Portadas de la revista “Time”
que analizan las investigaciones por multinacionales y farmacéuticas para
lograr la “inmortalidad”, señalando algunos la fecha de 2045 como el año en que
será “posible”.
Estamos en un intervalo entre la última generación humana mortal y la primera generación humana inmortal. Yo no pienso morir. Así de sencillo. No está entre mis planes. En los próximos 20 a 30 años vamos a curar todas las enfermedades, y subrayo: todas [...] Los médicos van a quedar desempleados. [...] A mí me gusta decir que vamos a ver la muerte de la muerte.
Estas no son palabras mías tras haber sufrido una intoxicación
alimentaria ni el comienzo de una novela de Arthur C. Clarke. Tampoco
forman parte de la biografía no-autorizada de Matusalén ni de las memorias del
Conde Drácula o del cuasi inmortal Jordi Hurtado; salen de la boca de José Luis
Cordeiro, alguien al que últimamente tenemos “hasta en la sopa”.
Se presenta como profesor de la Singularity University e Ingeniero del
MIT (Instituto
Tecnológico de Massachusetts creado en 2009 por la NASA y financiado por
Google) pero cuyas credenciales son más que dudosas y es considerado por
algunos como un mero charlatán. Lo que nos interesa no es quién es realmente,
sino sus afirmaciones, ya que trazan la línea de investigación actual de
numerosos científicos y empresas de todo el mundo. Aunque discrepan en los
detalles, a grandes rasgos tienen ideas comunes.
Ante
este tema apasionante —tanto que filósofos como teólogos están debatiendo al
respecto—, y ante los argumentos de peso que se presentaron en el programa de La sexta columna —titulado «2045: la muerte de la muerte»—[1],
merece la pena analizar las ideas que plantea y el supuesto futuro que está
relativamente cerca de abrirse ante los ojos del ser humano: ¿Qué y cuánto hay
de verdad en el enunciado del célebre Ingeniero? ¿Qué perspectiva podemos tomar
basándonos en nuestra fe cristiana?
¿Locura o realidad?
Tras escuchar a José Luis, podemos pensar que es el clásico “profeta” de
turno al que le gusta llamar la atención y jugar a la ciencia ficción para
lucrarse económicamente. Pero cuando vemos que buena parte de la comunidad
científica (médicos, biólogos, genetistas, ingenieros moleculares, etc.)
comparten la esencia del mensaje, y que empresas como Google, Facebook y
Microsoft están invirtiendo miles de millones de dólares en la investigación de
estas áreas, entonces hay que tomárselo en serio y no despreciar a la ciencia
como hacen algunos. Sería de necios mirar para otro lado y no meditar al
respecto. Por si te sientes inquieto ante las siguientes revelaciones, y antes
de llegar a las reflexiones finales, te adelanto para tu tranquilidad que, como
bien veremos, el mensaje eterno de Cristo no varía ni un ápice. Antes de llegar
ahí, escuchemos a los científicos.
En el año 1990 se comenzó el llamado «Proyecto Genoma», que consistía en
secuenciar el ADN del ser humano. Dicho programa fue concluido en 2003, siendo
todo un hito para la ciencia. Sin entrar en muchos detalles para no perdernos
en términos extraños, debemos entender
el ADN como el libro de instrucciones que contiene toda nuestra información
genética. Es una huella única e irrepetible en cada ser vivo que, además,
contiene los datos que transmitiremos de generación en generación. Por eso,
comprender este código es la clave para cualquier investigación sobre nuestra
identidad o para entender nuestras características como individuos.
¿Qué significa
esto?: Que nuestros genes contienen la información de todos nuestros aspectos,
desde el color de ojos hasta la constitución física en su totalidad, incluída
la tendencia a desarrollar en el futuro una u otra enfermedad.
