lunes, 25 de marzo de 2019

¿Debemos los cristianos respetar a todas las religiones, digan lo que digan? ¿Cada uno es libre de creer lo que quiera? ¿Existe más de una verdad?

El dibujo (copryrigth de Claudio Cedeño) que acompaña el artículo, viene a representar la creencia que tienen muchas personas de que todas las religiones son correctas, que todas están equivocadas o que todas tienen parte de verdad. La realidad, como vamos a ver, es que solo existe UNA verdad.

Argentina. Un profesor de matemáticas enseña a sus alumnos que la raíz cuadrada de cuarenta y nueve es ocho.
México. Un profesor de historia enseña a sus alumnos que Marruecos es un país del continente americano.
España. Un profesor de educación física enseña a sus alumnos que al Rugby se juega con patines.
Estados Unidos. Un profesor de anatomía enseña a sus alumnos que la mano es una extremidad inferior del cuerpo.

Si supiéramos de estos casos, ¿qué pensaríamos? ¿Tendríamos que “respetar” la libertad de esos maestros de enseñar lo que quisieran? ¿Tendría que permitir el director y la junta escolar que dicha enseñanza se impartiera entre los jovenzuelos? La única respuesta lógica y plausible es un rotundo no. Esos profesores serían reconducidos y llamados a rectificar. De negarse, serían expedientados y apartados, e incluso expulsados.

¿Cada uno es libre de creer lo que quiera?
Esta frase que encabeza el apartado (sin los signos de interrogación), que parece un canto a la libertad y puede sonar hasta hermosa, es –con perdón- una de las mayores sandeces que he oído repetidamente a lo largo de mi vida. Afirmar tal falacia viene a decir que no existe una única verdad y que cada persona crea su propia verdad.
Tomando esta sencilla idea, hoy en día la sociedad nos hace creer todo lo contrario en lo que respecta a las creencias personales y a lo que llama “religión”: cada uno es libre de enseñar lo que quiera a quién quiera y cuándo quiera. Y, encima,  tenemos que respetarlo.
Todo esto es un fruto directo del postmodernismo, donde cada persona puede acogerse a la religión o filosofía que más le guste, que más le convenga o que coincida más o menos con su forma de pensar. Esto es lo que dicen: si te gusta el budismo o te atrae, sé budista. Si te gusta el Islam y sus prácticas, sé musulmán. Si el catolicismo es lo más parecido a lo que tú crees, sé católico. Si crees en el horóscopo, vive basándote en él. Si te fascina la teología de la prosperidad de algunos grupos, predica dicha enseñanza y vívela. Si el hinduismo te proporciona paz, vive como tal. Y así con todo.
Por eso en el mundo no existe una única línea de pensamiento y a los cristianos se nos acusa de adoctrinadores y sectarios, incluso un peligro para la buena convivencia. Esto conlleva a su vez que se considere por parte de los no-cristianos que no existe una única ética, moral o línea de comportamiento. Cada persona es libre de considerar si está bien o no su forma de pensar y actuar. Por eso todas sus frases comienzan siempre con “yo creo, “yo pienso” y “yo opino diferente”.
Estos humanistas –algunos de los cuales tienen la desfachatez de tenerse por  “creyentes” y considerarse “buenos”- consideran el cristianismo una secta más entre otras al creer nosotros que seremos los únicos que seremos salvados. Les explicas el porqué el cristianismo no es una religión y les entra por un oído y les sale por el otro. Si nosotros nos guiamos en todos los asuntos de la vida por la Biblia, consideran que estamos obsesionados y somos sectarios. Y así con todo los temas que se pueden imaginar: yugo desigual, homosexualidad, ideología de género, matrimonio, sexualidad, etc.
Un argumento machaconamente repetido por los humanistas a los que estamos haciendo alusión es afirmar que no todos los que tienen creencias contrarias a las que defendemos los cristianos pueden estar equivocados ya que ellos son millones de millones. La realidad es completamente opuesta: si nueve personas creen que el color de la piel de los toros es verde y solo una cree que es negro, ¿por el hecho de que sean mayoría los que creen que es verde están en lo correcto? Pues no. De ahí que Jesús dijera que “muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mt. 22:14).
El problema es muy claro: tienen “el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Ef. 4:18). ¿Cuándo y cómo dejarían de ser ciegos? Pablo fue muy explícito: “Cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará” (2 Co. 3:16). Mientras tanto, nada de nada.
Lo triste es que, por norma general, ninguna de estas personas tiene una preocupación seria por buscar sin prejuicios la verdad. Por otro lado, y aprovechando el boom de las redes sociales, han surgido en los últimos años grupos de individuos que se sirven de la Biblia y de Dios –en el que no creen- para demostrar su supuesta superioridad intelectual, cuando con lo único con lo que disfrutan es con la polémica, la discusión y la provocación. Pura vanidad y arrogancia. Para otros muchos, lo importante es lo que uno crea, le funcione, le guste y le haga sentir bien. Ante esta forma de pensar, sucede lo siguiente:

- Si el mormonismo y los Testigos de Jehová se basan en mentiras y errores fácilmente comprobables –tanto teológicos como históricos-, no importa mucho.
- Si el catolicismo romano afirma representar al cristianismo bíblico pero luego sus enseñanzas chocan frontalmente con las descritas en la Biblia, no importa mucho.
- Si el Islam es una mezcla de judaísmo, cristianismo y paganismo, no importa mucho.
- Si la teología de la prosperidad, la confesión positiva y demás parafernalias surgidas en ciertas iglesias malsanas son falsas, no importa mucho.

En todos estos movimientos se ha hecho realidad a lo largo de los siglos el principio expuesto por el nazi Joseph Goebbels​ –Ministro de Propaganda del Tercer Reich-, quien dijo que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. El problema de fondo es que una mentira siempre será una mentira. Puedes gritar a los cuatro vientos que eres mi primo, pero si no lo eres nunca lo serás.
Y esto es lo que sucede con las falsas religiones y filosofías presentes en el mundo. Las personas prefieren seguir creyendo en lo que creen en lugar de tener que esforzarse y replantearse multitud de cuestiones sobre la vida y la muerte. El simple hecho de pensar que tienen que leer, investigar imparcialmente y estudiar objetivamente, les quita las ganas. Para ellos es mejor y más cómodo quedarse con la religiosidad que aprendieron en el pasado, con lo que otros les enseñaron, lo que les inculcaron en la familia y no complicarse la vida: sus rezos, sus santos, sus amuletos, sus celebraciones y sus reuniones. O el caso contrario: seguir abrazado a su querido ateísmo o agnosticismo.
Sin embargo, Jesús no le tenía miedo a que lo investigaran. Es más, pedía que lo hicieran. Es lo que le rogó a los judíos: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn. 5:39). Por eso Él ha sido el único en la historia de la humanidad que ha podido decir de forma tajante estas palabras: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).

