lunes, 26 de noviembre de 2018

Cristianos que salen a cazar a otros cristianos

Si visitáramos cada uno de los países que componen este mundo y preguntáramos cuál es el deporte más popular, escucharíamos todo tipo de respuestas: fútbol, baloncesto, hockey, béisbol, rugby, tenis, natación, atletismo, boxeo, artes marciales, y así una lista prácticamente interminable. Si me preguntaran a mí cuál es el deporte más practicado por la humanidad en su conjunto no citaría ninguno de los nombrados, puesto que creo que es uno llamado la caza. Y no, que nadie se altere, no me refiero a esa práctica de ir detrás de un conejo, un ciervo u otro animal hasta matarlo con una escopeta. Mi alusión hace una referencia metafórica a esa afición/hobbie/deporte/entretenimiento que consiste en cazar a todo aquel que comete un error y que no es perfecto.
Siento decirte que tanto tú como yo somos profesionales de este deporte puesto que llevamos practicándolo desde que aprendimos a hablar. Nos reunimos alrededor de una taza de café, sacamos las cartas con las caras de las personas conocidas y desconocidas, y las analizamos escrupulosamente, al contrario de lo que solemos hacer con nosotros mismos.
Dije que lo sentía, pero más bien me alegro de decirlo, porque al hacerlo podemos reflexionar al respecto y buscarle una solución para pensar, corregirnos y seguir madurando.

La caza

No somos conscientes de cuánto daño podemos hacer cuando nos dedicamos a practicar ese deporte al que denominé la caza. Este no es un nombre que haya surgido de mi imaginación, sino de una desgarradora, incómoda y opresiva película danesa de dicho título (Jagten en el original) que ganó multitud de premios internacionales en 2012, destacando la soberbia actuación de Mads Mikkelsen, elegido por este papel como mejor actor en el festival de cine en Cannes. Fue esta obra la que me llevó a reflexionar sobre el tema y que debería ser de obligado visionado para todo el mundo ya que remueve por dentro a todo el que la visualiza. La manera de juzgar y criticar cambiaría por completo. Nos daríamos cuenta de cuánto daño podemos hacer si no actuamos bajo unos parámetros de rectitud. Así que voy a meter el dedo en la llaga hasta el fondo.
Lucas –el protagonista- vive en un pequeño pueblo donde trabaja en una guardería. Tiene un grupo de amigos maravillosos a los que está especialmente unido, aparte de ser querido por todos, incluyendo a los más pequeños, destacando especialmente Klara, la hija de tres años de su mejor amigo llamado Theo. Ante la falta de atención de su padre, ella se siente muy unida a Lucas, con el que juega y habla de todo. A pesar de ser una cría, surge en su interior una especie de enamoramiento infantil, regalándole a Lucas un dibujo de amor y dándole un beso en los labios a su maestro mientras estaban jugando. Él se queda desconcertado, así que habla con ella para decirle que eso no está bien y que no tiene que volver a hacerlo. Klara se siente tan dolida ante el rechazo que acusa a su profesor de abuso sexual. Se limita a repetir unas palabras obscenas que había oído de su propio hermano que no entendía y sin saber el daño que iba a causar. Todo es mentira, pero la creen, según ese dicho que dice que “los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”, y eso que no hay ni una sola prueba que lo demuestre, solo el testimonio de la niña. Antes de ser juzgado por un tribunal, la vida de Lucas se convierte a partir de entonces en un verdadero infierno con una atmósfera irrespirable. El único que permanece a su lado es su propio hijo. Aunque es exonerado, el pueblo entero ya ha dictado sentencia y se levanta contra él en una verdadera caza, convirtiéndolo en la presa. Le detienen, le agreden en varias ocasiones (terrible la secuencia del supermercado), apedrean su casa y sus amigos le dan de lado. De la noche a la mañana, el admirado profesor pasa a ser considerado lo peor de la especie humana.
La escena cumbre sucede en una ceremonia religiosa de Navidad. Todo el pueblo se reúne para escuchar a los más pequeños cantar villancicos. Allí se presenta nuestro protagonista. Las miradas de odio y de falta de misericordia son evidentes, a pesar de que se supone que son cristianos. En un momento dado, Lucas se derrumba y comienza a llorar lleno de rabia, volviéndose una y otra vez para mirar a Theo, el padre de Klara. Lucas se acerca a él, lo agarra fuertemente, y le pide que le mire a los ojos y compruebe en ellos que lo único que hay es “inocencia”.

Una noche, Klara le confiesa a su padre que Lucas no hizo nada, que ella se lo inventó. A pesar de todo y de ser absuelto, el daño ya estaba hecho y la duda de sus amigos siempre pesará sobre él, como vemos en la escena final que transcurre tiempo después. Nunca podrá vivir tranquilo. Los que le rodean nunca olvidarán. En cualquier momento, alguien le cazará.
Lo increíble es que todo aquello sucedió porque no le juzgaron de la manera en que enseñó Jesús: “No juzguéis según la apariencia, sino juzgad con justo juicio” (Jn. 7:24). Puede ser que no lleguemos a los extremos que se muestran en la citada película, pero a una escala menor nos mostramos muy severos con los cristianos que no piensan como nosotros, magnificando sus errores y pecados, como si nosotros ya fuéramos perfectos, santos y moralmente excelentes. Lo que el director muestra es un puro reflejo de la sociedad actual y de nosotros mismos, de cuánta hipocresía existe.

