jueves, 1 de octubre de 2015

La diferencia entre “estar” bien y “sentirte” bien




        Hace unos meses, una mujer de 42 años, a la que ninguno de mis allegados y lectores conoce, me dijo que la vida ya no tenía nada bueno para ella. Literalmente, afirmó ser una fracasada. Lo había intentado todo y nada le había salido bien. Me confesó que no encontraba trabajo, por lo que vivía con sus padres que la mantenían. Y no tenía amigos. Es más, incluso llegó a expresar que le resultaba aburrida la vida cristiana. El dolor la embargaba profundamente y su desesperación era total.
No me resulta muy díficil detenerme durante unos minutos y “entrar en la piel del otro” para comprenderlo. En esos momentos siento ese dolor agrio que todos los seres humanos experimentamos en diversos momentos de nuestro caminar por este mundo. Hay ocasiones en que las palabras que buscan consolar no surgen ningún efecto, e incluso lo mejor es no decir nada, solo expresar con lágrimas cuán rota está el alma. 
Tristemente, este no es un caso aíslado. El problema se agudiza cuando quienes no experimentan este tipo de situaciones y sentimientos prefieren mantenerse un tanto al margen, vaya que hablar de las cosas negativas les traiga una especie de maldición, palabra tan de moda hoy en día en la jerga de muchos y que está llena de pura superstición disfrazada de cristianismo. Llorar con los que lloran no va con ellos. Eso en el caso de que no lo acusen de algo peor: falta de fe.

Preguntas y más preguntas
Personalmente me afecta en grado sumo cuando escucho a alguien expresar esta clase de sentimientos. Puede que en demasía. Quizá sea la edad, la etapa de la vida en la que me encuentro, algunas cuestiones del presente o las diversas circunstancias a las que me he enfrentado en los últimos años, algunas de ellas surrealistas. Pero todo esto, sumado a la contemplación meticulosa del planeta donde vivo, de la vida de aquellos que conozco de cerca o un poco más lejos (sea o no partícipe de sus vidas), y de los que se cruzaron conmigo en algún momento del pasado, me ha hecho especialmente sensible ante el dolor ajeno. Cuando lo percibo me abruma y lo siento como mío. No creo que esto sea muy sano, puesto que repercute incluso en mi salud de maneras inesperadas, pero es tal y como experimento la realidad desde hace tiempo. A día de hoy, no he aprendido a tomarme las cosas de otra manera. Sinceramente, no sé ni cómo hacerlo. Y ahí me ahogo. Entre risas y disimulos, mi mente se vuelve obsesiva, como un volcán en plena erupción, tratando de encontrar soluciones a los problemas que surgen y se mantienen indefinidamente en el tiempo, tanto los propios como los ajenos.
Hay tantas preguntas que desbordan las emociones y el raciocinio... ¿Qué se le puede decir a una persona como la mujer que me abrió su corazón, para la cual la vida es un suplicio y está totalmente convencida de que estaría mejor “en el otro barrio”? ¿Qué se le dice a un familiar que se pasa entre hospitales y salas de urgencia horas y tiene que convivir con la enfermedad día tras día? ¿Qué se le dice a un amigo que vive de ayudas sociales y familiares? ¿Qué se le dice al que se siente solo porque lo ha perdido todo, incluso las amistades? ¿Qué se le dice al parado de larga duración y sin expectativas? ¿Qué se le dice al que ha sufrido una dolorosa ruptura sentimental? ¿Qué se le dice al que ha sido traicionado y tiene pánico a abrir nuevamente su corazón por miedo a que se lo vuelvan a partir en mil pedazos? ¿Qué se le dice a un hombre al que el cáncer está consumiendo? ¿Qué se le dice a unos padres que han perdido a su hijo en un accidente? ¿Qué se le dice a quien ha visto sus sueños morir? ¿Qué se dice uno a sí mismo cuando el dolor emocional te abruma de tal manera que te provoca arritmias, sudores instantaneos en plena madrugada y un tic nervioso en el ojo? ¿Y en casos emocionalmente extremos donde se pierde el conocimiento de tal manera que te lleva a caer a plomo contra el suelo en apenas dos segundos?