¿Qué es respetar en términos éticos y morales?
La última década ha sido la etapa donde mayor énfasis se ha hecho desde los medios de comunicación en el respeto que tenemos que tener a los que piensan de manera opuesta a la nuestra. Nos enseñan que:

- Tenemos que respetar los postulados de los grupos LGTBI y que sus principios sean promulgados a los cuatro vientos.
- Tenemos que respetar el día del orgullo gay.
- Tenemos que respetar a los médicos que se dedican al negocio del aborto.
- Tenemos que respetar a los gobiernos que legalizan la eutanasia.
- Tenemos que respetar que Internet esté inundada de pornografía.
- Tenemos que respetar a aquellos que deciden insultar groseramente a los deportistas desde las gradas de un estadio.
- Tenemos que respetar la celebración del Ramadán.
- Tenemos que respetar a los hindúes que veneran a las vacas.

Se nos ha dicho que podemos estar en desacuerdo con todo esto, pero a la vez se nos ha inculcado por activa y por pasiva que no debemos intentar hacerles cambiar de opinión o hacerles ver que están equivocados. En la práctica, ellos se sienten con libertad para vilipendiar y atacar verbalmente a los cristianos (sea en persona o en las redes sociales), y a nosotros se nos dice que debemos respetarlos. Poner la otra mejilla, como nos señalan en muchas ocasiones de forma burlesca y sarcástica.
Pero, ¿qué significa realmente respeto? Según el diccionario es “miramiento, consideración”[1]. Sin duda alguna, este respeto sí se le debe a cualquier persona por el simple hecho de serlo:

- No podemos ir a la cabalgata del orgullo gay para insultarlos.
- No podemos asesinar a los médicos abortistas por el hecho de que es lo que ellos hacen.
- No podemos ir quemando clínicas abortistas.
- No podemos atacar a los gobernantes que legislan a favor del suicidio.
- No podemos hackear Internet para eliminar toda la basura que hay en ella.
- No podemos insultar a los espectadores que a su vez insultan.
- No podemos burlarnos de los musulmanes por el hecho de hacer ayuno.
- No podemos ir a la India a matar vacas.

Pablo estuvo en Atenas, cuna de muchos dioses paganos, donde de levantaban templos en honor a ellos, y “su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría” (Hch. 17:16). ¿Y qué hizo? ¿Incendió la ciudad y apedreó a los seguidores de esos dioses? No, sino que les predicó el Evangelio de Jesús y la resurrección (cf. Hch. 17:18).  
Ese miramiento, esa consideración, es cristiana, ya que somos llamados a no pagar mal por mal (cf. Ro. 12:17). Pero la tercera acepción de la palabra “respeto” es intolerable para los cristianos: “Manifestaciones de acatamiento que se hacen por cortesía”. Hay creyentes que, en nombre del buenismo y de un concepto errado del amor no bíblico, no se posicionan claramente en contra de todo aquello que atenta contra los valores cristianos. Prefieren que “cada uno haga con su vida lo que quiera”, y ya está. Al final, es un cristianismo que se limita a la vida privada y que no se expresa públicamente. 
Por eso hay creyentes –algunos que han nacido de nuevo y otros muchos que no- que:

- Nunca hablan de Cristo ni predican el mensaje de salvación.
- Felicitan algunas fiestas a los miembros de otras religiones, como una señal de hermandad, buenos deseos y educación.
- Consideran que Jehová y Alá son el mismo.
- Afirman que hay distintas maneras de llegar a Dios, y que todas –o casi todas- son igualmente válidas.
- Se regocijan cuando ven a líderes de creencias completamente opuestas juntándose para “rezar” en paz y en concordia (Hare Krishna, budistas, cristianos, judíos, musulmanes, etc.).
- Miran para otro lado cuando escuchan a sus pastores (si son protestantes) y sacerdotes (si son católicos) predicar enseñanzas que disienten claramente de las Escrituras: más de un mediador entre Dios y el hombre, universalismo, sanidad basada en la confesión positiva, etc.
- No hacen absolutamente nada para señalar las mentiras de los abortistas y pedir que se cierren las clínicas, ya que dicen que los cristianos no debemos promover leyes para legislar, puesto que eso sería imponer nuestra moral a los ateos de forma tiránica.
- Tratan de defender las prácticas y el matrimonio homosexual, reinterpretando toda la teología bíblica basándose en el puro y duro “liberalismo”. Por ejemplo, hace un par de días supe que en una librería “cristiana” de mi país, cuyo dueño está a favor de vender literatura pro LGTBI,  se iba a hacer la presentación de un libro a favor de la homosexualidad titulado Solo un Jesús marica puede salvarnos, y cuyo autor se denomina a sí mismo como hombre cristiano protestante gay”. El término “dantesco” se queda muy corto para expresar tales barbaridades y blasfemias. Lo terrible es que ha sido apoyado por algunas personas de renombre, que incluso citan las Escrituras en contra de los que no pensamos como ellos, y para los cuales hablar de la necesidad de arrepentimiento de dicho pecado –y el de los que lo promueven- no es amor ni gracia sino sinónimo de odio y “estrechez de mente”. El mundo al revés. Que esto pasaría ya lo avisé hace varios años en “Firmes en la Brújula a pesar de la persecución” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/02/firmes-en-la-brujula-pesar-de-la.html).

Si Pedro y los apóstoles estuvieran presentes en este mundo hoy en día, se echarían las manos a la cabeza al ver la actitud de muchos que se dicen cristianos. Ellos mismos se vieron enfrentados a otro tipo de situaciones pero con el mismo trasfondo. ¿Y qué dijeron? “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch. 5:29). Prefirieron ser azotados antes que quedar bien delante la sociedad (cf. Hch 5:40). No les importaba lo que pensaran de ellos. Se debían única y exclusivamente a Dios.
¿Respetar en el sentido de no violentar físicamente? Por supuesto. ¿Respetar en el sentido de acatar, callar, e incluso “felicitar” la mentira, el engaño, el pecado y la maldad? Ni por asomo.

