lunes, 14 de octubre de 2019

¿Vivimos en el mundo de Joker?


Aunque todavía faltan ochenta años para que el siglo veintiuno llegue a su fin, ya se puede considerar a “Joker” como una de las mejores películas de esta época, junto a la sublime, soberbia e imponente representación que hace del mismo el actor Joaquin Phoenix. La considero una joya atemporal. Es de las pocas veces que la opinión del público y de la crítica especializada ha coincidido, ganando el León de Oro (mejor película) en el Festival de Venecia de este 2019.
Desgarradora y descarnada en su máxima expresión, resulta tremendamente incómoda de ver por la crudeza de lo que se nos narra, y cuyo fin tiene el propósito de mostrarnos una realidad que procuramos evitar a toda costa por el desagrado que nos provoca: nos hace mirar, por un lado, directamente y cara a cara al abismo más oscuro de nuestra propia alma y, por otro, a la podredumbre de nuestra sociedad, siendo los aspectos en los que me voy a centrar en estos dos escritos.
Los que busquen encapuchados que salvan al mundo y la aparición de Batman para enfrentarse a su némesis en el “Universo DC”, que se alejen de los cines porque no lo encontrarán, salvo pequeños guiños y homenajes escondidos que no interfieren con la trama general. Esta historia no tiene nada que ver con el género de superhéroes. Podría haberse titulado de cualquier otra manera y haber funcionado exactamente igual. Por el contrario, quien desee experimentar un verdadero shock, donde su conciencia sea zarandeada y sus pensamientos y sentimientos confrontados, que pase a la sala y que se preparé a pasarlo mal desde el mismo instante en que se apaguen las luces. Así que todo el mundo está avisado, ya que no es apta para todos los paladares ni sensibilidades.

¿Demasiado loco o demasiado cuerdo?
En todas estas décadas del personaje se han hecho distintas versiones e interpretaciones del mismo, incluso alguna animada. Sin desmerecer a ninguna, siendo algunas más fantasiosas y otras más realistas-, y destacando algunas más que otras (como la de Jack Nicholson o el difunto Heath Ledger), en esta se nos ha mostrado, tal y como me decía un amigo, la más humanizada de todas. ¿Es esto negativo? En mi opinión no, como voy a explicar.
Aquí conocemos la vida de Arthur Fleck, una persona que tiene un trastorno extraño de la risa que hace que no pueda parar de reírse a carcajadas en situaciones que no tienen gracia, e incluso viene a manifestarse cuando en realidad la situación le produce pena, desconcierto o ira. Sus carcajadas suelen expresar justo lo contrario a lo que siente. Su vida es pura soledad, vive en un barrio pobre con su anciana e incapacitada madre a la que cuida como un buen hijo y trabaja en la calle vestido de payaso anunciando productos con un cartel, donde llega incluso a recibir una paliza de unos jovenzuelos sin que nadie haga nada por ayudarle. No tiene estudios y su sueño es ser humorista para hacer reír a los demás. Aparte de eso, acude a una asistenta social que hace las veces de psicóloga y le receta todo tipo de medicación ya que su deseo es “dejar de sufrir”. Sabemos que en su diario tiene anotada la frase “no imagino que mi muerte me traiga más dolores que mi vida”, que se siente profundamente triste, pero ni él ni los espectadores sabemos el porqué hasta bien avanzada la trama: tras hacerle creer su madre –que sufría de psicosis y un trastorno narcisista- que su verdadero padre es Thomas Wayne e ir a hablar con él, termina por descubrir que no es así, que fue abandonado, que es huérfano, que fue adoptado por “su madre” y que uno de los novios de ella lo ató, lo golpeó y lo violó –algo que ella no trató de evitar-, recuerdos que él había reprimido profundamente y que eran la causa de su personalidad atribulada. Como llega a reconocer más tarde, no había sido feliz ni un solo día de su vida.
Para escapar mentalmente de su profunda tristeza, imagina de forma muy real situaciones que le hacen feliz, como su asistencia a un programa de televisión de un famoso presentador donde éste dice admirarle por su forma de pensar y diciéndole mientras le abraza que desearía haber tenido un hijo como él, o cuando cree que su vecina se siente atraído hacia él e inician un noviazgo. Es la manera que tiene de sentirse bien en su mente por unos breves segundos.
La primera pista de lo que nos quiere transmitir el director nos la encontramos en una de las escenas iniciales del largometraje: le pregunta a la asistente social si es solo él o el mundo se está volviendo cada vez más loco.
A partir de ahí, podemos empezar a ver el mundo tal y como él lo ve. Por eso decía líneas atrás que esta versión humanizada del personaje no es negativa. Al contrario, nos hace preguntarnos qué ve él y, al hacerlo, nos daremos cuenta de que, antes de llegar a los compases finales de la historia, más que loco está demasiado cuerdo. ¿Por qué? ¿Qué contemplan sus ojos implícita o explícitamente aunque no llegue a expresarlo con palabras? Cualquiera que sea observador puede verlo:

1) Que el mundo es injusto.
2) Que la sociedad está deshumanizada y carece de empatía, donde el amor y la compasión brillan por su ausencia.
3) Que los jóvenes tienen más conocimientos y habilidades que ninguna otra generación pero que a la vez carecen de valores morales.
4) Que la violencia gratuita está al orden del día.
5) Que prima el egoísmo y el “yo” por encima de todo.
6) Que las riquezas están mal repartidas.
7) Que se le concede una importancia abrumadora al físico, a la apariencia y al éxito personal.
8) Que el matrimonio ya no es fuente de estabilidad sino algo temporal.
9) Que no todas las personas tienen las mismas oportunidades en la vida. En una cara de la moneda están los Bruce Wayne y, en la otra, los Arthur Fleck.
10) Que los empresarios usan al resto de los seres humanos como mano de obra barata para su propio enriquecimiento.
11) Que deportistas que defraudan a Hacienda no entran en prisión porque se pueden permitir el lujo de pagar las multas que reciben sin inmutarse, por muy alta que sea la cuantía, mientras que una familia es desahuciada de su vivienda por no poder pagar la hipoteca como consecuencia de la precariedad laboral.
12) Que los Thomas Wayne de este mundo miran por encima del hombro a los que “no han alcanzado nada en la vida”.
13) Que la brecha entre ricos y la clase media cada día es mayor, siendo unos cada vez más ricos y los otros cada vez más pobres.
14) Que cada vez que hay una crisis económica los afectados son los mismos, que por supuesto no incluye a los políticos y a la clase alta.
15) Que en muchos trabajos no existe la meritocracia sino la elección a dedo; es decir, personas que entran a trabajar “por enchufe” mientras que otros que no lo tienen pero se lo merecen se quedan fuera.
16) Que millones de personas malviven con “contratos basura”, con bajos sueldos e inestabilidad, que hace imposible que hagan su propia vida y se independicen.
17) Que infinidad de jóvenes, tras haberse gastado sus padres miles y miles de euros en sus estudios, tienen que emigrar.
18) Que en incontables países la sanidad pública no ofrece cuidados paliativos a los enfermos terminales.
19) Que muchos enfermos mentales están encerrados y hacinados en cárceles del tercer mundo en lugar de estar recibiendo ayuda psiquiátrica en centros especializados.
20) Que las élites pueden acceder de forma inmediata –puesto que se lo pueden costear- a tratamientos médicos mientras que el resto tiene que esperar meses para ser tratados. Por ejemplo, en mi país, la Seguridad Social tarda de media unos 3 ó 4 meses en ofrecer cita a una persona que necesita ir al psicólogo, el cual le atenderá durante apenas media hora y se limitará a recetarle químicos. Como dice Arthur, en realidad “nadie se preocupa por ellos”.

El que tiene coche, casa y trabajo, mientras que no le afecte personalmente nada de lo citado, por norma general, no se preocupa por su prójimo.

Tu mundo & Mi mundo
¿Hay algo de lo reseñado que no sea verdad? Vuelve a leer los puntos por si tienes alguna duda. Ese es el mundo en el que vive tanto Arthur, como tú y como yo. Desde la caída en el Huerto del Edén, el mundo es tal cual, reinando la desigualdad, la corrupción, la inmoralidad, la maldad y la locura social. Como dijo el autor de Eclesiastés: “Nada hay nuevo debajo del sol” (Ecl. 1:9).
Si los que vivimos en democracias occidentales tenemos razones para quejarnos por infinidad de asuntos, ¡cuánto más los pobres de este mundo y los que viven bajo el yugo de gobernantes malvados y leyes opresoras, en los cuales no solemos ni pensar! Recordemos que los países pobres o donde los conflictos sociales son graves son mayoría. Para el que no lo sepa, aquí va el dato: “El 1% de la población mundial, aquellos que tienen un patrimonio valorado de 760.000 dólares (667.000 euros o más), poseen tanto dinero líquido o invertido como el 99% restante de la población mundial”[1].
Por todo esto, es normal que haya estallidos sociales cada poco tiempo en distintos lugares del planeta. Aunque las masas tienen la conciencia adormecida con distintos “opios” –de nombre “consumismo”, “deportes”, “redes sociales” y un larguísimo etcétera-, el descontento mundial está llegando a unos niveles elevadísimos, cansados de que el sistema solo funcione para unos pocos y de que por las buenas no se logre nada. Ese era el miedo que tenían en Estados Unidos con el estreno de “Joker”, puesto que el final muestra un estallido de las masas vestidas con caretas de payaso tomando al protagonista como ejemplo a seguir, y que ésta fuera un catalizador que sacara a relucir de forma violenta el sentir y la ira de millones de personas que viven bajo el yugo del sistema establecido. Algo parecido a lo desarrollado en “V de Vendetta”.
Hablando sobre esta cuestión a la salida del cine, uno de los amigos con los que fui, dejó caer que no sabía cómo no se había producido una rebelión en el mundo. En la misma línea iba el comentario que me dijo hace un par de años un conocido Policía con el que trabajo, que decía temer un estallido social en España. En mi opinión pienso que hay dos razones para que eso todavía no haya ocurrido en mi país:

- Por el consumo de “opio” que he citado líneas atrás, que mantiene a las masas sumisas y “relajadas”, en una especie de “Matrix” artificial. Por eso surgen también cada poco tiempo nuevos partidos políticos prometiendo trabajo, subidas de salarios, prosperidad y desarrollo tecnológico. Lo que vemos día sí y día también es a presidentes, diputados, concejales, senadores y alcaldes que ganan miles y miles de euros y que cobran sueldos vitalicios tras su jubilación. ¿Cómo nos quejamos nosotros? Con un “tuit” en Internet. En otro países los sacarían a gorrazos. Por citar un solo ejemplo más: en el 2014, del movimiento de los llamados “indignados” que parecía que iba a cambiar la nación, surgió un partido cuyo líder presumía de vivir en un humilde piso de un barrio modesto, autodenominándose el representante de la clase obrera, y lo primero que hizo al llegar a la política fue comprarse una parcela de más de 2000 metros cuadrados con piscina en una zona exclusiva de Madrid. Y así nos va.

- Y, sobre todo, porque millones de personas viven de subvenciones, de la llamada “economía sumergida”, de las ayudas de otros familiares y de la pensión de los padres. No se explica de otra manera sabiendo los porcentajes de desempleo en muchas regiones. El problema vendrá el día en que estos elementos comiencen a faltar.

En otras partes del mundo ya han estallado con mayor o menor virulencia. Ahí tenemos ejemplos recientes como la llamada “Primavera árabe”, las movilizaciones masivas en Sudán y Argelia que han acabado con el poder de sus dos líderes autócratas, graves disturbios en Túnez y Jordania, las protestas de “Los chalecos amarillos” en Francia”, los varios intentos en Venezuela de derrocar al tirano Maduro, el resurgimiento del fascismo en varios países europeos o las batallas campales entre manifestantes y policías antidisturbios cada vez que se reúne el G-12. El problema es que, en el mejor de los casos, la violencia solo provoca anarquía y miles de muertos sin que nada cambie para mejor. Hemos podido verlo en los últimos años en países como Irak o Libia, donde el derrocamiento de sus dictadores no ha mejorado las condiciones de vida. Y en el peor, que la represión sobre el pueblo aumenta. Lo pudimos ver cuando el ejército egipcio masacró a los Hermanos Musulmanes que pedían la caída del dictador Al Sisi y que a posteriori ha detenido a 60.000 personas, torturando a muchas de ellas hasta la muerte[2]. En otros países el control sobre el pueblo se lleva a cabo de forma más sutil –al menos por ahora- como en China por medio de la implementación del reconocimiento facial al estilo de la novela de George Orwell titulada “1984” y la limitación del acceso a Internet a contenidos considerados subversivos por el régimen comunista.
Los cristianos no podemos incitar a la rebelión ni ser partícipes de la violencia. Jesús jamás insinuó nada semejante. Es más, Él sufrió en sus carnes la crueldad por amor a nosotros. Un ejemplo de aquellos que no le hicieron caso –pocos años después de su muerte y resurrección-, lo tenemos en las revueltas de los judíos contra los romanos, que acabaron con la destrucción de Jerusalén y el exilio del pueblo hebreo. Bien dijo Pablo que nos sujetáramos a los gobernantes y autoridades (cf. Tit. 3:1). Como he dicho en más de una ocasión, la única excepción para no obedecer se produce cuando alguna ley humana nos ordena ir en contra de algún mandamiento de Dios.

Todo lo que hemos visto nos ha ayudado a situarnos en el contexto de la sociedad en la que vive Arthur, siendo vital para comprender el segundo artículo puesto que lo descrito es el trasfondo de la película al ser nuestro mismo mundo. Como ha dicho el director Michael Moore, “la historia que cuenta y los problemas que crecen en ella son tan profundos y necesarios que si apartas la mirada de esta obra de arte, te perderás el espejo que nos está ofreciendo”.

Continuará en De Arthur a Joker & Nuestro lado oscuro del alma.


lunes, 30 de septiembre de 2019

2. ¿Qué tiene que decir el cristianismo sobre los deseos de la biotecnología de rediseñar al ser humano?



Al poner sobre la mesa todos los datos que ofrecimos en el primer artículo —que cualquier persona con un mínimo de interés debería conocer—, y situar la realidad bajo la perspectiva correcta, experimentaremos un sentido de la maravilla extraordinario e indescriptible. Para esto, tenemos que hacernos una serie de preguntas.