Los estudios que
se están realizando consisten en averiguar qué funciones realizan exactamente
cada uno de estos genes. A medida que sepamos cuáles son defectuosos y qué
efectos provocan (por ejemplo, un tumor, enfermedades cardiovasculares y
mentales, etc.), se podrán “reparar” o “sustituir” por genes sanos. Visto así,
es apasionante. ¿Quién no querría que le detectaran en un simple análisis que
va a tener una dolencia severa por unos genes en mal estado y que le pudieran
tratar con medicina preventiva antes de que ocurriera? ¿Quién no querría que le
curasen?
Si las personas morían hace un siglo por simples infecciones o por
enfermedades que en el presente son fácilmente tratables, lo mismo seguirá
sucediendo con otros padecimientos que a día de hoy no tienen cura. Unos
científicos dicen que se podrá curar todo, y otros que no, pero sí que se
mejorarán considerablemente los tratamientos; enfermedades que son mortales a
día de hoy, se convertirán en crónicas, donde el afectado podrá hacer vida
normal. En definitiva, sea una cosa u otra, sea más pronto que tarde, todos
coinciden en lo esencial.
¿Detener el envejecimiento?
La edad media en 1900 era de treinta y un años. Muchos de los que están leyendo
estas líneas, incluyendo el que escribe, ya no estarían por este mundo. En la
segunda década del siglo XXI, la media de vida se sitúa en ochenta para los
hombres y ochenta y cinco para las mujeres. Es muy llamativo que, en poco más de un siglo,
se haya doblado la esperanza de vida:
A lo largo de los últimos doscientos años, la
esperanza de vida se ha elevado a un ritmo constante de más de dos años por
década, así que nos encaminamos irremediablemente a una sociedad en la que
muchos millones de personas van a vivir
mucho más tiempo. [...] Un niño que nazca hoy mismo en un país de Occidente
tiene más del 50% de posibilidades de vivir más allá de los ciento cinco años. Hace un
siglo, sólo un niño de cada cien podría conseguirlo. Si usted tiene ahora veinte años, tiene un 50% de opciones de vivir más de cien, y al menos la mitad de los
ciudadanos que hoy tienen cuarenta llegará a los noventa y cinco.[2]
¿En qué trabajan actualmente los científicos respecto a la edad
biológica? Ni más ni menos que en detener el envejecimiento; no solo aplazarlo,
sino en revertirlo. Suena desconcertante, pero se está investigando a fondo por
cientos de científicos en multitud de proyectos. Aubrey de Grey, gerontólogo
médico en Cambridge, director del centro SENS en California y fundador de la
Fundación Matusalén, afirma que «podremos parar el envejecimiento con una sola
inyección».[3]
La española María A. Blasco —biologa molecular,
directora de CNIO (Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas) y autora del
libro cuyo título encabeza este artículo—, explica que ya lo han logrado en ratones. Estos viven
mucho más que el resto de su especie: el equivalente a 120 años humanos. La
clave está nuevamente en el ADN, en el extremo de los cromosomas, llamados telómeros. Los telómeros se van
acortando conforme envejecemos y son los causantes del proceso de
envejecimiento y, en última instancia, de la muerte. En los
ratones lo que han hecho es mantener estos telómeros largos durante más tiempo,
logrando así que sean más jóvenes durante más tiempo y, en consecuencia, que
vivan más. No es que sean ratones viejos que se mantienen viejos durante más
tiempo (algo indeseable), sino que son jóvenes durante más tiempo; es decir, se
alarga la juventud, no la decrepitud. Además,
tienen menos enfermedades, puesto que muchas de estas van asociadas a la vejez.
El siguiente paso de la investigación es lograr los mismos resultados en
seres humanos. Las consecuencias serían relevantes:
- Una vida donde prime en todas sus etapas el vigor físico e intelectual. A esto, el profesor Robert Pogue Harrison lo llama Juvenescencia; no significa que seremos viejos más tiempo, sino jóvenes durante más años. En ese sentido, la comunidad científica considera el envejecimiento como una enfermedad curable.
- Puesto que el germen de los infartos y de muchas enfermedades como el Alzheimer, el Parkinson o el cáncer es el proceso molecular de envejecimiento, si pudiéramos mantenernos jóvenes, la incidencia de estas enfermedades entre la población sería muy baja.