¿Qué puedes aprender de Lázaro y el rico?
Si no eres cristiano puede que no te suene la historia de Lázaro y el rico. Así que te recomiendo leerla dada su brevedad, ya que, dada las circunstancias, se hace real hasta límites insospechados: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado.  Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lc. 16:19-31).

La parte final es sobrecogedora y una llamada de atención hecha prácticamente con altavoces a todo el mundo: el que había sido condenado le pidió a Abraham que por favor enviase a Lázaro a hablar con sus hermanos, así ellos podrían arrepentirse y no acabar en el mismo lugar. Pedía una aparición sobrenatural o una voz que se escuchara desde el más allá que exhortara a sus hermanos antes de que muriesen. ¿Qué contestó? “No, que escuchen a Moisés y los profetas”. De nuevo la misma respuesta que hizo Jesús: Que escudriñen las Escrituras. Si no creen en Dios observando la naturaleza y el universo, tampoco lo harán de otras maneras, por muy especiales o fuera de lo normal que llegaran a ser esas manifestaciones. ¡Ahí tienen la verdad si quieren buscarla!

Conclusión: Verdad o posverdad
La verdad se basa en los hechos y en la realidad. Por lo tanto, es inmutable. Citando un solo ejemplo, un árbol no es un animal que habla, ni un tiburón es una planta. La posverdad –y que se vende como si fuera la verdad- se basa en lo que creo y en lo que siento, en mentiras, en datos sin confirmar y falsos, en la subjetividad, en opiniones personales, en sentimientos y emociones, y en lo que “me gustaría”. Por eso la RAE define así el término: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Solo existe una sola “verdad”, pero la “posverdad” se da por miles de millones, tantos como pensamientos tiene cada persona que ha vivido y vivirá.
¿Puedes creer lo que quieras? ¡Por supuesto! Puedes creer que no tengo cinco hermanos sino quinientos, que viven en Australia, que son de color y miden cuatro metros de altura. Y, como vimos, puedes creer que la raíz cuadrada de cuarenta y nueve es ocho, que Marruecos es un país del continente americano, que al Rugby se juega con patines y que la mano es una extremidad inferior del cuerpo. Pero no puedes decir que tus creencias son las verdades porque están llenas de errores y no se pueden sostener, ni puedes afirmar que existe más de una verdad y que ésta depende de las creencias personales de cada uno.
En cuanto a la fe en Dios, solo el cristianismo genuino pasa la prueba. ¡Ay, si hubiera más individuos como Josh Mcdowell, Lee Strobel (autores de libros como “Evidencia que exige un veredito” o “El caso de Cristo”), y otros tantos como ellos sobre este planeta, personas que buscaron la verdad –aunque con distintas intenciones-, y se dieron de bruces con la VERDAD! ¿Serás tú como uno de ellos, que querrá descubrirla, o seguirás considerándote por encima de todo y viviendo en tu propia mentira, y descubriendo tu error cuando ya sea demasiado tarde?



lunes, 11 de marzo de 2019

El Nuevo Orden Mundial: ¿Cómo sabemos que el mundo está bajo el maligno?



Una persona que no cree en Dios, al leer un título como el que encabeza este escrito, posiblemente se burlará de forma sarcástica: “Ya están de nuevo los creyentes con sus fantasías de que un tipo de piel roja con cuernos y un tridente en la mano está al frente de este mundo”. No, él no es así ni como lo ha descrito el foclore popular y cuya idea ya refutamos en “Lucifer: ¿simpático, de buen corazón y condenado injustamente?” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com/2016/10/1-lucifer-simpatico-de-buen-corazon-y.html).
La cuestión es que hay muchos –incluyendo a cristianos- que no saben la forma concreta en que el diablo controla el sistema mundial que nos envuelve. Pero la respuesta está delante de nuestros ojos cada día y es muy fácil de ver. Los detalles los voy a ir exponiendo a lo largo de las siguientes líneas, y se basa en unas premisas muy sencillas de seguir.

Hijos de Dios o hijos del diablo
Jesús le dijo a un grupo de judíos que no eran hijos de Dios sino del diablo. Él fue bastante explícito: hay hijos de Dios e hijos del diablo. Y esto incluye a toda la humanidad. O una cosa u otra. Cristo lo expresó bien claro: “Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios” (Jn. 8:42-47).
El contraste que hizo Jesús entre unos y otros es bien llamativo:

- Un hijo de Dios ama a Jesús; un hijo del diablo no (esto incluye, evidentemente, a los que se hacen llamar “agnósticos”).
- Un hijo de Dios sabe que Jesús proviene del mismo Padre; un hijo del diablo lo considera un ser creado.
- Un hijo de Dios escucha Su Palabra y la obedece; un hijo del diablo es sordo ante ella y ni le presta atención puesto que prefiere acallar su conciencia.
- Un hijo de Dios cumple Sus deseos y voluntad; un hijo del diablo cumple los suyos propios.
- Un hijo de Dios ha creído en Su verdad, la única verdad; un hijo del diablo no, ya que cree en otras “verdades” que son mentiras como los evangelios apócrifos, el Islam, el budismo, el mormonismo, la salvación por obras, el horóscopo, los amuletos, el espiritismo, la santería, los ídolos religiosos, etc.
- Un hijo de Dios sabe que Jesús es Santo y sin pecado; un hijo del diablo lo toma como un ser imaginario sacado de una fábula, o como un mero hombre, un sabio de su época o un revolucionario.

