que el cineasta George Romero mostró satíricamente en sus películas de los años 70 y hasta su fallecimiento para explicar la esencia y la naturaleza humana que se mueve por instintos y estímulos externos.
Como bien apunta mi otro amigo José Ángel: “La publicidad empieza a insistir en que tenemos que volver de inmediato a la misma vida de antes, a consumir igual, a beber igual, a contaminar igual... como si todo hubiera sido un mal sueño del que hay que despertar y olvidar. Todos a las prisas, al trabajo frenético, a por dinero, a los bares, al ruido, las pelis, las vacaciones lejanas, el turismo de masas, las compras innecesarias, la vanidad de las redes sociales, los créditos y las deudas, las comilonas insanas... que nadie se pare a pensar que hay otras formas de vivir, de encarar la realidad, de darle sentido a esta locura. Y los ancianos, a las residencias de nuevo, que molestan en casa, que no nos dejan hacer todo eso que hay que hacer. Y los niños también molestan (aunque es verdad que tienen la belleza del cachorro; no son como los viejos): al cole de inmediato o a las guarderías. Por lo visto no ha pasado nada: el mundo era perfecto hasta febrero. Repitamos la historia”.
Incluso el periódico “El Mundo” hizo un análisis sobre la situación “postpandemia”, y decía así: “Sexo, fiestas y despilfarro: así serán los años locos que llegarán tras la pandemia. En pleno récord de contagios, cada vez más expertos aventuran cómo se comportará la sociedad cuando termine la crisis. La Historia demuestra que, tras los grandes traumas, suele venir una resaca de gasto económico y desenfreno hedonista”[1].


Cambios globales vs Cambios personales
Hay filósofos y figuras religiosas que piensan lo contrario, que todo lo que está pasando va a sacar lo mejor del ser humano y vamos a “ascender” a una especie moralmente mejorada. La persona de la calle, que se aleja de las palabras vacías de estos humanistas que siguen confiando en la benevolencia del corazón humano, sabe que no será así. En una reciente entrevista, el célebre exjugador de Baloncesto y médico de profesión, Juan Antonio Corbalán, un ciudadano con los pies en la tierra, a la pregunta de si habremos aprendido la lección de todo esto, contestó así: “Yo creo que no. La humanidad tiene una inercia tan enorme... Nos durará durante un tiempo esta sensación de país, de compartir y de reconocer el trabajo de los otros. Creo que eso poco a poco irá disminuyendo y al final volveremos a los mismos vicios que hemos tenido siempre. Soy bastante escéptico porque muchos de los elementos que conforman nuestra sociedad son impuestos y tenemos una forma de capitalismo mal entendida. Eso nos hará volver otra vez a lo de que ´yo arreglo mi problema y el que venga por detrás que arree`. Ahora se impone la parte social, más redistributiva y más bonita y buena de las personas, que poco a poco se irá olvidando. Ojalá nos sirviera para hacer una sociedad nueva”[2]. Expresa un deseo (“ojalá sirviera”) pero muestra la realidad (“volveremos a los mismos vicios”).
¿Habrá individuos que a nivel personal serán diferentes “a mejor”? Seguro que sí. De entre los temas que hemos tratado en estas lecciones, estarán aquellos que se habrán dado cuenta de que no son el centro del mundo. Otros habrán aprendido a controlar física y mentalmente la ansiedad. También estarán los que habrán puesto su confianza en Dios en medio de la tormenta y esto les servirá para siempre aunque en el futuro vengan situaciones desagradables a sus vidas. Luego estarán los que, al ver que han sobrevivido a esta crisis médica mundial, se sentirán agradecidos cada día por todo lo que tienen, sea mucho o poco, en lugar de quejarse por lo que les falta. Otros habrán aprovechado este tiempo de encierro para buscar a Dios en Su Palabra y los que se alejaron para acercarse nuevamente a Él.
Habrá un poco de todo sin grandes variaciones: el carnal seguirá mostrando una actitud y una forma de pensar carnal. El cascarrabias seguirá siéndolo. El que se enoja a la mínima y por nimiedades seguirá haciéndolo. Los hinchas deportivos volverán a su pasión, llegando al extremo del “odio al del bando contrario”. Las feministas radicales volverán a reclamar el aborto libre y a defender la ida de que el género es una construcción social. El hereje se reafirmará en su herejía. El que cada vez que salía de fiesta bebía hasta ver las estrellas, ahora verá las constelaciones de la cogorza que llevará. El religioso volverá a su liturgia sin vida. Habrá espirituales que lo serán aun más y otros que habrán relajado su ética y moral. Los que estaban acostumbrados a depender de infinidad de cultos y actividades para alimentarse se habrán secado o habrán aprendido a comer por sí mismos. Los que comían por sí mismos, lo habrán seguido haciendo, incluso más, dándose buenos “banquetes”. Algunos habrán hecho caso a la exhortación de Pablo, de aprovechar bien el tiempo porque los días son malos (Ef. 5:16) y otros lo seguirán perdiendo en banalidades y en telebasura.
Ya dice esa famosa canción de Alaska: “¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga? Yo soy así y así seguiré. Nunca cambiaré”. [...] Ya es demasiado tarde para cambiar ahora. Me mantendré firme en mis convicciones. Reforzaré mis posiciones”. Por eso, y en definitiva, las palabras de Apocalipsis se harán realidad: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap. 22:11).
Creer que el cambio positivo será generalizado y que, a grandes rasgos, los habitantes del planeta Tierra cambiarán, es sencillamente no conocer a nuestra especie ni su historia pasada. Jesús llegó a preguntar de forma retórica: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc. 18:8). La respuesta –en términos globales- es claramente que no.