¿Dónde queda la presunción de inocencia?
Algo que desgraciadamente abunda en la humanidad es que no permitimos a las personas defenderse cuando se les acusa de algo. Nos olvidamos de un principio jurídico que la misma ley tiene muy presente: la presunción de inocencia, que establece que todo el mundo es inocente hasta que no se demuestra lo contrario. Eso dice la justicia, pero los seres humanos –y los cristianos también- la pasamos por alto en demasiadas ocasiones.
Solemos caer en el prejuicio con una facilidad pasmosa, nos dejamos contaminar por las opiniones de terceras personas sin oír al que se critica y, por último, nos olvidamos que un día podemos ser nosotros los que pasemos de cazadores a presas, de ajusticiadores a ajusticiados, de linchadores a linchados, de estigmatizadores a estigmatizados.
Pienso que no hay conversación mas baja donde la misma gira en torno a la crítica despiadada hacia un cristiano o donde nos comportamos como Klara, inventándonos falsas acusaciones o magnificando la realidad para quitarnos el aburrimiento, como si fuera una diversión más en un parque de atracciones. Es algo que se comprueba día tras día en las calles, en los trabajos, en los institutos, en las universidades, en los locales de las iglesias, en la prensa, en los programas de televisión y en las redes sociales.
Si a todo esto le añadimos nuestra propia naturaleza caída, resulta complicado no contaminarse. Es una verdadera plaga que termina asqueando y de la que somos partícipes en mayor o en menor medida. Y es algo que tenemos que desterrar de nuestro interior.

¿Y si fuera culpable?
Imaginemos por un momento que se hubiera demostrado que Lucas sí había hecho lo que decía la pequeña. Hubiera sido algo terrible y la justicia habría tenido que actuar con todo el peso de la ley. Las siguientes décadas las pasaría en la cárcel. Junto al dolor causado y sus propios remordimientos de conciencia, ese sería el precio a pagar. Ahora bien, aunque esas hubieran sido las consecuencias, ¿ya estaría muerto para Dios? ¿Le concedería una nueva oportunidad? ¿Le habría perdonado si se arrepintiera? Creo que todo cristiano que tiene un mínimo de conocimiento bíblico conoce las respuestas. El rey David cometió adulterio y trazó un plan para que el marido de Betsabé muriera en combate. Cuando el profeta Natán abrió sus ojos ante lo que había hecho, David se desmoronó y pidió entre clamores el perdón del Altísimo, como vemos reflejado en el conocido Salmo 51. Las consecuencias siguieron su curso y Dios no las evitó (hijos que se levantaron contra él, etc.), pero lo perdonó. Si no se hubiera arrepentido, el Señor habría actuado de otra manera, lo cual es un matiz muy importante a tener en cuenta en nuestras relaciones personales con aquellos que no se arrepienten ni cambian.
Tenemos que preguntarnos cómo actuamos nosotros con la persona que peca. ¡¡¡Ojo!!! Aquí estoy hablando de un cristiano que cae coyunturalmente en un pecado, no al que tiene por estilo de vida un pecado grave y concreto. Si es este segundo caso, ese individuo, aunque pueda formar parte de una congregación, tener apariencia de cristiano, supuestos dones y algún ministerio público, sencillamente, y como Juan deja bien claro, no ha conocido a Dios y “es del diablo” (1 Jn. 3:6, 8). Él mismo ofrece la explicación ante tal conclusión: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado” (1 Jn. 3:9). En el término “practica” está la clave. Así que lo primero que debería hacer una persona como esta es convertirse, porque realmente no ha nacido de nuevo. 
Ahora bien, si es un verdadero cristiano que ha caído de forma circunstancial y se arrepiente de corazón, ¿le perdonamos? Si decide cambiar de vida, ¿le tendemos la mano o destruimos su reputación para siempre? ¿Le permitimos explicarse y decir los porqué? ¿No será que en la mayoría de las ocasiones nos comportamos como aquellos que querían apedrear a la mujer adúltera, olvidando que ninguno de nosotros está libre de pecado? ¿No será que disfrutamos demasiado con la caza de brujas? Y no me refiero a pasar por alto los actos de alguien que persiste en su actitud y rebeldía, sino al que da un giro completo a su forma de ser y actuar, independientemente de lo que haya hecho (puesto que Dios no hace distinción entre pecados). ¿Cómo nos gustaría que nos trataran si fuéramos nosotros los que cayéramos, y más teniendo en cuenta que pecamos “todos los días”? Que sea Pablo el que nos guíe en las respuestas: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gá. 6:1). El cómo lo hagamos determinará, como el mismo texto dice implícitamente, si somos espirituales o carnales, obedientes o desobedientes a la voluntad de Dios.

