miércoles, 6 de septiembre de 2017

Una evidencia de los últimos tiempos: el carácter del ser humano




A muchos seres humanos les encantaría saber con todo lujo de detalles el futuro –de ahí el éxito del ocultismo-, por lo que prestan suma atención a todo el que describe detalles en particular. 
Los cristianos caen muchas veces en el mismo error, haciendo caso a pequeñeces y viéndolas como si fueran parte de las profecías bíblicas. Es aquí, en la búsqueda de señales concretas sobre el fin del mundo y la segunda venida de Cristo, donde se cae en la mayor parte de la especulaciones, las cuales terminan por provocar división y conflictos entre muchos cristianos.
Aunque las dos grandes interpretaciones escatológicas se basan en el preterismo –algo ya pasado- o en el futurismo -algo por venir-, creo que el equilibrio está en verlo como algo continuo a lo largo de la historia, que abarca el pasado y, sobre todo, el presente y el futuro, sin necesidad de hacer malabares o cálculos para establecer en cuántos años concretos es o será el cumplimiento de todas las profecías. Ahora bien, teniendo esto en mente, hay que dejar muy claro que, justo antes de la Parusía, todo los acontecimientos a nivel mundial se intensificarán, aún más de lo que ya vemos hoy en día. Por eso Jesús llamó a ese tiempo la “gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mt. 24:21).

El respeto a las ideas ajenas & Lo importante es la esencia: Cristo viene
No entraré en debates sobre el pre y el postribulacionismo, puesto que ya se ha escrito suficiente sobre el tema y hay muy buenos libros al respecto. Por eso dejo para otros la cuestión sobre si la Iglesia pasará o no por la misma, o si el rapto será antes o al mismo tiempo que la Parusía.
Si los cristianos son sinceros, aceptarán que ninguno de ellos puede verificar al 100% que su punto de vista es el acertado en estas áreas tan concretas. Sin embargo, lo que me encuentro una y otra vez entre los creyentes es pura soberbia, afirmando que unos llevan la razón y el resto está equivocado. He llegado a leer afirmaciones como que los que no creen en el rapto pretribulacional no serán arrebatados, aunque sean verdaderos hijos de Dios. Por este tipo de temas, y otros muchos, se suele leer por Internet todo tipo de descalificaciones que se dedican unos “hermanos” a otros, incluso señalando de forma agresiva que los que no piensan como ellos en cada punto no son cristianos genuinos. Se consideran mejores, superiores y actúan de manera exclusivista, como si fueran los 7000 que no han doblado su rodilla ante Baal.
Que esto suceda es lamentable y tristísimo, y más si cabe por el mal ejemplo que dan a los que no son creyentes: Es importante recordar que Jesús dijo que seríamos conocidos por el amor a nuestros hermanos creyentes. La realidad es que si no demostramos relaciones amorosas dentro de la iglesia, no importa cuánto mostremos de Jesús a los de afuera. Muchos de los de afuera dijeron que los cristianos se comen a los suyos. Señalaron que nos ven criticándonos, levantando fondos para enviar las tropas contra otros creyentes, y actuando de maneras que no parecen cristianas. Nuestro testimonio se seguirá erosionando si no podemos abrazar a nuestros hermanos en Cristo”[1].
Deberíamos aprender a ser humildes, a no despreciar a nadie y a respetar al que no piense como nosotros en temas escatológicos secundarios que son dados a interpretación. Podemos tener nuestro punto de vista, defenderlo y argumentarlo con las Escrituras, pero nada más: “Hay casos en los que una postura tolerante y elástica puede ser la más recomendable. Esta postura casi se impone ante cuestiones susceptibles de más de una interpretación seria de la Escritura. Cristianos igualmente fieles y amantes de la Palabra de Dios sustentan opiniones muy diversas en torno a determinados puntos teológicos”[2].
Millard Erickson resalta estas ideas: “Tan importante como es tener convicciones sobre escatología, es tener en cuenta que su importancia varía. Es esencial el acuerdo en materias básicas como la segunda venida de Cristo o la vida después de la muerte. Por otra parte, mantener una posición específica en temas menos importantes o que se han explicado menos, como el del milenio o el de la tribulación, no debería considerarse como una prueba de ortodoxia o una condición para la comunión o la unidad cristiana. El énfasis debería ponerse en los puntos en los que se está de acuerdo, no en los que se está en desacuerdo”[3].
Nuevamente Erickson expresa lo principal: “Las enseñanzas sobre la segunda venida corporal son simplemente las hojas que recubren el auténtico mensaje, el grano de maíz. Lo que debemos hacer es pelar las hojas para extraer el grano. El verdadero mensaje de la segunda venida es la victoria de la justicia de Dios sobre el mal en el mundo. Esto es el grano; el segundo advenimiento es simplemente la hoja o el envoltorio. No es necesario que nos quedemos con el envoltorio. Nadie en su sano juicio se come las hojas con el grano”[4]. Eso es lo que me interesa. Si un acontecimiento ocurre cómo y cuándo yo creo no es trascendente. Lo sublime es que Cristo va a volver y lo que Él prometió se hará realidad.
Por la parte que nos toca, en lugar de discutir con otros hermanos, lo que debemos hacer es predicar el Evangelio a todo el que quiera oírlo, a la vez que velamos, porque no sabemos “cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana” (Mr. 13:35).
Y sin más preámbulos, siendo conscientes de que no es una lista exhaustiva de todas las señales –puesto que hay más que las que voy a reseñar-, analicemos algunas de ellas, junto a los síntomas claros que ya se observan.