El esquema de la vida
Nuestro cerebro suele ser como el disco duro de un ordenador: Almacenamos nuestros recuerdos en distintos compartimentos. En la memoria lo guardamos todo, sea que conscientemente nos acordemos o no. Mientras más se presta atención con los cinco sentidos a los detalles, más capaces somos de evocar conversaciones o situaciones intensas que ocurrieron hace muchos años. Por eso nos encontramos con personas ancianas que se acuerdan de su propia adolescencia, aunque hayan pasado 80 años, y con la capacidad de detallarte con todo detalle emociones que sintieron hace décadas.
En esa misma mente tenemos una especie de esquema de lo que debería ser la vida. O, al menos, lo que esperamos de ella: una infancia feliz y sin traumas graves, amistades profundas e íntimas, una buena formación académica, el hallazgo de que algo se te da especialmente bien y te apasiona junto a ese don con el que servir a Dios para dejar alguna especie de legado, un trabajo con el que poder sostenerse económicamente y desarrollar en diversas áreas, terminando con el milagro de encontrar esa persona especial que quiere compartir la vida contigo porque os amáis y formar una familia.
Evidentemente, nadie desea ser como el anuncio de las cucarachas, que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero hay personas que se sienten como estos insectos  cuando se miran a sí mismas y contemplan sus vidas a la luz de las evidencias, ya que los esquemas que creían no se han cumplido y no tienen viso de hacerlo.

El error de los megaespirituales
Hay una corriente muy peligrosa entre grupos muy determinados de cristianos que se dedican a proclamar “bendición”, “salud”, “prosperidad” y “éxito” para todo aquel que crea las promesas del Señor. El problema es que estas personas tienen una guillotina, ya que para defender sus ideas han tenido previamente que cortar de las Escrituras pasajes enteros y textos muy claros que enseñan justo lo opuesto a lo que creen. Toman lo que les gusta y desechan el resto, con lo que la teología que se forman es monstruosa. No tienen reparo en hablar de “lluvia de bendiciones” y de que todo les irá bien a partir de ahora. Viven en un mundo irreal donde les han vendido la euforia como el estado definitivo del cristiano en este mundo. El problema es que un día sienten que han alcanzado una especie de Nirvana y al siguiente están en alguno de los círculos del Infierno de Dante. Tarde o temprano, cuando la realidad se hace manifiesta en forma de circunstancia dolorosa, el “sopapo” que se llevan es de proporciones cósmicas. Un verdadero síncope emocional y espiritual. Y a muchos les cuesta la misma vida levantarse cuando eso ocurre.

Ser & Estar y sentir
Muchas de las preguntas que realice líneas atrás tienen una respuesta teológica. En ocasiones las he contestado en diversos artículos y otras las plantearé en el futuro. En todas ellas, el que pasa por penurias puede encontrar consuelo y aliento, y hay maneras de animar a una persona en este tipo de situaciones dolorosas, aunque en muchas ocasiones lo único que se puede hacer es acompañarla en el sufrimiento con la mera presencia física para empatizar con ella, simplemente escuchando, comprendiendo y guardando silencio.
Pero hoy no es ahí donde quiero centrarme, ni siquiera en las respuestas a estas cuestiones, sino en aquello que nos sostiene cuando las circunstancias no son como nos gustaría. La clave está en entender la diferencia entre dos términos: “Ser” vs “Estar”.
Muchas personas los confunden porque parecen iguales. Pero la realidad es que son muy diferentes. Y cuando la vida se tuerce –porque de una manera u otra los esquemas se rompen en algún punto-, entender la diferencia entre ambos marcará el resto de la vida, tanto de la tuya como de la mía.
Veamos la diferencia entre “ser” y “estar” para un cristiano:

- Ser. Es un estado que es para siempre: soy español; soy hombre; soy alto. Define nuestra posición y qué/quiénes somos. Aplicando esta definición al concepto bíblico, podríamos aplicarla directamente a nuestra posición como hijos de Dios. Esa posición no cambia puesto que es inalterable e inmutable. ¿Por qué? Porque no depende de nosotros, ni de las circuntancias, ni de nuestras emociones, ni de nuestro estado anímico, sino de la obra que Dios ya hizo y hará en la eternidad: Soy hijo de Dios y soy amado por Él. Mientras que “permanezcamos” en Él, todo lo demás se puede sobrellevar aunque nos sintamos hundidos emocionalmente en determinados periodos de tiempo, sean breves o extensos.