¿Podemos criticar y juzgar?
Quien sigue este blog desde hace tiempo, sabrá perfectamente la respuesta a esta pregunta. A riesgo de ser pesado para ellos, pero necesario para los “novatos” por estos lares, expondré una vez más brevemente lo que ya he dicho en más de una ocasión.
Junto a la creencia errónea que tienen tanto cristianas como los que no lo son de que el perdón es algo que se debe conceder incondicionalmente (¿El perdón es gratuito para quien no se arrepiente? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/09/el-perdon-es-gratuito-para-quien-no-se.html), pensar que no podemos juzgar es otro desliz teológico que muchos tienen en sus mentes, que les provoca temor y que domina sus conciencias. Por eso se les escucha decir: “yo no juzgo”, y no ofrecen su opinión sobre muchas cuestiones porque no es positiva,  como si estuviera mal posicionarse.
Hasta que llegue el día en que trate este tema con amplitud, citaré lo que ya dije en David Yonggi Cho: Hablemos claro sin hacer leña (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/02/david-yonggi-cho-hablemos-claro-sin.html) y en Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html):

Cuando Jesús se refería a no juzgar (Mateo 7:1-5), lo hacía con un doble sentido:

a) En el sentido de juzgar condenando y maldiciendo como si el Juicio Divino nos perteneciera a nosotros. Ni siquiera el arcángel Miguel tuvo tal atrevimiento, ni aun contra el diablo: “No se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda” (Judas 8-9). Solo Dios conocen las intenciones del corazón y Él las juzgará en exclusiva (cf. 1 Co. 4:5).
b) En el sentido de no hacer juicios con ligereza como los que llevaban a cabo los hipócritas fariseos, que se consideraban superiores al resto de la sociedad.

Teniendo estos dos aspectos claros, tenemos que saber que podemos juzgar. Es más, debemos hacerlo. De ahí las otras palabras de Jesús:“No juzguéis según la apariencia, sino juzgad con justo juicio” (Jn. 7:24). Es la otra cara de la misma moneda. De ahí que se nos exhorte a juzgar:

- Toda enseñanza (cf. Hch. 17:11).
- Todo espíritu (cf. 1 Jn. 4:1).
- Toda profecía (cf. 1 Co. 14:29).
- A todo aquel que se hace llamar “apóstol” (cf. Ap. 2:2).

Por lo tanto, en el significado que hemos visto, no podemos juzgar el corazón de una persona en términos condenatorios, pero sí sus acciones y palabras, al igual que muchas historias bíblicas exponen el pecado. Sabiendo esto, podemos juzgar como pecaminosa la actitud de un hermano que está en yugo desigual, que ha caído en adulterio, que ha mentido una y otra vez o que está enseñando una herejía, entre otras muchas cosas; no con la intención de condenarle, sino de corregirle.
Es un gravísimo error “juzgar” a un hermano por su mayor o menor asistencia a las reuniones eclesiales o por el número de actividades o ministerios en los que participa. Y lo que es peor: muchas veces se hace sin conocer realmente a esas personas, como sus circunstancias, su día a día, su verdadero carácter y sin saber las obras bíblicas que lleva a cabo sin llamar la atención. Esta manera de enjuiciar es legalismo puro y duro, y hay que evitarlo a toda costa.

Las maneras y las formas a la hora de juzgar
La línea que separa juzgar y juzgar en términos condenatorios es muy fina, pero si la conocemos será muy fácil juzgar correctamente. Uno de los errores más habituales a la hora de hacerlo es usar el menosprecio, la burla o el sarcasmo. No es lo mismo “reírse con” que “reírse de”. Estas actitudes sí son pecaminosas y un área que todos tenemos que revisar en nuestras propias vidas. Para que una crítica sea noble hay que eliminar todo componente peyorativo. De lo contrario, estaremos en la misma categoría de lo que estamos juzgando. Por citar algunos ejemplos muy sencillos y humanos de la vida cotidiana: podemos juzgar sobre la comida de un restaurante, sobre el servicio ofrecido, sobre deportes, sobre un libro, una película, una canción, sobre un traje de boda y mil asuntos más. Un juicio de valor negativo no conlleva per se nada malo, por la sencilla razón de que tenemos derecho a estar en desacuerdo. El problema reside cuando vilipendiamos al cocinero, al camarero, al deportista, al escritor, al actor, al cantante o a la novia. Eso es lo que se debe evitar y cambiar. 

Teniendo en mente la película de la que hemos hablado y todo lo que hemos analizado, empecemos a cambiar nuestra manera de juzgar. Hagámoslo correctamente usando la objetividad, la razón y la justicia, en lugar de dejarnos llevar por nuestra impulsividad. De lo contrario, mejor será que guardemos silencio. Dejemos ya de ir de cacería de cristianos.

lunes, 29 de octubre de 2018

La ideología de género: de nuevo el diablo asomando su cabeza, y ahora, adoctrinando a los niños


¿Cuáles fueron las primeras palabras que el diablo le dirigió a un ser humano? Creo que todos las conocemos: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? [...] No moriréis” (Gn. 3:1, 4). Hablando por boca de los hombres impíos, el diablo sigue usando la misma expresión:

- Conque Dios os ha dicho... que un feto es una persona... No.
- Conque Dios os ha dicho... que el matrimonio es entre un hombre y una mujer... No.
- Conque Dios os ha dicho... que el adulterio es abominable... No.
- Conque Dios os ha dicho... que el sexo prematrimonial es pecado... No.
- Conque Dios os ha dicho... que no mintáis... No.
- Conque Dios os ha dicho... que emborracharse es una obra de la carne... No.
- Conque Dios os ha dicho... que las herejías son un espanto a sus ojos... No.
- Conque Dios os ha dicho... que no idolatréis a nadie... No.

