lunes, 22 de octubre de 2018

7. ¿Morir voluntariamente es un acto de libertad?


Venimos de aquí: La actitud ante la enfermedad propia y ajena & El ejemplo de un padre. https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/02/6-la-actitud-ante-la-enfermedad-propia.html

Lo que piensan los pro y los anti sobre la libertad de decidir morir
Los pro-eutanasia parten de la premisa de que la potestad sobre la vida y la muerte le corresponde única y exclusivamente al propio individuo. Por lo tanto, es la persona y nadie más quién decide libremente cuándo darle conclusión a su vida, puesto que ésta no es considerada una obligación. Se defiende como un derecho para la población.
Dicho esto, es justo señalar todo lo que dicen ya que exponen su argumentación de una manera clara y sencilla: entienden que la eutanasia es para el que le desea, nunca una imposición. Esto nos presenta una situación bien definida:

- El que se sienta anímicamente fuerte y quiera gastar hasta su último aliento de vida –a pesar de sus enfermedades, dolores y circunstancias-, es libre de hacerlo.

- Aunque los cuidados personales y médicos sean aceptables para el paciente, siempre hay que respetar la voluntad de éste si quiere acabar con su vida. En este supuesto, él será también quién elija el cuándo.

Por lo tanto, para ellos no hay decisiones incorrectas puesto que lo que prima es la libertad de decisión – sea en un sentido u otro- y el derecho a elegir el cuándo.
Para aclarar esta cuestión, podemos empezar por definir qué es la libertad. Según el diccionario, estos son algunos de sus significados:

- Es la “facultad que tiene el ser humano de obrar o no obrar según su inteligencia y antojo”.
- Es el “estado o condición del que no está prisionero o sujeto a otro”.
- Es la “falta de coacción y subordinación”.
- Es el “poder o privilegio que se otorga uno mismo”[1].

Atendiendo literal y estrictamente a estas definiciones, cualquier persona es libre de hacer lo que quiera con su vida, y eso incluye acabar con ella. Sin embargo, los pro recalcan con insistencia que el Estado, los políticos y la religión les roba esa libertad. Esta acusación es una falacia. Nadie obliga a nadie a vivir. Nadie les impide ejercer esa libertad que tienen. Pueden hacer lo que quieran y cuándo quieran. Pueden obrar a su antojo. No están prisioneros ni sujetos a otros. No son coaccionados ni están subordinados. Ellos tienen el poder que se otorgan a sí mismos. ¿Quieren acabar con sus vidas? Está en sus manos llevarlo a cabo en el momento en que lo consideren oportuno. Y esto no es cinismo por mi parte; es la pura realidad.
El problema que tenemos aquí es que hacemos distinción entre suicidio y eutanasia. Se señala que las formas no son las mismas, que en la primera se acaba de forma violenta e indigna, y en la segunda en paz sobre una cama. Uno es más estético que el otro, pero la cuestión es que el fin es el mismo: matarse a uno mismo; otra forma de suicidio. Y ahí entra de nuevo la libertad personal. Algunos afirman que “es cruel que el Estado obligue a vivir a una persona que no quiere hacerlo. Ya está bien de intromisión de las iglesias, políticos y médicos en lo que debe ser un derecho de la persona individual. ¿Quiénes son para decirme a mí cuánto tengo que vivir y hasta cuándo? Una persona adulta debería poder elegir cómo poner fin a su vida”. Todos estos postulados son muy elocuentes, pero omiten los hechos: la realidad es que nadie se entromete. Nadie obliga a vivir. Nadie obliga a nada a nadie. La persona tiene la libertad individual entre sus manos. El libre albedrío que exigen ya lo tienen. El que quiera dar por concluida su vida, tiene el poder de hacerlo cuando quiera.
Dicho esto, y de igual manera, una persona no puede esperar a que un gobierno apoye su deseo –puesto que los deseos no son derechos-, y que terceras personas (sean médicos o familiares) hagan por él –directamente o proporcionándole los medios- lo que por sí mismo no quiere hacer. En el caso de que no puedan hacerlo por sí mismo por el propio deterioro del cuerpo, tampoco pueden endosarle a nadie esa responsabilidad, consabidamente traumática.
Dejando a un lado estas justificaciones que ofrecen, lo más habitual es lo que ellos mismos reconocen: no se atreven, sea por miedo a que el plan salga mal, a quedar en peor estado, a sufrir, a la preocupación de que su nombre quede estigmatizado ante la sociedad, etc. Pero todo esto esconde casi siempre el instinto de supervivencia y que les impide suicidarse.
Los pro dirán que esto es desalmado, pero la realidad es que lo fácil es culpar siempre a los demás, cuando la libertad sobre sí mismos ya la tienen. Si no quieren ejercerla, no culpen a otros. La libertad del que anhela la muerte no tiene que institucionalizar el cómo hacerlo a golpe de ley.  

¿La decisión de morir es un acto de libertad ilimitada?
Para responder a este planteamiento podría decir lo que creo basándome en mis creencias cristianas, pero ya dije en el primer artículo (Eutanasia: ¿La buena muerte?
http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/03/1-eutanasia-la-buena-muerte.html) que no usaría razonamientos que incluyeran la fe hasta el capítulo final, y tampoco lo haré en lo que atañe a esta cuestión sobre la libertad personal.
Una vez que he mostrado los argumentos principales que usan los pro y los anti, paso a continuación a explicar el mío que va un paso más allá, que consiste en ampliar el concepto del término libertad. En mi opinión, la libertad absoluta es una quimera. Como tal, no existe, como no existe la autonomía absoluta. No somos libres porque hay muchas decisiones que no dependen de nosotros:

- No tenemos libertad para elegir si queremos venir o no a este mundo. Es una acción que depende de otras personas.  
- No tenemos libertad para escoger el lugar y la fecha de nacimiento.
- Cuando éramos jóvenes, no teníamos libertad para escoger una u otra comida: nuestros progenitores nos daban la que creían conveniente.
- No tenemos libertad para conducir cómo y por dónde queramos. Podemos manejar un vehículo si tenemos el carnet de circulación, pero no libertad para ir en dirección contraria, por medio de un parque o saltándonos los semáforos en rojo.