¿Rediseñar el cuerpo humano?
Quiero dejar muy claro que no estoy haciendo una apología sobre el rediseño humano (mejorar nuestras capacidades físicas e intelectuales, convirtiéndonos en una especie de superhombre), cuya idea sí defienden algunos científicos evolucionistas —que piensan que venimos del mono— y, evidentemente, ateos que no creen que haya un “Diseñador” detrás, y que hacen este tipo de afirmaciones:
 
No tenemos que aceptar las limitaciones de nuestros cuerpos creados. Al entender el mecanismo molecular y biológico del cual están construidos nuestros cuerpos, podemos aprender cómo manipularlo y mejorarlo. El sueño antiguo de la tecnología de controlar y mejorar la naturaleza que tiene su origen en la Ilustración, se puede extender ahora al mismo diseño del cuerpo humano. Nuestros cuerpos se pueden estimar como materia prima, con el potencial para modificarse o mejorarse de acuerdo con nuestros deseos. Si el cuerpo humano se viera como el producto de fuerzas ciegas y al azar durante millones de años de evolución, entonces, ¿por qué vacilamos en el uso de nuestra inteligencia evolucionada para mejorar el diseño?[1]

Raymond Kurzweil —científico especializado en Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial— va en la misma línea:
 
Yo y muchos otros científicos creemos que en 20 años tendremos los medios para reprogramar nuestros cuerpos, frenar en principio el envejecimiento, y revertir el mismo después. Gracias a la nanotecnología podremos vivir para siempre. En última instancia, los nanobots sustituirán a las células de la sangre y harán su trabajo con una eficacia miles de veces mayor. Dentro de 25 años seremos capaces de hacer un sprint olímpico durante 15 minutos sin respirar, o bucear durante cuatro horas sin bombona de oxígeno. Los problemas cardíacos serán resueltos fácilmente, la biónica reconstruirá corazones sanos. La nanotecnología extenderá nuestras capacidades mentales a tal grado que seremos capaces de escribir libros en cuestión de minutos.[2]
 
¿Rehacer o corregir lo defectuoso?
Rehacer significaría manipular el diseño original con el que Dios nos creó. Por eso tampoco estoy de acuerdo con la “fabricación” de bebés a gusto del consumidor (en este caso, los padres), donde se manipulen embriones para elegir el sexo, el color de ojos y de piel o la altura.
Esta idea se desarrolla en la sensacional película Gattaca, la cual tuvo un grado de anticipación impresionante ya que se filmó en el año 1997.

En ella observamos un mundo dividido entre dos clases de personas:

  1. Los seres humanos nacidos mediante manipulación genética: física y mentalmente perfectos.
  2. Los seres humanos nacidos por el método natural y fruto del amor, a los que se les llama “hijos de Dios”: no son genéticamente perfectos.

El largometraje comienza confrontando dos citas:

  • Una bíblica: «Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció?» (Ecl. 7:13).
  • Otra humanista, expresada por Willard Gaylin (Profesor Clínico de Psiquiatría en el Colegio de Médicos y Cirujanos de Columbia): «No solo creo que podamos alterar la madre naturaleza, creo que ella lo quiere así».
Como cristianos, ¿qué deberíamos hacer y qué no? Que responda a esta pregunta un verdadero experto como John Wyatt, presidente del grupo de Estudios Éticos de la Asociación Médica Cristiana del Reino Unido, profesor de pediatría neonatal y neonatólogo consultante en University College de Londres:
 

Si tomamos en serio las doctrinas bíblicas de la Encarnación y Resurrección, necesitamos concluir que la estructura física de nuestro cuerpo humano no es algo de lo que estamos libres para cambiar sin antes pensarlo con cuidado. Sin embargo, necesitamos tomar en serio la realidad de la maldad en el mundo de Dios, los efectos amplios de la caída que distorsionan y lo dañan todo. La obra maestra original, creada con tanto amor y que demuestra la mano artística de Dios está dañada, desfigurada, contaminada, envejecida. El barniz está rayado y amarillento. [...] El reflejo del carácter de Dios está distorsionado y en parte oscurecido. Pero a través de la imperfección todavía vemos el esquema de la obra maestra. [...] Si vemos al ser humano como una obra maestra dañada, entonces nuestra responsabilidad es preservarla y restaurarla. Estamos llamados a proteger las obras maestras de más daño, y tratar de restaurarlas de acuerdo al plan original del artista. [...] Estamos llamados a usar la tecnología para preservar y proteger el diseño presente en la estructura del cuerpo humano. [...] No somos libres para mejorar el diseño fundamental de nuestra humanidad. Con la perspectiva de la medicina como una restauración de arte, ¿qué clase de biotecnología es apropiada para ´la obra maestra dañada`? Es mi punto de vista que el uso de tecnología, tal como la manipulación genética o la terapia de células madre, la cual tiene la intención de restaurar, recrear una cadena dañada de ADN o reemplazar un tejido dañado por uno normal, parece coherente con la práctica ética. El objetivo es preservar y restaurar el diseño artístico original. No me parece que haya una diferencia fundamental entre proveer una hormona artificial tiroidea para un paciente con hipotiroidismo congénito o reemplazar un segmento del ADN, para que el paciente pueda sintetizar su propia hormona tiroidea. Ambas acciones tienen como meta preservar el diseño original. De la misma forma, se puede considerar como restaurativo el uso de la fecundación in vitro para permitir que la pareja engendre un bebé que sea genéticamente de ellos. Sin embargo, me parece que la terapia que se intenta mejorar, con la meta de producir bebés que tengan extremidades más fuertes, mejor crecimiento y cerebro más hábil, está pasando los límites de la responsabilidad humana.[3]

 
Bien dijo Aristóteles que «la virtud está en el término medio». ¿Restaurar la obra? Sí. ¿Llegar al extremo de rehacer el diseño? No.