Los valores satánicos en el mundo de hoy en día
El que es ateo o agnóstico dirá que, en todo caso y si existiera, los hijos del diablo serían solo los asesinos, los violadores, los maltratadores, los pederastas o los que hacen rituales satánicos. De nuevo otro error. Al igual que están claras las diferencias básicas entre los hijos de Dios y los del diablo, otra evidencia irrefutable es la diferencia entre sus valores. Es así cómo se hacen se entienden las palabras de Juan: “El mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19).
Antes de citar las claras diferencias entre unos principios y otros, hago una matización para el que no lo haya pensando, aunque es muy evidente: No se puede decir que uno es “cristiano” o “un hijo de Dios” y luego tener los valores de las tinieblas, que es lo que hacen muchos que se dicen “creyentes” y que han crecido en una religión. O somos hijos de la luz o hijos de las tinieblas. De ahí la clara advertencia lanzada por Jesús: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt. 7:13-14).
Veamos qué es lo que hay en la sociedad que tenemos delante:

1) El matrimonio y la sexualidad. Para Dios el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, donde la sexualidad se expresa dentro del mismo, y donde el divorcio solo es permitido en caso de adulterio: “Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn. 2:24); “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. [...] Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera” (Mt. 19:4-6, 9).
Hoy en día prácticamente cualquier cosa es válida: dos hombres, dos mujeres, dos transexuales, un hombre y un transexual o una mujer y un transexual. Los mismos medios de comunicación se llenan de artículos sobre las bondades del estilo de vida homosexual.
También, y partiendo de los promotores de la ideología de género, se incentiva a los niños a que “experimenten” para “descubrir su sexualidad”, como vimos en “La ideología de género: de nuevo el diablo asomando su cabeza, y ahora, adoctrinando a los niños” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2018/10/la-ideologia-de-genero-de-nuevo-el.html). Incluso los grupos LGTBI han tratado de usurpar el símbolo de paz del Arcoíris que Dios usó tras el diluvio y lo han tomado como una bandera en la que regodearse.
Por otro lado, se considera algo normal tener un compañero o una compañera sexual de una noche, y que sus novios o novias duerman con ellos y tengan relaciones desde la misma adolescencia sin haber contraído matrimonio, bajo el amparo de los padres.
Y por último, el divorcio se lleva a cabo casi por cualquier causa. Unos argumentan que han dejado de amarse, que no están hechos para vivir juntos, que son muy diferentes, que el otro no era como se esperaban, que se han enamorado de otra persona, etc. Se firma un papel, se reparten los bienes y a los hijos, y adiós muy buenas.

2) Lo malo se hace “bueno”. Lo perverso se considera bondadoso y sabio como se señala en el conocidísimo texto del libro de Isaías: “!!Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! !!Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos!” (Is. 5:20-21).
Un simple ejemplo: Mientras que ya no hay problema alguno en que haya escenas de sexo en cualquier serie o película de televisión, el siguiente paso que se ha dado ha sido el de la normalización de la pornografía, considerada a estas alturas como algo común entre la juventud y donde se animan entre ellos a verla. Como los estudios indican (de lo cual hablaré ampliamente en otra ocasión) comienzan a consumirla a los diez años. Repito: ¡A los diez años! El grado de perversión mental que tienen al poco tiempo es incuantificable, y no es de extrañar que se haya multiplicado de forma exponencial en países como el mío el número de agresiones sexuales y la contratación de servicios de prostitución.
Un ejemplo más: Hace unos días, la dueña de una librería de mi ciudad, me contaba, imitando la voz de ellas, cómo chicas preadolescentes se acercan a preguntarle si tienen manga yaoi yuri. Para el que no lo sepa, son un subgénero dentro del cómic japonés donde los protagonistas son chicos y chicas muy jóvenes que tienen un romance homosexual. Que niños, niñas y adolescentes consuman este tipo de productos dice mucho de qué tipo de educación se están empapando. En todos ellos se hace y se harán realidad las palabras de Pablo: Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción” (Gá. 6:8).

3) La degeneración musical. La música, que bien empleada puede resultar maravillosa, se ha convertido en un ídolo que promueve los instintos más bajos, que incita a la sexualidad y a la promiscuidad. Resulta muy llamativo que sea uno de los instrumentos usados por el diablo para corromper y pervertir, cuando él mismo, antes de la caída, alababa a Dios con la música (cf. Ez. 28:13).

4) La cultura del nudismo. Vestir con ropa decorosa, con pudor y modestia como señala Pablo (cf. 1 Ti. 2:9) se considera anticuado, de mosquita muerta, de monja. Lo que está de moda es la desnudez casi absoluta. Sinceramente, no pensaba que hubiéramos llegado a ciertos extremos, pero tristemente es así, y cuento un caso: Vivo en una ciudad costera y algunas noches en verano voy con mi familia al paseo marítimo de la playa. El año pasado, estando todos sentados en la terraza de una heladería, comenzaron a pasar por delante niñas con ese pantalón que lamentablemente se ha puesto de moda, el que deja al descubierto buena parte de los “cachetes”. Antes eran mayores de edad las que lo usaban. Pero aquella noche comprobé la nueva tendencia: cada vez eran más pequeñas las niñas que iban desfilando con dicha prenda. ¡Había alguna que no tenía ni doce años! Y los padres al lado, como si eso fuera lógico. Como puedes imaginar, surgió el debate entre mis familiares y el resultado era el que yo esperaba: La generación de más de setenta años lo consideraba vulgar (incluyéndome a mí aunque soy de otra generación), y los más jóvenes pensaban que no había nada de malo, que cada uno viste como quiere. Partiendo de la base que expuse en “¿Cómo debe vestir una mujer cristiana?” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/10/77-como-debe-vestir-una-mujer-cristiana.html), de que a toda mujer hay que respetarla exactamente igual, vista como vista, la transformación de valores es tan brutal que, como dicen los más viejos del lugar, no sé a dónde vamos a llegar.

5) Subversión de la relación paterno-filial. Aunque muchos padres siguen bautizando a sus hijos siguiendo la tradición católica –pero no bíblica-, ninguno de ellos obedecen el mandamiento bíblico de “instruir al niño en el camino de Dios” (cf. Pr. 22:6) y de “repetirle y hablarle de Su Palabra” (cf. Dt. 6:6-7). ¿La consecuencia? Han perdido la autoridad sobre ellos. Se ha pasado del “hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo” (Ef. 6:1) al “Papá, mamá, obedecedme y compradme lo que yo quiero, porque esto es justo. Ah, y dadme cincuenta euros que voy a salir con los colegas” (Génesis del Niño del siglo XXI, capítulo 1, versículo 1 al 2).
Cómo maleducan los padres a los hijos ya lo vimos de forma irónica en “Cómo maleducar –sí, maleducar- a un hijo desde pequeño hasta que cumple dieciocho años” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/05/como-maleducar-si-maleducar-un-hijo.html).