Son únicamente algunos ejemplos muy básicos de muchos que podríamos citar. En la vida adulta y en lo concerniente a la eutanasia, por mucho que se proclame a los cuatro vientos que es nuestra vida, que nosotros decidimos y que los demás tienen que respetar esa determinación, la decisión de dejar de vivir tampoco depende en exclusiva de nosotros. ¿Por qué hago esta afirmación? Porque se reiteran una y otra vez los derechos que tenemos pero se pasan por alto los deberes. Y entre los deberes que tiene la persona que desea morir está el escuchar las voces de los que le rodean: padres, espos@, hij@s y herman@s. Cuando una decisión implica y afecta a más personas, la libertad en términos absolutos desaparece. La libertad individual tiene límites, por mucho que se quiera defender lo contrario. Esa es la frontera que hay que tener clara entre derechos y deberes.
El filósofo Stuart Mill (1806-1873) dijo sobre la libertad: “Cada individuo tiene el derecho a actuar de acuerdo a su propia voluntad en tanto que tales acciones no perjudiquen o dañen a otros. Como bien se explica aquí: “Defiende Stuart Mill que no puede permitirse que el individuo se perjudique permanentemente a sí mismo y a sus bienes, porque somos seres sociales y el daño que se inflige uno a sí mismo repercute en los demás”[2].
Todo se enfoca en el principio de que el enfermo no quiere que la familia cargue con él, y que sería muy egoísta no respetar su decisión de morir por el hecho de que otros le amen y quieren tenerle cerca a pesar de la enfermedad. No lo veo así, por la sencilla razón de que se desvía la atención ante los límites de la libertad que deja bien claro el señor Mill, obviando con esto dicho planteamiento: ¿El paciente le ha preguntado a su familia qué piensa al respecto? ¿Le ha pedido a los que le aman que le digan cómo les afectaría si tomara la decisión de la eutanasia? ¿Está dispuesto a que le lleven la contraria? ¿Ha pensado en la conmoción emocional y psicológica que experimentarán sus hijos al saber que quiere morir ya? ¿Está completamente convencido de que ellos no querrían tenerlo a su lado, independientemente de que tuvieran que volcarse en atenciones sobre él? Se pone todo el énfasis en respetar la voluntad de la persona, pero no se hace ninguna mención a que ésta valore las opiniones de sus cercanos.
Nos basamos en el principio de que el enfermo se beneficia ante la eutanasia, pero se deja a un lado cómo perjudica a otros. Por eso creo que quien antepone la libertad individual infravalorando la de los demás –en este caso, la de los seres queridos-, abusa de su propia libertad.
Si en el matrimonio –que está formado por dos personas- las decisiones son consensuadas, ante la muerte tampoco tendría que haber una única y última palabra. No debería ser un “yo”, ni siquiera un “tú”, sino un “nosotros”. Por eso, en los votos matrimoniales, se dice: “Te quiero a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad, todos los días de mi vida.
Siempre se muestran testimonios de familiares que, ante la cámara de televisión, apoyan la decisión del esposo o del padre de acabar con su vida. Si las entrevistas a los seres cercanos fueran completamente privadas y sin posibilidad de que el enfermo las oyera, las respuestas serían muy diferentes, como ocurre en muchas ocasiones donde el cónyuge o los hijos se han posicionado completamente en contra. Pienso que, en la realidad, muchos de ellos los apoyan –o, al menos, se mantienen al margen o dicen respetar la decisión-, porque no les queda más remedio, no porque realmente estén de acuerdo. Se evitan enfados, discusiones que pueden acabar en serios reproches y en la propia ruptura familiar.
Visto de esta manera, para mí la libertad acaba donde comienzan los derechos de los que me rodean. Es por eso que el enfermo debería aprender con buena actitud y disposición a escuchar el corazón de los seres queridos. Tras hacerlo, estoy convencido de que muchos –que no todos- recularían en su decisión ante la eutanasia, aunque siempre habría casos que seguirían insistiendo a pesar de la oposición de la familia.

Continuará en ¿Cansado de vivir? El destino a punto de alcanzarnos.

lunes, 8 de octubre de 2018

Dios: el verdadero gran showman


Sinceramente, no tenía ninguna intención de ver El gran showman. Aunque su protagonista -Hugh Jackman- me gusta bastante como actor, las dos últimas películas que vi de género musical (Los miserables y La La Land) no me entusiasmaron, logrando el efecto de sobresaturarme, así que no me apetecía lo más mínimo verla, a pesar de que Moulin Rouge es una de mis favoritas. Pero meses después de su estreno, un amigo (mis gratitud a “El Benítez”) me dijo que era muy bonita, algo que pude confirmar hace unas semanas, concretamente la noche del 22 de septiembre.
Su puesta en escena, su historia, la profundidad de las letras de sus canciones, sus personajes, las coreografías, todo en general, me atrapó y enamoró desde el primer momento. Visualmente es portentosa. Entre las canciones, todas me gustaron sobremanera. Sería imposible quedarse con una. Quizás podría ser The Greatest Show (https://www.youtube.com/watch?v=By7_W_ehaWA), aunque mi cara al escuchar cantar Never Enough a Jenny era la misma que la del protagonista: de auténtica fascinación (https://www.youtube.com/watch?v=JZ9pHBEUWPo). Y qué decir de la que la que ganó el Globo de Oro 2018 a la “Mejor canción”: This is me. Como se puede encontrar fácilmente en youtube, mejor dejo el emotivo ensayo de la misma con varios de sus actores (https://www.youtube.com/watch?v=XLFEvHWD_NE). Y si te quedas con ganas de más, ahí tienes la espectacular y pasional preparatoria de From Now On (https://www.youtube.com/watch?v=PluaPvhkIMU).
Para alguien como yo que no ha bailado en su vida –no, a aquello que hice un par de veces no se le puede llamar baile- lograron algo imposible: que, al menos, internamente –y subrayo lo de internamente-, moviera el esqueleto.
Desvaríos e inclinaciones musicales aparte, puedo decir que, mientras la contemplaba, escribía mentalmente las palabras que vas a leer a continuación. Si no la has visto –aunque está claro que todo es cuestión de gustos-, te la recomiendo antes de seguir leyendo: es pura magia. Y si ya lo has hecho, revisualizala bajo el prisma que te voy a presentar. Si tuviera que elegir un escrito de entre todos los que he hecho hasta el día de hoy, me quedo con este. La enseñanza espiritual que se muestra es tan grande que me robó más de una sonrisa de gozo. Como cristianos, es muy fácil sentirse identificado con estos protagonistas “extraños”. Espero que disfrutes de la lectura y la guardes dentro de ti.