- Estar. Es un estado que no es permanente sino temporal. Por citar algunos ejemplos: Estoy jugando al fútbol; Estoy viendo la televisión; Estoy comiendo; Estoy acostado; Estoy triste; Estoy enfadado; Estoy alegre. En consecuencia, no siempre estoy jugando al fútbol, no siempre estoy viendo la televisión, no siempre estoy comiendo, no siempre estoy acostado, no siempre estoy triste, no siempre estoy enfadado y no siempre estoy alegre.
Este “estar”, en uno de sus significados (el que expresa sentimientos y emociones), está intrísecamente unido con el verbo “sentir”. Como lo define la RAE: “Experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas”.
¿Qué significa esto?: Que, en función de las circunstancias temporales, de las experiencias que nos acontezcan en la vida y según el instante, estaremos/nos sentiremos de una manera u otra. Nuestro estado anímico variará en un sentido u otro. Si las circunstancias son negativas, las sensaciones que experimentaremos serán desagradables. Si las circunstancias son positivas, las sensaciones que experimentaremos serán agradables. Es algo temporal, y tiene un principio y un fin, porque las emociones son fluctuantes. De ahí que haya días que te levantas de la cama con energía y te sientes fresco con apenas cinco horas de sueño, y en otros te hace falta una grua para sacarte de las cuatro mantas en las que andas liado, y catorce horas durmiendo te parecen pocas porque sigues cansado. De tener ilusiones y proyectos, a sentirte engullido por un Tsunami.
Somos seres emocionales, y negar todo esto sería negar nuestra naturaleza.

¿Qué podría decir según el momento?
Una vez explicada la diferencia, según el momento en que me encuentre, podría decir: "Me siento animado y con ganas de comerme el mundo. Disfruto de todo lo que siempre me ha apasionado y siento que puedo afrontar todo lo que venga contra mí. Así que estoy/me siento genial". Pero en otras ocasiones, aunque me sienta mal, puedo decir: "Me siento bajo de ánimos y sin ganas de nada, pero soy hijo de Dios. Me cuesta hasta comer y no disfruto de algunos placeres sanos que normalmente me encantan, pero soy amado por Dios porque así lo dice Su Palabra ya que me lo demostró en la cruz. Siento que no tengo control sobre muchas circunstancias de la vida que son claramente injustas y tampoco entiendo la razón de mi situación personal en diversos aspectos del presente, pero soy perdonado por el sacrificio expiatorio de Cristo. No me siento bien porque no tengo trabajo estable, estabilidad económica ni una salud perfecta, pero soy eterno porque Él resucitó de entre los muertos y me está preparando una morada en los cielos ya que así lo prometió" (cf. Juan 14:2).
Esa es la fe que describe el autor de Hebreos, “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1). Podemos ver un claro ejemplo en las palabras de Pablo. Bajo circunstancias muy adversas, dijo: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados [sentimientos] en todo [circunstancia negativa], mas no angustiados [fe]; en apuros [circunstancia negativa], mas no desesperados [fe]; perseguidos [circunstancia negativa], mas no desamparados [fe]; derribados [sentimientos], pero no destruidos [fe]” (2 Co. 4:7-9). El ánimo y las circunstancias son variables. La posición no, porque se basa en los principios de la Palabra de Dios.
Estos son principios bíblicos inalterables, me sienta bien o me sienta mal, porque Dios no cambia ni depende de mis emociones: Esta es la base del creyente y su estabilidad en todos los aspectos: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn. 5:4-5). Así hizo Moisés, andar por fe, y “se sostuvo como viendo al Invisible” (He. 11:24.27).
Esto no significa que no podamos buscar las maneras de “sentirnos bien/mejor” –en otra ocasión trataremos ese tema puesto que Dios está muy interesado en nuestra salud mental y emocional-, y Su Palabra está llena de principios que nos hablan de esta cuestión-, pero lo que aquí y ahora estoy resaltando es que lo que importa en esencia es el “ser” por encima del “estar/sentir”.