Y así, con muchos ejemplos más. Todas estas maldades son consideradas como buenas por todo aquel que desprecia o ignora la voluntad de Dios. Y lo más llamativo: estas personas se consideran buenas y modernas.
El diablo les hizo creer a Adán y Eva que Dios les estaba ocultando la verdad y les prometió que serían como el Creador, conocedores del bien y del mal (cf. Gn. 3:5). En definitiva, les presentó un nuevo mundo si le hacían caso: libertad sin límites y placer eterno para los sentidos. Las consecuencias ya sabemos cuáles fueron y cuáles han sido a lo largo y ancho de la historia de la humanidad: miles de millones de niños asesinados en el vientre de sus madres; miles de millones de corazones rotos a causa del adulterio; miles de millones de hombres y mujeres que entregaron sus cuerpos sin estar casados; miles de millones de alcohólicos y drogadictos; miles de millones de infectados con enfermedades de transmisión sexual; miles de millones de personas idolatrando a deportistas, cantantes y famosos; miles de millones de familias desestruturadas y monoparentales cuyos hijos carecen de un padre o un madre al ser “concebidos” en una noche de locura.

De nuevo el diablo vuelve a hablar
La última vez, hasta el día de hoy, en que ha pronunciado dichas palabras –entiéndase no de forma literal, sino como una manera de expandir sus perversas ideas-, ha sido: “Conque Dios dice que el sexo de un hombre y una mujer depende de su biología... No”. ¿De qué depende entonces? De cómo se siente y de qué quiere ser. Por lo tanto, ya no hay solo dos géneros (hombre y mujer), sino un tercero: “diverso” lo llaman. Este ser infernal se burla de la enseñanza de Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn. 1:27).
Esto es lo que se conoce como ideología de género, y cuya enseñanza atroz se está implantando paulatinamente en diversos países del mundo, siendo Alemania uno de los primeros países europeos, como explicó hace unos días el pastor Wenceslao Calvo en uno de sus escritos: “Un tribunal instaba al parlamento alemán a que a partir de ahora ya no se contemplaran solamente dos géneros, masculino y femenino, en la legislación alemana sino tres, masculino, femenino y diverso. En una sociedad medianamente sana estos jueces alemanes habrían ido a parar a la cárcel, al atentar gravemente contra la estructura social. Pero tal cosa no ocurrirá. No solamente estos jueces no irán a la cárcel sino que los que pueden ir a la cárcel son todos aquellos que se atrevan a denunciar abiertamente su resolución, lo cual es indicio de la clase de sociedad que se está construyendo en Europa. [...] Es significativo que sea Alemania, la cuna de la Reforma, quien encabece esta demencia, lo cual revela el estado de degradación al que las cosas han llegado y de cómo Europa reniega y expulsa de su seno a lo que un día fuera su seña de identidad”[1].
¿Lo más grave de todo? Que se le está transmitiendo dichos “conocimientos” a los niñas y niños que no tienen ni edad para pensar por sí mismos y que carecen de madurez alguna: puro adoctrinamiento. Por supuesto, estos planteamientos están siendo impulsados por los grupos LGTBI. Tan modernos que se sienten, están siendo instrumentos de las tinieblas. Que los cristianos pensemos así no debería importarles, ya que ellos lucen con orgullo su ateísmo. Curiosamente, muchos de ellos quieren que aprobemos su estilo de vida o que un sacerdote o un pastor los case en una “iglesia”, ambas cuestiones a las que nos negamos los verdaderos cristianos. Por todo esto quieren silenciarnos acusándonos de homófobos, algo que ya refutamos en ¿Cristianos homófobos o con derecho a disentir? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/11/cristianos-homofobos-o-con-derecho_28.html).
Para ellos es ofensivo que alguien señale como perverso lo que están tratando de inculcar a los jóvenes. Sin embargo, se sienten completamente libres para insultar con todo tipo de expresiones groseras a los cristianos o a aquellos que no lo son pero no comparten sus postulados. Para ellos es “libertad de expresión”. Si lo hacemos nosotros respecto a sus ideas, somos delincuentes. Es más, en mi país –España- se está tramitando una ley para que no se consideren como delito las ofensas religiosas. El mundo al revés y el diablo que sigue diciendo “conque Dios os ha dicho...”.