Un hombre con un sueño diferente
La película está basada en la historia real de Phineas Taylor Barnum (1810-1891), fundador del circo Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus. Resumiendo hasta el extremo la película –y sabiendo que los detalles varían en la vida real como se puede comprobar al leer su biografía- tras casarse, tener dos hijas y ser despedido de su trabajo por la bancarrota de la empresa, decide plasmar en la realidad lo que tiene en mente: un circo que hiciera reír al público, algo nunca antes visto. Para ello contrata a las personas más extrañas de la ciudad: una mujer barbuda, una criada, un enanito, un hombre peludo (hombre-perro le llaman), un gigantón, negros (para la época estaban mal vistos), dos hermanos siameses físicamente unidos, gordos, feos, asiáticos, etc., conviertiéndolos en una familia.
Su espectáculo se convierte en todo un éxito, aunque es despreciado por parte de la clase media y por toda la alta, que ve a estos personajes marginados como despreciables, burlescos e indignos. El corazón de Barnum está por encima de todo y sigue adelante. Eso sí, en su deseo de llegar a ese público que le rechazaba, perdió el rumbo y dejó en segundo plano el circo, a sus compañeros y a su familia para centrarse en llevar a las alturas a Jenny Lind, una cantante cuya voz lo tenía prendado, y así lograr sus deseos personales de reconocimiento. Una vez que se da cuenta de su error y antes de que sea demasiado tarde, vuelve a casa y con sus amigos para llevar al circo a un nuevo nivel.

Un Dios estrafalario... a los ojos del mundo, al igual que sus seguidores
Siendo P. T. Barnum una persona estrambótica a los ojos de la sociedad de su época, Dios es un Dios que busca igualmente lo “extraño”: a los perdidos. Además, a diferencia de Barnum, no se pierde en el camino ni se deja deslumbrar por las luces que hay alrededor. Tiene la ideas muy claras desde siempre. Y, a los ojos del mundo, de nuestra sociedad, del marketing imperante, de los medios de comunicación, de un altísimo porcentaje de personas que viven en este planeta, el Dios verdadero, el Dios descrito en la Biblia, el Dios al que seguimos los cristianos, el único Dios, es alguien estrafalario. Con sus verdaderos seguidores –nosotros- acontece igual; somos una especie de “espectáculo” que sufre las mofas ajenas: “Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos; por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante” (He. 10:32-33).
El diccionario nos define dicho término como “extravagante, raro, ridículo”. Así somos los cristianos nacidos de nuevo para el mundo. También Dios lo es para los que no le conocen. El ser humano piensa de una manera y Él lo hace de forma opuesta:

1) Mientras la clase media y alta de la sociedad desprecia a la clase baja –algo que se ve muy claramente en la película-, Jesús se acercaba principalmente a lo que se considera escoria: marginados, enfermos mentales, pobres, prostitutas, endemoniados, etc., cumpliendo Él mismo las palabras proféticas que leyó de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lc. 4:18-19).

2) Mientras que al hombre le impresionan los títulos universitarios, el coeficiente intelectual, la fama, el estatus social, el trabajo que tengamos, nuestra cuantía económica, las posesiones materiales o la belleza física, a Dios no: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es,  a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Co. 1:26-31).

3) Mientras que el mundo se burla de los que tienen fe, a Él le maravilla: “Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Mt. 8:5-10).

4) Mientras las grandes empresas del mundo eligen a lo mejor de lo mejor para trabajar con ellas, Dios:

- Eligió a un muchacho, pastor de ovejas, para ser el rey más grande de Israel.
- Eligió a una humilde judía para ser el depósito de la Encarnación.
- Eligió a meros pescadores y recaudadores de impuestos como sus discípulos.
- Eligió a un asesino (Saulo) para convertirlo en uno sus mayores mensajeros.

5) Mientras el mundo observa con envidia a los millonarios, sus casas, sus coches, sus yates, sus vacaciones, sus mujeres despampanantes a precio de bisturí, sus vestidos y sus joyas, junto a las fiestas que organizan donde asiste la crème de la crème, Jesús llama a su banquete a “los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos” (Lc. 14:13).

6) Mientras muchas iglesias consumen buena parte de sus recursos económicos en comprar nuevos terrenos, en organizar conciertos, en asientos más cómodos, en iluminación de colores, etc, Dios ponía y pone el énfasis en distribuir esas colectas entre los pobres, las viudas y los huérfanos.

7) Mientras millones de personas consideran el éxito personal y el reconocimiento social como el mayor logro que se puede alcanzar, Dios considera que este mundo no era ni es digno de aquellos que, a causa de la fe, “fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados” (He. 11:37-38).

8) Mientras que el mundo se regodea en la grandeza propia, Jesús mismo “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6-8).