El carácter del hombre y los tiempos peligrosos
Una de las señales indiscutibles que ya estamos contemplando en directo es la que hace referencia a cómo va a ser el carácter del ser humano en los últimos tiempos, que se describe en 2 Timoteo 3, y que ya es una realidad presente. En consecuencia, todo lo reseñado por el apóstol en ese capítulo se ha asentado de una manera frenética en estas dos últimas décadas. La generación presente, que está comprendida entre los 10 y los 50 años, acepta y considera perfectamente normal:

- El ateísmo y la burla a los cristianos: “blasfemos [...] impíos” (2 Ti. 3:2).
- El consumo masivo de alcohol entre los jóvenes o el “beber por beber”.
- Las relaciones sexuales entre adolescentes y/o antes del matrimonio.
- Las parejas de hecho.
- Las familias monoparentales.
- El acceso a la pornografía.
- Las escenas sexuales en la televisión y la hipersexualización de la sociedad.
- El aborto y la eutanasia.
- La homosexualidad y el matrimonio entre personas del mismo sexo.
- El exhibicionismo y la llamada “cultura del destape” en lo que concierne a la forma de vestir, sea en la propia calle, en las redes sociales, en la webcam, en el cine, en la playa, en el gimnasio, en las discotecas, en las revistas, en la prensa, en las concursos de belleza o en los desfiles de modelos: “amadores de sí mismos [...] vanagloriosos” (2 Ti. 3:2).
- El uso de material sobre el ocultismo (Tarot, quiromancia, horóscopo, ouija, magia, etc.) que consideran juegos divertidos.

Todo esto y muchas cosas más, que hasta hace poco estaban mal vistas y eran practicadas en secreto, hoy en día están “institucionalizadas” desde los propios medios de comunicación que las fomentan, apoyados por líderes políticos y muchos gobiernos que están influenciados ideológicamente y respaldados económicamente por diversos lobbies, que promulgan leyes que afectan profundamente nuestra cultura y ética. Incluso los padres lo han terminado por aceptar como algo normal, o no les ha quedado más remedio que tolerarlo por el empuje de la sociedad que ha cambiado los valores.
De ahí que sean considerados como “tiempos peligrosos” para los que consideramos inaceptables tales perversidades (2 Ti. 3:1), ya que somos considerados anticuados o represivos, y tratados como tales. El cisma entre unos y otros es evidente en asuntos morales: “Tenga en mente que parte de la razón por la que los cristianos poseen una mala reputación es porque nuestras perspectivas de fe chocan contra la cultura relativista en el aspecto moral. Ellos encuentran que las perspectivas cristianas van en contra de su mentalidad de que cualquier cosa es aceptable”[5].
Por eso no se sienten cómodos con nosotros cuando les decimos que lo están haciendo mal, que necesitan arrepentirse puesto que de lo contrario perecerán, como bien dijo Jesús (cf. Lc. 13:3). Como este mensaje no les agrada y se defienden señalando que todo el mundo se comporta de la misma manera (tesis sustentada en “el principio del borreguismo), terminan arremetiendo contra nosotros señalando nuestros errores y usando el tan manido, cansino y ya aburrido ataque ad hominem, con las típicas frases como “¿y tú qué?”. En otras ocasiones preguntan retóricamente y con sarcasmo:¿Y si eres tú el que está equivocado?. Tiene gracia, porque esa misma pregunta no se la formulan a ellos mismos. Ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio (cf. Lc. 6:41-43), como Simón el fariseo, que veía con toda claridad los pecados de la mujer que había delante de Jesús, pero estaba cegado ante sus propias faltas (cf. Lc 7:36-50).
Según esta generación, todo esto es fruto de la liberación y del avance de la humanidad. No ven nada perverso ni negativo en sus prácticas. Se mueven por instintos, por lo que les hace sentir bien a sus sentidos. Ninguno de ellos busca a Dios y, si dicen hacerlo, lo hacen en la filosofía, en las religiones, en el esoterismo, en la propia razón o en la ciencia –y casi siempre por Internet o por lo que enseñan terceras personas-, hallando mentiras o una mera sombra de la verdad.
Tampoco creen que tengan que arrepentirse de nada. Resulta extremadamente llamativo que no tienen la más mínima conciencia de pecado ni consideran malo lo que otros hacen: “no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Ro. 1:32), por lo que tampoco se escandalizan de las actitudes ajenas. Les parece que su camino es derecho, “pero su fin es camino de muerte” (Pr. 16:25). Están entrando por la puerta ancha y caminando por la senda espaciosa que conduce a la perdición (cf. Mt. 7:13). 