Las ideas de “género” de sus promotores
La ideología de género destierra la idea de que nuestro sexo dependa de nuestra biología, de nuestra genética y de los atributos físicos. Dicen que no nacemos de un sexo u otro sino “neutrales”, que es la cultura y la educación la que nos convierte en hombres o mujeres. Tratan de hacernos creer que la culpa de que no podamos aceptar sus ideas recae en los estereotipos de la sociedad y al machismo imperante. Por eso hacen mucho énfasis en señalar que somos una “construcción social” que otros nos han impuesto.
Ante esto, lo que proponen es que cada cual se construya a sí mismo según como quiera y cómo sienta que quiere ser: hombre o mujer, independientemente de que sus cromosomas indiquen lo contrario (XX en la mujer y XY en el varón). A su vez, indican que hay “múltiples sexualidades”: un hombre que se siente mujer y quiere cambiar su cuerpo para ser mujer; un hombre que se siente mujer pero quiere seguir siendo físicamente hombre; una mujer que se siente hombre y quiere cambiar su cuerpo para ser hombre; una mujer que se siente hombre pero quiere seguir siendo físicamente mujer; un hombre que a veces se siente hombre y otras mujer; una mujer que a veces se siente mujer y otras hombre; un hombre que se siente hombre y mujer a la vez; una mujer que se siente mujer y hombre a la vez, etc. “Género fluido” es el término que le han puesto y donde todo tiene cabida.
También consideran que la orientación sexual no es fija sino que se ajusta a los roles que la persona quiera adoptar en las diversas etapas de la vida: ahora heterosexual, luego homosexual, más tarde bisexual, de nuevo heterosexual y más adelante otra vez homosexual. Y así con todas las combinaciones que el individuo considere oportuno. Por eso quieren que tanto niños como adolescentes experimenten la sexualidad todo lo posible hasta encontrar su propio rol, y que elijan libremente si quieren ser hombres o mujeres, para así cambiar su sexo biológico si lo consideran oportuno.
Esto implica que la familia no tenga que estar obligatoriamente formada por dos personas de distinto sexo: puede ser entre personas del mismo sexo, entre personas biológicamente del mismo sexo pero que se sienten del sexo contrario, entre personas que han cambiado alguna parte de su sexo biológico y se sienten una mezcla de ambos, etc. Por lo tanto, puede llegar a darse estos dos casos: que un hijo tenga por padre a un hombre que nació siendo mujer pero que se siente hombre y mujer a la vez, y que su madre sea una mujer que nació hombre y a veces actúa como hombre y que se siente homosexual. O también que no tenga un padre y una madre, sino dos madres, donde las dos nacieron siendo hombres y en la operación una de ellas decidió conservar el pene. Todo lo que la mente llegue a imaginar, es posible llevarlo a cabo. Vamos, que ni la Patrulla X tiene entre sus miembros a personajes más variopintos. Y no, aunque suene cómico, no es el argumento de una película de los hermanos Marx, ya que para los promulgadores de la ideología totalitaria de género es muy serio. 
Todo lo reseñado hasta ahora –y que yo seguía de lejos pero sin prestarle importancia hasta que ha llegado a mi país-, sonaba a ciencia ficción demente pero aquí la tenemos implantándose paulatinamente como la normalidad. Y así lo vemos en la portada que le dedicó en Enero de 2017 la famosa revista National Geographic a la “Género: Revolución”, y fuertemente criticada por el Colegio de Pidiatras de Estados Unidos. En ella vemos a Avery Jackson, un niño de 9 años que dice sentirse como una niña, y en la contraportada a un grupo de jóvenes que representan otras “categorías”. 
(Imagen de la izquierda: intersexo no binario, mujer trangénero, mujer transgénero, bigénero, hombre transgénero, andrógino, hombre; Imagen de la derecha: Avery Jackson)
¿Qué decir? Que está forma de pensar es enfermiza, a pesar de que sean ellos los que digan cuán liberadora es. Posiblemente sea el humanismo más atroz que jamás haya contemplado la humanidad. Puesto que no creen en Dios, en que de por sí exista algo que podamos llamar natural, en que nuestra naturaleza interna está caída –y por la cual vino Cristo a morir en nuestro lugar-, no les entra en la cabeza que esta clase de pensamientos y deseos obedecen a esa misma naturaleza corrompida. Que piensen de esta manera no tiene nada de extraño puesto que Pablo ya explicó el porqué se ha llegado a algo así: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Ro. 1:28).
Lo verdaderamente terrible es que, por ley, se quiera inculcar estas ideas a los niños y niñas desde que prácticamente son bebés, y sin el consentimiento de los padres. Quieren cambiar los libros de texto que se imparten en las escuelas –y que ya están haciendo- e incluso que los baños para los pequeños y jóvenes sean unisex. A un niño no se le hace daño únicamente con el castigo físico o psicológico, sino también cuando se le enseña el mal o se le dice que lo malo es bueno. Y Jesús fue muy claro y duro con los que llevan a cabo estas acciones: “Imposible es que no vengan tropiezos; mas !!ay de aquel por quien vienen! Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos” (Lc. 17:1-2).