9) Mientras que en esta era de Amazon, AliExpress y Media Markt se nos llama a comprar para aprovechar las nuevas oportunidades y llenar nuestra vida de objetos, Dios nos dice –por medio de Pablo- que “teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Ti. 6:8-11), que aprendamos a contentarnos y sepamos vivir, sea que tengamos abundancia como si somos humildes (cf. Fil. 4:11-12).

10) Mientras que la prensa dedica sus portadas al nacimiento de algún heredero al trono en los países monárquicos (hijo que luego asiste a las mejores universidades del mundo), Jesús, el Rey de Reyes, nació en un pesebre y trabajó de carpintero.

11) Mientras que los deportistas, cantantes, actores y demás miembros de la farándula llegan a los eventos en limusinas, coches de época, deportivos y descapotables, el Rey de Israel entró en Jerusalén sobre un pollino.  

12) Mientras que el hombre suele ser egoísta y no le gusta compartir lo suyo con los demás, Dios es la dadivosidad personificada: de la nada –porque quiso y sin necesidad- creó un universo hermosamente complejo y lleno de variopintas criaturas (cf. Gn. 1). Luego formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gn. 2:7). Fue algo tan maravilloso que en ese acto sobrenatural creó el mismo ADN del que estamos formados: “Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Sal. 138:16). Nos amó tanto que murió por nosotros en la cruz (cf. Ro. 5:8). Y, por si todo esto fuera poco, en su momento, compartirá su Reino con sus hijos.

Con lo que hemos visto –y podríamos seguir eternamente- es normal que, para el mundo, ¡no haya nadie más estrafalario que Dios y sus seguidores!

¿Quién decide cómo es Dios, Él o nosotros?
A lo largo y ancho de la historia de la humanidad, el hombre ha tratado de decirle a Dios cómo tiene que ser, qué tiene que pensar, qué tiene que sentir, qué tiene que decir y cómo tiene que actuar, como si pudieran moldear a Dios a su gusto.
Job pensó que le demostraría a Dios el error que estaba cometiendo con él (cf. Job 13-33). Los fariseos y saduceos le pidieron una señal del cielo. Jesús les dijo que no, que la señal sería Su resurrección (Mt. 16:1-4); Pedro le dijo que no fuera a la cruz. Jesús se enfureció y le dijo “!!Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mt. 16:23); Jacobo y Juan querían mandar fuego del cielo a una aldea que no los había recibido. Jesús “los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lc. 9:55-56); Herodes le hizo muchas preguntas a Jesús, pero él nada le respondió” (Lc. 23:9). ¡Hasta el diablo le dijo a Jesús lo que tenía que hacer para demostrar Quién era! (cf. Lc. 4:1-13).
Mil ejemplos más podríamos poner. Y esto es algo que sigue pasando en el presente, un día sí y otro también. En esta categoría se pueden encuadrar a los distintos grupos:

1) Uno está formado por los que yo llamo Ateos cristianos liberales. Son aquellos que afirman creer en Dios a su manera, que no han nacido de nuevo, y que niegan algunas o casi todas las doctrinas bíblicas básicas como el pecado original, la divinidad de Cristo, la salvación por gracia, la resurrección de entre los muertos, la segunda venida del Hijo a este mundo, el establecimiento del Reino, el juicio final, etc. Además, suelen afirmar que Dios no considera como pecado la homosexualidad, la unión en yugo desigual, entre otras cuestiones. Esto es algo que defienden personas que se dicen creyentes, pero que en la realidad son ateas. Creen en un “dios” que ellos mismos se han sacado de la chistera, adaptándolo a sus gustos, preferencias e ideas propias. No se consideran malos ni piensan que necesiten ser salvados. Y para rematar, no aceptan bajo ningún concepto la idea del infierno.
Ante esto, la refutación la hizo hace varios siglos C.S. Lewis en su libro “Mero cristianismo”: “Estoy tratando de impedir que alguien diga la tontería que la gente dice a menudo de Él: ´Estoy preparado para aceptar a Jesús como un gran maestro moral, pero no acepto sus afirmaciones de que era Dios`. Eso es algo que no debemos decir. Un hombre que fuera puramente hombre y dijera las cosas que Jesús dijo no sería un gran maestro moral. O sería un lunático —a nivel del hombre que dice que es un huevo hervido— o sería el diablo del infierno. Hay que tomar una decisión: o este hombre era, y es, el Hijo de Dios, o era un loco o algo peor. Lo puedes hacer callar por necio, lo puedes escupir y matarlo como a un demonio, o puedes caer a sus pies y llamarlo Señor y Dios. Pero no salgamos con ningún disparate condescendiente diciendo que era un gran maestro humano. Él no nos dejó esa opción abierta ni era su intención hacerlo”
Por eso Jesús dijo –y dice- a todas estas personas “que si no os volvéis y os hacéis como niños (en el sentido de aceptar el Evangelio), no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 18:3). Es como en la película de la que estamos hablando: los que aceptan, sonríen y ríen de alegría son los niños, hombres y mujeres sencillos de corazón, mientras que el resto abuchea, se queja y pone mala cara.

2) Luego está el grupo de cristianos que sí han nacido de nuevo pero que les suele pasar lo mismo pero de otra manera: se enfocan tanto en una faceta de Dios (unos en “la ira de Dios”, otros en “la santidad de Dios”, en “el amor de Dios”, etc. como si estuviera dividido en cachitos) que no conocen a Dios en su plenitud, solo una parte de Él. Se forman una imagen errónea o distorsionada porque se basan únicamente en algunos aspectos de Su carácter.
Para que entiendas lo que quiero decir, te pondré un ejemplo muy sencillo y gráfico: como todo el mundo, “soy” distintas partes que conforman un solo “yo”. Según el grado de confianza que tenga con la persona que tenga enfrente y, sobre todo, del interés genuino que muestre en mi “yo” y de las preguntas que me haga, le muestro una faceta u otra de mí: la parte profunda, la parte espiritual, la parte friki, la parte cinéfila, la parte bromista, la parte payasete, la parte lectora, la parte deportiva, etc. El que no conoce todas esas partes de mí no puede decir que me conoce de verdad. Lo mismo sucede con Dios. No podemos tomar “esto sí” y “esto no”, porque Él es un todo. Fácil de entender, ¿verdad?