6) Matar se ha convertido en un derecho. Siendo Dios un Dios de vida, que creó de la nada, que levanta el espíritu del caído, y que en su momento resucitará a los muertos (cf. 1 Co. 15:52), el hombre se dedica al asesinato selectivo de aquellos de los que no quiere hacerse cargo. Y sí, me refiero al aborto (el genocidio por excelencia) y a la eutanasia, asuntos de los que he hablado en numerosas ocasiones. Sobre esta última, la nueva página que se va a escribir no implica únicamente a los que tienen enfermedades terminales, sino que, como veremos en el siguiente artículo que le estoy dedicando al tema, ya se está planteando en el Parlamento de Holanda legalizarla para personas que ya no tengan ganas de seguir viviendo, aunque no tengan ningún tipo de enfermedad. Es demencial.

7) El éxito social y personal. Juan habla de “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Jn. 2:16) como parte del mundo y ajeno a Dios. Sin embargo, los seres humanos siguen buscando su felicidad en esos deseos y en la vanagloria: dinero, fama, sexo, relaciones románticas, reconocimiento público, coches, casas, etc.
Por su parte, el cristiano no pone su esperanza en este mundo ni busca la gloria personal, sino que desea por encima de todo agradar a Dios como los héroes de la fe citados en Hebreos 11, porque sabe de la realidad de las palabras dichas por el Altísimo: Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice (Is. 43:7). Todos sabemos que nuestra ciudadanía está en los cielos (Fil. 3:20), que aquí estamos de paso y que tenemos que vivir piadosamente, aunque esto nos acarree persecución física, verbal o meramente ideológica (cf. 2 Ti. 3:12).
Son abismales los contrastes entre los deseos de Dios y los del hombre carnal.

¿Cuál es el opio que nos ofrece el sistema?
El conocido filósofo alemán del siglo XIX Karl Marx dijo que “la religión es el opio del pueblo”. Puesto que el cristianismo no es una religión, como expliqué en “No soy religioso, ni católico, ni protestante; simplemente cristiano” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html), compro el trasfondo de la idea de Marx y aumento la apuesta: Siendo el opio un narcótico el cual produce sopor, relajación muscular y embotamiento de la sensibilidad –creando adicción- observamos que la humanidad presente y de forma general es consumidora de otros tipos de opio: los espectáculos de masa, los deportes, los conciertos, la música, la televisión, los concursos, las series, las películas, el cine, los videojuegos, las nuevas tecnologías, Internet, las redes sociales, youtube, los gimnasios, el teléfono móvil, el wasap, la farándula del famoseo, las discotecas, los pubs, los carnavales, el alcohol, las botellonas, el tabaco, las drogas, la política, el mundo de la moda, el teatro, las compras, los hobbies, las novelas de cualquier género literario, etc.
Es cierto que no toda expresión cultural del ser humano es perniciosa y que hay aspectos rescatables y disfrutables (“¡Vive! Disfrutando sanamente”: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/01/81-vive-disfrutando-sanamente.html), pero podemos afirmar sin ningún género de dudas que todo lo citado –incluso lo que es sano- adormece nuestra conciencia y nuestra capacidad reflexiva. Si los cristianos caemos en esta trampa en más de una ocasión –porque perdemos la perspectiva y la realidad descrita- ¡cuánto más aquellos que ni siquiera son conscientes de que son controlados por el sistema del que forman parte! Por eso cuesta tanto conocer personas interesadas en temas verdaderamente trascendentes. Mientras tengan toda esta variedad de placeres con los que disfrutar, estarán mentalmente tan embotados que no habrá hueco para nada más. No tendrán tiempo, ganas ni energías para pensar en nada concerniente a la espiritualidad y a las grandes preguntas de la humanidad: ¿Quiénes somos?, ¿De dónde venimos? y ¿A dónde vamos?, cuestiones que ya fueron contestadas por Dios mismo cuando se encarnó y visitó este mundo.
Otros prefieren vivir sin más y disfrutar de todo lo que se les presente. Como siempre digo, es un problema de índole moral, ya que quieren ser sus propios dioses y que nadie les diga cómo deben pensar y vivir: “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Jn. 3:20).
Por todo esto, a menos que experimenten un arrebato en lo más profundo de sus almas y sientan “que algo no va bien”, “que algo falla”, “que lo que ven no es toda la  realidad”, “que hay parte que es mera ilusión” o “que quieran cambiar”, seguirán aletargardos como consumidores de opio.

El Nuevo Orden Mundial y la invasión de los ultracuerpos
Estos tres aspectos que hemos visto a grandes rasgos (diferencias entre hijos de Dios e hijos del diablo, valores y opio), es promovido desde las élites que están en el poder y le ofrecen “al pueblo” lo que ellos desean. Estos empresarios, políticos y gobernantes –que no conocen el hambre, que viven en la opulencia y que están al mando del sistema de este mundo- son “hijos del diablo” que le dan de comer su veneno a las masas que están completamente cegados.
Sin caer en teorías conspiratorias, sin necesidad de creer en todo lo que se lee en Internet de los Iluminati, de los Masones o del grupo Bilderberg, aquí podemos usar con firmeza una terminología conocida por muchos como “Nuevo Orden Mundial”. Un orden/desorden en el cual hemos ido entrando y asimilando en estas últimas décadas, y que sigue afianzándose a pasos agigantados tras haber puesto sus enormes pilares, debido principalmente al trabajo de los gobiernos y apoyados en la sociedad por los medios de comunicación y ciertos lobbies que han empleado una ingeniería social perfectamente orquestada. La maldad moral se ha institucionalizado. Y esto va a ir a más. Esto no es una nueva revelación o una profecía de las que tanto buscan muchos creyentes. Es que todo lo que hemos visto, “escrito está” a la luz de las Escrituras.
¿Cuál es mi sensación en el día a día ante todo esto, y que va en aumento según transcurren los años? La misma que la de los protagonistas de la famosa película La invasión de los ultracuerpos, basada en una novela de Jack Finney de 1955. Aunque se han hecho muchas versiones, la de 1978 protagonizada por el inolvidable Donald Sutherland es la mejor con diferencia. La historia nos narra la historia de algunas personas que comienzan a afirmar que sus parientes y amigos no son ellos, que se comportan de manera extrañas y que los han cambiado. Al principio nadie los cree al considerarlo fruto de la ansiedad o de alguna crisis personal, pero cuando los casos se multiplican por toda la ciudad termina por revelarse la terrorífica verdad... Los que no son como ellos empiezan a ser señalados y perseguidos... Y no cuento más para el que quiera verla.
Así es como me siento en este mundo, al igual que cualquier cristiano verdadero. Para aquellos que nacieron a partir de la última década del siglo XX, todo lo que observan a su alrededor a nivel moral es perfectamente normal. Es el sistema en el que han crecido y les ha ido moldeando, que se ha ido puliendo y adaptando a sus gustos y pensamientos. Para ellos es mejor y más libre, y no entienden a los que no vivimos como ellos. Nos consideran “dinosaurios”, “Neandertales” y “retrógrados”. Por eso, como dijo Pedro, ellos se extrañan y hablan mal de nosotros, porque no les acompañamos en los excesos de su mala vida (cf. 1 P. 1:4).
Los que somos de generaciones anteriores hemos visto ante nuestros ojos el cambio tan antinatural que ha experimentado este mundo. Un sistema enfermo, corrompido, amoral, decadente y perverso hasta niveles inimaginables en todas las esferas.