Conocer el error en el que muchos caerán para no caer en él
Como ya vimos en el primer escrito, cuando se implemente de nuevo la total “normalidad” a nivel relacional y la vida social se restablezca –sea en unos meses o en varios años- los que no hayan aprendido nada durante este periodo oscuro volverán a las mismas rutinas anteriores. Y el porqué es muy sencillo de entender: cuando pasamos por malas experiencias, encontramos que la mejor manera de pasar página es “dejar de mirar atrás” y “mirar hacia adelante”. Y es así como “olvidamos”. Los recuerdos quedan almacenados en la memoria pero pierden su influencia sobre nosotros y dejan de ser el pan de cada día. De forma equilibrada, es una actitud deseada y sana que se centra en el presente y en los vivos. Incluso es aconsejada vehemente también por Pablo: “una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13-14). Pero si las malas malas vivencias no nos lleven a cambiar lo que haya que cambiar, a mejorar lo que haya que mejorar y, en definitiva, a crecer, no habrá servido como aprendizaje ni encontrado su lugar como oportunidad para pulirnos y madurar.
Si solo tiene una enseñanza temporal, si solo nos ha servido para darnos cuenta del valor de la amistad, para darnos cuenta de cuánto echábamos de menos a los amigos y a los familiares, los besos y los abrazos, y cómo anhelábamos la libertad para viajar, hacer deporte, salir a cenar, a pasear o practicar cualquier afición, y nos limitamos a volver a hacer lo mismo–aun siendo sano todo lo citado- poco partido le abremos sacado a este periodo de nuestra vida. El Covid-19 no nos habrá enseñado nada trascendental.

¿Dónde está la diferencia?
El matiz, el antes y el después, lo que diferencia lo temporal de lo atemporal, lo efímero de lo eterno, está incluido en la segunda mitad de las palabras citadas de Pablo. Sí, dejar atrás el pasado, pero con un propósito: proseguir a la meta, “al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:14). Aquí no hay término medio: o buscamos cruzar esa meta cuando lleguemos al final de nuestra vida o seguimos mirando únicamente esta vida presente y nada más.
Pablo fue muy claro sobre las malas épocas, y esta lo es: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16). Así que, para terminar esta serie de escritos y como colofón –aunque quién sabe si los ampliaré en el futuro en función de las circunstancias- tienes que hacerte una serie de preguntas para ver si estás aprovechando este tiempo de forma sabia o lo estás tirando literalmente a la basura:

- Si estabas lejos de Dios, ¿te has acercado a Él?

- Si no le buscabas, ¿le has buscado?

- Si no le conocías, ¿ya le conoces?

- Si no habías aceptado su regalo de salvación, ¿lo has aceptado ya?

- ¿Tienes la certeza de que tu nombre está escrito en el Libro de la Vida?

- ¿Has profundizado en su conocimiento leyendo Su Palabra o te has limitado a hacer gimnasia, a matar las horas delante del ordenador, del móvil o de la tablet?

