Venimos de aquí:
¿Qué tiene que decir el cristianismo sobre los deseos de la biotecnología de
rediseñar al ser humano? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/09/2-que-tiene-que-decir-el-cristianismo.html).
Algunos
podrán decir que los avances que hemos expuesto hasta ahora implicarán que,
algún día, dejaremos de morir.
Para desazón de muchos fantasiosos, esto no es así. Lo que se vislumbra
es una mejor calidad de vida, no “la
ausencia de la muerte”. La razón es sencilla de explicar: aunque se lograra
mantener más largos los telómeros (cuyo límite, incluso estirándolos, parecen
estar en torno a los 150 años), no implicaría que fuéramos a vivir de forma
eterna, sino que apenas tendríamos enfermedades; estaríamos prácticamente sanos
y vigorosos durante esos años.
¿Inmortales?
Ante la falsa perspectiva que se tiene sobre la “inmortalidad”, debemos
cuestionarnos la premisa que nos quieren vender y que no se puede sostener: ni
siquiera José Luis Cordeiro se atreve a hablar de ella, por lo que la llama longevidad indefinida. Admite que existen multitud de factores
que escapan al control humano y que pueden provocar el fallecimiento, incluso
sin enfermedades de por medio:
un accidente de tráfico, un atropello, ahogarse, una guerra, una agresión
física, diversos desastres naturales (terremoto, tsunami, meteoritos,
tormentas, lluvias torrenciales o volcanes). No existe la seguridad absoluta y
nunca la habrá.
Sepamos que, si estamos comiendo cacahuetes y se nos atraganta uno —solo uno—, sin
que haya nadie a nuestro alrededor para realizarnos la maniobra
de Heimlich,[1] tengamos por seguro que ni los telómeros,
ni la medusa Hidra, ni todos los descubrimientos futuros de la biotecnología
serán un escudo indestructible contra la muerte: «No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el
espíritu, ni potestad sobre el día de
la muerte; y no valen armas en tal guerra» (Ecl. 8:8).
El transhumanismo
La otra opción
que nos presenta la humanidad ante el fatalismo de la muerte es la que promulga
el transhumanismo: entre otras barreras, la final y más alta que aspiran a
superar es la de transferir/volcar nuestra mente —entendiendo
ésta como la suma de la memoria y la conciencia— a:
- Dispositivos electrónicos, sea a un cuerpo humano clonado o robótico que podría ser reemplazado en caso de avería. Así lo promulga el proyecto ruso llamado la Iniciativa 2045, «que busca alcanzar la inmortalidad mediante la copia digital del cerebro humano al interior de un robot»,[2] y está financiado por el millonario Dmitry Itskov. Otros hablan de hacer lo mismo pero en cuerpos clonados de nosotros mismos. Es algo que deja ver muy claramente en la serie Altered Carbon (basada a su vez en la novela homónima de Richard K. Morgan y ubicada en el año 2384), donde la conciencia es transferida a cuerpos llamados “fundas”, y que se sustituye por otra cuando falla o se hace inservible. Evidentemente, son los millonarios los que pueden pagar las mejores fundas, incluso múltiples de ellas para garantizar su supervivencia en caso de sufrir un accidente mortal.
- Una red de redes a imagen y semejanza de Internet, pero infinitamente más avanzada, donde terminaríamos siendo parte de una especie de conciencia colectiva: «El Dr. Randal Koene, neurocientífico, ex profesor de la Universidad de Boston, asegura que es completamente posible: los 86.000 millones de neuronas que componen nuestro cerebro y que se conectan a través de descargas eléctricas pueden replicarse en otro soporte».[3]
Según ellos,
esta segunda forma garantizaría “la vida eterna”. Sería una existencia
post-biológica:
Si podemos realizar un escaneo de la
matriz sináptica de un individuo y reproducirla dentro de una computadora,
entonces será posible emigrar desde nuestro cuerpo biológico a un substrato
puramente digital. Entonces, estando seguros que tenemos varias copias de
nuestra matriz sináptica, realmente podremos disfrutar de períodos de vida
ilimitados. Sin duda lo
anteriormente mencionado requiere del uso de una Nanotecnología ya madura, pero
hay también otras formas menos extremas de fusionar la mente humana con la
computadora y hoy día se están desarrollando interfases del tipo neuro/chip.