Conclusión
La realidad es que Dios –que tiene el control de todo-, que creó el universo y este planeta, no estableció el sistema por el cual funciona. Eso es obra del hombre que ha adoptado los valores del diablo. Dicho sistema está herido de muerte y tendrá un final: “Todas estas cosas han de ser deshechas, !!cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 P. 2:11-13).
Para los que aun sigan cegados ante la realidad descrita y quieran ser partícipes de la vida venidera, les dedico para terminar estas palabras de Charles Swindoll: “Si vamos a Dios con la sola razón, nos hallaremos frustrados, alejados y sin poder comprender sus inescrutables caminos. Pero si nos acercamos con un corazón abierto y en fe, descubriremos que nos está esperando con brazos abiertos, listo para aceptarnos, para recibirnos y para llenarnos de su poder”[1].



[1] Swindoll. R. Charles. Ester. Una mujer de fortaleza y dignidad. Mundo Hispano. Pág. 13-14.

lunes, 18 de febrero de 2019

Spotlight: El porqué de los abusos sexuales de sacerdotes católicos y, sí, también, entre pastores y líderes evangélicos

Hay películas que realmente son incómodas de contemplar, especialmente aquellas que están basadas en hechos reales como secuestros y asesinatos, o como la que nos atañe y que posiblemente hayas visto: Spotlight, ganadora al Oscar a la mejor película y al mejor guión en 2016, y protagonizada por grandes actores como Michael Keaton, Rachel McAdams y Mark Ruffalo, entre otros. En ella se nos cuenta los descubrimientos que lleva a cabo la sección de investigación del Boston Globe (Spotligth, de ahí el título) sobre los numerosos casos de abusos sexuales a menores perpetrados por distintos sacerdotes católicos y que habían sido tapados por el cardenal Bernard Law. Dicho periódico ganó el Premio Pulitzer en 2003 por el trabajo que llevó a cabo.
Pensé en escribir sobre este tema tan desagradable cuando se estrenó la película, pero habría sido tendencioso e injusto por mi parte ya que solo habría mostrado cuando el abuso provenía de las filas católicas. Ahora que se ha conocido un multitudinario caso entre pastores evangélicos, es el momento adecuado para mostrarse equilibrado, aunque contraríe a ambos bandos, que no deberían mirar para otro lado sino reflexionar. Y esa es mi intención. Que lo hagan o no ya no depende de mí.

Cruce de condenaciones entre católicos y evangélicos
A raíz del conocimiento de este terrible caso –ni el primero ni el último que se ha dado a conocer en los últimos años- leí infinidad de comentarios de evangélicos en las redes sociales y en la prensa lanzando todo tipo de improperios contra los que profesan la fe católica. Aunque bíblicamente el catolicismo romano no tiene defensa alguna en muchas de sus doctrinas, puedo afirmar que buena parte de lo que leí contra sus miembros me hizo sentir vergüenza ajena. Expresiones como “arderéis en el infierno” eran las más suaves, y las palabras malsonantes que muchos les profesaron prefiero omitirlas para no herir la sensibilidad de nadie. Si yo fuera católico, no me acercaría a menos de diez kilómetros de estas personas que afirman ser cristianas.
Sin duda, y como dijo Jesús y he repetido hasta la extenuación en otros escritos, somos llamados a juzgar “con justo juicio” (Jn. 7:24) toda acción, toda enseñanza (cf. Hch. 17:11), todo espíritu (cf. 1 Jn 4:1), toda profecía (cf. 1 Co. 14:29) y a todo aquel que se hace llamar “apóstol” (cf. Ap. 2:2). Pero esto no implica insultar y, sobre todo, condenar de forma definitiva a nadie. Sí, es cierto que Jesús habló claramente de la gravedad que suponía hacerle daño a un niño que creyera en Él, tanto que señaló que cualquiera que le hiciera tropezar mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mt. 18:6), pero ¿ya no recordamos que uno de los ladrones de la cruz, que a su vez era un asesino, se arrepintió en los últimos instantes de su vida, y que Jesús lo perdonó, prometiéndole que estaría ese mismo día en el paraíso? (cf. Lc. 23:42-43).
De igual manera, y como no podía ser de otra manera conociendo nuestra propia naturaleza, cuando hace apenas unos días se conoció los más de 700 casos de abuso sexual en las iglesias bautistas de Estados Unidos, muchos católicos en Internet se tomaron la revancha contra los evangélicos y respondieron después de mucho tiempo aguantando el chaparrón. En términos humanos, los comprendo. Si alguien no para de burlarse de ti por algo que has hecho y luego tú haces lo mismo, lo normal es que te pague con la misma moneda.
En este aspecto, tanto evangélicos como católicos cometen dos errores: uno, el más irracional: pensar que todos son iguales. Ni todos los sacerdotes son abusadores ni lo son todos los pastores. Y dos: defender su propia “institución” o “grupo” por encima de todo echándose en cara los unos a los otros el famoso “y tú más”:

- “Tú enseñas herejías”; “Y tú más”.
- “Tú te quedas con el dinero de los feligreses”; “Y tú más”.
- “Tú manipulas a las ovejas”; “Y tú más”.
- “Tú abusas espiritualmente de tus seguidores”; “Y tú más”.