- ¿Has leído buenos libros cristianos o te has limitado a novelas seculares?

- ¿Tu mirada sigue puesta exclusivamente en este mundo sin tener en cuenta la eternidad?

- ¿Estás preparado para cuando la muerte llame a tu puerta, sea en la fecha que sea?

- ¿Tu único deseo es retomar la normalidad anterior o anhelas con mayor ahínco el regreso de Cristo?

- ¿Has aprendido a confrontar la ansiedad física y mental, y a descansar la de tu alma en Dios?

- ¿Sabes ya cómo hacer que tu alma halle reposo en Dios en lugar de depender de los vaivenes de la vida?

- ¿Has comprendido realmente y de forma práctica que no eres el centro del universo?

- ¿Eres más agradecido ahora que antes y has hallado el contentamiento en la sencillez y no en la búsqueda del reconocimiento social o las posesiones materiales?

Podría plantear infinidad de cuestiones más, pero las más básicas e importantes están aquí recogidas. Y recordemos que saber las respuestas adecuadas no significa haber aprendido si no se ponen por obra. Ya resaltó Platón tal verdad: “El que aprende y aprende y no practica lo que sabe, es como el que ara y ara y no siembra”.

Conclusión
Una reciente encuesta en Alemania señalaba que el 41% de la población piensa más en el significado de la vida desde el coronavirus[3]. Un porcentaje bajísimo dada la situación. C. S. Lewis dijo: “Dios nos grita en el dolor, es el altavoz que utiliza para despertar a un mundo sordo”. Ni el dolor del coronavirus sirve para que los sordos busquen dejar de serlo cuando podrían si quisieran. 
Hay otros que parece que sí están buscando en Internet a Dios durante el confinamiento: “Muchas entidades que trabajan compartiendo el Evangelio por Internet han visto un gran aumento en la solicitudes y preguntas de los usuarios. Así, por ejemplo, el ministerio enbuscadeJesus.net y pazconDios.net coordinado en España por Decisión, que cuenta en la actualidad con un equipo de 23 voluntarios como consejeros online, ha atendido miles de solicitudes desde que comenzó el estado de alarma. A nivel global, pazconDios aumentó un 42% en marzo sus visitas sobre el promedio de 2019. 190.000 personas han visitado las páginas especiales creadas sobre el Covid-19 desde que comenzó la pandemia, de las cuales 9000 oraron pidiendo la paz de Dios en sus vidas y 1700 dejaron sus datos para continuar en contacto. [...] Una voluntaria tuvo una conversación con una mujer con miedo a la muerte por el Covid-19. En medio de esa desesperación la usuaria mencionaba que no tenía paz, que se sentía sola y que no encontraba sentido a todo lo que estaba pasando. La voluntaria le guió a varios textos de la Biblia que prometen paz y le presentó el mensaje del amor de Dios. Después de un rato, la usuaria se calmó y decidió orar aceptando el perdón y amor de Dios. Luego escribía que estaba llorando por la paz que estaba sintiendo al haber hecho la oración reconociendo a Jesús como su Salvador y que estaba perdiendo ese miedo tan terrible al virus”[4].
La realidad es que, cuando pase el efecto y el shock provocado por el coronavirus, y cuando los confinamientos concluyan definitivamente, salvo excepciones, en la mayoría de los casos, se hará realidad ese refrán que dice “si te he visto, no me acuerdo”: todo irá quedando atrás y solo quedarán pequeños reductos de personas que habrán adquirido y asimilado lecciones que determinarán para bien su futuro y su eternidad. Es y será motivo de gran alegría.
El mundo va a seguir girando, y de igual manera las catástrofes naturales nos volverán a golpear cada cierto tiempo: sea en forma de terremotos, tsunamis, lluvias torrenciales, huracanes o nuevos virus. A esto habrá que sumarle la mano destructora del ser humano: guerras, atentados terroristas, injusticias sociales, enfrentamientos políticos y todo tipo de actividades destructoras que suelen ser la norma en nuestra historia. Así que nada depende de lo que suceda o deje de suceder, si no de tu decisión personal respecto a Dios: aceptar o no el sacrificio que Él llevó a cabo en la cruz por tus pecados y, una vez hecho, cambiar todo lo que haya que cambiar.