Esta tecnología está en sus pasos iniciales y en el futuro podremos conectarnos
en forma directa al ciberespacio.[4]
¿Es imposible?:
Nuestro
cerebro tiene 86.000 millones de neuronas y cada una de ellas está conectada a
otras 10.000. Recrear todo esto en un disco duro de cinco centímetros de
diámetro parece imposible. Pero hay expertos que se resisten a creerlo. Uno de
ellos es Randal Koene, físico, neurobiólogo y neurocientífico, quien se ha
propuesto descargar su cerebro en un ordenador. Koene cuenta para conseguirlo
con el apoyo de Elon Musk (creador de PayPal, Tesla y Space X) y del millonario
ruso Dimitry Itskov, entre otros, que han invertido casi mil millones de euros
para hacerlo. Una de las empresas que ha nacido gracias a esta cantidad de
dinero es Neuralink, propiedad del propio Musk.[5]
El mismo Stephen Hawking afirmó en vida que «teóricamente es posible
hacer una copia de nuestro cerebro y cargarla en un ordenador».
Estos
planteamientos ya se han visto en novelas como Neuromante de William Gibson, en películas como Robocop, Matrix, Transcendence, Ghost in the shell, Johnny Mnemonic, Eternal
y Avatar, en algunos capítulos de la
serie Black Mirror y en la reciente
serie de animación Phanteon.
A esta nueva
identidad se la llama post-humano, puesto que sería una “evolución” del ser
humano tal y como lo hemos conocido a lo largo de toda la historia.
¿De verdad que
hay personas que quieren vivir dentro de una red informática? ¿Se puede desear
una estupidez más grande? Pues parece que sí. Como dijo Albert Einstein: «Dos
cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y yo no estoy seguro
sobre el universo».
Una conclusión tajante
La realidad es
que, aunque llegáramos a tener una especie de longevidad indefinida, al final, de una manera u otra, polvo somos,
y al polvo volveremos (cf. Gn 3:19).
El escritor de Eclesiastés lo expuso muy gráficamente: «Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las
bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una
misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque
todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo
volverá al mismo polvo» (Ecl.
3:19-20).
Hay cristianos
que señalan que todos estos avances científicos son una de las señales
específicas —entre otras muchas—, que anuncian la segunda venida de Cristo,
basándose en Daniel 12:4: «Pero tú,
Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos
correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará». Como el pasaje en
cuestión no cuantifica el límite del avance, podría ser pronto o no.
Lo lo importante
es que, tengamos una idea al respecto u otra, e independientemente de que es
evidente que el avance moral de la especie humana no está yendo parejo al
científico (como dijo Isaac Asimov: «la ciencia reúne el conocimiento más
rápido de lo que la sociedad reúne la sabiduría»), todos vamos a morir, sea por un motivo u
otro.
Por mucho que
queramos, no somos nuestros propios “dioses”, como el también famoso científico
y escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke quiso transmitir en su relato El fin de la infancia. No es a nosotros
a quienes nos corresponde tener potestad sobre la vida y la muerte, sino a
Dios: «Si él pusiese sobre el hombre su corazón, y recogiese así
su espíritu y su aliento, toda carne perecería juntamente, y el hombre volvería
al polvo» (Job
34:14-15).
Vivamos cincuenta
o cinco mil años, sanos o enfermos, todos moriremos, y es en esa última
frontera donde deberíamos centrar nuestra atención. La biotecnología y el
transhumanismo, al fin y al cabo, no son más que intentos fútiles de fabricar
una fuente de la eterna juventud; un
sucedáneo terrenal de la verdadera vida eterna que solo Dios ofrece.
Continúa en ¿Cuáles serían los problemas si viviéramos cientos de años en este
mundo? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2023/01/4-cuales-serian-los-problemas-si.html).
[1] La maniobra de Heimlich, llamada Compresión
abdominal es un procedimiento de primeros auxilios para desobstruir el conducto
respiratorio, normalmente bloqueado por un trozo de alimento o cualquier otro
objeto. Es una técnica efectiva para salvar vidas en caso de asfixia por
atragantamiento. https://es.wikipedia.org/wiki/Maniobra_de_Heimlich
[2] http://www.emol.com/noticias/tecnologia/2012/07/26/552639/iniciativa-2045-el-proyecto-ruso-que-quiere-lograr-la-inmortalidad-del-hombre.html

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