¿El sentido de autocrítica? En busca y captura.

Contradictorio
Esta misma semana se publicaron los datos del Ministerio del Interior en España: la violaciones consumadas crecieron un 22,8% el año pasado[1]. Todavía más terrible si cabe es cuando leemos casos de violaciones llevadas a cabo por varios hombres a la vez. En mi país hemos tenido recientemente el caso de “La Manada”, donde cinco jóvenes abusaron sexualmente de una chica de dieciocho años durante las fiestas de San Fermín en Pamplona (Navarra) en el verano de 2016. Siempre que escuchamos este tipo de historias suelen ser en países donde la democracia brilla por su ausencia, en barriadas de suma pobreza, de abundancia de tráfico de drogas, y donde la mujer es vista prácticamente como un objeto desde la misma infancia. Pero aquí este hecho fue algo novedoso y por eso conmocionó a toda la sociedad que pedía justicia, y con razón.
Dentro de la animalidad del acto, un cristiano puede entender que algo como lo descrito es posible que suceda porque ni más ni menos es la expresión de una obra de la carne llevada a cabo por aquellos que no tienen a Dios como el Señor de sus vidas ni los principios que Él ha establecido para la humanidad: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia,  idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gá 5:19-21).
Lo contradictorio y chocante viene cuando alguna de estas acciones –en este caso, el abuso y/o pederastia- las cometan personas que se dicen cristianas. Así que, antes de explicar el porqué se dan este tipo de historias entre católicos y evangélicos, hay que empezar haciendo unas matizaciones fundamentales y que mis lectores conocerán puesto que las he citado en más de una ocasión:

1) La Iglesia cristiana no está formada por aquellos que dicen ser cristianos o llevan a cabo actividades religiosas, sino única y exclusivamente por los que han sido salvados, los cuales son aquellos que han nacido de nuevo, como Jesús le dijo a Nicodemo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3). Esto ya lo explicamos claramente en “No soy religioso, ni católico, ni protestante; simplemente cristiano” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html).
Solo ellos son “hijos de Dios”: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn 1:12-13).

2) Existen los falsos cristianos. Afirmar creer en Dios no significa nada por sí mismo. Santiago dijo que incluso los demonios creen (cf. Stg. 2:19).

3) El fruto del Espíritu (cf. Gá. 5:22-23) y las obras son pruebas de la autenticidad de la fe: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7:20). Así de tajante fue Jesús al respecto: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? [...] No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Lc. 6:46; Mt. 7:21-23).
Como dije en “Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html), “el individuo que vive en adulterio, que es un mentiroso crónico, que está lleno de rencor, que paga mal por mal, que odia a los enemigos, que no ora exclusivamente a Dios en el nombre de Jesús sino también a figuras religiosas, que manipula a las masas para enriquecerse y vivir en prosperidad, etc., con total seguridad no es cristiano en el sentido bíblico del término”. No hablo de los que caen y se levantan (aunque sea tiempo después, como el rey David), sino los que viven instalados en dichos pecados. E igualmente podríamos decir de aquellos que:

- Sistemáticamente tienen relaciones sexuales antes o fuera del matrimonio.
- Sistemáticamente se emborrachan.
- Sistemáticamente consumen pornografía.

Y así con una extensa lista. Son “aquellos cuyas vidas y palabras no representan adecuadamente un Dios santo, justo, compasivo y amoroso”[2].

Los abusos sexuales en los sacerdotes católicos
Por mucho que traten de negar esta realidad los postmodernistas, la raíz del problema que nos conduce a hacer el mal es exactamente la misma para todos los seres humanos, sea uno católico, protestante, musulmán, budista o el mayor de los ateos: nuestra naturaleza caída: “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Ro. 7:21-23). Aunque uno esté dispuesto a hacer el bien, nuestra carne está inclinada hacia el mal, sea en forma de pensamientos, sentimientos o acciones, entendiéndose “el mal” como todo aquello que está fuera de la ley de Dios.
En el caso del catolicismo romano, le ha dado a esa “carne” una forma de crecer aún más entre los que quieren servir como sacerdotes: el celibato obligatorio, y que es una carga antibíblica en general. La suma de estos dos factores explican el porqué de infinidad de abusos. Pablo, de forma profética, ya avisó que algunos denegarían la posibilidad de contraer matrimonio: Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad” (1 Ti. 4:3).
¿Y cuándo sucedió esto? En los dos concilios de Letrán, el primero en el año 1123 y el segundo en el 1139, muchos siglos después de Cristo. Eso sí, el germen ya estaba presente desde mucho antes: en el año 567, en el Concilio de Tours II, se estableció que todo clérigo que fuera hallado en la cama con su esposa sería excomulgado por un año y reducido al estado laico. ¡Menuda barbaridad! ¡Que se lean por favor ese libro sobre el erotismo conyugal llamado el Cantar de los Cantares y que está en la Biblia! Y, de paso, las palabras de Pablo: “El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia” (1 Co. 7:3-5).
Servir a Dios –incluso “a la manera católica”, que a mi entender es errada- y estar casado no es incompatible, como lo demuestra el hecho de que los mismos apóstoles tenían esposas, incluso Pedro, a quien el catolicismo considera el primer “Papa”: “¿No tenemos derecho de traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas?” (1 Co. 9:5). ¿Cómo tratan entonces algunos círculos católicos de justificar bíblicamente el celibato? Citando este texto: “Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron” (Lc. 5:8-11). Según ellos, “dejándolo todo” incluyó también que abandonaron a sus esposas. Una verdadera falacia puesto que las palabras de Pablo diciendo que sus mujeres les acompañaban fueron escritas varias décadas después.
A pesar de la claridad de los textos expuesto, todos los Papas se han negado una y otra vez a eliminar dicha imposición, a pesar de que en 1993 el Papa Juan Pablo II dijo esto: “El celibato no es esencial para el sacerdocio; no es una ley promulgada por Jesucristo”.
No todo el mundo está preparado para vivir en celibato, aunque sea un excelente cura católico. ¿Cómo se defienden ellos ante estos hechos de pederastia que salen a la luz cada poco tiempo! Diciendo que esos “curas” realmente no tenían vocación sacerdotal. Suena hasta grotesco. ¡La de infinidad de casos de abusos sexuales a menores que se habrían evitado –y se evitarían- si permitieran el sacerdocio tal y como ellos lo entienden pero con la posibilidad de contraer libremente matrimonio si así lo desean! Algo que tristemente tengo bastante claro que no va a suceder porque ellos anteponen la tradición y el Magisterio a la Biblia. Como dijo el Papa Francisco en fechas recientes en referencia al celibato: “Este no es un dogma de fe sino una reglamento de la Iglesia”. Lo dicho: el reglamento por encima de las Escrituras.
Es cierto que la eliminación del celibato no eliminaría todos los casos de abuso, pero, en mi opinión, sí se reducirían considerablemente, incluso cuando son monjas las afectadas. Aunque lo quieran tapar, aunque pidan perdón en nombre de otros, aunque trasladen a los acusados de parroquia, el mar de fondo siempre existirá, y buena parte de la culpa la tiene las normas humanas que ellos han establecido. Por eso, el documental que se emite estos días titulado “Examen de conciencia”, que narra los testimonios de hombres que fueron abusados por miembros del clero en España, seguirán tristemente siendo algo habitual cada cierto tiempo (el tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=qxxXomjeSXc). Carne más carne es igual a tentación.