Algunas líneas difusas
Aclarado este punto central, es necesario decir que, en ocasiones, la línea que separa el “rediseño” de la “corrección” es, a veces, muy fina, y de ahí el debate ético entre científicos y médicos, incluyendo por supuesto a los cristianos.
El mismo aspecto del rejuvenecimiento celular es complejo: ¿es mejorar o restaurar un defecto? Nuevamente John Wyatt habla al respecto:
 

La diferencia entre terapia restaurativa y terapia fortalecedora no está siempre clara. ¿Qué acerca de la terapia génica, la cual intenta mejorar la resistencia a enfermedades contagiosas como el SIDA? ¿Qué acerca de la reparación del mecanismo celular en la cual se prolonga el nivel de vida de 120 años a 150 años? ¿Qué acerca de la medicina psico-activa que mejora la concentración, el nivel de vigilancia o la memoria por encima de los niveles normales? ¿Debemos considerar estas como terapias restaurativas del diseño original o terapias fortalecedoras que cambian fundamentalmente el orden creado? La nueva biotecnología nos está forzando a pensar más profundamente en el orden natural de la creación. ¿Qué significa ser humano? ¿Cuáles son las limitaciones impuestas por la estructura física y el orden moral de la creación?[4]


Este es un debate que irá en aumento conforme se vayan materializando algunas de estas opciones, pero, en líneas generales, la conclusión es bastante clara: «En la restauración ética del arte, la intención del artista original debe ser la norma».[5]

Continúa en ¿Logrará la biotecnología que seamos inmortales? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2022/10/3-lograra-la-biotecnologia-que-seamos.html). 


[1] Stott, John. Oportunidades y retos personales. Vida. Pág. 172-173.

[3] Stott, John. Oportunidades y retos personales. Vida. P. 187-189.

[4] Ibid. Pág. 190.

[5] Ibid.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Viviendo en medio de un bosque llamado “tristeza” y “depresión”


Sin ningún tipo de equipaje y exclusivamente con un billete de ida, el norteamericano Arthur Brennan desembarca en Japón rumbo al Aokigahara, un extenso bosque a los pies del Monte Fuji (sí, el mismo donde un tal Mazinger Z tenía su base...), con la clara intención de suicidarse tras la muerte de su esposa Joan.

Así comienza la dramática película “The Sea of Trees” (“El mar de los árboles”, aunque titulada en España como “El bosque de los sueños”) y que, en mi opinión, tiene un trasfondo muy parecido a “Alma salvaje” (de la que ya hablé en http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/06/alma-salvaje-cuando-el-dolor-puede.html). Supongo que no la titularon “El bosque de los suicidios” para no confundirla con un film de terror con dicho nombre y que se estrenó el mismo año.
En la realidad, el Aokigahara es un lugar al que acuden muchas personas para acabar con sus vidas, tanto japoneses como extranjeros, siendo el segundo lugar en el mundo con mayor número de muertes tras el puente Golden Gate de San Francisco en Estados Unidos. De ahí parte la idea para contarnos las desventuras de Arthur (interpretado por Matthew McConaughey) y aclararnos por medio de varios flashback qué le ha llevado a tal situación. Tras adentrarse en el siniestro lugar (que en la mitología japonesa está asociado a demonios y maldiciones), comienza a tomarse varias pastillas para acabar con todo. Pocos segundos después, se cruza en su camino Takumi Nakamura (representado por el célebre actor Ken Watanabe), quién está malherido, por lo que decide ayudarle.