3) Y el último, formado por los religiosos y que tampoco han nacido de nuevo. Son los que creen en el universalismo, en que todos los caminos conducen a Dios, en que Dios es el mismo en todas las religiones solo que los hombres lo ven de maneras distintas, en que Jesús no es el único mediador ante el Padre, en que no existe una única verdad, etc. Por eso no aceptan las palabras de Cristo, quien dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).

Todo esto es grotesco. ¡El barro diciéndole al Alfarero cómo tiene que ser!: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?” (Ro. 9:20). Es como si un niño de dos años le dijera a su madre –que es una experta Shef- cómo tiene que hacer las croquetas.

Conclusiones
Si eres un cristiano nacido de nuevo, ¡nosotros somos los raros para el mundo! ¿Y sabes qué? ¡Que menuda alegría serlo! Si crees en el Dios de la Biblia, ¡Él es un Dios estrambótico para el mundo! ¿Y sabes qué? ¡MENUDO DIOS MÁS GRANDE TENEMOS! ¡Menudo Dios tan distinto a lo que muchos tienen en mente!
¡Dejemos a Dios ser Dios! ¡Dejemos de encorsetarlo! ¡Dejemos de ver solo algunas caras de Él! Dios no es como Phineas Taylor Barnum. Aunque tiene en común su predilección por aquellos que margina esta sociedad, es diferente a él porque no vende magia ni fantasía irreal, sino realidad. El circo es este mundo y un día acabará la función. Se acabará el circo de los políticos, de los medios de comunicación, de las redes sociales, de los espectáculos deportivos, etc. Y el verdadero show comenzará, cumpliéndose el anhelo de todos los cristianos cuando el Hijo regrese para disfrutar de sus hijos y nosotros de Él.

lunes, 24 de septiembre de 2018

¿No te sientes amado por tu madre y/o tu padre? Bienvenido a “Heridas abiertas”


La actriz Amy Adams interpreta a Camille Preaker, una periodista que regresa a Wind Gapm, su pequeño pueblo natal, para cubrir la noticia del asesinato de dos adolescentes, y donde todavía no se sabe quién cometió los crímenes. Por medio de puntuales flashback, vamos descubriendo el pasado de Camille: era una jovencita un tanto rebelde y muy inteligente que amaba con locura a su hermana pequeña Marian. Estaban muy unidas y tenían una relación preciosa, y así fue hasta el día en que ella falleció siendo apenas una adolescente. Nunca superó la muerte de la pequeña. Desde entonces, intentó en varias ocasiones suicidarse. Siempre que padecía una crisis nerviosa, se hería a sí misma físicamente, infligiéndose cortes profundos en distintas partes de su cuerpo, algo que sigue practicando en su edad adulta. Los cortes son palabras que expresan cómo se siente, qué piensa de sí misma o que tienen algún significado para ella (horno, mala, rasgar, adición, niña, virgen, enfermar, ira, enamorarse, etc.). Por eso no deja que nadie vea esas palabras ya que manifiestan lo más profundo de su ser interior, algo que no comparte con nadie.
En ocasiones sufre estallidos de ira que también oculta, y continuamente rememora en su mente el pasado y el dolor. El sufrimiento que acumula en sí es tan grande que usa la bebida para ahogar sus penas –algo que evidentemente no logra-, y para evadirse escucha música sin cesar, aparte de tener relaciones sexuales desprovistas de amor.
Ante todo esto, podemos entender que la serie la hayan titulado en España como “Heridas abiertas” (Sharps Objects en el original – “Objetos afilados”- basada a su vez en el libro Gone Girl de Gillian Flynn). Aunque son muy diferentes las circunstancias, parte del camino de autodestrucción de la protagonista me ha recordado mucho al que vimos en Alma salvaje: Cuando el dolor puede convertirnos en la mejor o en la peor versión de nosotros mismos (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/06/alma-salvaje-cuando-el-dolor-puede.html).
La trama gira en torno a la investigación de las dos niñas asesinadas y lo que se esconde detrás. No la voy a destripar por si alguien quiere verla, aunque aviso que, siendo una sensacional serie, resulta desoladora. Así que me voy a centrar en el trasfondo de la historia, que se encuentra en la truculenta y enfermiza relación que mantiene Camille con su madre, puesto que nos va a servir para tratar el tema que quiero exponer: puesto que hay muchos cristianos que tienen relaciones muy complicadas con algunos de sus familiares más directos y que les afecta sobremanera, me dirijo a ellos. El hecho de ser cristiano no convierte a nadie en una élite especial cuyos problemas “mundanos” no le tocan.

Describiendo a la madre, o a cualquier familiar
En la serie, el problema de Camille es con su madre, de nombre Adora. En otras familias –y eso solo lo sabes tú si te sientes identificado con ella en algún aspecto- puede ser con el padre, los hermanos, la esposa, el esposo, las tías o los tíos, con los primos, o con buena parte de ellos. Así que veamos cómo era Adora y el trato que le dispensaba a su hija:

- No la respeta ni la valora.
- No le agrada nada de lo que hace ni su personalidad.
- No siente un sano orgullo por el trabajo de su hija; al contrario, lo desprecia.
- Critica cada comportamiento.
- Siempre que puede la deja en ridículo o en evidencia ante los demás.
- Se avergüenza de ella.
- Emocionalmente es fría.
- Nunca la halaga ni le dice nada bueno.
- No se le puede llevar la contraria ya que tiene salida para todo.
- Siempre que puede le señala lo que hace mal, sea real o imaginario.
- Con sus palabras le da a entender que estaría mejor sin ella y sin que hubiera nacido.
- No le gusta nada de lo que hace.
- Nunca le dedica una sonrisa genuina de alegría.
- Se burla de su forma de vestir.
- No le gusta sus compañías.
- La considera de mala influencia para todo el mundo, especialmente para su difunta hermana y para su actual hermanastra, Amma.
- Casi todas las palabras que le dirige son de reproche.
- La culpa de su infelicidad y desgracias. Por ejemplo, se corta podando una rosa y le echa la culpa a su hija. 
- La culpa de sus propios errores.
- Magnifica sus errores y minimiza los propios.
- Le concede más importancia a las cosas (como una habitación de la casa con suelo de marfil) que a su propia hija.
- Se ofende por todo y es melodramática.
- Es controladora y manipuladora.
- Usa el chantaje como arma. Con sus propias palabras, viene a decir: “Haz lo que yo digo y quiero, y te amaré. No lo hagas, y no te amaré”.
- Quiere que Camille haga todo lo que ella dice (cómo vestir, hablar, comer, etc.).
- Nada de lo que diga su hija la hace cambiar de opinión sobre ningún tema.
- Cualquier minucia la convierte en un drama y un problema gigantesco.
- Nunca está contenta.
- Nunca ve sus propios errores, pero contempla de los Camille a cada segundo.
- Era muy cariñosa con su hija fallecida; todo lo contrario que con Camille, por mucho que ésta tratara de agradarla o llamar su atención. 
- Aunque observa meticulosamente cada falta de Camille, se autociega ante la doble moral de su hija Amma, la cual se mostraba buena, inocente y dulce delante de su madre –para dar la imagen de hija idílica- y por otro rebelde, deslenguada, malhablada, fumadora de marihuana, bebedora e inmoral cuando está a solas con sus amigas y chicos del pueblo.
Y el punto final que explica todo lo anterior, cuando Adora le dice a su hija:  “Nunca te he querido”.

Me evito explicar el porqué Adora es así ya que, aunque es interesantísimo, me saldría del tema principal, aparte de que sería muy extenso y no quiero spoilear más a los interesados (ese final...), ya que la explicación se muestra en los dos últimos capítulos.

Lo que provoca en la persona
Hay iglesias abusadoras y sectas que están llenas de “líderes” tiranos y déspotas que se creen los reyes del mambo. Y esto es así porque sus padres los han malcriado haciéndoles creer que son maravillosos e ilimitadamente buenos. Pero lo más usual es encontrarse todo lo contrario: personas desbaratadas emocionalmente porque han tenido o tienen padres del estilo de Adora. Y aquí no me refiero al niño o joven que dice no sentirse amado porque su madre o su padre no le concede sus caprichos materiales, sino a hechos tan serios como los descritos. Quizá no tan extremos (o quizá sí), pero semejantes: padres que todo  lo ven mal. Donde todo son críticas hacia sus retoños aunque éstos sean ya adultos. Que son quisquillosos hasta decir basta. Que solo ven lo negativo en el prójimo. Que afirman que nunca se equivocan, y si llegan a reconocer que lo hacen se autojustifican de mil maneras distintas. Que aprovechan la mínima oportunidad para lanzar pullas. Y así con mil “virtudes” más.
Por eso hay personas –sean cristianas o no- que, sin llegar al caso límite de Camille (intentos de suicidio, autolesiones, etc.) se sienten muy mal consigo mismas. Un familiar o familiares que tratan a alguien así, provoca:

- Baja autoestima.
- Depresión.
- Estrés.
- Falta de ilusión por vivir.
- Heridas emocionales
- Incapacidad para intimar y amar a otras personas.

Siendo este un tema tabú, muchos lo sufren en silencio. Conozco a creyentes que han pasado/están pasando por ese camino tortuoso, aunque por respeto a su privacidad no diré sus nombres. Esto los lleva a no sentirse amados, valorados ni respetados. Muchos de los ateos más famosos de la historia son conocidos por haber tenido padres nada amorosos. Y esto es algo que afecta por igual a cristianos que han padecido o padecen circunstancias semejantes. Entre otros casos a lo largo de la historia, es muy conocido el de Lutero, cuya relación con sus padre fue, como poco, tortuosa: “Por sus cartas sabemos que fue a menudo sometido a crueles castigos, como una vez que su padre le azotó tan violentamente que el joven huyó de casa y tardó mucho tiempo en perdonarle en su corazón, o en otra ocasión en que su madre le golpeó hasta hacerle sangrar por haberse comido sin permiso una nuez”[1].
Por eso es normal que tanto ateos como cristianos –y hablo de cristianos nacidos de nuevo- tengan dificultades para experimentar el amor de Dios y de sentir que Él se interesa por ellos. Lo pueden entender semanticamente, pero llegar a sentirlo realmente ya es otra cuestión muy diferente.

Si es tu caso, no eres el primero ni serás el último
Quizá pienses que la Biblia no trata de estos temas. Que se resume a hablar de la historia de Israel, de la obra de Dios en la humanidad, del sacrificio expiatorio de Jesús en la cruz y una enorme lista de normas morales. Si es así, estás muy equivocado. Para que seas consciente de que no eres el primero, veamos una pequeña lista de hijos e hijas que sufrieron en sus carnes a sus padres, a sus hermanos y otros familiares cercanos.