La maldad va de mal en peor 
Muchos creen que alguien que hace el mal debe ser feo y tener cara de malvado o de villano cinematográfico. Otros piensan que por hacer cosas buenas, por llevar a cabo actos de bondad y por ser simpáticos, divertidos, cariñosos, agradables, inteligentes o, como ellos dicen, “buena gente”, ya no son malos. Nada más lejos de la realidad. Aunque a lo largo y ancho de mis años de vida he conocido a personas desbordantemente encantadoras, amables y amigables en grado sumo sin ser creyentes, la realidad es que la maldad va intrínseca a la naturaleza humana: “Así que yo, queriendo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Ro. 7:21). Nadie que sea sincero, absolutamente nadie, puede negar tal conclusión.
Recordemos que esto nos incluye a los cristianos, y que nosotros no somos aquellos que están exentos de dicha maldad o que nunca erramos y pecamos[6], sino aquellos cuyos pecados ya han sido perdonados en la cruz: “El cristianismo es la única religión[7] en la que el individuo reconoce que su conocimiento de Dios no le hace superior a las demás personas [...] que no predica lo bueno que debamos ser para ganarnos el cielo ni lo mucho que debamos amar a Dios para evitar el infierno, pues no consiste en aquello que nosotros hagamos o hayamos hecho sino en lo que Él hizo por nosotros (Jn. 3:16; 1 Jn. 4:10)”[8]. 
Hacer el mal consiste, ni más ni menos, que ir en contra de la voluntad de Dios. Si Él dictamina que algo es malo, es que es malo dicho algo, por mucho que nosotros digamos que “sentimos” o “dejamos de sentir” que no lo es. Por eso los incrédulos que no aceptan dicho principio son “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Ti. 2:4). Necesitan justificar de mil maneras distintas su forma de actuar con decenas de excusas que no se las creen ni ellos, aunque muchas veces se autoengañan y terminan creyéndose sus propias mentiras.
Si rechazan a Dios no es por un problema intelectual –como excusa falsa que señalan- sino por su propio corazón. Prefieren seguir viviendo bajo sus propias leyes, en lugar de bajo las de Dios; prefieren tener su propia moralidad, y no la que Dios señala como perfecta; prefieren seguir viviendo en pecado, cuando Dios les reclama santidad: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19).
Si Pablo dijo que “irán de mal en peor” (2 Ti. 3:13), es porque la forma de pensar y vivir libertina en la que ya están instalados va a ser transmitida a sus hijos, que los imitarán, y así sucesivamente. Estos, a su vez, seguirán descendiendo en la escalera de la inmoralidad. Por eso dijo Jesús que se multiplicará la maldad antes del fin (cf. Mt. 24:12). Vuelvo a recalcar que dicha maldad es presente, y más que nos queda por ver. Se repite la misma situación que contempló Dios antes de lanzar el diluvio sobre la tierra: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. 
Todos los que les precedemos hemos sido testigos de este cambio de paradigma en pocos años: lo que creían y llevaban a cabo un reducto, ahora está extendido, y cada vez desde edades más tempranas. El conocido Juan Antonio Monroy relata su experiencia: “Yo comencé a predicar el Evangelio a tiempo completo hace muchos años. Los jóvenes predicadores de aquella generación y yo creíamos que íbamos a cambiar el mundo. Al menos el pequeño mundo que nosotros podíamos alcanzar. Pero hoy día el mundo es peor que cuando yo empecé a querer cambiarlo”[9].
Por todo lo dicho, estas palabras resultan atemporales: “!!Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is. 5:20). ¡Ay, ay, ay! 