Los abusos sexuales en los pastores evangélicos
Puesto que la inmensa mayoría de los pastores evangélicos están casados, podríamos creer que están exentos de ser tentados con deseos sexuales inapropiados. Nada más lejos de la realidad. Aunque es más habitual conocer casos de adulterio o fornicación entre algunos de ellos, también está el que se acaba de revelar: casi 220 líderes bautistas del Sur de Estados Unidos fueron condenados por abuso sexual. Entre ellos hay pastores, ministros, pastores juveniles, maestros de escuela cristianos, diáconos y voluntarios del programa de la iglesia. Los casos registrados superan los setecientos en los últimos veinte años[3].
Como solo Dios sabe la verdad y el número, no sabemos cuántos de estos pastores que han abusado son verdaderos cristianos que se dejaron consumir por una de las  pasiones más bajas y despreciables en las que puede caer un ser humano, y cuántos de ellos sencillamente son lobos con piel de cordero. Si eran/son o no “nacidos de nuevo”, los calvinistas tendrán una opinión y los arminianos otra. La mía ya la expresé en “Silencio: ¿cristianos que apostatan?” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/05/silencio-cristianos-que-apostatan.html) y “¿Puede volver a Dios un “cristiano” que ha negado a Cristo con sus palabras o sus obras? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/05/puede-volver-dios-un-cristiano-que-ha.html).
Dado que actualmente muchos pastores son vistos como auténticas “estrellas de rock” por muchos cristianos ingenuos, es relativamente sencillo que más de uno, de los que se hacen llamar a sí mismos los Ungidos de Jehová, sientan que su posición de privilegio les permite hacer lo que quieran sin rendir cuentas a nadie con todo tipo de autojustificaciones que han terminado por creerse. Y terminan aprovechándose de los más débiles: niños y niñas. El sentimiento de impunidad y la carne los domina. Lo terrible es que algunos de ellos sigan en el púlpito y al frente de dichas congregaciones.
Luego hay otro tipo de abuso del cual no hay estadísticas y no se puede cuantificar el alcance del mismo, pero también existen: aquellos pastores/líderes que, usando su posición y carisma, intentan –y a veces logran- seducir con fines sexuales a miembros de la congregación. Cuando estos lobos lo hacen con personas adultas, el hecho en sí es deleznable e inmoral. En menores de edad –incluso si es “consentido”- constituye un acto delictivo en términos penales y que no habría que pasar nunca por alto, a pesar del silencio de las víctimas que callan por temor o por sentirse también culpables.
Si a todo esto le añadimos los datos de esta encuesta realizada entre pastores sobre el consumo de pornografía, tenemos la ecuación completa: “The Barna Group [...] en base a un estudio online que incluyó a 432 pastores adultos y 338 pastores jóvenes [...] revela que el 57% de los pastores adultos admitieron luchar actualmente o haberlo hecho en el pasado contra este tipo de consumo. Un porcentaje que sube al 64% de los pastores jóvenes. El 14% de los líderes de mayor edad dijeron que actualmente están aún sumergidos en este mal, porcentaje que llega al 21% de los líderes de menor edad. Más de uno de cada 10 pastores jóvenes describieron su lucha con la pornografía como una adicción y uno de cada 20 pastores adultos también la consideran así. [...] El 86% de los pastores que lo practican afirman sentir mucha vergüenza por esto y el 55% viven en el constante temor de ser descubiertos”[4]. Carne más carne es igual a vicio y perversión.

Puntos en común entre ellos y nosotros, entre tú y yo
Seguramente la persona que me está leyendo al otro lado de la pantalla no es un sacerdote o un pastor que ha caído en las aguas pantanosas de las que hemos hablado. Pero, el hecho de que la gran mayoría de cristianos no haya cometido tales actos de vileza, no significa que podamos jactarnos de nada: “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 7:21-15).
Me arriesgaría a afirmar –y si me equivoco, lo siento-, que todos tenemos puntos débiles ante los cuales nos sentimos inclinados y tentados, sabiendo que están fuera de la voluntad de Dios. Por eso Jesús nos enseñó a pedir en el Padre Nuestro que no nos dejara caer en la tentación y nos librara del mal (cf. Mt. 6:13). Puede que esa “debilidad” sea algo llamativo, externo y de conocimiento público. O puede ser algo interno que solamente tú conoces. No es un tema del que vaya a hacer una encuesta: cada uno sabe lo que hay en su ser.
Así que recordemos que todos estamos incluidos, que Cristo derramó su sangre y murió en la cruz tanto por el pederasta y el asesino como por ti y por mí, por lo que no podemos mirar a nadie por el encima del hombro creyéndonos mejores y superiores. Al final, nuestra única esperanza, y en la cual hemos puesto nuestro destino, es en Él: “!!Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro. 7:24-25).
Y por último: respecto a los que están perdidos, grabemos a fuego en nuestra mente las palabras que todos conocemos y casi siempre olvidamos a la hora de la verdad: “Id, pues, y aprended lo que significa: Misercordia quiero, y no sacrificio. Porque no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mt. 9:13).