Aparte de los
telómeros, el otro frente abierto de par en par se sitúa en la llamada «medusa Hidra»[4]. Es un organismo que tiene una longitud de 1 mm a 20 mm, capaz de envejecer y rejuvenecer ilimitadas veces.
La tesis es sencilla: si hay seres vivos en la naturaleza que no envejecen,
solo es cuestión de tiempo que seamos capaces de entender cómo lo hacen y
aplicarlo a nuestra propia bioología.
¿Posible
o imposible?
Ante
todo esto, y coincidiendo con la fecha de 2045 que apuntaba en su libro la
bióloga molecular María A. Blasco, el mismo José Luis Cordeiro espera por
entonces estar en tratamientos de rejuvenecimiento donde sus células puedan
volver a ser jóvenes.
El
célebre escritor Isaac Asimov (1920-1992) fue también Doctor en ciencias por la
Universidad de Columbia, profesor de bioquímica y doctor en filosofía. Aparte
de promulgar las conocidas tres leyes de la robótica, destacó por ser un
futurista. En sus novelas Las bóvedas de acero (1953), El
sol desnudo (1957), Los robots del Amanecer (1983), Robots
e Imperio (1985), y toda la saga Fundación, vemos que
los espaciales —seres humanos que emigraron a otros planetas
y los colonizaron— tienen un promedio de vida
de 300 años, precisamente porque han dominado las técnicas genéticas de las que
estamos hablando a lo largo de estas líneas y que son reales; escribió al
respecto en 1986 en su libro científico El código genético.
Incluso
científicos cristianos hablan de que puede llegar a ser perfectamente posible.
En este caso, John Wyatt, presidente del grupo de Estudios Éticos de la
Asociación Médica Cristiana del Reino Unido, profesor de pediatría neonatal y
neonatólogo consultante en University College de Londres:
Es
interesante que la muerte no sea una necesidad biológica. Cada célula viva y el
organismo están equipados con la maquinaria necesaria para sanarse y renovarse
de modo que la vida continúe indefinidamente. Aunque parece sorprendente, la
vida eterna no es una imposibilidad biológica. En un sentido, aunque las
células individuales están destinadas a morir, los organismos parecen estar
diseñados para vivir para siempre. El proceso del envejecimiento involucra
mecanismos biológicos activos que entendemos poco, que impiden que el proceso
de repararse y renovarse funcione, que lleva al fin al decaimiento biológico y
la muerte. Quizá este sea una contraparte física de la verdad bíblica que por
medio de la maldad humana la creación está sujeta a «la corrupción que la
esclaviza» (Ro. 8:21).[5]
Conclusión
Con
lo que hemos analizado, tengamos muy presente que no son ideas descabelladas.
Es algo en lo que coinciden todos los científicos. Varían en qué grado se podrá
materializar y en el cuándo: «Los
más optimistas opinan que la primera persona en prolongar su vida
indefinidamente está ya viva. Otros más pesimistas opinan que el tema puede
tardar unos dos siglos. Que no se consiga nunca... eso no lo opina nadie que
tenga conocimientos de biología molecular».[6]
Ya
hemos visto lo que se vaticina para las próximas décadas. Quizá nosotros no
lleguemos a verlo con nuestros propios ojos, pero sí las nuevas generaciones.
Como
en 2045 —que es la fecha que se cita en el título del programa—, no sé si seguiré por este barrio, si la sociedad estará
en pie tal y como la conocemos, o si se habrá producido la Parusía o no,
aprovecharé que todavía me funciona relativamente bien la mente para dar una conclusión
clara a todo lo concerniente a la inmortalidad.
Continua
en ¿Qué tiene que decir el cristianismo sobre los deseos de la
biotecnología de rediseñar al ser humano? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2019/09/2-que-tiene-que-decir-el-cristianismo.html).
[1] 2045: la muerte de la muerte (http://www.atresplayer.com/television/programas/lasexta-columna/temporada-1/capitulo-177-2045-muerte-muerte_2017030900090.html).
[5]
Stott, John. Oportunidades y retos personales. Pág. 182. Vida.

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