Volviéndolos a llamar 
Dice el refrán que “mientras hay vida, hay esperanza”; en este caso, todavía están a tiempo de volverse a Dios. El peligro de tal dicho es que, por un lado, nunca se sabe cuándo va a llegar la vida a su fin. Si pensarán realmente en esta realidad, no lo dejarían ni para dentro de un minuto. Y por otro, que a cada ocasión que Dios los llama al arrepentimiento y ellos dicen “no”, sus corazones se van insensibilizando y endureciendo: “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Ro. 2:5).
Michael Licona, uno de los grandes historiadores cristianos de los últimos años y excepcional apologeta, cuenta que un amigo suyo “reconoció finalmente que Jesús resucitó de los muertos, sin embargo, aun así, no quiso hacerse cristiano porque dijo que quería ser ´el dueño de su vida`; lo dijo exactamente con estas palabras”[10]. Es lo mismo que vemos en la inmensa mayoría de las personas: no cambian ni quieren hacerlo por pura soberbia (aunque no la reconozcan), por no dar su brazo a torcer, por no admitir que están equivocados, porque quieren ser su propio “dios” y que nadie les diga qué está bien y qué está mal, por el miedo a la burla o al qué dirán sus amigos, familiares y conocidos, a que les digan que les han lavado el cerebro y eso les lleve a perder “prestigio” o buena fama, etc. Así que “rechazan” la fe de forma consciente, porque saben que si la aceptaran tendrían que cambiar aspectos concretos de sí mismos: forma de pensar, de sentir y de vivir. Están proclamando que “no van a creer, no porque no puedan, sino porque no quieren creer”. En su voluntad ya han dicho “no”.
Ante todo esto, solo pueden hacer una cosa, que es reconocer la verdad ante uno mismo como la que expone Francis S. Collins, el famoso científico y director del Proyecto Genoma Humano, y ateo convertido en cristiano: “Mi deseo de acercarme a Dios estaba bloqueado por mi orgullo y pecaminosidad, lo cual era, a su vez, una consecuencia inevitable de mi propio deseo egoísta de controlar las cosas. Ahora la crucifixión y la Resurrección surgían como convincente solución al vacío que se abría entre Dios y yo, un vacío cuya distancia podía ahora ser salvada por la persona de Jesucristo”[11]. 
Si eres uno de los que vive de espaldas a Dios, puedes seguir siendo uno más entre la masa y dejarte arrastrar por ella, como hasta ahora. O puedes cambiar. No te estoy haciendo un simple llamado a cambiar tu moralidad o determinadas actitudes; eso lo puede hacer cualquiera que se lo proponga seriamente. Te estoy llamando a volverte a Dios (aunque esto segundo lleve implícito lo primero): “He aquí el objeto y la eficacia del sacrificio de Cristo. El reconocimiento de que el Hijo de Dios murió por nosotros, produce un cambio absoluto de actitud y de sentimientos en nuestros corazones hacia Dios y hacia la misma vida humana”[12].
Por eso, te repito, una vez más, el mismo mensaje: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Co. 6:2).



