Venimos de aquí: ¿Te
gustaría vivir cientos de años en este planeta conociendo el futuro de la
humanidad? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/11-te-gustaria-vivir-cientos-de-anos-en.html).
Ya hemos visto cómo
se presenta el futuro más o menos cercano de la humanidad y del planeta en su
conjunto. Por otro lado, analizamos detalladamente las consecuencias de la
naturaleza pecaminosa del ser humano, la cual ninguna medicina puede “curar”.
Visto que, en términos bíblicos, la idea de vivir cientos de años no es, ni de
lejos, la mejor de todas, seamos justos y veamos también algunas buenas razones
para desear vivir más tiempo.
Disfrutar de
lo bueno de la creación
Es evidente que la
vida por sí misma tiene muchos aspectos positivos:
- Viajar;
- Contemplar la naturaleza: las montañas, la nieve, la noche estrellada o escuchar el sonido del mar;
- Leer buena literatura, pintar, escribir, etc;
- Gozar de la buena música (y aquí excluyo completamente aquella que amarga el alma o estimula los instintos más bajos, fenómenos ambos muy presentes en la sociedad);
- Saborear una comida exquisita;
- Hacer senderismo, nadar, montar en bicicleta, patinar, etc;
- Disfrutar de la compañía de buenos amigos y de los seres queridos;
- Contraer matrimonio con una persona junto con la que nos complementemos;
- Formar una familia, ver crecer a los hijos y tener nietos.
Todo esto, y mucho
más, es sano y puede ser maravilloso. Además, recordemos que Dios, al crear el universo, lo definió como “bueno en
gran manera” (Gn. 1:31) y que la Tierra, de la cual somos mayordomos, es un regalo que se
nos hizo.
La única razón de verdadero peso para desear la
longevidad indefinida
Teniendo en cuenta
tanto los sí como los no reseñados, la única razón
verdaderamente de peso para desear prolongar más tiempo la vida en este mundo
la encuentro en las palabras de Pablo:
Porque para
mí, seguir viviendo es Cristo, y morir, una ganancia. Y si al seguir viviendo
en este cuerpo, mi trabajo puede producir tanto fruto, entonces no sé qué
escoger. Me es difícil decidirme por una de las dos cosas: por un lado,
quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí; pero, por otro lado, a causa de ustedes es
más necesario que siga viviendo. Y como estoy convencido de esto, sé que me
quedaré todavía con ustedes, para ayudarlos a seguir adelante y a tener más
gozo en su fe. Así me tendrán otra vez entre ustedes, y haré que aumente su
orgullo en Cristo Jesús (Fil. 1:21-26.
DHH).
¿Me entusiasma seguir viviendo para ver
de primera mano los nuevos descubrimientos que hará el ser humano? No. Ya me
basta con imaginármelos por cuenta propia o leyendo cualquier novela de Isaac
Asimov. ¿Me levanto cada mañana con el ánimo encendido esperando poder
disfrutar de aquello que me gusta, como hacer deporte, deleitarme con una
barbacoa o ver una película de superhéroes? Aunque disfrute todo eso, tampoco
sería una razón.
Entonces, ¿qué me provoca verdadera
pasión y me impulsa a seguir? Sin llegar ni de lejos a su nivel, lo mismo que a Pablo: desde
la sencillez, vivir para servir en la obra de Cristo en la Tierra, aun sabiendo
que morir para estar en su presencia es muchísimo mejor. Esto puede ser desde
darle un vaso de agua a alguien que lo necesita, hasta visitar a una viuda,
predicar el Evangelio o seguir escribiendo para enseñar al que quiera aprender.
Y muchas más tareas citadas en la Biblia.
Cuando
el Altísimo considere que he acabado las obras que tenía preparadas para mi
vida («las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas»,[1]
puesto que «Dios es quien produce en
ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad»),[2]
entonces será el momento en que
Él me haga partir de este mundo; ni antes ni después. Y eso puede ser dentro de
una hora o de varias décadas.
Mi deseo entonces
será poder decir como el mismo apóstol: «He peleado la
buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor,
juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su
venida» (2 Tim. 4:7-8).
¿Por qué los
humanistas quieren vivir eternamente bajo sus condiciones?
¿Qué pensamientos y sentimientos se esconden realmente
detrás del afán de los transhumanistas y de los intentos de la biotecnología
por lograr la longevidad indefinida y
de alcanzar todos los avances que, según ellos, “prometen” una edad dorada para
la humanidad?:
- Descartar la idea de tener que afrontar un juicio ante
un Ser superior sobre la vida que han llevado en este mundo.
- El miedo a la muerte; el miedo a dejar de existir; el
miedo de pasar de “ser” a “no-ser”. En el fondo, les
desespera pensarlo, así que, para quitarse de encima esa “patata caliente”, culpan
a los cristianos de atemorizar con la idea del infierno y el castigo eterno.
- El deseo de trascendencia que los seres humanos poseemos de forma innata. Desde una perspectiva bíblica es totalmente comprensible tal deseo, puesto que Dios ha puesto eternidad en el corazón de los seres humanos (cf. Ecl. 3:11). Como traduce el mismo texto la versión “Dios Habla Hoy”: «puso además en la mente humana la idea de lo infinito». El mismo Creador del universo puso en nuestra mente y en nuestro corazón el deseo de trascender y vivir para siempre.
En definitiva, el transhumanismo no es más que un
intento desesperado por alcanzar, mediante la tecnología y el esfuerzo propio,
aquello que Dios ya nos ha ofrecido gratuitamente por la fe. Buscan una
eternidad física en un mundo caído, ignorando que el anhelo de infinito que
sienten solo se saciará cuando lo temporal dé paso a lo eterno.
Continuará en…

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