- Lot quiso entregar a sus hijas a una multitud para que hiciera con ellas lo que quisieran: He aquí ahora yo tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacaré fuera, y haced de ellas como bien os pareciere” (Gn. 19:8).
- Tras enfermar, perder sus posesiones materiales, sus riquezas y a sus hijos, la mujer de Job le dijo: Maldice a Dios, y muérete” (Job 2:9). ¡Menuda clase de amor y menudas palabras de ánimo! En definitiva, una esposa-Trol.
- Caín, en lugar de proteger a su hermano pequeño Abel, le dijo que fueran al campo de forma aparentemente inocente, y lo mató (cf. Gn. 4).
- Los hermanos de José, por pura envidia, lo vendieron a unos esclavistas, queriendo en primera instancia matarlo (cf. Gn. 37).
- David fue a llevarle comida a sus hermanos que estaban en la guerra. Eliab, su hermano mayor, en lugar de agradecérselo, le dijo miserablemente: ¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido” (1 S. 17:28).
- Jonatán y David eran amigos íntimos. Sin embargo, Saúl –el padre de Jonatán- quería matar a David. En una ocasión, el hijo defendió a su amigo ante su padre firmemente, e incluso trazó un plan para que huyera. ¿Cuál fue la reacción de su padre?: Entonces se encendió la ira de Saúl contra Jonatán, y le dijo: Hijo de la perversa y rebelde, ¿acaso no sé yo que tú has elegido al hijo de Isaí para confusión tuya, y para confusión de la vergüenza de tu padre? Porque todo el tiempo que el hijo de Isaí viviere sobre la tierra, ni tú estarás firme, ni tu reino. Envía pues, ahora, y tráemelo, porque ha de morir. Y Jonatán respondió a su padre Saúl y le dijo: ¿Por qué morirá? ¿Qué ha hecho? Entonces Saúl le arrojó una lanza para herirlo; de donde entendió Jonatán que su padre estaba resuelto a matar a David” (1 S. 20:30-32). Se airó hasta el extremo con su hijo, lo insultó gravemente y ¡le tiró una lanza!
- Los hermanos de Jesús se burlaban de la idea de que Él fuera el Mesías, y dijeron: “Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo. Porque ni aun sus hermanos creían en él” (Jn. 7:3-5).

Padres que descuidan a sus hijos. Hermanos que desprecian a sus otros hermanos. Esposos y esposas que demuestran una falta de amor flagrante. Historias como estas son muy habituales en la Biblia, y son solo un reflejo de la historia general de la humanidad hasta el día de hoy. E incluso sucede entre hermanos en la fe: traiciones, hipocresías, condenación, etc., se repiten asiduamente.
Con estos sencillos ejemplos podemos entender el porqué Pablo exhortó a los padres a no provocar a ira a sus hijos (cf. Ef. 6:4). Él sabía perfectamente cuánto mal pueden hacer unos padres si no se guían por la voluntad de Dios. Es lo que le pasó a Jonatán al ver la conducta necia de su padre; no soportaba ni un segundo más estar con él: “Y se levantó Jonatán de la mesa con exaltada ira, y no comió pan el segundo día de la nueva luna; porque tenía dolor a causa de David, porque su padre le había afrentado” (1 S. 20:34).
Jesús mismo dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt. 10:34-36). Son palabras duras e incómodas de leer, pero es lo que sucede cuando unos son cristianos que tienen por norma de fe y conducta la Palabra de Dios y los familiares no. Aunque en casos extremos la “espada” puede ser en sentido literal, casi siempre es figurada: un padre que menosprecia a su hijo, que no lo ama como debiera, que le hace el vacío, que lo ignora, que dice no tener tiempo para él, que no se preocupa por sus pensamientos y sentimientos, que apenas le habla o que no cuenta con él excepto cuando lo necesita para algo. Son los clásicos padres que no conocen a sus hijos. Sí, cubren sus necesidades alimentarias y de vestimenta, y saben qué aficiones tienen, pero no conocen la esencia ni se interesan verdaderamente por ellos.
Esto puede llegar a suceder entre padre/madre e hijos. En la serie vemos que Camille se internó voluntariamente en un centro psiquiátrico. Tras hacerse amigas, su joven compañera de habitación le preguntó: “¿Mejoran las cosas con la familia cuando te haces mayor”? A lo que Camille contestó que “no”. Alice, ante un panorama tan desolador, se suicidó esa misma noche.
La “espada” que hemos citado suele darse en un grado mucho más agudo entre padre/madre inconversos e hijo creyente, donde ni las mejores intenciones logran cambiar nada; solo el nuevo nacimiento lo lograría. Mientras tanto,  “el camino de los impíos es como la oscuridad; No saben en qué tropiezan” (Pr. 4:19).

¿Qué puedes hacer?
Es fácil airarse en situaciones concretas y no es difícil no desanimarse cuando has estado media vida –o toda tu vida- escuchando palabras de desaprobación de tus progenitores y/o familiares más cercanos. Así que puedes tomar varios caminos. Puede que haya más, pero son los que vienen a mi mente. Primero los voy a presentar, y luego diré cuál considero –en mi opinión- el más acertado. Luego te tocará a ti tomar tu propia decisión:

1. Encerrarte en ti mismo. ¿Qué hacen los habitantes de los países tropicales cuando se anuncia la llegada de una tormenta o de un huracán? Ponen tablones en las puertas y en las ventanas con clavos resistentes. Otros se esconden en refugios que han preparado de antemano. En términos emocionales puedes hacer lo mismo: “encerrarte” y convertirte en un “búnker”. Es lo que hacen muchos cristianos: si Camille escuchaba música para “irse mentalmente” y “no sentir”, ellos se involucran hasta la extenuación en el activismo religioso. Otras personas se evaden de sí mismas centrándose en el deporte, en la televisión o en diversas aficiones.
Hay padres que están tan ciegos que no son capaces de ver cuando tienen a un hijo EXTRAORDINARIO delante de sus ojos. Los mismos padres que partirán de este mundo algún día sin haber disfrutado de sus hijos puesto que éstos se alejaron emocionalmente de ellos para protegerse del continuo daño que les provocaban sus palabras y actitudes.
El problema que sucede en muchas ocasiones –cuando el hijo lleva este comportamiento de “encerrarse” con una excesiva rajatabla- es que termina convirtiéndose en pasivo-agresivo: actúa como si nada le importase pero en su interior es un volcán que a veces expulsa lava que quema a todo el que le salpica. En otras ocasiones se vuelve fría: como no recibe cariño, no entra nada de amor, pero tampoco sale nada hacia los demás, contaminando todas sus relaciones personales.

