martes, 6 de abril de 2021

5. ¿Es cruel obligar a una mujer embarazada a hacerse una ecografía? & ¿Es cierto que un bebé no debería nacer en un lugar de pobreza y que lo mejor sería abortarlo?

 


Las mujeres proabortistas hacen esta afirmación: “Que quieran obligarnos a hacernos una ecografía es cruel para nosotras”. Nuevamente, es una idea sin pies ni cabeza, y que sobrepasa lo éticamente absurdo e irracional. Al fin y al cabo, lo que se esconde detrás se resume con el refranero popular: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.
Por eso, cuando se iba a aprobar en el 2014 en España la llamada “Ley Gallardón” (en referencia al ex Ministro de Justicia), que, entre otros aspectos, incluía la obligación de que las mujeres embarazadas que tuvieran la idea de abortar se sometieran a una ecografía, todo el movimiento proabortista lanzó una campaña brutal para que no fuera así. Finalmente no se aprobó, provocando que el Ministro, que había prometido en campaña dicha ley, dimitiera en conciencia tras ser negada su petición por el mismo Mariano Rajoy, presidente del país en aquel momento, que se acobardó ante el miedo a perder votos y terminó plegándose a los deseos de la turba.
Como he contado en más de una ocasión, un ginecólogo de mi ciudad suele acercarse a la entrada de una clínica abortista y le ofrece a las mujeres que van a entrar una ecografía gratuita en su consulta. Las que aceptan, cuando escuchan el latido del corazón del hijo que llevan en su interior, comienzan a llorar quebrantadas. Por lo que me narró un colaborador suyo, de todas las que se han hecho con este ginecólogo una ecografía, solo una siguió adelante con el aborto. Ellas, en su inmensa mayoría, se dan cuenta de que llevan a un ser humano en su interior y toman verdadera conciencia de lo que supondría acabar con esa vida. Por eso a las radicales proabortistas y a las clínicas que se lucran, no les conviene que los gobiernos les impongan una ecografía ni la visualización de un vídeo donde se muestre cómo se lleva a cabo un aborto y fotografías del resultado en el “ser” extraído.

(Escena de la película Unplanned, donde la protagonista observa la reacción de un feto mientras es abortado)

Aquí podéis ver y escuchar la reacción de Jael Ojuel, médica ginecóloga y obstetra, al preguntarle qué ha sentido al contemplar en primera persona desde un quirófano dicha práctica, y que sería la misma si los que quieren abortar lo pudieran ver (minuto 18:40 a a 21:13, https://www.youtube.com/watch?v=kIwOTxhGKr4).
Por otro lado, una de las “ideas” más recurrentes entre los proabortistas es señalar que una criatura no debería nacer en un lugar de pobreza y sin esperanza, puesto que eso es condenarlo en vida. Por lo tanto, para ellos, lo mejor es impedir que nazca.
La realidad se resume en esta pregunta: ¿Por qué, en lugar de centrarnos en que “es pobre” y en su condición social, no lo hacemos en ayudarlos y en proveerlos de recursos? ¿Seguimos la misma pauta proabortista con los adultos pobres de este mundo? ¿Los matamos o los ayudamos a salir de su situación? Nadie en sus cabales respondería lo primero. Sin embargo, para un bebé que aún sigue en el vientre de su madre, sí consideran válida la propuesta. De los miles de millones de euros y dólares que se gastan al año los gobiernos en financiaciar la destrucción del feto, ¿por qué no lo invierten en mejorar la calidad de vida de las embarazadas y de los niños por nacer y ya nacidos? ¿Por qué no ofrecen mayores ayudas económicas a las encintas y el apoyo constante de los servicios sociales? El presupuesto para las embarazadas o madres solteras, en comparación a otras partidas económicas, suele ser irrisorio, así que consideran más barato y fácil quitarse el problema de encima antes de que aparezca. Mejor gastarse el dinero en armas, en aviones de guerra, en los sueldos de los políticos, en ministerios que no sirven para nada y en sus vidas lujosas, ¿verdad? Hierve la sangre conocer la injusta realidad.
También apuntan a que, como existen abortos clandestinos, es necesario legalizarlos para que algo así no suceda. ¡Claro, y como existe el tráfico de drogas y la trata de menores, lo legalizamos también!
Por otro lado, ¿por qué no facilitan las adopciones para millones de parejas que no pueden tener descendencia y se mueren por tener un pequeño al que amar sin excusas, a una criatura que tiene todo el derecho del mundo a VIVIR, a sonreír, a disfrutar de los sanos placeres de este mundo, a ser amado y a amar, y a formar su propia familia en el futuro?
El que quiera saber más del tema económico que hay detrás de todo el negocio del aborto, aquí tiene una breve entrevista a Marta Valverde, presidenta de la Asociación Más futuro:  https://youtu.be/MoLinEWrCvc.

lunes, 5 de abril de 2021

4. ¿La mujer embarazada debe tener pleno derecho a decidir si aborta? ¿Los antiabortistas somos antiderechos?