Yo no quiero morir. No quería vivir
Cuando Arthur le pregunta a Takumi qué hace allí si tiene dudas sobre qué hacer –suicidarse o no-, éste le contesta: “Yo no quiero morir. No quería vivir”. Aparentemente es lo mismo, pero su esencia cambia por completo. La diferencia es abismal entre ambas frases.
Dejando a un lado el folclore japonés y la fantasiosa explicación final muy propia de la new age (que no destriparé por si alguien quiere ver), es a partir de aquí donde los cristianos –y también los que no lo son- pueden empezar a reflexionar. Como la inmensa mayoría de los seres humanos, muchos han pasado en sus vidas por situaciones muy dolorosas. En ocasiones, incluso desgarradoras. Son momentos que cambian la forma de verlo todo, donde uno se siente perdido, sin rumbo y sin propósito. Es como sentirse vagando en un bosque de dudas, confusión y desasosiego, que nos lleva a quedarnos anclados en el pasado.
Puede que tú mismo estés viviendo en el presente en tu particular Aokigahara. No quieres morir, pero tampoco deseas vivir. No tienes ilusión. No le encuentras sentido a nada. No ves el propósito. Por eso te evades en un mundo de ilusiones mentales y mundos de fantasías donde eres quién te gustaría ser y estás en las circunstancias que desearías para ti. O puede que hagas lo contrario: para no dedicar ni un instante a pensar ni a sentir la tristeza que inunda tu alma, te sumerges en un mar de hiperactividad, como el ocio y la recreatividad, los deportes, el gimnasio, tareas eclesiales, humanitarias o sociales, etc., y que vienen a ser como válvulas de escape y drogas emocionales.
Otros sencillamente comienzan a vivir fuera de la voluntad de Dios (yugo desigual, inmoralidad, relaciones sexuales sin estar casados, consumo de alcohol, etc.), aunque algunos siguen congregándose, algo bastante contradictorio. Incluso los hay que alcanzan sus “sueños” (dinero, casa, coche, pareja) pero, como le dijo Jesús a la mujer samaritana, es un agua que no sacia nunca y vuelve a dar sed (cf. Jn. 4:13). La prosperidad, sea en el ámbito que sea, no cura el alma ni sirve de nada de cara a la eternidad (Buscaste la plenitud y el sentido a la vida por medio de las relaciones románticas, de los placeres y del materialismo: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/08/3-buscaste-la-plenitud-y-el-sentido-la.html).
En el caso de Takumi, él estaba en el bosque porque le habían degradado en el trabajo, hasta el punto de que nadie hablaba con él, como si no existiera, y así no podía cuidar de su familia. Quizá es tu situación. Sientes que eres invisible para el resto del mundo y especialmente para los que te rodean. Sientes que eres sistemáticamente ignorado. Sientes que nadie cuenta contigo ni te hace partícipe de su vida. Sientes que nadie te conoce realmente. No hay amigos alrededor, ni cerca ni lejos, que sean como guardabosques y centinelas que toquen la bocina cuando te encuentras perdido. Vives de ayudas sociales o del sustento de los propios familiares. Nadie te espera en casa al acabar el día. Todo el mundo te ha dado la espalda. No conoces el amor de pareja de ninguna de las maneras. Los sueños que tenías se perdieron por el camino. Esta situación descrita, en mayor o en menor medida, es la que padecen multitud de individuos en todo el planeta. Si a eso le añadimos alguna desgracia personal (un divorcio por infidelidad, una chica a la que el novio abandonó tras dejarla embarazada, la muerte de uno o varios seres queridos, algún tipo de trauma, una enfermedad, etc.), la ecuación está completa para entender los resultados. ¿Quién querría vivir así? ¡Vivir es VIVIR y no meramente existir y sobrevivir!
En el mundo se suicidan 800.000 personas al año, siendo en España la primera causa de muerte “no natural” (las “naturales” son fruto de una enfermedad), muy por encima de los accidentes labores, de tráfico y de violencia. Piensa qué espeluznante resulta: ¡¡cada 40 segundos se suicida una persona en el planeta!![1]. Y estos datos son extrapolables a los países ricos. Todos desean quitarse de encima el sufrimiento que llevan a cuestas.
El cristiano que tiene su fe conceptual clara y cuya enfermedad mental no le ofuscado completamente su conciencia (algo que suele darse en muchos casos de suicidio), muy difícilmente llegará a este extremo, puesto que solo los ateos e inconversos experimentan la desesperación de creer que la existencia no tiene sentido ni propósito alguno. Aún así, el cristiano puede llegar a desear no vivir -que no morir-, como un fantasma día tras días en el bosque de su mente, que más bien parece una selva sin fin y sin escapatoria.

¿Una vida llena de prosperidad, éxitos y sin sufrimientos?
¿Ser famoso? ¿Alcanzar la popularidad? ¿Ser admirado? ¿Tener riqueza? Casi con total seguridad, no es tu caso ni el mío. ¿Y qué? Quién sabe si asistes a alguna congregación que enseña todo lo opuesto: que Dios quiere que tu nombre sea conocido y exaltado. Siento decirte que, si es así, te están engañando y jugando contigo para su propio provecho, golpéandote como si fueras un balón de playa, que va y viene según el viento hasta que cae en el agua y la corriente se lo lleva.
También puede que buena parte de la responsabilidad recaiga sobre ti y que tú mismo te hayas empapado de libros de los mal llamados teólogos de la prosperidad. Este es el origen de esa necesidad casi patológica que tienen muchos de mostrar sus “éxitos” en las redes sociales, una moda malsana en la cual han caído incontables cristianos (El cristianismo convertido en un show para el beneficio y el lucimiento personal: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/01/el-cristianismo-convertido-en-un-show.html).
En las últimas décadas ha surgido una generación de cristianos que, en lugar de experimentar paz, sienten frustración y ansiedad. ¿Por qué? Porque les han vendido un evangelio contrario al que se muestra en las Escrituras ya que hablan de un tiempo presente donde el sufrimiento no existe, la enfermedad siempre es derrotada, donde todo es fiesta continua y las bendiciones de Dios están a punto de llegar en forma del trabajo de sus sueños, aumentos de sueldo y una novia despampanante hecha a tu medida que Dios tiene guardada en algún lugar (¿!?). Basta con ver multitud de grupos de cristianos jóvenes en redes sociales que así lo creen porque han sido engañados y no lo saben. Es terrible que se les inculque el tener y el hacer por encima del ser, donde el yo está por encima de la voluntad de Dios.
Este tipo de cristianos –que han recibido una enseñanza perniciosa- no están acostumbrados a los reveses de la vida porque les han prometido que a ellos no les afectarán los contratiempos. De ahí que cuando llegan, y tras comprobar que a su alrededor hay ateos, paganos y blasfemos a los que la vida parece sonreírles más que a ellos, la desilusión toma el poder. Esto crea multitud de inseguridades personales que afectan a la fe, a la que muchos llegan a renunciar pensando que Dios (el “dios-concede-deseos” en el que creían) es un fraude, cuando Cristo dejó bien claro que su reino no es de este mundo (cf. Jn. 18:36). Palabras como las de Job –que sufrió lo indecible y lo perdió absolutamente todo- (sus hijos, sus tierras y su ganado) les resultan extrañas y no son capaces de hacerlas propias: “Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:20-22).
En términos bíblicos, considero que buena parte de la tristeza y depresión en la que caen multitud de cristianos tiene su origen en no saber aceptar que la vida no es un camino de rosas, lo cual tratamos ampliamente en Creías que, por ser cristiano, la vida sería un camino de rosas (https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/02/6-creias-que-por-ser-cristiano-la-vida.html).
Creer que la enfermedad y la muerte, que el dolor y el sufrimiento, que los sueños no cumplidos y las metas no alcanzadas no es para ellos, conduce a muchos a perderse en el bosque del que estamos hablando y a no desear vivir en tales condiciones. Se quedan encerrados para siempre en su particular cueva de Adulam, sin saber que ésta tiene el propósito de sanar las heridas, fortalecerse en Dios y seguir adelante.