2. Poner pies en polvorosa. Los mismos ciudadanos, ante una situación tormentosa o huracanada como la descrita, deciden no arriesgarse ni jugarse la vida. Empaquetan todos los enseres que pueden y huyen a toda prisa. Consideran que es más importante su propia integridad que una propiedad privada. En tu caso, puedes hacer lo mismo: poner tierra de por medio en términos físicos.

3. Guerrear. Puedes tomar la lanza y ponerte a la altura del otro, atacando con tus  palabras como lo hacen contigo. La respuesta blanda no siempre quita la ira, pero “la palabra áspera hace subir el furor” (Pr. 15:1b). No tienes que pagar mal por mal a nadie (cf. Ro. 12:17). Sean cuales sean tus circunstancias, hayas vivido o estés viviendo con padres que no son “la alegría de la huerta”, el mandamiento bíblico sigue siendo el mismo y es inamovible: “Honra a tu padre y a tu madre” (Ef. 6:2). Se comporten como se comporten contigo, debes tratarlos lo mejor que esté en tu mano.

4. Una mezcla de todo. En Proverbios nos encontramos un grandísimo consejo: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida” (Pr. 4:23). Y esto lo podemos aplicar a todas las áreas de la vida, también a la relación con este tipo de padres.
Hay cristianos que creen que la exhortación que nos hizo Jesús a ser sencillos (cf. Mt. 10:16) es un llamado a ser “tontitos”. Jesús mostró también la otra cara de la moneda: “sed, pues, prudentes como serpientes” (vr. 16). Somos hermanos, pero no primos, como dice el refrán.
Las personas somos como las cebollas: tenemos varias capas. Y no tienes que mostrarlas todas a quién no se lo merece o no se lo ha ganado, se llame como se llame o sea quien sea. Por supuesto que tienes que ser asertivo cuando tengas que serlo. Por supuesto que tienes que hablar la verdad en amor cuando tengas que hacerlo. Pero también tienes que guardar tu corazón. Tienes que saber cuándo dar un paso al lado o cuando callar, y más si sabes que por muy sabia y razonada que sea tu actitud o respuesta, no va a entrar en la mente de un incrédulo si está dominada por el orgullo y la altivez.
Por todo esto, Dios te llama a cuidarte, a protegerte. Jesús mismo lo hacia cuando se alejaba de aquellos que tenían malas intenciones con Él. En tu caso, es algo que te toca hacerlo por ti mismo pidiendo fuerzas al Altísimo. Los detalles concretos, el cómo, tendrás que meditarlo puesto que son detalles tan personales que aquí solo puedo dar pautas generales como las reseñadas.

El ejemplo de Jesús; el ejemplo para nosotros
¿Se despreocupó Jesús de su madre? Nunca. Inclusó en su muerte, mostró su más firme interés en el bienestar de ella, al pedirle a Juan que la cuidara: “He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn. 19:27). Pero hay un detalle de Jesús muy interesante. Veámoslo con dos estampas de su vida:

- A los doce años aparentemente se perdió, pero la realidad es que “se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre” (Lc. 2:43). ¿Cuánto tiempo? ¡Tres días! Cuando le encontraron  en el templo, ¿qué contestó ante el reproche –lógico- de su madre?: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Mas ellos no entendieron las palabras que les habló” (vr. 49).
- Ya en su ministerio, se nos narra lo siguiente: “Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud. Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte” (Lc. 8:19-20).

¿A dónde quiero llegar al mostrar esta imagen de Jesús y de otras muchas escenas de su vida? Que era muy independiente. No en el sentido de “ahí os quedáis y no me importa nada lo que os pase” o “hago lo que me da la gana”, sino en el “voy a hacer lo que esté en mi mano por vosotros, y siempre que me necesitéis sabéis dónde encontrarme, pero sé quién soy y tengo una obra que hacer”.
Es cierto que la madre de Jesús era maravillosa y aquí estamos hablando cuando alguno –o los dos- progenitores no lo son. Pero algo que es común para ambos casos y que debe aprender todo cristiano: no se puede vivir emocionalmente anclado, paralizado y derrotado por el mal que sus padres les puedan haber causado por falta de amor, o por un amor mal expresado:

- Jesús no basaba su identidad en lo que sus hermanos o los demás pensaban de Él, sino en lo que el Padre le repetía: “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17).
- Cuando necesitaba desahogo y fuerzas, ¿qué hacía?: “Se apartaba a lugares desiertos, y oraba” (Lc 5:16).
- Santiago expuso los tres tipos de sabiduría que existen: terrenal, animal y diabólica (cf. Stg. 3:15). Hay padres inconversos cuyas palabras –queriendo o sin querer- son destructivas, propias del diablo. Nuevamente, es ahí donde debes escuchar a Dios: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10).
Es hora de que deseches de tu mente y de tu corazón la mentira. Es hora de que te acerques al corazón de Dios para experimentar su amor en lugar de sentirte desgraciado por la falta de cariño de tus padres. Es hora que bases tu identidad en lo que Él dice de ti y no en lo que familiares inconversos puedan llegar a pensar.
¿Significa esto que no te dolerá “no ser amado” por ellos? ¿Significa que algunas dagas que te lancen ya no te harán nunca más daño? Claro que dolerá en ocasiones, ¡sigues siendo humano! La “lima” dolerá, pero todo servirá para pulir tu carácter, tu actitud ante la vida, tu salud mental, emocional y espiritual. Ahí tienes para mirar a tu Padre que está en los cielos, que te ama con locura, que te ha creado, que te ha salvado, que ya te aprobó por lo que hizo por ti en la cruz, que te ha prometido una casa en los cielos y pasar toda la eternidad junto a Él, entre otras muchas cosas más. ¡Hazle caso y Vive!