 

(Ilustración de Luis Quiles)

 

Una de las acusaciones más habituales que nos hacen a los antiabortistas es que vamos en contra de los derechos de las mujeres. Y esto no es verdad por la razón que aquí expongo de manera muy clara y sencilla.
Ellos hablan de los derechos de la gestante pero omiten los del gestado, de ese nuevo ser vivo. Desde el momento en que ese nuevo ser surge en el interior de una mujer, los derechos de ella para decidir si vive o muere desaparecen: está en su cuerpo pero no es su cuerpo. Por eso no existe esa premisa de la que parten de la “decisión personal”. Buscar la interrupción “forzosa” del embarazo es antinatural. Y digo “forzosa” y no “voluntaria” (como dicen ellos) porque para el ser gestante es completamente forzosa, anulando por completo su derecho a vivir.
Además, considerar “interrupción” al aborto es un eufemismo malicioso. Si yo estoy hablando contigo y me tengo que levantar porque me llaman por teléfono, nuestra conversación queda “interrumpida”, pero cuando termino de hablar por teléfono “reanudamos” nuestra conversación. Por el contrario, cuando “interrumpimos” el embarazo no lo “reanudamos” más adelante. Lo que de forma dantesca la sociedad se ha encargado de denominar “interrupción voluntaria del embarazo” es realmente “terminación violenta del gestado”.
Ya vimos en el anterior escrito, usando la biología más elemental, que, los que hoy en día son hombres y mujeres, lo son desde el mismo momento en que fueron concebidos. Para no repetirme sobre el tema, cito solo la idea expuesta por el médico interista Pedro Tarquis y que concuerda con todo lo que analizamos: la ciencia admite que el “DNI genético” de cada ser humano comienza en la concepción y ya es su identidad hasta la muerte. “Por ello es artificial querer poner un momento en que el embrión es ser humano, ya que hay una continuidad inalterable. En este sentido, el aborto provocado es siempre acabar con una vida humana”[1]. El aborto no es un asesinato porque lo diga una ética religiosa determinada, sino porque atenta contra el mismo orden natural de la vida.
Ante esta verdad científica irrefutable, la pregunta, que en un mundo normal no debería ni plantearse por lo absurda que resulta, es la siguiente: ¿Qué sería de aquellos –principalmente mujeres-, que gritan desaforadamente pidiendo acabar con el embarazo, si sus madres hubieran abortado? Tan sencillo que no estarían vivas en este preciso instante. Los Paco, Antonio, Laura, Irene y compañía que están a favor del aborto, ¿habrían votado a favor de que las abortaran? ¿La mayoría habría puesto en la papeleta un “sí”? ¡Ninguno de ellos estaría vivo! Por eso es tan chocante que las ideas abortistas provengan precisamente de estas personas. Y nada de esto tiene que ver con la famosa cantinela que proclaman donde le echan la culpa al heteropatriarcado, al cristianismo, a la iglesia tal o cual, o al machismo opresor enemigo de las mujeres.
Según la idea que tratan de vender, afirman que “cualquier mujer, tenga la edad que tenga –y esto incluye a las menores de edad- deben estar amparadas ante la ley y su derecho a decidir. Además, un error no tiene que destrozarles la vida”. Hablan de “libertad” de elegir, pero no le conceden dicha libertad al nuevo ser. Él no vota, no elige cuando su madre decide extraerlo de su interior ni se le permite decir que quiere desarrollarse para sentir los abrazos, los besos y los mimos de su madre.
Se ha retorcido tanto la realidad –hasta niveles execrables- que se presentó en las tertulias de televisión como víctima de las leyes a una menor embarazada de 16 años porque no la dejaron abortar, ya que la ley actual requiere el permiso de sus progenitores. ¿Cuál fue el resultado? Que el padre decidió tirar a su bebé a un río nada más nacer tras meterlo en una maleta, bajo el argumento de que “no lo querían; era no deseado”[2]. ¿Quién fue la víctima, los padres o la criatura asesinada? Sobra la respuesta.
El informe de “interrupciones voluntarias del embarazo” (IVE) del Ministerio de Sanidad de 2019[3], revela que 341 menores de 15 años abortaron y 10.038 con edades comprendidas entre los 15 y los 19 años. Más del 10% del total. Es atroz. Permitiéndoles abortar a estas edades, la sociedad les está enseñando que son suficientemente mayores y libres para tener relaciones sexuales –sean entre “habituales” o entre “esporádicos o desconocidos de una noche”- pero no para asumir las consecuencias de sus actos si estos acaban en un embarazo: “No te preocupes de lo que hagas, luego podrás eludir tu responsabilidad”. Dicho con sarcasmo, esta es la madurez y la libertad que se le está inculcando a los más jóvenes. El culpable se libra; el inocente paga. Derechos para todo, incluso para acabar con una vida que ya es presente, en lugar de pensar en cuidarla y protegerla con todas las fuerzas.

miércoles, 31 de marzo de 2021

3. ¿Un feto no es una persona?