¿Será la pederastia, con otro nombre, el siguiente paso?
Las consecuencias de estas leyes ya se están comenzando a ver. Por citar un solo ejemplo, el programa de educación Skolae, aprobado por el Gobierno de Navarra. Skolae propone el “reconocimiento de la sexualidad infantil desde el nacimiento despenalizando el reconocimiento y la vivencia de dicha sexualidad en el ámbito de la escuela y la familia (curiosidad sexual, juegos eróticos infantiles…)”. Los niños de 6 a 12 años serán invitados a identificar “las diferentes voces que habitan dentro de mí si soy chica, si soy chico, reconocer cómo suenan, qué me dicen, en qué momentos aparecen y cómo me hacen sentir”. Y los adolescentes de 12 a 16 años analizarán “el placer erótico: diversidad de gustos y de placeres”[2]. “Es decir, que obliga a los docentes a no mitigar la curiosidad de los niños en aspectos sexuales y a no prohibir los juegos eróticos que se puedan dar entre ellos”[3].
Si digo que es deleznable y atroz me quedo extremadamente corto en calificativos. Para defenderse de las críticas, el Departamento de Educación de Navarra dice que su programa se basa en documentos de la propia UNESCO. ¡Eramos pocos y parió la burra!
No soy profeta ni pretendo serlo. Tampoco quiero ser pájaro de mal agüero, pero lo diré claramente: es muy pequeño el paso que hay entre decirle a un niño que experimente su “sexualidad” con otros niños y dentro de su propia familia, a enseñarle que el contacto sexual entre los padres e hijos es sano y placentero para ambos, siempre que sea consentido y visto como un juego de aprendizaje. Y eso se llama pederastia, aunque seguro que, cuando se proponga, acuñarán un nuevo término por otro que no implique la idea de “abuso”. Y no me extrañaría que esa fuera la siguiente línea que se cruce. Si ya están llegando a este límite, si llevan décadas exacerbando los instintos más bajos, si consideran la pornografía un “arte” y no ponen leyes para que no sea accesible a los niños, si no tienen problemas en que los adolescentes suban fotos suyas medio desnudas a las redes sociales, si no consideran ilegal el hentai japonés que representa a menores de edad manteniendo todo tipo de relaciones, si no prohíben que entren en el cine a ver películas de alto contenido sexual, si les inculcan lo “maravilloso” que es disfrutar de distintas parejas sexuales sin ningún tipo de compromiso, ¿qué les impide seguir bajando la escalera de la corrupción moral? Nada.

Conclusión
La ingeniería social tan espeluznante que se ha llevado a cabo en las últimas décadas ha traído un fruto muy claro: incontables jóvenes de cualquier país desarrollado que, desde los trece, catorce y quince años (incluso antes), ya están mentalmente pervertidos en todos los aspectos; tanto que asusta. Vivimos en una especie de Sodoma y Gomorra, donde la corrupción moral se toma por virtud. El creyente que niega esta realidad es que está completamente ciego. Por eso le hablo aquí a la iglesia en general y a los padres en particular: tenéis que empezar a luchar YA. No mañana ni dentro de un mes. O lo hacéis ya, y lográis la unión como Iglesia, o vais a veros sobrepasados y devorados por la nueva educación que está llegando a las aulas. Como dijo Martin Luther King: “Una nación se sentencia a sí misma cuando sus gobernantes legalizan lo malo y prohíben lo bueno, y cuando su iglesia cobardemente se vuelve cómplice con su silencio”.
Si eres padre o madre, háblalo en tu congregación. Crea un grupo y muévete. O luchas por el derecho a educar a tu hijo según los valores bíblicos y no por lo que la sociedad caída dice, o la batalla la tienes perdida a medio y largo plazo. Si los ateos quieren pensar, sentir y vivir como les plazca, que hagan lo que quieran, pero que no le enseñen sus valores a tus hijos, y menos por la imposición de leyes.
En muchos países ya se está censurando a aquellos que se posicionan contra la ideología de género. En Canadá se aprobó una ley en Junio de este mismo año donde el Estado puede llegar a retirarle a los padres la custodia de sus hijos si no aceptan el género que éstos eligen, ya que se considerará un delito de odio[4]. En otros ya se está hablando de multas económicas severas para los que no la acepten, e incluso de penas de cárcel.
Al paso que vamos, y puesto que tanto la libertad de expresión como la elección de cómo criar a los hijos están en serio riesgo, si la Parusía no acontece en los próximos años, puede que a los padres cristianos no les quede más remedio que sacar a sus hijos de las escuelas públicas y educarlos en casa o, en el peor de los casos, emigrar a otros lugares donde la locura no se haya establecido como norma.
Aparte de proteger a los pequeños de las ideas diabólicas que los promotores de la ideología de género están expandiendo y que buscan destruir el concepto de familia tal y como Dios lo estableció, solo nos queda denunciar el derrumbe moral de la sociedad que pisotea las leyes divinas y establece las suyas propias, anunciando a su vez el día en que tendrán que rendir cuentas ante el mismísimo Dios del que hoy en día se burlan. Y ahí no habrá escapatoria ante el único y verdadero Juez.
Hasta entonces, ¡Maranatha!


P.d: Como no todo el mundo ha perdido todavía la cabeza, aquí dejo las contundentes conclusiones a las que llega el Colegio de Pediatras de Estados Unidos: 


lunes, 22 de octubre de 2018

7. ¿Morir voluntariamente es un acto de libertad?