Desahogando el corazón
Quien me lee habitualmente, sabrá que insisto mucho en la necesidad imperiosa de ser sincero ante uno mismo, especialmente ante los sentimientos de tristeza, dolor y amargura. Las pastillas, los ansiolíticos y demás productos químicos que suelen recetar los médicos no rozan ni la superficie del problema cuando está instalado en el corazón. Callar las emociones negativas o ignorarlas es un como un tumor que termina afectando a todas las esferas de la existencia.
Volviendo a la película, Arthur comenzó a sanar cuando abrió su corazón ante Takumi y reconoció su verdadera razón por la que quería morir: no porque hubiera perdido a su mujer o por el dolor que esto le suponía, sino por la culpa que sentía. Estuvieron a punto de divorciarse dos veces porque el trato mutuo que se daban no era nada bueno. Él la trataba mal a ella y ella a él. Ninguno de los dos pudo pedir perdón y decir lo siento. Joan, su esposa, era alcohólica y él tuvo una aventura tres años atrás con una compañera de trabajo, algo que ella descubrió y nunca perdonó ni superó, lo que le dió una razón para beber más y desconfiar en su esposo, aunque mientras más lo despreciaba a él más se despreciaba a ella misma. Él no la conocía de verdad: no sabía cuál era su color favorito (amarillo), ni su estación del año preferida (invierno), ni tampoco su libro favorito (Hansel y Gretel).
A ella le detectaron un tumor cerebral y dejaron aparcado todo el pasado, pero no llegaron a sacarlo a la luz para sanarlo. Tras ser operada satisfactoriamente, y cuando se iban a conceder una nueva oportunidad de empezar de nuevo, la ambulancia fue arrollada por un camión con un desenlace fatal. Tragedia sobre tragedia.
Es un caso extremo y que busca un efecto inesperado, pero la evidencia para pensar es evidente: el dolor hay que sacarlo cuanto antes, porque, de lo contrario, te afectará sin remedio en tu vida, aunque ésta no acabe en una desgracia. Así que no dudes un segundo en pedir ayuda. Deja a un lado el temor al qué pensarán. Siempre habrá alguien que esté a tu lado si lo necesitas, pero tienes que hablar y contar cómo te sientes.

Un enfoque radicalmente distinto para tu vida
Si el llamamiento de Dios no es tener y ser como algunos dicen, ¿en qué consiste la vida? ¿Éxtasis? ¿Emoción continua? ¿Placer sin límites? ¿Experiencias en el tercer cielo? No. La respuesta es bien sencilla, y la ofrece Pablo: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gá 6:9). Hacer el bien: esa es una de las claves. Infinidad de depresiones son consecuencia directa de una continua introspección insana de uno mismo, donde la persona, cada segundo de su tiempo, lo dedica a analizar todo aquello que no marcha bien dentro de sí y de su entorno, bloqueándolo por completo. Llega un momento en que, en lugar de mirar cómo hacer el bien a otros, se encierra en sí mismo y en su propia desolación. Por eso, los que menos se miran al ombligo son los que menos posibilidades tienen de caer en la tristeza crónica, en la conmiseración propia y en el luto sin fin.
Alguien que tiene esta idea clara y la lleva a cabo (“hacer el bien”), no puede sentirse miserable para consigo mismo. ¿Por qué? Porque no se puede desilusionar el que no espera nada de la vida, de igual manera que no se puede hundir el que no busca la felicitación cuando no la recibe. Su objetivo es, de una u otra manera, ayudar a los demás haciendo el bien. La mejor manera de ayudarse a sí mismo es ayudando al prójimo:

- Regalando una sonrisa, un abrazo, una palabra de ánimo, una broma que haga reír o una ayuda económica conforme a las propias posibilidades (cf. 1 Co. 16:2).
- Ayudando en tareas sencillas a los que están cerca de ti: hacer la compra, llevar en el coche a alguien que te lo pide, visitando a un familiar enfermo, etc.
- Ofreciendo compañía al que no la tiene y una buena conversación que muestre verdadero interés en el otro y no un mero monólogo sobre nosotros mismos.
- Predicando el evangelio al que no conoce a Dios y mencionando cuán grande es el amor que el Altísimo tiene por ellos como demostró en la cruz.
- Recordando sus promesas al que las ha olvidado.