 


El primer argumento que presentan los proabortistas es que “un feto no es una persona; por lo tanto, abortar no es un asesinato”, lo cual es la primera de sus muchas falacias.
La realidad es que un espermatozoide (gameto masculino) o un óvulo (gameto femenino), por separado, no son seres humanos, pero cuando el espermatozoide fecunda el óvulo sucede la concepción y surge un “nuevo ser individual y diferenciado del resto”. En ese instante, se fusionan en una sola célula primigenia los 23 cromosomas del espermatozoide paterno y los 23 cromosomas del óvulo materno. Ese código genético del cigoto ya contiene toda la información sobre las características que tendrá: color de ojos, cabello, sexo, altura, e incluso su propensión a la gordura o la delgadez. Ese ADN en concreto, pertenece al de la especie humana. De ahí no saldrá un perro, un mapache o un loro, sino un niño o una niña. Ese ADN es diferenciado del de la madre y no es parte de su cuerpo. 
Todos los órganos auxiliares –placenta, cordón umbilical y saco amniótico- no son desarrollados por el cuerpo de la madre, sino por el propio embrión. Por todo esto, tienen ritmos cardiacos distintos y pueden tener un tipo sanguineo igualmente diferente. 
Ante estas evidencias irrefutables, la mujer no puede reclamar derecho sobre su cuerpo ya que esa vida es distinta a la suya. Los dos ojos, las dos manos, las dos piernas, los dos riñones del feto no son de la madre. ¿O que es una mujer tiene cuatro brazos y cuatro piernas? No es un tatuaje o un piercing que quitarse. Cuando los derechos propios destruyen los derechos del otro, no existe derecho alguno que reclamar.
Este ser humano, a las dos semanas de la concepción, está completamente implantado en el útero. Una semana más tarde, ya se le está formando el cerebro, la médula espinal, el sistema nervioso, los pulmones, el estómago, los intestinos y los ojos, comenzando a ser visible el desarrollo de las orejas y la nariz. Unos días después se completará el esqueleto, le latirá el corazón y la sangre fluirá con regularidad por el sistema vascular. Al mes ya tendrá incluso la huella dactilar.
Algunos proabortistas consideran que la vida humana no comienza hasta que hay “ondas cerebrales”, lo que sucede sobre la semana 20, y que, por lo tanto, antes no es una persona. Pero como bien pregunta irónicamente Ben Shapiro: “¿Matarías a una persona que está en coma sin actividad cerebral sabiendo que en varios meses la va a tener y va a despertar?”[1]. Pues lo mismo con el feto.
Otros apuntan a que como no tiene “autonomía” y depende de que la madre la alimente, sí es parte de la madre. ¿Y eso es un argumento para acabar con esa vida? También será dependiente los primeros años de su vida, ¿qué hacemos entonces? ¿Lo matamos también bajo la premisa de que no es “autónomo” ya que no puede proporcionarse por sí mismo la comida?
Nada de esto es religión, interpretación o subjetividad; es simple biología. Por eso hay personas que, siendo ateas, son provida, como la conocida activista argentina Lupe Batallán[2].
Cuando un “médico” –que no debería ser considerado como tal porque incumple el juramento hipocrático (el cual dice, entre otras cosas, “No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, pesarios abortivos ni sugeriré a nadie cosa semejante”), extrae el feto del útero materno usando un bisturí o un aspirador para acabar con él, lo que hace, literalmente, es cortar en trocitos huesos, ojos, corazón y cerebro. Una masacre. En una clínica abortista –a la que llaman “centro de salud”- entran dos personas y sale una: la primera caminando y la otra en una bolsa de residuos. ¡Y todavía tienen la desfachatez e inmoralidad de llamar “planificación familiar” al acto de acabar con una vida!
Es irónico y llamativo que, si una mujer sufre un aborto espontáneo, se hace todo lo posible por salvar la vida de la criatura (lo cual con la tecnología actual es posible en muchos casos a las 18 semanas), pero se le condena a la muerte si permanece en el interior de la madre y ella quiere abortar como si fuera un derecho que la madre posee, como afirma atrozmente la actriz Olivia Wilde[3].
La cuestión es que, cuando una mujer queda embarazada y dice que quiere abortar porque “no quiere ser madre”, está cometiendo un error de base: ya es madre desde el mismo momento de la concepción, como hemos visto claramente, y tal y como se observa de manera gráfica en la imagen que encabeza el escrito: Luis siempre fue Luis.