[1] Kinnaman, David. Casi cristiano. Creación.
[2] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo, vol. 2. Curso de formación teológica. Clie.
[3] Erickson, Millar. Teología Sistemática. Clie. Pág. 1167.
[4] Ibid. Pág. 1159.
[5] Kinnaman, David. Casi cristiano. Creación.
[6] Aspecto que dejamos bien claro en Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html).
[7] Como ya expliqué en No soy religioso, ni católico, ni protestante: Simplemente cristiano (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html), y aunque entiendo lo que quiere decir el autor, el cristianismo no es una religión: “La religión es el esfuerzo del hombre por tratar de llegar a Dios por medio de sus buenas obras, y el cristianismo es el esfuerzo de Dios por tratar de llegar al hombre por medio de Jesucristo. Religión y cristianismo son completamente opuestos”.
[8] Puyol. Daniel. La fuga. Noufront.
[9] Monroy, Juan Antonio. ¿En qué creen los que no creen? Clie. Pág 101.
[10] Lee Strobell. El caso del Jesús verdadero. Clie. Pág. 134.
[11] Ibid. Pág. 154.
[12] Vila, Samuel. ¿Es razonable la fe cristiana? Clie. Pág. 39.

martes, 29 de agosto de 2017

¿Qué entiendes por la expresión “el fin del mundo”?



El concepto que los incrédulos y ateos suelen tener de lo que folclóricamente se llama “el fin del mundo” es la desaparición de la especie humana, fruto de algún tipo de catástrofe planetaria. Estas pueden ser el choque de un meteorito contra la Tierra, una pandemia viral, una guerra nuclear, una llamarada solar, una nueva glaciación, los efectos del cambio climático, la explosión de alguno de los supervolcanes que hay en nuestro mundo, o simplemente la sustitución de los seres humanos por robots dotados de Inteligencia Artificial. Los más fantasiosos y cómicos también citan una invasión alienígena o una plaga zombie. ¡De risa!
Todo esto puede parecer un tema simpático de conversación para soltar unas risas, pero es tan serio que, desde la época de la guerra fría, se han construido miles de refugios para intentar sobrevivir a dicho evento. Incluso, por parte de los científicos, existe el llamado “El Reloj del Juicio Final”, que es “un reloj simbólico, que usa la analogía de la especie humana estando siempre ´a minutos de la medianoche`, donde la medianoche representa la ´destrucción total y catastrófica` de la Humanidad. Originalmente, la analogía representaba la amenaza de guerra nuclear global, pero desde hace algún tiempo incluye cambios climáticos, y todo nuevo desarrollo en las ciencias y nanotecnología que pudiera infligir algún daño irreparable”[1].
El asunto se toma tan en serio que el gobierno noruego tiene en el Ártico una enorme cúpula llamada la Bóveda Global de Semillas: “Este es es el almacén de semillas más grande del mundo, creado para salvaguardar la biodiversidad de las especies de cultivos que sirven como alimento en caso de una catástrofe mundial. Se conoce popularmente como ´Bóveda del fin del mundo` pues es capaz de resistir terremotos, impactos de bombas nucleares y demás desastres”[2].
Los amantes de estos temas, para describir dicha situación, suelen usar el término “Apocalipsis”, copiando el término usado en el último libro de la Biblia, que significa “Desvelamiento”. Lo curioso es que dicho escrito –y el resto de las Escrituras- no desvela lo que ellos anuncian.
Siendo sumamente concisos, lo que Juan nos describe, aunque incluye algunos acontecimientos catastróficos, no es el fin de la humanidad, sino el fin de la historia tal y como la conocemos, y el comienzo de una era completamente nueva, donde Dios gobernará un Universo en el cual reinará la paz absoluta en todos los ámbitos. Dicho Reino será exclusivo para aquellos que aceptaron en vida a Jesús como Señor y Salvador –los que creyeron de corazón en su sacrificio expiatorio en la cruz por sus pecados-, ya que los que le rechazaron, junto a la maldad y los malvados, habrán sido desterrados para siempre.
Fin del artículo... bueno, no, ampliemos un poco más.

¿Ciencia ficción o realidad?
Posiblemente, hablar del fin de los tiempos sea uno de las cuestiones más complejas a las que se enfrenta el cristiano. No sólo por la burla, el rechazo o la incredulidad que trae aparejado cuando se expone ante inconversos, sino por lo fácil que es caer en el puro sensacionalismo y en la especulación. Se termina creyendo toda noticia sobre el tema que aparece en Internet, cada vídeo de youtube y cada libro que se lee. Al final, la teología resultante es el guión de una película de ciencia ficción mezclada con una comedia de los hermanos Marx.
¿Qué podemos hacer para no caer en tales fantasías? Ceñirnos a lo que dijo Jesús al respecto en lo esencial, en lugar de centrarnos en los aspectos periféricos que nadie puede certificar, puesto que son dados a diversas interpretaciones (que si pretribulacionismo, que si postribulacionismo, etc.).
Esa es la única base, puesto que ahí no hay especulación posible. A partir de ese punto de partida, podemos buscar si las palabras que pronunció tienen conexión con sucesos y circunstancias de la sociedad contemporánea. Es en esta segunda parte donde muchos se desvían y terminan dando por cierto lo que no son más que meras conjeturas. Por eso no es casualidad la ingente cantidad de material que existe al respecto y que arrastra a verdaderas multitudes a proclamar amén a todo lo que ven, oyen y leen, como si fuera la verdad absoluta.