Venimos de aquí: La actitud ante la enfermedad propia y ajena & El ejemplo de un padre. https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/02/6-la-actitud-ante-la-enfermedad-propia.html

Lo que piensan los pro y los anti sobre la libertad de decidir morir
Los pro-eutanasia parten de la premisa de que la potestad sobre la vida y la muerte le corresponde única y exclusivamente al propio individuo. Por lo tanto, es la persona y nadie más quién decide libremente cuándo darle conclusión a su vida, puesto que ésta no es considerada una obligación. Se defiende como un derecho para la población.
Dicho esto, es justo señalar todo lo que dicen ya que exponen su argumentación de una manera clara y sencilla: entienden que la eutanasia es para el que le desea, nunca una imposición. Esto nos presenta una situación bien definida:

- El que se sienta anímicamente fuerte y quiera gastar hasta su último aliento de vida –a pesar de sus enfermedades, dolores y circunstancias-, es libre de hacerlo.

- Aunque los cuidados personales y médicos sean aceptables para el paciente, siempre hay que respetar la voluntad de éste si quiere acabar con su vida. En este supuesto, él será también quién elija el cuándo.

Por lo tanto, para ellos no hay decisiones incorrectas puesto que lo que prima es la libertad de decisión – sea en un sentido u otro- y el derecho a elegir el cuándo.
Para aclarar esta cuestión, podemos empezar por definir qué es la libertad. Según el diccionario, estos son algunos de sus significados:

- Es la “facultad que tiene el ser humano de obrar o no obrar según su inteligencia y antojo”.
- Es el “estado o condición del que no está prisionero o sujeto a otro”.
- Es la “falta de coacción y subordinación”.
- Es el “poder o privilegio que se otorga uno mismo”[1].

Atendiendo literal y estrictamente a estas definiciones, cualquier persona es libre de hacer lo que quiera con su vida, y eso incluye acabar con ella. Sin embargo, los pro recalcan con insistencia que el Estado, los políticos y la religión les roba esa libertad. Esta acusación es una falacia. Nadie obliga a nadie a vivir. Nadie les impide ejercer esa libertad que tienen. Pueden hacer lo que quieran y cuándo quieran. Pueden obrar a su antojo. No están prisioneros ni sujetos a otros. No son coaccionados ni están subordinados. Ellos tienen el poder que se otorgan a sí mismos. ¿Quieren acabar con sus vidas? Está en sus manos llevarlo a cabo en el momento en que lo consideren oportuno. Y esto no es cinismo por mi parte; es la pura realidad.
El problema que tenemos aquí es que hacemos distinción entre suicidio y eutanasia. Se señala que las formas no son las mismas, que en la primera se acaba de forma violenta e indigna, y en la segunda en paz sobre una cama. Uno es más estético que el otro, pero la cuestión es que el fin es el mismo: matarse a uno mismo; otra forma de suicidio. Y ahí entra de nuevo la libertad personal. Algunos afirman que “es cruel que el Estado obligue a vivir a una persona que no quiere hacerlo. Ya está bien de intromisión de las iglesias, políticos y médicos en lo que debe ser un derecho de la persona individual. ¿Quiénes son para decirme a mí cuánto tengo que vivir y hasta cuándo? Una persona adulta debería poder elegir cómo poner fin a su vida”. Todos estos postulados son muy elocuentes, pero omiten los hechos: la realidad es que nadie se entromete. Nadie obliga a vivir. Nadie obliga a nada a nadie. La persona tiene la libertad individual entre sus manos. El libre albedrío que exigen ya lo tienen. El que quiera dar por concluida su vida, tiene el poder de hacerlo cuando quiera.
Dicho esto, y de igual manera, una persona no puede esperar a que un gobierno apoye su deseo –puesto que los deseos no son derechos-, y que terceras personas (sean médicos o familiares) hagan por él –directamente o proporcionándole los medios- lo que por sí mismo no quiere hacer. En el caso de que no puedan hacerlo por sí mismo por el propio deterioro del cuerpo, tampoco pueden endosarle a nadie esa responsabilidad, consabidamente traumática.
Dejando a un lado estas justificaciones que ofrecen, lo más habitual es lo que ellos mismos reconocen: no se atreven, sea por miedo a que el plan salga mal, a quedar en peor estado, a sufrir, a la preocupación de que su nombre quede estigmatizado ante la sociedad, etc. Pero todo esto esconde casi siempre el instinto de supervivencia y que les impide suicidarse.
Los pro dirán que esto es desalmado, pero la realidad es que lo fácil es culpar siempre a los demás, cuando la libertad sobre sí mismos ya la tienen. Si no quieren ejercerla, no culpen a otros. La libertad del que anhela la muerte no tiene que institucionalizar el cómo hacerlo a golpe de ley.  