¿Creer o sentir? ¿Dónde buscarás el sentido a todo?
Por lo que hemos visto, en lo que respecta a la fe, no confío en los sentimientos. Es más: ante una crisis personal de cualquier índole (sentimental, emocional, eclesial, espiritual, etc.), nuestro peor enemigo son las emociones, ya que en esos casos son predominantemente negativas. Por eso no me baso en ellas, sino que creo en lo que Dios dice. Esa es la fe. Es lo que me sostiene y no las emociones.
Cuando no asimilamos estos dos conceptos (normalmente, porque nos han enseñado incorrectamente), nos sentimos bastante perdidos. Se vive por emociones, por cómo nos sentimos, por cómo nos va la vida, por nuestras circunstancias. Nos convertimos en personas de doble ánimo, inconstante en todos los caminos (cf. Stg. 1:18). Un día nos sentiremos bien y creeremos que todo es una bendición, que Dios nos ama con locura, que Su presencia nos acompaña en todo momento y que no habrá nada que nos hará mal. Pero la mañana que nos levantemos con mal pie, creeremos que hemos sido maldecidos, que Dios prácticamente nos odia, que se ha apartado de nosotros o, al menos, que está muy lejos. Los rayos del sol se convierten en rayos destructores. Esta inestabidad no hay mente ni corazón que la soporte mucho tiempo.
Por todo esto, vemos que “el justo por la fe vivirá” (Ro. 1:17, Gá. 3:11). Ahí las emociones quedan a un lado. El que vive por fe, se sienta como se sienta, pase lo que pase, sea su vida como sea, decide creer que Dios lo ama y camina junto a Él: “El que anda por fe, aunque no entienda las razones de sus desgracias ni reciba del cielo explicaciones de las mismas, sabe que ´a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien` (Ro. 8:28). El que anda por fe, aunque sienta lejos a Dios, sabe que Él está a su lado todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt. 28:20). El que anda por fe, aunque pueda llegar a creer en su noche más oscura que el Señor no le ama, sabe que ´ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro` (Ro. 8:38-39) y que vino al mundo a rescatarle por amor (cf. Jn. 3:16). El que anda por fe, pase lo que pase, sabe que ´Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos` (He. 13:8). [...] Por todo esto, y mucho más, el camino de la fe es un camino muy superior al de los sentimientos”[1].
El que camina por la vida según sus sentimientos, jamás estará firme en Dios y posiblemente terminará por alejarse de Él. Buscará llenarse de mil maneras diferentes, para darse cuenta una y otra vez de que no es posible. Se llevará un batacazo tras otro, por mucho que trate de engañarse a sí mismo o lo niegue ante los demás. La “almohada” será su peor enemiga porque la conciencia no se puede acallar. 
¿Qué dice Isaías 26:3?: Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”. No dice que guardará en paz a aquel cuyos sentimientos perseveran en Él, sino a aquel cuyo pensamiento, ya que ha confíado.
Nuestra fe debe edificarse sobre la roca (Cristo), no sobre las arenas de las emociones: Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;  y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mt. 7:24-27).
Entre otros muchos, podemos encontrar un ejemplo extraordinario en la vida de Job. Perdió su salud, su ganado y a todos sus hijos. Su misma esposa le dijo que maldijera a Dios y que se muriese (cf. Job 2:9). Humanamente hubiera sido lo lógico, desear la muerte. Sin embargo, él contestó: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10). No se dejó llevar por el dolor ni por sus terribles circunstancias personales, sino que caminó por fe, aun sin saber todas las razones ni los motivos de su sufrimiento.
¿Siempre es fácil aplicar lo que estamos hablando? ¡No! Como esas emociones desorientan y son tan traicioneras, en algún momento se puede llegar en pensar que nada merece la pena, que lo mejor es tirar la toalla y dejarte llevar por la corriente de este mundo. ¡A vivir que son dos días! Podemos buscar nuevas emociones. Podemos probar todo tipo de diversiones. Podemos encontrar nuevos estímulos gratificantes y nuevas personas que toquen nuestro corazón. Podemos tratar de anestesiarnos incluso con el alcohol para no pensar en nada de esto ni en nuestras verdaderas emociones que nos recuerdan cómo nos sentimos realmente. Pero al final, como no podemos escapar de nosotros mismos, cuando nos quedamos solos en la noche o caminando por la calle envueltos en miles de pensamientos, terminamos por volver al punto de partida: el vacío sigue ahí. Y éste no se resuelve hasta que encontramos a Dios y caminamos con Él, entendamos o no Su manera de actuar para con nosotros ni el por qué de las circunstancias dolorosas de nuestra vida, incluso aunque duren todo nuestro caminar por este mundo.
Recuerda: la manera de confrontar estos pensamientos es tomando conciencia de que nada ni nadie llena el vacío del ser humano sino Dios, y nada ni nadie le da sentido a nuestra existencia sino Él. Es algo que pude comprobar por mí mismo hace quince años tras mucho tiempo de búsqueda. Ahora depende de ti decidir qué quieres hacer con tu vida y en qué basarás tus creencias, en el “ser” o en el “estar”.


[1] Guerrero Corpas, Jesús. Mentiras que creemos. Logos. Pág. 67-68.

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