Y todo lo que se te ocurra. Nunca olvides que “más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35).
Ahora bien, esto no significa “quemarse”, que es lo que le sucede a muchos cristianos, que dan, dan y dan, y no reciben absolutamente nada a cambio; únicamente críticas por “no ser perfectos”. Debe haber un equilibrio entre dar y recibir.
Por otro lado, está más que comprobado que la persona que se siente emocionalmente agotada, profundamente triste y/o deprimida, no tiene “energía vital” ni ganas de hacer nada. Ejemplos los hayamos en Moisés y Elías, que pasaron por épocas muy oscuras y de depresión, tanto que le pidieron a Dios que les quitara la vida (cf. Nm. 10:15; 1 R. 19:4). Por lo tanto, en esas situaciones, el creyente no debe cargarse a sí mismo queriendo hacer más cosas sino que su prioridad debe ser cambiar internamente.
Tiene que aprender a:

- Modificar pautas en su estilo de vida.
- Descansar correctamente.
- Encontrar tiempo para despejarse de ciertas actividades diarias.

Todo esto es lo que hizo Dios con Elías, al que alimentó y le ofreció su presencia. Por eso Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt. 11:28-30). La inmensa mayoría de los cristianos conocen estas palabras de memoria pero son muy pocos los que las han asimilado en sus vidas diarias y no las ponen en práctica.
Como apéndice, podríamos recomendar algún tipo de ejercicio físico, ya que este produce una transformación química para bien del organismo, y que también tratamos en ¡Vive! Disfrutando sanamente (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/01/81-vive-disfrutando-sanamente.html).

Conclusión
Nadie existe porque sí. Nadie nació por casualidad. Todo el mundo tiene un propósito en este mundo. Ahora bien: depende de cada uno hacer o no la voluntad del Altísimo. Así que te seré muy claro: desde el punto de vista de Dios –que es el que verdaderamente importa y en el que debemos enfocarnos-, es preferible un “infeliz” en la Tierra pero que ha nacido de nuevo que a un “feliz” que lo tiene todo en este mundo pero no tiene a Jesucristo en su vida. El primero, que transita por el camino estrecho, va directo a un destino eterno glorioso, por muchas penurias que esté pasando o vaya a pasar. El segundo, aunque cumpla todos sus sueños presentes, transita por el camino ancho y va directo al sufrimiento eterno (cf. Mt 7:13-14). Visto así –que, como repito, es la manera de Dios-, en un caso extremo, y como le dije a un amigo conversando sobre este tema, prefiero a un verdadero cristiano viviendo debajo de un puente en la miseria que a un hombre o una mujer que tiene éxito en el amor, en los estudios, en el trabajo, en la economía y en la salud pero tiene por extraño a Dios.
Esto no significa que, en términos puramente humanos, no me alegre cuando me encuentro con una persona y me cuenta que se ha casado, que tiene hijos, que tiene un buen trabajo, etc. ¡Claro que me pongo contento! Pero, igualmente, en términos puramente eternos, siento tristeza si esa misma persona, en el día presente, no tiene su nombre escrito en el Libro de la Vida.
Muchos se limitan a hablar de las victorias militares del rey David o de cómo Moisés liberó al pueblo de Egipto bajo la mano de Dios, proponiéndolos como ejemplos para nuestras vidas, siendo nuestro objetivo la grandeza que ellos alcanzaron. Pero son pocos los que citan la totalidad del siguiente pasaje, que viene a ser un resumen de buena parte de la Biblia y de la historia de los creyentes: Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (He. 11:36-40).
Como los planes de Dios para la vida de cada persona son diferentes e individualizados (por ejemplo, recordemos que Pedro murió mártir como le profetizó Jesús mientras que Juan fue desterrado a la isla de Patmos), esos “otros” puede que seamos tú y yo. Esos “otros” puede que no recibamos latigazos en el sentido literal, pero sí en el alma por causa de distintas circunstancias que nos acontezcan. Posiblemente tampoco recibamos en esta vida lo prometido, pero lo recibiremos, con total seguridad, en la que verdaderamente importa, en la parte eterna de nuestra existencia al lado de Dios.  
Mientras que ese día llega, sé una persona honrada, honesta, noble, sincera e íntegra, y no apartes tus ojos de tu Hacedor y Salvador.

Nota final: Para los que piensen que nada de lo que hemos expuesto puede afectar a los cristianos, aquí un artículo sobre el suicidio de Andrew Stoecklein, pastor americano de 30 años: https://evangelicodigital.com/sociedad/1928/el-suicidio-de-un-joven-y-conocido-pastor-conmueve-eeuu Tristemente, este tipo de testimonios se están extendiendo.