¿La decisión de morir es un acto de libertad ilimitada?
Para responder a este planteamiento podría decir lo que creo basándome en mis creencias cristianas, pero ya dije en el primer artículo (Eutanasia: ¿La buena muerte?
http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/03/1-eutanasia-la-buena-muerte.html) que no usaría razonamientos que incluyeran la fe hasta el capítulo final, y tampoco lo haré en lo que atañe a esta cuestión sobre la libertad personal.
Una vez que he mostrado los argumentos principales que usan los pro y los anti, paso a continuación a explicar el mío que va un paso más allá, que consiste en ampliar el concepto del término libertad. En mi opinión, la libertad absoluta es una quimera. Como tal, no existe, como no existe la autonomía absoluta. No somos libres porque hay muchas decisiones que no dependen de nosotros:

- No tenemos libertad para elegir si queremos venir o no a este mundo. Es una acción que depende de otras personas.  
- No tenemos libertad para escoger el lugar y la fecha de nacimiento.
- Cuando éramos jóvenes, no teníamos libertad para escoger una u otra comida: nuestros progenitores nos daban la que creían conveniente.
- No tenemos libertad para conducir cómo y por dónde queramos. Podemos manejar un vehículo si tenemos el carnet de circulación, pero no libertad para ir en dirección contraria, por medio de un parque o saltándonos los semáforos en rojo.

Son únicamente algunos ejemplos muy básicos de muchos que podríamos citar. En la vida adulta y en lo concerniente a la eutanasia, por mucho que se proclame a los cuatro vientos que es nuestra vida, que nosotros decidimos y que los demás tienen que respetar esa determinación, la decisión de dejar de vivir tampoco depende en exclusiva de nosotros. ¿Por qué hago esta afirmación? Porque se reiteran una y otra vez los derechos que tenemos pero se pasan por alto los deberes. Y entre los deberes que tiene la persona que desea morir está el escuchar las voces de los que le rodean: padres, espos@, hij@s y herman@s. Cuando una decisión implica y afecta a más personas, la libertad en términos absolutos desaparece. La libertad individual tiene límites, por mucho que se quiera defender lo contrario. Esa es la frontera que hay que tener clara entre derechos y deberes.
El filósofo Stuart Mill (1806-1873) dijo sobre la libertad: “Cada individuo tiene el derecho a actuar de acuerdo a su propia voluntad en tanto que tales acciones no perjudiquen o dañen a otros. Como bien se explica aquí: “Defiende Stuart Mill que no puede permitirse que el individuo se perjudique permanentemente a sí mismo y a sus bienes, porque somos seres sociales y el daño que se inflige uno a sí mismo repercute en los demás”[2].
Todo se enfoca en el principio de que el enfermo no quiere que la familia cargue con él, y que sería muy egoísta no respetar su decisión de morir por el hecho de que otros le amen y quieren tenerle cerca a pesar de la enfermedad. No lo veo así, por la sencilla razón de que se desvía la atención ante los límites de la libertad que deja bien claro el señor Mill, obviando con esto dicho planteamiento: ¿El paciente le ha preguntado a su familia qué piensa al respecto? ¿Le ha pedido a los que le aman que le digan cómo les afectaría si tomara la decisión de la eutanasia? ¿Está dispuesto a que le lleven la contraria? ¿Ha pensado en la conmoción emocional y psicológica que experimentarán sus hijos al saber que quiere morir ya? ¿Está completamente convencido de que ellos no querrían tenerlo a su lado, independientemente de que tuvieran que volcarse en atenciones sobre él? Se pone todo el énfasis en respetar la voluntad de la persona, pero no se hace ninguna mención a que ésta valore las opiniones de sus cercanos.
Nos basamos en el principio de que el enfermo se beneficia ante la eutanasia, pero se deja a un lado cómo perjudica a otros. Por eso creo que quien antepone la libertad individual infravalorando la de los demás –en este caso, la de los seres queridos-, abusa de su propia libertad.
Si en el matrimonio –que está formado por dos personas- las decisiones son consensuadas, ante la muerte tampoco tendría que haber una única y última palabra. No debería ser un “yo”, ni siquiera un “tú”, sino un “nosotros”. Por eso, en los votos matrimoniales, se dice: “Te quiero a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad, todos los días de mi vida.
Siempre se muestran testimonios de familiares que, ante la cámara de televisión, apoyan la decisión del esposo o del padre de acabar con su vida. Si las entrevistas a los seres cercanos fueran completamente privadas y sin posibilidad de que el enfermo las oyera, las respuestas serían muy diferentes, como ocurre en muchas ocasiones donde el cónyuge o los hijos se han posicionado completamente en contra. Pienso que, en la realidad, muchos de ellos los apoyan –o, al menos, se mantienen al margen o dicen respetar la decisión-, porque no les queda más remedio, no porque realmente estén de acuerdo. Se evitan enfados, discusiones que pueden acabar en serios reproches y en la propia ruptura familiar.
Visto de esta manera, para mí la libertad acaba donde comienzan los derechos de los que me rodean. Es por eso que el enfermo debería aprender con buena actitud y disposición a escuchar el corazón de los seres queridos. Tras hacerlo, estoy convencido de que muchos –que no todos- recularían en su decisión ante la eutanasia, aunque siempre habría casos que seguirían insistiendo a pesar de la oposición de la familia.

Continuará en ¿Cansado de vivir? El destino a punto de alcanzarnos.