Razones para no creer
¿Por qué es tan difícil que nos tomen en serio aquellos que no son cristianos al tratar este tema? Las razones son evidentes:

- A lo largo de la historia, multitud de personas, de líderes religiosos, de sectas, e incluso de verdaderos cristianos, han señalado fechas concretas sobre tal acontecimiento. Como ninguno ha acertado, la mofa es generalizada y con toda la razón, provocando a su vez la desilusión de miles de creyentes ingenuos.
Humanamente hablando, y haciendo empatía con el incrédulo, los entiendo: es comprensible que les suene a locura, porque es la imagen que han recibido desde jóvenes, viendo agoreros y lunáticos anunciando fechas de catástrofes que nunca se han cumplido.

- El cine y la televisión lo ha convertido en un espectáculo pirotécnico sin mayor interés que pasar un buen rato. Mientras te comes un cubo de palomitas, contemplas cómo el planeta Tierra es asolado por meteoritos, glaciaciones, tsunamis, guerras nucleares, invasiones alienígenas, llamaradas solares, desapariciones inexplicables, robots asesinos, profecías mayas, zombies y vampiros. Algunos ejemplos son: Deep Impact, Armageddón, The Divide, Tomorrowland, Señales del futuro, El día después, Terminator, 2012, 28 días después, Melancolía, Oblivion, La guerra de los mundos, Mad Max, El planeta de los Simios, Air, The road, Independence Day, Waterworld, Rompenieves, Vanishing on 7Th Street, Fin, Los 100, The Leftovers, The Walking dead y Soy leyenda, entre otras muchas. En casi todas la raza humana sobrevive, aunque sea a duras penas, quedando seriamente diezmada, pero no se extingue.

- La expresión el fin de los tiempos se ha convertido en sinónimo de el fin de la especie humana, cuando no es eso lo que los cristianos proclamamos. De ahí que la comprensión del tema esté errada. Personas que dicen ser cristianas (incluso profesantes), desconocen buena parte de esta rama de la teología cristiana, casi siempre porque ignoran las Escrituras. Otros, que también se consideran creyentes, nunca han oído hablar del tema, o simplemente omiten esa parte de la Biblia y de las enseñanzas de Jesús. Basándose en el “buenismo” y en sus propias buenas intenciones, prefieren creer que el mundo va a ir a mejor y que, un día, con el esfuerzo humano, todos viviremos en paz y armonía (ateos, budistas, musulmanes, cristianos, etc): “El inglés Edward Barttle, en un pequeño libro titulado La globalización es más, dice: Llegará un día en que la globalización se realizará plenamente en la esfera humana y logrará unir a todos los seres, de todos los países y de todas las razas en un tipo de relación hermano-hermano, en una total y completa unidad de solidaridad”[3]. Que esta ingenuidad provenga de inconversos es perfectamente entendible.
Por el contrario, como bien explica Millard J. Erickson, “debemos ser conscientes de que la escatología pertenece principalmente a un ámbito nuevo que va más allá del espacio y del tiempo, un nuevo cielo y una nueva tierra. Este reino irá precedido por la obra sobrenatural de Dios; no puede ser conseguido por medios humanos”[4].

¿Qué es realmente el fin de los tiempos, según la Biblia?
El fin de los tiempos va intrínsecamente unido a la Segunda Venida de Cristo.  
Este hecho, conocido como la Parusía, se manifestará de la misma manera en que aconteció en una secuencia descrita en el libro de Reyes. La nación de Israel estaba en guerra contra Siria, cuyo rey mandó sitiar la ciudad con un gran ejército. Giezi, el siervo de Eliseo, se asustó, ante lo cual el profeta dijo: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo” (2 Reyes 6:16-17).
Lo que era invisible para Giezi se hizo visible: vio el ejército de ángeles que había a su alrededor. De igual forma, en la Segunda Venida de Cristo, lo que nos resulta invisible se hará visible para toda la humanidad. El que no tuvo principio y existe desde la eternidad se hará una vez más presente y para siempre. Y no como cordero, sino como Rey de reyes y Señor de señores: “Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS. Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Ap. 19:11-16).
Creemos en este acontecimiento por una sencilla razón: si Jesús cumplió decenas de profecías que hablaban de Él –una de sus señas de identidad como Mesías-, ¿por qué no iba a cumplir el resto que hablan del establecimiento de su Reino? Por eso, dos ángeles le dijeron a los apóstoles tras la ascensión de Jesús: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:11).
¿En qué lugar “descenderá”? Exactamente en el mismo lugar en el que ascendió: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur” (Zac. 14:4).

Será algo inesperado para los incrédulos
¿Cómo reaccionan las personas ante una crisis económica, una ruptura sentimental, un desastre natural o un ataque terrorista? ¿Buscando a Dios? Por norma general, no. En primer lugar, se sienten desconcertados y apesadumbrados. Y, poco a poco, se adaptan a la situación post-crisis. Podemos comprobarlo en los atentados que están aconteciendo por Europa en los últimos años: al día siguiente vemos cómo las multitudes salen a las calles y hacen vida normal, a pesar del dolor. Es lo que promueven a llevar a cabo los psicólogos y los políticos con sus declaraciones.
Por muchos acontecimientos terribles que sucedan en el presente o en el futuro antes de la Parusía, el patrón no cambiará: aunque los más afectados lucharán por sobrevivir –o por rehacer sus vidas de la mejor manera posible-, el resto seguirá celebrando cumpleaños, yendo a trabajar, de compras y de fiesta, viendo la televisión, subiendo fotos a las redes sociales, practicando deporte, casándose o ennoviando, etc.
Jesús mostró que así sería: “Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos. Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste” (Lc. 17:26-30).
Aunque los cristianos esperamos y anhelamos su venida, para el resto del mundo será algo inesperado, y les sorprenderá como un ladrón en la noche (cf. 2 P. 3:10; 1 Ts. 5:2): con la guardia baja y sin estar preparados. No habrá segundas oportunidades y ya será demasiado tarde para ellos: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mt. 24:30).

Los incrédulos deben dar gracias de que aún no haya acontecido
Los que no son cristianos se burlan diciendo que Jesús dijo que volvería, y han pasado 2000 años y nada ha acontecido. Este desprecio e ironía ya es algo que pasaba en las primeras décadas del cristianismo: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2 P. 3:4). Veinte siglos después, la respuesta sigue siendo la misma: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9). Deberían dar las gracias de que todavía ese hecho no se haya producido y buscar a Dios mientras haya tiempo.
Estamos en el periodo de Gracia. El día y la hora de su retorno nadie la sabe, solo el Padre, como Jesús mismo dijo (cf. Mt 24:36, 50; Hch. 1:7). Hasta entonces, las puertas del cielo siguen abiertas para todo aquél que acepte el regalo de salvación. Pero, un día, dicha oferta se acabará y dicha puerta se cerrará para siempre. Si ya “naciste de nuevo” (cf. Jn. 3:3) y fuíste hecho un hijo de Dios (cf. Jn. 1:12), gózate porque tu nombre está escrito en el Libro de la Vida (cf. Fil. 4:3; Ap. 21:27) y ya fuíste sellado con el Espíritu Santo de Dios para el día de la redención (cf. Ef. 4:30).
Si en tu caso no has tomado ya la decisión, aunque aún no lo sepas y no le estés prestando ninguna importancia, todo puede acabar en cuestión de minutos o de días, sea porque mueras o porque Cristo regrese. En ese momento, Él te dirá: “Nunca te conocí; apártate de mí”[5] o “Entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:23). Una frase u otra depende de tu respuesta a su oferta. 
No lo dejes para mañana. Como dijo el francés Bourdaloue: “La conversión no debe diferirse para otra oportunidad, porque nadie puede garantizar una nueva conjunción de tres elementos: tiempo, gracia y voluntad”[6].


[3] Monroy, Juan Antonio. ¿En qué creen los que no creen? Clie. Pág 58.
[4] Erickson, Millar. Teología Sistemática. Clie. Pág. 1167.
[5] Parafraseado de Mateo 7:23.
[6] Lacueva. F. Escatología II. Clie. Pág. 335.